Hacía apenas unos momentos que acabábamos de comer. Había
pasado la hora de la cena y dentro de algunos minutos cada cual iría dormir.
Me mantuve subiendo la vista de vez en cuando viendo a mi
primo mientras comíamos. Sentía cómo le odiaba, siempre sentí así. Estaba
sentado frente a mí mientras nuestros padres discutían acerca de política. Él no
me miraba; creo que apenas notaba que yo estaba ahí.
Mi primo siempre fue el típico chico creído que piensa que se
merece el mundo. Orgulloso, vanidoso, prepotente, insoportable… en fin, un
etcétera. Encima, sabía que era atractivo. Las chicas le buscaban porque era
bello… Era asquerosa la manera en la cual esas tontas le admiraban. Me daban
náuseas. Odiaba los semestres escolares porque se quedaba a dormir en mi casa, y
los fines semana, sus papás iban a visitarnos.
A veces peleamos y discutimos porque me envidia. Yo soy más
inteligente que él, y toma cosas tontas como excusa para pelearme. La última vez
me empujó en el pasillo, yo le pegué y él me devolvió el golpe. Mi papá nos
regañó y a mí me castigó, lo cual no fue justo porque mi primo, Mario, es mucho
mayor que yo y me golpeó más fuerte.
Pero esa noche después de la cena las cosas cambiaron un
poco. Para bien sea o para mal, pero cambiaron. Estaba en mi cuarto, muy
tranquilo, tocándome sobre mi cama. Luces encendidas, revista porno en mano. Yo
echado sobre la cama apoyándome de la pared. Una mano dentro de mi calzoncillo y
la otra agarrando la revista. Me imaginaba a todos esos hombres con sus grandes
vergas penetrándome, todos a mi alrededor. Jugosas, hinchadas, buscando placer.
Deseaba que me rodearan mientras los tíos grandes y fuertes poseían mi boca y mi
ano. Siempre me gustaba imaginarme la misma escena. Yo, el corderito asustado e
indefenso, impotente ante esos monstruos varoniles.
En esa estaba cuando mi primo abrió la puerta del cuarto sin
tocar. Nunca lo había hecho y ese día, sin razón aparente, lo hizo. Entró
diciendo algo en esa forma suya tan insoportable de mandar cuando me vio y se
quedó pasmado. Yo dejé de mover la mano que aguantaba mi pene y le miré
asustado, sorprendido.
-¿Qué demonios haces aquí?-le pregunté obviamente enfurecido.
Él miraba mi mano a través del calzoncillo blanco.
-Mi papá quiere darte unas cosas que te compró. Me mandó a
buscarte.
-¡Lárgate!-dije levantándome de la cama y le empujé contra la
puerta.
-No me toques con esas manos asquerosas, puerco-dijo mientras
trataba de zafarse de mí mientras yo le sacaba del cuarto.
Me tiró hacia atrás y me hizo tropezar, regresó al cuarto y
agarró la revista que estaba sobre la cama.
-Me pareció ver algo extraño aquí-dijo sonriendo-¡Ajá!
Cerré la puerta del cuarto y me dirigí hacia él.
-¡Dame eso! No es tu problema-trataba de alcanzar la revista
pero él la subía. Era más alto que yo.
-Así que te gustan las pollas, eh.
-¡Ése no es tu maldito problema! Dame mi revista y te largas
de mi cuarto.
Me metió un golpe en el pecho con la mano echándome hacia
atrás.
-Sino quieres que vaya y le diga a nuestros padres que eres
un mariquita, te callas. Esto debe ser seguramente una de las miles de revistas
pornos gays que tienes por aquí, ¿cierto?
-Te odio-murmuré mirándole con desprecio.
-Me importa un demonio lo que pienses de mí, escuincle. Harás
exactamente lo que yo te diga-dijo tirándome la revista en la cara. Me empujó
nuevamente y salió del cuarto.
Me sentía sumamente impotente ante lo que había ocurrido. El
enojo me hizo llorar y empecé a pelear conmigo mismo por sentirme así. Nunca
antes había tenido sexo con un hombre, y la paliza me caería sin haberlo
probado. Estaba seguro que Mario le diría a mis padres o me chantajearía con
eso.
Esa noche no pude dormir bien. Tuve pesadillas. Me levanté la
próxima mañana cansado y con ojeras.
-¿Qué te pasa?-me preguntó mi madre.
Mario me miró mientras tomaba jugo de naranja. Cuando bajó el
vaso estaba sonriendo.
-Me desvelé anoche-le dije a mi madre.
-¿Qué hacías? ¿Masturbándote?-preguntó Mario en voz baja.
-Sí, a tu nombre-le contesté.
Él se rió casi en un murmullo.
-Los dos se quedarán hoy por la tarde limpiando mientras sus
padres y yo vamos al albergue. Cuando lleguemos la casa tiene que estar
inmaculada.
Miré a Mario con desprecio y él a su vez me devolvió la
mirada con enojo.
Esa tarde organicé mi cuarto, lo limpié, eché a la basura
todas las revistas de pornografía que tenía en mi cuarto y luego empecé a
limpiar la cocina. Mario se apareció por allí y me tiró la bolsa de basura a los
pies.
-Bota eso afuera-me dijo.
-¿Qué?
-Que lo botes. ¿No me oíste?
-¡No soy tu esclavo!-exclamé gritándole.
-Sino quieres que le digas a tus padres que eres…
-¿Me estás amenazando?
-¡Sí!
-No seas imbécil, Mario. Tú eres un inepto. Un cretino. Un
estúpido. Acabo de echar todo a la basura. Lo rompí antes de echarlo.
Necesitarás un buen estómago para irlo a sacar del zafacón y mucha paciencia
para armar con cinta adhesiva ejemplares de grandes vergas como la que te falta
a ti.
-¿Quieres ver la verga que le falta a este cretino, inepto y
estúpido?
-También imbécil, no lo olvides. Y no, prefiero follarme a
una vaca antes de ver tu micro pene.
Mario me golpeó con el puño en el rostro. Caí al piso. Se me
echó encima para seguir pegándome. Casi me tenía inconciente cuando vi un
bolígrafo en el piso. Era el que mamá usaba para hacer la lista de la compra. Se
debió de haber caído en nuestro forcejeo. Lo agarré y con la poca fuerza que me
quedaba se lo enterré en el brazo. Logré apartarme de él. Salí corriendo para mi
cuarto y me encerré con seguro. Me quedé sentado en el piso, llorando, pegado a
la puerta mientras sentía la sangre bajándome por el rostro.
Par de horas después, oí el golpe de mi papá contra la
puerta. Me había quedado dormido en el piso. La puerta me golpeó; mi padre la
había abierto con una llave que tenía guardada para cuando las puertas se
quedaban trancadas. Me levantó del piso y me llevó hasta la cama. Mi mamá entró
minutos después y entre ambos me curaron los golpes del rostro sin decirme nada.
Antes de que mi papá se fuera, me dijo que estaba castigado por un mes sin poder
salir de la casa.
Esa noche fui a la cocina a buscar agua. Cuando cerré la
puerta de la nevera ahí estaba él. Me puse nervioso. Se notaba por mi manera de
respirar.
-Tengo que limpiar la casa por un mes, por tu culpa-me dijo.
No respondí. De hecho, me eché hacia atrás, puse el vaso en
el fregadero e hice ademán de irme, pero él se puso en medio de mí y de la
salida.
-¿A dónde vas, nene?-preguntó.
-Déjame pasar-murmuré.
-Di por favor-ordenó en voz baja.
-Por favor-contesté.
-¿Qué es eso? ¿Tú siendo cortés conmigo?
-No quiero más problemas contigo.
-No, claro que no. Mira nada más tu hermosa cara-me
dijo.-Toda hinchada. Sin embargo, tus ojos brillan. Debe de ser la muestra
perfecta de que tienes miedo.
-Déjame salir.
-Mírate ahora, todo temeroso. Asustado, tembloroso,
impotente.
-No me molestes.
-¿Vas a llorar? ¿Qué es eso? ¿Una lágrima?
-Déjame.
Me agarró por el cuello. Yo reaccioné y le golpeé en el ojo.
Me soltó y salí corriendo al cuarto, pero me alcanzó. Cerró la puerta y me lanzó
a la cama.
-¿Qué haces?
-¿Qué te parece que voy a hacer?-dijo mientras se abría la
camisa.
Puso una rodilla en la cama, entre mis pierna, y se inclinó
para besarme apoyando las manos a mis costados. Yo aparté la cara, pero sentí
sus labios en mi cuello. Estaba muy confundido. Mi pecho subía y bajaba por la
respiración agitada. Acarició con su lengua mi oreja. La humedad de su boca me
dio escalofríos por todo el cuerpo.
-¿Por qué haces esto?-pregunté con voz entrecortada.
-¿Por qué va a hacer? Para hacerte hombre.
-Yo soy un hombre-dije acercando mi boca a la suya.
-Eres un crío. Cuando te meta la polla que tanto has
anhelado, ahí te sentirás como un verdadero hombre, mi hombre.
Apretó la boca con la mía y metió su lengua. Dejé caer la
cabeza en la cama y pasé los brazos por su cuello. Él se echó encima de mí y sus
manos acariciaron mis hombros. Se movía sobre mí, con ritmo, como si penetrara a
una mujer, rozando su pene contra mi cuerpo. Yo le seguí y al rato, parecía como
si estuvieran nuestros cuerpos peleando por penetrar al otro, su pene junto al
mío, sólo la ropa impedía el acto. La cama se despegaba y pegaba de la pared.
Metió las manos dentro de mi camisa y la abrió. Raspó mi
tetilla izquierda con su lengua y jugó con ella. Le apreté el brazo mientras
abría más las piernas.
-Cuidado, me duele-dijo.-Me enterraste el bolígrafo en el
brazo.
Se separó de mí y se quitó la camisa. Tenía una venda blanca
en el brazo. Se bajó el pantalón y dejó al aire su polla. Era grande, peluda,
ancha, jugosa.
-¿Quieres jugar con mi micro pene?-preguntó ofreciéndomelo.
-Prefiero ver si se siente-dije mirándolo a los ojos.
Mario me sonrió y agarró mi pantalón por el elástico y lo
bajó.
-No está nada mal, primito. Debe de ser que lo tenemos en la
sangre.
-¿Qué cosa?
-La mala leche y los cojones-dijo sonriendo.
Me eché a reír. Pero sí que estaba temblando. Bastante
irónica la situación. Hora antes nos estábamos matando y ahora, era otra la
guerra que librábamos.
-Pensé que eras homofóbico, desgraciado.
-Lo soy. Por eso atravieso a los mariquitas como tú con mi
lanza, para matarlos.
-¿Ah, sí? ¿A cuántos mariquitas has matado?
-Hasta la fecha… tú vas a hacer el primero. Hubo uno que me
mató a mí, simplemente me quedé con la curiosidad. Y vas a ver cuán desgraciado
puedo volverme-dijo volviéndose a echar sobre mí.
Pasé mi mano por su cabello y lo halé mientras volvía a
besarle. Nos comimos a besos, nos llenamos de nuestras salivas. Casi seguro que
un poco más y nos sacábamos sangre. Me echó a donde él y me ordenó que le
chupara la polla. Yo, encantado y curioso, bajé hasta colocar mi cabeza entre
sus piernas, agarré con mi mano su polla y lamí la punta. Disfruté del sabor. Me
gustó. Metí su miembro en mi boca poco a poco hasta que sentí cómo me ahogaba.
Empecé a chupárselo con un poco de incomodidad hasta que tomé el ritmo. Me
aguantaba la cabeza con su mano, dirigiendo la flagelación oral.
Cuando se cansó o aburrió, se separó de mí. Yo andaba medio
confundido. La plática de hacía minutos me había calmado un poco el susto, pero
estaba teniendo relaciones con otro hombre, y nada más que con mi odioso primo,
que en ese momento, mientras volvía a besarme, era encantador.
Abrí los ojos y vi los suyos cerrados. El pelo negro
revoloteado. Aguantaba mi cabeza con sus manos mientras me volvía a echar sobre
la cama. Nunca había apreciado sus ojos azules. Eran realmente hermosos.
-Eres lindo a pesar de que eres un estúpido-le confesé.
Rió mientras me agarraba del pelo fuertemente.
-Yo te he encontrado bello desde que tengo memoria-dijo
mientras me chupaba el cuello.-En verdad me odiabas tanto que no podías ni
fijarte en mí.
-¿Qué dices? Aún te odio y eres un maldito.
Se echó a reír a carcajadas y me mordió el pecho haciéndome
gemir.
Bajó hasta mi ano y abriéndome las piernas, metió su lengua.
Gemí de placer. Eché mi cabeza hacia atrás, abrí más las piernas y sentí llegar
al cielo. Lubricó todo mi recto preparándolo para meter su verga adentro. Se
quedó algunos minutos y yo, a punto de venirme, empecé a masturbarme con algo de
desesperación.
-Espera primito, que todavía falta. ¿Tan desesperado estás?
Me sentí levemente humillado.
-No estoy ningún desesperado. Es más, sería mejor que te
fueras porque de todos los que me he follado eres el peor que besa.
-¿Ah sí?-preguntó algo molesto.
-Eres un terrible amante.
Levantó la mano y me pegó en el muslo. Luego la subió y me
abofeteó el rostro. La sorpresa fue tal que traté de salir de la cama, pero él
me aguantó. Forcejeé con él, gemía, pero él me volvió a pegar.
-¡Suéltame!-exclamé.
-Tú no quieres que te suelte. Deseas que te folle. Puedo
sentirte todo caliente y tembloroso, lo excitado que estás-dijo murmurando.-No
has gritado ni una sola vez porque sabes que este juego te gusta. Es lo que
deseas y lo que piensas cada vez que te masturbas.
Se me aguaron los ojos. Me dolía el rostro también.
-Te mueres porque alguien te domine y te haga sentirte
indefenso en la cama.
-Tú no me conoces-le dije en tono casi inaudible.
-No necesito conocerte para ver cómo reacciona tu cuerpo.
Estás a punto de venirte. Y seguramente mientras más te golpee más te excites.
Subió mis piernas hasta los hombros, y acomodándose, empezó a
meter su pene en mi agujero. Todo mi cuerpo temblaba. De mis ojos salían
lágrimas mientras él introducía su miembro. Tapó mi boca con su mano para
impedir que mis gemidos fueran escuchados por nuestros padres. Cuando me sentí
lleno hasta el límite, empezó a meter y sacar su verga de mi ano. Seguía tapando
mi boca y con la otra aguantaba mi cabeza, impidiéndome moverme.
No tardé mucho en venirme sobre nuestros cuerpos. Mi verga
estaba pillada bajo su vientre y las embestidas eran salvajes. Sentía dolor y
placer. Estaba ciego, y no podía oír mis gemidos ni los suyos. El dolor de mi
cuerpo, de mi ano, mi rostro, el placer desbocado, y sentirme tan impotente en
sus brazos me paralizaba.
Permanecí quieto en lo que terminó. Eyaculó dentro de mi
cuerpo. Se separó de mí y se echó a mi lado. Yo no podía dejar de temblar. Me
sentía medio mareado. Nos quedamos quietos por algunos minutos. Se levantó de la
cama y sin mirarme, se fue del cuarto.
Estaba realmente confundido. Me quedé pensando por algunos
minutos en lo sucedido, luego me dormí. Me levanté de madruga y caminé hasta el
baño. Me dolía el ano. Tomé una ducha y me quité el semen que tenía encima y el
olor de su cuerpo. Regresé a mi cuarto y me volví a dormir.
Esa mañana, cuando me desperté, no había nadie en la casa.
Desayuné y me acosté en la butaca de la sala a ver televisión. Casi me estaba
volviendo a quedar dormido cuando sentí a alguien encima de mí. Abrí los ojos y
era Mario besándome. Abrí la boca para recibirlo y me dejé tocar por sus manos
fuertes y curiosas.
-Lo de anoche estuvo…
-Lo sé-le contesté mirándolo a los ojos.
-No te volveré a pegar nunca más, te lo prometo.
-¿Qué dices? Sino me pegas, no me excitas.
Él se rió.
-Chico extraño. Masoquista.
-Prefiero el término sadomasoquista.
-Seguramente-dijo riéndose.
La puerta de la casa se abrió y Mario se salió de encima de
mí y se sentó en el sofá cuando mi mamá entraba por la sala.
-No se estarán matando, ¿verdad?-preguntó ella.
-No, qué va-inquirió Mario.-Cuando nos estemos matando,
ninguno se va a enterar-dijo él en voz baja mientras mamá iba a la cocina. Sólo
yo le oí.
Le sonreí.
-¿Y cuándo va a ser nuestra próxima guerra?-pregunté.
-Muy pronto, primo, muy pronto. Deja que se vaya y ya verás.
Te voy a ser mío. ¿Y sabes qué?
-¿Qué?
-Que te va a gustar. Te lo prometo.
Por supuesto que me iba a gustar. Eso sí lo podía asegurar
yo.