La temible directora general
Cuando acepté el cargo de asistente general que me ofrecieron
en la cadena de supermercados esperaba que vendrían días difíciles, por las
responsabilidades que tendría que asumir, pero jamás imaginé que todo se
complicaría como sucedió finalmente. Era verano y mis amigas, las pocas que me
quedaron cuando decidí salir del closet, se fueron de vacaciones y llegó un
momento en que me sentía realmente sola. Mi madre se había ido a pasar unos
meses con mi hermana en San Diego y, salvo uno que otro encuentro esporádico con
Kirsis, una chica que conocí en un bar de ambiente de la ciudad vieja y cuyo
deporte favorito era pegarle cuernos a su pareja cuantas veces pudiera, no había
en mi vida nada interesante.
La oficina en la que trabajábamos era amplia, estaba en un
cuarto piso y ahí siempre hacía frío, porque el aire estaba puesto a mil y era
imposible reducirlo porque el sistema informático necesitaba refrigeración.
La directora general era una mujer rubia, hija de alemanes de
Baviera, tenía títulos y posgrados como para llenar una pared, sus ojos eran de
un azul intenso, nariz respingada y barbilla redondita, era alta y su andar
elegante y su voz suave contrastaban con la dureza de su mirada y con la
frialdad de su carácter. Demás está decir que la secretaria y todas las otras
muchachas que trabajaban en la sección le tenían miedo.
El primer incidente con ella fue por una confusión. Una de
las muchachas escribió un borrador de una carta de pedido con algunos errores de
ortografía y, en lugar de pasármelo, lo dejó directamente sobre su escritorio.
La directora me llamó dos veces y yo le pedí que esperara porque tenía a un
proveedor en línea. Eso pareció despertarle los instintos asesinos, se acercó a
mi escritorio con los ojos inyectados y me cerró el teléfono, lo cual me
enfureció. No me dejaba hablar hasta que, en medio de la discusión, golpeé el
escritorio con la mano y le grité que si no me dejaba hablar le partiría la cara
de un golpe allí mismo. Las chicas gritaron y se acercaron a mediar pero ella
las hizo salir a todas de la oficina. Nos envolvimos entonces en una discusión
que duró más de media hora y no resolvimos nada, solo alcancé a decirle que ese
borrador no lo había escrito yo y que a partir de ese momento no me dirigiera la
palabra. Las chicas estaban asustadas, me advirtieron que ella era muy amiga del
gerente y que seguramente me haría despedir, pero las cosas no llegaron a
mayores. A partir de ese día la relación fue tensa, ella me ignoraba por
completo, interceptaba toda la papelería que debía llegar a mis manos y
contradecía todas mis órdenes. No me costó darme cuenta de que aquello era una
maniobra para que yo me fuera dando un portazo, pero no me fui. Cuando ocurrió
el segundo incidente yo estaba con las barreras bajas, había pasado la noche con
una morenita que conocí en el Chat y que quería probar algunos juguetes. Fue una
noche terrible, ella tenía los pezones más puntiagudos y la chuchi más dulce que
yo había probado en mucho tiempo, sobre la madrugada me hizo la última sesión de
cunilingus y yo la penetré con mi bikini con pene y terminamos exhaustas. La
directora hizo otra de sus maniobras pero, gracias a una de las chicas del
departamento de reposiciones, la descubrí a tiempo. La que debía ordenar
periódicamente la eliminación de mercaderías vencidas era yo, pero ella
interceptó el remito y lo retuvo casi dos días, extrañamente mi extensión
telefónica se descompuso el día antes, y ella no lo reportó a sistemas, pero esa
noche, casi a las diez, cuando ya me iba a casa, una de las muchachas salía del
parqueo para cruzar la avenida hacia la parada de autobuses de enfrente y me
ofrecí a acercarla. Apenas subió al auto la chica me soltó el rollo, en la usina
de chismes que era el departamento de ventas se sabía que la tirantez entre la
directora y yo era tal que estaban a punto de despedirme por descuidar mi
trabajo, que ya había pasado un día de que debía haber llegado la orden de
reponer stocks vencidos y yo no la había enviado… eso me sublevó. Esa noche no
dormí de la rabia. Poco antes de las cinco de la mañana llegué al supermercado,
redacté una nueva orden de reposición de stocks, hice copias para cada encargado
de sección y a medida que iban llegando se las fui entregando personalmente, a
las siete me senté ante mi computadora y redacté una carta de queja dirigida al
gerente, al directorio y envié un mail a presidencia para comunicar que una
orden mía no fue ejecutada en tiempo y forma y que pudo haberle costado a la
empresa un dineral. Cuando la directora llegó vi en su cara el aire tranquilo de
quien ignora lo que se le viene encima, yo ya había impreso una copia de todas
mis comunicaciones de los dos días anteriores y las encarpeté prolijamente. Como
las comunicaciones llevan un número de orden es imposible desaparecerlas una vez
que se han enviado. El gerente llegó a las siete y media. Era evidente que lo
habían despertado en su celular. Lo primero que hizo fue llamar a la directora
con una seña. Cuando ella salió de la oficina su rostro estaba descompuesto. Se
paró ante mi escritorio, me apuntó con un dedo y me dijo:
-Quiero tu renuncia ahora mismo.
Le dije que no con la cabeza.
-Voy a pedir tu despido- dijo apretando los dientes.
-Hazlo, yo voy a pedir una investigación sumaria de adónde
fueron a parar estas comunicaciones- dije mientras le mostraba las copias- y
después ya no hablaré contigo ni con nadie, solamente con mis abogados ¿Sí?
-Me parece que este no es el lugar adecuado para que hablemos
de nuestras diferencias- dijo.
-Yo ya no hablaré contigo de nada que no sea trabajo, y si
piensas que tu presión me va hacer salir huyendo, no pierdas tu tiempo, querida…
Desde ese día me esmeré el doble en mi trabajo, fui más que
cautelosa y me dediqué a establecer una red de comunicación alternativa con las
chicas de abajo. Pero las cosas con la directora general no mejoraron en
absoluto. El otoño se dejó caer sobre la ciudad y me daba la impresión de que
nadie se dio cuenta, mi madre regresó de su viaje y tuve que espaciar mis
salidas para atender su salud hasta que, cuando se sintió mejor, decidió irse a
vivir con una de mis hermanas en Los Angeles. La persecución de la directora
general era sistemática, implacable, pero jamás pudo encontrar nada que le
sirviera para desacreditarme.
Un sábado en la noche entré al Chat en busca de la morenita
de los juguetes pero no la encontré, mi chuchi reclamaba atención personalizada,
mi último idilio había acabado de la manera más terrible hacía dos años y medio,
desde entonces cada relación que conseguí establecer fue solo sexo. Finalmente
me puse a chatear con un nick que me llamó la atención, Zigurat69, muchacha,
¿qué es eso? Los zigurat eran altas torres de piedra desde donde los astrólogos
asirios observaban el cielo y predecían el futuro. Resultó que la portadora del
nick era una aficionada a la arqueología, enamorada del mundo sumerio, le hablé
de Gilgamesh, de Enkiddú, de la biblioteca de Asurbanipal y en pocos minutos
estábamos chateando en privado.
Al segundo día me pidió que le mostrara una foto mía, a lo
que me negué rotundamente, no nena, este Chat está lleno de nenes que se hacen
pasar por lesbis para llenarse la cabecita de fantasías y yo no doy para eso…
pareció descorazonarse un poco, pero la fantasía siguió, me contó que le gustaba
que le hicieran el masaje tailandés, con mucho aceite de coco o con vaselina
saborizada, que su mejor manera de entrar en calor para una buena sesión de sexo
era un sesenta y nueve de pezones, que le encantaba que la cabalgaran, me pidió
que le describiera en detalle mi chuchi, dioses, la cosa se estaba poniendo
interesante. Pasamos un mes en esas tenidas de amor cibernético sin que ninguna
de las dos soltara ningún elemento que pudiera facilitar a la otra una posible
identificación, pero las descripciones de lo que yo le haría en una cama o de lo
que ella me haría se ampliaban a diario, hasta que a veces, a las tres de la
mañana, mi vibrador terminaba de atrapar mis gemidos con la chucha completamente
mojada por la excitación.
Una tarde, mientras preparábamos el balance general, el
gerente nos llamó a la oficina de reuniones del directorio. La convocatoria no
tenía nada de extraordinario, siempre nos daban instrucciones antes de cerrar
cada ejercicio, pero esta vez la charla de este hombre se extendió casi una hora
y finalmente nos comunicó que la directora general se iba de la empresa, que
había recibido una oferta inmejorable de una multinacional y que acto seguido
tendríamos un brindis. Eso me inquietó, llegaría tarde a mi cita en el chat y no
quería usar mi computadora de la empresa para enviarle un mensaje a Zigurat69.
En ese momento tomé conciencia de cuán metida estaba en esa fantasía. El brindis
transcurrió de manera muy distendida y se notaba en las caras de las chicas el
alivio y al esperanza de que la próxima directora, o director, fuera un poco
menos ogro. Cuando todo terminó cada una de las muchachas fue saliendo y yo me
quedé a controlar mis papeles, a poner en orden algunos datos y a dejar mis
planillas listas para el balance general. Casi no me di cuenta de cómo
transcurrió el tiempo hasta que, casi a las once de la noche, salí hacia el
parqueo en busca de mi auto. Ni siquiera me arrimé a mi computadora, imaginé la
inquietud de Zigu al no encontrarme en el chat pero, exhausta como estaba, solo
alcancé a desnudarme y me quedé dormida. El portero sonó antes de las siete y
salté de la cama.
-Discúlpame, tu celular no respondía y el número de tu casa
está fuera de servicio, sé que es una molestia pero necesito hablar contigo
¿puedes recibirme?
Que la mujer que había convertido mi vida en un desastre en
los últimos meses estuviera pidiéndome que la recibiera era una sorpresa que no
había previsto ni en mis más alocados sueños. Alcancé a lavarme la cara
aceleradamente. Me puse el deshabillé más discreto y sobrio que había en mi
guardarropa y la hice esperar mientras preparaba café.
-Sé que te resultará demasiado extraño todo esto, pero
necesitaba hablar contigo antes de que llegues a la oficina, verás, es que…
-Tu café se enfría- dije con sequedad mientras ensayaba una
frase de circunstancia ante un posible pedido de disculpas por todo lo que me
había atormentado, pero no dijo nada de lo que yo esperaba.
Me puse a observar su vestimenta un poco más llamativa de esa
mañana, llevaba un vestido enterizo de tono gris perla con escote redondo y un
pañuelo azul marino con un broche color cobre, se había maquillado con sobriedad
y sus ojos azules resaltaban bajo el mechón de pelo rubio que caía sobre su
frente, no se podía negar que ella era verdaderamente hermosa.
-Tú sabes que Ricardo y yo siempre nos hemos entendido muy
bien, aunque hemos tenido nuestras diferencias y… también sabes que yo jamás he
mezclado mis cosas personales con el trabajo, ¿a qué viene todo esto? Que tal
vez tú y yo sintonizamos distinto en algunas cosas, pero yo siempre he
reconocido tu capacidad… tampoco soy racista, jamás lo he sido, sé que soy algo
complicada y acaso no he sido del todo sincera contigo, es decir, yo hubiera
querido que las cosas fueran de otra manera, pero si no actuara como actúo, no
sé, tengo miedo que las cosas se me escapen de las manos… en fin… mira, de la
presidencia del directorio nos pidieron una terna de nombres para reemplazarme,
pero Ricardo y yo recomendamos uno solo, te recomendamos a ti… yo, no me animé a
hablar contigo ayer en la oficina porque, bueno, ya tú sabes, las paredes oyen,
pero… quería ponerte sobre aviso porque probablemente entre hoy y mañana te van
a hacer el ofrecimiento.
Por primera ven en mucho tiempo me quedé sin palabras, sentí
que mis mejillas se coloreaban pero mi piel negra evitaría que ella lo notara.
Le agradecí su recomendación y le hice notar que nunca me tomé como algo
personal su persecución, y que le deseaba la mejor de las suertes en su nuevo
trabajo.
-En realidad tendremos que juntarnos un par de días para que
yo pueda poner algunos datos y ciertos temas en tu conocimiento, además hay un
software que tendrás que manejar y que a mí me ha creado algunos problemas, de
manera que en estos días tendremos que quedarnos un poquito más tarde, si estás
de acuerdo…
-Oh, sí por supuesto, dije.
La directora se fue y mi ansiedad comenzó a apoderarse de mi
cerebro. Al encender mi celular encontré el mensaje de la morenita del chat que
me hablaba de su chuchi hambrienta de visitas. Fui a trabajar y no salí a
almorzar. Esa tarde me llamaron para hacerme el ofrecimiento y, por supuesto,
acepté y casi a las nueve de la noche, cuando la oficina estuvo vacía, la
directora llegó para que charláramos. Noté que se había cambiado de ropa,
llevaba una falda acampanada de tablas finísimas de color magenta, una blusa
naranja de mangas cortas y sandalias de tiritas de color negro con tachas
plateadas, había cambiado su cartera formal por un pequeño y casi juvenil
portapasaportes de raso rojo. Llevaba el pelo suelto y su fragancia Chanel
número cinco parecía formar una aureola a su alrededor. Me senté frente a la
computadora y fui tomando nota de las instrucciones, aprendí a diferenciar las
planillas y a cuadrar las diferentes cantidades, no era difícil pero el
procedimiento era un poco tedioso. Hice preguntas, anoté respuestas, puse todo
en orden para comenzar al día siguiente si fuera posible. En un momento dado
sonó mi celular, me levanté y caminé unos pasos hasta el borde de la enorme
ventana que daba a la avenida.
-¿Aló?
-¿Mirna?
-Dime…
-Estoy en mi camita, me siento tan sola, estoy harta de
jugueticos mi vida, necesito una lengüita con un dedito moviéndose adentro ¿sí?
-Me temo que hoy no, muchacha, tengo trabajo hasta tarde,
tendrás que disculparme…
La voz de la morenita del chat sonaba insinuante, como un
susurro
-¿Y me vas a dejar con esta quemazón? Eres muy mala ¿lo
sabías?
-Prometo compensarte… ya verás…
-Mira, te desabrocharé la blusa, te quitaré el bra y te
dejaré los pezones brillosos y duros a mordidas…
En otro momento esa retahíla me hubiera dado morbo, pero la
presencia de la directora general me inhibía y… cerré el celular y solo en ese
momento me di cuenta de que la directora general era yo y que Helga, que extraño
me sonaba pensar su nombre, era como si en ese mismo instante estuviera tomando
conciencia de que esta mujer existía como mujer, como persona…
-Yo creo que con esto es suficiente, pensé que íbamos a
necesitar más sesiones pero veo que aprendes rápido… yo, debo irme- dijo y en
ese momento vi que sus mejillas se coloreaban y hasta me pareció muy bonita, o
acaso fuera el morbo reprimido de la reciente insinuación en el celular.
-Gracias- atiné a decir.
-Si necesitas algo, lo que sea, llámame, juro que no te…-
dijo al tiempo que me abrazaba y me estampaba un beso en la mejilla. Su Chanel
número cinco me llegó hasta el cerebro. Cerré los ojos mientras intentaba
devolverle el beso, con tanta torpeza que terminé rozándole los labios, fue
apenas un roce, pero esos labios fríos se me antojaron apetecibles y tuve que
hacer un esfuerzo para reprimir esa sensación de agrado. Salió disparada, como
un niño que hubiera hecho una travesura y yo me quedé con esa impresión extraña,
como si el roce me hubiera dejado una película apenas perceptible de sus labios
adherida a los míos y noté un extraño contraste entre mi mente consciente que
rechazaba todo cuanto tuviera que ver con ella y una sensación de tibieza en mi
entrepierna.
Apenas llegué a casa, casi a la medianoche, me di una ducha
caliente y usé mis deditos para calmarme, es que mi cuevita solitaria reclamaba
idilios, quería algo más que sexo, quería vibrar en el paisaje de un romance,
con canciones y ansiedades renovadas antes de llegar a un lecho. Tuve días muy
agitados en mi nuevo cargo, tanto, que pasaron casi dos meses hasta que pude
tomarme una noche libre sin tener que estar pendiente de las cosas que había que
resolver al día siguiente. Tenía varias opciones, ir al bar de ambiente con
intenciones de encontrar a alguien con quien pasarla bien, o simplemente ir a
ver una película o a cenar a algún restaurante o…
Me vestí con sencillez, un conjunto de pantalones negros,
blusa negra de mangas largas, cinturón celeste, chaleco de satén celeste y
pañuelo del mismo color en el cuello, el pelo suelto estirado, botas negras de
tacos altos y carterita pequeña, apenas el celular y mi billetera. Al bajar en
el parqueo del restaurante donde pensaba cenar recibí un par de piropos y eso me
animó. No comí mucho. Decidí llegar al bar antes de la medianoche y al salir
sentía una especie de ansiedad que no conseguía dominar. Quise tomar una calle
lateral cerca del estadio central pero apenas hube conducido un par de cuadras
me di cuenta de que estaba perdida. Me detuve junto a la entrada de un edificio
de apartamentos y llamé al guardia de seguridad privada para preguntarle cómo
llegar a la avenida más cercana. En ese momento entraba una lujosa Lexus 4por4
de color habano y tuve que retroceder para comprobar que, horror, una goma
trasera se había vaciado. Bajé del auto para hablar con el hombre y entonces la
Lexus se detuvo en mitad del parqueo y una mujer se acercó a preguntar qué
pasaba. Mi ira ante el contratiempo se convirtió en mayúscula sorpresa. Helga
estaba parada ante mí. Vestía un sencillo conjunto deportivo azul marino con
vivos turquesa que le sentaba encantador, se sujetó el pelo con las gafas de sol
y su piel estaba algo dorada, era evidente que había estado en la playa.
Nos saludamos con un beso, como si fuéramos viejas amigas.
-¿Qué tú haces por aquí?
-Oh, verás, es que quise tomar un atajo para llegar a la
avenida Lincoln pero, me perdí en este laberinto… oh, estoy apenada realmente.
-No te preocupes- dijo al tiempo que me ponía una mano en el
hombro -¿Ibas a una cita o… algo así?
Negué con la cabeza.
-Déjame invitarte un refresco, un trago, lo que gustes, mira,
dale las llaves del carro al guardia, él te va a cambiar esa goma.
Sentí que la noche ya estaba perdida, que sería muy descortés
de mi parte no aceptar su invitación y finalmente subí con ella a la quinta
planta donde estaba su departamento. Helga tenía una morada muy coqueta. La sala
de estar era amplia y decorada con un gusto exquisitamente sobrio. Un enorme
sofá rojo bermellón y dos mecedoras pequeñas, con una mesita ratona en el
centro, todo sobre una alfombra persa de aspecto antiguo eran todo el
mobiliario. Había una amplia biblioteca en la pared y un centro musical era el
único electrodoméstico que se veía. Una salita más pequeña, donde estaba
instalada su mesa de trabajo, la lap-top cerrada y un archivero metálico
contrastaban con el conjunto tan acogedor donde me encontraba.
Helga me ofreció un "lemoncello" que aprendió a preparar en
un viaje a Italia que estaba realmente delicioso. Charlamos de cosas
intrascendentes hasta que ella puso un CD con música de películas viejas. De
pronto me encontré tarareando los compases de Nunca en domingo, la melodía
favorita de mi abuela y una sensación de nostalgia me hizo cerrar los ojos.
-¿En serio que no ibas a una cita? Te has puesto muy bonita.
El cumplido me hizo sonreír. Me estaba sintiendo bien aunque,
en realidad, yo pensaba tener una noche de aventura y llevarme a la cama a una
muchacha desconocida y al día siguiente dormír hasta mediodía.
Helga me mostró algunas fotos de sus viajes, de sus
familiares bávaros, apenas sí grabé en mi memoria ese universo de cabezas rubias
y ojos grisverdosos, me parecía que estaba hablando con una completa
desconocida. Antes de salir de esa casa busqué en mi cartera algo de dinero para
darle su propina al guardia que me cambió el neumático. Finalmente me encerré en
mi departamento hasta el otro día. A la tarde apareció la morenita del chat y
tuvimos una maravillosa sesión de sexo. La muy guarra se trajo puesta una
lencería comestible que no me comí, se la quité con una espátula mientras le iba
comiendo literalmente la cuevita depilada, hicimos un sesenta y nueve
espectacular, tuve dos orgasmos casi consecutivos y me volví a deleitar con sus
durísimos botoncitos hasta que me dormí agotada cuando ella se fue.
La temporada de huracanes comenzó con una semana lluviosa y
en medio de un fárrago de tareas empecé a planificar mis vacaciones. Salí de
compras una tarde en busca de trajes de baño, pareos y sandalias de playa. El
cielo estaba de un gris amenazante. La vendedora que me atendió era una negrita
preciosa y simpática, flaquita pero con unas caderas monísimas. Mi celular sonó
mientras ella me enseñaba un catálogo y me llamó la atención que fuera Helga la
que me llamaba.
-¿Tú no has usado tu tarjeta de crédito, verdad?
-No, ¿por qué?
-Porque te la olvidaste aquí, supongo que se cayó de tu
cartera, la encontró mi mucama y me la dejó sobre mi escritorio pero, imagínate,
hace días que ni me arrimo a ese rincón de la casa, tengo demasiado trabajo.
-Dime cuándo puedo pasar a buscarla.
-Me parece que mejor te la llevo yo, tengo que salir ahora y
tu casa me queda de camino…
-¿Y cómo a qué hora tú pasarías?
-Como a las nueve.
-Perfecto.
Salí de la tienda y me fui a la casa, puse un poco de orden y
después bajé al parqueo del edificio a esperar que Helga llegara, la morenita me
llamó pero le dije que estaba con visita y cerré el celular.
Helga llegó a la hora prometida, pero me llamó la atención
que llegara en taxi.
Tenía puesta falda azul y una camiseta de mangas largas de
color crema, cargaba un bolso marinero pequeño y un paraguas de mano, aun en
atuendo informal, conservaba esa elegancia que la distinguía. Subimos al
departamento y confieso por todos los dioses que mi intención al esperarla
afuera era evitar que ella subiera, no tenía ganas de mantener una conversación
de esas que se terminan a cada rato y mi rencor hacia ella apenas se había
suavizado, mientras íbamos silenciosas en el ascensor dudaba entre ofrecerle
café o un trago de coñac, tal vez un whisky.
-Tu casa es bien bonita- dijo al entrar
-¿Qué tomas? Tengo whisky y coñac, o tal vez prefieras un
café.
-Whisky.
Preparé uno para mí, con mucho hielo, aunque no pensaba sino
darle unos pequeños sorbos. Helga comenzó a hablarme de su nuevo trabajo, de lo
ocupada que estaría la semana entrante, de lo tensionante que resultaba tener a
su cargo a más de quince personas, en un momento dado cruzó las piernas y
alcancé a distinguir una tanga roja, le ofrecí más whisky pero no aceptó, en
cambio festejó una reproducción en cerámica de un bajorrelieve de Asurbanipal
cazando que colgaba de una falsa columna de mi sala de estar. Descruzó las
piernas y continuó hablando hasta que recordó que vino a devolverme la tarjeta
de crédito y me la alcanzó.
-¿Tienes música?
-Oh, sí ¿qué quieres escuchar?
-No sé, algo suave, lo que te guste…
Busqué un CD de Ray Koniff y lo puse a sonar.
-¿Dónde conseguiste esa reproducción de Asurbanipal?
-La compré en Roma, hace como tres años…
-Es preciosa, yo soy una apasionada de la historia antigua,
un día me encantaría estudiar arqueología, pero siempre lo he pospuesto porque
me enseñaron que la contabilidad es más rentable. A medida que hablaba abría o
cerraba las piernas y, cuando me cambié levemente de posición, hizo un
movimiento muy sutil que llevó su falda un poco más arriba, ahora me dejaba ver
sus rodillas blanquísimas, y la tanga que me había parecido roja era en realidad
morada, ella me hablaba de la cultura sumeria mientras jugueteaba con el vaso en
que solo quedaba el agua de los cubitos derretidos. Bebí un sorbo de whisky.
-No te aburre mi charla ¿verdad?
-Oh, no en absoluto.
Continuamos hablando un rato más y se fue casi una hora
después de haber llegado. No aceptó que la llevara y pidió un taxi. Esa noche
entré al chat y mientras hacía cerebro con la imagen de sus piernas blanquísimas
y su tanga morada comencé a buscar a Zigurat69, de nuevo nos dijimos todo lo que
le haría una a la otra si la tuviera en su cama, la cosa se puso interesante,
sentí que mi entrepierna se entusiasmaba, hasta que Zigurat preguntó si me
gustaban las mujeres negras.
-Soy negra, y no, no me gustan las negras- respondí con doble
intención.
-¿Y las blancas?
-Tampoco me gustan- volví a responder.
-¿Pero acaso no eres les?
-Claro, tonta, por eso no es que me gustan las mujeres, sino
que me enloquecen…
-Yo nunca me acosté con una negra, siempre con europeas… ¿es
cierto que las negras tienen los pezones de color azabache?
-Algunas- dije –y dime tú, ¿es cierto que las europeas tienen
los pezones violeta?
-No lo sé, aunque es mi color favorito, casi toda mi lencería
es violeta o lila, a veces morada, pero me encantaría tanto ir a la cama con una
negra, desnudarla despacio y encontrarme con interiores blancos, todo blanco…
¿nunca lo hiciste con una rubia?
-Una vez, en Roma, pero no me gustó, las europeas son frías,
salvo las españolas…
-¿Y no te fijaste si tenía los pezones violeta?
-Muchacha, fue en una terraza de un edificio en construcción,
una cosa muy rápida… recordé entonces cómo hice llegar a Giulia, una guía de
turismo que prometió compensarme en su apartamento pero al final su pareja
sospechó algo y no pudimos concretar nada.
Finalmente hubo un apagón y me desconecté y me fui a dormir.
Pasé el día enfrascada en el trabajo y regresé al
departamento casi a las diez y media de la noche. El mensaje de mi madre en el
contestador me tranquilizó, hacía semanas que no tenía noticias de ella. Entré
al chat con intención de despedirme de Zigurat, al día siguiente era mi último
día de trabajo y pensaba salir de la ciudad aunque aún no tenía decidido adónde
iría.
-¿Por qué te desconectaste anoche?
-Hubo un apagón.
-Aquí también hubo apagón, talvez vivimos en la misma ciudad,
no me digas que sí porque salgo a buscarte ahora mismo…
-No te lo diré…
Un emoticón de enojo apareció en la pantalla y Zigurat se
desconectó.
Comencé a elegir la ropa que llevaría en mis vacaciones y mi
instinto se negaba a recoger bikinis y pareos, recordé entonces la hostería de
la zona montañosa donde había pasado unos días maravillosos con Eligia, mi
compañera de universidad, y concluí que mi soledad no era tan pesada como yo
creía, me senté a evocar todo lo que hicimos en ese cuarto donde pasábamos la
noche despiertas y dormíamos hasta el mediodía ¿cómo sería estar sola en ese
lugar tan lleno de recuerdos?
Mi celular me sacó de mis ensoñaciones.
-¿Mirna?
-Sí, Helga, dímelo…
-Ricardo me dijo que sales de vacaciones, tengo algo para ti,
dime cuándo puedo llevártelo…
-Oh, cuando gustes, si quieres ven ahora mismo porque mañana
es probable que me vaya al salir del trabajo y…
-Perfecto, llego enseguida, estoy en la calle.
Esa palabrita me molestaba, para ella todo debía de ser
perfecto, ensayé algunas excusas para despedirla pronto, aunque imaginé que no
se quedaría mucho tiempo si me veía haciendo valijas. El portero sonó antes de
quince minutos. Helga tenía un vestido enterizo de cuadrillé rojo con un escote
muy pronunciado. Estaba maquillada y esta vez no olía a Chanel, olía a Carolina
Herrera. Me entregó un paquete que tenía la forma de un libro, envuelto en papel
de regalo con un moñito rojo. Me exigió que lo abriera. Mi asombro no fue
fingido en absoluto y hasta se me nublaron los ojos cuando vi que el libro era
una lujosa edición bilingüe en alemán y español del poema de Gilgamesh, con
fotos de las tabletas en que fue descubierto y sus respectivas traducciones
hispana y germana.
-Gracias- dije mientras la abrazaba y su perfume me envolvía.
Ella me retuvo un momento y me dijo al oído
-Eres muy bonita, Mirna, en serio, acaso te parezca una
locura esto que voy a preguntarte, ¿sabes lo que es un zigurat?
La solté y me senté en la cama porque las piernas me
abandonaron y comencé a llorar como una adolescente mientras decía que sí con la
cabeza. Entre el velo que tejían mis lágrimas vi caer al suelo el vestido de
Helga, un hilo dental violeta semitransparente cubría su almejita totalmente
depilada, vi sus senos redondos y pequeños, sus pezones erguidos que resaltaban
como los únicos puntos oscuros en medio de esa palidez rosada que de pronto se
me antojaba dulce y tibia como una natilla recién hecha.
-Lo sé, lo sé, siempre lo supe- repetí mientras las manos de
Helga desprendían con lentitud mis botones, descorrían mis cierres, y entonces
vi caer mi ropa, sentí que entre mi pequeño vellón una miel etérea se abría paso
y nuestras bocas sedientas se bebían una a la otra, dulzura de bocas en
penumbra, hice girar a Helga y la recorrí palmo a palmo, como si quisiera
fotografiar con mi lengua el mapa entero de su piel erizada y tibia, le mordí el
coxis y cuando la tuve bajo mi cuerpo en el sofá levanté su pierna derecha y la
apoyé sobre el respaldo para que mis ojos se deleitaran con la visión de esos
pliegues rosaditos, mojados por el deseo, mordí sus pezones con suavidad, dejé
que mis senos jugaran a roturar su vientre y cuando mi lengua se introdujo en
esa almejita hambrienta Helga comenzó a moverse suavemente hasta que un dedo mío
la fue horadando desde el nacimiento de la cuevita oscura hasta entrar en su
vulva caliente, los gemidos de Helga comenzaron como un ronroneo, era como una
gatita de peluche entibiada por las ganas de sexo y plenitud, ahora mis dedos se
movían por toda la región de su entrepierna mientras su clítoris se hinchaba
hasta que su sexo comenzó a latir y agitarse, un dedo mío quedó aprisionado por
su templo posterior y Helga gritó de placer y se acurrucó como una niña que
tuviera frío y me pidió que la abrazara mientras su respiración agitada se
normalizaba de a poco.
-Estás ardiendo- dijo después y comenzó a acariciarme el
conejito empapado, entonces me acosté en el sofá y Helga me abrió de par en par,
como si fuera un libro donde quisiera aprender los secretos más ocultos, me fue
besando la parte interna de los muslos y su lengüita traviesa bajó hasta mi
pubis, se deleitó en mis pezones endurecidos, anduvo junto a mi ombligo, me
escarbó el chochito ardiente, libó en mi clítoris y me hizo sentir que mi cuerpo
cabalgaba entre algodones de azúcar, cuando iba a pedirle que no se detuviera no
pude hablar porque una multitud de hormigas sobre mi pubis me anunció el orgasmo
más violento que había tenido en mucho tiempo y solo pude gritar y abrazarme a
su blancura con mi piel totalmente transpirada y blanda…
-Dioses… esto no puede estar sucediendo… murmuré, pero la
lengua de Helga me cerró la boca.
-Llévame a tu cama ¿Sí?
Me tendí de bruces y sentí su cuerpo en mi espalda, su lengua
en mi nuca, su aliento en mis orejas, natilla y chocolate, pensé mientras
imaginaba el contraste entre su palidez y mi negrura. Amurallada entre los senos
de Helga me quedé dormida, soñé cosas horribles y hasta debo de haberme quejado,
pero sentí después una lluvia de besos en mi cuello y me dejé llevar, otra vez
un calor mojado en mis pezones, de nuevo un par de dedos que entraban a mi
conejito hasta que abrí los muslos y sentí un juguete vibrante en la entradita
posterior, ese juego me enloqueció de a poco hasta que Helga volvió a chuparme
el clítoris con tanta suavidad que me hizo llegar a la cumbre y caí exhausta a
su lado.
-Déjame cabalgar sobre tu boca-dijo y se montó sobre mi cara
y en pocos minutos la escuché gemir de nuevo, el ronroneo de gatita de peluche
que cobraba vida con la magia del orgasmo.
No hice valijas en esos días.
Mi último día de trabajo se me hizo eterno. Helga me llamó
dos veces al celular para decirme que esa noche me esperaba en su casa, que no
me volvería a llamar porque mi voz la haría salir corriendo a buscarme… apagué
el celular y ordené a la recepcionista que no me pasara llamadas hasta la tarde.
Cuando llegué a la casa encontré a Helga esperándome en la
cama, casi no hablamos, solo nos besamos mientras ella me desnudaba, de pronto
ella se levantó y volvió con un vaso de whisky, metió dos dedos y me empapó los
pezones.
-Es mi cóctel favorito- dijo, -pezones en whisky- y el
pequeño ardor del alcohol fue reemplazado por una excitación que me hizo pedirle
que por favor se ocupara de mi chuchi, y sentí de nuevo su lengua endiablada y
cálida y me acomodé de a poco hasta que hicimos un sesenta y nueve enloquecedor,
Helga gimió de placer mientras yo sentía que mi piel se volvía de gelatina.
-La encargada de inventar eres tú- me dijo ella un día
mientras yo le untaba el pubis con sirup y los pezones con miel para empezar con
un sesenta y nueve de senos, pero en realidad fue solo para que yo dejara de
estar prevenida. A Helga le encantaba cierto tipo de riesgo, se quitaba la falda
y la tanguita mientras conducía y a veces hasta bajaba los vidrios de su yipeta
y cuando llegábamos a su apartamento se ponía una falda larga que guardaba en un
bolso. Un día decidí imitarla y me excité tanto que al llegar a su apartamento
bastó que ella me chupara un pezón para venirme, fue el orgasmo más espectacular
que he tenido, después probamos algunos juguetes y lo pasamos bien, pero lo
mejor fue hacer el amor al estilo de siempre, sin ninguna clase de artilugios,
solo una danza de sexos mojados de deseo, un diálogo caliente de dos chochitos
que se esperaban, que se entendían… tienes la chuchi más caliente que existe
sobre la tierra, Helga… la tuya es casi dulce… Mirna… tu chochito es adictivo…
el tuyo malacostumbra…
Era de madrugada y la ciudad estaba oscurecida por
pronósticos de tormenta. Habíamos apagado todas las luces del departamento de
Helga y estábamos bebiendo una copa de vino junto a la ventana.
-¿Tú llegaste a odiarme alguna vez?- preguntó ella
-No, creo que no-
-Pero me hubieras dado golpes ¿verdad?
-No, ¿cómo se te ocurre?
-Yo en cambio tenía ganas de morderte.
-¿Cómo?
Helga puso su copa en el piso me quitó el baby doll que
llevaba puesto y lo coloco sobre el alféizar. Comenzó a morderme los glúteos, la
espalda, los hombros, una ráfaga de viento se coló en ese momento y la bata
semitransparente salió volando, como un fantasmita liviano, alcancé a ver cómo
caía con lentitud, Helga había dejado de morderme y ahora yo abría las piernas y
me inclinaba hacia delante porque su lengua bajaba por mi espalda para entrar en
otras regiones, cerré los ojos mientras sostenía mi copa en medio de un
cosquilleo voluptuoso y ni siquiera me importó calcular en qué parte del parqueo
podría ir a parar mi baby doll.