Encerrada en su "establo", sola, completamente desnuda,
encadenada a la pared y con apenas espacio para moverse, Susi estaba pensando en
las etapas de su vida que la llevaron a esa situación, etapas que arrancaban
desde la niñez, y que se habían acumulado en un sin fin de situaciones, algunas
muy vejatorias, otras muy excitantes.
Pensando en ello irremediablemente venía a su mente la imagen
de su madre, una mujer muy estricta y hasta sádica, que la había criado con la
ayuda de un cuñado suyo, le había enseñado a ser obediente y sumisa y a soportar
el dolor y la humillación como forma de vida.
Ya de pequeña su madre solía castigarla muy seguido, el
látigo y las ataduras eran cosas de todos los días. Susi recordaba como en
ciertas ocasiones, ya pronta para salir a algún lado, le pedía a su mamá para
hacer pipi. Esto era una cosa que a su madre le molestaba mucho . Ella solía
subirla nuevamente a la casa, sacarle con violencia las bragas y hacerla orinar,
no sin antes darle unas cuantas palmadas en la cola, que con el tiempo se fueron
transformando en fuertes azotes. Muchas veces sus nalgas quedaban coloradas y
muy marcadas de lo fuerte que era el castigo, y así Susi fue aprendiendo a
obedecer, pero también fue aprendiendo a saber sufrir, y hasta le tomó el gusto
al sufrimiento. Adoraba mirarse al espejo y ver su culo, enrojecido de tanto
castigo y no podía evitar excitarse, aun siendo una niña. En determinado momento
llegó a ansiar ese castigo maternal, castigo que a medida que era mayor de edad,
su madre le aplicaba con mayor dureza, llegando a veces a situaciones tan
dolorosas como humillantes.
Con el paso de los años su madre fue compartiendo con su tío
los deberes de crianza, ya que su padre no existía en ese momento. Así pues su
tío Amaranto tomaba el lugar de su madre cuando era necesario castigarla. "Eres
una niña muy desobediente" le decía. Susi nunca supo si era por placer o por
miedo, pero cada vez más seguido ella se orinaba, a tal punto que su madre un
día tomó la decisión de no ponerle más sus bragas. Así pues, cuando tenía ganas
de hacer sus necesidades, la obligaban a hacerlas en un recipiente en cualquier
lugar de la casa, a la vista de su madre y de su tío.
Siempre sin sus braguitas, su tío solía sentarla en su falda
y darle cariño, acariciándole su coño, aún lampiño y suave. Así pues eso se
convirtió en hábito en la familia.
Con el paso del tiempo, Susi fue madurando físicamente. Ya
tenía muchos pelitos en su vagina. Recuerda como eso le llamó la atención a su
tío, que le decía que ya estaba bastante grandecita. Sus senos también se
convirtieron en dos pequeñas manzanitas, pero ya bien contorneados y erguidos.
Fue entonces que, ya bordeando los doce años, su madre le dijo que estaba en
tiempo de tener relaciones sexuales, y que estas serían con su tío, que en los
últimos tiempos ya se estaba encargando de abrirle los labios vaginales para
orinar para que no se ensuciara, y que ya estaba acostumbrado a ver su cuerpo
desnudo. La relación entre su madre y su tío también era de sexo, pero ésta
tenía especial interés en entregarle a su cuñado su propia hija. Siempre había
manifestado que se la estaba preparando para él. Día tras día su madre
contemplaba con asentimiento a Susi siendo manoseada por su propio tío. Este
desde aún pequeña siempre la tomaba en sus brazos, sin sus bragas casi siempre,
y le acariciaba el coño, y le pasaba sus manos por todo el cuerpo. Su madre
también gozaba con esto y cada vez alentaba más a su cuñado a que la tome como
suya. Susi se excitaba mucho con los manoseos de su tío, una persona mayor. "Te
quiere mucho, le decía su mamá" y quien más que tu tío para tu primer sexo.
Escuchadas estas palabras Susi no podía contener su
excitación, hasta que llegó el tal día, y claro, ella se vio obligada a
practicar sexo con un hombre cuya polla era bastante grande para su edad. A
pesar de ello, su cuerpo pudo aguantar. Con la ayuda de su madre la extendieron
sobre una gran mesa, totalmente desnuda y abierta, y ahí, bajo amenazas y algún
que otro golpe, su tío la desvirgó. No fue fácil para él penetrarla, ante la
atenta mirada de su propia madre. Amaranto era una persona relativamente obesa y
susi entre sus manos parecía más bien un juguete, pero las expertas manos de su
madre ayudaron a la polla de su tío a penetrarla, ubicándola en el lugar justo,
y así tuvo Susi su primera penetración. Todo en familia. No se sintió satisfecha
del todo. El miedo y la sensación de estar desnuda con una persona a la que
había siempre considerado como su padre, y bajo la atenta mirada de su propia
madre la inhibieron mucho. No obstante el dolor que sintió, le quedó una
sensación de insatisfacción, deseando que de alguna manera se vuelva a repetir,
cosa que a partir de ese momento se comenzó a suceder con mucha asiduidad. Le
costó unas cuantas veces adaptarse a esas relaciones. Al principio era más el
dolor que el placer, pero poco a poco, y con la ayuda de su propia madre fue
tomándole el gusto a la cosa. Su madre ya participaba activamente, ya sea
lubricándole el coño como ayudándola a ponerle la polla de su tio dentro, ya sea
excitando a su propio cuñado como orquestando todo el acto. Cada día la
participación de su madre era más y más, y esto fue acostumbrando a susi a
tomarle confianza. Su madre se excitaba mucho en esos momentos, parecía como si
le estaba entregando un trofeo a su propio cuñado.
También se repetían con asiduidad, a pesar de que ya era una
señorita, los castigos de su madre. Cada día con más dureza, y aunque parezca
mentira cada día Susi los esperaba con mayor ansiedad. Era una suerte de sexo y
castigo. Cualquier excusa servía para castigarla, cualquier falta, cualquier
queja de su tío era culpa de ella. Susi salía cada vez menos a la calle, y
estaba a cargo de toda la limpieza y los quehaceres de la casa. Estos menesteres
eran los que le causaban los mayores problemas, ya que su madre era muy
vigilante de la prolijidad, y siempre había una excusa para aplicarle un
castigo. Recibió castigos físicos aún siendo ya más que una niña, y mismo por
este hecho, ya no eran solo palmadas, sino que, para dominarla mejor, su madre
la ataba desnuda en la casa y le aplicaba golpes con una vara que tenía
especialmente, sobre todo sobre los pechos y en su culo. Su tío no participaba
tanto de estos castigos, pero siempre que le eran aplicados, susi terminaba
atada al pie de la cama de ambos, atada y dolorida, mirando como disfrutaban
ellos del sexo, y esperando recibir la leche o la orina de cualquiera de ellos.
Eso es lo que ella era, y estaba muy orgullosa de serlo. Era el WC de su madre y
de su tío, y es por eso que aprendió a disfrutar los castigos, y por eso es que
ahora estaba muy contenta de encontrarse donde se encontraba.
Fue moldeando de esta manera un carácter sumiso y masoquista
a tal punto, que ya eran parte de su vida recibir azotes, vivir casi siempre
desnuda, orinar delante de su madre o de su tío en donde fuera, beber orina,
comer restos de comida y ser tratada peor que un animal, además de tener que
realizar todo tipo de tareas en su casa. Sus únicas pertenencias eran cadenas y
látigos para ser usados en carne propia. Cualquier intento de rebelión u
oposición era castigado, y a la vez siempre su madre la tenía amenazada con
llevarla a un reformatorio. Ahí si que te pondrán en vereda, le decía, y ya
vendrá el día que no podamos contigo y ahí irás. Esto le daba mucho miedo, no
sabía si era por dejar ese tipo de vida o por los peores castigos que podría
recibir.
Pronto su tío comenzó a traer amigos a su casa, y ella era el
punto de atracción principal para ellos. Los tenía que servir, sin ropa, y
siempre con visibles marcas de azotes o golpes propinados por su madre. Muchas
veces los amigos de su tío perdían los estribos y la obligaban a mamarles sus
pollas, haciéndola poner debajo de la mesa a la hora de comer. Susi jamás volvió
a tener derecho a sentarse en la mesa con su familia. Comía los restos de
comida, recibía la leche y la orina de quien fuere, siempre callada, siempre
sumisa, siempre desnuda, pero siempre mojada. Eso la excitaba cada día más. Ella
lo comprendió y jamás se quejó.
Fue entonces que una vez, uno de esos tantos días que algún
amigo de su tío venía a su casa y ella tenía que servirlo, que tuvo la mala
fortuna de lastimarlo con sus dientes, mordiendo su polla sin querer. Esa
persona le propinó un puntapié que la hizo rodar debajo de la mesa. Su madre y
su tío saltaron indignados con ella. "Que has hecho atrevida" le dijo su madre,
eso te costará caro.
Susi ni se había dado cuenta, lo había hecho sin querer, pero
eso cambió su vida para siempre. Esa noche fue atada desnuda fuera de su casa,
en la azotea. Su madre le aplicó gran cantidad de azotes en todo el cuerpo,
dejándola hecha una piltrafa humana y quedó ahí toda una noche, atada a una
columna, parada hasta que sus piernas dijeron basta, entonces quedo pendiendo de
una corta cadena, semi inconsciente. Para más males era una noche de mucha
lluvia, y ella estaba atada a la intemperie, emitiendo ya sin fuerzas apenas
unos gemidos para que alguien se compadeciera de ella, cosa que no tuvo éxito..
A la mañana siguiente, la fueron a buscar. Estaba totalmente
mojada y agotada, y fueron las palabras de su madre, con el asentimiento de su
tío las que la llenaron de terror.
"Decidimos llevarte a un correccional para mujeres díscolas y
rebeldes". Lo que anoche hiciste fue muy grave y pensamos que es hora de que te
domen de verdad, como una verdadera hembra sumisa, para que esto no vuelva a
suceder. Iras a la granja de un amigo de Amaranto, ahí vivirás como lo que eres,
una bestia de trabajo, estarás al nivel de cualquiera de los animales de esa
granja, y al volver, si es que vuelves, veremos los resultados.
Fue así como Susi, al otro día, fue llevada a ese tan temido
lugar, aún desnuda, en la valija del auto, atada con gruesas cuerdas,
hambrienta, dolorida y maltrecha. Tras un viaje de casi tres horas llegó a
destino. A partir de ese momento ella dejaría de ser un ser humano, para
convertirse en una yegua, en una bestia de carga y trabajo. Todo lo que ahí le
hicieron queda para la próxima entrega.