Eduardo trabajaba en una tienda de ropa deportiva y de noche
estudiaba en la universidad. A sus veintidós años, tenía una figura atlética que
era la envidia de muchos. Su piel blanca contrastaba con sus ojos negros y su
pelo negro, grueso, lo que, combinado con los rasgos fuerte de su cara, le daban
una impresión de hombre mayor. Este efecto era acentuado por una sombra de barba
que ya empezaba a salir en la tarde aún al haberse afeitado en la mañana, y por
las camisas y corbatas que debía usar para trabajar. Después de año y medio
trabajando en la tienda, ya se había ganado la confianza del gerente, y de vez
en cuando, como esa tarde, su jefe salía más temprano y lo dejaba a cargo de
cerrar la tienda.
Ese verano había habido muchas ventas, sobre todo por una
nueva línea de ropa interior de hombre y de trajes de baño que había causado
furor. De vez en cuando tenía ocasión de ver algún que otro cliente que se veía
muy bien, y más de una vez tuvo que pedir permiso para ir al baño a masturbarse
pensando en el cliente en cuestión. Prácticamente se venía sólo de pensar en
esos hombres modelando en su mente con la ropa interior que habían seleccionado.
Como ya había pasado la temporada de verano, esa semana
habían llegado muy pocos clientes, y Eduardo estaba a punto de cerrar. La tienda
estaba desierta y ya se había quitado la corbata e iba a colgar el letrero de
cerrado, cuando llegó un tipo muy guapo que tendría algunos treinta años. Tenía
un cuerpo espectacular, con unos pechos muy amplios y definidos, que marcaban
sus pezones en la ajustada camiseta que traía puesta. Su piel estaba tostada por
el sol, y su pelo era de un rubio sucio, desordenado de una manera casi
planeada. Unos ojos verdes y de una mirada limpia daban un toque genial a aquel
adonis. El tipo llegó corriendo y fue directamente donde estaba Eduardo, el cual
se había quedado maravillado por aquel bello hombre. Ya estaba pensando en
hacerse la próxima paja pensando en este nuevo cliente, cuando fue sacado de
golpe de sus pensamientos por una voz decidida y fuerte:
- ¿Cómo te llamas?
- E… Eduardo Valverde, para servirle
- Muy bien, mucho gusto, Eduardo, yo soy Moisés. Me vas
a perdonar, sé que ya es la hora de cierre, pero te agradeceré si me
atiendes
"Ya quisiera yo que me ‘atendieras’ tú a mí, pensó
Eduardo"
- Claro, si para eso estamos, sólo dígame qué anda
buscando y tal vez yo le pueda complacer
Eduardo pensó en lo que acababa de decir y se sonrojó con el
doble sentido.
Moisés se quedó viendo a Eduardo fijamente, admirándolo, y
pensó "Bueno, pues ya no hay tanta prisa, me cae bien este chico"
- ¿De verdad no es molestia?
- Para mí es un gusto poderle ayudar.
- Genial. Claro que me puedes ayudar. Lo primero que te
voy a pedir es que me tutees.
- Como guste… digo… como gustes.
- Vine porque salgo de viaje y necesito ropa interior
bien bonita. Quiero comprarme unos boxers y según creo tú tienes muy buena
mercancía
Eduardo se ponía cada vez más rojo al asociar cada frase con
algo más "Tú tienes muy buena mercancía también", pensó.
- Está bien, déjame poner el letrero de cerrado y
asegurar la puerta. Es que me toca cerrar a mí hoy y ya no quiero
extenderme más. A usted… perdón, a ti te atenderé con gusto.
Mientras se dirigía hacia la puerta, Eduardo miró hacia atrás
para volver a observar a Moisés y en ese momento se cruzó con la mirada del
rubio que sonreía. Se sonrojó y volvió a pensar en lo guapo que era este tipo, y
volvió a caminar hacia la puerta mientras era seguido por la mirada de Moisés
que se había clavado en su trasero, admirando lo firme y redondo que era. El
calor que Eduardo sentía se acentuó por el hecho que ya había apagado el aire
acondicionado. Al volver se dio cuenta de que Moisés estaba en la sección de
jockstraps, y se excitó al imaginárselo usando uno de estos. Se reajustó
disimuladamente la verga que le empezaba a crecer dentro de sus apretados
pantalones. Moisés, con su tono de voz directo e imperativo, le preguntó:
- ¿Qué tienes para mí, Eduardo?
- Tengo para ti... un consejo
- A ver…
- No usar boxers
- ¿Y eso por qué?
- Te hacen lucir más viejo, hay otras opciones más
juveniles y cómodas. Además, los boxers te delatan, si me entiendes a lo
que me refiero. Bueno, eh… a mí me pasa, ¿sabes?…
- ¿Y qué me aconsejas?
- Depende de que tan abierta sea tu mente y que tan
grande sea el "regalo" que vas a envolver
- No se qué talla usaré, ¿tú qué crees?
Esta era la ocasión perfecta para poder verle el equipaje al
cliente sin que hubiera que disimular, y Eduardo se la tomó al pie de la letra,
escudriñando la zona más interesante del cuerpo de Moisés, cubierta por unos
jeans desgastados que le quedaban como a un maniquí. Se quedó viéndole sus
partes por más tiempo y con más descaro del que normalmente lo hubiera hecho con
cualquier cliente. Quedó asombrado de lo que veía, y su verga se movió,
creciendo un poco ante esta excitante visión. Moisés aprovechó el momento para
acomodarse su paquete dentro de sus jeans, lo cual puso a Eduardo bastante
nervioso y lo sacó de su trance.
- Eh… este… No sé, pareces bien dotado, aunque
generalmente la talla tiene que ver con la cintura, y la tuya debe estar
en 30 más o menos, creo que llenas bien una talla mediana
- ¿Y qué tipo de ropa interior crees que me conviene?
- Hay mucho para elegir, desde tangas hasta slips, pero
si lo que quieres es un look diferente, te recomiendo las tangas. Son muy
cómodas, aunque no todo el mundo se atreve a usarlas.
- Tú debes llevar ropa interior bonita trabajando aquí,
¿qué llevas hoy, por ejemplo?
Eduardo sonrió al escuchar la pregunta, pues normalmente
usaba ropa interior muy sexy. Le gustó que estuviera entrando en confianza con
este chico guapo.
- Hoy es viernes, día de marcha, y hay que salir listo
para la guerra. Por eso llevo unas tangas de seda, cómodas y ligeras. Te
las recomiendo, pero tal vez deba buscar otra cosa para ti, a ver, puede
ser bikinis de lycra, pruébate estos…
- Mmmm, oye, ¿Podrías enseñarme lo que llevas puesto,
si no es mucha molestia?
Eduardo apenas puede creer lo que acababa de escuchar, ¡el
chico más guapo del mundo quiere ver mis tangas! Luego recapacitó al pensar que
tenía una erección en progreso. ¿Y cómo explicarlo? Tal vez este Moisés no lo
comprendería. Por un lado parecía muy lanzado, como si fuera "familia", pero más
de una vez se había equivocado. Tenía que concentrase para bajar el grado de
excitación antes de mostrarse a Moisés.
- Bueno, esto es inusual, pero no hay ningún problema,
pues estamos aquí solos. Vayamos al probador, allí te muestro
Se dirigió al área de probadores, mientras Moisés lo seguía
fijándose en su culo, que lo había dejado alucinado. Pensó "quizás estoy siendo
demasiado lanzado". Le pareció por un momento que Eduardo era gay como él, pero
algo le decía que tal vez no. Le gustaba este hombre tan atractivo y varonil, y
se había quedado prendado de aquel culo tan firme. Había pasado muchas veces
frente a la tienda y siempre veía de lejos a Eduardo, pero hoy no había
aguantado más y planeó venir a la hora de cierre con la esperanza de encontrarlo
solo. ¿Y si este hombre no era gay? Estaba a punto de confirmarlo o de cometer
un gran error, pero pronto lo averiguaría, aunque debía ser más cauteloso.
Eduardo abrió las cortinas del probador, que estaba lleno de
espejos por todas partes, pasó delante y le invitó a entrar, sonriéndole con una
dentadura perfecta que lo ponía loco.
- Mira, Moisés, te tengo estos dos modelos para que te
los pruebes. Este es parecido al que llevo puesto, pero en otro color. ¿De
veras quieres verlo antes de probártelo?
- Claro, si no es molestia. Hagamos algo para ganar
tiempo. Mientras me enseñas el tuyo, me los voy probando en este otro
probador, ¿te parece? Así veo que tal te queda.
Eduardo corrió la cortina y se empezó a quitar la correa.
Estaba animado por la insistencia del muchacho, pero algo asustado pues su verga
había crecido Se bajó la cremallera lentamente, se deja caer los pantalones al
suelo, y se subió la camisa para dar una mejor visión de su "mercancía". Se miró
en el espejo orgulloso del resultado de su paquete firme y relleno, y su abdomen
plano y liso. En ese momento sintió un movimiento del otro lado de la cortina.
- ¿Puedo entrar?
- Claro, entra. De eso se trata, de que veas
Le mostró al atónito joven unas tangas negras de lycra, que
se habían llenado por completo con la creciente erección.
- ¿Ves como me quedan? Te hacen lucir atrevido y
fresco, te sientes libre y cómodo.
- Tal vez tengas razón. Ese tejido se ve muy suave y
cómodo
- Se siente muy suave al tacto, eso es lo mejor. Ven,
toca.
- ¿De veras puedo tocarlo?
Eduardo tomó la mano de Moisés y la acercó a la tela que
cubría su verga, que aún sin acabar de crecer se movió inquieta al sentir que la
recorría una mano firme, ajena, caliente.
- Sí... en verdad es suave
- Lo mejor es que sientes que vas sin nada detrás, mira.
Eduardo se volteó y le mostró su culo al excitado Moisés, que
había dejado de tener la sartén por el mango para pasar a ser un observador
mortificado al ver el objeto de su deseo tan cerca. Sin embargo, animado por la
frescura del dependiente, decidió dar un paso adelante.
- Noto que estás semi-erecto
- Bueno, ya a esta hora semi-erecto es poco, ¿no crees? La
calle llama, jejeje
- Pruébate una de las que me diste, entonces, para ver cuál
me convence más
- Me la probaré aquí mismo. Si me permites me voy a
quitar la camisa, pues hace bastante calor.
Moisés empezó allí mismo a desabrocharse torpemente, sin
apartar la vista del paquete de Eduardo y de las suaves líneas de un culo tan
firme como una roca. Cuando vio el pecho bien definido de aquel hombre que
tantas veces había observado de lejos, pensó que se iba a derretir allí mismo.
Eduardo, en cambio, iba dejando atrás su nerviosismo y crecía su excitación al
ver como Moisés se bajaba los pantalones sin apartarle la vista, mientras él
concentraba la suya en la verga que ahora descubría y que también estaba
creciendo. No despegaba los ojos de este chico tan lindo, admiraba sus piernas
trabajadas, sus brazos velludos, su cara de niño en un cuerpo de hombre.
- Vaya, hay alguien aquí que también está sintiendo el
"llamado", ja ja ja. No importa, siéntete en confianza, te entiendo. Eso
nos pasa a todos. Estamos vivos, ¿no?
Moisés se puso rojo, pero esto no disminuyó su excitación.
Todo lo contrario.
- Lo siento, no lo he podido contener...
- Tu novia debe estar feliz
- No tengo... Tampoco quiero, ¿sabes?
Le echó una mirada cómplice mientras sonreía, y en ese
momento su verga volvió a latir como si tuviera vida propia.
- No sé... tienes lo que hace falta. Anda, pruébate la tanga
Eduardo no podía ver más esa verga grandota y gorda que
empezaba a crecer delante de él y a la que aún no se atrevía a tocar, aunque se
moría por hacerlo. Tal vez este chico era uno de los que calientan la estufa y
luego no quieren cocinar, pensó. Mientras tanto, ya había delatado mucho de sí
mismo y no le importaba, seguiría adelante.
Moisés se empezó a poner la tanguita, mientras pensaba que
había arriesgado demasiado y que probablemente este Eduardo era un "calentador",
que hacía todo aquello como parte de su trabajo para tener a los clientes
contentos, pero que no pasaría nada. Volvió de sus pensamientos al darse cuenta
de que aquella minúscula pieza de ropa interior le estaba dando trabajo de
poner.
- Creo que con esta erección en proceso no me va a quedar
bien…
- Esta tela aguanta la erección más fuerte, te lo digo yo que
vivo todo el día empalmado.
¿Me vas a decir que no es más cómoda que el bóxer? Ya viste
cuán suave es…
Eduardo colocó su mano áspera sobre la tela que cubría el
paquete creciente de Moisés y sintió que su propio paquete iba a estallar en
cualquier momento.
A ver cómo te queda por detrás
Casi se siente que no llevo nada
Moisés se volteó y le mostró un culo redondito, y firme,
suave y sin vellos.
- Espera, Moisés, déjame ajustártelo bien
Eduardo haló el hilo que se metía en el culo de Moisés,
sintiendo que ya no puede más y decide lanzarse a su presa en un último intento
por acabar con aquella tortura de una buena vez.
- Pienso que tienes un culo envidiable
Al escuchar esto, a Moisés se le puso duro por completo, y su
respiración se hizo afanosa. Eduardo se dio cuenta de que tenía el control y
decidió avanzar en su ataque.
- ¿Verdad que se siente suave? Y si estas bailando con
otra persona se siente mejor al rozar otra tela
Eduardo se acercó mas a Moisés, aspirando el olor del chico
como si fuese una droga. Moisés se volteó y sintió la respiración de Eduardo
encima de sí, y olió el aroma de aquel hombre que lo enloquecía. Eduardo casi
jadeaba mientras acercó su paquete al de Moisés.
- ¿Quieres probar lo que te dije del roce?
- Eh… este… sí, claro.
Eduardo pegó su paquete al del chico y lo movió de lado a
lado
- E.. eso hace subir mi erección...
- Se siente rico, ¿no? Y veo que te gusta, como a mí
- Oh, Dios, yo… no puedo…
Eduardo se lo había imaginado, a la hora de la verdad el
chico se echaba para atrás, tal como lo pensó. Sin embargo, no lo iba a dejar
escapar así por así. Moisés estaba tan excitado que había sentido como le subía
la leche a lo largo de su tronco, con el simple roce del paquete de Eduardo y su
olor y su respiración. Si se venía allí de esa manera tan absurda haría un
papelón, aparte de que rompería todo el encanto del momento, por eso trató de
retrasarlo.
- ¿Me… me dejas probar el tuyo? Creo que me va más ese color
- Como no... Ayúdame a quitármelo
Moisés se le puso por detrás para ver otra vez tan bello
culo, y le sacó el hilo de la tanga. La verga grandota salió disparada como un
resorte, libre de su prisión. Eduardo se volteó para que el chico pudiera
apreciar qué tan excitado estaba, y se agarró por un momento su verga que estaba
afeitada por completo, como para que el chico apreciara el tamaño. Entonces le
dio una orden:
- Anda, quítate el tuyo
Cuando Moisés se quitó la tanga, estaba más empalmado que
nunca, ya estaba a punto de estallar y sentía que le subían algunas gotas de
pre-semen a la enorme cabeza de su dura verga. Este era el momento esperado,
decidió desnudarse por completo en silencio, viendo fijamente a los ojos a un
Eduardo que jadeaba incesante como un animal a punto de atacar. El aire se podía
cortar, el ambiente olía a sexo y sudor, a hombres en celo.
Eduardo dejó de mirar a Moisés a los ojos y decidió observar
con detenimiento el objeto de su deseo. Fue entonces cuando cayó en cuenta de
que estaba frente al pene más grande que en su vida hubiera visto, largo y
grueso, como de unas 10 pulgadas, y curvado hacia arriba, con una cabeza
grandota y brillante que mostraba unas traviesas gotitas saliendo de su ojo
único y unas bolas enormes y afeitaditas. Eduardo quedó sin habla ante aquella
maravilla.
Moisés se percató de lo que sucedía y se puso las manos en la
cintura e infló su amplio y velludo pecho. Esa era precisamente la impresión que
quería causarle. Sonreía satisfecho mientras su enorme tranca latía excitada.
Eduardo tragó en seco y le habló sin dejar de mirar el portentoso animal que se
paraba orgulloso entre las piernas de su nuevo amigo.
Allí estaban frente a frente, desnudos en un probador de una
tienda, dos hombres deseosos de sexo y mostrando su masculinidad, su calentura,
sus ganas. Ninguno de los dos se atrevía a hacer nada, como si quisieran
prolongar aquel momento para siempre. Moisés habló por romper el hielo, sin
saber que le daría a Eduardo la pauta a seguir.
Me imagino, Eduardo, que estas tangas hay que lavarlas
a menudo, pues seguro se impregnan del olor de uno.
No imagines, huélela…
Moisés se dobló a recoger la tanga que tenía puesta Eduardo,
y al incorporarse de nuevo la aspiró fuertemente cerrando los ojos mientras se
grababa en la memoria el aroma del culo de Eduardo.
- Hueles muy bien. Hmmmmmm…
Aquello fue demasiado. Al ver eso, al ojo de la vergota de
Eduardo se asomaron unas gotitas más de pre-semen, y su miembro erecto le
palpitó con fuerza. Agarró los hombros de Moisés y lo empujo hacia abajo,
haciéndole arrodillarse ante él.
- Ven, huele de aquí, que te va a gustar más.
Por fin había llegado el momento para acariciar y saborear el
objeto de su deseo, a Moisés lo había calentado aún más la agresividad con la
que lo hicieron arrodillarse. Empezó a pasar su nariz suavemente por la
entrepierna de Eduardo, por sus bolas, por la base del tronco, aspirando con
deleite aquel aroma de sudor de hombre, de sexo y de pasión entre las piernas de
su adonis.
Hmmmmm, síiiiiii, hueles bien…
Lo rozaba levemente con su aliento, con una suavidad
torturadora que ponía a Eduardo loco, y ponía en duda el control que
supuestamente tenía aquel hombre que estaba de pie.
Con que huele bien, ¿eh? Pues imagina como sabe.
Enséñame tú a que sabe
Al decir esto, Moisés acercó su boca al palo de Eduardo, el
cual empezó a golpearle la cara y los labios con su tronco macizo mientras le
repetía "¿te gusta, verdad?" con un tono de lujuria ahora desconocido para
Moisés. Abrió la boca, goloso y sacó la lengua para sentir la cabeza de aquel
animal golpeándole allí, mientras veía hacia arriba, a los ojos de Eduardo, cosa
que le excitó de más a este último. Posó la colorada y brillante cabeza de su
verga en la lengua de Moisés, y éste chupó con fuerza, lamiéndolo dentro de su
boca
Hmmmm qué rico... más adentro, ¡vamos!
Eduardo hablaba como si estuviera poseído, con los ojos
entrecerrados, extasiado en el disfrute de sentir su gruesa verga deslizándose
en la tibia boca de Moisés, que no dejaba de gemir mientras ponía todo su empeño
en la mamada, quería que aquel hombre nunca se olvidara de este encuentro. En un
momento se sacó la verga de su boca y miró a Eduardo con deseo y le dijo:
Desde hace tiempo soñaba con chupártela
Desde que entraste por la puerta quería quitarte la
ropa y volarte encima
Me gusta tu verga
Calla y sigue, que estabas muy bien, nunca me la han
mamado así
Agarró a Moisés por los cabellos y con la otra mano forzó su
miembro dentro de la húmeda y caliente boca, metiéndolo más y más adentro,
suavemente, entero, hasta el fondo
Moisés chupaba ruidosamente mientras le masajeaba las bolas
con la mano, y después de un rato sacó de su boca el objeto de su deseo,
jadeando de placer. La verga de Eduardo quedó muy mojada, un hilillo de saliva
le escurría desde la cabeza hasta las bolas.
Niño, qué bien la chupas, me tienes mal
Eduardo subió la pierna en el banco mientras Moisés, aún de
rodillas, empezó a lamer aquel pene macizo de arriba a abajo, lamiendo también
las bolas y la entrepierna.
Después de unos minutos en los que solo se oía el tenue jadeo
de Eduardo y los lengüeteos de Moisés unidos a su respiración afanosa.
Eduardo agarró a su experto mamador por la cabeza y le metió
su vergota toda hasta adentro, oyéndolo quejarse con unos murmullos ahogados,
luego la sacó entera, suavemente, y haló al chico hacia arriba. Moisés exhaló un
suspiro y dijo con lujuria:
Me encanta tu verga
Pues déjame probarla de tu boca si es que sabe tan rica
Diciendo esto, lo besó con pasión, metiendo su lengua dentro
de la boca de Moisés, buscando en ella el sabor de su propio miembro. Luego se
echó al suelo
Ven, que quiero chupártela también
Ah, no, pero yo quiero seguir en lo mismo, vamos a
darnos placer mutuo
Moisés se metió por debajo de Eduardo a lamerle el perineo y
siguió por abajo hasta su culo, mientras le decía al vendedor:
Mi verga necesita una buena mamada, anda
Eduardo empezó a saborear las gotas de pre-semen del palo
palpitante de Moisés, mientras éste devoraba su culo con furia. Aprovechó para
abrir su culo con las dos manos para que el chico lo pudiera lamer mejor.
Moisés se acomodó, abriéndole más el culo y escupiéndolo un
par de veces ruidosamente, para luego meterle la lengua hasta el fondo, lo cual
hizo que el vendedor emitiera un largo y sonoro gemido de placer
Qué bien lo haces, me traes loco. Por cierto, me
encanta tu verga, está muy mojada con pre-semen
Anda, puedes saborearla, la tengo así por ti. Y mi culo
necesita atención también
Eduardo le masajeaba el tronco a Moisés y empezó también a
chuparle el culo con fuerza. Luego se devolvía a lamerle los huevos, mientras el
de abajo le decía:
Me encanta, sigue, aaaaah que bien la chupas
Y esto, ¿te gusta?
Eduardo se metió la vergota de su cliente entera en la boca,
la sintió palpitante en todo su grosor y empezó a chuparla sin sacársela de
adentro de la boca.
Moisés deliraba, y succionaba el culo de su hombre con más
fuerza
Sigue así, Moisés, que mi culo hace tiempo que
necesitaba que le pusieran atención… ay síiiiiii… prepáramelo.
Abre más las piernas, Eduardo, que quiero comerte el
culo como nadie lo ha hecho
Eduardo gemía mientras lamía las piernas de Moisés y
masajeaba sus bolas. A la orden del otro, abrió las piernas ampliamente, su culo
le latía con fuerza
No pares, así, cómeme el culo, cómemelo ya
Moisés movia la cabeza de lado a lado mientras se comía el
agujero delicioso y sudado de Eduardo con gran ansiedad, le metía toda su
lengua, en círculos, por todos lados, y con la punta rozaba su agujero
mortificándolo para ver cómo le latía. Eduardo apretaba el culo y sentía como le
babeaba la verga de placer, y se dedicaba a chuparle la cabeza de la verga a su
hombre, mientras le masajeaba el perineo con la presión de sus dedos.
En ese momento, el dependiente sintió que se venía, y el
ritmo de jadeos y gemidos con el ruido seco de una nalgada que le dio Moisés.
Sintió tanto gusto y se alegró de que su leche no saliera al ser distraído por
el momento.
Moisés estaba como poseído del placer que experimentaba
debajo de aquel macho, sintió ganas de más verga y en un rápido movimiento
volvió a chuparle la verga a Eduardo, mientras sentía el sabor del pre-semen, le
seguía dando nalgadas.
Aaaaaaah, sí, sigue Moisés, prepáralo para lo que me
vas a meter… que rico, sigueee
A Moisés lo excitaba muchísimo que le hablaran así. En ese
momento escupió el hoyo del culo de Eduardo y le pasó un dedo para arriba y para
abajo mientras le seguía chupando su vergota mojada y a la vez, con la otra
mano, sobaba su propio tronco que ya babeaba mucho más. Se sacó el manjar de su
boca y le dijo:
Mira, está lista para metértela
Ay sí, dame con esa polla tan dura, soy todo tuyo
Yo quiero verte la cara de placer mientras te meto este
palo que va a estallar
Voltéate, métemelo de frente, para verte mientras me
follas
Eduardo se tendió en el suelo del vestidor y alzó las piernas
en el aire, enseñando su agujero mojado con la saliva del rubio, y el cual le
latía descontroladamente.
Moisés se arrodilló frente a Eduardo, el cual estaba
convertido en un animal en celo, y empezó a mortificarlo sobándole su capullo
alrededor del agujero. Se escupió los dedos y se los sobó en el culo al hombre
que ahora tenía los ojos virados hacia arriba del placer.
Me gustas mucho, Moisés, quiero ser tuyo. Ya no me
dilates el placer, ven métemelo.
Moisés le abrió aún más las piernas y le metió dos dedos
lentamente hasta el fondo, mientras observaba al vendedor que estaba como
extasiado. Le colocó de nuevo la punta de su verga en el orificio y empezó a
dibujarle círculos con la cabezota, hasta que sintió como se le deslizaba hacia
el interior con una gran facilidad, aunque no pudo seguir avanzando, entonces lo
agarró por las piernas como queriéndolo abrir en dos mientras le empezaba a
suministrar la dosis de verga que el vendedor hace tiempo necesitaba.
Lentamente, Eduardo, para que lo sientas
Moisés, anda, dame duro con tu polla
Como si fuera a cámara lenta, el chico le fue introduciendo
aquella tranca curvada y brillosa, lentamente hasta el fondo. Eduardo primero
tuvo dificultad en dejar pasar cada pulgada de verga, pero poco a poco el placer
se impuso y el chico empezó a jadear como perro en celo, mientras le seguía
hablando sucio a su macho follador.
Aaaaaaahhhh que ricooooo joder… qué dura la tienes,
hombre. Quiero sentirte todo dentro de mí… ¡dame duro!
Moisés, con cara de placer, no despegaba sus ojos lujuriosos
de los de Eduardo, mientras le decía:
Me gustas mucho, desde que te vi. Quería que fueras mío
Mientras le decía esto, le movía aquella enorme verga hacia
adentro y afuera dentro de su culo. Se acercó a besarlo con pasión mientras lo
seguía follando con un ritmo cada vez más rápido. De su pecho y sus hombros
caían gotas de sudor sobre el cuerpo caliente de Eduardo, el cual empezó a mover
las caderas en forma circular para darle más placer a su rubio semental.
Moisés disfrutaba aquella follada como nunca, pero quería
seguir teniendo el control, de modo que sacó su verga de golpe, mientras Eduardo
sentía el hueco que dejaba la ausencia de aquel enorme tronco, y se abrazaba con
los pies a la espalda de su hombre como no queriéndolo soltar.
Moisés, con una sonrisa pícara volvía a meterle su polla
lentamente al muchacho, mientras observaba la reacción de placer en esa bella
carita que lo traía loco desde hacía tiempo. Repitió varias veces el ejercicio
de sacar de golpe y meter despacio, hasta que en un momento que lo tenía dentro
hasta el fondo, Eduardo le apretó la verga con los músculos anales, y la lujuria
en la cara de Moisés alcanzó su máxima expresión. Apretó los dientes y se apoyó
en el suelo, todo el tiempo con solo la punta dentro, y de pronto, con furia, le
metió de golpe las diez pulgadas.
Eduardo gritó tan fuerte que de no estar en el fondo de la
tienda lo hubiesen escuchado en el pasillo. Apretó su culo con fuerza mientras
el rubio le repetía el tratamiento, de golpe y porrazo hasta adentro, esta vez
aún con más fuerza
¡¡AAAAAAAAARGGGGGGGGGH!! ASIIII
Sabes aguantar, Eduardo, ¿eh?
Joder, estoy cogiendo con un macho de verdad
Te está gustando, ¿verdad?
Síiiii, dame así, duro, duro
Dime si te gusta que te clave la verga, Eduardo
Sí, mucho, dame más, me gusta que me la metan así,
salvajemente, aaaaaaayyyyyy
Moisés se excitaba cada vez más con cada frase, le encantaba
esta conversación sucia mientras seguía clavándole su tronco rígido, volteaba
los ojos cada vez que Eduardo le apretaba la verga con su culo, y seguía dándole
con fuerza. Entonces empezó a sobarle la verga a Eduardo, suavemente, haciéndole
una paja tan delicada que contrastaba con la energía que le imprimía a cada
embestida.
Quiero que te corras con mi polla dentro
Aaaaaaaaah me vas a hacer venir muy pronto, siiiiií
Se acomodó para seguirle metiendo su duro nabo mientras lo
seguía masturbando, ahora con fuerza, y con la otra mano empezó a apretarle un
pezón con fuerza
Ay, Moisés, sí, dame duro, quiero sentir tu leche
dentro de mí
Mmmmmm.... muévete como el puto caliente que eres
Eduardo empezó a mover su culo en círculos y lo apretaba
duro, mientras Moisés le quitaba algo de leche de su polla que goteaba y le
metía los dedos en la boca. El muchacho saboreaba su propia leche de los dedos
de su amante, cuando de repente Moisés se inclinó hacia él y empezó a chuparle
la lengua para sentir el sabor del néctar masculino.
Cuando Moisés bajo a chupar el cuello de su macho, éste lo
abrazó más fuerte con los pies y echó la cabeza hacia atrás, extasiado y
susurrando frases sueltas "cómo me gustas", "úsame, abúsame", "dame duro que me
gusta", a lo cual Moisés respondió metiéndole la verga más rápido, más duro, más
hondo, sin piedad, sabiendo que se acercaba el momento final.
Eduardo sentía como las bolas del muchacho le golpeaban el
culo. Fue en ese momento que empezó a jadear como un animal, empezó a mover sus
nalgas en todas direcciones, loco de placer, y de buenas a primeras apretó su
culo fuertemente, lo cual provocó que Moisés gimiera con fuerza.
Eduardo empezó a correrse profusamente… uno, dos, tres
chorros,,, Moisés volvió a besarlo con pasión… cuatro, cinco, seis trallazos más
de leche, y con cada uno su esfínter apretaba y flojaba.
Oh por Dios, me vas a hacer venir a mí también, ahí
viene, ahí viene, yaaaa…
Moisés no pudo más y acabó por venirse con fuerza dentro del
culo de Eduardo, el cual seguía, increíblemente, botando leche de su verga que
no perdía la dureza para nada. La sensación de los chorros de leche de su macho
dentro de sí le provocaron una nueva sensación de placer.
Moisés se corrió como nunca lo había hecho, y exhaló un
suspiro profundo mientras caía sobre el cuerpo de Eduardo, que estaba cubierto
de sudor y semen. De tan abundante venida, del culo del vendedor salía un
hilillo de leche.
Los dos hombres se fundieron en un largo beso, se olvidaron
del tiempo y seguían difrutándose como si estuvieran apenas empezando. Moisés
rompió el beso para, dedicarse a lamer del cuello de Eduardo los trallazos de
leche que habían caído allí, luego bajó a sus pezones donde lamió por igual la
leche que había caído allí, y de nuevo volvió a besar a Eduardo apasionadamente.
No sabían cuánto tiempo había pasado, pero Eduardo, debajo de
Moisés, se acomodó para acariciarse en otra posición y en ese momento le
preguntó el otro:
Oye, Eduardo, ¿por qué esa camarita de la esquina tiene
una luz roja que parpadea?
Moisés abrió los ojos como dos platos y se quedó paralizado
antes de responder:
Oh no, el guardia de seguridad…
Los muchachos se miraron sin saber qué hacer. Habían estado
siendo observados todo el tiempo.
Pero eso ya es parte de otra historia…
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