El ejercicio está abierto a todos los autores de TR. También
sigue abierto el plazo. Para más detalles, puedes ver la dirección:
http://www.todorelatos.com/relato/41882/
Si te animas, no tienes más que escribir a
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***
I.Una gota, dos gotas...
A pesar de escuchar de forma incesante y continuada ese
goteo, no parecía querer salir del letargo en el que estaba sumido. Una gota,
otra gota... Había llegado a contar hasta cuatrocientas cincuenta y seis gotas
sin ni siquiera conciliar durante una centésima de segundo el sueño, solo
rozando el umbral que separa la consciencia de la inconsciencia. En la
cuatrocientos cincuenta y siete, la puerta se había abierto, y entre sombras
sintió acercarse a esa silueta con aquel plato metálico de comida entre las
manos que siempre acababa estrellando contra su boca. Un sabor entre rancio y
soso era todo lo que su paladar obtenía al cabo de no se sabía cuanto tiempo.
Antes; minutos, horas, días, no sé..., simplemente antes,
intentó hablar, otras tantas veces suplicar, llorar, insultar, pero salvo raras
ocasiones todo lo que obtenía por respuesta era el silencio.
Una gota, dos gotas...
La oscuridad de aquel cuarto se había convertido en la
perfecta cómplice de la incertidumbre, y mientras, con dificultad luchaba por
deshacerse de aquello que fuera que le estaba cortando la circulación en las
muñecas, nada nuevo parecía ocurrir...
II
Hacía semanas que se comentaba en todas las cadenas de
televisión, en los diferentes puntos del dial de la radio y casi en cualquier
página de los diarios más populares, los acontecimientos macabros que se
sucedían en el país. Tanto el norte como el sur habían sido escenarios de
crímenes, sanguinarios y cruentos, de móviles desconocidos.
Fernando se tomaba un café cortado en la pequeña cafetería
del pueblo. Tan solo llevaba dos semanas allí, un destino que albergaba una
única finalidad, preparar la oposición. Esa casa rural, le daba la oportunidad
de no tener más entretenimiento que los cafés del único bar de aquella
localidad, y dada la calidad de los mismos, y el efecto laxante inmediato que
producían, su tiempo de ocio se limitaba a dos o tres salidas a lo largo de todo
el día.
A las ocho de la tarde, se acercaba a la entrada de la villa
para subirse encima de la pequeña roca, que le permitía alcanzar la cobertura a
su teléfono, para hablar durante no más de cinco minutos con sus padres.
Y así pasaban los días, sobre la incómoda silla de madera
frente a la mesa repleta de papeles perfectamente ordenados por temas, con sus
correspondientes esquemas y subrayados a dos colores, y los cafés. Hacía tan
solo una semana que había cambiado la orientación de su lugar de estudio que, en
sus inicios, se situaba bajo una estrecha ventana con vistas a un cerro
florecido, y a la inquieta Rebeca tarareando sin cesar:
Una rosa me encontré en la casa de Ezequiel,
Una gota en su tejado, despertó a su gato
Un cencerro me compré en la casa de Isabel
Dos gotas empaparon, su pelo anaranjado
Una cuerda me anudé, en la puerta de José
Tres gotas salpicaron, el hocico de aquel gato...
La canción resonaba en sus oídos, con una rima tan infantil
que taladraba su concentración, mientras la pequeña botaba la pelota contra la
pared y agitaba sus coletas.
Nana-nino-ninoni, nana-nino-ninona... Ese soniquete que a
ratos era coreado por un grupo de niños más pequeños, al que la avispada Rebeca
dirigía con una asombrosa capacidad de liderazgo, podía colonizar cualquier
mente dispuesta a unos minutos de distracción.
Por eso, ahora frente a la pared descolorida fruto de la
humedad, en el cuartito del fondo, al que tenía acceso directo desde el patio
interior de la casa, el silencio era su mejor compañía.
Aquella tarde, justo antes de ir a llamar a su madre,
Fernando se había parado en la cafetería, ojeando el periódico se quedó
hipnotizado ante el artículo que se refería a aquellos macabros asesinatos. El
último hacía unos dieciocho días que se había cometido, un joven de treinta y
dos años había aparecido degollado. Se trataba de un operario de obras públicas
que había llegado al país no hacía más de tres meses. En los inicios todo el
mundo pensó en ajustes de cuentas que traen las mafias extranjeras, pero fue
cuestión de horas saber que aquel individuo no era más que un padre de familia
que dedicaba más de trece horas diarias a su sustento de vida. Fue secuestrado,
torturado y posteriormente asesinado. Un móvil aún desconocido que parecía
llevar la firma de anteriores asesinatos...
Producía escalofríos descubrir los pequeños detalles que
rodeaban a cada una de las muertes y, sobretodo, pensar que cualquiera podría
ser la próxima víctima.
Justo detrás de la página que informaba de esta noticia,
estaban los resultados deportivos de la anterior jornada, Fernando al darse
cuenta, pasó con velocidad la página y se entretuvo en una de sus secciones
favoritas.
En esa cafetería no habría más de tres o cuatro personas, dos
señores mayores, que con palillo en boca hablaban entre dientes algo totalmente
inteligible para el visitante, y otros dos hombres, que de forma individual se
tomaban una cerveza mientras miraban de reojo el pequeño televisor colgado sobre
la máquina tragaperras.
Una rosa me encontré en la casa de Ezequiel,
Una gota en su tejado, despertó a su gato
Un cencerro me compré en la casa de Isabel
Dos gotas empaparon, su pelo anaranjado...
Entraban por la puerta Rebeca, saltando una cuerda similar a
la que las mujeres de la zona usaban para tender, y su padre, un hombre grueso
de aspecto bonachón que, nada mas poner un pie en las baldosas, gritaba con
alegría al dueño de local.
Fernando alzó la cabeza de forma impulsiva al ver a esas dos
coletas saltando al ritmo de la dichosa cancioncita que se había convertido en
una pesadilla. Rebeca pasó a su lado mostrando un caramelo rosa entre los
dientes y sonriéndole:
...Una cuerda me anude, en la puerta de José
Tres gotas salpicaron, el hocico de aquel gato...
Una mueca de intento de sonrisa asomó en los labios de él,
tan forzada que en sus ojos se podía ver esa mirada de histerismo que producen
determinadas cosas en los seres humanos...
Papáaaaaaaaaaaaaaa...
Rebeca gritaba desde al lado del opositor a su padre con tono
agudo
¡Papáaaaaaaaaaaaaaaaa, mira, mira como salto!
Y entre las dos mesas comenzaba la cancioncilla incesante
mientras saltaba de forma armónica sobre aquella cuerda deshilachada.
En cuestión de segundos, Fernando estaba dejando los sesenta
céntimos sobre la barra del local y saliendo fuera. El aire fresco del atardecer
en el rostro le ayudó a bajar sus pulsaciones y emprender el paseo hacia el
único lugar donde su teléfono parecía querer funcionar.
No recordaba nada que le hubiera irritado tanto como aquella
pequeña, bueno sí, todos aquellos ruidos que le interrumpían en momentos de
estudio se convertían casi en una obsesión que le impedían concentrarse. De
hecho, ése fue el motivo que le llevó a alquilar aquella casa, desde luego no
había sido ni el alojamiento, ni los encantos del lugar, lo que le habían
obligado a desplazarse hasta allí, sino la necesidad imperiosa de estudiar en un
ambiente propicio para ello... Ya lo había intentado en la biblioteca, en casa,
en los parques de su barrio. Al principio pensó que estudiar en el transporte
público sería una buena idea para ahorrar tiempo, pero tardó poco en darse
cuenta que tenía un grave problema de concentración...
Llevaba tres meses preparando el temario, aun no estaba
aprobada la fecha de examen, pero él sabía que si quería obtener su premio
definitivo esta vez tenía que estudiar de verdad. No era la primera vez que se
presentaba, y quizá el verse con treinta y dos años y ninguna experiencia
laboral, de golpe, se había convertido en una carga para él.
Al colgar a sus padres vio como se escondía el sol tras las
pequeñas montañas del horizonte, esa sensación de paz, que solo la interrumpían
un grupo de niños montados en sus bicicletas serpenteando a su alrededor
mientras tocaban los timbres y sonreían con inocencia.
III.Tres gotas, cuatro gotas...
Olía a humedad, de una forma tan intensa que parecía que el
moho estaba adhiriéndose a su piel. Por la barbilla aun quedan restos resecos de
la papilla que recibía de forma esporádica.
Tenía las muñecas dormidas, ya no sufría el dolor en ellas,
solo un simple acorchamiento, y sus pupilas se habían acostumbrado a la
oscuridad. Aun sentía el escozor en su espalda, fruto de esas llamas que su
torturador le acercaba a la piel durante minutos hasta que escuchaba los gritos
chocar contra aquello que llenaba su boca.
Por más que ofreció su dinero, por más que dijo que haría
cualquier cosa que le pidiera, seguía allí, en un lugar desagradable con aquella
sombra que, a ratos, se reía a su lado mientras hablaba en alto cosas que él no
podía entender.
Quería pensar que era una pesadilla, que el surrealismo le
había llevado a ese estado en el que no podía dormir, comer, moverse... Las
ganas de orinar inflamaban su vejiga y acababa explotando en un manantial sobre
su propia ropa. Luego, venían los pinchos, pequeños cortes en el cuello, en la
cara y en el pecho...
Y de fondo solo esas gotas, clon, clon...
IV
Fernando regresaba lentamente, se dio una vuelta por el
pueblo antes de acercarse a casa y justo al doblar la esquina, al fondo del
callejón empedrado estaba la niña:
¡Que no, que yo soy la madre y tú el hijo!- le decía a un
pequeño que tendría dos o tres años menos que ella, mientras hacía grandes
aspavientos con las manos
Hola Rebeca- dijo Fernando pasando al lado de la niña y
revolviéndole el pelo con los dedos
¡Hola señor!- respondió ella con esa sonrisa
conquistadora de niña lista-. ¿Es verdad que esa casa está encantada? ¿Hay
fantasmas, y brujas dentro?- mientras señalaba con su dedo regordete a las
cuatro paredes en las que él se alojaba.
Fernando rió por primera vez en unas semanas al ver los ojos
abiertos como canicas de la niña mientras le preguntaba esto y el resto abrían
la boca con cara de asombro...
Los fantasmas no existen, ni las brujas...
Pues dicen que esa casa está encantada, y que quien vive
en ella se convierte en malo...- apuntó un niño que estaba entre el resto
¿ Eres malo?- le atacó Rebeca mientras tiraba del borde
de la camiseta del estudiante para llamar su atención al ver que él la había
centrado en el otro chiquillo
Fernando volvió a reírse en alto y con ganas, poniendo cara
de incredulidad, para alejarse del grupo de niños que se sentaban en el escalón
que llevaba a la puerta de su casa y despedirlos con un guiño de ojo antes de
meterse dentro.
A medianoche retomó el estudio, era una de esas noches de
primavera, donde el aire sopla fresco pero no frío, decidió sacar la silla
afuera, bajo las estrellas, y comenzar a memorizar cada línea, solo interrumpido
por esporádicos maullidos de gatos en celo.
Cuando alcanzaba un buen nivel de concentración no existía el
tiempo para él, solo las palabras, las líneas, las páginas...
Una rosa me encontré en la casa de Ezequiel,
Una gota en su tejado, despertó a su gato
Un cencerro me compré en la casa de Isabel
Dos gotas empaparon, su pelo anaranjado
Una cuerda me anude, en la puerta de José
Tres gotas salpicaron, el hocico de aquel gato...
Fernando levantó la cabeza rápido cuando escuchó el ruido de
un martillo golpeando algo metálico en mitad de la noche. Pareció salir de su
trance para sentir que sus pulsaciones se aceleraban de forma precipitada. No
era la voz de Rebeca la que sonaba con la cantinela como ocurría siempre, una
voz masculina la susurraba bajito con la misma entonación que la niña, las
palabras se intercalaban con los sonidos de aquel martillo. Todo el pueblo
dormía, pero al fondo, una luz amarilla asomaba en la casita del cerro.
Era un ruido bajo, a ratos casi imperceptible para el oído
humano, pero como de costumbre, cuando un sonido interrumpía el estudio de
Fernando, éste se convertía en una obsesión y no podía dejar de escucharlo por
pequeño que fuese. Se puso en pie, dejó los folios sobre la silla con el estuche
encima para que la brisa no los levantara, y con decisión se acercó a la caseta
de la que provenía el ruido y la luz.
Una rosa me encontré en la casa de Ezequiel,
Una gota en su tejado, despertó a su gato
Un cencerro me compré en la casa de Isabel
Dos gotas empaparon, su pelo anaranjado
Una cuerda me anude, en la puerta de José
Tres gotas salpicaron, el hocico de aquel gato.
Ahí estaba el padre de la niña, con su martillo, dando forma
a una pequeña y humilde casa de muñecas a escondidas, mientras tarareaba esa
musiquilla pegadiza con la que convivía cada día...
¡Hombre vecino! Que susto me has dado, no te escuché
llegar... ¡qué!, ¿no puedes dormir?- Su acento era el propio de aquel lugar,
de gente sana y noble que no tiene segundas intenciones con sus palabras,
algo rudos, pero transparentes.
Fernando no contestó, solo miraba las manos de aquel
individuo bajito y orondo en plena actividad...
Estoy a escondidas preparando el regalo de cumpleaños de
la cría... ¿qué te parece? Acá con un par de materiales se puede hacer una
bonita casa..., pero di algo hombre, no tienes buen aspecto, ¿te encuentras
bien?
Fernando continuaba mirando la forma de trabajar, la casa
estaba prácticamente hecha, el padre estaba intentando dar forma a una chapa, y
mientras el estudiante miraba fijamente sin responder, el hombre comenzó de
nuevo a musitar...
. ...Una cuerda me anudé en la puerta de José...
No lo haga- dijo Fernando con la mirada perdida en el
vacío
¿Qué no haga qué, chaval? Yo creo que esta chapa quedara
perfecta para el suelo de la entrada, ¿no?
Que no cante esa canción que no haga ruido, por favor...-
le dijo Fernando con un tono frío y distante sin ni siquiera mirarle a la
cara.
Pero... pero... pero si...
¡Le he dicho que no lo haga cabrón!- gritó de golpe
Fernando mientras cogía un punzón de encima de la mesa de herramientas de
aquel hombre y se lo pegaba en el cuello con un rápido movimiento
Vale, vale, cálmate hijo, cálmate- el hombre se quedó
quieto durante unos instantes intentando tranquilizar a su agresor- ya paro,
supongo que estás estudiando y estás cansado, pensé que esto no se
escucharía ni molestaría a nadie, llevo meses haciéndolo y nunca nadie se
quejó, pero te entiendo... suéltame por favor...
Serás hijo de puta, sabrás tú lo que es tener que estar
en este pueblo, escuchando a tu hija sin parar esa canción inaguantable y
estudiar simultáneamente. No aguanto más esté ruido- y mientras lo decía
golpeaba con fuerza el martillo contra la chapa- ni esa canción
insoportable...- Presionaba cada vez con más fuerza la herramienta en la
yugular hasta ver como brotaba la primera gota de sangre, el color rojizo de
ésta le proporciono algo de calma...
Escucha...
¡Cállate!, cállate y escucha el silencio, lo oyes, ¿lo
oyes? En tu vida has debido disfrutar de él, porque tú y niños como tu hija
os encargáis de hacer insoportable la vida a los demás con vuestras voces en
el bar, en la calle... vuestras canciones absurdas y risas escandalosas.
Ven, ¡que andes ya!- le agarró del pelo mientras hundía con más fuerza la
herramienta en su carne...
Salieron de la casita por el cerro, pocos metros los
separaban de la casa de Fernando, una vez allí no tuvo problema en bajar a la
planta interior a un cuarto lleno de telarañas, humedad y oscuridad... Intentó
gritar, pero Fernando se anticipó a su sonido hundiendo su empeine en la boca
del estómago de aquel hombre, que se ahogaba en su propio llanto...
Me darás las gracias, me las darás hijo de puta cuando
veas la paz que da el silencio...
Llenó la boca de aquel individuo de papeles de periódicos
viejos, que le cuarteaban las encías y resecaban el interior, mientras, anudó
sus manos con cables viejos que había en aquel lugar, no dudo en apretar lo
suficiente como para tener la seguridad de que no se movería.
Y ahora escucha... nada... nada... en silencio, solo
interrumpido por las gotas de esta vieja casa de mierda en la que no me
dejáis estar tranquilo...
Fernando desapareció durante unos minutos por la puerta, el
hombre asustado intentó subir las escaleras, aun retorciéndose de dolor, pero
chocó con el estudiante, de mirada transformada que sujetaba unas cuerdas en sus
manos... Le empujó de nuevo escaleras abajo, ató sus piernas, aseguró de nuevo
sus manos, y le abandonó en la soledad de esos escasos tres metros cuadrados.
El chico estaba como loco, salió fuera a recoger sus apuntes
y silla, comprobó que todas sus páginas estaban por orden, correctamente
subrayadas y esquematizadas, y caminó nervioso, de lado a lado, hablando en alto
cada uno de los títulos que estaba estudiando... "Corporaciones Locales", decía…
Nada se escuchaba más que su propia voz...
V. Cinco gotas...shsssss...el silencio
Ya llevaba seguro que más de dos días allí, en algún instante
creía haber escuchado la voz de su hija, pero era tan lejana que no sabía si
formaba parte de sus alucinaciones o era real. Su estómago rugía fuerte, hacía
ya horas que ni siquiera le estrellaba aquel muchacho esa pasta en la cara que
él relamía con desesperación, de hecho hacía ya tiempo que ni siquiera sabía de
él. Las gotas en cambio, eran lo único que le hacían saber si todo continuaba o
no...
Hacía tiempo que no escuchaba un ruido, ni siquiera los pasos
nerviosos de su loco secuestrador. Estaba ya prácticamente semidesnudo, su
camisa había quedado hecha jirones, su espalda estaba quemada.
Cada vez que la puerta se abría le hacía daño a la vista el
resplandor que entraba por el hueco de la pequeña puerta, a contraluz veía las
dos piernas descender, con más papeles en la mano para rellenar la boca, luego,
todo consistía en hacerle sufrir y no escuchar un solo tono de su voz...
La puerta se abrió, pensó que le traería su comida, pero está
vez en sus manos no era capaz de distinguir lo que sujetaba:
Hoy Rebeca cantaba la canción, me ha dicho que seguro que
volverías por su cumpleaños, y la verdad es que creo que la única forma de
no escuchar a tu hija volver a cantar eso es darle un final como a ti...
Pero no estaría bien...
De repente distinguió el chirrido de un afilador chocando
contra la hoja de un cuchillo, un sonido que resultaba escalofriante, y a pesar
de la escasa luz no dejarle ver las dimensiones del arma, el oído le permitía
poderlo imaginar.
¿Sabes? Yo solo quiero estudiar, solo eso, quiero aprobar
estas oposiciones y no volver a quedarme en paro de nuevo, quiero sentarme
en un sitio, disfrutar del silencio, solo quiero eso... pero da igual a que
parte del país vaya, es indiferente, una biblioteca, y aquella chica
comiendo chicle y explotando esos globos irritantes, en el parque aquel
hombre que vendía pipas a grito pelado, enfrente de casa, aquel otro que
enganchado al martillo se empeñó en levantar la acera bajo mi ventana...
Viajé a la playa, y allí en el apartamento cada noche la música de las dos
vecinas de abajo sonaba insaciable, en la sierra era el perro del pastor, y
así desde hace tres meses, sin un instante, sin un respeto, sin nada... Me
he empeñado en demostraros a todos lo que es el silencio, lo privado que es,
como valorarlo, pero solo lloráis, ni siquiera sabéis sufrir como yo, en
silencio...
Aquel hombre escuchaba aletargado esas palabras a las que no
encontraba un sentido, en las que se perdía por la incoherencia de algunas
frases, pero otras, le hicieron sentir que llegaba su hora, y también le
hicieron entender que no era la primera víctima de aquel estudiante...
El silencio se hizo durante unos segundos, los que presagió
que serían los últimos de su vida, y sintió la punta metálica rasgar su piel en
dos y brotar la sangre a borbotones...
Morirás en el silencio en el que debiste haber dejado
vivir...
Esas fueron las últimas palabras que dijo a la víctima
mientras le dejó en aquel lugar
.
Una gota, dos gotas, tres gotas...clon, clon... y el sonido
de la puerta cerrarse dejándole en la más absoluta oscuridad, mientras las
sangre discurría por su cuerpo y su vida se agotaba.
VI
Hola Rebeca- le dijo Fernando a la niña que estaba
sentada sola frente al pollete de su casa
Hola señor- dijo ella sin levantar la vista del suelo y
con los morritos algo fruncidos
¿Qué te pasa? ¿Hoy no juegas con tus amigos?
No...
¿Y eso?
Dicen que mi papá nunca volverá que se ha ido, yo les
dije que vendría para mi cumple, pero hoy no ha venido... y ya hace muchos
días que se fue...
Fernando miró a la niña con cierta lástima, hacia días que no
la escuchaba mangonear al resto de niños, ni tampoco cantar una sola canción. De
hecho, hacía ya días que él podía estudiar sin ninguna dificultad...
Seguro que tu papá volverá un día con tu regalo de
cumpleaños, no les hagas caso- Y mientras decía esto pasaba las manos por
sus coletas, con la mirada perdida en el vacío
Ya tenía las maletas hechas, era el momento de irse de allí,
a ratos venían a su cabeza imágenes de torturas, de gritos, de sangre... Los
rumores acerca de la desaparición de su vecino zumbaban tan fuertes que
traspasaban las paredes de aquella casa. Debía ir a un lugar realmente solitario
donde no hacer daño a nadie, ni que nadie se lo hiciera a él.
Aquel día metió su equipaje en el maletero del coche, y dejó
a la pequeña atrás moviendo la mano y despidiéndole con una sonrisa perfumada de
tristeza...
Condujo por laderas verdes, en busca de esa cabaña solitaria
de paisaje bucólico que le había buscado su hermano por internet. Por la radio
se escuchaban noticias, una última hora revelaba nuevos datos acerca de aquella
estudiante de 19 años encontrada degollada un mes atrás, Fernando al oírlo la
vio con su chicle de fresa de fragancia empalagosa y sus ruidos insoportables,
esa imagen le acompañó durante cientos de kilómetros.
Llegó al lugar, dos eran las cabañas separadas por unos
doscientos metros. Aparcó, descargó el vehículo e inspiró con ganas, hasta
sentir que sus pulmones rebosaban de oxígeno. Al rato, escuchó las herraduras de
un caballo acercarse, luego relinchar y unos gritos femeninos dándole brío...
Fernando se precipitó al interior de su refugio, buscó las
contraventanas, la puerta, quería usar los cierres más herméticos posibles, de
refilón sobre un bello equino había visto una silueta femenina preciosa que le
sonreía en la distancia. No quiso mirar, pero ese ruido se convertía en un imán
para su atención. Cerró todo, y comenzó a dar vueltas de un lado a otro
repitiendo:
- Corporaciones locales...- mientras sus dientes rechinaban
unos con otros y se perdían sus pupilas en el vacío de la desesperación...