Al aparecer las primeras luces del día, empecé a despertarme
y mi primera reacción fue un poco de sorpresa. ¿Qué hacía yo allí, durmiendo en
el jardín de casa junto a mi hermano Juan y a María? Haciendo un ejercicio de
memoria, fui recordando todas las emociones vividas ayer desde el momento en que
María y yo llegamos a casa y sorprendimos a mi hermano Juan con los pantalones
bajados y delante de su ordenador hasta ayer por la noche cuando nos pusimos a
dormir, pasando por el baño en la piscina los tres desnudos, las caricias
eróticas, la iniciación de María y mía en el cibersexo, el baño en una piscina
nudista con los amigos del ciber, y el amor que hicimos Juan y yo. Ni yo misma
podía creerme que todo esto hubiera sido cierto, más bien lo consideraba una
broma del destino, pero fue cierto, y nuestro grado de confianza aumentó hasta
límites insospechados. Lo que si recordaba perfectamente es que para evitar que
mis padres nos sorprendieran a los tres desnudos si se presentaban en casa antes
que nos despertásemos nos habíamos puesto los pijamas; pero lo que no recordaba
de ninguna manera era que hubiéramos cogido unas colchas para cubrirnos.
Enseguida supuse que alguno de ellos dos habría entrado en la casa y nos las
habría puesto. Sin darle más importancia, continué tumbada en el colchón mirando
como aún dormían Juan y María.
Ellos dos dormían plácidamente y, mientras esperaba que
alguno de los dos abriera los ojos, me puse a pensar en todo lo sucedido ayer;
parafraseando al astronauta Armstrong cuando pisó la luna por primera vez, ayer
dimos un pequeño paso en nuestras relaciones pero uno muy grande para nuestras
sexualidad; hasta ayer, no me habría atrevido ni tan siquiera a que mi hermano
me viera en ropa interior, y en cambio ahora no me importaba lo más mínimo que
me viera desnuda; al contrario, me estaba siendo agradable el pensar en estar
junto a él sin ropa alguna e incluso me venía a la cabeza el que satisficiéramos
nuestra sexualidad mutuamente puesto que a la vez que obteníamos el lógico
placer era una forma de sublimar nuestro cariño. Viendo a María y a Juan pensaba
en nuestras relaciones y me daba cuenta que, a priori, me veía completamente
capaz de hacer cualquier cosa con ellos, o cuanto menos de intentarlo.
Como ni el uno ni la otra daban la más mínima señal de querer
levantarse medianamente pronto, me levanté y me dispuse a preparar el desayuno;
mientras ponía la cafetera al fuego, fui a ducharme y vestirme. En mi habitación
me quité el pijama, coloqué encima de la cama la ropa que luego me pondría, y
fui a la ducha; mientras descorría la cortina me di cuenta que había ido de mi
habitación al baño sin cubrir mi cuerpo para nada y que tampoco había cerrado la
puerta del baño. Después de todo lo que hicimos ayer, ahora ya no me importaba
nada que me pudieran ver, ni tan siquiera mi hermano Juan. Al abrir el grifo, el
agua empezó a circular cayendo por mi desnuda piel. Por mi mente empezaron a
circular un montón de imágenes, todas ellas un fiel recuerdo de la jornada de
ayer.
Con la piel de mi cuerpo brillante por las gotas de agua que
la recubrían, me fui enjabonando con gran parsimonia, deleitándome y disfrutando
del fresco contacto del gel de baño con mi cuerpo. A pesar de la buena
temperatura que hacía, se me iba poniendo la piel de gallina a medida que me iba
enjabonando y, por consiguiente, enjabonándome; al principio, mi intención fue
la de tomar mi ducha matutina y regresar al jardín donde estaban Juan y María
para desayunar con ellos y luego recogerlo todo, preparar las maletas y esperar
a que viniesen nuestros padres para marchar de vacaciones y descubrir por fin la
sorpresa que nos tenían preparada; pero a medida que me iba enjabonando, tuve
que desechar tal idea, puesto que iba notando una sensación muy agradable y no
quería interrumpirla para nada; era una sensación muy placentera y similar a la
que experimenté ayer cuando en la piscina nudista María y yo nos acariciamos
disimuladamente mientras íbamos nadando; y es que por el roce de mis dedos con
mi cuerpo desnudo ayudados por la frescura del gel me estaba produciendo una
cierta excitación erótica, visible en mis senos, los cuales ya se habían puesto
duros y firmes. Mi mano poco a poco fue bajando hasta llegar a mi entrepierna;
iba a aplicarme el consiguiente gel, cuando oí que el teléfono sonaba sin que
nadie lo descolgase.
¡Id al teléfono, que estoy en la ducha! –les grité.
Al ver que ninguno de ellos dos acudía, salí de la bañera
deprisa pero con cuidado de no caerme ni de resbalar; dejando tras de mi el
lógico rastro de huellas mojadas fui a la habitación de mis padres para ver
quién era; al descolgarlo, oí la voz de mi madre que me preguntaba cómo nos
había ido el final de trimestre. Le contesté que había ido muy bien y que ayer
lo habíamos celebrado con unos amigos; ¡pobre mamá! ¿Cómo iba yo a decirle que
ayer por la noche había hecho el amor con mi propio hermano y que un rato antes
nos habíamos acariciado con María en la piscina? No lo iba a entender y, lo que
es peor, se iba a enfadar muchísimo cuando lo llegara a saber; evidentemente no
le dije nada; despidiéndome de ella hasta la hora de comer, colgué el auricular
del teléfono y continué sentada en la cama de mis padres mientras iba
cepillándome el pelo.
Estaba concentrada en mis pensamientos y recuerdos de ayer y
no me di ni cuenta que a delante de la puerta estaban María y Juan hasta que oí
la voz de ella que, en un tono medio irónico, medio serio, le decía a mi
hermano:
¿Qué haces ahí mirando a tu hermana? Cualquiera diría que
jamás has visto a una mujer desnuda, y menos aún a Ingrid.
Como no los esperaba ni tampoco los había visto entrar, me
llevé el lógico sobresalto, y mi primera reacción fue la de girarme para
recriminarle que me estuviera espiando y de taparme mis senos desnudos con la
mano. Tanto él como ella se sorprendieron un tanto al verme así, un poquito
enfadada por que mi hermano me hubiera visto desnuda mientras me cepillaba el
pelo. Creo que se extrañeza inicial vino dada por cuanto todo el día de ayer
habíamos estado los tres desnudos e, incluso, yo había hecho el amor con mi
hermano.
Claro que he visto a alguna mujer desnuda y también a
Ingrid, pero no me esperaba encontrármela así de golpe.
Además de verla desnuda, ayer hicisteis algo más que eso,
¿no? –preguntó con sorna María conociendo perfectamente la respuesta, puesto
que ella misma había sido testigo mudo de todo.
Eee…bueno…sí, es cierto –respondió Juan balbuceando y
mostrando en su rostro los indicios de su clara timidez-; pero es que como
os encuentro muy atractivas, es lógico que me guste veros.
Si no hace falta que lo digas que te guste vernos, se ve
a la legua.
Quien decía esto último era María, que se había dado cuenta
de la erección que mostraba Juan por debajo del pantalón de su pijama al mismo
tiempo que le ponía la mano abierta encima de su pene erecto. Esto provocó que
mi hermano Juan se ruborizase aún más y apartase la mano de María de tan
"delicada" posición. Un poco como si quisiera cambiar de tema, me preguntó
¿Qué te han dicho los papás por teléfono?
Nada en especial; preguntaban cómo nos iba y que vendrían
a la hora de comer, y yo les he contestado que estábamos muy bien y con
ganas de verlos de nuevo.
No les habrás dicho nada de…. –me interrumpió Juan-;
¿De qué? –le pregunté yo, intuyendo perfectamente a qué
se refería.
Bueno….pues…eso…lo de ayer.
Creo –intervino María-, que tu hermano se refiere a los
jueguecitos de ayer y al ir desnudos todo el día.
¡Estais como una cabra los dos! ¿Cómo quereis que diga
algo así?. Esto no tiene que saberlo nadie mas –les dije-; bueno, basta de
discusiones, si quereis, vamos a cambiarnos y bajamos a la piscina.
Después de todo lo de ayer, ¿creeis que hace falta que
nos cambiemos? Como cuando vengan vuestros padres, no podremos, si quereis
nos bañamos sin nada como ayer.
María tenía razón; era un absurdo irse a cambiar para bajar a
la piscina, y más aún teniendo en cuenta que teníamos toda la mañana por delante
hasta que vinieran nuestros padres y además, si dejábamos las llaves puestas en
la cerradura, no podrían sorprendernos. Yo ya estaba desnuda, puesto que al
salir de la ducha para atender el teléfono, no me había cubierto con nada; por
su parte, María y Juan aún iban con el pijama; a la voz de "¡vamos! ¡decídete y
no seas remolón!" María le bajó de golpe el pantaloncito del pijama, con lo que
mi hermano quedó con sus "vergüenzas" al aire. En un principio, su primera
reacción fue la de subírselo, pero comprendió que no serviría de nada puesto que
ya lo habíamos visto desnudo y lo primero que se le ocurrió fue acercarse por
detrás María y en un rápido movimiento tirar de su pantalón hacia abajo. Ella se
había dado cuenta de sus intenciones, había puesto las manos en la cintura para
impedírselo y forcejeó para que él no lo consiguiera. Y lo que empezó como una
broma de María, acabó con los dos rodando por el suelo e intentando cada uno
desnudar al otro.
Pareceis dos críos, jugando así –les dije.
Y realmente así era; como si fueran dos críos en el patio del
colegio, con la diferencia que esta vez la pelea era totalmente incruenta y de
broma; bueno, lo de incruenta es un decir, puesto que con el forcejeo y los
tirones, a mi hermano se le había roto una manga del pijama, y la chaqueta de
María había perdido la mitad de sus botones. Ambos estaban tan "concentrados" en
la pelea que ninguno de los dos se preocupaba de su desnudez, y lo único que les
importaba era salir victoriosos del lance. Juan sólo llevaba la chaquetilla del
pijama, con lo que sus atributos masculinos quedaban al aire, y María, con la
chaquetilla que apenas tenía botones para mantenerse cerrada con un cierto
decoro, en más de una ocasión se quedaba con alguno de sus senos al aire o,
muchas veces, con ambos. No estaba claro quién era el vencedor, ya que a veces
era Juan, y otras era María quién llevaba la voz cantante. En una de estas, él
consiguió tumbar a María con la espalda al suelo y, sentándose encima de su
pecho para inmovilizarla, le dijo que se rindiera. Esta vez, por mucho que
forcejeara y se moviera, sí que estaba bien atrapada y no conseguía desprenderse
de mi hermano. Ella ya había perdido el pantalón del pijama y la chaqueta estaba
que daba pena; se había roto por varios sitios y lo único que se podía hacer con
ella era llevarla directamente a la basura. María estaba completamente
inmovilizada, con mi hermano sentado encima de ella, y tan cerca de su cara, que
cada vez que Juan se inclinaba o se movía, rozaba con su pene la barbilla de
ella.
En este momento ninguno de nosotros tres pensaba en el sexo
ni veíamos nuestra propia desnudez ni la de los otros dos como algo erótico;
simplemente estábamos pasándolo bien; durante su "lucha", en más de una ocasión
habían tocado "aquello que no suena" o habían rozado con su sexo la cara del
contrincante, pero al tratarse de un juego inocente nadie había reparado en
ello. Por su parte, me estaban dando una especie de envidia sana; veía como
ellos se lo estaban pasando bien y yo, me divertía viéndolos; a medida que
transcurría el juego me venían ganas de continuarlo en el jardín, donde no
pudiéramos romper nada y donde, a salvo entre los cuatro muros que nos rodeaban,
no corriéramos el riesgo de ser sorprendidos en alguna posición un tanto
indiscreta si llegábamos a más. El problema era que no sabía muy bien cómo
plantearlo sin que se notara mucho, pero, por suerte, fue mi hermano quien tomó
la iniciativa y, en parte rompió el hielo:
¡Vaya desastre que hemos hecho, aquí! Está todo revuelto.
Uf…no veas; -dijo María-; será mejor que lo dejemos todo
bien recogido antes de que lleguen vuestros padres.
Y vosotros dos –les dije-, será mejor que os quiteis
estos pijamas rotos, o lo que queda de ellos, y que los tiremos a la basura
antes de que los vean nuestros padres y nos pregunten cómo se han roto.
Juan no tenía ni su chaquetilla y María, lo único que tenía
medianamente pasable era su pantalón; y en este estado era bastante absurdo el
preocuparse por cubrir sus desnudos cuerpos, por lo que acabaron de desprenderse
de los últimos restos de ropa que llevaban y volvieron a quedar completamente
desnudos como estuvimos casi todo el día de ayer. Mientras ellos dos recogían
todo el estropicio que habían organizado, me puse una camiseta y un pantalón
corto y salí a la calle para tirar al contenedor de la basura una bolsa de
plástico en la que habíamos puesto los pijamas que María y Juan habían roto
durante su incruenta lucha. De regreso a casa fui intentando clarificar mis
ideas respecto a lo sucedido ayer entre mi hermano Juan, María y yo; por un
lado, me alegraba del gran paso que había dado con mi hermano, puesto que en un
día, no sólo habíamos adquirido la confianza suficiente como para poder hablar
de y sobre cualquier cosa entre nosotros, sino que habíamos participado en
juegos eróticos e incluso habíamos llegado a hacer el amor, lo cual me alegraba
sobremanera; pero por el otro, me preocupaba las consecuencias que de ello se
pudieran derivar y, lo que es peor, que nuestros padres se llegasen a enterar,
con el enfado monumental que ello conllevaría; en cuanto a María, si bien es
cierto que entre nosotras había nacido una gran amistad, jamás nos habíamos dado
grandes muestras de cariño más allá de un abrazo o de un simple beso en la
mejilla, y en cambio ayer por la mañana nos besamos y por la noche en la piscina
nudista nos acariciamos por debajo del agua hasta llegar al orgasmo.
¿significaría esto último que tenía tendencias lésbicas? No lo creo, aunque no
tuviera nada en contra e incluso dos de mis mejores compañeras de facultad lo
eran y más de una vez yo las había encubierto;
Al abrir la puerta de casa y entrar dentro, yo continuaba
ensimismada en mis pensamientos y seguía sin tener clara la idoneidad de
nuestras relaciones; aún así, la idea que con más fuerza planeaba sobre mi
cabeza era la de intentar mantener dichas relaciones mientras fuera posible pero
contando, eso sí, con la aprobación tanto de Juan como de María y jurándonos que
nada de lo que hiciéramos o viéramos podía salir de allí. Sin llegar a ninguna
conclusión clara, llegué a la planta del dormitorio y oí la voz de María que
decía: "Más adelante, a lo mejor, ya lo ves"; como es lógico, estas palabras me
dejaron muy intrigada, puesto que no podía deducir a qué se refería. Deseando
hallar la solución a tal misterio fui a mi habitación, y me los encontré
sentados en la cama y con la espalda apoyada en la pared y charlando
tranquilamente. Sentándome a su lado, le pregunté a María qué había querido
decir con ello:
Nada en especial –respondió-; simplemente que tu hermano
me preguntaba si cuando algo nos excita se notaba mucho en nuestro cuerpo, y
ha sido entonces cuando le he dicho que a lo mejor lo veía más tarde.
¿Qué quieres decir con esto? ¿es una proposición algo
"picantota"? –le pregunté.
No sé, según veamos; si os apetece, por mí perfecto.
Enseguida nos miramos los unos a los otros procurando hallar
la respuesta o ver si alguno de los otros era el primero en "mover ficha". Por
los gestos y las expresiones de nuestras caras se notaba que a los tres nos
apetecía hacer algo, o cuanto menos intentarlo, pero no acabábamos de decidirnos
a dar el primer paso, quizás temiendo un poco una posible reacción adversa de
los otros dos. Al final, armándome de valor les dije que allí quietos como
pasmarotes no íbamos a arreglar nada, así que lo mejor sería bajar de nuevo a la
piscina; para evitar que nuestros padres nos sorprendieran nos bajamos también
los bikinis y, en el caso de Juan, el bañador; y, para que no pudieran entrar de
golpe sin que nos diésemos cuenta pusimos la llave en la cerradura por dentro,
como si nos la hubiésemos olvidado puesta; de esta forma no podrían entrar en
silencio y se verían obligados a llamar.
Mientras acabábamos de recogerlo todo y nos preparábamos a
bajar, yo iba pensando cómo lo podíamos hacer a la hora de "jugar" y para saber
cómo y quién debía de realizar cada cosa. Por suerte, a mi hermano Juan se le
iluminó la bombilla de las ideas y dijo que podíamos jugar con dos dados y una
hoja de papel con doce casillas, una para cada uno de los puntos del dado. Las
casillas las numeraríamos del 2 al 12 y en ellas escribiríamos las "pruebas"
ordenadas de mayor a menor dificultad; al tirar los dos dados, la suma de los
dos puntos indicaría la prueba a realizar y al tirarlos una segunda vez con
quién realizarla: si salía un resultado impar le correspondía a la persona de la
izquierda, y si era par a la de la derecha; no había ninguna casilla con el 1
porque jugando con dos dados era imposible que saliera este número. Hasta aquí
todo parecía bien, pero había un "problema" o "inconveniente", y como tal se lo
dije:
Me parece todo muy bien, pero hay un problemilla –les
dije-;
¿cuál? –preguntaron los dos casi a la vez
Pues que se nota que el juego lo ha pensado Juan porqué
él siempre hará las pruebas con una de nosotras, pero tú y yo, María, según
lo que nos salga tendremos que hacerlo entre nosotras, y las dos somos
chicas.
¡Anda, es verdad!, no había caído en ello –respondió
Juan.
Bueno, sólo se me ocurre una solución –respondió María-;
y es que decidamos antes de empezar qué hacemos si la prueba nos toca entre
nosotras dos.
No sé –les dije-; si quereis, lo que se podría hacer es
empezar a jugar y a medida que pase el tiempo ver si continuamos o nos
plantamos y "a otra cosa mariposa".
A todos nos pareció bien la idea de empezar y ver que pasa.
Por un lado no nos comprometíamos a nada, pero por el otro dejábamos la puerta
abierta para continuar jugando si nos animábamos a ello. Una vez decidido, sólo
quedaba buscar las pruebas a hacer y ordenarlas de mayor a menor dificultad, por
lo que, mientras se quedaban ellos dos charlando, fui al escritorio a buscar
unas hojas de papel, lápices y los dados del armario de los juegos. Al regresar
de nuevo a la piscina y verlos a los dos charlando tan animadamente y en
completa desnudez no dejé de maravillarme del gran cambio que habíamos sufrido
pasando de vernos con recelo a tener la confianza suficiente como para estar
desnudos como si tal cosa, e incluso podíamos llegar a algún juego erótico. Pero
sobretodo, me sorprendía por mi hermano Juan; él estaba en una edad, la
adolescencia, en que los jóvenes van descubriendo poco a poco su propio cuerpo y
su sexualidad, al mismo tiempo que los invade una gran sensación de timidez y de
pudor que los impide en la mayoría de los casos estar desnudos con la mayor
naturalidad. Por lo que nos había contado, sus compañeros de clase ya hablaban
de las chicas describiéndolas físicamente y hablando entre ellos sobre cuál
gustaba más, o cuál gustaba menos, y cosas por el estilo; y, para ellos, la
imagen de una chica desnuda era una especie de panacea y de máxima aspiración;
pero Juan aún conservaba la inocencia y la candidez de los jóvenes, y cuando
ayer empezó en la piscina a retarnos para quitarnos el bañador lo hizo movido
más por el demostrar qué era capaz que por un marcado deseo sexual; aunque,
después le reconoció, a medida que lo fue probando, le fue gustando cada vez
más. En esta época, su cuerpo era delgado y, en el aspecto sexual, su pene aún
no estaba desarrollado del todo y tenía un tamaño intermedio entre el de un niño
y el de un adulto; pero, y esto ya lo pude comprobar ayer, era perfectamente
capaz de proporcionar un gran placer respondiendo al conocido refrán de
"pequeñito, pero matón".
Al final, después de un rato de cavilar y de estrujarnos la
sesera, tuvimos el siguiente "panel de pruebas: 2) Chiste o broma picante, 3)
Confesión erótica, 4) Beso en la mejilla, 5) Beso en los labios, 6) Tocar pecho,
7) Tocar genitales, 8) Lamer pecho, 9) Lamer genitales, 10) Uno encima de otro
abrazándose, 11) Uno encima de otro en posición invertida o 69, 12) Penetración.
Aunque las pruebas finales eran un poquito "fuertes", los tres estuvimos de
acuerdo en no poner barreras, empezar a jugar y si había que tomar alguna
decisión, tomarla sobre la marcha.
Una vez estuvimos todos de acuerdo en el juego, empezó Juan
con los dados por ser el más pequeño; como si los dados no quisieran ir más
deprisa, al principio salían pruebas sencillas, nada del otro mundo: chistes,
algún beso en la mejilla, alguna caricia, hasta que salió la primera prueba un
poco comprometida; cuando le tocaba el turno a María, sacó un 10, con lo cual
tendría que tumbarse encima de uno de nosotros dos y abrazarnos como si
hiciéramos el amor; aunque deseara participar ya en la fase "picante" del juego,
en mi subconsciente deseaba que los dados señalasen a mi hermano Juan; por el
momento aún no me veía capaz de participar activamente en una prueba así con
María y prefería esperar un poquito a que el juego se fuera calentando un poco.
Por suerte no fui yo la escogida por el azar y Juan tuvo que tumbarse en la
hierba y dejar que María hiciera lo propio encima de él. Los tres intuíamos que
esta primera prenda abriría la caja de Pandora y podría ser el inicio de una
magnífica mañana de placer y de amor.
Aprovechando que no era la primera vez que lo hacía, María se
tumbó encima de Juan, y fue moviendo rítmicamente su cintura como si estuviera
realmente haciendo el amor con mi hermano; como la prenda consistía "sólo" en
imitar el acto, ella se cuidó muy bien de evitar que hubiera penetración, a
pesar de que ganas no faltasen; cada vez que ella se inclinaba sobre mi hermano,
sus senos rozaban el pecho de Juan, lo que les proporcionaba una sensación muy
agradable; por la lógica del movimiento, y también de la situación, el pene de
mi hermano que al principio estaba flácido y pequeño, ahora brillaba con todo su
esplendor, a pesar de no ser aún el pene de un adulto, puesto que, hay que
recordarlo, Juan estaba en esta época, en plena adolescencia; cuando estaba
flácido su pene era pequeñito, de escasos centímetros, tal y como correspondería
a su edad; pero cuando estaba erecto era capaz de proporcionar un gran placer; a
María se la veía un poco más "fría", pero Juan estaba entrando en el paraíso;
hasta ayer mismo, Juan y sus compañeros de clase hablaban del cuerpo femenino
como algo utópico, como algo del que todos hablaban, pero de lo que pocos habían
visto "en directo" y mucho menos probado; en cambio, ahora, ahí estaba ante dos
chicas desnudas, María y yo, y probando en sus propias carnes las delicias de
las relaciones sexuales.
Pasado un tiempo, les dije que podíamos continuar jugando;
cuando se separaron le pregunté a Juan qué le parecía todo el tema del sexo, y
me respondió que jamás hubiera imaginado que fuera tan genial; estaba muy
contento de que hubiéramos roto el hielo y hubiéramos ganado la confianza
necesaria como para estar así. Yo también estaba muy contenta de que
estuviésemos así tan bien, y para que viera que mis palabras eran sinceras le di
un suave beso en los labios; María, como si estuviese un poquito celosa, dijo
que no estuviéramos tan acaramelados y que continuásemos con el juego.
A la jugada siguiente, les volvió a tocar a ellos dos, y Juan
tuvo que acariciar a María en su entrepierna; él estaba como si flotase y nunca,
ni tan sólo en sueños, había imaginado encontrarse en una situación así; para
facilitarle las cosas, María se tumbó de cara a él, reclinando su espalda
ligeramente y apoyándose en sus codos; sentada así, su vagina quedaba
completamente a la vista sin que para nada quedase oculta por sus muslos; Juan
jamás había visto un sexo femenino "al natural" y tan de cerca; ante sus dudas y
su falta de decisión para acariciar a María, cogí la mano de mi hermano y la
deposité encima del sexo de María, mostrándole cómo debía de moverla para
proporcionarle el máximo placer y, a la vez, obtenerlo él también; haciéndolo yo
misma, le mostré como había que acariciar el sexo de ella, pasando suavemente
las yemas de mis dedos por los labios de su vagina. Mientras le mostraba a Juan
cómo acariciarla, me vinieron a la cabeza las imágenes de cuando unos años
atrás, con mis primos en Suiza, fuimos descubriendo nuestra sexualidad y como,
en parte por ensayo y error, en parte por las indicaciones de mi prima mayor
Laura, aprendí a ver mi propio cuerpo como algo que me podía proporcionar un
gran placer si lo trataba adecuadamente. Ahora, mi hermano estaba en mi misma
situación, pero llevándome unos años de ventaja; se le veía como estaba
disfrutando de ello, evidentemente nosotras también, a la vez que procuraba
fijarse en todos y cada uno de los detalles. Juan recordó como ayer, un poco
para romper el hielo, nos fuímos acariciando como si nos estuviéramos aplicando
una crema protectora o hidratante al cuerpo, y fue moviendo las manos en suaves
movimientos circulares.
Cuando consideró que ya había pasado un cierto tiempo, María
dijo que volviésemos al juego; tiramos de nuevo los dados y esta vez le tocó a
Juan darme un beso en el labio; ¡como se notaba que era primerizo, el pobre! Se
limitó a sacar los labios para afuera y colocarlos junto a los míos; al verlo,
María le dijo que parecía que fuera su primer beso a lo que él contestó que
hasta ayer nunca había besado a una chica en los labios y que no sabía muy bien
cómo hacerlo; un poco para enseñarle cómo se hacía, en parte para subir un poco
la temperatura ambiente, María le dijo que se fijara bien y que la imitara;
María se me acercó, se sentó delante de mí y me besó en los labios como ya había
hecho ayer por la mañana. No hay que decir que dicha reacción me sorprendió
sobremanera, y no precisamente porque no me gustara; al contrario, me parecía
estar volando; simulando hacerlo para enseñar a mi hermano, no me limité a ser
besada sino que, por mi parte, también besé a María abriendo mis labios hasta
encajarlos a los suyos.
¿Has visto como se hace? –le pregunté.
Sí, claro; pero no sabía que las chicas también os
besaseis en la boca.
Generalmente no es así –le respondió María-, pero ahora
lo hemos hecho para que lo veas y puedas hacerlo con Ingrid.
Como parecía que ya sabía "de qué iba el asunto", me acerqué
a él y acerqué mis labios a los suyos para que me besara; al principio estaba un
poco tímido y no se atrevía a ir más allá, por lo que tuve que pasarle el brazo
por la espalda y atraerlo más hacia mí; nos quedamos sentados, casi abrazados,
nuestros cuerpos pegados y nuestros labios el uno junto al otro; fue entonces
cuando él, recordando cómo le habíamos dicho que tenía que besar, me abrazó y
abrió sus labios para besarme mejor; tan juntos estábamos el uno del otro que
mis senos rozaban su pecho y podía notar perfectamente como su pene, ahora ya en
su máxima erección, se apretaba contra mis muslos; era tal el ímpetu que ponía
que, al abrazarme, me empujó más de la cuenta y caímos los dos al suelo quedando
él encima mío; tal como nos quedamos, mis pechos quedaban bajo su cuerpo, pero
no notaba ningún dolor; al contrario, me invadía una gran satisfacción y una
sensación de placer indescriptible; a partir de este momento, decidí dejar de
lado el hecho de él y yo fuésemos hermanos, y mandar al cuerno todos los
prejuicios que hasta ahora nos habían mantenido tan distanciados, y no sólo en
el aspecto sexual; en este momento él no se daba mucha cuenta, y con que hubiera
tenido un poco más de experiencia, con un ligero y simple movimiento de su
cintura habría podido iniciar la penetración; pero de momento no hicimos el
amor, estuvimos un ratito sólo abrazados y besándonos con unas grandes dosis de
cariño y de amor fraternal.
No sé el rato que llevaríamos así, supongo que no mucho, uno
o dos minutos a lo sumo; el caso es que María le tocó el hombro a Juan y le dijo
que de momento ya estaba bien y que continuásemos con el juego. Cuando él se
incorporó y se sentó de nuevo en su sitio, María le preguntó:
¿Qué te ha parecido todo esto?
Uf, no veas; genial. Y pensar que hasta ayer sólo había
visto una chica desnuda en alguna revista que de vez en cuando había traído
algún compañero de clase de escondidas.
Pues ya ves –le respondí-; ahora nos tienes a las dos
completamente desnudas a tu lado; ahora sí que podrás decir que has visto
dos chicas desnudas y no en una foto, precisamente.
Tienes razón –continuó él-, y…..
Vamos, di lo que tengas que decir, no te cortes;
Bueno…es que…;es que las dos me gustais mucho y os
encuentro muy atractivas, estais muy bien.
Gracias –respondió María-; y no tienes porque
preocuparte, que para nosotras es un halago, y además, se te nota que estás
a gusto.
María, mientras decía esto, señaló a mi hermano su erección,
lo que le hizo ruborizarse un poco; pero como ya se estaba acostumbrando a
nuestra desnudez, el sentido del pudor no le duró mucho; recordando de nuevo que
nada de lo que ocurriera tenía que salir de aquellas cuatro paredes, continuamos
jugando y en la prenda siguiente a María le toco lamer los genitales a Juan;
pobre hermanito, dos prendas seguidas y un poquito subidas de tono; como aún
estaba con el pene erecto, ella poco tubo que hacer para que estuviera en todo
su esplendor; con la palma de la mano, rodeó su base y poco a poco fue acercando
la cara al miembro de mi hermano hasta que sus labios quedaron a escasos
milímetros de la punta; ella sacó su lengua y, al principio, se limitó a darle
pequeños toquecitos, pero enseguida vio que se podía llegar más lejos y,
abriendo sus labios, rodeó su pene; al cerrarlos su lengua y el pene de mi
hermano quedaron en contacto y, por lo que me comentó ella luego, empezaron a
rozarse; María iba lamiendo la puntita del pene y todo el tallo como si se
tratase de un helado; se notaba que ambos estaban disfrutando de lo lindo,
puesto que se oían claramente sus jadeos; de repente los jadeos se vieron
sustituidos por un breve silenció y, a continuación por la tos de María. La
pobre se había puesto roja como un pimiento y a mí, al verla así, por poco no me
entra un ataque de risa. Cuando se hubo repuesto un poco dijo que con el ímpetu,
se había introducido el pene de mi hermano muy adentro y la puntita le había
tocado la garganta y se atragantó un poco; pero, para acabar de "arreglar" la
situación, entre el abrazo que nos dimos y ahora con María, mi hermano había
llegado a un grado tal de excitación que no había podido avisar a tiempo y no
había podido evitar derramar todo su semen en la boca de María; para no
ahogarse, tuvo que tragarlo y entonces fue cuando le vino el ataque de tos. Por
lo que me dijo, ya lo había hecho alguna otra vez y no le importaba hacerlo, al
menos con alguien conocido y de gran confianza; el problema es que mi hermano la
había pillado a contrapié y desprevenida.
Mientras María iba a la cocina a beber algo, yo me miré a mi
hermano y lo vi un poco compungido por lo que había pasado y temeroso de que
María se hubiera enfadado por no haberla avisado a tiempo; le dije que no tenía
porque preocuparse de ello, puesto que había sido sin querer, además, nosotras
ya sabíamos a lo que nos exponíamos si jugábamos a ello; al mirarlo vi que aún
tenía restos de la eyaculación en sus genitales y entrepierna; con una toalla
empecé a limpiárselo, al tiempo que le decía:
Anda, siéntate y deja que te limpie, que no puedes ir
así.
Él aún estaba un poco aturdido por todo lo sucedido; su
sexualidad e estaba despertando a marchas forzadas; bueno, creo que lo más
correcto sería decir que María y yo éramos las responsables de este despertar
suyo; pensándolo bien, era lógico que Juan estuviera así, puesto que hasta ayer
sólo había visto una chica desnuda en su imaginación, exceptuando a Marta
durante el cibersexo; y en dos días había visto desnudas y en directo a su
hermana (yo) y a una amiga suya, nos habíamos acariciado, besado, tocado y hecho
el amor; y todo ello era mucho más de lo que podía imaginar.
Sin apenas dejarlo reaccionar, le dije que se estuviera
quieto y con la toalla, le limpié los restos de semen que le habían quedado;
mientras, como le veía un tanto tímido y vergonzoso, le pregunté el motivo de
ello y me respondió que estaba así por lo que había pasado antes y que temía que
María lo mirase mal por "habérselo hecho encima"; pasándole mi brazo por su
hombro, lo tranquilicé diciéndolo que no era lo mismo una eyaculación que
orinarse y que en absoluto tenía que avergonzarse por ello; como estaba tan
intrigado por todo ello, le dije que a nosotras también nos pasa, pero no de una
forma tan explosiva, va saliendo poco a poco.
María llegó enseguida y le dije que Juan estaba un poco
apenado por todo lo que había pasado y ella, con una sonrisa en los labios le
dijo que no fuera bobo y que no se preocupase porque no pasaba nada; entonces,
recordé como cuando yo estuve en Suiza y descubrí mi propia sexualidad con ellos
no paraba de hacerle preguntas a mi prima Laura ya que ella tenía más
experiencia que yo; recordando sus consejos y explicaciones, quise corresponder
con mi hermano de la misma forma como Laura hizo conmigo, y aprovechando el
momento de duda en el que se hallaba mi hermano le dije que nos preguntara lo
que quisiera, a lo que María respondió que lo hiciera sin ningún tipo de
vergüenza.
En este momento, y tras unos breves instantes de dudas, el
muro de la desconfianza que nos separaba saltó por los aires en mil pedazos y,
gracias a ello, Juan y yo vimos nuestra confianza mútua aumentada hasta límites
insospechados; ahora ya no nos teníamos ningún tipo de vergüenza ni de temor y
no nos importaba lo más mínimos estar delante del otro en absoluta desnudez; no
nos importaba mirarnos fijamente al cuerpo desnudo ni plantearnos las preguntas
más íntimas y personales. Habíamos perdido el sentido del pudor, en el más
estricto significado de la palabra. Y de pronto nos encontramos desnudando
completamente nuestro corazón y pensamiento, que no nuestro cuerpo, puesto que
éste ya hacía tiempo que estaba desnudo.
Al principio, las preguntas eran de lo más inocente e inocuo,
pero poco a poco fueron subiendo de tono; quizás, quien marcó el punto de
inflexión fue María cuando preguntó a mi hermano qué notaba y qué sentía cuando
el pene se le iba poniendo erecto; cómo él dijo que nunca se había puesto a
pensarlo, ella, ni corta ni perezosa, alargó su mano y empezó a acariciarle su
miembro ya flácido; yo, que creía que ya lo había visto todo, me quedé asombrada
al ver la naturalidad con la que María le acariciaba el pene, y con la que Juan
estaba reaccionando; y, la verdad sea dicha, no era para menos, puesto que
apenas hacía 24 horas que nos habíamos visto desnudos por primera vez.
Poco a poco, las caricias de María fueron haciendo el efecto
esperado, y Juan se quedó con el pene completamente erecto y apuntando al
firmamento. Fue entonces cuando María le preguntó:
Bueno, ahora que ya lo tienes tieso, ¿qué notas?
Un gran placer que aumenta poco a poco, y cuando se pone
duro tengo la sensación de poderlo mover sin tocarlo.
Y como si quisiera demostrar con hechos sus palabras dijo que
le mirásemos; realmente, era cierto; con ligeros movimientos de su diafragma o
quién sabe de qué, empezó a mover su pene como si tuviera vida propia. Cuando lo
vimos, nos cercioramos que era cierto; jamás lo hubiera dicho, y si me lo
hubiesen preguntado habría dicho que no era posible. De aquí a continuar con las
caricias y "toqueteos" sólo mediaba un paso; continuaron las preguntas y, como
muchas veces la mejor respuesta que se podía dar era de tipo práctico, es de
lógico suponer que a continuación estuvimos un buen rato experimentando nosotros
mismos las dudas que nos surgían o que, también hay que reconocerlo, a veces nos
inventábamos para continuar el juego. En una de esas María dijo:
- ¿Os dais cuenta que parecemos críos jugando a "los
médicos"?,
- Pues ahora que lo dices, es verdad –respondió Juan; a
vosotros no lo sé, pero a mí me está gustando mucho.
- Y ¿a quien no? –pregunté yo.
A los tres nos estaba gustando la situación, y los tres
estábamos muy a gusto; y lo más sorprendente de todo es que en apenas 24 horas
los tres habíamos dado un gran paso hacia delante en nuestra sexualidad y en
nuestras relaciones; supongo que si cuando ayer, al entrar en casa, María y yo
no hubiéramos sorprendido a mi hermano con los pantalones bajados y mostrándose
a través de la webcam a Marta y a su hermano, ahora no estaríamos así; la
verdad, es que, de una forma u otra, ahí estábamos y, salvando las diferencias,
la situación me recordaba mucho a la que viví yo, unos años atrás con mis primos
en Suíza; allí fue donde empecé a descubrir mi cuerpo y mi sexualidad; y digo
empecé porqué, aunque ahora tuviera un poco más de experiencia, por haber estado
un tiempo saliendo con un chico, esta era bastante reducida a pesar de ello;
María, por su parte, estaba más o menos como yo; las dos nos encontrábamos en la
situación de estar con Juan intentando resolver sus dudas y preguntas; ahora que
entre nosotros tres había ya una gran confianza y el muro de la timidez y la
vergüenza había saltado por los aires en mil pedazos, no teníamos ningún tipo de
temor a la hora de plantear nuestras dudas o in quietudes; y en este aspecto,
quien se llevaba la palma, por la lógica de su edad, curiosidad e inexperiencia,
era Juan.
Como si fuéramos niños de colegio que estuvieran en clase,
los tres estábamos hablando de la forma más abierta posible, pero también con la
mayor naturalidad e inocencia del mundo, sobre nuestro cuerpo y nuestra
sexualidad; nos habíamos tumbado en la hierba y, mientras tomábamos el sol, nos
planteábamos las dudas y cuestiones que nos pasaban por la cabeza, procurando
sor lo más claros y gráficos posible cuando las respondíamos y prestando toda la
atención del mundo cuando escuchábamos la respuesta; como a veces, para mayor
claridad de la respuesta, era preciso una demostración práctica, nos
incorporábamos y nos fijábamos en todos y cada uno de los detalles. No era que
estuviéramos en una secuencia de pregunta y respuesta continuadas, más bien era
una conversación sobre nuestro cuerpo, nuestra sexualidad, nuestros deseos,
etc., y cuando surgía una duda intentábamos resolverla lo mejor posible. Del
mismo modo como ocurrió durante mis Navidades en Suiza con mis primos y Laura
nos explicaba todo cuanto podía, ahora estábamos María y yo intentando
clarificar en la medida de nuestras posibilidades todas las dudas que se
planteaba mi hermano Juan; pero con la diferencia que nuestra experiencia era
mucho más reducida que la de ella y que a veces entre nosotras también nos
planteábamos alguna pregunta.
Así, estuvimos un buen rato satisfaciendo nuestra curiosidad
con preguntas, dudas y respuestas; si bien es cierto que durante este tiempo
tocábamos, acariciábamos y mirábamos fijamente determinadas partes de nuestro
cuerpo, en ningún momento se nos pasó por la cabeza la posibilidad de que lo que
estuviéramos realizando fuera sexo; es cierto que a veces nos habíamos
acariciado en nuestras partes más íntimas, incluso entre María y yo, pero como
en nuestro subconsciente estábamos hablando de ello con una gran naturalidad y
lo hacíamos movidos por nuestra curiosidad, no le dábamos una excesiva
importancia.
Un momento un tanto comprometido fue cuando Juan dijo que él
estaba en desventaja, puesto que nosotras lo podíamos ver perfectamente, en
cambio él no podía ver nuestro sexo desnudo; hay que reconocer que, en parte,
tenía razón, puesto que, a pesar de no llevar absolutamente ninguna ropa encima,
el vello recubría nuestra entrepierna; si bien es cierto que tanto ella como yo,
teníamos poco pelo en el pubis y además lo llevábamos recortadito, éste
dificultaba un tanto el poder ver bien nuestras intimidades; un poco para
satisfacer su curiosidad, un poco para continuar el juego de "los médicos" que
habíamos iniciado antes, María y yo nos tumbamos delante de mi hermano y,
separando los labios vaginales con los dedos, le dijimos que mirase y se fijase
cómo era el sexo femenino. El pobre se había quedado viendo visiones; pocos días
antes de iniciar las vacaciones de Semana Santa, en la escuela la profesora les
había explicado el sistema reproductor humano, tanto el femenino como el
masculino; como es de lógico suponer, en la escuela sólo habían podido ilustrar
las explicaciones con algunos dibujos y nada más; y ahora estaba él allí,
contemplando al natural nuestros sexos desnudos; con la inocencia propia de su
edad, nos iba preguntando qué era aquello, qué era lo otro, etc., y nosotras
procurábamos explicárselo le mejor que pudiéramos. No hay que decir, que en este
momento, la temperatura ambiente estaba bastante elevada, y no precisamente
porqué hiciera mucho sol.
Ya llevábamos un buen rato con el "jueguecito" y como el sol
empezaba a apretar, nos fuímos directos a la piscina. No recuerdo quién ni cómo
empezó, pero lo cierto es que como si fuésemos unos críos empezamos a jugar
salpicándonos y hundiéndonos; así, lo más normal es que se roce algún pecho o un
culito, o algo por el estilo; fue entonces cuando, deseando continuar con lo que
habíamos interrumpido al ir a bañarnos, propuse proseguirlo pero esta vez bajo
el agua. Al principio, ellos dos lo vieron un poco extraño, pero enseguida
estuvieron de acuerdo en probar. Bajo el agua, las caricias parecían un poco más
difusas que "en seco", puesto que el agua se interponía entre nuestros cuerpos y
además difuminaba un poco al visión que desde fuera teníamos de ello.
Ahora que estamos en el agua, y desnudos como ayer, -dijo
Juan-; ¿qué hicisteis vosotras dos mientras os fuisteis a nadar?. Algo
hicisteis porque al salir se os veía contentas y el pecho se os notaba duro
como ahora.
Esta vez sí que nos sorprendió mi hermano. Nosotras creíamos
que habíamos pasado inadvertidas, y resulta que él sí se había dado cuenta de
todo. Por mucha confianza que ahora hubiera entre nosotros, por mucho que nos
hubiéramos desnudado, tocado y acariciado, o incluso hecho el amor, no estaba
segura de atreverme a contárselo; el problema era que si a veces ya cuesta
entender que hubiésemos llevado nuestra sexualidad hasta donde habíamos llegado,
más difícil de comprender sería el hecho que María y yo nos hubiésemos
acariciado en nuestras partes más íntimas y que hubiésemos llegado al clímax del
placer. Para que no dijera que era una estrecha, me armé de valor y empecé a
contárselo, procurando no ser demasiado explícita; empecé contándole como fue el
primer roce y como, poco a poco, nos fuímos animando cada vez más hasta que las
caricias iniciales se fueron haciendo cada vez más explícitas. A medida que iba
narrando nuestra sesión íntima, notaba como me iba excitando progresivamente;
pero no era la única, puesto que al fijarme me di cuenta que a María el pecho se
le había puesto duro y sus pezones sobresalían claramente; por su parte, Juan no
le iba a la zaga y, a pesar de la distorsión del agua, se podía percibir
claramente su pene en plena erección. A medida que progresaba el relato, las
palabras me fluían con una mayor facilidad, y al cabo de un rato acabé por
contarlo con todo tipo de detalles.
A pesar de estar dentro del agua, la atmósfera estaba muy
cargada, al menos desde el punto de vista erótico; las palabras eran cada vez
más explícitas y habíamos llegado un momento en que no nos importaba lo más
mínimo plantear la pregunta más indiscreta y/o "picante", y tampoco nos
importaba nada que alguno de los otros dos nos la hiciese. Lo mismo daba que se
preguntara cómo, cuándo y cómo satisfacíamos nuestro deseo sexual, cuándo fue
nuestra primera vez, cuál es nuestra fantasía, etc, o que nos pidiesen que
saliéramos fuera de la piscina y mostrásemos nuestro sexo de una forma clara y
sin tapujos. Después de todo este tiempo, y a pesar de haberme acostumbrado a
nuestra desnudez y a acariciar o a ser acariciada, ante cada pregunta o "prueba"
notaba la misma excitación e impaciencia por verla resuelta que cuando hace unos
tres años estaba con mis primos en Suiza y descubría por primera vez mi cuerpo y
mi sexualidad.
Creía que ya no podía sorprenderme por nada, cuando María y
yo nos dimos que Juan estaba un poco turbado y ruborizado; se le notaba un tanto
nervioso y le preguntamos a qué se debía que estuviese así. No se atrevía muy
bien a responder y sólo atinaba a balbucear alguna palabra suelta. Dado el grado
confianza que habíamos ganado y que hasta ahora no nos habíamos detenido ante
nada, me imaginé que algo le rondaba por la cabeza y que, por ser bastante
subido de tono, no se atrevía a decirlo abiertamente. Al final, con la cara más
colorada que un pimiento, dijo
No sé si decirlo o no…me da un poco de vergüenza.
No seas bobo –le contestó María-; supongo que estamos en
confianza, ¿no?. Dí lo que quieras, y quédate tranquilo que no me voy a
molestar por nada, sea lo que sea.
Es cierto –continué yo-; después de lo que hemos hecho,
dicho y visto estos dos días, no creo que nos vayamos a escandalizar por
nada.
Al final, y cogiendo un poco de confianza, nos dijo que le
gustaría ver como dos chicas hacían el amor. La verdad sea dicha, esta respuesta
de mi hermano me pilló un tanto desprevenida; para nada del mundo me lo hubiera
podido imaginar; lo cierto es que me quedé sin habla, no tanto por la respuesta
en sí, sino por el hecho de que en cierta forma intuía que María y yo tendríamos
que hacerlo para satisfacer su curiosidad; en este momento me di cuenta que
habíamos llegado a un punto en el que ya no había vuelta atrás. Con esta
respuesta, Juan había dado una nueva vuelta de tuerca a nuestro juego y la carga
erótica de las prendas había subido muchos enteros. Además, me daba perfecta
cuenta de que no sería como darse un simple beso o una caricia: se trataría no
sólo de hacer el amor ante él, lo cual ya me imponía bastante, sino también de
hacerlo con una chica; aunque cuando estuve en Suíza, algo hice con mis primas,
fueron más juegos inocentes o breves prendas; en cambio, esto ya eran palabras
mayores; yo me considero heterosexual, aunque, eso sí que hay que reconocerlo,
cuando con mis primas Laura e Isabel o estos dos días con María, nos besamos o
acariciamos, experimenté una gran sensación de placer y felicidad.
En parte, la idea me seducía, puesto que aún me acordaba de
cuando hace unos años estuve en Suíza y más o menos hice algo con mi prima
Isabel; me daba cuenta que el sexo, practicado con total libertad y de una forma
limpia y honesta podía llegar a ser algo muy agradable y dada la gran confianza
que había nacido entre nosotros podíamos pasar unos momentos muy agradables los
tres juntos durante estas vacaciones; eso sí, siempre vigilando que nuestros
padres no pudieran sorprendernos. A pesar de los reparos que ello pudiera
crearme, estaba plenamente convencida de ellos, y la única duda que tenía era la
de saber hasta dónde seríamos capaces de llegar. Con mi hermano ayer hice el
amor por primera vez pero, ¿podría hacer lo mismo con María? Un mar de dudas
llenaba mi cabeza, hasta que la voz de ella me sacó de mis pensamientos:
¿Qué? ¿lo hacemos o no?
Bueno… -le contesté yo, con la voz un poco cortada-; me
da un poco de cosa aquí delante de él.
Vale, Ingrid –respondió Juan-; si no quereis no lo
hagais, pero luego no vayais diciendo que no teneis complejos ni nada por el
estilo.
Oye, guapo –dijo María-, no se trata de eso; lo que pasa
es que tampoco es plan que te pongas las botas a costa nuestra.
Es cierto –continué yo-; se me ocurre una cosa; nosotras
lo haremos durante cinco minutos, y a continuación tú te tendrás que tumbar
otros cinco minutos en la hierba y nosotras tendremos que procurar que
tengas un orgasmo; si no aguantas, y si no pierdes.
¿Y qué gano si aguanto? –preguntó él, todo inocente.
Si ganas, ya habrás tenido el premio anticipado de
vernos, y si pierdes tendrás que recoger los platos durante hoy y mañana.
Tanto ella como él estuvieron de acuerdo y me tumbé encima de
la hierba para que María pudiese echarse encima mío y llevar a cabo lo que tanto
deseaba Juan; yo misma estaba muy sorprendida de hasta donde había llegado para
satisfacer el deseo de mi hermano; cuando ayer empezamos a jugar a las prendas
lo hicimos movidos por un cierto "pique" entre hermanos, para demostrar de lo
que éramos capaces o no, pero, por encima de todo, lo que sí conseguimos fue
aumentar nuestro grado de confianza mutuo y, a la vez, nuestro cariño. Nos lo
había pedido como un favor y, dispuestas a satisfacerle en la medida de nuestras
posibilidades, nos pusimos manos a la obra. Yo estaba tumbada en la hierba boca
arriba y, desde hacía un buen rato, completamente desnuda como María y mi
hermano Juan y sin ningún atisbo de ropa que pudiera cubrir nuestra desnudez;
ella se colocó encima mío mirándome a la cara y, poco a poco, fue descendiendo
hasta que nuestros cuerpos se fundieron en uno solo; nuestros Montes de Venus
estaban acariciándose el uno al otro, nuestros pechos se cosquilleaban entre
ellos gracias a la dureza de nuestros pezones y, en una muestra de cariño
supremo, nos fundimos en un largo y prolongado abrazo al tiempo que nuestros
labios se fundían en un cálido beso que reflejaba todo el cariño de nuestro
corazón. En este momento me parecía estar flotando encima de una nube mientras
las yemas de mis dedos no dejaban de acariciar la suave piel de María.
No sé el tiempo que estuvimos así, pero lo cierto es que se
pasó volando. Cuando nos separamos, mi hermano nos confesó que le había gustado
mucho y, mirándolo, era más que evidente que su anatomía reflejaba a la
perfección su estado de ánimo. Su pene estaba completamente erecto y brillaba en
todo su esplendor en su entrepierna apenas cubierta por un suave manto de vello
rubio. Recordando la contrapartida a la que se había comprometido Juan, María se
le acercó y besándolo dulcemente en los labios empezó a acariciarle suavemente
en su pecho; por mi parte, yo me quedé voluntariamente al margen para no
interrumpirlos, pero con un leve gesto de su mano libre, María me invitó a
unirme a ellos; me acerqué y con mi mano abierta empecé a acariciarle su miembro
ya completamente endurecido. Tumbándolo completamente en el suelo, empezamos a
"pelearnos" con él, evidentemente en broma. En este momento, fue inevitable que
nuestras manos, nuestros cuerpos, nuestras bocas estuvieran en más de una
ocasión en contacto con los cuerpos de los otros dos. En un momento dado, María
inmovilizó a mi hermano y, sentándose encima de su pecho y sujetándole sus
brazos con ambas manos, le preguntó si se rendía; Juan no sabía que decir ni que
contestar; levantó levemente la cabeza y sus ojos se toparon con el sexo de
María a escasos centímetros de su cara; al no recibir respuesta, ella se fue
acercándose cada vez más, hasta quedarse casi sentada encima de su cara; sin que
nadie le dijese nada, y ante nuestra sorpresa, Juan empezó a lamer las
intimidades de María provocándole una sensación de gran placer; dispuesta a no
quedarme al margen, hice lo propio con mi hermano y me dispuse a chuparle su
miembro bien erecto como si se tratase de un helado de palo.
Así estuvimos un tiempo indeterminado, hasta que el ruido de
la puerta del garaje nos interrumpió bruscamente de nuestros menesteres y nos
devolvió a la cruda realidad: nuestros padres ya habían llegado y tendríamos que
dar por terminados nuestros juegos y si no queríamos vernos sorprendidos con las
manos en la masa, con el consiguiente enfado monumental por parte de ellos.
Previamente, habíamos tenido la precaución de dejar nuestros bañadores al borde
de la piscina, con lo que rápidamente pudimos hacer uso de ellos y vestirnos
enseguida. Con las prisas, María y yo nos habíamos intercambiado las piezas de
nuestros bikinis, lo que provocó el consiguiente comentario por parte de Juan;
para evitar sospechas, nos los cambiamos de nuevo; cuando mis padres llegaron,
nos estábamos acabando de abrocharlos. Juan, con una erección más que evidente,
se zambulló en el agua para intentar disimularla, y nosotras dos nos levantamos
para ir a saludarles y a darle un poco de tiempo a mi hermano para que se
recuperara.
¿Cómo estáis? –preguntó mi madre.
Bien, aquí tomando el sol y esperándoos a que llegáseis y
que nos contáseis ese secreto –le dije yo-;
Bueno todo se andará –prosiguió mi padre-; anda, id a
cambiaros de ropa y bajad al salón que tomaremos un aperitivo y os
constaremos los planes que tenemos pensados.
Con el nerviosismo lógico del momento por lo poco que había
faltado para que nuestros padres nos descubriesen e impacientes por saber qué se
traían entre manos, subimos a nuestras habitaciones para quitarnos los bañadores
y vestirnos.
Un beso muy grande a todos y todas practicantes y amigos de
amor filial
Ingrid