¡Adiós hermano, bienvenido Leonardo!
Luego de abrazar a mis padres, mi hermano se paró frente a mí
como esperando que yo también me despidiera de él con la misma efusividad, pero
lo rechacé de un empujón. Más que una tristeza, el que Marco estuviera a punto
de irse del país por unos años representaba para mí un alivio.
Él no sólo es el mayor, sino el mejor en todo. Siempre he
estado a su sombra y mis pocas habilidades se aprecian aún más pobres comparadas
con las suyas, extraña combinación de inteligencia y capacidades atléticas por
igual, por lo que ha acaparado la atención, los halagos, los regalos, la
popularidad y todas esas cosas que cuando se es adolescente importan tanto. El
vivir opacado por su brillo nato me ha ido provocando un resentimiento que su
actitud arrogante, sus constantes bromas e insultos no tardaron en convertir en
odio. Su simple presencia me irrita hasta el grado de desear su muerte, y de no
haber sido porque seguramente, en su enorme grandeza, hubiera logrado frustrar
cualquier intento de asesinato de mi parte, no he llevado a la realidad todos
esos planes que mi retorcida mente maquina.
Por si eso fuera poco, por si no bastara el sentirme una
basura en gran parte por su culpa, está el hecho de que yo sé que todo ese
reconocimiento no es en vano, que en verdad es un genio, y peor aún, también
esta su innegable belleza, esa que tal vez es lo que más me perturbaba. De
musculatura moderadamente desarrollada y rostro de galán de cine, mi hermano es,
a sus apenas dieciocho años, el hombre más hermoso que he visto, y eso me
molesta, eso me enfurece porque a pesar de odiarlo no puedo dejar de imaginarlo
encima de mí, taladrándome con esa verga cabezona que tantas veces me presumió
antes de cerrar los ojos, acostados cada uno en su lecho y separados por escaso
metro y medio.
El que hubiera obtenido una beca y se largara a estudiar
leyes al extranjero fue lo mejor que pudo haberme pasado, pues aparte de
librarme de sus burlas y humillaciones, dejó de ser una tentación para mí,
dejamos de dormir en el mismo cuarto, él orgulloso de mostrar su impresionante
desnudez y yo luchando por no saltar de la cama y prenderme de su miembro hasta
exprimirle la última gota de semen. Por eso fue que no me despedí, que no lo
abracé y salí corriendo del aeropuerto sintiéndome la persona más feliz del
mundo, la más afortunada pues él ya no estaría para resaltar el gris de mi vida
con sus logros.
Me detuve en medio de la acera, extendí los brazos, respiré
hondo y el contaminado aire de la ciudad a mis pulmones les supo cómo perfume de
rosas. No podía parar de sonreír, pero, como en todas y cada una de las pocas
ocasiones que la dicha me ha invadido, no transcurrió mucho tiempo para que a mi
gesto regresara de nuevo la amargura.
El cambio de humor llegó de la mano de mis padres. Después de
haber observado a su hijo predilecto perderse por el pasillo cuatro, me
alcanzaron en el estacionamiento y, luego de pegarme de gritos por no haberle
dicho adiós a Marco cómo Dios manda, me enteraron de algo que derrumbó todos
esos planes que, creyendo que la habitación que antes compartiera con él sería
solamente para mí, había hecho.
Sabemos que la partida de tu hermano va a significar una
profunda pena para ti. Ustedes han sido siempre tan unidos, que seguro lo
extrañarás horrores. – Comentó con ironía mi madre.
Sí, es por eso que para que no te sientas tan solo,
Leonardo ocupará su lugar. Mañana mismo, el muchacho se mudará con nosotros
y dormirá en la cama que era de tu hermano, a ver si así no corres llorando
a nuestro cuarto como cuando Marco se iba de vacaciones y tú jurabas que
había un monstruo en el armario. – Apuntó mi padre entre risas y todo
comenzó a darme vueltas.
La inesperada y desagradable noticia turbó mi mente de tal
forma que no escuché una sola palabra del porque un completo extraño se mudaría
a nuestra casa, aunque en realidad las razones poco me importaban. Por un
instante me había sentido libre, pero sólo por un instante ya que si bien mi
hermano no estaría cerca para reprimirme a la menor provocación, otro iba a
reemplazarlo, otro cuyo nombre escuchaba por primera vez, otro de quien no sabía
absolutamente nada y por lo tanto podía esperarlo todo: desde que resultara un
pan del Señor hasta que fuera más sádico que Marco, opción que, basándome en los
desafortunados sucesos ocurridos a lo largo de mi corta vida, pensé sería la
correcta. Y hablo en pasado porque luego de tratar muy a fondo al susodicho me
he dado cuenta de mi error, pero no nos adelantemos, no pasemos a la acción que
él ni siquiera había llegado.
Durante la noche acontecieron algunas cosas, pero, además de
que no las recuerdo bien pues mi confusión no se fue hasta que me quedé dormido,
todas fueron de nula importancia, así que brinquémonos a la mañana siguiente, a
cuando él tocó a la puerta y mi madre lo recibió con un beso y un abrazo, cómo
si lo conociera de toda la vida, detalle que después sabría era prácticamente
verdad.
¡Marco, ven a saludar a Leonardo! – Gritó mi madre cómo
si para ella quien estaba en la entrada de la casa fuera un personaje famoso
y no el intruso que, en ese momento, para mí representaba.
¡¿Cómo estás, muchacho?! – Le preguntó mi padre
abrazándolo y besándolo también, fiel a esa extrema cortesía que mostraba a
todo aquel que no fuera yo.
¡Muy bien, señor! ¡Muy contento de estar aquí! –
Respondió Leonardo con esa hermosa voz que entonces escuché hasta gangosa.
¡Nosotros estamos tan o más contentos que tu, mijito! –
Exclamó mi madre pellizcándole un cachete – Y llegas justo a tiempo, el
pastel que preparé para darte la bienvenida acaba de salir del horno.
¡Pasemos a la cocina para que lo pruebes! Es una receta de mi bisabuela, y
estoy segura que te va a encantar.
¡Sí, esa dulce viejecilla era una gran cocinera! Ya tenía
noventa y tantos, pero no se apartaba de la estufa por nada del mundo. Si la
hubieras conocido, seguro que…
Mi padre, como de costumbre, se puso a contar la historia de
la familia comenzando por mi tata, esa anciana decrépita cuya cara arrugada y
dentadura inexistente tantas pesadillas me provocó. Persona que nos visita,
persona que tiene que soplarse el fastidioso relato Gómez Pérez. A mis quince yo
ya lo he oído unas cien veces sin exagerar, por lo que me concentré en esos
problemas matemáticos que empezaban a frustrarme y me olvidé de ellos, igual que
tampoco me estaban haciendo mucho caso. Y en eso estaba, tratando de encontrar
el valor de equis, cuando esa voz chillona que tan grabada tengo en el cerebro
pronunció mi nombre.
¡Joaquín! – Me llamó mi madre para lo que yo supe sería
darme una orden – Lleva las maletas de Leonardo a tu recámara, mientras yo
le doy una rebanada de pastel. – Me mandó clavándome esa mirada de hazlo
rápido o atente a las consecuencias.
Si no me equivoco, tú debes ser el hermano de Marco –
mencionó Leonardo sin siquiera darme tiempo para molestarme por tener que
hacerla de su esclavo –. ¡Encantado de conocerte! – Expresó ofreciéndome la
mano.
Igualmente. – Dije yo correspondiendo a su saludo sin
mucho ánimo, extrañado de que hubiera notado mi presencia.
Tu hermano me ha hablado mucho de ti – sorpresa mayor –,
así que puede decirse que ya te conozco. Espero que seamos amigos y que no
te moleste que invada tu privacidad. – Señaló ganándose sus primeros puntos.
¡Claro que no le molesta! ¡Es más, seguro te lo agradece!
A su edad y así de largo cómo lo ves, Joaquín le tiene tanto miedo a la
oscuridad que no soporta dormir solo. – Explicó mi madre echándose a reír y
provocando mi ira.
¡No te enojes, hijo! – Sugirió mi padre al ver que agarré
las maletas y me dispuse a abandonar la sala – ¡Ah, qué amargadito es este
niño! – Lanzó ya sin mi presencia.
Ahí estaban otra vez esos comentarios fuera de lugar por los
que tanto los despreciaba, y esa tradición de exponerme de manera vergonzosa
frente a un desconocido, que tantas veces me había hecho pensar en el homicidio.
Tal vez fue una broma y a la mejor exageré, pero quince años de vivir lo mismo
habían logrado que su simple respirar me irritara. Sumamente furioso, sobre todo
por el hecho de que no podía hacer nada contra ellos pues después de todo eran
mis padres, me dirigí a mi habitación antes de que mi cuerpo intentara expulsar
el disgusto por medio del llanto y mi imagen quedara aún peor.
Con la cabeza llena de humo cómo la traía, no tuve cuidado al
entrar al cuarto y una de las dos valijas chocó contra la pared, abriéndose y
regando la ropa que contenía. Un par de camisas, unos jeans y varios pares de
calcetines fueron a dar al piso, pero no fue en ellos en lo que reparé sino en
los calzoncillos. Media docena de bóxer apareció frente a mis ojos y el simple
hecho de verlos ahí tirados alborotó mis hormonas, fáciles como ellas solas. Me
agaché y, con la mano temblorosa por saber que hasta cierto punto aquello era
algo prohibido, tomé una de las sensuales prendas, la de color rojo con
transparencias, y pasé los dedos por la zona destinada a los genitales. Cerré
los ojos y vislumbré que lo que tocaba no era sólo tela, que debajo de ésta en
verdad estaba uno de esos trozos de carne que mi madre no servía para cenar y
únicamente podía conseguir en sueños. Simulé que lo estrujaba y éste empezaba a
crecer, a palpitar y a humedecerse por mis caricias, cosa que sí hizo el mío
dibujando una mancha en mi ropa interior, una de esas que pretendí también tenía
la suya y me la llevé a la nariz, ansioso de oler esa venida figurada en mi
nombre. Con el primer jadeo y en cuestión de segundos, el intruso pasó a ser una
fantasía que a partir de entonces no me dejaría tranquilo, una imagen recurrente
que se borró en el momento en que escuché su voz a mis espaldas.
¿Qué haces? ¿Adivinando que suavizante utilizo? –
Inquirió sacándome un tremendo susto.
Eh… yo… este… creí que ibas a comerte una rebanada de
pastel. – Cité evadiendo su pregunta, pero sin soltar sus calzoncillos.
Aquí la traigo junto con una para ti, ¿que no las ves? Me
pareció buena idea venir a comérmela contigo, para platicar un rato e irnos
conociendo mejor. – Expuso subiendo y bajando ambos platos cómo si sus
brazos fueran los de una balanza.
¡Sí, qué buena idea! – Clamé aún con su prenda entre mis
dedos.
¿Te gusta? – Cuestionó hincándose a mi lado y colocando
los platos en el suelo.
Sí, es el pastel que mejor le sale a mi mamá. – Contesté
pensando que se refería al postre.
¡No, tontuelo! Yo hablo de mi bóxer. – Especificó al
tiempo que me lo arrebataba.
¿Tu bóxer? ¡Tu bóxer! ¡Ah, no! Lo que pasa es que
estrellé la maleta contra la pared y la ropa se salió. La estaba recogiendo
y por eso los tenía en la mano – mentí para justificarme –. Perdón, ahora
mismo lo recojo todo. – Agregué levantando una de las camisas y sintiendo
como el sudor escurría por mi frente de tan nervioso que me encontraba.
No te disculpes y mejor respóndeme – apretó mi muñeca
para impedir que siguiera juntando su ropa –. ¿Te gustan? – Insistió.
Eh… ¡sí, están chidísimos! – Declaré delatando el encanto
que me habían producido.
Bueno, pues entonces te los regalo. Con ese trasero que
te cargas, de seguro a ti se te verán mejor. – Afirmó regresándomelos,
rozando sospechosamente mi mano y dejándome helado.
Nada, ni siquiera ese roce que a mí me pareció más bien una
caricia, me aseguraba que aquella frase significara algo más que un simple
halago, menos estando él tan calmado, pero de cualquier manera mi cerebro
comenzó a divagar y, en mi falta de cariño, mis ojos empezaron a verlo de otra
forma. Me entregó mi trozo de pastel, y antes de que le diera la primera mordida
me pidió que le contara algo de mi vida, pero en ese momento no me sentía capaz
de articular más de tres palabras seguidas y fue él quién terminó hablando.
Mientras yo me iba dando cuenta de que, si bien no al nivel de mi hermano, era
muy atractivo, él me contó el porque se había mudado a nuestra casa. Para que
ustedes también lo sepan, y con el propósito de no cambiar ni uno solo de los
términos que empleó, le cederé por unas líneas la narración de la historia.
En mi pueblo no hay preparatorias, así que al salir de la
secundaria me vine para acá con la intención de seguir estudiando. Una prima de
mi madre vive aquí, y fue ella quién me dio asilo estos más de cuatro años. A tu
hermano lo conocí precisamente en la escuela, nos hicimos amigos desde el primer
día y prácticamente lo hemos compartido todo desde entonces. Un día le estaba
platicando que las cosas en casa de mi tía no andaban bien, y el me ofreció que
me cambiara con ustedes. Me dijo que se iba a estudiar al extranjero y que podía
quedarme en su lugar, que tus padres me querían tanto que no dudarían en
aprobarlo. Al principio no estuve seguro de que fuera una buena idea, pero él,
don Marco y doña Laura se encargaron de convencerme de lo contrario y terminé
aceptando la invitación y heme aquí: comiendo pastel a tu lado y a punto de ser
como hermanos, a punto de… bueno, creo que lo sabes.
De haber sido otras las circunstancias, el hecho de que
Leonardo mantuviera tan buena relación con mi familia sin siquiera estar yo
enterado me habría molestado mucho, pero no aquella mañana, no después de haber
tenido su ropa interior entre mis manos. En lugar de sufrir por haber
descubierto una prueba más de que mis padres y mi hermano me excluían de todo
plan o actividad, me llamó la atención el que hubiera mencionado que él y Marco
solían compartir prácticamente todo. Que mi hermano le hubiera hablado de mí me
asombró, pero que existiera alguien con quien no se mostrara egoísta fue todavía
más sorprendente. Además, el tono y las palabras con que había finalizado la
historia me sugerían algo más que el deseo de iniciar una amistad. Mi mente otra
vez comenzó a fantasear.
¿No que te gustaba mucho? – Me interrogó bajándome de mi
nube – No has comido nada.
Es que… no tengo mucha hambre, recién había desayunado
cuando tú llegaste. – Me excusé.
Pues si no tienes hambre, ¿qué te parece si te pruebas
los bóxer? Digo, para ver cómo te quedan. – Propuso con acento serio, cómo
si aquello fuera de lo más normal.
¡¿Cómo crees que me los voy a probar enfrente de ti?!
Digo, es la primera vez que te veo y no te tengo esa confianza. – Argumenté
intentando imitar su serenidad, pero con los colores ya subidos.
¡Vamos! – Me ánimo – O ¿qué? ¿Me vas a decir que te da
pena? No tiene porque, ambos somos hombres y nada de lo que vea me resultará
nuevo. Es más, si quieres yo también me pruebo unos para no dejarte solo.
¡No, mejor otro día! – Dicté en realidad deseando lo
contrario.
Creo que se percató de la inseguridad que había en mi voz,
porque, sin hacer caso de mi sugerencia, se puso de pie y se deshizo del
pantalón y después del slip, quedando desnudo de la cintura para abajo,
enseñándome sin pudor alguno una verga prieta, gruesa, circuncidada y a medio
camino entre la flacidez y la dureza, y un par de huevos gordos y peludos que
tuve que esforzarme para no lanzarme a devorar en ese instante.
¡¿Qué diablos haces?! – Le pregunté entre excitado y
asustado – Si mis padres te ven, te echan de la casa y luego te encarcelan
por depravado y libidinoso.
Por eso no te preocupes, tus viejos salieron a hacer el
súper y me dijeron que regresaban en unas horas. – Apuntó tomando uno de los
calzoncillos tirados en el piso.
Antes de ponerse la prenda, se dio media vuelta y me mostró
sus nalgas, que aunque no tan generosas como las mías igual no pude evitar
chuparme los labios al verlas, pequeñas, redondas, firmes y velludas. Para pasar
los pies por los orificios del bóxer, se inclinó hacia delante y sus glúteos se
separaron permitiéndome observar por unos segundos su ano, cuyas paredes me
pareció se abrieron un poco. La sangre hervía a través de mis venas y mi miembro
estaba por estallar. Intencionalmente o no, Leonardo me estaba calentando y algo
en sus movimientos me hacía pensar que lo disfrutaba, que gozaba provocándome y
viendo mi expresión de nervios. Y aún no asimilaba la imagen de su ano
desplegándose como flor, cuando se volvió frente a mí y mi mirada se dirigió a
ese apetitoso bulto que se le formaba bajo la ropa interior. Aprisionado por ese
pequeño trapo azul, la silueta de su falo se marcaba a la perfección y revelaba
una potente erección que me arrancó un suspiro.
¿Tan bien se me ven? – Inquirió al escucharme suspirar –
De ser así, ¡imagínate cómo se te han de ver los tuyos! Pruébatelos para
comprobarlo. – Me invitó desabrochando él mismo mis jeans.
Ya te dije que… – no pude seguir hablando.
Quise impedir que me desvistiera, quise pedirle que se
detuviera, pero mi subconsciente actuó por mí y lo dejó hacer. Sus expertas
manos pronto me tuvieron semidesnudo y mi polla quedó expuesta en todo su
esplendor, pero él ni siquiera lo notó o hizo cómo que no lo había notado.
Lentamente y acariciando mis piernas con su respiración, fue deslizando los
calzoncillos hacia arriba hasta cubrir mi excitación, hasta que su rostro se
niveló al mío y entre nuestras bocas no hubo más de cinco centímetros. Nuestros
ojos se encontraron y creí que moriría. Mi corazón no podía latir más aprisa y
hubiera bastado con un simple toqué de sus labios para haberme corrido, pero ese
toqué no llegó. Luego de darme una palmada en el trasero que mi calentura, tal
vez acertadamente o quizá cometiendo un error, interpretó cómo un ¡qué buen
culo tienes, cabrón! ¡Me muero por rompértelo, pero ya será otro día!,
abandonó la habitación y yo me quedé sintiéndome más niño y estúpido que nunca.
Lo extraño fue que no estaba molesto por ello, como cuando mi hermano me jugaba
alguna de sus pesadas bromas o me humillaba sacando a relucir mi poca
brillantez.
Era sábado y por lo tanto no había escuela, así que permanecí
toda la tarde en mi casa sin hacer nada, lo cual contribuyó a que no me lo
quitara de la cabeza ni un instante. Antes de salir no avisó adónde iba ni a qué
hora regresaba, por lo que todo el tiempo estuve preguntándome en dónde podría
encontrarse, qué podría estar haciendo, cuánto tendría que esperar para volver a
verlo. Ni yo mismo podía creer el cambio tan repentino y drástico que había
sufrido la opinión que de él tenía. Por un momento me creí un idiota por sentir
que ya lo quería nada más por haberme obsequiado uno de sus calzones y haberse
portado bien conmigo, pero los instintos rápidamente le ganaron terreno a la
razón y mi pensamiento se llenó de fotografías en las que él me follaba en todas
las posiciones imaginables. Me fue imposible resolver siquiera una de las
ecuaciones que tenía de tarea, y mi estado habría de empeorar al caer la noche,
cuando, luego de la cena, nos encerramos los dos solos en el cuarto.
Yo me quité la ropa quedando en paños menores y me metí bajo
las sábanas, y él se desnudó por completo y caminó rumbo al baño ubicado dentro
de la misma recámara. Tan sólo de verlo desfilar con su pene meneándose a cada
paso, mi verga se puso otra vez como piedra. En cuanto escuché el sonido del
agua, me destapé, bajé mis calzoncillos, rodeé mi miembro con la mano derecha y
empecé a masturbarme, obviamente, pensando en él.
Para Marco, más que sacudirse el polvo y el cansancio
acumulado durante el día, tomar una ducha es un ritual. Siempre entraba al baño
a eso de las nueve treinta, cerraba la puerta y no lo volvía a ver hasta la
mañana siguiente. Nunca supe qué tantas cosas hacía ahí dentro, pero sí qué el
tiempo que tardaba en realizarlas era el suficiente para que me hiciera una
buena paja, o hasta dos cuando algún suceso ocurrido durante el día había
incrementado mi tensión. Lo que esa noche olvidé, fue que no era mi hermano sino
su amigo sobre quien caían las gotas que me servían de fondo para la chaqueta.
Mis energías estaban tan concentradas en las sensaciones que me provocaba el
deslizar de mis dedos por la suave y caliente piel de mi falo, que no noté
cuando el agua paró de correr. Y como mis ojos permanecían cerrados para mejor
imaginar el cuerpo desnudo del ya no tan extraño, no me percaté de su presencia
hasta que colocó su mano encima de la mía.
¡Leonardo! – Exclamé exaltado al descubrirlo junto a mí.
¡Claro que soy Leonardo! ¿Quién más si no? – Me interrogó
colando sus dedos por entre los míos para tocar mi miembro y robarme un leve
gemido – O ¿qué, esperabas que fuera la persona por quien hacías lo que
hacías? – Comenzó un lento sube y baja y yo cerré otra vez los ojos,
abandonándome por completo al enorme placer que él me estaba dando – ¿Puedo
preguntar de quién se trata, en quién pensabas? – Aceleró sus movimientos
entrecortando mi respiración – ¡Vamos! Creo que me merezco saberlo, ¿no lo
crees? O ¿qué, sigues sin tenerme confianza? ¿Sigues diciendo que no me
conoces?
Estaba… pensaba en…
Impulsado por la locura del momento, a punto estuve de
confesarle que había sido él quien me inspiró a masturbarme, pero fueron sus
propias caricias las que me lo impidieron. De mi garganta sólo pudieron escapar
jadeos para acompañar a cada uno de los chorros de semen que de mi polla
salieron expulsados, cayendo en mi vientre, en mi pecho, en mi cara y en su
mano, regalándome de mi vida el más intenso orgasmo.
Bueno, ya me lo dirás otro día. – Propuso deshaciendo el
nudo de la toalla amarrada a su cintura, dejando a la vista una inflamada
verga desde cuya punta escurría un hilo de lubricante.
Eh… sí. – Apenas pude mascullar.
No pronunciamos ni una palabra más durante el lapso que
limpió los restos de mi corrida. Nos mantuvimos en silencio mientras pasaba el
paño primero por sus dedos, luego por mi abdomen, mi torso y mi rostro, y
finalmente por mi pene, al cual le puso especial atención, el cual frotó
concienzudamente cómo queriendo que recuperara la firmeza perdida por la
eyaculación. Y cuando eso aconteció, cuando creí que me ordeñaría otra vez pues
así me lo anunciaba la malicia de su sonrisa, de una manera cruel y repentina se
dio media vuelta y se metió a la cama con la intención de dejarme con las ganas.
El Joaquín de días atrás se habría resignado a apagar el
fuego con el sueño, pero eran tantas las emociones que se arremolinaban dentro
de mí, tantas preguntas, tantos deseos y dudas, que no pude quedarme callado,
que no pude cerrar los ojos y hacer cómo que nada ocurría, cómo que no me
importaba el que ignoraran mi opinión. Impresionándome, me puse de pie y caminé
hacia él decidido a, por primera vez, hacer valer mi voz.
Leonardo, quiero hablar contigo. – Le dije sentándome al
borde de su lecho.
¿De qué? – Inquirió sin darme la cara – Seguramente de lo
que acabamos de hacer – se respondió él mismo –. Pues mira, creo que sabes
que al hecho de estimular los genitales con la mano se le llama
masturbación, ¿no es así? Bueno, también has de saber que no sólo puedes
hacerlo por ti mismo, que alguien más puede ayudarte, ¿verdad? ¿Entonces? No
entiendo el porque de tu preocupación. O… ¿es que acaso nunca habías hecho
esto con algún amigo? Digo, no quiero suponer que eres un inexperto o que no
tienes amigos con quienes puedas hacerlo, pero siendo así, siempre hay una
primera vez para todo. ¿Cuál es el problema? Vuelve a la cama que mañana nos
tenemos que levantar muy temprano, tus padres me dijeron que iremos de día
de campo. – Sentenció pretendiendo haberme convencido.
Leonardo. – Susurré desechando su sugerencia, haciendo un
gran esfuerzo por no tomar en cuenta sus comentarios, esos que por ser
verdad dolían más.
¡¿Qué quieres?! – Preguntó un tanto molesto – Ya te dije
que te vayas a dormir, niño.
De haber sido otras las circunstancias, el que me llamara
niño habría bastado para que me enfureciera y me escondiera bajo las sábanas
antes de ponerme a llorar, pero no en esa ocasión. Y no es que no me haya
irritado, pero las hormonas siempre son más fuertes que las neuronas y yo
ansiaba satisfacerlas. La piel morena de ese muchacho que llegara a mi casa casi
sin avisar, su rico y peludo culo tan cerca de mi petrificado falo, ¡su maldita
indiferencia!, hacían que cada poro de mi cuerpo lo deseara, y ya no encima de
mí follándome en todas las posiciones imaginables, ¡no!, lo quería de otra
forma: permitiéndome atravesar ese pequeño y rosado orificio que en la tarde me
mostrara.
No supe de dónde me salió ese instinto de macho, pero era
indispensable saciarlo, era prioritario cogérmelo. En mi mente no había otro
objetivo.
No se trata de eso. – Mencioné recorriendo su espalda con
la yema del pulgar, logrando que se sobresaltara.
¿Ah no? – Cuestionó con cierto nerviosismo en su voz,
animándome a seguir en mi papel.
No, se trata de… – me acosté a su lado quedando en
posición de cucharita, restregué contra sus nalgas mi ansioso miembro, y
después de eso ya no fue necesario continuar hablando.
Ladeándose un poco, separó sus glúteos para abrirme paso. Con
la torpeza de la primera vez, busqué su agujero y una vez habiéndolo encontrado
empecé a hacer presión. Aunque no está nada mal, mi verga no es muy gruesa y su
longitud tampoco es exagerada, pero de cualquier manera, y a pesar de no contar
con otra experiencia para hacer comparaciones, que le entrara con facilidad no
dejó de sorprenderme. Hoy sé que se debió a que yo no fui el primero en
transitar ese camino, pero entonces no estaba para averiguar las razones de la
nula resistencia de su esfínter. Me limité a gozar cómo cada centímetro de mi
polla se iba introduciendo en él, cómo se perdieron en sus adentros primero el
glande y luego el resto hasta que nuestros vellos se hicieron cosquillas
mutuamente.
Quince años de sentirme una basura se esfumaron cuando me dio
un ligero apretón, cómo diciéndome: ya está toda adentro, ¡campeón!, ya
puedes iniciar el mete y saca. Y yo, ni tardo ni perezoso, obedecí la señal
e inicié a embestirlo con la clásica desesperación del primerizo, sin
preocuparme que la fuerza y la velocidad excesivas pudieran hacer menos duradero
el maravilloso encuentro.
Besé su nuca, acaricié sus muslos y apreté sus tetillas.
Estaba como poseído, pero él ni se inmutaba. Era cómo si aquello no le
significara nada, cómo si al contrario de mí lo estuviera sufriendo. Traté de no
darle importancia a ese detalle, pero uno siempre necesita que el otro goce por
igual para que el polvo sepa mejor. Debía hacer algo para conseguir de él al
menos un suspiro. ¡El bendito ego!
Al tiempo que cómo si se manejara él solo mi miembro
arremetió con más fibra, busqué el suyo para masturbarlo y me encontré con un
pequeño charquito. Después de todo, Leonardo disfrutaba tanto el tenerme dentro
que se vino antes que yo. Sonriendo de oreja a oreja y creyéndome el mejor de
los amantes, llevé mis dedos hasta mi boca y al probar su semen le escupí el
mío. Uno, dos, tres, cuatro… ¡el placer era grandioso! ¡Inmenso! ¡Descomunal!
¡Pensé que moriría del gusto de saber que me corría en el interior de alguien y
no en mi mano! Me aferré a él y no paré de besar su cuello hasta que le planté
la última semilla desperdiciada. Entonces su voz rompió con el encanto.
Ahora sí, vete a tu cama – ordenó empujando mi brazo –.
Mañana el día comenzará temprano.
Pero… – comprendí que hubiera sido inútil intentar una
charla, así que me salí de él y me dispuse a dormir con el sabor agridulce
de su actitud revolviendo mis entrañas.
El amanecer me lo anunció la voz chillona de mi madre. Para
no variar, cuando entre gritos e insultos yo apenas me vestía, ella, mi padre y
Leonardo (en representación de mi hermano) ya habían subido a la camioneta las
cosas necesarias para el día de campo y estaban más que listos para partir.
Luego de ponerme lo primero que encontré en el clóset y echarme agua en la cara
para lavarme las lagañas, corrí hasta el vehículo para recibir un par de regaños
más antes de emprender el viaje hacia la zona boscosa más cercana, o sea, esa
ubicada a no menos de cien kilómetros de la ciudad.
Durante el trayecto, ese quien la noche anterior me diera el
culo ni siquiera volteó a verme. Cómo si en verdad se tratara de Marco, se
dedicó a conversar con mis padres y me ignoró todo el camino. Apoyé mi mano en
su pierna y me acaricié la verga por encima del pantalón para obtener su
atención, pero se la sacudió y siguió hablando de quién sabe cuantas tonterías,
de quién sabe cuantas estupideces. La somnolencia se fue transformando en enojo
por su plan de fingir que no me encontraba ahí, y al poco más de una hora que
tardamos en llegar a nuestro destino, ya se había vuelto furia.
¡Joaquín! ¡Joaquín! ¡Joaquín, te estoy hablando! – Gritó
mi madre sacándome de mi ensimismamiento.
¿Qué? – Interrogué sin mirarla.
¡Ayúdame con esa canasta! – Mandó y los dos caminamos
hacia el área de asadores, detrás de mi padre y de Leonardo que cargaban el
resto del equipaje.
No había mucha gente a pesar de ser domingo, por lo que
tuvimos la oportunidad de sentarnos bajo uno de los árboles con mejor sombra,
aunque eso a mí me daba igual. Del humor que me encontraba, con tal de no
soportar todo un día rodeado de la polvorienta naturaleza llena de bichos,
habría aceptado gustoso morir bajo los rayos del sol, pero para mi poca fortuna
eso es imposible estando en este planeta, por lo que, en cuanto acomodaron las
cosas en sus respectivos lugares, mis padres empezaron con esos clásicos e
inoportunos comentarios cuyo único propósito siempre ha sido el hacerme sentir
mal.
¿Quieres escuchar una historia chistosísima, Leonardo? –
Preguntó mi padre.
¡Claro, don Marco! – Respondió ese quien volvía a ser un
intruso para mí.
¡No, papá! ¡Por favor! – Imploré sabiendo qué anécdota
planeaba contarle.
¡Vamos, hijo! ¿Qué más da que lo sepa alguien más? Digo,
tampoco es la gran cosa. ¡No seas exagerado, sí! – Pronunció mi madre dando
la autorización para que el episodio número mil cincuenta y cinco de
humillen a Joaquín diera inicio.
Hace un par de años, cuando…
Mi padre comenzó a relatarle uno de los episodios más
bochornosos de mi vida a ese con quien horas atrás tuviera mi primera vez. La
situación hubiera sido demasiado vergonzosa aún para mí, así que, haciendo caso
omiso de sus gritos, me solté a correr y me alejé lo más que pude de aquel
lugar. Una vez que, más por el cansancio de mis piernas y lo agitado de mi
respiración que por otra cosa, decidí detenerme, me senté a llorar al pie de un
roble.
Al poco tiempo, Leonardo se plantó frente a mí con gesto de
no entender por qué había huido. Al parecer, mi escandalosa manera de sacar mi
frustración lo había conducido hasta mí y silenciosamente me pedía una
explicación. Me limpié los ojos, me puse de pie e intenté escapar de nuevo, pero
él me detuvo y me apresó entre sus brazos. El oler tan de cerca su perfume y lo
inmediato de nuestras braguetas devolvió a mi cerebro ese querer ser suyo, pero
no podía ceder tan fácilmente, no podía olvidarme de la inapetencia con que me
había tratado desde la noche anterior, luego de venirme dentro de él. Quise
zafarme, pero su fuerza superior no me lo permitió.
¡Suéltame, por favor! – Le pedí al darme cuenta de mi
fragilidad.
¿Por qué quieres irte, chiquito? – Empezó a sobar mi
espalda y mi cabeza – ¿No te gusta estar conmigo? ¿No te gustó lo de anoche?
Por lo inundado que me dejaste, ¡yo diría que bastante!
¿Anoche? ¡Idiota! – Lo insulté con saña – ¿Ahora sí te
acuerdas? ¡Pendejo! – Mi tono ya no fue tan enérgico.
¿Por qué me tratas así? – Sus manos descendieron hasta
posarse en mi trasero – ¿Por qué, si yo te quiero? – Estrujó mis nalgas
delicada e incitantemente – ¿Por qué, Joaquín? – Frotó su entrepierna contra
la mía.
¡No me hagas esto, por favor! – Mi lengua comenzó a lamer
su cuello – ¡No juegues conmigo! ¡Tú no!
¡No te preocupes, que no lo haré! – Presionó mi cráneo
hacia abajo – Él que va a jugar eres tú – mi rostro se fue acercando a su
cautivo sexo –. ¿Por qué no sacas tu muñeco, bebé?
¿Dónde está? – Inquirí fregando su bulto con mi cara y
libre ya de todo drama.
Búscalo, que por ahí ha de andar – desabotonó sus jeans
–. Búscalo bien, búscalo bien.
¿Acaso estará por aquí? – Le bajé los pantalones – ¿Acaso
será éste? – Le quité también el bóxer, y su prieta, gruesa y circuncidada
polla rebotó contra mi barbilla – ¡Ay, parece cómo si estuviera vivo! ¡Anda
muy alebrestado! – La atrapé con la izquierda y le di unas cuantas
sacudidas.
Pues… ¿por qué… por qué no… por qué no lo calmas,
precioso? – Balbuceó empujándome hacia ella.
¿Tú crees que… baste con unos besitos? – Descansé mis
labios sobre la enrojecida, regordeta y babosa punta.
Yo creo que no. – Me la metió entera.
Tuve que hacer un esfuerzo excepcional para no vomitar tras
la bestial estocada de Leonardo, pero en cuanto controlé las nauseas, y
recordando todas esas horas de práctica con una salchicha entre los dientes,
empecé a atender esa tibia, suave y firme pieza de carne. Fiel a la falta de
paciencia que suele acompañar a los novatos, lamí, besé y chupé con
desesperación esos diecisiete centímetros del amor que tanto me hacía falta. Él
gemía cada vez que mi lengua bailaba en su frenillo y yo lo hacía con más gusto.
Él jadeaba cuando su glande raspaba mi garganta y mi agujerito daba un salto al
saber que pronto sería él el penetrado. Sin sacarme su endurecido falo de la
boca, apreté con mucho cuidado sus testículos y fue entonces que enloqueció por
completo. Argumentando que no podía esperar, me separó de su entrepierna, me
levantó y me puso de espaldas contra un árbol para desvestirme. Me arrancó la
playera, los shorts y los calzoncillos, y luego me dio media vuelta y separó mis
muslos para hundir su rostro entre mis nalgas.
Cuántas veces adiviné en mis fantasías lo que me haría sentir
un beso negro y ni siquiera un poco me acerqué, ¡aquello era la gloria! Su
lengua repasó el contorno de mi ano, una y otra vez, hasta finalmente
perforarlo, hasta comenzar a hurgar en mi interior provocándome latigazos de
placer que me obligaron a arañar el tronco del cual estaba abrazado para no
doblarme de la emoción. Mientras él ensalivaba ese canal por el cual habrían de
entrar sus dedos, pequeñas estacas se clavaban en los míos. Y con los ojos en
blanco y las uñas destrozadas, recibí el primero, el segundo y el tercero. En
cuestión de segundos, los arrumacos en mi próstata le fueron ganando el terreno
a la estrechez y a la resistencia. Todo mi cuerpo vibraba y ríos de gozo
emanaban de mi erecto pene. Cada poro de mi piel le pedía a gritos que me
atravesara, pero él no tenía para cuando. Era cómo si su desesperación se
hubiera perdido entre mis gemidos y mis callados ruegos, cómo si estuviera
esperando que en verdad le suplicara. Y yo, habiendo regado mi dignidad en sus
intestinos la noche anterior, complací sus deseos.
¡Métemela ya, por favor! ¡Ya no aguanto más! – Le imploré
sacudiendo la cadera.
¡No te desesperes, pequeño! – Continuó girando sus dedos
– Ya habrá tiempo para eso. Ahora déjame disfrutar del espectáculo, déjame
admirar cómo se va abriendo tu agujerito, cómo se va preparando para acoger
mi verga. Porque sí, cuando llegue el momento, ¡te la voy a enterrar hasta
el fondo y de un solo golpe! – Introdujo aún más adentro sus dedos – ¡Y vas
a gritar, papito! ¡Vas a aullar como una bestia y vas a saber quién es el
que manda aquí! ¡Quién es tu macho! ¡Ándale! ¡Muévete y muéstrame lo mucho
que quieres que te ensarte! ¡Mueve tu culito rico, precioso! ¡Muévelo! – Me
ordenó – ¡Muévelo y dime que me quieres dentro¡
¡Sí, te quiero dentro! – Obedecí gustoso sin parar de
menearme – ¡Dámelo ya, por favor! ¡Dámelo ya!
¿Qué quieres que te de, chiquito? – Se retiró de mis
adentros y se puso de pie – ¿Es esto lo que quieres? – Preguntó golpeando mi
trasero con su polla – Dime, ¿es esto lo que quieres?
¡Sí, es eso lo que quiero! – Respondí echando el cuerpo
para atrás cómo buscando clavarme yo mismo.
¡Vaya puto resultaste! – Soltó al notar mi inquietud –
¿Quién lo iba a decir, tan modosito que te veías? Pero no te exaltes, que yo
también lo quiero, que yo tampoco aguanto más – fue colocando su endurecido
miembro entre mis nalgas –. No te imaginas cómo estoy gozando este momento,
cómo lo he deseado y finalmente llega. ¡Ah, sí!, ¡por fin va a ser mío tu
delicioso culo! ¡Por fin voy a…
Esa última frase quedó inconclusa pues para mi regocijo
cumplió sus amenazas, para mi regodeo me penetró hasta el fondo y de un solo
golpe cómo lo había prometido. La cabeza de su prieta, gruesa y circuncidada
polla dilató mis paredes y preparó el camino para que en un instante la tuviera
toda dentro. Y sí, justo cómo lo pronóstico, ¡aullé como una bestia! A pesar de
que sus dedos habían hecho un buen trabajo y de que la excitación que sentía no
podía ser mayor, el ancho de su miembro no fue algo fácil de soportar. Un ardor
que pensé me quemaría por dentro acompañó la primera embestida, pero poco a poco
se fue yendo, poco a poco me fui acostumbrando a sus tamaños y pude saborear de
su follada a plenitud.
Su verga se salía entera para arremeter con todas sus
fuerzas, produciéndome sobresaltos que se sentían cómo micro orgasmos que ni
siquiera las astillas en mi pecho hacían menos placenteros. Con cada estocada la
velocidad iba en aumento, y cada vez me sorprendía más que dos personas pudieran
gozar así. Conforme su pene se fue inflamando, palabras más sucias y ofensivas
me soplaba al oído y yo me movía cómo una puta para él, manifestándole lo
satisfactorio que era tenderlo dentro, alimentando su ego, acelerando el clímax.
Fui yo el primero en estallar. Su constante y furioso bombeo
fue recogiendo de cada rincón de mi anatomía ese peculiar cosquilleo que
antecede al momento cumbre, lo fue amontonando en mi glande hasta que ya no hubo
espacio y lo expulsé en forma de semen, manchando ese tronco que nos sirvió de
cama, jadeando como un animal y estrujando su falo, ese que no tardó en
acompañar al mío y que en lugar de regar el árbol me empapó a mí, elevándome al
cielo con cada disparo, prolongando los segundos de placer puro.
¡Fue maravilloso! – Exclamó en cuanto depositó la última
gota de esperma en mi interior.
¡Sí, lo fue! – Acordé – Y lo será más si esta vez no
decides ignorarme hasta la próxima vez que suceda.
Perdón por enredarte de esa manera con mis cambios de
actitud, pero no me vas a negar que gracias a todo lo que hice, a eso de
portarme indiferente y fingir que nada ocurría, masturbarte y permitir que
me cogieras cómo si fuera lo más normal del mundo y luego ni voltearte a
ver, las cosas resultaron más placenteras. Te juro que todo fue para que
gozaras más de este momento, chiquito – se justificó –. Créeme que para mí
fue más difícil. Cuando te encontré desnudo sobre tu cama, haciéndote una
paja, tuve que hacer un enorme esfuerzo para no lanzarme a comerte la verga.
¡Ay, Dios! ¡Te veías tan sexy! Y luego cuando me follaste… ¡no, no, no! En
verdad que hubiera deseado gritar de lo feliz que estaba – su pene abandonó
mi cuerpo y me giré para quedar de frente a él –, pero aparte de que tus
padres nos hubieran descubierto, tenía que seguir en mi papel, no podía
demostrar lo mucho que te he deseado desde que Marco me enseñó tus fotos,
desde que…
¡¿Fotos?! ¿De cuáles fotos estás hablando? – Lo
interrogué entre molesto y confundido.
¡Puta madre! ¡Ya la regué! Pero bueno… supongo que algún
día te ibas a enterar. Digo, si hemos de ser novios, ¿qué mejor que empezar
con la verdad?
¿Novios? ¡A ver, a ver! No te adelantes y contéstame lo
que te pregunté: ¿de qué fotos hablas?
Pues de unas que tu hermano te tomó cuando estabas
dormido, unas que me convencieron de mudarme a tu casa, unas que me hicieron
suplicarle de rodillas a tus padres que me aceptaran, unas por las que
inventé mil historias de maltrato, sufrimiento y traumas infantiles para que
me dijeran que sí, unas en las que apareces desnudo y con el culo al aire,
ese culito que tanto me gusta, que tanto me calienta. – Comentó con tono
sensual, empezando a acariciarme las nalgas y buscando mi ano para volver a
atravesarlo con sus dedos.
¿En verdad te gusto tanto? ¡Ah! – Me penetró con el
índice – ¿En verdad hiciste eso para estar conmigo? – Cuestioné sintiendo
como mi pene recobraba su firmeza.
¡Sí, me gustas mucho Joaquín! ¡Me gustas tanto que desde
que vi tus fotos me he masturbado todas las noches pensando en ti, esperando
a que llegara el día de hacerte mío! – Confesó al tiempo que masajeaba mi
próstata y su polla también se iba poniendo dura – Y ¿sabes qué?, ha sido
mejor de lo que creí. Eres el mejor de los amantes, pequeño, ¡coges incluso
mejor que tu hermano!
Mis ojos se abrieron como platos cuando escuché esas
palabras, pero mi boca no tuvo tiempo de emitir sonido alguno pues por primera
vez me besó. No pude reclamarle que me siguiera llamando pequeño cuando solo
había tres años de diferencia entre nosotros, sus labios se unieron a los míos y
bien habría podido decirme niño sin irritarme. No pude pedirle que me explicara
eso de que cogía mejor que mi hermano, su lengua se entrelazó con la mía y
nuestros petrificados miembros se frotaron el uno contra el otro regresándonos
al placer de minutos atrás. Leonardo se sentó sobre el verde del pasto y yo
sobre el grueso de su verga. Con mi pene atrapado entre nuestros vientres, el
suyo alojado en mi culo, y nuestros pies apuntando en direcciones contrarias,
reiniciamos el camino hacia el orgasmo, olvidándonos del tiempo que llevábamos
lejos y de todo lo demás. Las dudas sobre Marco ya me las aclararía después, o
mejor aún… ya tendría tiempo de interrogarlo directamente a él.