POR DETRÁS CON DULZURA
No llevábamos mucho tiempo saliendo. Pocas cosas aun habíamos
experimentado en nuestros encuentros sexuales. Encuentros cargados de pasión y,
por que no decirlo, de incomodidades. A nuestros 19 años nunca habíamos tenido
la oportunidad de hacerlo en la confortabilidad de una cama, hasta que llegó un
esperado día de verano.
Un amigo nos había dejado su habitación, en un piso que
compartía con gente universitaria. Una habitación suficientemente grande. Acudí
una hora antes de nuestra cita. Preparé la habitación con unos pétalos de rosas
rojas, unas 15 velas pequeñas y una suave música romántica.
Ella llegó puntual. A las 9 estaba allí. Preciosa como
siempre. Llevaba su pelo castaño y liso recogido con una tirante coleta. Un
simple top blanco de tirantes, que contrastaba con el impresionante moreno de su
cuerpo y de sus grandes pechos, y que dejaba al aire su estilizada cintura. Una
falda, minifalda, vaquera que tapaba justo la zona donde sus muslos se unían
para dar lugar a la zona más sabrosa de su cuerpo.
Nerviosos, sudando por el excesivo calor de aquel verano, nos
sentamos cada uno en una orilla de la cama. Me quité la camiseta y se quitó el
top. Sus voluminosos pechos morenos quedaron libres, duros y firmes se
aguantaban sin ninguna sujeción y sus pezones tiesos apuntaban desafiantemente a
mi cara.
Me quité el pantalón, mi polla bien erecta se quedó apuntando
al techo. Ella se quitó la minifalda. Se quedó solo con un diminuto tanga rosa
que no tardó mucho en ir deslizándose entre sus piernas y dejándome un excelente
primer plano de su culito redondo y respingón. Mi objetivo aquella noche.
Como decía, era una noche especial. Teníamos por primera vez
todo el tiempo del mundo, no había peligro de que nadie nos sorprendiera y
contábamos con la comodidad de una cama. Yo también pretendía que fuera
especial, pues quería por primera vez penetrar en su culo, algo que hacia tiempo
que me moría de ganas de hacer.
Nos tumbamos desnudos, sudando, mirándonos. Nos abrazamos,
pegamos nuestros cuerpos, nos besábamos. Mis manos fueron a su culito. Empecé a
acariciar las nalgas y poco a poco me fui acercando a su ano. Le di ligeros
golpecitos con los dedos, hasta que me animé a meter uno de ellos en su culo. Al
instante paró de besarme y me miró. Yo continué con mi dedo dentro de ella y no
tardé en meter el segundo. Ahí fue cuando ella suspiró y comenzamos de nuevo a
besarnos. Sacaba y metía suavemente mis dedos y ella cada vez respiraba más
agitadamente.
Cuando iba a meter el tercero de mis dedos ella se dio la
vuelta y flexionó las rodillas, regalándome por completo su culito. Me puse el
condón con nerviosismo y apliqué sobre mi polla bastante vaselina. Acerqué mi
dura verga a la entrada de su culo. Me limité a hacer presión pero su ano apenas
se dilataba. Tras varios intentos sin poder meter ni un milímetro, decidí
estimular su culo con mi lengua. Metí mi cara entre sus nalgas y jugué con mi
lengua en su ano. Lo humedecí bien. Era lo más excitante que había hecho en mi
vida. Nunca me había comido un culo y era una sensación escalofriante, no solo
para mí, también para ella que se sujetaba fuertemente a las sábanas.
Después de un rato chupándoselo, volví a meter un par de
dedos dentro de ella. Entraron con mucha facilidad, lo que me hizo presentir que
la próxima vez iba a ser la buena.
Volví a la carga, acerque de nuevo mi polla a su culo.
Presione en un primer momento sin la finalidad de meterla pero poco a poco,
quizás muy poco a poco, mi sonrosado capullo fue entrando en su culito. Ella no
decía nada, solo respiraba agitadamente y sudaba. Yo también sudaba, no era
fácil meterla en un sitio tan estrecho. La fui metiendo poco a poco, parando
cuando notaba que le dolía demasiado. Se le escapó más de una lágrima que
intenté calmar con suaves besos en la nuca. Era una sensación de tremenda
presión sobre mi verga, presión y calor, notaba mi polla ardiendo. Finalmente la
metí entera, hasta que mis huevos golpearon en ella. La premié con un beso.
Me costó sacarla y meterla las dos primeras veces y me consta
que a ella le dolió, pero poco a poco se fue suavizando la cosa. Sin sacar la
polla cambiamos de postura y se puso a cuatro patas sobre la cama. Le follaba
cada vez con más facilidad y cada vez eran también más fuertes y rápidas las
penetraciones. Ya no le dolía tanto y pedía constantemente que le diera más
fuerte.
Sus grandes pechos rebotaban en cada envestida y se podía oír
el chasquido que producían mis huevos al golpear con la entrada de su ano.
Fue una de las mejores corridas de mi vida. He de reconocer
que estuve un par de días con un ligero dolor en la polla y que ella también
estuvo sintiendo molestias en su culo. Intenté aliviar, en nuestros posteriores
encuentros, esos dolores con una buena sesión de lengua sobre su culito.
¿Con una experiencia así, como no nos hibamos a hacer adictos
al sexo anal?
Un saludo a todos los lectores, espero vuestros comentarios y
calificaciones.
Otros relatos del autor en:
http://www.todorelatos.com/perfil/484038/