El telefonillo zumbó y di un respingo, sobresaltado.
—¿Ya ha vuelto Iñaki? ¿Tan pronto? —miré a Nico mientras me
incorporaba, con el torso chorreando semen.
—Id a abrir, por favor —pidió Antonio desde el baño.
Me encaminé a la entrada de la casa, descolgué el auricular y
pregunté.
—¿Quién?
—Soy Felipe. Abre, capullín. —Presioné el botón para que se
abriese la puerta del portal, colgué el auricular y volví al salón dando grandes
zancadas.
—¿Quién era? —preguntó Antonio asomándose al salón.
—Es Felipe —respondí, recogiendo a toda prisa la ropa
esparcida por el suelo. La mía la guardé bajo el brazo y a Nico le entregué la
suya, que me miraba todavía tumbado y desnudo sobre el sofá, agotado—. Vamos,
Nico. ¿No pensarás quedarte así?
—¿Qué pasa? —se encogió de hombros—. Felipe es de la familia
—sonrió.
—Ven aquí, anda —tiré de él, cogiéndolo por el brazo. Le
obligué a que se levantara y a que me siguiera hasta el baño, en donde Antonio,
también desnudo, había terminado de limpiarse los restos de su corrida—. Toño,
abre tú mientras nos limpiamos. Y recuerda, ni una palabra.
—Vale, vale —me tranquilizó mi amigo, saliendo del baño en
busca de su ropa.
Cerré la puerta del baño cuando salió y descubrí a Nico,
totalmente derrotado, sentado en la taza del váter.
—¡Vamos! ¡Límpiate! —le dije.
—Joder, Santi, ¡Qué agonías, coño! ¿Quieres calmarte, por
favor? —Con fastidio tomó el rollo de papel higiénico y, arrancando varios
trozos, empezó a retirar el semen cada vez más reseco, el cual se le apelmazaba
en la casi inexistente línea de vello que bajaba desde su vientre hasta su
entrepierna.
Yo hice lo mismo, le robé el papel y comencé a limpiarme en
silencio. Cuando acabó su labor, mi amigo me miró con atención.
—¿Dónde has aprendido a comerla así? —preguntó. Pero ambos
guardamos silencio, pues escuchamos como se cerraba la puerta de la casa. Felipe
ya había llegado. En un mutismo absoluto escuchamos la conversación de Toño y el
recién llegado.
—¿Qué haces en calzoncillos? —le preguntó Felipe, que soltó
una carcajada al descubrir los sofocados gemidos de la película porno que
veíamos en la televisión.
—Nos hemos hecho una pajilla —explicó Toño divertido.
—¿Y no me habéis esperado? ¡Menudos amigos hijos de puta que
tengo!
—Calla, cabrón —le reprendió Toño—, que tú vendrás bien
descargado. Si no, no hubieras tardado tanto.
—¿Y Santi y Nico? —preguntó Felipe.
—En el baño —gritó Nico, delatando nuestra presencia.
—¿Qué hacéis? ¿Os estáis enjabonando la espalda? —bromeó mi
mejor amigo.
—No, pero no es mala idea. Ahora lo haremos. Estamos de lefa
hasta las orejas. —Unas carcajadas estallaron en el salón.
—Hay toallas en el armario —nos informó Toño.
—Sí, tomaos el tiempo que necesitéis —gritó Felipe
divertido—. Pero Nico, ten cuidado con Santi, que me da a mí que hace tiempo que
no prueba a ningún macho.
—Menos de lo que tú te piensas —gritó Nico riendo.
—Calla, joder —le pegué un codazo.
Felipe se había callado de pronto.
—¿Qué has querido decir con eso? —interrogó Felipe
insinuante—. No habréis hecho cosas malas… ¿Santi? —me buscó para que le diera
una respuesta.
—¿Qué? —le pregunté alzando la voz.
—¿Has hecho cosas malas? —insistió Felipe, en tono jocoso.
—Yo no he hecho nada malo. No… ¡Joder, os advertí que no
dijeseis nada! —estallé exasperado. Y mis tres amigos estallaron en carcajadas—.
No os riáis. Nico quería que le hicieran una mamada. Y yo se la he hecho. Punto
—me cabreé un poco.
—Bueno, bueno. Si yo no digo nada —dijo Felipe—. Duchaos,
anda. Luego me contáis.
Así finalizó aquella conversación a voces, que quedaba
amortiguada por el agua de la ducha cayendo sobre el suelo de la bañera. Nico
ponía la mano debajo del chorro para ver si salía caliente.
—¿Nos duchamos juntos o por separado?
—Me da igual —respondí indiferente.
—Pues esto ya esta —dijo, y acto seguido se metió en la
ducha. Yo le seguí, poniendo mis manos sobre su cintura al entrar, para que me
hiciera sitio.
Al sentir mis manos, Nico sonrió, retirándose de la cara su
húmedo y largo pelo. Le solté y le empujé para que me dejara meterme debajo del
agua. Eché mi cabeza hacia atrás y cerré los ojos, sintiendo el chorro tibio
resbalar por todo mi cuerpo. En ese momento tuve que abrir los ojos,
sorprendido. Nico me había rodeado la cintura con sus brazos y me atraía hacia
él.
—¿Qué haces, tío? —le pregunté con ojos de asombro.
—Besarte —masculló. Y sin más, cerré mis ojos y me fundí con
él en un apasionado beso, posando mis manos sobre su nuca, obligándole a
mantener sus labios pegados a los míos, con el agua corriendo por nuestros
rostros. Nos separamos para tomar aire y le miré directamente a los ojos.
—Hey, Nico —le llamé.
—¿Qué?
—Que te quiero mogollón, macho —declaré por primera vez a mi
amigo desde el más ferviente sentimiento de amistad pura, rodeándole con mis
brazos y apretujándolo de forma fraternal, más que otra cosa.
—Y yo a ti, Santi. Eres un tío genial. Gracias por esto.
Me separé de él y bajé la vista algo avergonzado. Mi polla
estaba dura como la piedra otra vez, lo que arrancó una carcajada a mi amigo.
—¡Vaya! —exclamé.
—Tranquilo —dijo Nico, y volvió a atraerme hacia él para
continuar con nuestro abrazo. Un abrazo que fue limpio, sin nada de sexual, un
abrazo sincero de amigos que se demuestran afecto. Él me regaló un sonoro beso
en mi hombro izquierdo.
—Joder, lo siento de verdad —me disculpé—. Es que me pongo
muy cachondo —excusé mi imperturbable erección.
Unos golpes sonaron en la puerta y al momento se abrió. La
cabeza de Felipe apareció a través del hueco y nos miró divertido.
—¿Se puede pasar? —preguntó. Pero antes de recibir respuesta
ya estaba dentro, cerrando la puerta tras de sí—. ¿Qué hacéis?, golfos —sonrió—.
No me aguanto más, tengo que mear —informó.
Sin más se acercó al váter, levantó la tapa y se sacó la
polla por la bragueta. Ni Nico ni yo le miramos, simplemente oíamos el ruido de
su potente chorro golpeando el agua del inodoro. Aún no había terminado cuando
volvió a hablar.
—Así que te la han comido, eh, Nico. ¡Qué cabrón el Santi!
—rió sin creérselo todavía—. Mira que nos conocemos de hace ya años y nunca has
querido hacer algo así conmigo —me miró, guardándosela en el pantalón y
girándose para mirarme.
—Tampoco me lo has pedido —solté bastante agudo.
—Es verdad —cayó en la cuenta mi mejor amigo—. ¿Lo harías?
—Esto… —me quedé pensativo, mientras Felipe y Nico esperaban
que respondiera al instante, a que les diera un sí.
—No lo se —me encogí de hombros, abrí un bote de gel y eché
la cortina de la ducha—. Se está saliendo el agua fuera —excusé aquel acto de
cobardía. No quería responder.
—¿Cómo que no lo sabes? —volvió Felipe a descorrer la
cortinilla—. ¿Por qué a Nico sí y a mí no? ¿Tiene algo que yo no tenga? ¿Te mola
más que yo?
—No —solté enfadado—. No me gustáis ninguno, joder. Se la he
comido a él porque estábamos muy cachondos y me he dejado llevar. Ha sido un
error.
—No lo ha sido —participó Nico quejicoso—. Menuda mamada me
ha hecho —le aclaró a Felipe.
—¿Por qué a mí no? —se mostró éste tozudo.
—Ni a ti ni a ninguno —le miré—. He dicho que no lo voy a
volver a hacer. ¿Qué queréis? ¿Qué me vuelva vuestra putita? ¿Vuestra felatriz?
Joder, que soy Santi, vuestro amigo. No me voy a dedicar a chuparos la polla
sólo porque me gusten los tíos. ¡Me equivoqué con Nico, vale! Lo siento.
—Después del discurso les di la espalda a ambos, que estaban algo avergonzados
ante su comportamiento.
—Lo siento. No quería que te enfadaras, tío —dijo Felipe—.
Era hablar por hablar. Claro que no quiero que me la chupes, idiota —habló en
tono cariñoso—. ¿Me oyes?
—Sí —respondí serio.
—¿Estás bien, Santi? —Nico apoyo su mano en mi hombro—. Eh,
—llamó mi atención, pero acabó tomándome de los brazos y girándome para que le
mirase— te estoy preguntando si estás bien.
—Sí.
—No tiene porque volver a pasar. Yo te pido perdón por haber
dejado que lo hicieras —se disculpó.
—Da igual, es sólo que…
—¿Qué? —preguntó Felipe. Por un momento se hizo un denso
silencio dentro del pequeño cuarto de baño.
—Es que no quiero que me veáis como vuestro amigo el
chupapollas. No quiero serlo. Nunca lo he sido y no quiero que el que me gusten
los tíos empiece ahora a marcar la diferencia. No soy diferente, soy uno más.
—Claro que eres uno más, bobo. Pero no podemos obviar que
eres gay, ni tampoco que eres genial, y un mimoso y un tierno, y que tenemos que
cuidarte —comenzó a bromear Felipe, sacándome una sonrisa. De repente, se
deshizo de su camiseta negra ajustada, se sacó sus botas sin siquiera desatarlas
y dejó que su pantalón cayera al suelo, quedando con unos ajustados slip—. ¿Me
hacéis un sitio? —señaló a la bañera—. Vengo de tener una intensa sesión
masturbatoria con Silvia y Carolina —nos guiñó un ojo. Acabó de deshacerse del
slip y, tanto Nico como yo, pudimos admirar su musculado cuerpo.
Entró en la ducha y se colocó debajo del chorro de agua.
Aunque la bañera era amplia, no podíamos evitar estar en contacto uno con otro.
Tras mojar todo su cuerpo, Felipe estiró sus marcados brazos, nos los pasó por
encima de los hombros y nos arrimó a él.
—Hey, nunca nos habíamos duchado juntos —nos zarandeó—. Esto
va mejorando.
—Sí —resoplé yo—. Primero se la chupo a Nico y ahora nos
metemos juntos en la ducha. Dentro de poco acabaréis follándome en una orgía sin
límite, con perros, caballos y payasos de circo —ironicé. Ambos estallaron en
carcajadas.
—No tiene porque —se encogió de hombros Nico.
—Claro que no —me acarició el pelo Felipe—. No tenemos porque
follarte, podemos hacerte el amor suavecito, como sabemos que te gusta.
Por sorpresa, me tomó las manos y las llevó a mi espalda. Me
sostuvo las muñecas allí detrás con un solo brazo, mientras acercaba su cuerpo
al mío.
—Felipe, para —le ordené—. No hagas estas tonterías que sabes
que no me gustan y que me ponen muy nervioso.
—¿Por qué? —susurró, con su nariz pegada a la mía.
—Porque no quiero que lo hagas. Porque me siento…
—Dilo —me animó.
—¿El qué?
—Dilo.
—¿Que diga qué?
—Di que te mueres por mí.
—No… —forcejeé.
—Di que estás loco por mí desde el primer día que nos
sentamos juntos en el instituto.
—No seas hijo de puta, Felipe —forcejeé aún más fuerte,
notando poco a poco la rabia en mis mejillas.
—Vamos, Santi. Admítelo.
—¿Quién coño te crees, tío? —le miré desafiante.
—Me creo tu mejor amigo, me creo el hombre de tu vida, pero
siempre te lo has negado a ti mismo.
—Vete a la mierda —escupí—. Que seas un semi-dios para tu
novia Silvia no quiere decir que lo seas para el resto de la humanidad. Deja de
hacerte el chulo.
—Hey —Nico le puso una mano a Felipe en el hombro para
detenerle.
—Tú no te metas, Nico —dijo sin siquiera mirarle.
—¡Para! —insistió éste. Y al ver que sus palabras no causaban
ningún efecto en Felipe, le agarró de su pelo muy corto y tiró de él hacia
atrás, haciéndole retroceder un paso—. Suéltale, Felipe.
Felipe me soltó al instante y entonces Nico le soltó del
pelo. Durante unos momentos la tensión fue insoportable. Mi mejor amigo se giró
y me lanzó una mirada furibunda.
—Vamos, Santi, hijo de puta. Te estoy diciendo que me digas
todo eso que guardas dentro. Si quieres liberarte de algo hazlo ahora, joder.
Porque quizás en otro momento yo no este dispuesto a escuchar o, siquiera
remotamente, a tener en cuenta…
—¿Ahora? —le pregunté—. ¿Por qué ahora? ¿Quizás porque tienes
celos de Nico? ¿Porque a él le he hecho una mamada?
Nico puso cara de circunstancia, dándose cuenta de que había
abierto la caja de Pandora sin ser muy consciente.
—Ahora, porque sí y punto —respondió Felipe.
—¡No me jodáis! —exclamó Nico—. Os morís por besaros. ¡Vamos!
—¿Qué dices? —arrugó Felipe el ceño, mirándole—. Yo no soy
ningún marica.
—Si tu no le besas lo haré yo —amenazó Nico—. Y tampoco soy
marica.
Entonces, como un demente, Felipe se lanzó a besar mis labios
y yo le recibí con una pasión indescriptible, dejando que mis sentimientos
corrieran desbocados, materializándose en los sobeteos que dedicaba a su
endurecido culo, redondo y peludo, en las caricias y abrazos a sus anchos
hombros y a su gigantesca espalda. En ese momento noté una presión aún mayor,
que me aprisionaba entre la pared y el cuerpo de mi mejor amigo. Nico se había
acercado a Felipe y había pegado su cuerpo al del más macarra del grupo. Le dio
unos sonoros besos en la nuca y me agarró por la cintura, dejando a éste en un
exquisito sándwich.
—Así me gusta —masculló Nico excitado—, que seáis buenos
chicos.
Comenzó a rozar su cada vez más endurecida polla contra las
nalgas de Felipe, que soltaba resoplidos entre morreo y morreo que nos
regalábamos.
—Joder, tíos —exclamó éste, medio jadeando—. Nunca pensé que
esto me pondría tan cachondo.
—Pues acaba de empezar —sentenció Nico, descargando un
terrible mordisco al cuello de Felipe.