Por fin, tras cinco años de esfuerzo, horas y horas de
estudio, noches sin dormir, nervios en enero, junio y septiembre, después de
prácticamente convertir la biblioteca en mi lugar de residencia y que profesores
y compañeros se convirtiesen en mi principal familia, veía el final de mis
estudios universitarios y tan sólo un papel, "un título", que sería el pobre
equivalente a todas mis horas de esfuerzo, ¡qué triste!, pero al menos tenía una
alegría: el viaje de fin de curso (también me costó mis esfuerzos reunir el
dinero…)
Ámsterdam, destino favorito de los viajes de fin de curso
últimamente, resultó ser también el nuestro, elegido por mayoría aplastante,
aunque francamente, yo voté Egipto, aunque como única defensora de la Historia…
La prohibición genera morbo y el morbo, turismo hacia sitios en los que no
existe esta prohibición, y para un grupo como el nuestro, en el que todos
estábamos hartos de leyes y más leyes restrictivas y estúpidas, Ámsterdam tenía
un atractivo especial. A falta de una semana ya casi tenía todos los
preparativos listos. DNI actualizado, depilación exhaustiva, cámara de fotos
último modelo regalo de mis padres por mi graduación y algún que otro conjunto
de ropa interior nuevo… no me quería negar la posibilidad de que hubiese algún
acercamiento a un compañero que durante todo este tiempo había sido
prácticamente invisible a mis ojos por la presión del estudio, y que ahora sin
ella, veía de otro modo. No tenía a nadie en mi punto de mira, pero iba con
intenciones de divertirme y el sexo siempre me ha parecido la mejor diversión.
Y los días fueron pasando más rápido de lo que me hubiese
imaginado, aún no había amanecido pero en breves minutos, el taxi en el que iba
me dejaría en la entrada al aeropuerto, donde me encontraría con bastantes
amigos y pasaríamos por el engorro de tener que facturar el equipaje. Nos
encontramos, nos saludamos, facturamos el equipaje, la rubia azafata de KLM miró
la foto de mi documento de identidad con cierta incredulidad, esperamos colas y
por fin acabamos sentados en nuestros asientos a la espera de que al piloto le
autorizasen a emprender el rumbo. No es que me diese miedo volar, ni mucho
menos, pero el avión siempre me ha inquietado, sobretodo en el momento del
despegue.
Casi todas las veces que he volado tenía a alguien que me
cogiera la mano, pero en este instante, no veía por la labor a mi mejor amiga,
que estaba a mi lado y llevaba ya un buen rato con los ojos cerrados e
intentando dormir. Por suerte me había tocado ventanilla y con lo curiosa que
soy esperaba olvidarme del momento del despegue observando todo cuanto veía y
dejando volar mi imaginación hacia cosas que no fueran el vuelo…
El paisaje que veía no hacía si no agravar mi sensación de
claustrofobia en el avión, así que desvié mi mente hacia cosas cotidianas. Pensé
en mis padres, seguro que estarían nerviosos por no verme durante estas dos
semanas… ¿Qué estaría haciendo mi hermano pequeño? Seguro que revolviendo mi
habitación en busca de algún "tesoro" o jugando como un loco con mi ordenador…
De repente me vino a la mente mi correo electrónico, ¿me echaría de menos mi Amo
durante este viaje? Por supuesto Él estaba informado de los días de mi ausencia.
Aunque no estábamos a diario en contacto procuraba mantenerlo informado, y nunca
me puso ningún impedimento a la hora de realizar cualquiera de mis planes.
Supongo que es normal… con mil kilómetros de por medio entre los dos la relación
no puede ser tan intensa como para cortarme las alas… Alguna vez me dijo que nos
veríamos, aunque lo veía tan lejano, que casi no me hacía ni a la idea… En esto
estaba pensando cuando a través de la ventanilla me sentí observada. No podía
ser nadie porque la pista de despegue estaba totalmente vacía y cada vez se
percibía más y más lejana, pero aún así la sensación perduraba… quise pensar en
otra cosa, pero no podía quitarme esta sensación de la cabeza. Empecé a suponer
que los nervios me estaban jugando una mala pasada cuando a través del cristal
vi el reflejo de unos ojos que me miraban, hubiera jurado que eran los ojos de
mi Amo si eso no fuera imposible, pero era absurdo, así que presté más atención
a ese reflejo… Dios!! No podía ser… Solamente lo había visto a través del
ordenador pero no había duda…esos ojos… era Él!! Giré la cabeza buscando el
asiento del que provenía esa mirada y lo encontré mirándome fijamente.
Estaba en el lado opuesto del avión, una fila delante de la
mía. La sorpresa no me dejaba reaccionar, cualquiera podría haber dicho que
había visto un fantasma… Movió sus labios y un "hola" sordo llegó hasta mis
oídos. Estaba tan atónita que me costó un par de segundos reaccionar hasta que
respondí de igual manera, y aún me costó un rato más darme cuenta de que me
estaba observando de arriba a abajo. Nunca me ha gustado sentirme observada y el
color rojo hizo presencia en mi cara de inmediato, aún así no podía evitar
seguir mirándolo con timidez, cuando una sonrisa se dibujó en su cara. Él sabía
perfectamente lo que pasaba por mi cabeza y le hizo gracia que me pusiera roja
sólo con su mirada. Supongo que precisamente por eso, añadió un plus de
intensidad a sus ojos, ya de por si apabullantes, que hizo que se me helara la
sangre. Realmente notaba que su mirada me quemaba allá donde la posaba.
Mirándolo podía darme cuenta qué parte de mi cuerpo miraba exactamente. Vi como
sus ojos se posaban en mis labios, mi pelo, mi pecho, mis manos, mis mejillas
sonrosadas y finalmente de nuevo en mis ojos. Sonreía. Supuse que eso era una
buena señal y me tranquilicé. Es curioso como a veces una sonrisa puede relajar
la situación más tensa y volver a hacer que te sientas cómoda…
Y en ese instante fue cuando fui consciente de mi situación.
Estaba encerrada en un avión, con más de cuarenta compañeros de facultad,
algunas personas desconocidas y con mi AMO. Eché una ojeada general para ver
como estaban mis compañeros y me refugié en el respaldo de mi asiento intentando
evitar posibles miradas suspicaces por su parte. Cuando lo volví a mirar debió
ver en mis ojos el pánico que me producía la situación y de nuevo, con un simple
movimiento de su mano y otra sonrisa logró relajarme. Nos estuvimos mirando
durante un par de minutos más. Reconociéndonos más bien. Después de tanto tiempo
escribiéndonos era extraño estar tan cerca… Sus ojos, que en todas las fotos que
había visto eran enormes, ahora me parecían inmensos y con un poder de atracción
indescriptibles y no podía evitar que su aspecto de niño malo despertara mi
curiosidad aún más por él. De repente sus ojos cambiaron de dirección y se
posaron en la puerta del lavabo. Cuando volvió a mirarme supongo que mi cara era
la más viva imagen de la sorpresa, y de nuevo volvió a mirar hacia la puerta. Mi
indecisión y dudas hicieron que se borrara la sonrisa de su cara y que una
tercera vez volviese a mirar a la dichosa puerta. Tenía más que claro lo que me
estaba pidiendo y su cara seria me hacía suponer que más que pedir, me estaba
ordenando que fuera al lavabo. Me levanté con todo el cuidado de no despertar a
mi amiga y me dirigí hacia allí notando sus ojos clavados en mí a cada paso que
daba. Por suerte el lavabo estaba vacío y no tuve que pasar por la angustia de
esperar en la puerta, no acababa de entrar en el minúsculo recinto cuando la
puerta me empujo hacia un lado y se cerró de nuevo detrás de él dejándolo a
escasos veinte centímetros de mí. No decía nada y a la vez podía ver en sus ojos
que me decía todo. Su silencio esperaba a que yo hablase
Me alegro de verte- dejé escapar en un susurro. Y con una
sonrisa en su cara me espetó:
Nunca te he autorizado a tutearme – dijo mientras posaba
su mano izquierda en mi cuello y yo me disculpaba bajando la mirada. Noté
una mano algo fría y que temblaba un poco, sin embargo su mirada no daba la
impresión del más mínimo titubeo– Las fotos no te hacían justicia. Creo que
puedo convertirme en tu mejor fotógrafo. ¿Estás contenta de verme?
Sí. – Mi sonrisa delataba que decía la verdad.
Besa mi mano. – Su mano derecha golpeó mis labios y no
pude evitar que mis labios se despegaran para besar esa mano que tantas
veces había soñado que me castigaba y me hacía perder el sentido. – Ahora
quiero verte desnuda.