Yo estaba pasando una mala época. En el trabajo se extendía
el rumor de recorte de personal y me veía con un pie fuera de la empresa. Mi
mujer cada vez estaba más tirante conmigo y se notaba la aspereza de la
relación. Cualquier duda de que tuviera amante se resolvió cuando me dijo que se
iba de vacaciones y le pregunté con quién, a lo cual me respondió con un seco
"No es asunto tuyo". No volvimos a saber de ella. Cuando pasó la semana que
supuestamente se iba de vacaciones, preocupado por su paradero, hice ademán de
llamar a la policía para denunciar su desaparición, pero Andrés me previno de
ello, diciéndome que no se había ido de vacaciones si no que se había marchado
para no volver. Todo intento de sonsacarle información al mayor de mis hijos fue
vano.
Aquella noche de sábado Andrés salió de casa a las once de la
noche, dando un portazo. Su hermana pequeña Paula, por contra, aún estaba
preparándose para salir. Justo cuando el partido estaba a punto de terminar,
comencé a oír ruido de tacones en el piso superior. Escasos minutos más tarde,
la veía bajar las escaleras, casi discerniendo, de manera involuntaria, la ropa
interior que llevaba, debido a la corta minifalda que traía puesta.
Que mi hija había crecido no era secreto alguno para mí.
Convivir diariamente con ella no impidió que me percatara de que mi mujer había
traído al mundo a una niña preciosa que con los años fue desarrollando un cuerpo
de envidia.
Que Paula era bastante liberal en ciertos temas tampoco era
algo que no supiese. En casa nunca hemos considerado tabú ningún tema, si
exceptuamos la mala relación que habíamos llevado mi mujer y yo en los últimos
años. De modo que conocía su cuerpo, la había visto tomar el sol en bikini
(incluso en topless, durante el último verano) y la había visto pasear por casa
en ropa interior. Incluso alguna vez la había visto desnuda (en edad de merecer,
quiero decir. De niña es obvio que la vi ciento y una veces). Tanto con Paula
como con Andrés, mi mujer Eva y yo habíamos tenido una tendencia abierta a
hablar de sexo. Creemos en una educación explicativa y permisiva, no en el
oscurantismo y la prohibición.
Y que Paula estaba lo suficientemente crecida como para tener
relaciones también lo sabía de sobra. Supongo que mi insomnio influyó bastante
en que yo lo supiera, pues una noche de tantas en que no podía dormir, escuché
ruidos en el exterior de la casa. Asustado por posibles ladrones, miré agazapado
hacia fuera y vi a mi hija de rodillas practicarle una felación al hijo de
nuestros vecinos. Ella no estaba siendo forzada ni nada por el estilo, lo hacía
por gusto y tenía ya edad para decidir lo que le gustaba y lo que no. Además,
cualquier padre ha sido antes joven y ha incurrido probablemente en la mayoría
de actos que harán después sus hijos, con lo cual tampoco le di mayor
importancia de la que tenía. Tan sólo habría que estar algo más atento para
quizá recordar algún que otro peligro, como las enfermedades o los embarazos.
Tomé nota mental de ello para comentarlo con Eva, por supuesto sin mencionar el
incidente de la mamada enfrente de casa. No por nada en especial, pero ir
cotilleando las intimidades de los demás no es algo que acostumbre a hacer.
La noche en cuestión, como decía, iba ataviada con una corta
minifalda blanca, la cual parecía encontrarse entre sus trapitos favoritos, una
camiseta ajustada bajo la cual se notaban las costuras del sujetador y unas
botas altas de color negro. Se paró delante de la puerta de la calle y, mientras
rebuscaba en su bolso, me preguntó algo que no entendí bien. "Que si puedes
prestarme veinte euros", repitió. Tras amonestarla y advertirle que debía
administrar mejor su paga mensual, me levanté pesadamente y saqué de mi cartera
un billete azul, que le tendí y ella recogió con premura al tiempo que me daba
las gracias y se marchaba.
Volví al sillón para comprobar que el partido ya había
terminado y no tenía nada que hacer en absoluto. Como quiera que lo que menos me
apetecía era irme a la cama a intentar dormir, me puse los zapatos y decidí
salir a dar una vuelta. Supongo que inconscientemente puse rumbo al bar de Toño.
De mi estancia allí, aparte de vasos y vasos de whiskys dobles, tan sólo
recuerdo el momento en que entró una chica, de aproximadamente la edad de mi
hija y vestida de forma similar, a comprar un paquete de Marlboro en la máquina
de tabaco. Los parroquianos se exaltaron y comentaron, una vez que la chica se
había marchado, lo que harían con un culito duro y terso como el de la joven.
Aquello desembocó en una discusión acerca de si las chicas eran más putas ahora
que antaño. Una discusión sana, por supuesto, aunque acalorada y que llevó a
recordar experiencias pasadas.
El momento en que Toño comenzó a barrer el suelo lleno de
colillas y servilletas usadas fue el indicador de que debíamos levantar el vuelo
y buscar otro sitio donde ahogar las penas. Dejé la cuenta a deber, dada la
confianza y mi estado de ebriedad, en el cual no habría podido distinguir un
billete de diez euros de uno de quinientos. El camino sin duda hubo de ser más
largo a la vuelta que a la ida, pero a mí se me hizo tan corto que apenas
recuerdo nada del mismo. Sí recuerdo el incidente que tuve cuando paré a orinar
en un pequeño callejón entre casa y casa. Una pareja estaba allí dándole al
tema, ella subida encima de él, con los brazos rodeándole el cuello y las
piernas atenazándole alrededor de la cintura. Entre comentarios de coña de la
chica acerca del tamaño de mi pene y sus dotes feladoras e insultos amenazantes
del chaval, que yo sabía que no iba a dejar de lado lo que estaba haciendo para
cumplirlas, terminé tranquilamente de mear y me fui con viento fresco.
La casa estaba oscura y silenciosa. Tras varios minutos
subiendo las escaleras, entré en mi cuarto y me dejé caer pesadamente sobre la
cama. La cabeza entera me daba vueltas, como si estuviera en un barco en pleno
huracán. Cuántos pelotazos me había tomado? Siete? Ocho? No, no, fueron más.
Hacía tiempo que no me emborrachaba tan brutalmente. Eso sí, gracias a la
ingesta de alcohol, quedé traspuesto en poco rato.
Me despertó el ruido de un portazo. Era muy tarde, debía
haber pasado varias horas durmiendo, pero aun así todavía sentía, aunque
vagamente, los efectos del whisky, sobre todo las ganas de orinar. Cuando me
levanté y puse camino hacia el baño comprobé que todavía tenía cierto mareo y
tenía que ir apoyándome en las paredes. Al salir del cuarto de baño, vi la
puerta de la habitación de Paula abierta. La luz del pasillo se colaba por la
misma, mostrándome el cuerpo de mi hija tumbado boca abajo de mala manera sobre
la cama. Mi primera intención fue sana, tan sólo quitarle las botas y arroparla,
pero en cuanto di un paso dentro de la habitación mis pensamientos se volvieron
pervertidos y lujuriosos. Estaba con las piernas abiertas y la falda lo
suficientemente subida como para mostrar la parte más baja de las nalgas. La
llamé en voz baja, para comprobar si estaba despierta, pero no recibí respuesta.
Algo dentro de mi no estaba de acuerdo con mis truculentas ideas, así que la
zarandeé por el hombro, para despertarla. No obtuve respuesta tampoco. Ella
también debía llevar una buena merluza encima. Me fijé en su trasero, en su
firme trasero. Un pequeño culito respingón que se me antojaba delicioso. Subí la
falda un poco más. Durante un instante pensé que iría desnuda bajo la misma,
pero entonces vi entre los cachetes la ridícula tira del tanga que iba a
juntarse, más arriba, a un pequeño pedacito de tela con forma triangular. No
pude resistir la tentación de colocar mis manos sobre ambas nalgas y entonces
supe cómo iba a terminar aquello.
Palpé, primero suavemente, luego con vicio y dedicación. La
piel tersa de este culito no podía compararse con el culazo rotundo de mi mujer,
morboso a su modo, pero sin punto de comparación. Recorrí sus muslos de arriba
abajo, rozando intencionadamente su entrepierna en varias ocasiones, sintiendo
la humedad que allí se escondía. La cama rechinó cuando me subí en ella, entre
las piernas abiertas de mi hija. Me estiré sobre ella, sin llegar a posarme
encima, tan sólo rozando levemente. Mi miembro situado sobre su trasero
semidesnudo y mi cara en su nuca. Aspiré, en un intento de captar su aroma, pero
tan sólo una mezcla ácida de distintos licores llegó a mis fosas nasales. Aun
así, yo sabía que mi niña recién duchadita olía maravillosamente bien, lo cual
me sobraba. Mis manos apoyadas a ambos lados de Paula, se fueron cerrando poco a
poco sobre sus pechos aplastados por su propio peso. Toqué los laterales tan
sólo sobre la ropa y noté por primera vez que tenía una semierección rogando a
gritos ser sofocada. Tan sólo necesité mover un poco la camiseta para tocar la
piel de sus senos. La levanté de un lado y luego del otro y así quedaron sus
tetas completamente abarcadas por mis manos. Palpé con lujuria, como había hecho
antes con sus nalgas. Sus pezones me provocaban un dulce cosquilleo en la palma
de mis manos. Unos pezones que yo conocía y que sabía que eran pequeñitos y
rosados, delicados a más no poder, pero deliciosos sin lugar a dudas. Ahora ya
tenía la verga absolutamente dura y la restregaba, casi sin darme cuenta, sobre
su trasero. No sé cuánto tiempo estuve así. Estaba en la gloria, podría casi
haberme dormido si no fuera porque estaba fuera de mí, de tanta excitación.
Pocas veces en mi vida habré estado tan a gusto.
Pero llegó un momento en que necesitaba algo más. Manteniendo
aún mi mano izquierda bajo su cuerpo, tocando su pecho izquierdo descubierto,
deslicé la derecha hacia fuera, pudiendo entonces bajar mis pantalones,
liberando mi polla dura, que saltó llena de júbilo antes de que la dejara
reposar sobre la delicada piel de aquel precioso culo. Todavía había algo que me
echaba para atrás, aún veía aquel cuerpo como mi hija y mi cabeza no me daba vía
libre. No obstante, no encontré negativa alguna para rozarme con él. Liberé mi
mano izquierda y habiendo situando previamente mi miembro en el surco entre
ambas nalgas, apreté las mismas con mis manos, presionando mi pene. Comencé un
ritmo lento de balanceo hacia delante y hacia atrás, masturbándome con los
cachetes de su culo. Hacía un par de meses que no tenía sexo y tan sólo duré un
par de minutos, corriéndome bestialmente. El primer lecherazo recorrió gran
parte de su espalda (no soy un actor porno, Paula es bastante bajita), el resto
se fue acumulando entre su falda enrollada a la cintura y el ridículo
triangulito negro de su tanga. Las últimas gotas se depositaban en el canal de
sus nalgas, pegadas a la cabeza de mi verga, con la cual se lo extendía
lentamente.
Debía limpiar mi corrida, pero no me apetecía. Bien podía
quedarse allí, nadie iba a embarazarse. Además, aun teniendo la polla
morcillona, todavía necesitaba más. Creí que con esta pseudopaja sería
suficiente pero estaba equivocado. Cogí el tanga negro por la parte inferior y
tiré de él. Arrastré parte de mi esperma con el triangulito negro, impregnándola
más aún. Aquello me pareció divertido y seguí tirando del tanga, que iba
saliendo poco a poco de su lugar.
Sonreía al tiempo que deslizaba la pequeña prenda negra por
sus muslos. La tela se fue tensando hasta no poder más, pues tenía las piernas
demasiado abiertas. Tal y como estaba era muy incómodo intentar acceder a su
vulva con mi pene. "Sí, su vulva...", me dije; "Su coño...", susurré. Metí la
mano entre sus piernas y acaricié su tierna rajita. Estaba húmeda, terriblemente
húmeda, mojada podría decir, por una sustancia pastosa. Introduje un dedo, con
lo que pude comprobar que la sensación era idéntica en su interior y podía casi
arrastrar parte de esa sustancia al exterior. Si no hubiera estado tan
ensimismado podría haber percibido un leve quejido de mi hija al hurgarle en su
interior. En vez de eso, lo que noté fue un tímido regreso de mi erección. Aún
no estaba a pleno funcionamiento, pero era cuestión de minutos. Y me la iba a
follar. Ya no había duda posible.
Me levanté y cerré sus piernas un momento, el justo para
sacar sus bragas por los pies. La parte que protegía su chochito también estaba
impregnada de esa sustancia, pero en aquel momento no estaba para pensar. Le
abrí nuevamente las piernas y me acerqué a ella. Situé, no sin dificultades, mi
verga medio tiesa en las cercanías de su rajita. Por allí la paseé alegremente,
esparciendo y mezclando los jugos que ella emanaba y los que quedaban de mi
corrida. Entonces la intenté meter. Al no estar completamente rígida me fue
complicado, pero lo conseguí. Entonces, con el calorcito de aquella cavidad mi
polla cobró vida. Comencé a moverme y entonces sí sentí los quejidos de Paula,
pero ya era tarde, me daba todo igual. Mi ritmo se aceleraba progresivamente. La
cama comenzaba a agitarse y Paula empezó a moverse ligeramente. Apenas un minuto
de folleteo fue suficiente para que se despertara, resoplando y volviera la
cara. Vi entonces sus ojos vidriosos y asustados, el maquillaje corrido por la
cara, mostrando indicios claros de que había estado llorando copiosamente, el
labio hinchado, probablemente partido, los dientes algo manchados de la que era
casi con total seguridad su propia sangre, restos en la barbilla de lo que
parecía esperma reseco.
Entonces oí sus gritos, nítidamente, pero como si no fueran
conmigo. Yo seguía bombeando. Se giró e intentó golpearme. Me salí de su cálido
coño y mi polla se quejó del frío que hacía fuera. Le hice más caso a mi
miembro. Sujeté a mi hija fuertemente y me monté encima de ella, volviendo a
ensartarla. Continué follándomela mientras me gritaba y me insultaba, intentaba
patalear pero le era inútil. Pude ver entonces que su camiseta estaba rasgada,
al igual que el sujetador, o lo que quedaba de él. Sus pechos de agitaban de un
lado a otro al ritmo de mis embestidas. Fue en ese momento, justo cuando mi
esperma emergía de mi verga, justo cuando la regaba por dentro con mi semen,
cuando até todos los cabos. La sustancia que había sentido en el coño de mi
hijita no era otra cosa que la leche de sabe dios quién, el mismo que la había
violado y agredido. Fue también ese el momento en que sentí un golpe seco en la
cabeza. Se me nubló la vista al momento.
Volví a la conciencia al poco rato, supongo, pues mis hijos
aún estaban en la habitación. Andrés, en calzoncillos, consolaba a Paula, que
lloraba a lágrima viva. En la puerta, una hermosa chica rubia ataviada con la
camiseta del Real Madrid de Andrés y unas braguitas que asomaban unos
centímetros por abajo, me miraba con cara de asco. La cabeza me dolía horrores.
Levanté la mano y noté mi frente mojada. Esta vez no tardé tanto en enterarme de
la situación. Lo que mojaba mi frente no era otra cosa que mi sangre, la misma
que manchaba el casco de mi hijo Andrés, el cual yacía en el suelo, al pie de la
cama.