Era como un círculo vicioso. Mientras más yo pensaba en
Rolando y mi mujer, que se llama Marisol, más llegaba yo a la conclusión de que
hacíamos lo correcto, y yo me excitaba muchísimo con la morbosa relación que
llegamos a tener los tres.
Como ya sabrán yo soy padre de familia y estoy felizmente
casado con Marisol. Tenemos dos hijitos pequeños, una nenita de tres años y un
querubín de dos. Para darle más condimento a nuestra vida sexual logré que mi
mujer aceptara que probáramos un trío con mi compañero de trabajo que se llama
Rolando. El es más alto, joven y fuerte que yo y no desaprovecha la oportunidad
de comerse a mi mujer con todas mis bendiciones.
Esta relación casi enfermiza por mi parte, y deliciosamente
humillante y excitante para un lado antes oculto de mi ser, hace que yo me esté
pajeando constantemente. Esto provoca a su vez un deterioramiento en mi
rendimiento sexual y acentúa la dependencia de Marisol sobre Rolando para que él
le de placer.
Cómo la voy a satisfacer, si mínimo una vez al día me pajeo
recordando las deliciosas acostadas que se pegan, además de las veces que me
masturbo mirándolos en la cama en acción, o el mismo Rolando me induce con sus
morbosos comentarios a pajearme como un perdedor cuando estamos en terreno o a
solas en el camión de servicio de la empresa.
Me excita notar el cambio en Marisol. Ella al principio
aceptó acostarse con Rolando para complacerme. Luego lo hizo como un cierto
condimento en nuestra vida sexual, jugando con fuego al aceptar mi insistente
petición de que lo volviéramos a hacer. Pero después de tantas veces, Rolando
pasó a ser una necesidad en la vida sexual de mi mujer, sobre todo pensando en
mi bajo rendimiento como marido. Yo era ahora un excelente padre para nuestros
hijos, y para ella un mejor amigo, compañero conyugal y el amor de su vida. Pero
yo ya no era más su macho, el único que podía saciar su deseo y la figura
masculina que la hacía temblar de deseo en nuestra cama.
Como un feliz perdedor me hice a un lado y le cedí mis
derechos maritales a Rolando al traerlo tan a menudo a acostarse con Marisol.
Ella se acostumbró muy pronto a la fogosa y morbosa manera de seducir y coger de
él. Y ya que yo no les molestaba al mantenerme cerca de ellos en la cama o
sentado en una silla a algunos metros de ellos, me dejaban estar presente y que
yo me diera mi propia dosis de morbo y placer al mirarlos y pajearme.
Es que se ven tan excitantes los dos en la cama: ella algo
chiquita, hermosa y femenina, y él tan alto, macizo y todo un macho recio
sediento de placer. Mi mayor pecado hubiera sido negarles el placer del que
disfrutaban ahora. Es mi orgullo el haberlos juntado y que gocen tan rico en
nuestra cama y al amparo de mi permiso como marido.
Me gusta como Rolando excita a Marisol. El la ha hecho
olvidar su buena crianza y dejar de lado muchos prejuicios. Ahora ella se atreve
a probar todas las cosas que Rolando le ofrece y no tiene inconvenientes en
pegarse una rica cogida con él mientras miran una película porno, cosa que antes
era impensable ya que ella no soportaba esas "asquerosidades", como las llamaba.
Ahora mi mujer se entrega al deseo y confía a ciegas en Rolando. Y él la ha
acostumbrado al lenguaje grosero en la cama, a las palmadas en el culo y las
tetas, y bofetaditas en su bella cara. Marisol gatea por el piso si Rolando se
lo ordena y se traga toda la leche si él así lo exige. Pero lo mejor es que mi
compadre no se olvida de mí y también me tiene incluido en sus juegos.
Yo a veces debo hacer de sirviente de ambos, o de esclavo de
Rolando. A pesar de que yo ya había hablado de eso con mi esposita, ella igual
se sorprendió cuando Rolando me hizo andar en cuatro patas como un perro o
empezó a decirme humillantes groserías y tratarme de "cornudo" y "maricón"
cuando se estaba cogiendo a Marisol algunas veces. Pero con el tiempo ella llegó
a entenderme y sabe ahora que todo es parte del juego y que cada cual pone sus
propios límites.
A tanto llega, que a veces estamos Marisol y yo solos en la
cama antes de dormirnos, y para encenderme más yo mismo le hablo de Rolando a mi
mujer. Y ella sabiendo el morbo que eso me provoca, me sigue el juego y
recordamos las cosas ricas que ellos dos hacen en la cama y nos acariciamos y la
hago llamarme Rolando y le meto la verga y yo sueño que en realidad es él quien
está encima de Marisol ensartándole el miembro. Y ahí mismo eyaculo, a veces
precozmente, y a veces alcanzo a darle algo de placer a mi mujer.

Mi mujer, madre de mis hijos, y puta incondicional de
Rolando.
Con él probamos nuestras primeras aventuras fuera del hogar.
Una de ellas fue ir a una disco, la cual estaba repleta, y en un rincón al fondo
de la barra, Marisol y yo nos besábamos con pasión, mientras Rolando detrás de
ella, disimuladamente primero, le metía mano por debajo de la faldita. Ella no
llevaba bragas por supuesto. Y mi amorcito, excitada, me contaba lo que Rolando
le hacía, y en sus ojos veía yo el deseo y el morbo. Mi compadre por su parte,
decidió ir más allá de nuestro acuerdo, y desde atrás le metió la verga en el
coño en lo que para mí se sintió como una eternidad. Y en mis brazos y a pocos
centímetros de mi cara, vi como su expresión de cachondez y placer se convirtió
luego en un delicioso orgasmo para mi mujer. Lo que me resultó algo humillante.
Digo esto porque dos tíos que estaban parados cerca nuestro entendieron lo que
pasaba y con menos y menos disimulo vieron a Rolando gozar con mi mujer, a pesar
de que ella estaba ligando conmigo.
Yo no sé de dónde él sacaba tantas ideas, pero siempre tomaba
alguna iniciativa y entusiasmaba a Marisol. Y a mí, como marido cornudo, no me
quedaba más que aceptarlas o arriesgarme a que lo hicieran solos y los perdiera
de vista por el resto de la noche.
Con el pretexto de pasar alguna velada íntima con Marisol, yo
a veces le dejaba nuestros hijos a la Sole, mi hermana, en su casa. De ahí nos
íbamos a buscar a Rolando y yo me ponía a sus órdenes. A veces me tocaba
conducir el auto mientras los dos gozaban rico en el asiento de atrás. Para
evitar cualquier bochorno y ser reconocido, yo trataba de conducir por las
afueras de la ciudad. Pero Rolando no siempre me aguantaba, y a veces me
ordenaba mantenerme cerca del centro de la ciudad. Si era de noche era algo más
seguro por lo menos. Pero yo conducía con una verga durísima gracias a los
gemidos de Marisol y las calientes palabras de Rolando mientras se la ensartaba.
Otras veces él me ordenaba ir a alguna ciudad vecina y al bajarnos la
instrucción era que Marisol era la esposa de él, y que yo siendo amigo de ambos,
debía seguirlos mientras ellos paseaban de la mano y se besaban como una
ardiente pareja.
Mi compadre hacía hacer las cosas más increíbles tomando en
cuenta que yo no era tan osado y que Marisol había sido muy recatada en su
anterior vida marital conmigo. Fueron varias las veces que tuvimos que buscar
cafés o restaurantes donde las mesas tuvieran manteles largos. Ahí pedíamos tres
cafés y mientras el mozo los traía, Marisol tenía que meterse debajo de la mesa,
y refugiada debajo del largo mantel, ella le daba una rica mamada a Rolando. En
ese rato él hablaba conmigo y yo trataba de mantener una conversación coherente
a pesar de que el corazón me latía a mil sabiendo que bajo la mesa mi mujer
tenia toda la verga de Rolando metida en su boca y que no saldría de ahí hasta
que se tragara el semen de ese machote. Lo más difícil era cuando mi amorcito se
apiadaba de mi y con una mano aprovechaba de hacerme una paja. Rolando me miraba
con aire de superioridad, y yo como un complacido esclavo, me hacía a la idea de
que ella le devoraba la verga ya que ese era el orden correcto de las cosas: él
era el macho dominante, y yo era un marido sumiso y pasivo.
Y al pasar más y más el tiempo nuestros roles se fueron
tornando cada vez más claros y definidos: estando Rolando en nuestra presencia
Marisol era su hembra y yo un perdedor que se alegraba de saber que su mujer
estaba en mejores manos. Ellos entendían bien que eso me gustaba y no se
incomodaban por mis perversiones y si podían, encendían mi morbo humillándome de
las distintas maneras que habían aprendido gracias a mis propias instrucciones.
No sé si decir "lo mejor" o "lo peor", pero con el tiempo yo sentía a Marisol
más y más cercana a Rolando como si se estuviera enamorando de él. Ella lo
negaba por supuesto, y a mí la idea me atormentaba ya que me gustaba torturarme
con ese pensamiento. Según mi mujer, ella lo tenía a él como un buen amigo que
le daba rico sexo. Por su parte, a Rolando le encantaba su libertad y nuestra
situación de trío donde él podía utilizar sexualmente a mi mujer a su regalado
antojo pero sin compromisos. Sin embargo eran los simples jueguitos y besitos,
detalles por un lado, y las cosas más grandes como el que Marisol aceptara ahora
tener sexo anal con él a pesar de que a mí nunca me lo permitió, detalles que me
ponían inseguro de mi rol como marido.
Mi compadre en poco tiempo se volvió un experto en hacer o
decir cosas que me humillaran. Y como el hablar con tacto nunca había sido su
lado fuerte, a veces él decía cosas que remecían todo mi mundo. Increíble como
unas pocas palabras dichas en forma descuidada, sin gran importancia para el que
las dice, puedan calar tan hondo en quien las escucha. Una vez él llegó a casa
antes de lo esperado, y Marisol andaba aún de compras en el centro. Estábamos
él, yo y los niños solamente. Nos pusimos a hablar casi en código, evitando que
los niños entendieran lo que decíamos, sobre lo que él quería hacerle a Marisol
en un rato más. Yo le seguí la conversación y nos fuimos excitando, cuando mi
hijita de tres años se acerca a darle un abrazo a su tío Rolando. El la abraza y
le dice lo linda que está, y Estelita, nuestra hija, se devolvió a jugar con su
hermanito.
"Se nota que va a ser bien bonita tu hija cuando sea grande",
me dijo. Yo me alegré de su amable comentario en un principio. Pero luego él me
propuso ser el primero que se acostara con Estelita. Yo le dije que la dejara,
que era sólo una niña, y me puse nervioso, inseguro de la situación. Rolando me
dijo que era cosa de esperar a que le salieran pelitos en el coño. Me dijo que
él podía esperar incluso hasta que ella tuviera trece o catorce años. Yo lo
escuchaba boquiabierto y con el corazón latiéndome a mil. Como padre no me quedó
más que llevarme a los niños a jugar a otra habitación. Pero al volver me senté
en el sofá, y Rolando comenzó a bombardear mis sentidos con sus planes de ser el
primero en cogerle el coño a mi hija. Y mientras él hablaba de cómo le metería
la verga sin condón a madre e hija por todos sus hoyitos, yo sentía como yo me
empequeñecía como padre y esposo y lo único recto que tenía era mi verga. Estuve
a punto de eyacular tan sólo de oírlo relatar cómo él jugaría con sus tetitas y
le metería la verga por el culo a Estelita, cuando me salvó la campana y llegó
Marisol a casa. Luego nos fuimos los tres al dormitorio matrimonial y Rolando le
dio una cogida de miedo a mi caliente mujer, mientras yo me pajeaba y no cesaba
en pensar que en el futuro él se iba a coger a las dos mujeres de mi vida, tal
vez hasta al mismo tiempo si él lo exigía.
Cuando dije que ciertas palabras pueden calar hondo, me
refería a que ese tonto y morboso comentario por parte de Rolando, dedicado a
probar mis límites y humillarme como padre y hombre de familia, se me quedó
grabado para siempre. A partir de ahí, había veces en que al ver a mi hijita, la
imaginaba más crecidita ya y debutando sexualmente con Rolando. Y eso me
resultaba mucho más humillante aún que el hecho de que él se acostara con mi
mujer. Yo mismo me maldecía por excitarme pensando en él utilizándola
sexualmente cuando hubiera alcanzado la edad descrita por él. Y no pocas veces
deseé que el tiempo pasara pronto y su coñito se poblara de pelos para que
Rolando la poseyera como su esclava sexual y la llenara de leche en mi
presencia. Si hasta yo mismo me veía obedeciendo las órdenes de él y desnudando
a mi propia hija y acostándola en la cama con las piernas abiertas para que él
la disfrutara.
Para no crear una crisis ni arriesgar nada, decidí no
contarle nada de esto a Marisol. Ahora eso era un secreto entre Rolando y yo, y
él no dudaba en hacerme estallar de cachondez en nuestras horas de colación
dentro del camión o en la soledad de los sitios donde nos tocaba trabajar. Ahí,
bajo el cielo azul y sin una sola alma además de nosotros dos, él me hablaba en
voz alta sobre sus planes para los hoyitos de mis hembras, y yo a veces no daba
más y debía pajearme mientras escuchaba sus palabras. El ver su expresión de
triunfo sobre mí luego de mi paja, y los remordimientos que mi prohibida
cachondez me causaba, me sometían más aún a la voluntad de ese perverso
semental.
Su control sobre nosotros era casi absoluto. Con su celular
nos podía dominar si la ocasión se daba. Una de esas muchas veces por ejemplo él
llamó a Marisol para hablar con ella un rato mientras yo conducía el camión y
hacerme escuchar su perversa conversación. Al descubrir que mi mujer viajaba con
los niños en nuestro auto en un sector muy cercano, Rolando le dio instrucciones
para que nos encontráramos en un sitio aislado ahí en las cercanías. Mi
obediente esposa nos esperaba en el sitio acordado e hizo como Rolando le había
ordenado: cuando yo entré al auto, ella se fue al camión a satisfacer a mi
compadre. Mis hijitos me preguntaron dónde estaba la mamá, y yo les dije que
había ido a buscar algo al camión. Y dentro de mí yo sabía bien que lo que mi
puta mujer buscaba en ese camión era sexo con Rolando. La muy perra caliente
apenas me había saludado y se fue directo donde él. Yo tenía la verga durísima
pensando en ellos dos en el asiento del camión teniendo sexo en forma
desenfrenada mientras me dejaban de niñero en el auto. Luego de un buen rato,
llega ella más calmada, con las mejillas bien coloreadas por el esfuerzo y el
lápiz labial esparcido por su rostro. Marisol me dio un beso y yo lo recibí aún
sabiendo que esa boquita seguramente que se había estado comiendo la verga de
Rolando. Al menos ahora ella estaba más cariñosa conmigo y deseó que el día
terminara pronto para que estuviéramos pronto en casa con los niños. Me despedí
de mi familia y me regresé al camión.
Cuando fui a echar a andar el motor, me encontré con las
bragas de Marisol en la palanca de cambios. Miré a Rolando y él se sonrió seguro
de sí mismo y me dijo que no se me olvidara devolverle las bragas a mi mujer, y
me llamó "cabrón", riéndose de mí. Al tomar las bragas y excitarme sintiéndolas
en mis manos, me di cuenta de que estaban muy húmedas y pegajosas en la zona del
coño. "Me la cogí con bragas puestas a la muy putita!! Conduce ahora, cornudo,
que por el camino te cuento lo que hicimos!". Y así fue, todo el largo camino de
regreso a nuestro trabajo gocé de los detalles de cómo ese caliente semental se
cogió a mi Marisol. Y yo le hacía preguntas y él con aire de superioridad me las
respondía. El me humillaba al hablarme grosera y lascivamente sobre el cuerpo y
los hoyitos de mi esposa, y yo me dejaba humillar y me excitaba pensando en que
mi mujer conducía ahora hacia casa, con mis dos hijitos como pasajeros, y con su
coño lleno del semen de Rolando, como siempre.
Las bragas se las devolví más tarde.