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Un heavy me folló con ritmo
TODORELATOS » RELATOS » ROLANDO Y MI MUJER... Y YO
[ La mujer y la burra, iguales de testarudas. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 23 de Noviembre, 2008.
Fecha: 04-May-06 « Anterior | Siguiente » en Trios (443 de 878)

Rolando y mi mujer... y yo

Cornudo
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Pero después de tantas veces, Rolando pasó a ser una necesidad en la vida sexual de mi mujer, sobre todo pensando en mi bajo rendimiento como marido. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Era como un círculo vicioso. Mientras más yo pensaba en Rolando y mi mujer, que se llama Marisol, más llegaba yo a la conclusión de que hacíamos lo correcto, y yo me excitaba muchísimo con la morbosa relación que llegamos a tener los tres.

Como ya sabrán yo soy padre de familia y estoy felizmente casado con Marisol. Tenemos dos hijitos pequeños, una nenita de tres años y un querubín de dos. Para darle más condimento a nuestra vida sexual logré que mi mujer aceptara que probáramos un trío con mi compañero de trabajo que se llama Rolando. El es más alto, joven y fuerte que yo y no desaprovecha la oportunidad de comerse a mi mujer con todas mis bendiciones.

Esta relación casi enfermiza por mi parte, y deliciosamente humillante y excitante para un lado antes oculto de mi ser, hace que yo me esté pajeando constantemente. Esto provoca a su vez un deterioramiento en mi rendimiento sexual y acentúa la dependencia de Marisol sobre Rolando para que él le de placer.

Cómo la voy a satisfacer, si mínimo una vez al día me pajeo recordando las deliciosas acostadas que se pegan, además de las veces que me masturbo mirándolos en la cama en acción, o el mismo Rolando me induce con sus morbosos comentarios a pajearme como un perdedor cuando estamos en terreno o a solas en el camión de servicio de la empresa.

Me excita notar el cambio en Marisol. Ella al principio aceptó acostarse con Rolando para complacerme. Luego lo hizo como un cierto condimento en nuestra vida sexual, jugando con fuego al aceptar mi insistente petición de que lo volviéramos a hacer. Pero después de tantas veces, Rolando pasó a ser una necesidad en la vida sexual de mi mujer, sobre todo pensando en mi bajo rendimiento como marido. Yo era ahora un excelente padre para nuestros hijos, y para ella un mejor amigo, compañero conyugal y el amor de su vida. Pero yo ya no era más su macho, el único que podía saciar su deseo y la figura masculina que la hacía temblar de deseo en nuestra cama.

Como un feliz perdedor me hice a un lado y le cedí mis derechos maritales a Rolando al traerlo tan a menudo a acostarse con Marisol. Ella se acostumbró muy pronto a la fogosa y morbosa manera de seducir y coger de él. Y ya que yo no les molestaba al mantenerme cerca de ellos en la cama o sentado en una silla a algunos metros de ellos, me dejaban estar presente y que yo me diera mi propia dosis de morbo y placer al mirarlos y pajearme.

Es que se ven tan excitantes los dos en la cama: ella algo chiquita, hermosa y femenina, y él tan alto, macizo y todo un macho recio sediento de placer. Mi mayor pecado hubiera sido negarles el placer del que disfrutaban ahora. Es mi orgullo el haberlos juntado y que gocen tan rico en nuestra cama y al amparo de mi permiso como marido.

Me gusta como Rolando excita a Marisol. El la ha hecho olvidar su buena crianza y dejar de lado muchos prejuicios. Ahora ella se atreve a probar todas las cosas que Rolando le ofrece y no tiene inconvenientes en pegarse una rica cogida con él mientras miran una película porno, cosa que antes era impensable ya que ella no soportaba esas "asquerosidades", como las llamaba. Ahora mi mujer se entrega al deseo y confía a ciegas en Rolando. Y él la ha acostumbrado al lenguaje grosero en la cama, a las palmadas en el culo y las tetas, y bofetaditas en su bella cara. Marisol gatea por el piso si Rolando se lo ordena y se traga toda la leche si él así lo exige. Pero lo mejor es que mi compadre no se olvida de mí y también me tiene incluido en sus juegos.

Yo a veces debo hacer de sirviente de ambos, o de esclavo de Rolando. A pesar de que yo ya había hablado de eso con mi esposita, ella igual se sorprendió cuando Rolando me hizo andar en cuatro patas como un perro o empezó a decirme humillantes groserías y tratarme de "cornudo" y "maricón" cuando se estaba cogiendo a Marisol algunas veces. Pero con el tiempo ella llegó a entenderme y sabe ahora que todo es parte del juego y que cada cual pone sus propios límites.

A tanto llega, que a veces estamos Marisol y yo solos en la cama antes de dormirnos, y para encenderme más yo mismo le hablo de Rolando a mi mujer. Y ella sabiendo el morbo que eso me provoca, me sigue el juego y recordamos las cosas ricas que ellos dos hacen en la cama y nos acariciamos y la hago llamarme Rolando y le meto la verga y yo sueño que en realidad es él quien está encima de Marisol ensartándole el miembro. Y ahí mismo eyaculo, a veces precozmente, y a veces alcanzo a darle algo de placer a mi mujer.

Mi mujer, madre de mis hijos, y puta incondicional de Rolando.

Con él probamos nuestras primeras aventuras fuera del hogar. Una de ellas fue ir a una disco, la cual estaba repleta, y en un rincón al fondo de la barra, Marisol y yo nos besábamos con pasión, mientras Rolando detrás de ella, disimuladamente primero, le metía mano por debajo de la faldita. Ella no llevaba bragas por supuesto. Y mi amorcito, excitada, me contaba lo que Rolando le hacía, y en sus ojos veía yo el deseo y el morbo. Mi compadre por su parte, decidió ir más allá de nuestro acuerdo, y desde atrás le metió la verga en el coño en lo que para mí se sintió como una eternidad. Y en mis brazos y a pocos centímetros de mi cara, vi como su expresión de cachondez y placer se convirtió luego en un delicioso orgasmo para mi mujer. Lo que me resultó algo humillante. Digo esto porque dos tíos que estaban parados cerca nuestro entendieron lo que pasaba y con menos y menos disimulo vieron a Rolando gozar con mi mujer, a pesar de que ella estaba ligando conmigo.

Yo no sé de dónde él sacaba tantas ideas, pero siempre tomaba alguna iniciativa y entusiasmaba a Marisol. Y a mí, como marido cornudo, no me quedaba más que aceptarlas o arriesgarme a que lo hicieran solos y los perdiera de vista por el resto de la noche.

Con el pretexto de pasar alguna velada íntima con Marisol, yo a veces le dejaba nuestros hijos a la Sole, mi hermana, en su casa. De ahí nos íbamos a buscar a Rolando y yo me ponía a sus órdenes. A veces me tocaba conducir el auto mientras los dos gozaban rico en el asiento de atrás. Para evitar cualquier bochorno y ser reconocido, yo trataba de conducir por las afueras de la ciudad. Pero Rolando no siempre me aguantaba, y a veces me ordenaba mantenerme cerca del centro de la ciudad. Si era de noche era algo más seguro por lo menos. Pero yo conducía con una verga durísima gracias a los gemidos de Marisol y las calientes palabras de Rolando mientras se la ensartaba. Otras veces él me ordenaba ir a alguna ciudad vecina y al bajarnos la instrucción era que Marisol era la esposa de él, y que yo siendo amigo de ambos, debía seguirlos mientras ellos paseaban de la mano y se besaban como una ardiente pareja.

Mi compadre hacía hacer las cosas más increíbles tomando en cuenta que yo no era tan osado y que Marisol había sido muy recatada en su anterior vida marital conmigo. Fueron varias las veces que tuvimos que buscar cafés o restaurantes donde las mesas tuvieran manteles largos. Ahí pedíamos tres cafés y mientras el mozo los traía, Marisol tenía que meterse debajo de la mesa, y refugiada debajo del largo mantel, ella le daba una rica mamada a Rolando. En ese rato él hablaba conmigo y yo trataba de mantener una conversación coherente a pesar de que el corazón me latía a mil sabiendo que bajo la mesa mi mujer tenia toda la verga de Rolando metida en su boca y que no saldría de ahí hasta que se tragara el semen de ese machote. Lo más difícil era cuando mi amorcito se apiadaba de mi y con una mano aprovechaba de hacerme una paja. Rolando me miraba con aire de superioridad, y yo como un complacido esclavo, me hacía a la idea de que ella le devoraba la verga ya que ese era el orden correcto de las cosas: él era el macho dominante, y yo era un marido sumiso y pasivo.

Y al pasar más y más el tiempo nuestros roles se fueron tornando cada vez más claros y definidos: estando Rolando en nuestra presencia Marisol era su hembra y yo un perdedor que se alegraba de saber que su mujer estaba en mejores manos. Ellos entendían bien que eso me gustaba y no se incomodaban por mis perversiones y si podían, encendían mi morbo humillándome de las distintas maneras que habían aprendido gracias a mis propias instrucciones. No sé si decir "lo mejor" o "lo peor", pero con el tiempo yo sentía a Marisol más y más cercana a Rolando como si se estuviera enamorando de él. Ella lo negaba por supuesto, y a mí la idea me atormentaba ya que me gustaba torturarme con ese pensamiento. Según mi mujer, ella lo tenía a él como un buen amigo que le daba rico sexo. Por su parte, a Rolando le encantaba su libertad y nuestra situación de trío donde él podía utilizar sexualmente a mi mujer a su regalado antojo pero sin compromisos. Sin embargo eran los simples jueguitos y besitos, detalles por un lado, y las cosas más grandes como el que Marisol aceptara ahora tener sexo anal con él a pesar de que a mí nunca me lo permitió, detalles que me ponían inseguro de mi rol como marido.

Mi compadre en poco tiempo se volvió un experto en hacer o decir cosas que me humillaran. Y como el hablar con tacto nunca había sido su lado fuerte, a veces él decía cosas que remecían todo mi mundo. Increíble como unas pocas palabras dichas en forma descuidada, sin gran importancia para el que las dice, puedan calar tan hondo en quien las escucha. Una vez él llegó a casa antes de lo esperado, y Marisol andaba aún de compras en el centro. Estábamos él, yo y los niños solamente. Nos pusimos a hablar casi en código, evitando que los niños entendieran lo que decíamos, sobre lo que él quería hacerle a Marisol en un rato más. Yo le seguí la conversación y nos fuimos excitando, cuando mi hijita de tres años se acerca a darle un abrazo a su tío Rolando. El la abraza y le dice lo linda que está, y Estelita, nuestra hija, se devolvió a jugar con su hermanito.

"Se nota que va a ser bien bonita tu hija cuando sea grande", me dijo. Yo me alegré de su amable comentario en un principio. Pero luego él me propuso ser el primero que se acostara con Estelita. Yo le dije que la dejara, que era sólo una niña, y me puse nervioso, inseguro de la situación. Rolando me dijo que era cosa de esperar a que le salieran pelitos en el coño. Me dijo que él podía esperar incluso hasta que ella tuviera trece o catorce años. Yo lo escuchaba boquiabierto y con el corazón latiéndome a mil. Como padre no me quedó más que llevarme a los niños a jugar a otra habitación. Pero al volver me senté en el sofá, y Rolando comenzó a bombardear mis sentidos con sus planes de ser el primero en cogerle el coño a mi hija. Y mientras él hablaba de cómo le metería la verga sin condón a madre e hija por todos sus hoyitos, yo sentía como yo me empequeñecía como padre y esposo y lo único recto que tenía era mi verga. Estuve a punto de eyacular tan sólo de oírlo relatar cómo él jugaría con sus tetitas y le metería la verga por el culo a Estelita, cuando me salvó la campana y llegó Marisol a casa. Luego nos fuimos los tres al dormitorio matrimonial y Rolando le dio una cogida de miedo a mi caliente mujer, mientras yo me pajeaba y no cesaba en pensar que en el futuro él se iba a coger a las dos mujeres de mi vida, tal vez hasta al mismo tiempo si él lo exigía.

Cuando dije que ciertas palabras pueden calar hondo, me refería a que ese tonto y morboso comentario por parte de Rolando, dedicado a probar mis límites y humillarme como padre y hombre de familia, se me quedó grabado para siempre. A partir de ahí, había veces en que al ver a mi hijita, la imaginaba más crecidita ya y debutando sexualmente con Rolando. Y eso me resultaba mucho más humillante aún que el hecho de que él se acostara con mi mujer. Yo mismo me maldecía por excitarme pensando en él utilizándola sexualmente cuando hubiera alcanzado la edad descrita por él. Y no pocas veces deseé que el tiempo pasara pronto y su coñito se poblara de pelos para que Rolando la poseyera como su esclava sexual y la llenara de leche en mi presencia. Si hasta yo mismo me veía obedeciendo las órdenes de él y desnudando a mi propia hija y acostándola en la cama con las piernas abiertas para que él la disfrutara.

Para no crear una crisis ni arriesgar nada, decidí no contarle nada de esto a Marisol. Ahora eso era un secreto entre Rolando y yo, y él no dudaba en hacerme estallar de cachondez en nuestras horas de colación dentro del camión o en la soledad de los sitios donde nos tocaba trabajar. Ahí, bajo el cielo azul y sin una sola alma además de nosotros dos, él me hablaba en voz alta sobre sus planes para los hoyitos de mis hembras, y yo a veces no daba más y debía pajearme mientras escuchaba sus palabras. El ver su expresión de triunfo sobre mí luego de mi paja, y los remordimientos que mi prohibida cachondez me causaba, me sometían más aún a la voluntad de ese perverso semental.

Su control sobre nosotros era casi absoluto. Con su celular nos podía dominar si la ocasión se daba. Una de esas muchas veces por ejemplo él llamó a Marisol para hablar con ella un rato mientras yo conducía el camión y hacerme escuchar su perversa conversación. Al descubrir que mi mujer viajaba con los niños en nuestro auto en un sector muy cercano, Rolando le dio instrucciones para que nos encontráramos en un sitio aislado ahí en las cercanías. Mi obediente esposa nos esperaba en el sitio acordado e hizo como Rolando le había ordenado: cuando yo entré al auto, ella se fue al camión a satisfacer a mi compadre. Mis hijitos me preguntaron dónde estaba la mamá, y yo les dije que había ido a buscar algo al camión. Y dentro de mí yo sabía bien que lo que mi puta mujer buscaba en ese camión era sexo con Rolando. La muy perra caliente apenas me había saludado y se fue directo donde él. Yo tenía la verga durísima pensando en ellos dos en el asiento del camión teniendo sexo en forma desenfrenada mientras me dejaban de niñero en el auto. Luego de un buen rato, llega ella más calmada, con las mejillas bien coloreadas por el esfuerzo y el lápiz labial esparcido por su rostro. Marisol me dio un beso y yo lo recibí aún sabiendo que esa boquita seguramente que se había estado comiendo la verga de Rolando. Al menos ahora ella estaba más cariñosa conmigo y deseó que el día terminara pronto para que estuviéramos pronto en casa con los niños. Me despedí de mi familia y me regresé al camión.

Cuando fui a echar a andar el motor, me encontré con las bragas de Marisol en la palanca de cambios. Miré a Rolando y él se sonrió seguro de sí mismo y me dijo que no se me olvidara devolverle las bragas a mi mujer, y me llamó "cabrón", riéndose de mí. Al tomar las bragas y excitarme sintiéndolas en mis manos, me di cuenta de que estaban muy húmedas y pegajosas en la zona del coño. "Me la cogí con bragas puestas a la muy putita!! Conduce ahora, cornudo, que por el camino te cuento lo que hicimos!". Y así fue, todo el largo camino de regreso a nuestro trabajo gocé de los detalles de cómo ese caliente semental se cogió a mi Marisol. Y yo le hacía preguntas y él con aire de superioridad me las respondía. El me humillaba al hablarme grosera y lascivamente sobre el cuerpo y los hoyitos de mi esposa, y yo me dejaba humillar y me excitaba pensando en que mi mujer conducía ahora hacia casa, con mis dos hijitos como pasajeros, y con su coño lleno del semen de Rolando, como siempre.

Las bragas se las devolví más tarde.

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