ENCONTRANDO SIN BUSCAR
Con Gastón teníamos todo listo y sólo faltaba Ezequiel para
comenzar con la cena. Somos un grupo de amigos que tenemos por costumbre
juntarnos para cenar una vez al mes. En aquella oportunidad nos tocaba ser los
anfitriones. Hace cinco años que vivo en pareja con Gastón y del grupo, podría
decirse, somos la pareja más sólida. Yo soy licenciada en historia, mientras que
él es antropólogo. En suma, conformamos un grupo de incipientes intelectuales
junto con nuestros amigos, todos ellos abocados a profesiones que versan sobre
cuestiones humanísticas. Estábamos debatiendo cuánto más esperaríamos a Ezequiel
cuando sonó el timbre. Efectivamente era nuestro amigo, pero nos sorprendió
verlo acompañado por una mujer sumamente atractiva. Intentado ocultar nuestra
curiosidad pretendimos una falsa naturalidad ante la situación, dado que
Ezequiel es el soltero empedernido del grupo. Si bien tiene fama de mujeriego,
nunca había sumado alguna de sus conquistas a nuestras reuniones. Pronto supimos
que la mujer en cuestión se llamaba Ana y que hacía pocos días que había
regresado de México, lugar en el que había vivido casi ocho años. Aunque la
presentó como una amiga, todos supusimos que se trataba de una novia.
Ana resultó ser el centro de atracción aquella noche.
Dedicada a la música, ya como interprete, ya como compositora, su vida nos
provocaba cierta fascinación. En comparación con nuestros días de libros, su
veta artística y bohemia hizo que la llenáramos de preguntas y que su
conversación fuera por demás agradable. Tengo que admitir que su presencia me
sedujo, aunque no podría decir que se trató de una seducción inmediatamente
sexual. Me resultaba simpático su acento, una mezcla extraña resultado de su
larga estancia en el extranjero. Había algo en ella que hacia mantener mi
atención sobre sus movimientos, sus gestos, su manera de reír. Al finalizar la
noche y luego de haber despedido a todos nos fuimos a la cama con Gastón
hablando de Ana y Ezequiel y de la bonita pareja que hacían.
Días después de aquella velada me encontraba recorriendo una
feria de libros callejera. Es habitual en mí hacer una recorrida semanal por
aquel sitio, pues suelo encontrar cosas interesantes. Absorta en los títulos,
escucho a mis espaldas:
¿Buscando sin encontrar o encontrando sin buscar?
Era el acento inconfundible de Ana. Giré sobre mis talones y
allí estaba, increíblemente hermosa y sonriente. No disimulé mi sorpresa aunque
sí el estremecimiento que me recorrió el cuerpo al verla. Un poco confusa, la
saludé amablemente. Me explicó que estaba allí por casualidad y se ofreció a
acompañarme. Luego de caminar sin ver y de intercambiar opiniones respecto a
algunos libros y autores, me invitó un café. Sin darme cuenta las horas pasaron.
Nuestra conversación se fue dando tan espontáneamente que no me percaté del paso
del tiempo. Anochecía cuando estacioné para dejarla en su departamento.
¿Me das tu teléfono o se lo pido a Ezequiel?, me dijo
antes de bajarse de mi auto.
Su pregunta me trajo a la realidad, en ningún momento
mientras estuve con ella pasó por mi cabeza Ezequiel y sintiéndome incomoda sin
saber por qué, intercambiamos nuestros números telefónicos.
A los dos días me llamó y escuchar su voz al teléfono me
llenó de emoción. Sin querer reconocerlo esperaba su llamado, y sin saber a
ciencia cierta lo que me estaba sucediendo, hablamos de cosas sin importancia
por un largo rato. No quería pensar demasiado, su presencia, su voz, me hacían
bien, alentaban mi humor y dejándome llevar, no ocultaba el entusiasmo que me
provocaba. Colgué el teléfono y me quedé pensando. Nada justificaba el llamado,
no concertamos vernos, ni tampoco había una excusa para llamarme…sólo me llamó y
hablamos…Algo sucedía…siempre que uno atiende el teléfono hay algo para decir,
pero en nuestro caso, nada había… ¿sólo las ganas de escucharnos?
Pretendiendo cierta indiferencia, le sugerí a Gastón invitar
a Ezequiel y Ana a cenar. Accedió y así fue como aquella noche nos encontramos
los cuatro en casa.
Ana sino aclaramos algo estos dos van a seguir
especulando, dijo Ezequiel.
Ella se rió con franqueza y ante nuestra mirada curiosa
confesó que era lesbiana y que lejos estaba de tener alguna relación con
Ezequiel. Mi corazón latió con fuerza retumbando en mis oídos y fingiendo no
sorprenderme demasiado hice una broma tonta sobre el asunto.
Luego de cenar Ana me acompañó a la cocina mientras Gastón y
Ezequiel permanecían en el living discutiendo sobre cómo componer el mundo.
Estaba acomodando la vajilla en el fregadero cuando Ana se acercó diciéndome:
¿En verdad creíste que había algo entre nosotros?
Volteé para tomar las copas que traía y sentí su cuerpo
demasiado cercano al mío. Atiné a evadir su mirada fija en mis ojos y conteste:
Ezequiel tiende siempre a imposibles…
Acercó sus labios a los míos y nada hice por evitar el beso
que su boca me ofreció. Sentí sus labios sobre los míos y cada uno de mis poros
reaccionó. Deseaba enormemente que lo hiciera y lo furtivo de la situación
aumentó mi morbo.
¿Será que somos amigos porque yo también tiendo a los
imposibles…? me dijo.
Enfrenté su mirada y luego de unos segundos eternos propuse
un café para salir del paso. Sinceramente quería comerla a besos, pero no podía
continuar. Ella entendió mi situación y sin mediar reclamos accedió a la
invitación y se dirigió al living con los demás.
Cuando se fueron de casa mi cabeza no dejaba de pensar en
ella. Mi memoria insistía en conservar su beso como si fuera el último. La
presencia de Gastón a la izquierda de mi cama me devolvía una sola palabra:
Imposible. Era imposible que esto me estuviera sucediendo. Una mujer colmaba mi
universo y algo en mi vida de prolijidades no encajaba.
Pasé días torturándome, pensando en si estaría bien que la
llamara o si lo mejor era echar todo al olvido. Odiaba a Ezequiel por traer a
Ana a mi organizada vida. Todo había salido de su lugar. El mundo me mostraba
una ausencia. Día tras día aquella mujer había empezado a ser una falta en mi
vida y el abrazo de Gastón por las noches me llenaba de culpa. Cada vez que
cerraba los ojos su imagen besando mis labios trastornaba mis horas y deseaba
que sonara el teléfono para escuchar su voz.
Tengo que viajar al sur
¿Cómo?
Una semana no más, la universidad corre con los
gastos…salgo en dos días…
Gastón viajaba y por mi mente sólo pasaba la idea de llamar a
Ana. En el aeropuerto lo vi alejarse y no pude evitar sentirme aliviada por su
ausencia. Podía ver su espalda marcharse y aunque mi razón decía que lo amaba,
cada centímetro de mi piel deseaba estar con Ana.
Hola, soy yo, Laura…, dije temblando.
¡Hola, que sorpresa!
Su voz amable y paciente, me autorizó a seguir:
¿Podemos vernos hoy?, pregunté con temor
¿Dónde?
Su pregunta me llevó a la realidad. No sabía ni dónde quería
verla,…sólo quería hacerlo,
En mi casa a las nueve, ¿te parece bien?
Pasé la tarde intentando decidir qué ponerme. Me sentía como
una adolescente en su primera cita.
Corrí a la puerta con emoción. Allí estaba ella, hermosa,
sonriente, apenas tocada por las gotas de lluvia que comenzaba a caer. Me sentía
aturdida, torpe. Todo lo perfecta que quería fuera esa noche se me escabullía
por mis dedos y sabiéndome completamente vulnerable, Ana tomó riendas sobre el
asunto.
Descorchó el vino, me ayudo con la cena y sacó temas de
conversación que hicieron que me fuera relajando. Después de cenar nos fuimos al
living. Me acerqué al equipo de música y le pregunté que quería escuchar. Se
acercó a mí y en silencio seleccionó "Everybody's Gotta Learn Sometimes". Me
tomó por la cintura y me invitó a bailar.
Me dejé llevar por el sopor del vino y su cuerpo tan cercano
al mío me conmovió. No quería que se fuera jamás. Apoyé mi cabeza contra su
hombro, podía sentir su respiración, sus latidos, sus manos suaves sobre mi
cuerpo…nada faltaba en este mundo ya…
Nos movíamos lentamente y cada acorde se traducía en nuestros
cuerpos. Atiné a cruzar mis brazos por su detrás de su cuello. Apoyé mí frente a
la suya. Sentía su respiración al compás de nuestros movimientos, sus brazos en
mi cintura, sus manos deslizándose por mi espalda…
Un segundo de inmovilidad sólo para que nuestras bocas se
encontraran. Allí estaban sus labios sobre los míos, su lengua enredándose a la
mía,… ¿Cómo dejar de besarla? Cada giro de su boca sobre la mía era perfecto,…
rozar su nariz con la mía,… Me estremecía al sentirme en sus brazos. Adoraba a
esa mujer, quería entregarme a su cuerpo, a sus deseos, quería sentirme suya,
desnudarme para ella, ofrecerle mis más cuidadas caricias, quería hacerle el
amor, arrancarme el corazón y ofrecérselo para que lata con el suyo. Creí por
unos segundos que sólo había vivido para encontrarla.
Sentí su mano deslizarse por mi seno mientras me besaba y
creí que mis piernas no iban resistir mi cuerpo hasta que se apartó de mí.
Será mejor que me vaya, dijo
Un témpano de hielo se interpuso entre las dos.
No quiero que te vayas…, respondí
Sentí sus dedos deslizarse por los míos y separarse de mí.
Tomó su abrigo y se marchó dejándome el sonido de la puerta al cerrarse tras su
partida.
La soledad me devolvió a la realidad. Una angustia atroz me
recorrió el cuerpo. No pude dejar de llorar. Era estúpido, me sentía
terriblemente enamorada de Ana. Apenas la conocía pero sentía que le pertenecía.
Me sentía culpable por todo. Por Gastón inocente, por Ana en mis brazos
diciéndome con su partida que no podía conmigo. Mi mundo perfecto se derrumbaba
ante aquella noche llena de ilusiones.
Los días que siguieron nada supe de Ana y cuando regresó
Gastón me sentí feliz. Con él todo era calma… ¿calma?
No volví a verla pero no pasó un día en que no pensara en
ella. Pasaron los meses y no faltó oportunidad en que preguntara por ella a
Ezequiel. Supe por él que estaba en un proyecto teatral. Buscaba su nombre en la
parte de espectáculos de los diarios. Siempre aparecía por allí y saber de sus
pasos me reconfortaba.
Luego de casi un año de aquella noche, se estrenaba una obra
donde Ana era la responsable de la música. Coincidió que Gastón volvía a viajar
y decidida compré una entrada para el estreno.
En primera fila admiré cada nota sabiendo que era producto de
su alma. Me reconfortaba saber que la música que colmaba a los espectadores era
producto de la mujer que había besado mis labios. Al finalizar la obra pude
verla sobre el escenario. Cada centímetro de su cuerpo volvía a erizar cada poro
de mi piel. Allí estaba, feliz, radiante, exquisitamente hermosa, saludando al
público. Mi manos aplaudían esperando que supiera que era yo quien estaba allí
admirándola, amándola en silencio durante todo este tiempo, cobarde y
expectante.
Regresé a casa conformándome con su imagen. Me puse cómoda,
me desnudé y sólo con una bata decidí prepararme un café. Escuche el móvil y
pensé que era Gastón. Corrí a atender, pero era la voz de Ana:
Hola,… gracias por venir al estreno…
¿Dónde estás?, pregunté
En tu portal
Corrí a buscarla. Allí estaba, apoyada en su auto, con su
teléfono móvil en la mano. Desde mi puerta le ofrecí entrar.
Cerré la puerta tras ella y un abrazo contenido por meses nos
unió. Volvía a estar a su lado y cada pieza de este estropeado reloj comenzaba a
funcionar. Su abrazo era el milagro más esperado de mi vida. Quería besarla y su
boca no se hizo esperar. Un beso desmedido, incontrolable, lleno de deseos, nos
unió una vez más. El tiempo nada había echado a perder. Mi deseo permanecía
intacto.
Sentí sus dedos recorrer mi cuerpo, desatar mi bata,
despojarme de ella, y sus ojos recorrer mi desnudez. A medida que su mirada
recorría mi cuerpo sabía que le pertenecía. Comencé a desnudarla y con su ayuda
nos encontramos admirando nuestra piel. Su cuerpo era perfecto, allí estaba
frente a mí, desnuda, exhibiéndose para mí. Permanecimos de pie restregando
nuestros cuerpos mientras nuestras bocas no paraban de buscarse. Sentí sus dedos
posarse en mi frente y lentamente descender por mi nariz, mis labios, mi mentón.
Continúo por mi cuello, mi pecho,… lo hacía lentamente, invitándome a admirar su
recorrido. Podía sentirla y sólo quería que continuara. Siguió por mi vientre y
ya cerca de mi monte de Venus no pude evitar expresar mi excitación. Un leve
gemido escapó de mi boca sin dejar de mirar su recorrido. Lentamente vi sus
dedos introducirse en mi vulva y nada parecía más hermoso que el contacto de su
piel en mi sexo. Mis piernas se separaron casi más allá de mi voluntad para
dejar que sus dedos jugaran en mí. Mis dedos comenzaron a imitarla. Avancé por
sus caderas hasta llegar a su ingle. La recorrí suavemente haciéndola desear que
me introduzca en su sexo.
Tócame, por favor, dijo sin dejar de acariciar mi vulva
Nos mantuvimos así, de pie, acariciándonos las vaginas. No
podía dejar de mirar mi mano entre sus piernas. Podía palpar el relieve de su
sexo, sus labios mayores, su humedad escapándose por su canal vaginal. Sentía
sus dedos acariciarme, y todo era perfecto mientras nuestras lenguas se
enredaban mezclando nuestras salivas.
Sentí como su otra mano se deslizaba por mis glúteos,
abriéndose paso por entre ellos para alcanzar por detrás mi vagina. Me hacía
completamente feliz con sus caricias. Sus dedos sabían moverse sobre mí. Con una
de sus manos masajeaba mi clítoris mientras que con la otra arrastraba mis
flujos hasta mi ano. No paraba de mojarme, sentía que cada una de sus caricias
me excitaba increíblemente. La penetré con mis dedos y el gemido que se escapó
de sus labios aumento mi placer. No pude contener el orgasmo. Me corrí apenas me
frotó. Quería besar su cuerpo, llenarla de mi saliva, saborearla, lamerla,
chuparla, besarla, comerme su vulva,…Nos abrazamos con fuerza, haciendo que
nuestros cuerpos quedaran muy juntos, casi como queriendo fundirnos una con la
otra. Sus dedos recorrieron mis labios haciendo sentir el sabor de mis flujos.
No fuimos a mi cama. Allí nuestros cuerpos se enredaron,
podía sentir sus piernas abriéndose paso entre las mías. Sentí su muslo pegarse
a mi vagina y no pude evitar cabalgar sobre ella. Éramos dos cuerpos dispuestos
a sentirnos, tocarnos, acariciarnos, llenarnos de este amor contenido por tanto
tiempo. Refregábamos nuestros pechos, podía sentir sus pezones y su vientre
rozando el mío…
Mi boca buscó sus pechos, quería besarlos, excitarlos,
lamerlos, devorarlos… podía sentir sus manos en mi nuca dirigiéndome en mi
búsqueda. Quería mamar de ella, mientras mis dedos la penetraban. Podía sentir
la estrechez de su vagina, estaba dentro de ella mientras mi boca succionada sus
pezones sin parar. Nuestros cuerpos estaban llenos de sudor y nos sentíamos
resbalar una sobre la otra. Fui bajando por su abdomen empapado y alcancé su
vulva. Mi lengua recorrió con esmero cada rincón. La besé con devoción. Era la
vulva de la mujer que me había quitado el sueño por meses. Escuché sus gemidos
de placer. Elevé sus piernas para dejar ante mis ojos la forma de concha de su
vagina. Se mantuvo así, elevando sus piernas y no pude evitar querer rozar mi
vagina sobre la de ella. Me incorporé y como si su posición fuera un asiento
para mí, posé mi vagina contra la de ella. Terminamos en una tijera
increíblemente sensual. Abrimos nuestros labios vaginales para que nuestros
clítoris se rozaran. Podía ver sus senos agitarse, balancearse por los
movimientos frenéticos de nuestras vaginas entre sí. Continuamos fregándonos
hasta que pude sentir su orgasmo sobre mí. Cada espasmo de su sexo repercutió
sobre el mío haciéndome agitar hasta correrme también sobre su vulva que aún se
contraía por el orgasmo.
Aún gimiendo y sintiendo una corriente de electricidad por mi
cuerpo, me ubique de manera que mi vagina quedara en su boca y la suya sobre la
mía. Nos devoramos, sentía su lengua desplazarse por mí y no podía dejar de
lamer cada rincón de su sexo. Sentía mi rostro empapado por sus flujos y mi
saliva. No podía dejar de besarla, de arrastras mi cara sobre su sexo. Su olor
me llenaba de felicidad mientras sentía su rostro refregarse en mi sexo. Su
nariz, sus pómulos, su mentón, sus parpados, acariciaban mi vulva. No quería
salirme de esa posición, hasta que su lengua se detuvo en mi clítoris y me fue
llevando hasta un orgasmo excepcional. Pude sentir su sexo pidiéndome lo mismo y
aprovechando mi excitación me aferré a su clítoris y entregadas al paroxismo de
nuestros cuerpos acabamos juntas sin parar de lamernos.
Aquella noche no dejamos de hacernos el amor. Su vulva me
mantenía hipnotizada. Nuestro universo se redujo a un conjunto de caricias,
besos, lamidas y orgasmos.
Recuerdo que completamente agotada terminé recostando mi
cabeza sobre su pubis y me dormí sintiendo su olor y sus dedos jugando con mis
cabellos. Por la mañana una sensación placentera en mi vulva me fue despertando.
Mi cuerpo había cambiado de posición, me encontraba boca arriba con mis piernas
abiertas y al abrir mis ojos pude ver a Ana besando mi sexo y acariciando mis
pechos. Entre dormida había empezado a sentir sus caricias y su lengua había
aumentado mi excitación hasta despertarme. De mi boca brotaban gemidos de
placer. Me cuerpo se retorcía, me sentía invadida por sus labios. Comencé a
acariciar su nuca y sus ojos me miraron. Separó su boca de mí y regalándome una
sonrisa me penetró sin dejar de mirar mis expresiones de placer. Era increíble
el alivio que su piel dentro de mí cuerpo provocaba. Podía sentir como su dedo
entraba y salía acompasadamente, lo hacía a un ritmo lento, suave, con
delicadeza. Ana observa fascinada su dedo entrando y saliendo por mi vagina.
Ayudándose con su otra mano abrió mis labios para encontrar mi clítoris ardiendo
de deseo. Acercó su boca y comenzó a chuparlo con fruición. Un mar de
sensaciones recorrió mi cuerpo. Su lengua iba acelerando el ritmo a la par de
sus penetraciones. Sentí como mi cuerpo entero iba acercándose al orgasmo y cómo
a medida que iba creciendo, Ana lo prolongaba con sus maniobras. Lo contuve
hasta el límite de lo imposible hasta que inevitablemente lo sentí estallar
dentro de mí. Un calor intenso fue desplazándose por todo mi cuerpo, una
descarga de placer recorría mi vulva, mis muslos se contraían sin control, todo
mi cuerpo temblaba y no podía dejar de gemir y gritar. Era la primera vez que
tenía un orgasmo de esa magnitud, la mano de Ana quedó aprisionada entre mis
muslos y pegando su cuerpo al mío fue sintiendo cada uno mis espasmos.
Moviéndose conmigo, a medida que se fue apagando el primer orgasmo comencé a
sentir como nacía otro. Los dedos de Ana no dejaban de frotarme y su piel, sus
pechos, sus piernas refregándose sobre mí me volvían a excitar. Su cuerpo ardía
sobre el mío y supe que ella también se acercaba al orgasmo. Cada una montada
sobre el muslo de la otra cabalgamos para estimularnos mientras nuestras bocas
se devoraban. Me estaba volviendo loca de placer. Sentí como sus flujos
empapaban mi pierna y sus gemidos me revelaron que se había corrido sobre mí.
Una secuencia de tres orgasmos breves pero intensos me hizo creer que me iba a
consumir en los brazos de Ana.
La batalla de nuestros cuerpos había llegado a su fin y una
paz indescriptible reinó en el cuarto. Nos acariciamos con ternura. No podía
dejar de tocar su piel suave. Sus ojos me miraban con tristeza.
¿En qué pensas?, le pregunté
En cómo voy a salir de esto
No estas sola en esto-respondí- yo también estoy acá
No alcanza con eso, yo sé lo que siento, no creo que
tengas la misma seguridad…
Tenía razón. No sabía sí sería capaz de renunciar a Gastón
por ella. No volvimos a hablar del tema. Decidimos irnos a su casa y pasamos
tres días juntas hasta el regreso de Gastón. Compartí su cama, su mesa, sus
horas. La mayor parte del tiempo desnudas, entregadas a caricias, besos y
orgasmos.
Luego de dos meses desde aquel encuentro y sin haberla vista
ni una sola vez coincidimos por casualidad en un restaurante. Estaba cenando con
Gastón cuando ella entró acompañada de una mujer. Sentí que se me helaba la
sangre. Se acercó a nuestra mesa mientras su compañía se acomodaba en el otro
extremo del salón.
¡Tanto tiempo!, ¿Cómo están?
¡Qué sorpresa!, respondió Gastón mientras se paraba para
saludarla.
Cruzamos un par de palabras tontas y se retiró a su mesa
luego de despedirse como si nada entre nosotras hubiera ocurrido.
Volví a casa molesta. Su presencia me había alterado. Nunca
había dejado de pensar en ella pero al verla acompañada me sentí invadida por
los celos. Me torturaba pensando que estaría haciendo el amor con otra. Inventé
que la cena me había caído mal y me fui a la cama. Recordé su cuerpo desnudo,
sus besos, sus caricias y una angustia atroz me invadió. No pude evitar llorar.
Al día siguiente la llamé con la excusa de andar en busca de
Ezequiel.
¿Todo bien contigo?, le pregunté
Bastante bien, contesto.
Un silencio eterno se hizo entre las dos.
Perdóname, fue tonto llamarte….
No, espera-se apresuró a decir- no cortes…
Obedecí sin saber qué decirle y fue ella quien continuó
Sé que no buscas a Ezequiel, llamaste por mí, ¿verdad?
Sí, aunque se que no tengo derecho a nada, perdóname,… no
puedo…
Corté sin más. Me tumbé en el sillón a llorar. La situación
se me tornaba insostenible. Los días fueron pasando y la relación con Gastón iba
de mal en peor. Si bien no me animaba a aclarar mis sentimientos por Ana algo
había quedado en claro, Gastón ya no me llenaba los días como antes. Comencé a
hacerle reproches estúpidos e injustificados. Lo nuestro fue derrumbándose
lentamente y terminé por pedirle que nos separáramos.
Hace ya casi seis meses que nos separamos. Hoy después del
trabajo he decidido pasar por la galería de arte pues me recomendaron la
exposición. Me sorprendí al escuchar una de las melodías de Ana. Fui recorriendo
la muestra y me senté a observar una en particular mientras escuchaba con
nostalgia su música de fondo. Con la mirada perdida en mis recuerdos, una figura
se apareció frente a mí:
¿Interrumpo?
Era la voz de Ana. Allí estaba, sonriendo, con sus ojos
tiernos buscando los míos. Me paré nerviosa y la besé en la mejilla rápidamente.
Estaba escuchando la música, es tuya, ¿no?
Efectivamente-asintió- pero ven que te presento a la
artista de la muestra
Me tomó con suavidad del brazo y me condujo unos metros por
la galería. A lo lejos reconocí a la mujer entre un grupo de gente. Era la misma
del restaurante. Me sentía cada vez más incomoda y frustrada. No sabía cuanto
más podría tolerar verla feliz con otra mujer.
Te presento, Sabrina, …
Y el es Felipe, mi hermano
Saludé intentando mostrarme lo más amable posible. No podía
dejar de mirar a Sabrina y de sentirme una insignificancia al lado de ella.
Parecía joven, simpática, creativa…realmente me sentía a cada segundo más
frustrada, hasta que Felipe abandonando la conversación que sostenía con el
resto de la gente se acercó y tomo por la cintura a Sabrina.
¿Vamos, amor?, le preguntó
No pude evitar sentirme una idiota, pero feliz. Pensé, no
todo está perdido. Una sonrisa se dibujó en mi rostro y como devuelta a la vida
me despedía de los tres.
Avancé unos pasos con el corazón lleno de emoción, hasta que
me detuve, giré y regresé decidida. Me detuve a escasos centímetros de Ana.
¿Estas saliendo con alguien? Le pregunte curiosa
No, para nada- contestó sorprendida
Entonces no molesto a nadie si hago esto- y le estampé un
beso en los labios
Se quedó unos segundos inmóvil y casi perpleja. Por mi parte
me sentía feliz de poder hacerlo sin culpas ni miedos. Todo el peso que llevaba
en mis hombros desapareció al instante. Retrocedí y me marché sin dejar de
observarla.
Tengo el mismo número telefónico, me dijo
Yo también, le contesté