EL ERRATICO CAMINO DE LA MOSCA
Las moscas, ese animal que a todos se nos antoja lo más
insignificante sobre la capa de la tierra justo después de los gusanos, las
moscas, decía, se mueven en un aparente caos. De derecha a izquierda, de arriba
abajo, en cualquier dirección y de nuevo, vuelta atrás. No existe la lógica en
sus movimientos. Muchas personas son como moscas, se mueven siendo espectadores
de si mismos, en un aparente caos, sin saber, ni conocer que, en realidad, esos
insignificantes bichitos voladores saben perfectamente que dirección tomar a
cada giro. Somos nosotros, los observadores, los que sostenemos el matamoscas al
acecho, somos quienes carecemos de la capacidad para entender eso. Muchas
personas son como moscas y en ocasiones caen en trampas para moscas. Bueno, yo
no lo presentaría exactamente así, trampa viene de tramposo y yo, menos que
nadie, me considero un tramposo. Me equivoco, como todos, pero no soy un
tramposo por ello, si acaso un idiota, poco más. Esta es la historia de una de
las moscas que, sin saber que era una mosca y sin conocer que yo a veces me
dedico a cazar moscas, se acercó en un errático discurrir hacia mis garras. Ya
se. "Garras" da miedo pero solo se trata de algo metafórico. Tranquilizaos
moscas… mis dedos, mis uñas, están pulcramente cuidados. Me disgusta sobremanera
dejar marcas en carnes que pertenecen a otros o a otras.
Sucedió en veranos de hace unos cuantos años. Yo tenía más de
treinta y menos de cuarenta (exactamente como ahora) aunque me acercaba mas a la
treintena que a la cuarentena (siento no poder decir lo mismo ahora). Ella, la
mosca a la que yo pretendí cazar, tendría mi edad, año arriba, año abajo. Se
llamaba Lluvia. Si, como lo leéis: Lluvia. Aunque la conocí un día de sol en que
Barcelona sufría mas de treintaicinco grados a la sombra. Ella estaba recostada
en un banco de un parque, a la sombra de un platanero, leyendo algo. Yo paseaba,
o más bien dicho, caminaba rápidamente de vuelta a casa cuando la vi de reojo y
mis pasos se ralentizaron hasta la mínima expresión. Pantalones tejanos,
camiseta blanca, pelo rubio y corto, ojos verdes y curvas por doquier. Un ángel
de demoníaca apariencia, puesto ahí justamente para comprobar la mi fidelidad
recién estrenada. ¿De donde había salido aquel tentador animal? Cuando hube
pasado di la vuelta al parque y volví a pasar por delante de ella. Y así tres
veces más, a cada una más lenta que la anterior. Hasta que la mujer llamo mi
atención.
-Oye chico… ¿te has perdido o que te pasa?
Me había llamado "chico", pero en ese momento no supe si era
un halago o un insulto. No importaba, al menos me había llamado. Su voz no era
femenina, si acaso un pito entre estridente y cazallero. Una voz que me volvió
loco y me hizo desplegar inmediatamente mi red atrapamoscas. Lo he dicho siempre
y lo repetiré una vez mas aquí mismo, yo soy un hombre de voces. Es en lo
primero en que me fijé después de mirar la cara, las tetas, el culo, las
piernas, las manos y el cuello. Uno es como es. No hay más. Si, un hombre, con
todas sus consecuencias. Yo no escogí mi sexo ni mis limitaciones, así me fue
impuesto.
Miré el libro que ella sostenía. "La mujer comestible" de
Margaret Atwood. Interesante, yo lo había leído ha finales de los noventa,
después de mi tercer divorcio, era uno de los libros que mi exmujer no había
querido llevarse. Había preferido llenar el camión de la mudanza con los
electrodomésticos y los muebles. Las mujeres no son así, pero ella si que era
así. Gracias a Dios y a un doctor alemán mi tercera mujer vive ahora en
Alemania. Gracias Günter.
-No –dije yo acercándome a ella- no me he perdido. Me fije en
el libro, después en ti y he tenido que pasar varias veces para llamar tu
atención. Muy torpe, ya lo se. Pero no doy para más.
Ella rió. Bingo. Cuando sueltas una estupidez de tal calibre,
las moscas solo pueden reaccionar de dos maneras, o salen volando o se te quedan
mirando. Ella se me quedó mirando y yo a ella. Esperaba que no se notase
demasiado que yo estaba babeando viendo sus pezones marcados a través de su
camiseta.
-¿Te gustó el libro? –preguntó ella.
-No demasiado –dije yo con la esperanza de acabar ahí nuestra
conversación literaria y pasar a mejores empresas.
-Lo imaginaba, habla de una mujer inteligente.
-No, no es por eso. Era uno de los libros preferidos de mi
exmujer y lo leí cuando nos separamos. Me recuerda a ella.
-Quizás deberías haberlo leído cuando la conociste. Así la
habrías comprendido mejor.
-¿Te sientes identificada?
-No. Y ahora, si me disculpas, preferiría seguir leyendo.
-Por supuesto –dije yo interpretando ese gesto como un cambio
al azar en el vuelo de la mosca.
Como podéis imaginar, yo estaba equivocado, ella sabía lo que
hacía. Pero como yo siempre me he considerado un excelente cazador de moscas,
volví al día siguiente como mi mejor trampa. Me senté en el banco vacío a leer
un libro y esperé a que ella apareciese. Lo hizo dos horas mas tarde, aunque
ella no dio varias vueltas a mi alrededor como había hecho yo patéticamente el
día anterior sino. Simplemente posó su vuelo a mi lado y me regaló con un
perfume que en aquel mismo instante aturdió todos mis sentidos excepto el de la
vista con el que yo me estaba regalando viendo como la camiseta de tirantes se
ajustaba peligrosamente a sus pechos. Si, me encantan los pechos grandes. ¿Qué
problema tenéis con eso? Que me guste escribir no significa que no sea un cerdo
machista que se relame con unos pechos grandes. Dejad de juzgarme, pardiez.
-Hola desconocido –dijo ella con la misma voz del día
anterior.
-Hola.
-¿Qué lees?
Le enseñé la portada del libro.
-¿Bukowski? Dios mío, estas peor de lo que creía.
-Si, bueno, soy un machista. Solo quería que lo supieses,
para eso he vuelto hoy con este libro. Mis intenciones no son honestas,
señorita.
Primer trampa lanzada. Cara o cruz.
-Me asustaría si leyeras "El codigo DaVinci" ese, pero no me
asusta que leas a Bukowski. Al menos es buena literatura.
Estuve tentado de decirle que yo era escritor. Pero preferí
callarme. Ella no era de las mujeres que se dejan impresionar fácilmente. Cuando
eres el mejor cantante del coro nunca te dejas impresionar por las voces de los
demás.
-¿Cómo te llamas?
-Podría decirte que Margarita –contestó ella señalando la
portada de su libro- pero me en realidad me llamo Lluvia.
Ambos sonreímos.
-Vivo a dos manzanas de aquí –dije yo- ¿Quieres follar?
Tenéis que saber que en el justo momento en que descubrís que
sois la presa y no el cazador es cuando tenéis que abandonar toda esperanza y
mostrar vuestras cartas. O eso o salir corriendo.
-Maldita sea, pensaba que no me lo ibas a proponer nunca.
La mejor trampa es aquella que no lo parece. Mi trampa había
consistido en no tenderle ninguna trampa. Ir directo al grano. Y aquella mosca
había caído de pleno. O al menos eso quería creerme yo. No hay tonto mas
peligroso que el tonto que se cree sus propias mentiras. En aquel momento yo me
acababa de convertir en el tonto mas peligroso del mundo.
En el pasillo de mi casa le desabroche los pantalones y me
enredé con su pelo al sacarle la camiseta. En el pasillo de mi casa me comí sus
pezones de primero, segundo y postre y después cené y desayune su sexo. Ella
abierta, ofreciéndome su rubio pubis y yo metiendo la lengua donde no un
caballero que acaba de conocer a una dama no debiese o debiera. Realmente ella
era la mujer comestible, de eso no cabía ninguna duda. En el pasillo de mi casa
metí mi pene en su boca y cerré los ojos para permitir que la diosa me
proporcionase placer como nunca había experimentado. Eyaculé en su cara, en su
lengua, en sus pechos sonrosados. Después me arrastré hasta la nevera donde cogí
dos cervezas y apenas nos dio tiempo de beberlas para volver a follar como dos
auténticos animales. Por todos lados. No me importaba si ella había hecho o no
antes aquellas cosas porque ella esta dispuesta a hacerlas. Entre en su coño. En
su boca. Y en su culo. Y lo hice varias veces, sin importarme el orden ni la
escrupulosidad que representa pasar de uno a otro sin pedir permiso. Ella era
una mosca y las moscas, perdón por lo que voy a decir, están acostumbradas a la
mierda. Creo que me corrí tres veces y ella otras tres antes de llegar a mi
habitación donde nos tumbamos a descansar. Estuve a punto de pronunciar el
fatídico "ha estado bien ¿eh?" pero me callé en el último momento. Mi sentido de
la supervivencia me ayuda a evitar ciertos ridiculos, es instintivo… nada
planeado. Ella permanecía desnuda, sus carnes ni demasiado duras ni demasiado
fláccidas, desparramadas a mi lado. No estaba gorda pero tampoco delgada. No era
guapa pero tampoco fea. Eso si, follaba de miedo. O al menos se dejaba follar de
miedo, que ya es mucho.
He de pedir aquí perdón a todos mis lectores por el tono
decididamente desagradable y falto de respeto que esta adquiriendo este relato.
Tienen que entenderlo, acababa de leer a Bukoswki y además yo tenia toda la
sangre acumulada en la polla. Yo lo recuerdo así, que le vamos a hacer.
Ella se fue dos horas mas tardes. Follada, duchada, vestida y
con una de mis novelas bajo el brazo. Nunca supe como se llamaba ni volví a
verla en aquel parque al que yo volví día tras día durante las siguientes cinco
semanas.
Al quinto día de la quinta semana, sentado en el banco, me di
cuenta de lo que había pasado. Yo era la mosca que caminaba errática de casa al
parque y del parque al trabajo y ella había sido quien me había atrapado.
Me hubiese gustado continuar este relato relatando (valga la
redundancia) todos mis encuentros sexuales con aquella rubia. Pero eso nunca
sucedió. Un consejo: cuando salgáis de caza tened en cuenta que los animales,
también son depredadores.
"Gracias –me dijo, lamiéndose los labios-. Estaba delicioso"
(Margaret Atwood, "La mujer comestible")
amo_ricard@hotmail.com