AL FINAL DE LAS SOMBRAS
A la izquierda de la dualidad
Izquierda o derecha. Ahora todo se simplificaba en dos
simples palabras que decidirían por si solas el rumbo a seguir. No tenía ni la
más remota idea de donde me encontraba, y aún si lo supiera me serviría de muy
poco al no saber hacia donde me dirigía. Opté por dejar que el fortuito azar se
irguiera y tomara la palabra por sobre las demás opciones, algunas demasiado
descabelladas como para siquiera mencionarlas.
El águila o sol no me servía por que no traía ni una sola
moneda, entonces decidí buscar una piedra a semejanza que pudiera hacer tal
tarea al tallar algo en una de las caras. Incliné un poco mi cuerpo y dediqué
toda mi atención en buscar el deseado objeto. Tras unos momentos empezó a
molestarme mi labor, pero al pasar más tiempo del que consideraba necesario para
encontrarla, me encontré muy cerca del hastío. Cada vez el tedio se volvía
insistentemente insoportable hasta obligarme a olvidar aquel fastidioso trabajo.
Mi cabeza se esforzaba en encontrar una alternativa, pero mi
mente seguía en blanco. Fugazmente, una idea cruzó mi pensamiento y se
transformó en una opción viable. Tapé con una mano mis ojos y me puse a dar
vueltas velozmente hacia mi derecha. Si alguien hubiera pasado por allí si que
verdaderamente hubiera parecido un maníaco.
Cada vez giraba con más y más fuerzas, hasta el punto en que
las náuseas y el vértigo se hicieron presentes insoportablemente.
Inadvertidamente detuve mi frenesí. Cuando los malestares hubieron menguado, a
mi juicio determiné hacia que punto me hallaba inclinado con más cercanía.
Resultó ser a mi izquierda.
Tomé un poco de aire y dirigí mi vista hasta lo más lejos
posible, protegida por una mano encima de mi ceja derecha. Monotonía era lo
único que veía, monotonía y nada más. Demasiado estaba ahí, más sin embargo
nada.
Fastidiosamente, mis pies tomaron el costado del camino y
comenzaron a recorrerlo. El sol a lo lejos parecía pesar demasiado y dirigirse
hacia su ocaso. Cada vez fue más y más difícil el sostenerlo en el firmamento,
hasta que finalmente éste cedió. Ninguna luna salió a saludarme y me sentí
indignado ante tal atrevimiento. Las estrellas debieron de haber sentido mi
enojo y decidieron no asomarse. Solamente las nubes seguían siendo mis
acompañantes, ahora vestidas de mantos negros, azules y grises.
Mi mente divagaba en mil y un conjeturas fundamentadas en
repentinos recuerdos que no me servían de nada. Evocaba plegarias fatídicas al
tiempo que desplazaba mi cuerpo por el frío viento pacífico y constante.
Repentinamente, tuve ansias incontenibles de voltear hacia
mis espaldas. Algo me decía que debía de hacerlo, y si algo no me había fallado
nunca era mi instinto. En la obscuridad de la madrugada, creí distinguir dos
luces que se acercaban lentamente hacia mí en línea recta. Un vago sonido ronco
de conocida periodicidad las acompañaba. Detuve mi marcha y me quedé rígido y de
pie al lado del camino. Cada vez lo sentía más y más cerca, más y más próximo,
hasta que finalmente pasó de largo. Creo que pareció reconocer en mí una figura
humana, ya que gradualmente disminuyó su velocidad hasta quedar inmóvil,
solamente brillaban unas intermitentes lucecillas rojas. Esperó unos instantes,
pero mi cuerpo no reaccionaba. Quería correr a buscar abrigo pero una fuerza
desconocida me obligaba a quedarme estático en mi posición. El vehículo
emprendió reversa hasta situarse muy cerca de mí y entonces pude observar de
frente a aquél individuo.
Hubo algo en él que verdaderamente me causó pavor. Sus
palabras eran corteses y amables pero su expresión del rostro denotaba ira,
hipocresía y sadismo. Su ceño fruncido, sus ojos malvados de mirada insostenible
y sus labios retorcidos no tenían comparación con nada que anteriormente haya
visto, sus facciones parecían lindar en algo no humano, más bien demoniaco.
Solamente fueron fracciones de segundo las que lo tuve
enfrente mío, pero a mi me pareció una eternidad de martirios inimaginables.
Sentía su vista penetrar mi ser y dirigirlo hacia los abismos insondables de la
perversión y la inmundicia. Todo en el era carente de inspirar siquiera
indiferencia. Aquello era ilimitadamente horrible, tanto que merecía desaparecer
para siempre de la faz de la tierra.
Cerré los ojos y no los abrí hasta que finalmente dejó de
retorcerse mientras mis manos heladas apretaban con fuerza inaudita sobre su
cuello. Mis dedos se cernían sobre su garganta como garras; mis uñas sucias se
clavaban sobre su piel mientras su sangre salía tímidamente y chorreaba en
hilillos que bañaban todo por donde resbalaban. Solo así había logrado borrar
esa mueca de su rostro para siempre; solo así el pudo descansar eternamente, de
eso estoy seguro.
Cavé una fosa con mis propias manos y ahí deposité el cuerpo.
No estaba lo demasiado profunda como para que las bestias no lo encontrasen,
pero eso no me importó. Qué mejor manera de purificarse que ser devorado por los
instintos y servir en algo más que para comida de nauseabundos gusanos.
Tomé el volante de la camioneta y pisé el acelerador hasta el
fondo. Una sensación de satisfacción y euforia me disipó los arrepentimientos.
Ahora sentía pasar rápidamente el camino frente a mí. Iría como a 180 kilómetros
por hora y sentía volar. Las curvas parecían solo disminuir mi velocidad un
poco, pero en cuanto las pasaba recobraba las alas. No sentí nada cuando el
vehículo se impactó de frente con un carro blanco que salió inadvertidamente de
un senderillo de terracería, solamente una paz y felicidad supremas embriagaron
mis sentidos y los sumieron en un sopor indescriptible. De lo demás, ya no supe
nada.