¡Buenos días, Eduardo! – Me dice el sujeto acostado a mi
lado luego de despertarme con un beso.
Buenos… días. – Le respondo sin mucho ánimo y sin
pronunciar su nombre, no porque no me guste sino porque ni siquiera lo
recuerdo.
Lo conocí anoche, en alguno de los antros que visité. No me
acuerdo en cuál ni el cómo me le acerqué, o si fue él quien lo hizo. En
realidad, no recuerdo muchas cosas después de esa noche en que me dejaste. No
tengo claro en qué día vivo, cuántos hombres he traído a mi lecho o si éste que
ahora me acaricia resultó ser un buen amante. Mi mente sólo piensa en nosotros,
y nadie, ni él que ahora juega con mi pene ni los anteriores ni los que
seguramente han de venir, le hace entender que esa palabra ya no existe.
Asqueado y molesto, como cada mañana al despertar con alguien
que no eres tú, me pongo de pie sin preocuparme de la boca en mi entrepierna. No
lo miro no le hablo, sólo me visto y camino hacia la puerta. Quiero irme. Con su
rostro hermoso y para mí invisible, con su anatomía perfecta para mí tan falsa,
ese cuyo nombre podría ser Juan, José o Pedro, no lo sé ni me interesa, me
persigue lanzándome preguntas que ni siquiera llegan a mis oídos. Trata de
detenerme, intenta obstaculizar mi huída sin explicaciones, pero de un empujón
lo aparto, de un puñetazo lo tiro al suelo y me marcho ignorando sus reclamos.
No me importa que se quede en mi departamento ni que pueda
robar alguna de mis cosas, pues tú te lo has llevado todo. Es por ti que salto
de verga en verga y de culo en culo, pero nada, ninguno me sabe, ninguno me
llena. Tapizo mi colchón con pieles blancas y morenas buscando algo que ya no sé
qué es, buscando algo que nunca he de encontrar. Beso otras bocas, me enredo en
otros cuerpos y me vengo en mil orgasmos tratando de demostrar que te he
olvidado, pero la verdad… la verdad es que aún te extraño. Por más que lo
niegue, por más que me duela aceptarlo… te sigo amando.