Habían trascurrido sólo tres días desde que María, mujer
casada de mediana edad y profesora de enseñanza media, en la última de sus
habituales visitas como clienta de mi consulta de masajes, me solicitó un extra
que fue mucho más allá del masaje relajante que normalmente venía buscando.
En su última sesión, quizá predispuesta al encontrarse
semidesnuda y con las manos de un hombre en contacto directo con zonas de su
anatomía que sólo su marido tenía derecho a contemplar y tocar, se había lanzado
a confesarme y solicitarme algo que ni a su pareja se le hubiera pasado por la
cabeza hacerlo. Así, lo que no tenía que haber ido más allá de un buen masaje
anti estrés sin ninguna otra connotación, había acabado por convertirse en una
caliente sesión de azotes en su culo, y un excitante masaje completo por sus
pechos y vulva que culminaron con un orgasmo suyo; por lo visto, largamente
esperado en sus fantasías íntimas donde se veía ella misma con todo su cuerpo
entregado y en particular con su trasero dominado y castigado. Yo, aunque en
principio extrañado, no supe negarme a seguirle el juego y proporcionarle lo que
deseaba, porque entre otras cosas me ponía en bandeja satisfacer una de mis
pasiones en el juego sexual, como era la de ejercer de dominante sin entrar en
juegos sádicos, y además era innegable que María tenía un cuerpo sensual y
seductor en sus bien proporcionadas curvas, y era muy difícil resistir la
tentación de sentir el vértigo voluptuoso de tenerla en mis manos.
Ahora, la tenía al otro lado del teléfono y no paraba de
relatarme lo bien que se había sentido en estos días, al ver por fin cumplidos
sus deseos más íntimos e inconfesables. No callaba hablándome de lo que había
sentido, de lo que había suspirado durante años por sentirse placenteramente
dominada y me daba las gracias por todo ello. Al final me lancé y le propuse una
nueva cita. Yo hubiera deseado disponer de una noche completa, pero ante la
imposibilidad de hacerlo para no levantar sospechas delante de su marido,
concertamos en que viniera al día siguiente por la tarde. Yo, por mi parte,
anulé todas mis citas de la agenda para dedicarle el tiempo que sin duda la
ocasión merecía.
Al día siguiente la recibí a las cinco de la tarde en mi
vivienda-consulta de masajista y la hice pasar directamente a la sala de estar
privada en lugar de al despacho profesional. Le ofrecí un café y entablamos una
charla amistosa para relajarnos. Tras tres o cuatro tópicos sobre nosotros
mismos, le pregunté de donde le venía su interés por los azotes y esa tendencia
a la sumisión en general. Me dijo que tenía un recuerdo de su casa cuando era
pequeña con unos 7 u 8 años. Pasó con ellos gran parte del verano un tío suyo,
el hermano menor de su padre, que era todavía estudiante universitario, y a
menudo jugaban juntos a perseguirse mutuamente, incordiándose entre risas. Ella
siempre llevaba las de perder, pero recordaba perfectamente cómo le gustaba
sentirse dócilmente atrapada y manejada entre los brazos de aquel poderoso
cuerpo de hombre. A veces él, bromeando, la recriminaba, y en el juego hacía
como que se enfadaba con ella, y entonces la obligaba a tenderse boca abajo
sobre sus rodillas para castigarle el culito por haber sido una niña mala, como
solía decirle. En todos estos años no se le había borrado de la cabeza aquella
imagen y la deliciosa sensación que le producía sentirse inmovilizada y como
aquellas manos poderosas le levantaban las faldas y le azotaban encima de sus
braguitas. Ella hacía como que protestaba y se defendía, lo que le obligaba a él
a sujetarla y ser más severo y atrevido sobre su culito de niña.
Ya de mayor, me siguió diciendo, muchas veces se había
preguntado si aquellos juegos infantiles con su tío fueron sólo eso, simples
juegos, u ocultaban algún deseo morboso y perverso en él. Pero las pocas veces
que habían vuelto a coincidir en todos estos años, ella no se había atrevido a
recordárselo ni preguntárselo. De lo que estaba segura es que para ella, a la
larga, se habían convertido, en su mente de mujer, en una especie de ansiado
deseo oculto. Muchas veces había fantaseado en su intimidad con esos juegos, y
cada vez más, según me dijo, se le hacían más explícitos elementos claramente
sexuales que imaginaba para excitarse con ellos. Yo, intrigado, le pregunté que
a qué se refería con lo de elementos claramente sexuales, y entonces ella, tras
una pausa, bajó su mirada y algo avergonzada, me confesó que le gustaba
imaginarse por completo en manos de un hombre, sentir sobre su culo los azotes
que la predisponían a la entrega, sentirse desnudada y manejada, sentir que todo
su cuerpo era el objeto del deseo excitado de ese hombre para ofrecerse entera a
él, dejarle en una palabra hacer lo que él quisiera con ella, sintiéndose
placenteramente dominada.
Yo, al oír todo aquello, no podía por menos que recibir
satisfecho su invitación a satisfacerla por completo y mi pene comenzaba a
sentirse directamente aludido, tentado por ser también protagonista en el juego
que claramente me estaba proponiendo. Entendí perfectamente que si me había
expresado de forma tan abierta sus deseos íntimos es que venía dispuesta a hacer
vivas todas sus fantasías, así que no quise alargar más la espera. Le retiré la
taza de sus manos, la hice levantarse del sofá y le di un tierno beso en su
frente para que se sintiera cómoda y predispuesta, mientras me prometía a mi
mismo poner todo de mi parte para provocarle al máximo y conseguir que liberara
sus instintos más obscenos de mujer sumisa.
Tras colocar una silla en el centro de la sala, me senté y
comencé a hablarle en la forma que los dos estábamos ya deseando:
"Ven conmigo -le dije- descálzate y túmbate boca abajo sobre
mis piernas. A partir de ahora vas a obedecer en todo lo que te diga, pero vamos
a establecer una palabra de seguridad que podrás utilizar si no quieres que siga
con lo que te vaya haciendo, ¿de acuerdo?"
Tras quitarse los zapatos, me miró abriendo los ojos y
sonriendo levemente en un claro gesto de conformidad e inclinándose, acomodó su
vientre sobre mis muslos.
"¿Estoy bien así?" preguntó con un débil y vacilante tono de
voz quizá fruto de su nerviosismo por no saber muy bien a qué se estaba
entregando.
"Pégate bien a mí, deja que te cuelguen brazos y piernas y
expón ese buen trasero que tienes, María" le respondí atrayéndola un poco.
Seguido, comencé a acariciarla con una mano sobre su corta melena y con la otra
sobre sus nalgas por encima del vestido.
"Bien, pequeña, el único código que entenderé para no seguir
será: basta por favor, repetido así dos veces, recuérdalo; de lo
contrario estate segura que no voy a atender tus súplicas, aunque te adelanto
que no voy a ser cruel, sólo busco tu entrega total. Y para que te quede claro
voy a empezar por repasarte el culo un poco como el otro día. Te supongo
dispuesta a entregarlo".
"Sí, por favor, hazlo ya"
Puse mi mano izquierda en medio de su espalda para sujetarla,
y mi otra mano bajó por sus piernas hasta alcanzar el borde de su vestido.
Lentamente le fui levantando la falda para dejar expuestos sus bien formados
muslos que llevaba casi cubiertos con unas medias negras semitransparentes que
acababan en una banda de encaje. Las medias las llevaba sujetas con un sugerente
liguero en su cintura, también de encaje negro, con cuatro tiras elásticas hasta
las medias. Y en medio, tapando parcialmente su magnífico culo, una braguita de
tul y encaje negros abierta por los laterales. Alabé su gusto en vestirse
íntimamente tan sexy para la ocasión.
Un suspiro salió de su boca en cuanto toqué la fina tela de
sus braguitas y rocé la piel desnuda de su culo metiendo los dedos desde el
exterior.
"Creo que hoy, después de lo del otro día, están de sobra los
falsos remilgos" le dije mientras le deslizaba la braga muslos abajo hasta
acabar sacándosela por los pies. Ella nuevamente suspiró mostrándose impaciente.
"Vamos, empieza ya, por favor" rogó.
"Silencio, niñata impertinente, empezaré cuando lo estime
oportuno, no olvides quien manda hoy aquí".
Nuevamente, como un par de días atrás, podía deleitarme con
la estimulante visión de aquellas blancas y carnosas nalgas desnudas de mujer,
nuevamente me entretenía acariciándolas y frotándolas, abriendo y separando los
mofletes también; pero ahora, además, me prometía a mí mismo explorarlas al
detalle esa misma tarde, un poco después, con la ayuda de mi capullo y para su
propio goce.
Finalmente decidí no esperar más y levantando la mano la dejé
caer sobre la sensible piel. Continué haciéndolo alternando ambos glúteos una y
otra vez. María, mientras, suspiraba y gemía de gusto porque veía otra vez
cumplirse su morbosa fantasía. Con los golpes la superficie de su culo iba
progresivamente tornándose cada vez más rosácea, cada vez más caliente; y ella
no paraba de menearse satisfecha sobre mis rodillas, agitando sus piernas al
aire también. No podía negar que me gustaba y me excitaba tener su culo a mi
disposición y eso se traducía en la erección que notaba aprisionada bajo el
vientre de ella.
Tras una buena tanda de azotes, decidí parar y le dije: "Por
ahora es suficiente, levántate y quítate el vestido y el sujetador".
Mientras ella lo hacía obediente, yo aproveché tambíen para
desprenderme de la camisa y los pantalones. Si ya con los pantalones puestos el
bulto de mi entrepierna era más que apreciable, al quedarme sólo con los boxers
de lycra, toda la silueta del pene erecto quedaba perfectamente dibujada al
detalle bajo la prieta tela. Por comodidad, me lo recoloqué apuntando más bien
hacia arriba sobre el vientre, cuidando que no le sobresaliera la punta por el
borde del calzoncillo. Me volví a sentar en la silla y la contemplé en su
desnudez: sus golosos pechos con los sobresalientes pezones apuntando al frente
eran una lasciva tentación, más abajo el triángulo de su pubis centrado entre
las redondeadas formas sensuales de sus caderas y muslos, y todo resaltado por
el detalle morboso de su liguero y medias, eran la viva imagen de la lujuria en
forma de mujer.
"Acércate y siéntate sobre mí cara a cara y con las piernas
abiertas rodeándome la cintura" le ordené.
Según lo hacía la ayudé tomándola de su talle con ambas manos
para que se centrara bien al doblar las piernas sentándose. Noté perfectamente
como toda la dureza de la verga se le acoplaba perfecta y directamente bajo su
vulva desnuda. Ella cerró los ojos y apretó los labios. La atraje hacia mí hasta
que sus pechos chocaron con mi cara, y la retuve ahí abrazándola con ternura.
Ahora podía dedicarme a besarle y lamerle los pechos sin restricción alguna. Me
sabían a manjar excitante y estoy seguro que ella gozaba sintiéndose saboreada
por toda la sensible superficie de sus senos, sintiendo sus tetas devoradas al
completo mientras el duro cilindro de mi sexo le servía de asiento a su
entrepierna. Bajé mis manos hasta la parte baja de su culo caliente y
colocándole los dedos hacia dentro le aplicaba un doble impulso: por un lado
tensando hacia fuera de forma que hacía que se le abriera la raja y se le
separaran los labios sexuales, mientras que por otro la impulsaba de las caderas
hacia mí, y así conseguía restregarle todo el coño sobre mi pene. Su excitación
era audible, y quise acentuarla mamándole los duros pezones, los engullía y los
atrapaba tirando de ellos, mordisqueándolos y retorciéndolos. Ahora era ella la
que se frotaba claramente sobre mí a impulsos de su vientre, y yo,
simultáneamente, daba respingos hacia arriba intentado incrustarle lo más
posible el bulto del pene entre los labios del coño. Casi a la vez empecé a
percibir una clara sensación húmeda que me mojaba la zona del calzoncillo en
contacto directo con su chocho, y es que yo sentía ya directamente sobre la piel
del excitado pene el flujo de su vagina.
Apartándola un poco le dije: "Mira, cómo me estás poniendo el
calzoncillo, voy a tener que inspeccionarte ahí abajo porque ceo que estás
mojada y excitada como una perra en celo, ¿no te da vergüenza?". "Lo siento, no
puedo evitarlo" dijo, algo confusa y desviando la mirada. "Vale, de acuerdo,
pero ahora sí que vas a ver que no vas a poder evitarlo". Me incorporé tomándola
en brazos y la llevé a mi dormitorio. "¿Qué me vas a hacer?" me preguntó con
tono nervioso mientras la dejaba boca arriba sobre la cama. "Voy a hacer que te
corras, y para que de verdad no puedas evitarlo te voy a inmovilizar mientras lo
hago". Fui sacando de la mesilla unos pañuelos largos que previamente había
preparado con la esperanza de poder usarlos. "No, eso no, por favor, no me
trates así". "Te trato como te mereces, María, te trato como la zorra que en
realidad eres". Seguí adelante con mi plan, bien seguro de que, aunque pudiera
mostrarse un poco inquieta, en realidad lo estaba deseando ya que evitaba usar
las palabras de seguridad.
Le sujeté atándola de las muñecas a los extremos de la cama
con los brazos un poco flexionados para que pudiera moverlos ligeramente. Su
cuerpo se estremecía por momentos, los pechos, irresistibles, le oscilaban al
ritmo acelerado de su corazón. Para conseguir que me abriera por completo su
vulva, y así poder trabajarle todo el coño como quería, le así de ambas piernas
una por una y se las subí hacia los pechos. Ahí, abiertas en uve, se las até
tambien con sendos largos pañuelos que anudé desde detrás de las rodillas al
cabecero.
La postura que le forcé a tomar con los muslos abiertos y
hacia arriba la dejaba totalmente indefensa y obscenamente exhibida para mi
deleite. Y eso es lo que le quería hacer sentir. La chantajeé cariñosamente
diciéndole: "no te voy a soltar hasta que me regales el primer orgasmo".
Me coloqué entre sus piernas, le sonreí y le saqué la punta
de la lengua para incitarla. Ella sabía muy bien dónde la iba a colocar. Le lamí
los muslos por dentro y me fui hacia su sexo. Le podía ver la humedad que le
cubría los labios del coño al tiempo que mi lengua trazaba lentamente su camino
alrededor de los labios mayores. Subiendo, me desvié para cosquillearle el
clítoris con la punta. María agitaba las piernas. Se lo lamí por los bordes, se
lo besé con suavidad y lo hice bailar a impulsos de la lengua. Lo tenía
claramente erizado y saliente por la excitación. Sus sonoros gemidos iban a más
mientras seguía masturbándola con la lengua. Le lamí presionando para abrirle la
vagina y le hundí la lengua tan rápido y profundo como pude dentro de su húmeda
gruta de placer, y a la vez, me las arreglé para deslizarle un dedo hacia
adentro por el agujero del culo. Ella comenzó a agitarse encorvando la espalda.
Alterné las acometidas de la lengua en su interior con el juego sobre su
clítoris sin dejar de frotarle con el dedo dentro del ano. Entró en un frenesí
que más que gemir la hacía emitir pequeños gritos y acabó por declarársele el
orgasmo en forma de pequeñas convulsiones involuntarias por toda la ingle y el
culo. El ano y la vagina le vibraban. Yo sentía como me presionaba la lengua con
las palpitaciones de sus labios internos y el dedo me lo atrapaba con su
esfinter, todo acompañado de un sonoro aaaaaaaaaaaaaahhhhhhh, síiiiiiiii, me
estoy corriiendoooooooooo!.
Le solté las ataduras para que se fuera relajando a la vez
que su estremecimiento de placer iba poco a poco cediendo. Me tumbé a su lado y
abrazándola la besé en la boca profundamente, asegurándome que podía saborear
los jugos de su propio coño en mis labios y lengua.
"No creía -me confesó cuando recuperó un poco su respiración-
que se podían alcanzar orgasmos como los que tú me provocas. Yo sabía que
necesitaba algo más, y por eso te agradezco tu forma de hacer. Mi marido me hace
el amor pero no es para nada algo que se le parezca".
"Me complace saberlo, pero como tú comprenderás, no sólo te
toca a ti, creo que ya va siendo hora de que le dé a mi pene el premio que se
merece".
"Sí, claro, y yo deseo que lo hagas, de hecho cuando me
atabas pensaba que me ibas a penetrar. Por eso estaba un poco nerviosa y
ansiosa".
La hice sentarse al borde de la cama y yo me coloqué de pie
en frente suyo con todo el paquete a escasos centímetros de su cara.
"Muy bien, ahora te la voy a dar para que la saborees, porque
hoy va a ser toda tuya".
Me acarició el bulto por encima del calzoncillo como
queriendo hacerse a la idea. Se la veía algo indecisa cuando me dijo:
"A mi marido le gusta que se la masturbe con la mano pero no
solemos practicar sexo oral, creo que ya te dije que es muy tradicional".
Me sorprendió su confesión porque, sin duda, añadía un plus
de morbo a lo que venía.
"Sácala, bésala y lámela bien, sé que en el fondo eres una
zorra y estoy seguro que sabrás hacerlo estupendamente".
Me bajó el boxer y la polla me saltó encantada, sintiéndose
liberada y por fin protagonista.
Abrió los ojos diciendo: "La tienes llamativa".
¿Llamativa?, pensé, ¿qué quiere decir?, no ha dicho grande,
ni larga o gorda, ni siquiera tampoco fea o algo así.
"Llamativa, ¿por qué?" le interrogué.
"No sé, es nueva para mi y es diferente a la de mi marido, es
bastante más aparatosa que la suya, la veo carnosa, robusta y muy provocadora"
"Vale, vale" le dije satisfecho en mi ego. Se la acerqué y me
di el gusto de restregársela un poco por toda la cara . Se la puse justo sobre
la boca.
"Vamos, te va a gustar", le animé.
Comenzó primero con unos besos tímidos, luegó posó sus labios
y la fue recorriendo por todo el tallo y finalmente sacó su lengua y comenzó a
lamerla cada vez con más gula y deseo, sobre todo se entretenía con el jugoso
glande. La dejé, encantado, trabajármela un rato hasta que le dije: "He tenido
una idea que me vendrá bien para lo que luego te haré. Quiero que le tomes las
medidas y que la dibujes aquí" Le pasé el cuaderno-agenda que tenía sobre la
mesilla.
"¿Que la mida y la dibuje?" se quedó desconcertada.
"Haz lo que te digo, y arréglatelas como puedas".
Tras pensarlo un poco, le midió el largo justo con lo que le
daba el palmo de su mano extendida. Para el grosor no se le ocurrió otra cosa
que introducírsela en su boca hasta atrapar con los labios la base del glande,
por donde su anchura es mayor. Luego, sin cerrar la boca, y con sus labios
húmedos llevó al papel en forma de beso la abertura que había medido. Con esos
datos la verdad es que consiguió dibujar un pene bastante realista.
La cogí de la mano y la llevé a la cocina con el dibujo que
había hecho. Le pasé un pepino, un cuchillo y un pelador, y le dí la instrucción
de lo que tenía que hacer:
"Recórtalo según tu dibujo hasta que consigas un consolador
copia de mi polla"
Yo desde detrás suyo le coloqué el pene en su culo mientras
ella comenzaba su labor de artesanía. Le froté todas las nalgas con él al tiempo
que la tenía abrazada estrechamente y jugaba con sus tetas y pezones. Según ella
avanzaba en lo suyo yo seguía provocándola todo lo que podía: le acoplé la verga
a la raja de su culo, bajé una mano por delante y comenzé a acariciarle el
clítoris, y le hablaba lo más provocador posible:
"¿Sabes para qué es la herramienta que te estás haciendo? Es
para entrenarte el coño con ella antes de que te penetre con la auténtica". Y
cuando ya más o menos había acabado: "¿Crees que te ha salido igual que ésta?"
Le dije al tiempo que le introducía la polla entre sus muslos lo más pegada
posible a sus labios para que se sentara sobre ella. Seguido me agarré por
delante el glande con la mano y le froté el clítoris con él.
Ella estaba totalmente excitada, soltó el pepino sobre la
encimera y recostándose hacia atrás sobre mi hombro me susurró con los ojos
cerrados: "Penétrame ya por favor, necesito tenerla dentro, metemela anda, no
puedo más, de verdad" e intentó agarrarme la verga para colocársela dentro.
Retiré el pene de su entrepierna aunque yo también me moría
de ganas por follármela allí mismo. Pero me podía el morbo de "castigarla" y
dominarle su deseo. Quería culminar el juego que había previsto con una última
pequeña perversión, antes de dejarme llevar por las ganas de descargar dentro de
ella toda la caliente tensión que acumulaba en los testículos.
Con una mano la sujeté por su vientre y con la otra volví a
zurrarle por detrás. "Contrólate y deja de actuar como una adolescente
calentorra. Vas a tener tu ración de polla, sí, pero te voy a follar cuando yo
diga y no cuando tú quieras, y además lo voy a hacer allí donde empezó todo esto
el otro día, en la sala de masajes, así que vete para allí, colócate el antifaz
que he dejado sobre la mesa y espérame que todavía tengo una sorpresa para ti".
Metí el cipote de pepino en el microondas para calentarlo y
mientras tanto saqué del congelador unos cubitos de hielo que puse en un vaso.
Cogí también una especie de suave látigo que por la mañana me habia fabricado
con trozos de lana de la que venden para tricotar intercalada con alguna tira de
cuero. Con todo en un plato grande, me fui para la sala. Allí estaba ella de pie
y ya con los ojos tapados. La contemplé recreándome en la indudable belleza de
aquel lascivo cuerpode mujer que con los pezones erguidos y el púbis húmedo de
su propio lubricante me esperaba ansiosa. La rodeé mientras la iba besando por
el cuello y la nuca, jugando con sus tetas y acariciándole de nuevo la vulva. Le
introduje dos dedos en la vagina y la masajeé por dentro entre sus gemidos
desesperados. Por fin la ayudé a tumbarse en la camilla boca arriba y le ordené
que abriera bien las piernas. Con un cubito de hielo fui recorriendo su torso, y
bajando por la deliciosa curvatura de sus tetas, me retuve en las aréolas y me
dediqué a presionarle primero un pezón y luego el otro. Una especie de carne de
gallina le brotaba sobre su fina piel al contacto helado y los pezones se le
endurecieron y oscurecieron entre gemidos y pequeños alaridos de protesta. A la
vez con la otra mano le coloqué el pene-pepino calentito en su entrada y de un
impulso se lo introduje hasta dentro. Un sonoro grito salió de su boca.
"Qué está más caliente -le pregunté- el juguetito o tu
coñito?"
"Ufff, esto quema, me está ardiendo por dentro"
Se lo fui moviendo y girando. "Tranquila, sé como está y no
te va a causar daño, a lo más hará que sueltes más flujo todavía y eso le
gustará a mi polla cuando te la meta enseguida. Recuerda de todas formas las
palabras de seguridad."
"Eres perverso, pero me encanta"contestó entre gemidos y
suspiros.
Le fui bajando el cubito por el ombligo y la superficie de su
vientre, toda la piel se le estremecía a su paso. Una vez sobre el pubis, le
hice varias pasadas y acabé por acercárselo a las comisuras que rodean el
clítoris, mientras seguía jugando con el pepino caliente en su vagina. Como
antes en los pezones, ahora también su botón aparecía erizado y endurecido al
máximo.
"Joderrr, me vas a matar, ya no sé lo que siento ahí abajo"
"Sube las piernas" le ordené a la vez que le retiraba el
pepino y el hielo. Yo mismo le ayudé a colocárselas sobre mis hombros. Ahora
tenía perfectamente accesibles sus dos orificios.
"Tránquila, te voy a dar el bálsamo que necesitas". Y
diciéndoselo le acaricié toda la vulva con la cabeza de mi pene. Podía notar
perfectamente el contraste entre las frías gotitas derretidas del hielo y el
calor que emanaba de su vagina. Empujé un poco y le introduje el glande.
"¿Qué me dices ahora, notas la diferencia?"
Un largo y apenas audible síiiiiiiiiii, salió de su boca.
"Sigue, por favorrr"
No me moví. Cogí la especie de látigo de tiras de lana y
comencé a agitárselo golpeándola por los pechos y por el culo. Con cada contacto
ella hacía bailar todo su cuerpo, y con ello arrastraba mi pene y me producía
una sensación que me encantaba y supongo que a ella también. Si se me salía el
pene la castigaba dándole más fuerte con el látigo en las tetas, con una mano en
su culo colorado y con el glande le daba en el clítoris, luego se la metía otra
vez, un poco más adentro. Hasta que de un empellón se la metí hasta el fondo.
"Apuesto que es la primera vez que te follan y te zurran el
culo a la vez" le dije.
".....ssssi" apenas podía hablar, porque se le acercaba un
nuevo orgasmo.
Cogí lo que quedaba del cubito de hielo de antes y se lo pasé
por el trasero, seguro que agradecía el contacto frío por que lo tenía rojo de
verdad. Mientras le empezaba a mover despacio la polla y le acerqué el hielo al
ano. Le tanteé los bordes del orificio y sin previo aviso le metí el trocito de
hielo empujando con un dedo que dejé bien metido para evitar que se le escapara
el frío supositorio. Ella reaccionó pegando un brinco y se medio quejó. Con su
impulso el pene se me salió por completo, con toda su superficie billante y
mojada. Le coloqué la punta pegada a la entrada del ano y noté sobre el glande
la heladora sensación húmeda que le manaba a gotitas del orificio. Aunque era
una fuerte tentación el empujar para metérsela por su seguramente culito virgen,
sentía ya la necesidad de correrme para vivir mi propio orgasmo, y para que la
leche se me saliera necesitaba más bien el calor de su coño. "Tienes que estar
quieta para que te penetre a gusto, si no no hay manera de que me pueda correr,
aguanta un poco el hielo-le dije- y verás como lo derrites enseguida con tu culo
caliente mientras te follo". Nuevamente se la metí, y después de agitársela en
su interior a base de giros de cadera , decidí ir hasta el final porque la
presión que sentía en los testículos sólo podía aligerarla si los vaciaba de su
contenido.
Aceleré poco a poco las penetraciones y según lo hacía
aprecié claramente las contracciones en su vagina estrechándome la verga y en su
ano atrapándome el dedo que nuevamente le había introducido, estaba entrando en
un nuevo orgasmo consecuencia seguramente del contraste entre el frío que le
invadía el ano y el calor de su propio coño incrementado con la estimulación del
pene. Para mantenerle su placer comencé a masturbarla con los dedos de la otra
mano en su clítoris mientras intentaba coordinar las penetraciones cada vez más
desbocadas de la polla con el masaje anal que le estaba proporcionando. Ella se
retorcía sobre la mesa y yo me sentía cerca del climax, el cosquilleo placentero
en la punta del pene me anunciaba ya la proximidad de la descarga, entonces unas
ráfagas de placer eléctrico me estremecieron el pene desde las ingles y sentí
con un enorme alivio de placer cómo se me salía abundantemente el semen
liberándome de toda la carga que había acumulado.
Tras los espasmos reduje los movimientos poco a poco y fui
relajando todo el bajo vientre. Le saqué el pene y la besé suave y tiernamente.
Ella se estiró sobre la mesa, y mientras se acariciaba ligeramente los pechos
teniendo los ojos cerrados, suspiraba suavemente. No pude por menos que
acompañarla con un suave masaje por todo su cuerpo, gozando de toda la
voluptuosidad que emanaba de su desnudez, de toda la carga sexual que retenía en
sus pezones y entre sus muslos. Con un dedo le recogí una gotita de semen que le
escurría de la vulva y se la puse en la punta de la nariz. "Ha sido un placer
aplicarte este tipo de terapia" le dije.