Cinco años antes.
Blanca apretó el paso, sabía que les llevaba ventaja, pero
aun así no quería confiarse. Le molestaba que siguieran tratándola como a una
mocosa cuando ella, a sus doce años, se sentía toda una mujer.
Sólo quedaban unos metros de ascensión para llegar a la
explanada del refugio. Notaba que le faltaba el aire, la mochila que acarreaba
era demasiado pesada para sus escasos cuarenta quilos y sentía la camiseta
adherida a su cuerpo, empapada de sudor. Se dio la vuelta y pudo distinguir las
figuras de sus padres mucho más abajo, a su tío no lo vio, sin embargo, supo que
estaba cerca. Siguió subiendo poco a poco. En un instante, la vista se nubló por
el esfuerzo y cayó sin poder evitarlo.
Miguel, su tío, la encontró poco después tirada en el camino.
-¡Blanca! ¡Blanca! ¿Estás bien?
Ella no contestó, estaba muerta de vergüenza, quería haberles
demostrado, haberle demostrado sobre todo a él, que ya no era esa niña flacucha
y patosa; deseaba que por una vez la hubiera mirado con otros ojos y en lugar de
eso ahí estaba: hecha un ovillo y toda magullada.
- Te dije que no cargaras tanto peso ¿Por qué no te has
puesto la gorra? ¿Es que no ves el sol que hace? Pareces tonta –la increpó,
preocupado.
Blanca escondió la cabeza entre los brazos, trataba de
ocultar su cara porque estaba a punto de llorar.
- Venga, incorpórate, quiero ver si te has hecho algo.
A regañadientes, se dio la vuelta y dejó ver sus
ensangrentadas rodillas; con las manos siguió tapándose los ojos. Su tío la miró
y vio unas lágrimas escaparse por debajo de ellas. Sonrió conmovido, pero no
dijo nada, sólo descargó la mochila y sacó un pequeño botiquín. Con cuidado,
desinfectó las heridas sin poder evitar clavar la mirada en los bronceados
muslos, cubiertos de un suave vello rubio.
- Vamos, esto ya está. No llores, boba, que no ha sido nada.
Blanca apartó las manos encontrándose de frente con la
sonrisa de su tío. Lo observó embelesada recorriendo el moreno rostro, los
dulces hoyuelos que se formaban en sus mejillas cuando reía, los ojos oscuros y
brillantes. Sintió un impulso irrefrenable y se abalanzó sobre él depositando un
sonoro beso en sus labios. Después, se levantó como si nada y empezó a correr
hacia el refugio retándole a alcanzarla.
Miguel se quedó pensativo unos segundos. Le vino a la memoria
la noche anterior, cómo "la niña" les había sorprendido al aparecer vestida con
minifalda y top, además de exageradamente maquillada. El tiempo que duró el
paseo hasta el restaurante, su sobrina fue objeto de múltiples miradas. Se había
sentido algo molesto por ello, sin embargo, no podía negar que lo entendiese:
Blanca pasaba por ese hermoso momento en el que no era ni niña ni mujer o, dicho
de otro modo, reunía lo mejor de ambas etapas.
Sintió un pinchazo de dolor. Todavía no le había confesado
que ésas serían las últimas vacaciones que iban a pasar juntos en mucho tiempo.
Hacía años que deseaba partir, ver mundo con la mochila a cuestas. Lo había
pospuesto por ella, detestaba hacerle daño; pero no podía aguantar más, acababa
de cumplir los veintiocho y sabía que era ahora o nunca. Blanca ya no era tan
pequeña, pronto empezaría a salir en grupo, a vivir sus primeros amoríos y él
pasaría a un segundo plano.
Tiempo presente.
- Hija, despierta, hemos llegado.
- Pues qué bien –contestó Blanca con sorna.
- ¡Basta ya! Si creías que te íbamos a dejar sola en casa
toda la semana, estabas muy equivocada. Estamos hartos de que montes fiestas
cuando no estamos, así que cambia la cara, no quiero que tu tío te vea así
–ordenó el padre.
- ¿Mi tío? Pero si hace más de cinco años que no lo vemos.
Lo que hay que oír.
- Tengamos la fiesta en paz, por favor –medió la
madre, conciliadora.
Blanca se mordió la lengua, sabía que ya era inútil decir
nada. Dando un portazo salió del coche y empezó a caminar calle abajo.
- Hija ¿Dónde vas?
- Carmen, déjala, nos vendrá bien a todos que se despeje
un rato- sentenció el padre.
Se encontraban en un pequeño pueblo costero de Almería, allí
es donde su tío acaba de establecerse después de volver de sus viajes. Hacía
unas semanas que habían recibido su llamada invitándoles a pasar unos días
visitando la zona y sus padres decidieron acudir cuanto antes.
Miguel era el único hermano de su padre, nació siendo éste
casi un adolescente y siempre estuvieron muy unidos. También con Blanca había
tenido una estrecha relación, él fue su padrino de bautizo, quien la enseñó a
nadar, a ir en bicicleta y tantas cosas más. El trato se había interrumpido
cinco años atrás y ella no lo había perdonado. Le costó mucho aceptar que
decidiera marcharse, se sintió abandonada, traicionada y herida. Ahora, sin
embargo, andaba inmersa en su mundo: chicos, amigas y discotecas. Esta obligada
visita había truncado sus planes y todavía sentía más resentimiento hacia él.
El final de la calle desembocaba en una solitaria playa,
había unos pocos barcos de pesca varados en la orilla, otros faenaban a lo
lejos. A pesar de ser las cinco de la tarde el sol seguía pegando fuerte, no en
vano era mediados de julio. Volvió la vista hacia donde había dejado a sus
padres y distinguió otra figura junto a la de ellos. Sintió un vacío en estómago
al comprobar que se trataba de su tío, él y su padre se fundieron en un emotivo
abrazo.
Blanca no quiso mirar más. Se despojó de sus deportivas y
hundió los pies en la arena; le encantaba caminar descalza por la playa. Al
llegar a la orilla dio un paso atrás, el agua estaba congelada, así que se sentó
frente al mar y, casi sin quererlo, su mente retrocedió hasta la infancia.
Rememoró múltiples anécdotas vividas a su lado. Cuando era
pequeña él fue su compañero de juegos, su mentor. Recordó el último verano que
pasaron juntos, por entonces, en ella habían despertado nuevos sentimientos: no
tuvo tiempo de demostrarle que ya no era una niña, él prefirió partir y dejarla.
- ¡Blanca! ¿Qué haces aquí sola? ¿Es que no piensas
saludarme?
Aunque el corazón comenzó a latirle con fuerza no quiso
mostrar sentimiento alguno, ni siquiera se movió. Notó que se sentaba a su lado,
pero permaneció impasible, como si nada.
- Vamos Blanca ¿Qué te pasa? ¿Todavía sigues enfadada
conmigo?
La chica hizo caso omiso a sus palabras. Seguía con la mirada
clavada en el mar, así que Miguel tuvo tiempo para contemplarla sin reparos. Le
sorprendió verla con el pelo corto, siempre había llevado una melena larga y
ondulada, tan rubia como la de su madre. Parecía no haber crecido demasiado, ya
por entonces era muy alta, pero su cuerpo denotaba los cambios, mucho más
torneado que antaño. Permaneció en silencio unos momentos más, quería emplear
sus palabras acertadamente.
- Sé que te dolió mi marcha, pero ahora que eres más mayor
debes comprender. Viajar era uno de mis sueños y no quería haberme lamentado
toda la vida por no hacerlo –hizo una pausa para tomar aire -. Eso no
tiene nada que ver con el hecho de que sea tu tío, sabes que te quiero y que
siempre podrás contar conmigo. Trata de entender...
Blanca se volvió hacia él con cara de indiferencia.
- ¿Entender? Por mi parte no hay nada que entender. Tú
tomaste tu camino y yo continué con el mío. Lo único que lamento es que hayas
vuelto a aparecer en nuestras vidas, tenía por hacer cosas mucho más
interesantes que participar en esta farsa de familia feliz.
- Blanca, escúchame...
- Déjalo, no te esfuerces, no os pienso fastidiar el
reencuentro, sobretodo porque no quiero problemas con mi padre, pero tampoco
intentes que las cosas sean como antes porque aquello ya terminó.
Miguel se sintió molesto, más por la frialdad con la que
habían sido pronunciadas aquellas palabras que por su significado en sí. Cómo
era posible que guardara todavía tanto rencor; no se lo esperaba. Era cierto que
desde su marcha nunca quiso ponerse al teléfono, ni incluyó unas líneas propias
en las cartas que su hermano y cuñada le enviaban, pero, a pesar de ello, no la
creía capaz de reaccionar así.
Antes de que pudiera reunir los argumentos suficientes para
seguir hablando, ella se levantó.
- Vamos, mis padres estarán deseosos de comprobar el
resultado de nuestra charla. No queremos que se disgusten ¿Verdad?
- Supongo que no...
Sin intercambiar palabra, caminaron hasta donde se hallaban
los padres. Éstos ya habían descargado el equipaje y esperaban en el portal de
la casa. Nada más verlos, Blanca se agarró del brazo de su tío.
- ¿Se puede saber a qué juegas?
- A nada, una cosa es que tú ya no representes nada en mi
vida y otra muy distinta que quiera buscarme problemas con papá. Cuando vuelva a
casa después de esta asquerosa semana tengo algunos planes que no quiero
fastidiar –le contestó en voz baja.
La sorpresa de Miguel iba en aumento, no había duda de que
aquella chica era su sobrina, pero ¿cómo y cuándo se había vuelto tan
retorcida?. Por un momento sintió remordimientos, si hubiera estado a su lado
probablemente hoy no se haría esa pregunta; sin embargo, no debía sentirse así,
sólo había buscado cumplir sus sueños, eso no era ningún delito y ella ya tenía
edad para comprenderlo. Su experiencia le decía que actuaba movida por la rabia
y aunque no la iba a descubrir de cara a sus padres, tampoco pensaba dejarse
manejar.
- Veo que habéis podido arreglar vuestras diferencias. Me
alegro mucho por ello –dijo la madre - ¿Ves hija? era una tontería seguir
enfadada después de tanto tiempo. En estos días tendréis tiempo para hablar de
todo.
- Seguro que sí –se apresuró a contestar Miguel
tomando a su sobrina por los hombros -. No os quedéis en la puerta, pasad a
ver la casa.
Nada más volverse los padres, Blanca le lanzó una mirada de
asco y apartó el brazo de sus hombros con brusquedad.
Miguel prefirió ignorarla y se centró en los demás. Les
mostró la casa de tres alturas que había adquirido y las reformas que necesitaba
realizar para acondicionar la parte de abajo como negocio pues tenía proyectado
abrir un centro que organizara excursiones, salidas en cuatro por cuatro y
actividades deportivas relacionados con el entorno. En la primera planta tenía
su estudio, en el que había colocado una cama para que ella no tuviese que
compartir el cuarto de invitados con sus padres; además de estas habitaciones
había una cocina office y un baño completo. La última planta estaba ocupada por
su dormitorio y una amplia terraza con vistas al mar.
A Blanca le encantó la vivienda, sobretodo la parte de
arriba. Escuchó cómo su tío les contaba los pormenores de la compra, sus razones
para establecerse allí, pero prefirió no participar en la conversación.
Simplemente se quedó apoyada en la barandilla de la terraza con la mirada
perdida en el horizonte.
- ¿Estás bien? –le preguntó su madre.
- Sí, sólo un poco cansada por el viaje.
- Supuse que llegaríais con hambre y os he preparado algo
para merendar ¿Bajamos a la cocina? –oyó preguntar a su tío.
- Sí, la verdad es que estoy hambriento –dijo el
padre.
- Yo no tengo hambre, prefiero quedarme aquí arriba
descansando –dijo Blanca echándose en una tumbona.
- Como quieras –contestó su tío.
Ya sola reflexionó sobre lo ocurrido. Sabía que estaba siendo
demasiado dura con él pero su parte más infantil y egoísta todavía no había
perdonado. Él no llegó a percatarse de que fue su primer amor y eso marcaba una
gran diferencia.
Lo había encontrado tan atractivo como recordaba, sólo
algunas pequeñas arrugas de expresión reflejaban el paso de los años. Para ella
seguía siendo el hombre más guapo del mundo y eso la enojaba ¿Cómo era posible
que todavía le gustara? Parecía que el tiempo hubiera quedado suspendido y
volvía a experimentar los mismos sentimientos. No podía creerlo, hacía mucho que
dejó de anhelar aquel reencuentro o al menos eso creía, tal vez se engañó a sí
misma para no sufrir... Se sobresaltó al escuchar unos pasos acercarse.
- Pensé que sí tendrías hambre.
Se dio la vuelta y encontró a Miguel, de pie, portando una
bandeja. La depositó en su regazo.
- Crep con mermelada de fresa y zumo de naranja. ¿Sigue
siendo tu merienda favorita, no?
Casi sin querer se le escapó una sonrisa.
- ¿Todavía te acuerdas? –preguntó conmovida.
- Me acuerdo de muchas más cosas de las que tú te crees.
Ella se le quedó mirando fijamente, después pareció recordar
algo y cambió su expresión.
- No tenías que haberte molestado, cuando tenga hambre ya
me prepararé yo algo.
Antes de irse la vio dejar la bandeja en el suelo. Ahora
estaba seguro de que todo esto no era más que una venganza. Por un instante,
cuando ella le miró, vio cariño en sus ojos y esta vez sí reconoció la dulzura
de su sobrina. Seguía poniendo la misma irresistible carita que de pequeña.
Satisfecha por la atención que él le prestaba, Blanca cerró
los ojos y poco a poco fue cayendo en un plácido sopor. Cuando su madre la
despertó no sabía cuánto tiempo había pasado.
- Vamos hija, vas a coger frío. Nos hemos liado a hablar y
casi se ha hecho de noche. Baja a cambiarte y saldremos a cenar.
Todavía amodorrada se dirigió a su habitación, en ella se
encontraba la mesa de trabajo de su tío. De la paredes colgaban múltiples
cuadros repletos de fotografías de sus viajes, en varias se le veía abrazando a
alguna chica. Le dolió observar su expresión de felicidad al lado de ellas.
Molesta, decidió demostrarle en la mujer que se había convertido y eligió su
vestimenta con cuidado.
Miguel les condujo hasta un restaurante ubicado en la playa,
era pequeño y se respiraba un ambiente muy familiar. Nada más entrar los dueños
le saludaron efusivamente, sorprendidos por verlo tan acompañado. Después de las
presentaciones de rigor los acomodaron en una mesa frente a la ventana.
Disfrutaron de la cena charlando animadamente; en presencia
de sus padres Blanca desplegó todos sus encantos. No hacía falta ser muy
inteligente para percatarse de que los tenía en el bote. Años después de nacer
ella, Carmen había intentado quedarse otra vez embarazada sin conseguirlo,
después vinieron muchos tratamientos que tampoco dieron resultado. Finalmente
habían concentrado todo su cariño en ella.
Mientras la observaba haciéndole carantoñas a su padre no
pudo evitar dirigir una mirada a su escote. La camisa estaba más desabrochada de
la cuenta y dejaba ver el nacimiento de sus pechos, ceñidos bajo el sujetador.
Le llamó la atención la larga cadena de plata que llevaba al cuello, de ella
parecía colgar algo que no podía distinguir pues quedaba escondido entre sus
senos. Ella pareció percatarse de ello y le lanzó una mirada maliciosa.
- ¿Qué te pasa tío? Pareces ausente.
- No, sólo miraba lo mucho que has cambiado –
contestó, tratando de capear el envite.
Cuando terminaron de cenar salieron a dar un paseo. Blanca
notaba a sus padres muy relajados, supuso que se debía al hecho de tenerla con
ellos, de estar toda la familia reunida. Como cuando era niña, aprovecharon la
presencia de su tío para adelantarse cogidos de la cintura, disfrutando por unos
minutos de su intimidad como pareja. Le gustaba verlos así, apoyados el uno en
el otro, demostrándose su invariable cariño.
- Por lo que veo siguen estando igual de enamorados.
- Así es –contestó ella -. Si no fuera por mí su
vida sería un camino de rosas.
Miguel rió con su ocurrencia.
- La verdad es que siempre fuiste un poco trasto.
Ahora fue ella quien rió.
- En el restaurante vi cómo me mirabas ¿He cambiado mucho?
- No, bueno, sí, claro que sí, ahora ya eres una mujer, no
cabe ninguna duda –respondió contrariado–. Por cierto, me he fijado en la
cadena que llevas, me pareció intuir un colgante...
- Si quieres puedes verlo tú mismo –dijo sin dejarle
acabar.
Se quedó parada hasta que él se acercó. Cuando lo tuvo frente
a ella lo miró desafiante. Miguel vaciló un momento pero después acercó la mano
y, tomando la cadena entre sus dedos, tiró de ella hasta descubrir una cruz de
plata surcada de aplicaciones de turquesa y coral.
- ¿También te acordabas de ésto?
Claro que se acordaba, fue el primer regalo de cumpleaños que
le envió estando lejos. Mientras sostenía la cruz notó como una de las manos de
Blanca se posaba sobre la suya y tiraba de ella hasta hacer que la apoyara sobre
su pecho. El contacto cálido y suave de su piel le hizo sentir un
estremecimiento. Trató de preguntarle por qué hacía aquello pero no pudo, sólo
se quedó inmóvil recibiendo por segunda vez en mucho tiempo su dulce mirada.
- ¿Qué hacéis ahí parados? –oyeron preguntar al padre
a lo lejos.
- ¡Ya vamos papá!
Aquella noche Blanca durmió plácidamente. Miguel, por el
contrario, estuvo sin pegar ojo hasta tarde. Temía estar en lo cierto, pero todo
indicaba que ella, su sobrina, estaba mostrando un interés que iba más allá de
lo familiar. Debía mantenerse firme, él era el adulto, debía demostrarle que
aquello no tenía ningún sentido sin herir sus sentimientos; pero cuando cerró
los ojos, vencido por el cansancio, las imágenes que vinieron a su mente no
fueron otras que la figura de Blanca, su mirada, el tacto de su piel...
A la mañana siguiente se levantaron temprano. Después de
hacer un recorrido por las calas del parque natural, aprovecharon las horas de
más sol para descansar en la playa de Genoveses, una enorme extensión de arena
virgen a la que se accedía tras recorrer un camino salpicado de cactus y
palmeras. Aquella zona de Almería tenía la consideración de espacio protegido y,
a duras penas, trataba de escapar de la especulación. Los visitantes que la
frecuentaban eran personas amantes de la naturaleza, gente respetuosa y
tranquila que huía de la masificación de otros lugares.
Aunque no era una zona nudista, lo más normal allí era tomar
el sol "al natural". A Blanca no le pasó desapercibido aquel detalle y en cuanto
estuvieron instalados se despojó de la parte superior de su biquini.
Cerca de ellos descansaba un grupo de jóvenes, una chica y
tres chicos, de una edad similar a la de ella. Se dio cuenta enseguida del
interés que había despertado en los muchachos y decidió aprovechar su atractivo
para encender los celos de su tío.
- Me voy a dar una vuelta.
Miguel la miró, cada vez más encandilado con su cuerpo.
Observó con recelo cómo uno de los jóvenes del grupo que tenían cerca se
levantaba precipitadamente para salir a su encuentro. Vio cómo se presentaba y
ella aceptaba su compañía. Después se alejaron charlando animadamente.
No le gustaban nada las sensaciones que estaba
experimentando, miraba a su hermano y todavía le hacía sentir más culpable.
Tratando de no pensar se tumbó boca abajo e intentó dormir un rato.
Su vuelta a la consciencia no pudo ser más agradable. Lo
despertó un cálido aliento sobre su nuca, sintió la suave presión de unos pechos
desnudos apoyados en su espalda y oyó la voz de Blanca susurrándole al oído.
- ¿Soñabas conmigo, tío?
Sin ser consciente del riesgo que corrían se dio la vuelta
hasta quedar frente a ella, que se dejó caer sobre él. Blanca abrió las piernas
y rodeó su cadera con los muslos, encajándose sobre su sexo.
- No te preocupes, mis padres están lejos, no nos pueden
ver.
Miguel se dio cuenta entonces de lo que estaban haciendo y,
bruscamente, la apartó haciendo que cayera a su lado.
- ¿Qué pretendes? Sabes que no puede ser.... ¿Por qué
haces esto?
No esperó a que respondiera. Enfadado con él mismo se metió
en el agua, ignorando su frialdad. Nadó con furia tratando de no pensar,
intentando sacar de su mente lo que estaba sucediendo. Ojalá no hubiera tenido
que volver a verla, quería cortar aquello de raíz. Por desgracia, no tenía más
remedio que aguantar lo que restaba de semana y no sabía si sería capaz.
El resto del día lo pasó ausente, escudándose en un fingido
dolor de cabeza. A ella ni siquiera osó dirigirle una mirada.
Consiguió retirarse temprano a su dormitorio, aunque no
dormir. Blanca y sus padres salieron a cenar sin él. Les oyó regresar sobre la
una de la madrugada. Una hora más tarde escuchó abrirse la puerta de su
dormitorio, en el fondo, sabía que aquello iba a suceder.
- ¿Estás despierto?
- Blanca, te lo pido por favor, vete a tu cuarto –dijo
entre dientes.
- No puedo, necesito hablar contigo.
Se acercó hasta la cama y se sentó en ella.
- Tú... tú nunca lo supiste, te marchaste antes de que
pudiera decírtelo, por eso estaba tan enojada contigo, por eso te he tratado tan
mal –empezó a decir - ¿Recuerdas el último verano en Pirineos? ¿Recuerdas
cuando te besé?
No obtuvo respuesta.
- Sé que estás enfadado y no sabes cómo me duele, pero no
puedo evitar sentir lo que siento.
Miguel percibió que su voz se quebraba al pronunciar aquellas
palabras. Le dolió el dolor de ella, se sintió impotente, sin armas para
combatir aquella difícil situación. Las pocas fuerzas que le quedaban las empleo
para infundir la mayor firmeza que pudo a sus palabras.
- Vete a tu cuarto. No quiero volver a oír hablar de esto.
No puede ser, debes entenderlo. Vete.
Blanca comenzó a llorar sin poder evitarlo. Esperaba que él
se incorporara y la abrazase. No sucedió. Pasaron unos largos minutos antes de
que se levantara y por fin, hiciese lo que le había pedido.
Esa noche ninguno de los dos durmió. Al día siguiente los
padres no debían notar nada raro y ambos se esforzaron por aparentar normalidad.
Pasaron la mañana visitando Níjar donde se entretuvieron
comprando artesanía típica del lugar. Por la tarde continuaron recorriendo más
poblaciones hasta que llegaron, ya de noche, otra vez a casa. Blanca aprovechó
para tomar una ducha en el tiempo que su madre preparaba la cena. Mientras el
agua resbalaba por su cuerpo su cabeza iba a mil por hora, demasiados
sentimientos encontrados: deseo, ira, despecho, cariño, impotencia, amor... otra
vez deseo...
Ya se estaba secando cuando escuchó un ruido y vio el pomo de
la puerta girar. Cuando ésta se abrió el corazón estuvo a punto de salírsele del
pecho.
Miguel cerró con cuidado y se quedó allí parado frente a
ella.
- Quiero que subas esta noche.
Eso fue todo, después volvió a salir. Cinco sencillas
palabras que a ella le devolvieron la vida.
Disfrutaron de la cena familiar con el ánimo renovado.
Tomaron vino acompañando al pescado e incluso un orujo para que pasara mejor.
Todos se rieron al ver la cara de Blanca al probar aquello. Cuando por fin se
retiraron a sus respectivas habitaciones dejó pasar un tiempo prudencial antes
de subir a su dormitorio.
Al llegar lo encontró en la terraza, con el torso desnudo y
sólo cubierto por unos ligeros pantalones. Avanzó descalza por la habitación;
nada más salir al exterior la brisa le hizo sentir un estremecimiento. El
liviano camisón se pegó a su cuerpo marcando todas sus formas y comenzó a
temblar fruto de la combinación del frío con el nerviosismo.
Cuando se percató de su presencia la tenía casi al lado.
- Lo siento, sé que me corresponde a mí mantenerme
firme... pero no puedo. Necesito tenerte conmigo esta noche.
Blanca no pudo contener más sus emociones y se arrojó a sus
brazos con desesperación. Él la recibió estrechándola entre ellos con fuerza.
Permanecieron unidos un largo rato, en silencio, sin ser
capaces de despegarse. Miguel notó que la chica no dejaba de temblar, le tocó
los brazos y comprobó que estaba fría.
- Estás helada, vamos dentro.
- No, no quiero moverme, quiero quedarme así, entre tus
brazos...
- Y así vas a estar durante mucho tiempo, pero en el
dormitorio –dicho ésto la cogió y la llevó en volandas hasta la cama.
La tendió sobre la sábanas y se echó a su lado. Ella hizo
ademán de volver a abrazarlo, pero la detuvo, quería mirarla. La luz de la luna
bañaba la habitación permitiéndole distinguir su contorno. En su rostro leía la
misma expresión que tanto le gustaba, infundía una ternura, una vulnerabilidad
casi infantil.
El corto camisón había dejado al descubierto unas escuetas
braguitas, de talle muy bajo. Posó una de sus manos sobre sus muslos y ascendió
por la curva de la cadera, deslizándola entonces hasta su vientre. La piel
todavía era más suave en aquella zona. Ella se acercó más a él, apoyando la
cabeza en su hombro.
Miguel notó que estaba nerviosa, de hecho todavía temblaba,
así que volvió a abrazarla y, por debajo del camisón, comenzó a acariciarle la
espalda. Permaneció así casi quince minutos, no tenía prisa, sólo quería que se
sintiese segura a su lado.
Por un momento creyó que se había dormido pues permanecía
completamente inmóvil. Despegó un poco su cuerpo del de ella y vio que tenía los
ojos abiertos. Blanca se incorporó y buscó sus labios. Se fundieron en un beso
suave, cargado de cariño. Recorrieron sus bocas, las acariciaron, las mordieron,
las succionaron; unieron las lenguas en lazos imposibles, arrimando sus cuerpos,
encajando sus formas. Miguel sentía la dureza de sus pezones clavándose en su
pecho. Metió la mano entre sus cuerpos y buscó la calidez de sus senos. Los
descubrió abundantes, densos. Exploró la rugosidad de las areolas, pinzó sus
cumbres, trató de abarcar toda aquella carne, amasándola, apretando con delirio.
Ella se retorcía inquieta, excitada, le ofrecía sus atributos
deseando que los acariciara con fuerza, disfrutando con su manera de tocarla.
Recorría con la lengua la nuca de su amante, sus lóbulos, detrás de las orejas.
Vertía su aliento entrecortado en sus oídos.
En un rápido movimiento, Miguel la despojó del camisón y ella
aprovechó para montar sobre sus caderas. Pudo observarla erguida; se maravilló
con sus hombros definidos, con la turgencia de los pechos, con la brevedad de su
cintura. Clavó sus ojos en la boca de ella, estaba roja, entreabierta, en un
evidente gesto de provocación.
Sintió que restregaba la vulva a lo largo de su endurecido
miembro, notó la humedad que rezumaba su ropa interior. La tomó por las nalgas y
la apretó con fuerza deseando traspasar las telas, colarse en su interior sin
más preámbulos. Ella se recostó sobre su pecho y trazó sinuosas líneas con los
senos hasta llegar a la cintura, una vez allí se demoró empleando su lengua,
introduciéndola ligeramente por debajo de la goma del pantalón. Se ayudó con las
manos y terminó de desnudarlo.
Blanca se estremeció al descubrir el falo: era grande,
vigoroso. Lo tomó entre sus manos y aplicó los labios sobre el glande,
acariciándolo suavemente. Comenzó a succionar, introduciendo en cada acometida
un pedazo más de él en su garganta. Pronto abarcaba toda su longitud, en un
vaivén acelerado, rodeándolo con el anillo de sus labios pulposos y candentes.
Miguel estaba maravillado con su modo de hacer, le excitaba ver su trasero
subiendo y bajando al compás de la felación, le encendía comprobar la voracidad
con la que lo estimulaba. Introdujo los dedos entre su mata de cabello dorado
obligándola a llegar hasta abajo sin compasión, sin reparos, como si aquella
preciosa adolescente hubiera sido siempre su amante.
Ella se dejaba hacer, gozaba de verlo gozar por el efecto de
sus caricias. Sentía su ropa interior empapada y una quemazón insoportable se
concentraba en su sexo, impaciente por albergarlo.
Él también deseaba penetrar en su interior, la tomó por los
hombros e hizo que se recostara sobre la cama, quitándole apresuradamente las
braguitas. Bajó hasta pegar su nariz contra el vello rizado y rubio, aspiró sus
olores, palpó con los dedos la hendidura mojada, los introdujo en su interior.
Se colocó sobre ella y le hizo separar las piernas, sumergiendo su boca en aquel
mar de esencias, amasando las nalgas, aprisionando el insolente botón entre sus
labios hasta oírla gemir.
Sin dejar de estimularla llevó una de sus manos hacia su boca
y la tapó para recordarle que no estaban solos, Blanca calló, ahogó sus jadeos
entre contracciones. Miguel buscó sus pechos y los castigó una y otra vez.
Cuando creía no poder aguantar más, él se apartó y tiró de
ella hasta posar sus corvas sobre los hombros; el sexo abierto de ella quedó
sobre los muslos de él, que tomando el falo con su mano lo condujo hasta la
entrada de la vagina, ascendiendo por ella pausadamente. Blanca sintió un vacío
en su estómago, un escalofrío recorrió todo su ser. La emotividad dio paso a la
más encendida pasión. Miguel golpeaba con fuerza la vulva en cada embestida,
introducía su sable hasta el fondo, ayudado por la posición elegida, manejando
el movimiento tomándola por los muslos, haciéndola chocar contra él con fuerza.
Sentía un placer creciente, apremiante, egoísta. Deseaba acallar sus jadeos en
la boca de ella, sellarla en un silencio contenido, verter sus sonidos y recibir
los de ella, recogiéndolos en sus gargantas.
Se inclinó hacia delante, reposando sobre el torso de Blanca,
sujetando sus piernas bien abiertas, apoyándose en ellas para descargar toda su
furia. Se introdujo una y otra vez en sus paredes mientras recibía sus besos,
sus mordiscos, mientras acallaba en ella sus gritos de placer. La notó
retorcerse reclamando más roce, más rotundidad, acortó sus embestidas, las
multiplicó, sintió que ella llegaba y cabalgó aceleradamente para llegar con
ella. Llegaron juntos, viajaron unidos al único paraíso alcanzable por los vivos
y volvieron todavía enlazados para reposar en el lecho mojado, testigo mudo de
su éxtasis.
Todavía ausentes se acomodaron plácidamente, sin pronunciar
palabra. Miguel escondió la cabeza entre los pechos de ella, jugueteando con sus
pezones. Blanca le acariciaba el cabello, masajeaba su espalda, mientras sonreía
sin darse cuenta.
Al rato, los dos se durmieron, por suerte, ella despertó poco
después sobresaltada. Miró el reloj, eran las cinco de la madrugada. Con
cuidado, apartó el brazo inerte que descansaba sobre su cintura, depositó un
último beso en sus labios y salió del dormitorio lo más silenciosamente que
pudo. Ya en su habitación, palpó su sexo todavía humedecido, buscó en su piel el
aroma de él y se abrazó a sí misma imaginando que era su amor quien la rodeaba.
Quedó dormida instantes después.
Por la mañana, la despertó la voz de su madre.
- Venga dormilona, son las once. Levanta ya, tu tío y tu
padre se han ido para contratar una lancha que nos lleve a la cala de San Pedro.
Date prisa que están a punto de volver.
Dos horas después desembarcaban en la cala; pactaron con el
barquero que les recogiese a media tarde. Sus padres habían traído aletas y
gafas de bucear para intentar ver los fondos. Ella y Miguel prefirieron quedarse
tumbados al sol.
En aquellas circunstancias no podían arriesgarse a hacer nada
sospechoso pero sí pudieron hablar de lo acontecido la noche anterior.
- Ayer viví la noche más maravillosa de mi vida
–musitó Blanca.
- También para mí fue algo muy especial –hizo una
pausa- y lamento mucho haberme dormido.
- No te preocupes, yo también me dormí. La suerte que
tuvimos fue que me despertara poco después.
A los dos se les escapó una risa nerviosa.
- ¿Sabes? Sé que esto no está bien, pero esta mañana, pese
a haber dormido tan poco, me desperté eufórico, lleno de energía, como si me
hubiese liberado de una pesada carga...
- Sí, y yo puedo constatarlo, cuando me he duchado ha
salido de mí una parte de esa "des-carga".
Ambos volvieron a reír.
- Sabes que ayer no tomamos precauciones, debemos ir con
más cuidado –dijo él acordándose de pronto.
- Tranquilo tío, hace unos meses que empecé a tomar la
píldora.
- Blanca, no me llames así. Pienso en tu padre y me siento
fatal, no me lo hagas más difícil.
Tratando de evitar que cavilara demasiado, Blanca le retó a
una partida de palas en la orilla. Él ganó por goleada, aun dándole múltiples
ventajas, pero no era de extrañar, siempre había sido un excelente deportista.
Jugaron como niños, se bañaron todos juntos, comieron y esperaron la llegada de
la barca recogiendo conchas y piedras erosionadas.
Regresaron a casa pasadas las siete. El tiempo que habían
permanecido en la playa Miguel la había deseado con desesperación, necesitaba
volver a tenerla entre sus brazos con urgencia, así que al volver le comentó a
su hermano que tenía un compromiso ineludible: era el cumpleaños de un buen
amigo que también residía en la zona. Le contó que la celebración iba a ser en
un cortijo de su propiedad y que acudirían multitud de jóvenes.
- Está bien, no te preocupes, nosotros nos quedaremos por
aquí. Por cierto, si va gente joven podrías llevarte a Blanca, seguro que lo
preferirá antes que quedarse con nosotros ¿No te importa? –le dijo su
hermano.
- No, no pasa nada, me la puedo llevar sin problemas.
- Pues nada, ve tú mismo a darle la noticia. Lo único que
te pido es que no la dejes beber demasiado.
- Sí, no te preocupes por eso –contestó tratando de no
mostrar su alegría.
Blanca acababa de salir de la ducha y se había tumbado en la
cama, sólo cubierta por una toalla. Oyó que llamaban a su puerta.
- ¿Sí?
- ¿Puedo entrar? –preguntó, haciendo el paripé.
- Claro, pasa.
Cuando estuvo dentro le contó lo que había hecho para
conseguir que pasaran la noche juntos. Ella rió emocionada. No podían volver
demasiado tarde pero iban a gozar de unas horas de libertad plena. Blanca lo
tomó del cuello sin poder contenerse, y lo atrajo hasta ella, depositando un
prometedor beso en sus labios.
- Vamos, arréglate deprisa, porque no respondo de mis
actos –dijo Miguel.
Media hora después ya estaban metidos en el coche. No quiso
decirle dónde la llevaba, quería sorprenderla. Al verla salir del cuarto se
había quedado sin habla, Blanca se había puesto un vestido negro, corto y con la
espalda descubierta. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y había resaltado el
verde de sus ojos con raya negra. Unas sandalias de tacón torneaban todavía más
sus interminables piernas.
Nada más alejarse de la casa ella le había pedido que la
mirara sin dejar de conducir. Vio cómo le mostraba un precioso tanga negro de
encaje y cómo se lo quitaba guardándolo en el bolso. Después, volvió a
levantarse la falda y le mostró el pubis completamente rasurado. Miguel alargó
la mano y se excitó con la suavidad de su piel, trató de buscar más abajo pero
ella cerró las piernas con decisión.
- No. Tú conduce.
Dicho esto, le desabrochó los botones de la bragueta y
forcejeó con el pantalón hasta que pudo liberar su miembro. Miguel continuó
conduciendo mientras la rubia cabecita trabajaba afanosamente para satisfacerle.
El camino que conducía al Cabo de Gata estaba plagado de
curvas. Tenía que concentrarse para no perder el control, sin perder detalle de
lo que ocurría por allí abajo. Al llegar a una recta encajaba la marcha y perdía
su mano derecha entre las prietas nalgas. A pesar de tener la boca ocupada,
Blanca gemía cada vez que él rozaba su ano con los dedos.
La chica se empleaba a fondo en proporcionarle placer. Se
ayudaba con la mano para manipular firmemente su instrumento; su saliva
lubricaba la zona haciendo que se deslizara con suavidad. Él gozaba de sus
caricias multiplicando la excitación cada vez que palpaba el rugoso y ceñido
anillo, el hecho de que ella se estremeciera cuando lo tocaba, era en sí mismo
una provocación.
Ella siguió devorando su pene cada vez con más firmeza. El
orgasmo llegó en el peor momento, tuvo que reducir hasta casi quedar parado por
miedo a salirse de la carretera, al menos esta vez sí pudo gritar sin miedo.
Blanca tragó toda su eyaculación y todavía siguió lamiendo hasta dejarlo
completamente limpio.
El camino que restaba hasta el destino, lo pasó con la cabeza
de ella apoyada sobre su pecho.
- Hemos llegado.
- ¿Dónde estamos?
- Estás en el Cabo de Gata, ponte esto antes de salir.
Blanca se puso una especie de gabardina que le llegaba por la
rodillas y le siguió. Nada más bajar del coche sintió que el viento la empujaba
con fuerza. Él la tomó de la mano y la ayudó a avanzar. Le mostró el imponente
faro, después le enseñó las aguas cristalinas y el llamado Arrecife de las
Sirenas; quedó fascinada con la visión de aquellas puntiagudas rocas emergiendo
del mar.
- ¿Te gusta?
- Sí, todo es precioso, gracias por traerme.
Miguel la tomó por la cintura apretándola contra él. Aquella
zona de Almería era mágica, pero a partir de aquel momento la relacionaría
siempre con Blanca, su dulce niña, su fogosa amante...
Ella se puso de puntillas y le susurró al oído.
- Llévame a algún sitio donde estemos solos. Quiero volver
a sentirte en mi interior.
Condujo hasta una zona con vegetación, algo aislada. Al
llegar se volvió hacia ella y le levantó la falda; metió la mano entre sus
muslos, sin que esta vez opusiese resistencia. Disfrutó de la suavidad de los
labios mayores, completamente despojados de vello. Buscó un poco más adentro y
acarició entre los pliegues de tacto satinado. La zona estaba humedecida,
viscosa, no le costó nada introducir los dedos. Metió la otra mano por el escote
y sacó uno de sus pechos, acercó la boca y lamió todo su perímetro, apretando
con la lengua el enhiesto pezón, tomándolo, sujetándolo entre sus dientes,
apretando con fuerza.
Blanca separaba las piernas, ayudándole a que la penetrara
con sus dedos. El clítoris palpitaba; deseaba que lo estimulara con sus labios,
que lo succionara con fuerza. Tuvo un impulso y se deshizo de sus manos.
- Vamos fuera.
Salió corriendo y se subió al capó del coche, se acostó
encima y levantó el vestido hasta dejar su sexo al descubierto. Miguel llegó
instantes después. Separándole las piernas metió su cabeza entre ellas y comenzó
a estimularla con la boca. Deslizó los dedos hasta su agujero posterior. Trazó
círculos sobre él suavemente, al escucharla gemir imprimió más fuerza. Levantó
la mirada y la vio amasarse los senos, los estrujaba mientras mantenía la cabeza
ladeada, con los dientes se mordía el labio inferior.
Sin dejar de succionar el clítoris, introdujo levemente el
índice en su ano. Notó que le gustaba. Sitió su propio sexo endurecido,
aprisionado bajo la ropa.
- Ponte boca a abajo.
Ella volteó su cuerpo sobre el capó dándole la espalda,
ofreciendo un irresistible primer plano de sus nalgas. Sintió cómo él posaba las
manos sobre ellas, después las masajeó con deleite propinándoles alguna palmada
incontenible. Tembló de la cabeza a los pies al notar su lengua sobre su entrada
trasera. Tenía los dedos enterrados en su vagina mientras se aplicaba en hacerla
gozar con sus lametones.
Sin dejar de satisfacerla, se bajó los pantalones y el
calzoncillo, su miembro brotó rígido como una vara. Lo metió en su vagina de un
solo golpe y comenzó a bombear con decisión. Le acarició la espalda con las
manos, bajó un poco más hasta llegar a los glúteos, recorriendo la unión de
éstos. Humedeció uno de sus pulgares con saliva y lo clavó en su ano hasta que
desapareció. Ella se retorció bajo sus manos. Con el dedo dentro de su intestino
siguió embistiendo salvajemente, sujetándola de esa manera, deleitándose con la
visión que aquello le ofrecía.
Continuó castigándola sin tregua, sin detenerse, sin dejar de
cabalgar, de hurgar, de envolverla en un paroxismo lacerante. Las gotas de sudor
resbalaban por su rostro contraído por el deseo. Sintió una explosión en su
interior y continuó luchando hasta haberse descargado por completo dentro su
cuerpo.
Permanecieron acostados sobre el coche, medio desnudos, sin
pensar en nada más que no fuera su mutua satisfacción.
Más tarde la llevó a cenar. Después, aparcó en una solitaria
playa y, bajo la luz de una luna casi plena, volvió a hacerle el amor.
Cuando llegaron a la casa todo estaba en silencio. Los padres
ya dormían, confiados, tranquilos porque sabían que su hija no podía estar en
mejores manos. Si ellos hubieran sido conscientes de lo que estaba sucediendo...
Se despidieron entre arrumacos y besos apasionados. Aquella
noche durmieron a pierna suelta.
Durante el día volvieron a ser una familia. Cumplieron sus
obligaciones esperando la noche con ansiedad. Cuando todo estuvo en calma,
Blanca subió una vez más a su dormitorio.
La esperaba acostado, desnudo bajo la sábana. Ella también se
despojó del camisón antes de entrar en la cama.
- Por fin. El día se me ha hecho eterno.
- A mí también. Cada vez me cuesta más disimular lo que
siento. Hay momentos en los que te miro y me olvido de todo, de quién somos, de
tus padres...
Ella lo abrazó conmovida, a los dos les pasaba lo mismo, su
único consuelo eran aquellas horas clandestinas que robaban al sueño.
Buscaron sus bocas anhelantes y las fundieron en un mar de
besos, en una tormenta de amor y rabia desatada. Arañaron las pieles,
surcándolas de rayas coloradas. Recorrieron los cuerpos, encumbraron las cimas y
descendieron a los valles con la misma devoción. Ambos se derramaron en la boca
del otro dibujando un sesenta y nueve con una cadencia perfectamente orquestada.
Descansaron sin tener las manos quietas. Volvieron a ponerse
a tono poco después. De lado, apretujados uno contra otro, ella le daba la
espalda y él clavaba su erección entre sus nalgas.
Jugueteó con su falo acariciando con él toda la hendidura,
los jugos destilados se esparcieron por la zona. Siguió un poco más atrás, con
cuidado, como pidiendo permiso. Ella se separó las nalgas y se apretó contra él.
Desde la tarde anterior no había podido quitarse de la cabeza
el deseo de penetrarla por aquel agujero. No sabía si lo habría hecho antes, no
quería pensar en aquella posibilidad. Se quedó en el umbral de la puerta y la
besó dulcemente. Ella pareció leer sus pensamientos.
- Nunca lo he hecho por ahí. Ni siquiera lo he intentado,
pero ayer, cuando me acariciabas me excité mucho...
Al escuchar sus palabras deseó más aún poseerla de aquel
modo. Quería ser el primero, incluso el único.
Hizo que se incorporara y la acostó boca abajo. Le puso una
almohada bajo la pelvis, dejando sus caderas elevadas. Se encendió al ver el
pequeño trasero proyectado, ofrecido, entregado con toda confianza. Situándose
encima, comenzó a acariciarla con mimo. Amasó la espalda, las nalgas, los
muslos, pero sin tocar las zonas más sensibles. Pasó así largo rato, notando
cómo ella se movía buscando sus manos, deseando que las posara en aquellas
partes que evitaba a conciencia.
La torturó sólo un poco más, después, comenzó a estimular su
sexo con la lengua, mientras con los dedos exploraba el protuberante círculo. Al
principio lo notó constreñido bajo sus yemas; a medida que lo acariciaba él
mismo parecía relajarse y reclamar su visita. No se hizo esperar e introdujo
primero el dedo índice moviéndolo circularmente dentro de su intestino. Con los
labios aprisionaba el clítoris palpitante, sentía que ella estaba disfrutando
enormemente. Poco después introdujo otro dedo, dilatando el esfínter,
preparándolo para recibirle. Blanca estaba muy agitada, movía el trasero
inquieta, enterrando más aún sus dedos, engulléndolos en aquel pozo sin fondo.
Ella murmuró algo.
- Entra ya... No puedo aguantar más –la oyó decir con
voz entrecortada.
Se incorporó y posó la cabeza de su ariete sobre el ano.
Apretó y se introdujo en su interior unos centímetros.
Blanca sintió un dolor agudo, pero diluido dentro de aquella
sinfonía de placer.
- Sigue...
Siguió ascendiendo con cuidado, metiendo cada vez un poco
más, ascendiendo sin prisa pero sin detenerse.
Oyó un gritito de dolor manar de sus labios cuando la metió
del todo. Sintió su falo envainado, ceñido por aquellas paredes tan prietas.
Se dejó caer sobre ella con el miembro completamente
enterrado en sus entrañas. Le acarició el pelo, besó su nuca. Comenzó a bombear
despacio, deleitándose con aquellas sensaciones pero intentando no causarle
dolor. Se desplazaba sin dificultad, salía y entraba ampliando el recorrido al
máximo. Con todo su peso sobre el de ella le excitaba sentirla atrapada,
empalada, ensartada... Pasó las manos por sus costados y alcanzó sus pechos,
estrujándolos sin compasión. La escuchó gemir.
Empezó a imprimir mayor resolución a sus vaivenes, pronto se
convirtieron en literales embestidas. Sus testículos golpeaban contra la vulva.
Se alejaban y volvían a arremeter con furia.
Ella a penas podía moverse bajo su peso, se sentía totalmente
a su merced. Le gustaba, gozaba de un placer distinto, nuevo, casi animal. Lo
sentía cabalgar montado sobre su grupa, atravesándola con aquella vara candente.
Miguel estaba poseído por un deseo apremiante. Seguía,
seguía, seguía, sin freno, sin cuidado, sin límites. Se sintió engullido por una
espiral de placer y golpeo todavía más fuerte, hasta que tembló de la cabeza a
los pies y cayó derrotado sobre la espalda de su amante.
Quedaron completamente agotados, exhaustos tras la batalla.
Se dejaron llevar sin miedo a dormirse; habían sido cautos y el despertador
estaba programado para avisarles.
Cuando sonó, se despidieron entre besos apasionados. Ninguno
dijo nada, pero la pena empezaba a hacer mella en sus corazones.
Aquel día no fue como los demás. Sabían que pronto daría paso
a la noche, esa última noche de amor que iban a compartir. Aprovecharon cada
segundo juntos, atentos al más mínimo descuido de los padres para besarse, para
palparse apresuradamente.
Cuando ellos descansaban volvieron a unir sus cuerpos, se
amaron de todas las maneras que sus fuerzas les permitieron. Empaparon las
sábanas con sus jugos y sudores. Se enzarzaron una y otra vez, terminaron y
volvieron a comenzar. Chuparon, gozaron, penetraron, lamieron, apretaron,
besaron, disfrutaron, en un círculo de lujuria del que no quisieron salir.
Amaneció y todavía seguían entrelazados.
Apuraron hasta el último momento. Intercambiaron las más
hermosas palabras de amor. Blanca le juró que volvería lo antes posible, tal vez
el mes siguiente podría estar con él mientras sus padres se iban de viaje. Se
aferraron con uñas y dientes a aquella posibilidad, no quisieron ahondar en la
herida, todo era ya bastante doloroso.
Varias horas más tarde, Miguel observaba el coche de su
hermano alejarse. Se quedó mirando fijamente hasta que el rostro de ella se
desdibujó en la distancia. Sintió un pinchazo de dolor. En aquel mismo instante
empezó a echarla de menos; sin embargo, trató de sonreír, sabía que volvería a
su lado, estaba seguro. Pronto.
Y así sucedió...