Carne y lluvia.
Por Promethea
A mí no me agradan las tardes lluviosas. Las odio, siempre
las he odiado.
Y esta misma tarde, una tarde lluviosa como las que tanto
odio, mi madre me jode para que vaya a la carnicería. Hoy las odio mucho más.
¿Para qué quiere ella que le compre carne triturada? ¿Para
hacerle sus chimoles a mi estúpido padrastro? A él también lo odio, y a ella
más. Ella no lo sabe, pero él le está viendo la cara. Lo trata como a un rey, le
sirve las mejores viandas, le cumple todos sus caprichos sin que él le
corresponda en nada. Y a mí, que me lleve el diablo.
¿Hace cuánto que no se ocupa de mí? Es el colmo. ¿Y ahora
quiere que salga a la carnicería, con esta lluvia tormentosa? ¡Que se jodan!
Sólo el recuerdo de la figura del carnicero y el modo en que me habla, me hace
sentir bien. Todo lo demás es mierda, mierda pura. Desde donde estoy parada
puedo escucharlos muy bien. Están allá encerrados como cada tarde, todo el santo
día, abrasados por el fuego, ahítos de suspirar, de berrear, de gemir como
demonios. Creo que mi madre es una ninfómana. Apenas me dio la plata para la
carne se esfumó con su amante para encerrarse en el cuarto. ¡Si esa cama
hablara! Pero, ¿qué es lo que siento yo? Al diablo con eso, a nadie le importa
lo que siento. Para ellos yo no cuento; soy como un títere, como un fantasma,
como una chorrada caricaturesca.
Sigo aquí, parada tras la ventana observando el diluvión que
se desprende del cielo, un cielo gris teñido de nubes turbias. Pienso. Ya no soy
una niña, pero ella no lo sabe, ni siquiera se ha dado cuenta. Desearía que
alguna vez me preguntara si me llegó la menstruación, si ya rendí tributo a la
luna, si me salieron pelillos en la concha, si me depilo los bucles de allá
abajo, los de las axilas, todo eso. Pero no, a ella sólo le importa su amante,
el macho que la descalabra, su aprieta tornillos feroz, su adorado follador.
¿Cree que no lo sé? Pobre ilusa.
Ninguno de los dos puede ahogar el clamor de sus gemidos,
pero ellos no lo saben, o no quieren saberlo. La sala está llena de eso, de
lamentos y súplicas, del más puro desenfreno. Pero a ellos no les interesa, no
les importa que yo los escuche. A veces pienso que sus encuentros de allá
adentro son como un pacto, como una convención indestructible. Pienso que los
dos dan el pego de ser como entretejidas raíces, como las raíces de los árboles
de las laderas, atados a los montes, ceñidos a la tierra, arraigados,
arrejuntados, inseparables para siempre, siempre en el mismo lugar, atascados,
obstruidos.
Hay ayes desgarradores, repeticiones de gritillos y
resuellos, furiosas exclamaciones y verbalizaciones violentas que puedo entender
muy bien: ¡Cógeme fóllame métemela más la quiero toda adentro anda puto así
más más no te detengas!, y cosas por el estilo. No sé, pero esta lluvia me
pone de mal humor… y esos jodidos grititos también.
He esperado más de media hora a que se aplaque la cellisca,
pero no quiere calmarse. San Pedro hoy llora, como dicen algunos, pero yo digo
que cuando llora, más bien se desparrama. ¡Maldita sea! Si no me apresuro,
cerrarán la carnicería. Y ya estoy extrañando las palabras del carnicero.
Atravieso la estancia y busco por toda la cocina. Ahí está.
Tomo el viejo paraguas y voy hasta la puerta. El viento húmedo me da en la cara
y me levanta la falda. Abro la sombrilla y me meto debajo. Las calles están
desiertas pero aún hay algo de luz.
Cuando llego al expendio estoy toda mojada. Y ahí está el
carnicero en el centro de un templete solitario, mirándome entrar. Siempre que
vengo me mira, me devora con la vista, se sumerge dentro de mí, me inspecciona
por dentro. Ahora mismo, mientras me acerco a la barra, me traspasa con la
mirada contemplando la empapada falda que se me pega a los muslos. Esa mirada
acerada me llena de sensaciones, de sentimientos vagos, de pensamientos
obscenos. No sé por qué siempre he sentido esas ñáñaras.
El estilete para cortar pende ahora de una mano que se ha
quedado en el aire, en la quietud del espacio, como si estuviese encriptada en
un cachito de tiempo sin moverse para nada. Y entonces me mira otra vez, me
ausculta, me recorre toda. Va de la cabeza a los pechos, de los hombros desnudos
a los pliegues de mis axilas, a la parte alta de mi abdomen, y al final, a mis
redondas caderas. Y ese cúmulo de sensaciones que me despiertan sus ojos me
inunda, me ciñe las piernas, el vientre, las nalgas, el centro mismo de la
vulva.
—Pero qué linda te ves así
mojada; mira nada más, pareces un pajarillo empapado. —me
dice, mientras un calor intenso me sube por el pecho.
Observo con la mirada el filoso cuchillo que sigue en el
aire, estático e impregnado, sanguinolento y untuoso. Hay partes en el acero que
brillan con la luz, pero hay otras que se ven sombrías. Y su guardapolvo también
está muy sucio. Hay sangre por todos lados. La tabla es enorme y puedo
distinguir la gruesa loncha de solomillo que está siendo descuartizada.
El hombre vuelve a su tarea moviendo el pedazo de carne de la
que se desprenden gruesos hilillos de sangre. Puedo ver como se parten las
delgadas fibras nerviosas de los músculos; lo hace con esmerada aplicación en
tajos lentos, como si no quisiera hacerles daño. Sus diestras manos discurren a
lo largo, trazan cortes longitudinales, se regresan, tornan a escindir de nuevo
para volver a arremeter el inerme trozo enrojecido.
Del otro lado del mostrador de inoxidable le miro trabajar la
pieza. No sé por qué me agrada tanto ver cuando sus manos recorren la chicha por
encima, con la palma abierta, pulgada por pulgada, como preparando la tajadura
antes de un certero golpe de daga. Y luego observo el modo en que la filosa
punta se inserta sin piedad, se hunde en el músculo que cruje por la invasión y
que se mueve como si estuviera vivo.
—Así como estás de linda, un día de estos te van a robar,
niña, y yo te extrañaré porque dejarás de venir acá. —vuelve
a decir sin dejar de cortar—. Eres tan
bonita. No tengo clientes que sean como tú. Sí, te extrañaré, te extrañaré
mucho. Pero mira; tú tan bonita y yo tan sucio. La bella y la bestia, jaja…
cuánto daría por enseñarte algún día todo lo que sé.
Yo sólo puedo sonreír torpemente. Sus palabras me perturban,
me aturden, me confunden. Los colores me arrebolan las mejillas y hay suspiros
que se me arremolinan en la punta de la nariz.
Me gusta todo lo que me dice, las frases que me susurra
cuando vengo, no puedo negarlo. Siempre que estoy frente a él, cuando estamos
solos, lo hace. Me suelta cosas dulces, palabras que no me asustan pero que me
ahogan el pecho. Mi blusa mojada se hincha y él me clava la vista en los senos.
Le gusta verme testarudamente ahí cuando estoy del otro lado de la mesilla. Él
es insistente, su mirada es obstinada, tenaz, perturbadora; tan insistente y
perturbadora que siempre me está repitiendo lo mismo.
Pero a mí me gusta que lo haga, me agrada que me diga de
cosas, que sea así de persistente. En el fondo admiro su tenacidad, sus
insinuaciones, su humor, todo lo que sale de su boca.
—¿Ves como corto esta
cosa? ¿Te das cuenta que hay que hacerlo poco a poco? Nadie puede trabajar la
carne como yo, niña; en realidad soy único para esto y para otras cosas.
Yo asiento entre parpadeos. Lo admiro; sí, lo admiro y no
puedo evitarlo. Hay algo en este hombre sucio que me parece extraño. Quizás es
un contrasentido, pero me es extraño que alguien como él pueda decirme cosas tan
bonitas.
—Esto que ves aquí es para
un restaurante de esos caros, donde ni tú ni yo comeremos jamás, niña.
Hace una pausa para jalar aire antes de decir:
—Bueno, tal vez tú, siendo
tan linda, algún día puedas frecuentar esos lugares con alguien que pueda darte
todo eso. Pero mira quién lo corta: tu humilde servidor, el sangriento carnicero
de la esquina. Y cuando se lo lleve a la boca algún riquillo de esos, el tonto
no tendrá idea de qué manos lo han descuartizado.
Me tiro la carcajada. Él es así de socarrón, un tipo muy
ocurrente, siempre expulsando frases inesperadas y espontáneas cargadas de buen
humor, chorradillas de risa, siempre diciendo chuscadas, siempre inventando,
fantaseando, devorándome con los ojos acerados mientras trabaja.
—Un día se va a cortar un
dedo por hablar tanto. —le digo con
timidez, sin mirarlo a la cara.
—¿Un dedo? Ay niña, mira
cuantas cicatrices tengo. A mi edad ya no hay tiempo para el miedo. —me
dice, extendiendo la mano.
Yo se la observo. Es una mano enorme, fuerte y callosa,
tapizada de pelos hirsutos y rebeldes. Los surcos que tiene por todas partes
parecen pequeñas pistas de aterrizaje, figuras de demonios, crucos como los que
dicen que se ven en Nazca desde el aire. Pero aquí estamos en Lisboa. Nada que
ver.
—Un día por poco me llevo
la mano entera —suelta con la boca
abierta—. Fue hace años. Tuve que
dejar de trabajar por casi un mes. Nada de sangre, nada de grasas, nada de
suciedad, me dijo el medicucho ese. Pero esos malditos matasanos no entienden
nada de lo que hago, no saben que uno lleva estas cosas en la sangre.
—Si —dije
pensativa—, sangre con sangre, ¿no es
cierto?
—Eso. Sangre con sangre;
tú sí que me entiendes niña.
El solomillo se ha ido achicando hasta volverse un filete de
una delgadez extrema. Este carnicero es todo un maestro. Y dice que sabe muchas
cosas. Siempre me lo dice, me lo recuerda, me lo zampa a bocajarro. Y yo me
estremezco cuando lo hace. A mis dieciséis yo también sé de algunas cosas que él
ni se imagina. ¿Cómo podría saberlo? Tal vez si algún día pudiera estar un
momento en la sala de mi casa, lo sabría. Oiría todo lo que escucho a diario,
los gritos, los suspiros, las ansiedades, la sarta de majaderías que grita mi
madre cuando está encerrada con mi padrastro.
—A ver qué día te escapas
para acá, niña, y te enseño algunas cositas que todavía no sabes. —dice
con la boca medio torcida.
Yo sólo lo miro, lo observo fijamente. Veo en el fondo de sus
ojos un reflejo de ansiedad, aquel destello que casi siempre advierto cuando
estamos solos en la carnicería.
—Ya te podrás imaginar que
a mis cuarentaytantos —suelta de nuevo—,
he recorrido mucho mundo. No solamente este carnicero sucio conoce de carne,
sino de muchas otras cosas que son interesantes, sobre todo para una jovencita
tan linda como tú. No me vas a decir que no has pensado alguna vez en eso. ¿Te
figuras todo lo que te podría enseñar, niña?
Siempre me lo repite, siempre me habla de una promesa que
alude a la enseñanza. Me lo dice con terquedad en un murmullo dulce y
misterioso, con la voz medio quebrada y como si los ecos que salen de su boca
requiriesen de mi respuesta, de algún soliloquio mío, de una palabra vaga que
pudiera yo decir que le permitiese capturar un pensamiento fugaz, un ansia
contenida, algún deseo escondido dentro de mi pecho. Pero yo nunca le contesto,
sólo lo miro; miro sus manos enormes, los largos tramos de sus brazos gruesos y
vellosos salpicados de sangre. Miro todo eso y me siento alterada, temblorosa,
como hipnotizada.
—¿Qué te daré hoy, niña?
¿Más carne triturada?
Muevo la cabeza, asintiendo.
—Ahora mismo te la
preparo, pero por todos los santos, atiende a lo que te digo. ¿Cuándo te dejarás
enseñar? Sólo dame una señal, yo sé que puedes, que ya estás es edad.
Vuelvo a sonreír nerviosamente. Sus manos han abierto la
nevera y un trozo de carne roja rebota contra la superficie de la tabla
ensangrentada. Ahora corta, corta la pieza en cachitos destazándola con
despiadada precisión.
—Dos kilos. —digo
en un susurro.
—Ya lo sé, ya lo sé.
Siempre me compras lo mismo.
Lo que él ha dicho es cierto. Mi padrastro es un imbécil
comilón y mi madre, una cumplecaprichos de mierda. Mueve los trozos hacia la
máquina y los mete por la boca del embudo de hierro. Acciona una palanquilla y
la carne comienza a moverse. El sinfín de la máquina trituradora la engulle, la
engulle lentamente como me engulle su mirada acerada, sus palabras lisonjeras,
sus absorbentes insistencias por enseñarme cosas.
Desde hace un año, cuando empecé a frecuentar su tienda para
comprarle carne triturada, me dice lo mismo, me trata de la misma forma. Sus
palabras tienen para mí un significado distinto, son energía pura, contienen una
fuerza explosiva que me hace tiritar. Y no es casual que fuese hace un año
cuando iniciara mis tocamientos en la soledad de mi cuarto recordando todo lo
que me decía, recreando cada verbo suyo, cada sílaba, cada frase, mientras
palpaba mis senos, mis sobacos, el centro de mis muslos, las orillas de mi
vagina. Entonces comencé mi carrera furtiva por autoexaminarme toda, por
conocerme a fondo, por intuir mis múltiples posibilidades de regalarme placer.
La naciente vellosidad en los brazos, en el pubis, en el
canal de las nalgas, en las axilas, me ayudó a profundizar en mis exploraciones.
Siempre me agradó palpar el senderillo negruzco que me nacía en el ombligo y que
acababa perdiéndose en mi triángulo piloso. Deshilachar esas hebras negras con
los dedos crispados era tan plácido como insertármelos durante horas en el canal
de mi gruta hasta que quedaba saciada, hasta acabar tendida en el lecho como si
fuera un guiñol.
Fue un despertar muy dulce, algo completamente nuevo que se
me apareció de repente para formar nuevas ideas, esas ideas fantasiosas que
surgían como verbo incandescente de la boca del carnicero transformándose al
final en hechos íntimos, en hilos de pasión vibrante, lasciva, grosera. Sí; las
palabras de aquél hombre me provocaron todo eso, sus insistencias me avivaron,
me llevaron a probar, a sentir, a experimentar, y fue así como comencé a
utilizar mis manos, mis dedos, y muchas cosas más.
Mira nada más niña como te han crecido los pechos, ya debes
usar la talla superior, ¿verdad?; a mí no puedes mentirme, tu cintura es la de
una sirenita de tierra, ya eres toda una mujer, —me
repetía—. Y qué hermosas piernas
tienes, son fuertes y bien formadas, y por eso las faldas te sientan fenomenal.
Seguro que ya tienes un mundo de pelitos. ¿Me dejarás saberlo? Y yo bajaba la
vista avergonzada, sumisa.
Vamos, niña, —volvía
a insistir—, no es nada del otro
mundo, piensa que no tienes que mostrarme lo que hay allá abajo; existe otro
modo más práctico de saberlo. Y yo le preguntaba cuál era. Entonces él me decía
que era muy fácil porque podría saberlo si sólo le mostraba lo que se apelmazaba
en mis axilas, tan sólo eso.
Yo me sentía acalorada por la sofocación; había un fuego que
me escaldaba la cara. Vamos, muéstramelas tantito, —insistía—;
tan solo una miradita y ya.
Y yo, temblando de la emoción, levantaba los brazos tan solo
unos segundos, muy atenta a sus suspiros, a su mirada contenida, a sus gestos de
aprobación, a sus meneos de cabeza, al ardor que despedían sus acerados ojos.
Todo eso me agradaba, me complacía, me azoraba.
Entonces él me pedía que me diese la vuelta, que girara el
cuerpo para admirar mis caderas, mi cintura, mis nalgas, buscando descubrir un
rasgo nuevo, resaltar un atributo, puntualizar mi mutación a mujer. ¡Cómo le
gustaba que modelara para él! Y yo me sentía como una reina, la más admirada, la
que es objeto de toda la atención. Así habían ido las cosas este año, desde los
quince a los dieciséis, sintiendo su mirada al pendiente de mis cambios, de mi
metamorfosis, de la transformación de cada línea de mi cuerpo.
Eres la diosa más linda entre las jóvenes, la más perfecta
que haya visto en mi vida, —soltaba en
un murmullo trémulo—. Cosas tan lindas
como estas me decía; él estaba al tanto de todo. Y todo esto sucedió en un año.
Y a mí me parecía como si el tiempo hubiese ido demasiado rápido.
Pero mientras tanto yo gozaba, experimentaba, comprobaba;
palpaba ahí donde él me señalaba, donde decía haber descubierto un cambio nuevo
en un intento vano por capturar estos progresos con mis propias manos. Al
principio sólo usaba las manos, un dedo, o dos, o tres. Pero después sentí la
necesidad de algo más. Mi mente se debatía entre pensamientos insólitos para
experimentar, sobre todo al escuchar los gemidos de mi madre, sus gritos a todo
pulmón, sus exigencias nocturnas, sus titubeantes devaneos.
Las cosas fueron así hasta que vislumbré una posibilidad en
la redondez de los labiales de mamá, en el rotundo mango de mi cepillo, en la
muda promesa del desodorante tubular que veía sobre el tocador. Eran objetos
fantásticos, pero fue también genial aprender a probarlos uno a uno, a
metérmelos poco a poco hasta que mi vulva los absorbía por completo, siempre
pensando en las dulces palabras del carnicero.
Y ahora, parada frente a él tras el mamparo inoxidable, todas
esas experiencias me parecían tan vivas como si él mismo las conociera a
detalle. ¿Pero cómo podría saberlas él? Intuirlas, quizás sí, pero no creí que
lo sospechase en lo más mínimo.
Su recia voz me sacó del limbo en que me hallaba sumida:
—Mira esta calidad de
carne, niña. Sabes que te doy de la mejor, la más suave, la más fresca.
Yo asentí. Sabía que él se esmeraba en darme lo mejor. Y mi
padrastro igualmente lo sabía, pues siempre se lo decía a mi madre. Y ella, para
cumplir sus caprichos, siempre me mandaba a comprar a mí. ¡Maldito goloso de
mierda!
—Niña —volvió
a decir—, de una semana para acá has
mejorado mucho. Tú vas rápido, creces muy de prisa, y yo estoy al tanto de cada
uno de tus cambios. ¡Qué linda te ves así mojada! Estoy viendo a la más linda
sirenita que acaba de salir del mar; por todos los santos que esa eres tú, ¿qué
no te has visto? Vamos, preciosa, anda a mirarte en ese espejo.
Señalando con el dedo la media luna de vidrio engarzada en la
pared, me insistió:
—Anda niña, ve a verte ahí
para que compruebes lo que digo.
Me encaminé dócilmente hacia el muro sin dejar de sentir su
mirada sobre mis nalgas. Ya frente al marco, me alisé los cabellos con las
manos. Entonces el carnicero, bien atento a lo que hacía, casi me gritó:
-Sigue…sigue mirándote así; ¿no te das cuenta que de ese modo
puedo advertir como mejoras? Sabes que me agrada admirar el crecimiento de tus
vellos, niña, y ahora me doy cuenta que no te has tocado ahí, que debajo de tus
brazos ha crecido la pelusa, pero así está mejor.
Una nueva oleada caliente me invadió todo el cuerpo pero no
hice intentos por bajar los brazos. En realidad me agradaba que él adivinara
todo eso, que fuera tan acertado, que calculara con absoluta precisión, tan solo
por la visión del mapa de mis axilas lo que me ocurría allá abajo, en mi
triángulo anhelante, en mi monte hirsuto, allí donde la mata crecía y crecía sin
que jamás se detuviese.
—Sí, no hay duda que debe
ser una cosa impresionante, y eso que apenas tienes dieciséis. Qué barbaridad
contigo, niña, cada vez me deslumbran más tus cambios. La sirenita de piel
blanca y mojada es dueña de los brazos más hermosos teñidos de negro por debajo
y en todos sus rincones; una negrura incomparable igual a la que hay entre sus
muslos aunque aún no lo haya visto.
Bajé los brazos sintiendo una zozobra desquiciante. Las ondas
ardorosas que emanaban de sus palabras me golpeaban tan fuerte como me había
golpeado la lluvia camino de la carnicería.
—¿Cuándo dejarás que te
vea, que te admire, que compruebe todo lo que sé que hay en tu cuerpo? Piensa
niña, por todos los santos: si te vas algún día ya no podré decirte nada, no
podré enseñarte nada de lo que quiero que aprendas. No me prives nunca de ese
privilegio. Sólo tienes que decir una palabra, la palabra mágica. ¿Qué dices?
Bien sabía que durante todo un largo año yo no había sido
inmune a su persuasión, a sus insistencias, a sus cálidas frases insinuantes. Me
iba preparando poco a poco, a fuego lento, y mi cuerpo y mi mente recibían sus
bombardeos con un anhelo recalcitrante que me motivaba, me penetraba, me colmaba
de enjundia. Estaba cierta que había sido justamente por las cosas que me decía
que había ido descubriendo a solas mi cuerpo, mis puntos de placer, mis
emociones escondidas, y a partir de ahí había yo desarrollado las prácticas
secretas en que me había refugiado. Pero verdad era que nunca había respondido a
esa pregunta, la pregunta que siempre me hacía cuando acudía al expendio.
Una palabra, una sola palabra era lo que me pedía. Y esa
frase me retumbaba en el cerebro. Me retumbaba esa palabra en esta tarde
lluviosa, opaca y gris; una tarde que yo odiaba sin saber por qué.
El hombre me había estado conduciendo poco a poco a los
linderos de la afirmación, a conocer las novedades que con tanto ahínco me
ofrecía. Sí, era una sola palabra, y lo sabía.
—¿Qué tanto me quiere
enseñar? –pregunto con timidez.
—Ay niña, ya te lo he
dicho; son muchas cosas, muchas cosas bonitas que tú no conoces. Estás muy joven
para saberlo, pero un hombre como yo tiene la paciencia necesaria para
mostrártelo. Ningún joven de tu edad lo haría mejor y eso sería el peor error.
Por todos los santos, niña, ¿no te das cuenta que yo sé lo que necesitas?
Recuérdalo, es sólo una palabra, sólo eso.
Suelto un largo suspiro de indecisión. A pesar de su
insistencia me siento titubeante. El carnicero ha clavado sus ojos en mis brazos
doblados y escudriña debajo buscando algún resquicio para verme las axilas, como
intentando descubrir un rastro nuevo, una nueva motivación, algo que le muestre
más de lo que mi cuerpo le ha mostrado cada que lo recorre de arriba abajo como
si estuviese desnuda.
—¿Y qué es lo que
necesito? —suelto débilmente.
—Mecachis, niña. ¡Si te lo
digo, se perderá la sorpresa! —exclama
sonriendo, sin dejar de mirar la máquina trituradora—.
¿Sabías que eso de la sorpresa tiene un gran significado cuando uno se decide a
aprender cosas que desconoce?
Miro las hebras coloradas y pespunteadas por manchitas
blancas que vomita el triturador y que caen lentamente sobre el papel encerado.
Parecen gusanos vivos. El carnicero mete la mano entre el montón de carne molida
para llevarlo a la báscula.
—Dos kilos y tu ñapa
—dice, guiñándome un ojo—.
Sólo a ti te doy de más; a la otra gente le despacho el peso justo.
Yo vuelvo a mirarlo a la cara. Tiene el rostro sudoroso y su
camisa está empapada. Es un hombre corpulento, alto y cejijunto. Debajo de sus
pobladas cejas hay dos luceros grises que me observan y me desnudan. El delantal
no puede ocultar la curvatura de un vientre que sobresale. Pienso que debe comer
mucha carne. Y cómo no, si la tiene a la mano.
—Siempre he querido saber
más… pero no me atrevo. —musito con
timidez.
Él está envolviendo el paquete para meterlo en una bolsa de
plástico.
—Ay niña, lo de atreverse
no es problema. Con una sola palabra es suficiente, y decirla no es tan difícil.
—¿Y cuál es esa palabra?
—¿Qué no lo sabes?…
siempre hemos hablado de eso.
—Pues sí, pero….
—La palabra mágica que
tienes que decir es SI. De otro modo no podría enseñarte nada.
El rubor vuelve a pintarme la cara y él se da cuenta de lo
que estoy sintiendo. Repentinamente vienen a mi mente los ecos que escucho a
diario en la sala, dentro de mi cuarto, cuando mi cuerpo tirita imaginándome
cosas.
Son ahora tan nítidos que parece que se producen dentro de la
carnicería. Recuerdo todos esos sonidos groseros, desvergonzados y palpitantes
que mi madre expresa cuando está encerrada con su amante. Todo lo que ella
balbucea me hace vibrar de emoción, una emoción febril. Pero nadie lo sabe, ni
siquiera el carnicero. ¿Cómo podría saberlo?
Sé que mi madre permanecerá encerrada mucho tiempo con el
tipo ese, un tipo al que odio. Por ello sé bien que tengo tiempo, que me puedo
demorar, que a ella no le importará la hora en que regrese de comprar. ¿Una
palabra? Él carnicero dice que es una palabra, una sola; y él dice que solo
tengo que decirla.
—Bueno…SI… quiero que me
enseñe...
A pesar de la anhelada confirmación, veo que el hombre me
mira con ojos de incredulidad.
—¿Ahora mismo? ¿Estás
segura?
Yo asiento con la barbilla temblorosa.
Él vuelve a mirarme fijamente, como si lo que acabara de oír
fuese una afirmación incierta, una mentira falaz. Pero su desconcierto sólo dura
unos instantes. Sin decir palabra costea el mostrador y va hasta la puerta para
asomarse a la calle. Luego la cierra por dentro. Regresa a mí despojándose del
guardapolvo.
—Ven para acá —me
susurra en voz baja—. Tenemos que
apurarnos porque no hay mucho tiempo. Hay clientes que vienen por la noche y
debemos cuidarnos de cualquier mirada.
Yo lo sigo. Entramos por una puertecita de acero reforzado.
Es una de las cámaras frigoríficas donde hay varias canales que cuelgan de unos
ganchos ensangrentados. El suelo está sucio pero yo no dejo de mirar el centro
de sus anchas espaldas. El carnicero acciona una palanca y los motores de
enfriamiento se detienen. Luego se voltea hacia mí para mirarme con ojos
perplejos, como si no creyera lo que está ocurriendo.
—Niña bonita, por fin
aprenderás de mí. Debes saber cuán largo se me ha hecho este año.
Yo sólo tengo aliento para suspirar profundo. Mis piernas
están tan temblorosas que temo se de cuenta de mi debilidad. Lo recorro de
arriba abajo y advierto su prominente barriga que sobresale del cinturón. En sus
ropas hay restos de sangre y su cuerpo huele a sudor y a carne de bovino. Se me
acerca por un costado para insertar sus manos entre mis cabellos mojados. Ahora
arrastra entre sus dedos algunos hilos negros, húmedos y brillantes, y los
acerca a su nariz para oler intensamente.
Siento que una de sus manos comienza a jugar con mis pechos
apretándolos, ciñéndolos con la palma. Luego me desabotona la blusa y me
desabrocha el sostén. Mis tetas están tan duras que no puedo creer que se me
pongan así. Mis suspiros se intensifican cuando el carnicero me levanta un pezón
para metérselo en la boca. Su lengua es ahora como una pluma caliente que se
desliza por las puntas, por las areolas, por todo el globo palpitante. Con los
ojos cerrados recibo la caricia, mi primera caricia, la primera vez que una boca
de hombre se posa sobre mis pechos. Él va saltando como los pajarillos, de un
pecho al otro, succionando, absorbiendo, lengüeteando mis suaves carnes. Yo no
puedo reprimir los jadeos.
De repente me ha despojado de la blusa y la ha colgado del
gancho donde se halla su mandil, para quedar desnuda ante sus ojos de la cintura
para arriba. Siento su mano caliente que trabaja sobre el zipper de mi falda, mi
empapada falda, hasta que logra descorrerlo. Muy pronto la mojada prenda va a
hacerles compañía a las otras, y ahora sólo estoy en pantaletas. El carnicero se
detiene un momento para verme, para admirarme, para llenarse la pupila con mi
cuerpo, con mis formas, suspirando intensamente.
Así, con la pantaleta puesta, el hombre comienza a recorrer
mi cuerpo con su boca, con su lengua, chupando y aspirando mis olores, mis
sudores, todos los sabores que mi piel le pueda dar. Es tan diestro en las
caricias como a tantas veces lo imaginé. Ahora siento sus dedos gruesos y sucios
ingresar por un costado de la braga buscando mi vulva con avidez. Al descubrir
la hendidura se solaza en frotarme un dedo entre los labios, a todo lo largo, y
un largo gemido escapa de mi boca.
—Pero niña, si estás toda
inundada, y no creas que es por la lluvia.
A pesar de su dulce insinuación yo ya no tengo fuerzas para
responderle nada. Ahora sólo tengo aliento para aprender todo lo que me quiere
enseñar, lo que me quiere mostrar, lo que me quiere hacer, pues sé que mis
anhelos hasta entonces reprimidos me devoran, van cobrando vida, una vida que se
desgañita, que se retuerce entre dos manos gruesas y vellosas llenas de
cicatrices, y unos brazos peludos que me ciñen la piel.
De repente el carnicero se ha detenido para jalar una
bocanada de aire. Me hace una seña indicándome que espere. Torna a la puerta y
va hacia la sala de corte. Casi en seguida vuelve con una silla metálica que le
sirve de asiento. La acomoda junto a mí y comienza a quitarse la ropa. Pronto
sus vestimentas van a dar sobre las mías, en el mismo gancho ensangrentado que
ahora cuelga casi encima de mi cabeza.
Miro detenidamente su cuerpo. Se trata de un mastodonte de
unos ciento veinte kilos en cuyas carnes no hay un solo centímetro sin pelos.
Reconozco que en vez parecer un hombre se asemeja en realidad a un simio. Pero
no sé por qué me gusta verlo así. Su piel es blanca, pero su textura albina se
halla cubierta por la gruesa capa vellosa y oscura. Confirmo que su vientre es
aún más prominente de lo que había supuesto, pues ahora, liberado del cintillo,
su abdomen se ha desparramado hacia abajo formando una bola inmensa que le
oculta todo el pubis. Entonces me abraza.
Su abrazo es como el abrazo de un oso, de un plantígrado
peludo escapado de una selva. Pero todo aquel cuadro me enciende, me derrite, me
atiborra de ansias nuevas sin que pueda esbozar una palabra. El carnicero ni se
inmuta. Se ve que está dispuesto a llevarme poco a poco a su objetivo y yo
también estoy dispuesta a obedecerle.
El hombre me suelta de repente para poder sostenerse del
respaldo. Mete una mano bajo su velloso vientre y yo le miro manipular algo que
reluce entre sus piernas. Su mano enorme se mueve lentamente hacia delante y
hacia atrás mientras su mirada me recorre todo el cuerpo. Yo estoy temblando. No
pasa mucho tiempo para que pueda ver el miembro aprisionado entre sus dedos;
está tan endurecido que sobresale completamente enhiesto entre la erizada jungla
negra que oculta en parte sus dos bolas colgantes, tan híspidas o más que el
resto de su piel.
Inopinadamente suelta aquella cosa que retiembla toda tensa y
yo la miro balancearse como péndulo de campana. Es gruesa, demasiado gruesa, tal
como me lo sugería el grosor de sus peludos brazos. Clavo mis ojos en aquel falo
delirante y vuelvo a temblar como jalea en conserva. Esa cosa me asusta, me
llena de terror. Pero el carnicero está tranquilo, muy dueño de sí, como si su
experiencia le diera el equilibrio que se necesita en momentos como este.
Ahora me mira y me recorre con sus ardientes ojos. No hay
duda que le gusto, le gusto tanto o más de lo que me ha expresado hasta el
cansancio a lo largo del último año. Y está más que dispuesto a enseñarme lo que
sabe, a imbuirme sus conocimientos, esa instrucción que toda joven tarde o
temprano necesita. Sin haber conocido las dimensiones exactas de su pene
reconozco que él tenía razón; que haberlo hecho con un joven de mi edad hubiese
sido un craso error. Y ese pensamiento me motiva aún más a intentar lo que mi
mente registra como imposible.
Mi maestro e instructor, de pie frente a mi semidesnudo
cuerpo, me ha hecho una señal. Yo no comprendo muy bien lo que me pide, pero él,
versado como el que más en estos juegos, se ocupa de susurrarme al oído lo que
espera de mí. Yo le sigo muy atenta tratando de interpretar sus ambiciones.
Entonces me arrodillo frente a él con la cara pegada a su pubis, justo debajo de
su voluminosa barriga. Él me ha acercado el tieso pájaro para meterlo entre mis
húmedos cabellos. Juega con mi pelo, me roza el cuero cabelludo, las orejas, las
sienes. Lo acerca hasta mi cara y me lo frota en las mejillas, me lo pasa por
los labios, los ojos y la barbilla.
Sentir el desquiciante frote me enciende de lascivia y acerco
mis delgadas manos para tocarlo, examinarlo, para conocer su textura. Mis ojos
contemplan una verga tan gruesa que el espanto me vuelve a llenar de terror.
Pienso que es un miembro regular, pues ya antes, en ciertas revistas que
llegaron a mis manos, ciertamente había admirado unos penes aún más largos. Pero
el grosor de éste que estoy tocando con mis manos es fenomenal. Es corto pero
muy grueso, así es más o menos como podría describirlo. Estimo que es casi el
doble de grueso del mango de mi cepillo, aunque mi desodorante favorito es
también muy ancho.
De todos modos me siento confundida a pesar de los deseos que
me aturden y me incitan a tocar por primera vez un pene masculino, tan peludo y
tenso como un palo. Paso los dedos por la superficie oscura y puedo sentir las
gruesas venas que lo surcan a lo largo. Aún mi mano, completamente extendida, no
alcanza a envolverlo totalmente y eso me atemoriza. El carnicero está atento a
mis maniobras recibiendo las caricias con la boca abierta. Yo imagino lo que
debe disfrutar al sentir mis manos manipulando su pene. Sus sueños más absurdos
deben estarse cumpliendo y eso le debe producir inmensa dicha.
En sus labios aparece de repente una leve sonrisa de
satisfacción y de triunfo, un triunfo a punto de consumarse, la conquista de la
bestia sobre la bella, del carnicero sucio sobre la sirenita virgen. Decidida a
acatar sus instrucciones me acerco el grueso miembro a los labios. Mi lengua
aparece entre mis labios y comienza a deslizarse a través del venoso artefacto,
que ahora siento cada vea más tenso. Es en verdad una delicia poder sentir su
acariciante pájaro palpitando entre mis labios. Hago intentos por metérmelo en
la boca pero su grosor extremo no permite contenerlo. Entonces tengo que
conformarme con lamerlo por fuera, por toda la superficie, llegando hasta la
inmensa fronda de pelos de su pubis y retornando suavemente con la lengua de
fuera hasta la punta, cuya enorme cabeza parece querer huir hacia arriba
escapando de mis manos.
Pero yo no estoy dispuesta a soltar el grueso caramelo que
cada vez me produce más ansias. Lamo, chupo, absorbo, succiono lentamente el
grueso corazón de su glande y me ejercito con deleite inconfesable con el pedazo
de carne cobriza que late ardientemente entre mis dedos. Por largos minutos no
me canso de mamarlo, de hacerle caricias, arrumacos tiernos, todo eso. El hombre
sólo gime con la cabeza ladeada, sin dejar de mirarme, encendiéndose cada vez
más ante mis tiernas manipulaciones. Imagino que a sus ojos mi cabeza en
movimiento debe ser todo un espectáculo, un espectáculo digo de un plantígrado
como él, tan versado en las artes de la seducción de señoritas.
Pero a mí me importa muy poco que este hombre sea o no un
seductor. Todo lo que me importa ahora es ser yo quien lo disfrute, que por fin
pueda disponer para mí sola de su herramienta tan sublime, forjada por la
naturaleza justo para hacer estas cosas tan excitantes. Me complazco en lametear
su palo y golpearme con él la cara, la frente, las mejillas. Lo hago por largo
rato suspirando de lujuria y sin poner atención en sus facciones, hasta que
algunas gotitas blancas comienzan a aparecer por la punta.
Entonces el hombre oso se repliega, hace una pausa
estratégica, me aparta suavemente con las manos. Yo tengo que mirarlo
interrogante sin comprender su actitud, aunque lo intuyo. Debe estar a punto y
para él sería desastroso. Él se da a la tarea de levantarme cogiéndome de las
axilas. Ahora acerca su barba punzante a mi cuello para besarme una y otra vez
agradecido por mi actuación. Tan delirante debió parecerle mi chupada que vuelve
a abrazarme con fuerza levantándome del suelo. Siento sus dedos hundirse en mis
sobacos y su áspera lengua posarse entre mis pechos.
Me chupa la carne, se adhiere a mis pezones, me muerde las
puntas y me sopla en los oídos. Yo, con los ojos cerrados siento que me derrito.
Mi piel se ha convertido en carne de gallina ante sus caricias y mis suspiros se
revuelven con el aire. Me suelta.
Va a sentarse sobre la silla y me jala de la mano. Me indica
que me suba a sus piernas, montada frente a él, y yo lo hago. Sus manos
comienzan a tocarme por todos lados, lentamente. No pareciera que un hombre de
su talante pudiera acariciar así, no al menos para una jovencita inexperta como
yo.
A horcajadas sobre sus velludas piernas mi cuerpo parece más
el de una muñeca que el de una chica anhelante que arde en la lascivia. Todavía
tengo puesta la braga, pero él no ha hecho intentos por quitármela y eso me pone
voluptuosa. Mis pechos se bambolean ante los embates de su boca y siguen
creciendo como nunca pensé que crecerían. Yo trato de mantenerme pegada a su
barriga, recibiendo el roce de sus pelos y la tibieza de su lengua que me abrasa
los pezones.
Luego de deleitarse ampliamente con mis tetas se aboca a
trastearme los brazos, el cuello y las axilas. Un violento impulso de lujuria me
induce a levantar los brazos para agarrarme de un gancho para sostenerme en él.
Ahora el carnicero tiene mis sobacos y mis pechos a su merced y yo permanezco
con el cuerpo doblado hacia atrás, moviéndome lentamente sobre sus piernas,
recibiendo la caricia de sus pelos en la parte baja de mis muslos.
El hombre me chupa, me lame, me absorbe la piel, arremete
contra mis axilas y succiona mi sudor, mis secreciones, todos mis líquidos. Por
primera vez descubro que esa parte de mi cuerpo es en extremo sensible a la
tersura de la lengua humana y comienzo a gemir, a suspirar, a pedirle que me
mame más ahí. Yo, la verdad, me había tocado repetidamente las axilas durante
mis masturbaciones más furiosas, pero ahora comprendía que no era igual.
De repente han venido a mi mente los gritos de mi madre y los
repito, los emulo como si yo fuera ella, atreviéndome a expulsar toda clase de
improperios que el carnicero quizás nunca imaginó. Pero él no se detiene nunca,
sólo me mama, me chupa con todas sus fuerzas. Me pasa la lengua por los brazos,
los sobacos, las tetas, y yo me retuerzo como una danzarina que quiere recibir
más, recibirlo todo hasta quedar ahíta, aprender lo que nunca había aprendido.
Un escozor caliente brota del interior de mi vulva
salpicándome los muslos pero entiendo que tengo que esperar. Desde el principio
estuve dispuesta a actuar pasivamente, a recibir, a gozar, a comprenderlo todo.
El carnicero no se cansa de chuparme el cuerpo gimiendo y suspirando, jadeando
entre susurros entrecortados. Me abraza fuertemente contra él y me lame sin
piedad de arriba abajo, y yo estoy a punto del orgasmo, de ir en pos de un
torbellino que ya empieza a sacudirme.
Después de soportar el largo y deleitoso tormento, el hombre
parece estar listo para lo que viene. Lo intuyo así cuando me levanta un poco
por las nalgas a fin de despojarme de la braga. Una vez liberada de la tela
tengo tiempo para volver a ver el miembro que se levanta gallardo bajo su
voluminoso vientre. Su verga al parecer ha crecido y ahora está tan tensa y
encorvada que parece que se doblara hacia arriba. Pensar en ello me vuelve a
provocar temor pero también me colma de inconfesable lujuria.
—No…no quiero que me
lastimes. —musito en una súplica que
me ahoga.
—No lo haré niña… sólo haz
lo que yo te diga.
En un gesto de mudo asentimiento y con los ojos puestos en su
verga, dejé que me llevara mansamente, sin oponer resistencia, aunque confieso
que en aquel momento todos mis sentidos estaban puestos en la ansiada
penetración. No era la primera vez que un objeto me penetraba, eso lo sabía muy
bien. Muchas veces, a lo largo del último año, me había metido cosas que me
calentaban mucho y también me había masturbado con el desodorante adentro, que
era lo más grueso que había soportado. Incluso en ocasiones se me deslizaba más
de la cuenta perdiéndose en mi gruta en tanto me vaciaba con ferocidad animal.
Pero nunca me habían metido una verga de verdad, y mucho menos tan gruesa como
la que portaba este oso tan peludo, mi maestro seductor.
El carnicero maniobró bajo su barriga hasta que tuvo a modo
su pene.
—Por todos los santos,
niña, anda tócala, acaríciala, pégale unos jalones…quiero que la sientas antes
de que te la meta.
Moviendo una mano hacia abajo cogí su miembro endurecido y lo
palpé, apretándolo con fuerza. El pedazo de carne estaba tan enhiesto y duro que
recordé el solomillo que él mismo desmembró un poco antes sobre la tabla. Su
cabeza era muy gruesa y palpitaba igual que aquel trozo ensangrentada mientras
recibía los estiletazos de la cimitarra partiéndose en pedazos. Volver a sentir
mis dedos acariciando su pene le provocó un espasmo que no pudo ahogar en su
boca.
—Está muy dura —musité
temblando—. Es…es demasiado gruesa.
—Lo es —resopló
él—, pero no tengas miedo. Otras
chicas con menos edad que tú lo han absorbido hasta el tope, y todavía respiran.
Sus palabras, aunque me eran desconocidas, tuvieron la virtud
de calmaron un poco e hicieron que tomara más confianza. A pesar de mi
excitación, una insana curiosidad me llevó a preguntarle:
—¿A cuántas chicas se lo
ha metido? Vamos, dígamelo.
El hombre, sin que al parecer le preocupara que yo lo
supiera, cerró los ojos intentando recordar.
—Creo que a cinco o a
seis…o tal vez más; no llevo la cuenta, niña.
Entonces seré la séptima; no es un mal número.
Él asintió sonriente.
Cegada por un deseo monstruoso, volví a ceñir entre mis dedos
aquel miembro que ahora me parecía bestial, un miembro de un oso verdadero.
—Vamos… —bufó—.
Te lo pondré en la rajita y tú misma podrás introducirlo como mejor te parezca,
sólo procura moverte sobre él. ¿Estamos?
Yo asentí.
El hombre me acomodo la gran cabeza en la puerta de la gruta,
que era como la grieta de una cueva diminuta e inundada por efluvios. Moví mi
grupa hacia adelante tratando de acoger al intruso por el glande, pero una
punzada de dolor me hizo gritarle:
—Ay, no no noooo…creo que
no podré con él….es demasiado grueso.
—Te dije que no pienses en
eso, niña. Trata de nuevo y verás que sí te cabe.
Con los ojos completamente abiertos por la osadía, volví a
sentarme otro poco por encima de su lanza. La gruesa punta me abrió los labios y
se posicionó de un golpe entre mis pliegues. Escuché claramente el chap chap que
produjeron mis fluidos al aglutinarse en torno de su gran pájaro oscuro. Él
hombre tenía razón. Ahora experimentaba una oleada salvaje, una descarga de
lujuria que me impulsaba a moverme otro poco, a bajar un poco más mis nalgas
sobre su miembro erguido, y así lo hice.
Su verga fue penetrándome lentamente abriéndose paso entre
mis carnes nubiles. Los pelillos de mi vulva estaban tan mojados que podía
sentir la húmeda compresión que me empapaba los muslos, el tronco de su falo, la
base llena de pelos de sus enormes huevos. Esa licuefacción tan extraña que
surgía de mi hendidura provocó que en un segundo intento su verga me penetrara
un poco más, abriéndome, colmándome, atiborrándome de carne tibia. No niego que
sentí que algo se me desgarraba por dentro, pero no tuve aliento para contener
la presión que el carnicero ejercía sobre mis caderas para impedir que me
levantase, impulsándome hacia abajo.
El golpe que siguió fue tan seco que tuve que quedarme quieta
unos instantes. Traté de verlo a la cara para interrogarlo con un gesto,
intentando saber si la había metido toda, pero el hombre ya no estaba en sus
cabales. Sumido en una nube vaporosa él sólo se movía velozmente entrando y
saliendo de mi cavidad con pasmosa resolución. Traté de gritarle que se
detuviera pero mis gemidos se ahogaron en mi garganta al sentir la gruesa punta
que me taladraba por dentro. Supe en aquél momentos que algo sucedió; no sé si
fue el efecto de la dilatación de mi raja o las increíbles sensaciones de placer
que comencé a sentir. Lo único que sé es que mi talante cambió cuando la
molestia se tornó en deleite, y entonces fui yo misma la que le secundó en sus
movimientos meneando las caderas en un vaivén impresionante.
Confieso que me sentí plenamente colmada por aquel solomillo
de oso, empalada y ahíta, gozando del bocado más grandioso que hubiera conocido.
Nuestros cuerpos se trenzaron en una lucha irracional, bajando y subiendo,
subiendo y bajando, y su obeso pene entraba y salía una y otra vez de mi pequeña
hendidura mientras la cara del hombre se contraía entre feroces espasmos.
Cabalgué como amazona primeriza apretando y soltando los
pliegues de mi vulva en torno de aquel tornillo descomunal que ahora me
traspasaba, me abría, me desgraciaba. Fueron largos los minutos que nos
mantuvimos en acción desenfrenada, moviéndonos rítmicamente al son de nuestros
gemidos. Eran gritos ansiosos, clamores brutales, los mismos gritos y gemidos
escuchaba por las noches cuando mi madre y su amante se entregaban al
libertinaje. Pero esta vez la libertina era yo; yo que tanto critiqué a mi
propia madre y que ahora lo pagaba de la misma forma, con el mismo eco bestial
que tantas veces oyera y que tanto me chocaba.
No pude evitar que un cúmulo de sensaciones nuevas se
agolparan como remolino en el canal de mi sexo produciéndome una serie de
pulsaciones que latían con mucha fuerza y que apretujaban su miembro con
fruición. Y de pronto esas sensaciones acumuladas explotaron como bomba en lo
más hondo de mí, en el último reducto de mi vientre, en el centro de mi
estremecido estómago, y entonces comencé a jadear como una perra en una agitada
danza, atravesada por completo con aquella verga monstruosa que por fin me había
desflorado en lo más íntimo.
Fueron dos o tres veces las que me sentí estallar mientras le
gritaba que no se detuviera, que continuara ensartándome, que tuviera piedad de
mí. El carnicero, por supuesto, seguía mis instrucciones al dedillo hasta que no
pudo contener su venida y se derramó inundándome con sus calientes chorros que
mi vulva succionó golosa.
Por varios minutos permanecí abrazada a aquel cuerpo
descomunal hasta que sentí que su miembro se aligeraba, deslizándose
discretamente hacia afuera. El hombre, haciendo gala de una calma que yo estaba
lejos de sentir, me tomó del brazo y me acercó al gancho en donde colgaba su
ensangrentado guardapolvo. Entonces se ocupó de limpiarme la vulva a conciencia
diciéndome las mismas palabras dulces a las que me tenía tan acostumbrada. Mi
sangre se confundió con las manchas rojizas del mandil, aunque casi estuve
segura de que había sangrado poco.
Ahora pensaba que tal vez los violentos encuentros con mi
desodorante tubular me hubiesen provocado acaso un prematuro rompimiento del
himen, aunque poco me importaba. Esta vez tenía puesto los ojos sobre el hombre
oso sin importarme que fuera un loco seductor de señoritas.
Cavilé que seductores así siempre serían bienvenidos por
aquellas chicas que supieran apreciar lo bueno sin dejarse llevar por los
prejuicios de la edad. Yo era una muestra palpable de todo esto que afirmo.
Lo miraba con ojos tan dulces que el hombre se sentía muy
satisfecho. Podía leerlo en sus gestos, en el brillo de sus acerados ojos, en el
modo en que miraba mi desnudo cuerpo.
—Ya pasó, niña. ¿Viste
como no fue tan doloroso?
Yo asentí emocionada y lo abracé, lo besé, lo apreté contra
mi espigado cuerpo sudoroso. Una vez más nuestras humedades se mezclaron, se
volvieron una, tal como nuestros cuerpos lo había hecho por más de dos horas.
—Gracias —le
dije sonriendo—. La verdad es que
aunque temía, en el fondo ya quería.
—Lo sé. Lo supe desde hace
tiempo. —respondió—.
Por algo tengo más años que tú, niña.
—¿Prometes que me
enseñarás más cosas?
—Pero por supuesto.
Lo miré con admiración, tanto como se mira a un amante que te
satisface hasta lo más profundo.
—No tengas miedo de contarme —volví a musitar, recostada en
el regazo de su peludo pecho—. Quisiera saberlo todo.
—¿De qué hablas, niña?
—Hablo de las chicas que te has cogido, de tus seducciones,
de cómo has procedido con ellas para tenerlas para ti.
—Ah, vamos niña. No me dirás que quieres hablar de eso en
este momento.
—Sí que quiero —digo resueltamente—. Si no me lo dices ahora,
creo que me moriré.
El me miró con ojos enternecidos. Comprendí que había tocado
alguna fibra interior y me dispuse a escucharle.
—Bueno —farfulló—. Como has podido darte cuenta, yo no soy
ningún galán. Tengo cuarentaytantos, soy barrigón, peludo y gordo, y además,
apesto a sangre de toro. No puedo ir compitiendo con esos chicos universitarios
que llevan el pelo lleno de vaselina. ¿Has visto a esos pelafustanes que salen
en la televisión?
—Los veo todos los días, pero son tan odiosos como mi
padrastro. La mayoría tienen pinta de homosexual.
Esta vez ha sido él quien se ha desternillado de la risa.
—Lo que quiero decir es que las chicas jóvenes se sienten
atraídas por hombres maduros pero no se atreven a aceptarlo. Mira, niña, que los
prejuicios tienen la culpa. ¿Recuerdas aquello que dijiste de sangre con sangre?
Yo asiento con la cabeza.
—Pues eso es un asunto parecido, digamos que es juventud con
juventud. Pero yo digo que a menudo eso es perjudicial para muchas mujeres
jóvenes. Si no experimentan antes puede que sus sesudas preferencias las
conduzcan al fracaso. Sólo hay que ver las estadísticas de divorcios, de
matrimonios fracasados. La mayoría estaban formados por jóvenes, y la causa
común suele ser la falta de talento para el sexo. ¿Qué dices a eso?
—Hummm, que no lo sabía. —respondo con emoción.
—Pero ahora lo sabes, niña. Cuando te insistía en que podías
aprender cosas conmigo es porque lo sabía perfectamente. Tú eres muy linda y
mereces ser feliz cuando te cases. Un día encontrarás al hombre que será tu
compañero, y entonces lo harás feliz sin que te importe el pasado. Pero lo harás
porque estarás entrenada, serás una joven mujer experimentada, que sabrá hacer
cosas, que podrá conducirse como una amante dispuesta a todo. No habrá miedos ni
frustraciones sino gozo y orgasmos por multitudes. ¿Comprendes ahora?
—Comprendo perfectamente. Entonces esas chicas que tú has
seducido, de algún modo son ahora mujeres entrenadas, ¿no es cierto?
—Sin duda lo son.
—Dime una cosa. ¿Hay alguna de ellas en estos momentos que
siga relacionándose contigo?
El hombre se lo piensa antes de responderme.
—Bueno, antes de contestarte quiero que me asegures una cosa.
—¿Cuál?
—Que no te molestarás por lo que diga. Que mi sinceridad no
será motivo de tu desprecio. Recuerda que aún tengo mucho que enseñarte.
No sin antes estremecerme, procuro asentir del mejor grado.
—No lo haré. —suelto en un susurro.
—Aquí vienen muchas chicas a comprarme mercancía. La gente
joven se siente atraída por la carne, por la sangre, por el filo del cuchillo.
Creo que todo eso es un tipo de la desfloración, del gusto natural por el falo,
de cosas reprimidas que todas llevan dentro.
—¿Pero hay alguna otra en estos momentos?
—Deja que te diga, niña. Uno, como hombre, no puede decirle
nunca que no a una hembra que irradia juventud. Es como un vicio, una necesidad,
una especie de trofeo natural. ¿Lo entiendes?
—Sí.
—Te mentiría si te dijera que no hay otras como tú, y un par
de ellas aún andan por los quince. Creo que te lo dije.
Su revelación me sacudió en lo más íntimo, pero me sobrepuse.
—¿No me cambiarás por una de ellas?
—Claro que no; tú eres para mí la sirenita de tierra, la más
hermosa, la más dulce. Y creo que es momento de hacerte una confesión.
—¿Confesión? ¿Qué confesión?
—Jamás tuve entre mis brazos a una chica con tus atributos.
Tu cuerpo es el más bello que he conocido hasta ahora, y eso que las jóvenes
hermosas abundan. Pero hay tres cosas que me vuelven loco de ti. Tus axilas, tus
pechos y tu sexo.
Sus palabras me cogieron por sorpresa.
—¿Puedes explicarme mejor eso que dices? —solté con
curiosidad.
—Te lo diré, niña. La piel que tienes bajo los brazos es
única. ¿Acaso no te has visto en el espejo?
Sorprendida, no tuve empacho en volver a preguntarle:
—¿Qué es lo que te gusta de mis axilas? A la mayoría de la
gente le desagradan, o al menos eso parece.
—Ay niña, la mayoría de la gente no es feliz y tú lo sabes.
Qué te diré, que me encanta tu piel rugosa, tus marcas naturales, los dobleces
que se anudan en tus sobacos, los surcos tan hermosos que se te forman ahí.
Lucen esplendorosos cuando no te depilas, cuando hay pelitos que se asoman en la
piel. Es un espectáculo grandioso y único. Además, el olor de tu sudor es
inconfundible. No se puede comparar con nada.
—¿Y de mi sexo?
—Escucha bien. De todas las chicas que me he cogido, ninguna
tiene la conchita como tú. Tú eres la sirenita, la de la vulva apretada.
Pareciera que nunca te han penetrado y así seguirás por muchos años. Pero sé que
no es así. Yo, por experiencia sé que nunca antes te habían cogido. Pero diría
mentiras si te digo que no te has masturbados muchas veces con objetos
regularmente gruesos. Pero he aquí lo que tú tienes de especial. Hay vulvas
grandes y hay vulvas pequeñas. Pero existen otras que son como garbanzos de a
libra, y esas no las encuentra uno tan fácil. Son una entre un millón, ¿ahora
comprendes? Tú eres única entre un millón de chicas, y eso es un garbanzo de
cien libras.
Su revelación en verdad me ha impresionado. Jamás creí que mi
hendidura fuese como un garbanzo y menos de cien libras, aunque he comprendido
muy bien el sentido de sus palabras. Sonrío con satisfacción.
—No volveré a preguntarte más sobre las chicas, lo prometo.
Tú eres libre y puedes hacer lo que quieras con quien tú quieras. Lo único que
te pido es que sigas siendo mi maestro.
—Eso ni lo digas, niña. Seré tu preceptor por mucho tiempo,
antes de que el amor llegue a tu corazón. Pero para entonces estaré preparado.
Una lágrima se ha deslizado de repente por sus mejillas. Me
vuelvo para abrazarlo tiernamente mientras le digo en voz baja.
—Trataré de que esto dure mucho tiempo, no hay por qué pensar
en eso.
Él asiente, limpiándose el rostro con el dorso.
—Por hoy tienes que volver. No quiero que tu madre sospeche.
Una sonrisa me ilumina la cara.
—Ella nunca sospechará. —le digo con firmeza—. Ahora mismo
debe estar bastante entretenida como para ocuparse de mí.
Él sólo sonríe. Parece comprenderlo todo.
—¿Tu padrastro no te perturba?
Me quedo muda ante su pregunta tan directa.
—Sí —confieso—. Lo ha hecho muchas veces. Pero a mi me gusta
otro, uno que tiene un cuerpo como de oso.
Ambos nos carcajeamos hasta cansarnos.
—De todos modos continuaremos otro día, niña. Hay clientes
que vienen por la noche y no quiero que te vean salir a estas horas.
Comprendiendo que su razonamiento es certero, comenzamos a
vestirnos.
Al llegar a casa cierro la puerta y aviento el paquete de
carne triturada sobre la mesa de la cocina.
Todavía puedo escuchar los gemidos que salen de la boca de la
ninfómana de mi madre. Pero esta vez ya no la juzgo; en mi cabeza ya no existe
el sentimiento por señalarla, por llamarla puta, por decirle perra hambrienta de
sexo.
Ahora esos sentimientos monstruosos han desaparecido como por
arte de magia. Y esa magia, como me ha dicho el carnicero, el oso peludo que me
desvirgó, estaba en una única palabra, en la palabra mágica, en el SI que me ha
abierto las puertas hacia el conocimiento sexual.
Entro en mi cuarto y me encierro sin pensar en lo que hace mi
madre en la cama con su amante. Me siento tan plena que de tan sólo pensar en mi
próxima visita a la carnicería, volveré a ser feliz.
Volveré a ver las manos diestras del hombre que me enseña
cosas nuevas, los gruesos brazos del descuartizador de solomillos, de
costillares, de lomos y espaldillas ensangrentadas. Volveré a ser testigo de los
hilillos de sangre que brotan de la carne palpitante, fluyendo con abundancia,
casi tanto como fluyó hoy la sangre del interior de mi sexo.
Volveré a admirar con ojos codiciosos aquel falo tan grueso
como su brazo, tan lleno de venas y de curvaturas que me abren en canal. Volveré
a colgarme de algún gancho para doblarme toda y sentir la empalación. Podré
sentir otra vez su verga dentro de mí y me volveré a venir en estallidos,
sintiéndome más llena que nunca, más feliz que nunca, más mujer que nunca.
Volveré a ser feliz dentro de la sucia cámara frigorífica que
emite un olor a carne de bovino, a sangre fermentada, a semen de plantígrado
peludo.
Volveré… y lo repetiré muchas veces.
Nunca he sabido de nadie que haya dicho alguna vez que la
felicidad, en ocasiones, suele ser peluda, sangrienta, bestial, pero qué más da.
Un garbanzo de cien libras tampoco constituye mayoría. Las más de las veces la
mayoría se equivoca.
Y al menos a mí, eso es lo que me gusta.
¿Y a ustedes?