La primera vez que Ana y José Luis se vieron, no podía
calificarse como una mirada vacía y producto de la casualidad. Si él había
esperado el momento para mirarla y ella esperar que el la viera para voltear,
había sido por una razón. Si ella pasaba frente a su casa a diario y el jugaba
al fútbol justo frente a la casa de ella, no era mera coincidencia. Hacía no
días, ni meses, si no años que se deseaban; que se miraban por largos ratos con
ojos que no nadamás inspiraban amistad. «Mírame, decían los ojos de ella; mírame
de arriba abajo, y tómame, puedo ser toda tuya si tu quieres» «Te deseo como
nunca, decían los ojos de él» «Quiero tener sexo» decían ambos, en una
explicación más fácil.
Resultó que un día las indirectas y las miradas de lujuria
--- además de ciertos acontecimientos que hacía insoportable la idea de que
ellos dos negasen su deseo --- decidieron optar por lo más obvio, lo más natural
que era en ese caso: entregarse en una cama repleta de pasión.
---¡Hola! --- la había saludado por la mañana.
Ese mismo día, pero en la tarde, ella caminaba en bragas
rumbo a su habitación. La seguía José Luis, completamente desnudo, tomándola de
las caderas dirigiéndose a la cama. Ella había sido desvestida en el sofá de la
sala, con él encima, recorriéndola de pies a cabeza con manos y labios carnosos
y lujuriosos. Por fin, se habían entregado a sus deseos más íntimos, y los más
obvios. Él se había fijado en ella desde que la vio, desde que eran unos niños
que jugaban pelota en las tardes después de la escuela, cuando fueron compañeros
de travesuras. Cuando él era chaparro y muy flaco; cuando era ella delgada y
plana; Ahora, él tenia una verga de casi 18 centímetros y ella una figura
deliciosa, tierna y excitante por su cualidad de puberta: sus pequeños senos
---no en pico, si no en bola ---y sus nalguitas paradas. Además, poseía un
conjunto de rasgos suaves y excitantes: largo cabello castaño oscuro lacio que
hacía un erótico juego con su piel muy blanca y suave al primer tacto. José Luis
la echó en la cama, con las piernas de ella en los hombros de él.
Ya no había bragas. Si había habido alguna pena o pudor,
ninguno de los dos lo había demostrado. Ella lo había invitado a pasar a su casa
y fue ella quien lo besó por primera vez: un secreto revelado. Por otra parte,
él fue quien la empezó a desvestir, y ella, fue quien le preguntó: «¿Quieres ir
a mi cuarto?» Pero ya nada importaba.
Él la penetró lentamente, como lo había soñado. Ella se
aferró a las caderas de él mientras era embestida de frente, con esas
penetraciones rítmicas que la en poco tiempo la hicieron gritar y gemir del
placer y apretar las caderas de él con una casi fuera bruta. Mientras cogían al
filo de la cama, sus gemidos hacían eco en la habitación. Ella bajó una pierna
para rodear el cuerpo de él, mientras que con la otra pierna en el hombro de él
disfrutaba del acto más delicioso que había imaginado y presenciado.
El gemía en el oído de ella, suspirando, muerto del placer.
Le olía su cabello, le besaba su cara y sus labios, exquisitos al primer tacto.
Ella se desplomó y empezó a disfrutar ---con eróticos ojos entrecerrados ---la
lujuriosidad de él. Sus gemidos empezar a ser más fuertes, con ritmos más
rápidos, más rápidos, después más rápidos hasta que se vinieron en un exquisito
orgasmo, y mixto al mismo tiempo. El semen disparado en chorros abundantes fue
mezclado con los tibios líquidos de ella, producto de las violentas
contracciones de sus caderas y sus excitados labios vaginales, que apretaban el
pene de él, que entraba y salía hasta vaciarse por completo en ella. ¡Bravo!
Habría dicho alguien si estuviera mirando.
Y así, saciaron esa maldita sed que los quejaba --- sin
embargo, también los llenaba de sueños ---- y terminaron encamados. Después de
todo, en eso termina el sueño sexual de cualquiera. Toda insinuación sexual, ya
sea amor o puro capricho, tiene un fin como ese: cuerpos desnudos entre sábanas
tibias en una cama grande o pequeña: Es la síntesis al deseo carnal.