Hola, este es mi primer relato erótico, espero que os guste.
Es todo ficticio.
Sucedió hace varias semanas, pero aún lo recuerdo como si
fuera ayer. Cada caricia, cada roce, cada sensación y me estimulan con el mismo
poder de entonces. Sólo con pensar en teclear las palabras que ahora voy a
narrar me estremezco.
Era un domingo de inicios de primavera, el ambiente era
fresco todavía pero agradable. Aquella tarde me di un largo y relajante baño,
quería estar perfecta para cuando Alexander viniera a recogerme (por supuesto
este no era su verdadero nombre, el cual guardaré siempre conmigo, pero siempre
me ha excitado el sonido que produce al nombrarlo, Alexander), seleccioné la
ropa que iba a ponerme, aunque lo tenía bastante claro desde el principio, en
fechas especiales siempre tengo algún modelito especial que me gusta lucir. Una
camisa sin mangas de color blanco abrochada delante con una larga cremallera,
una minifalda vaquera a medio muslo (ni demasiado corta ni demasiado larga, no
me gustaban aquellos pequeños cinturones que te impiden incluso caminar sin ir
mostrándolo todo, siempre me ha gustado que los hombres me miren tratando de
adivinar lo que esconde mi ropa, usando prendas sugerentes pero no tan cortas o
escotadas que eliminen todo el misterio), y unos zapatos planos de color negro
con un pequeño lacito acordonado en el empeine, no puedo negar que aún me gusta
usar ciertas prendas que sugieran un aire infantil, siempre dan un toque de
inocencia y picardía si se saben llevar. Por último elegí una chaqueta larga de
punto como prenda de abrigo de color negro y un bolso pequeño a juego con el
conjunto. Incluso la ropa interior me llevó un tiempo, aunque finalmente decidí
no llevar sujetador, pues me hacía una marca muy fea con la camisa blanca; pero
si elegí una braguita tipo bikini de color blanco y lisa muy estrecha por
delante, que casi parecía una tanga.
Cuando terminé de bañarme y me vestí me tomé un tiempo en
mirarme en el espejo y darme algunos pequeños toques de color con el maquillaje,
aunque no demasiado, acababa de cumplir los 23 años y estaba harta de ver a las
quinceañeras maquilladas como puertas, a mi siempre me ha gustado la naturalidad
y la comodidad, por encima de todo. Una tobillera hecha con una fina cadenita de
plata y un reloj dieron el toque final al traje. En ese momento sonó el timbre,
Alexander ya estaba allí. Bajé corriendo las escaleras y abrí la puerta
lanzándome a sus brazos sin pensarlo y propinándole un sonoro beso en los
labios. Se lo merecía, según él, había planeado una pequeña fiesta para celebrar
mi cumpleaños aquella noche y yo siempre sabía agradecerle aquellas improvisadas
muestras de cariño.
En general Alexander siempre había sido un chico más bien
serio y callado, a veces casi misterioso, muy pocos de la facultad le conocían
bien, no sabían quienes eran sus amigos si es que los tenía. Le daban bastante
de lado porque era un poco rarito, introvertido se relacionaba poco con los
demás compañeros de la clase, la mayor parte del grupo con el que yo salía
disfrutaba más saliendo a bailar a las discotecas cada noche del sábado que
haciendo cualquier otra actividad, yo ya me había acostumbrado a ello pero lo
cierto es que también tenía otras inquietudes, gracias a ellas, le conocí.
Resulta que era un apasionado del anime y el manga, lo descubrí un día por
casualidad cuando se le resbaló la carpeta delante de mí y desparramó varios
dibujos suyos por el suelo, desde entonces no pudimos parar de hablar, hasta que
nos enamoramos. A mis amigos les costó un poco aceptarlo, decían que tenía un
lado oscuro, y yo siempre les respondía que todos lo teníamos; pero al final lo
hicieron y pasó a formar parte de nuestras vidas.
Cuando al fin pude separar mi labios de los suyos, saboreando
aún su beso, me fijé que no había venido solo. Estuve apunto de volverme a meter
en casa y darle con la puerta en las narices. Había traído a un amigo suyo ajeno
a nuestro grupo, un tal Marc, el chico daba miedo solo de mirarlo, había algo en
la expresión de sus ojos que me daba repelús y ya le había dicho a Alexander que
no quería salir más con él. Mi novio me hizo una señal para que no dijera yo
nada y le perdonara, seguramente más tarde tendría que darme muchas
explicaciones. Me tragué mi orgullo y cerré la puerta tras de mí siguiéndoles.
Por aquel entonces eran las fiestas del pueblo y habían
motando una feria en una zona despejada a las afueras con una gigantesca noria
que brillaba y giraba todo el día, de lejos era una vista preciosa al oscurecer.
Nos dirigimos hacia allí. Sabía que a Alexander no le gustaban las ferias, en
general no le gustaban los sitios llenos de gente y el hecho de que me llevar
allí demostraba que me quería mucho, aún más cuando me informó casi susurrándome
al oído con su boca pegada a la mía y su aliento recorriéndome el cuello, que
íbamos a montarnos en la noria. No podía creerlo, ya le dije en una ocasión que
tenía pánico a las alturas y que por eso nunca subía, pero que me gustaría poder
hacerlo y observarlo todo desde allí. En ese momento me embargó una sensación de
miedo y excitación, estaba muy nerviosa, pero confiaba en él y sabía que no
dejaría que me pasara nada malo. Así que sin decir nada me limité a asentir y le
miré con ternura mordiéndome el labio inferior, cosa que le encanta.
Marc vino con nosotros aunque a penas habló nada, tan solo se
limitó a felicitarme cuando llegó a mi casa y poco más. Estuvimos un rato
tratando de conseguir algún peluche en las casetas y luego comimos algo, cuando
ya eran casi las doce de la noche subimos a la noria. Como ya llevábamos allí
varias horas había tenido tiempo de ponerme nerviosa de sobra y casi temblaba
pensando en si me iba a marear allí arriba, desde abajo parecía mucho más grande
que de lejos y estuve a punto de echarme a tras pero él me retuvo rodeándome con
sus brazos desde atrás y besándome en el cuello bajo la oreja, haciéndome
cosquillas con sus labios y susurrándome palabras tranquilizadoras. Cuando llegó
nuestro turno de subir a una de las cabinas yo ya era completamente incapaz de
negarme.
Las cabinas de aquella noria eran totalmente herméticas,
había dos grandes ventanales a ambos lados a media altura de la pared y unas más
pequeñas arriba que podían abrirse para dejar pasar el aire de la noche. En el
medio había una vara vertical de metal y varias más horizontales cubriendo el
techo de la cabina con anillas para sujetarse, si se quería uno poner en pie.
Alexander y yo nos sentamos ocupando un asiento y Marc lo hizo frente a
nosotros. Cuando aquello empezó a girar mi corazón se disparó y me agarré a mi
novio con cierto temor reflejado en el rostro, su abrazo me tranquilizó y me
ayudó a mirar por la ventana, la vista era tan hermosa que se me cortó la
respiración, aún así sentía un cierto balanceo en mi estómago debido al vértigo,
semejante al que se siente cuando, viajando en coche, cruzas un camino lleno de
resaltos que parecen dejar en suspenso el vehículo cada vez que debe volver a
bajar. Dimos un par de vueltas antes de que la noria quedara repentinamente
detenida. Nuestra cabina era la más alta de todas, Marc se asomó para ver que
ocurría, yo tenía el rostro enterrado en el pecho de Alexander totalmente
aterrada.
Se ha estropeado el mecanismo de giro, pero lo
arreglarán en seguida, no es nada grave – dijo al cabo de un rato. Volvió
a sentarse y se quedó mirando por la ventana, yo estaba muy asustada y
deseaba que aquello acabase de una vez. Al acabar la noche mis
sentimientos serían otros muy distintos, pero yo aún no lo sabía.
Al cabo de varios minutos Marc se quedó dormido con la cabeza
caída sobre el pecho y Alexander comenzó a besarme con ternura lamiendo mis
dientes con su lengua y acariciándome los pechos por encima de la camisa.
¿No llevas sujetador?
Creía que esta sería una noche para los dos – le dije a
modo de defensa. Él sonrío.
Aún puede serlo.
Dicho esto bajó su mano hasta mis muslos y comenzó a
acariciarme sin dejar de besarme en el cuello y en el lóbulo de la oreja. Traté
de detenerle, no me apetecía nada que Marc despertara y nos viera así, pero él
no se dejó detener y continuó con sus caricias y sus besos. El miedo y la
preocupación de que Marc nos viera encendió algo en mi interior que fue
alimentándose de los gestos de mi novio, estimulándome poco a poco, hasta que me
relajé y le dejé hacer. Me pidió que me quitara la chaqueta y así lo hice
tirándola a un lado, él se quedó un momento mirándome los pechos cuya aureola de
color rojo oscuro se transparentaba bajo la tela de la camisa. Mis pechos no
eran especialmente grandes, cabían con facilidad en una mano y a veces me
costaba rellenar la copa de algún bikini, pero a él le gustaban, una vez me dijo
que eran perfectos porque podía abarcarlos por separado con su boca y moverlos
dentro de ella con su lengua, en aquella ocasión me humedecí solo de escucharlo.
Me bajó un poco la cremallera de la camisa para ver la suave
curva que mis senos hacían al juntarse y luego siguió besándome y rozando con un
dedo mis pezones. Sus besos y sus caricias echaron a bajo todas mis defensas
pero aún así era incapaz de apartar los ojos de Marc por miedo a que él abriera
los suyos y nos viera.
Deja que te quite las bragas – me dijo Alexander al
oído. Yo al principio me negué pero el insistió – guárdalas en el bolso,
así si despierta no las verá y yo podré tocarte bajo la falda sin que se
de cuenta. – me convenció.
Metió las manos bajo mi falda hasta encontrar el borde de la
tela y comenzó a deslizarla por mis piernas con suavidad, dándome pequeños besos
en la cara interna de los muslos y en mis desnudas rodillas. Las sacó del todo y
yo las guardé apresuradamente. Luego volvió a sentarse a mi lado y metió una
mano entre mis piernas, yo aún no apartaba la vista de Marc, me di cuenta de
que, el hecho de que pudiera pillarnos, me estaba excitando aún más, Alexander
también lo notó. Al meter su mano entre mis piernas notó mi humedad y me miró
con esa sonrisa infantil y algo pícara que me vuelve loca. Siguió tanteando el
terreno hasta que yo cerré los ojos, abriéndolos muy de vez en cuando sólo para
asegurarme de que nuestro mutuo amigo siguiera durmiendo.
Alex no era especialmente guapo, alto y delgaducho no marcaba
músculo pero yo sabía lo que había debajo de la camiseta, lo más hermoso en él
eran sus ojos azules que contrastaba mucho con su pelo oscuro y corto. Marc por
el contrario era rubio, tenía el pelo largo y algo desordenado, era algo más
grueso que Alex pero no marcaba músculo, aunque no estaba gordo, era un muchacho
normal. Sus ojos eran castaños.
Las caricias de Alex, al principio, se limitaron a la cara
interna de los muslos e, insolentes, se acercaban poco a poco a mis ingles
acariciándolas con el dedo, notando su suavidad y su frescor. Siempre me gustó
llevar el bello púbico cuidado, lo recortaba muy cortito y depilaba los excesos
para que no saliera ni un solo pelo de mi ropa interior, eso a él le encantaba;
una vez le sugerí depilarme entera pero él se negó, le gustaba la sombra oscura
que adornaba una zona tan íntima de mi anatomía y para mi era mucho más cómodo
así. A veces me pedía que me desnudara para él y se quedaba sentado en silencio,
observándome a la luz de la lamparita de la mesita de noche, mientras yo notaba
como sus ojos me recorrían con devoción y eso hacía que me calentara y
estremeciese de gusto, casi era capaz de correrme sólo con su mirada, tan
intensa y escrutadora.
Poco a poco un dedo juguetón alcanzó mi clítoris, el centro
de mi mayor placer y lo golpeó suavemente con toques cortos y rítmicos,
volviéndome loca de gusto, tanto era así que sin darme cuenta acabé abriendo aún
más indecentemente las piernas para que él pudiera tocarme mejor y darme más
placer, al tiempo que frotaba con su otra mano mis pechos y seguía besándome
para ahogar mis gemidos. Llevaba el ritmo de sus caricias con mis caderas
buscando sus dedos, finalmente Alexander se arrodilló entre mis piernas sin
darme tiempo a negarme y me sujetó las manos con las suyas, yo quería cerrar las
piernas pero su cuerpo se interponía. Le rogué que parara que Marc nos iba a
ver, pero él me tranquilizó diciendo que tenía un sueño muy pesado y que no me
preocupara. Yo quería insistir pero en ese momento hundió su cabeza entre mis
piernas y comenzó a lamerme los muslos y mi rajita con sumo cariño, yo notaba
los lengüetazos húmedos y su aliento caliente en aquella zona tan íntima que ya
era de su propiedad, me envió al cielo y él lo sabía así que aprovechó para
llevar a cabo la segunda parte de su plan. Se levantó dejándome al borde del
placer y sacando un pañuelo de su bolsillo me lo ató sobre los ojos.
Tranquila, no dejaré que nos vea, pero si no puedes
vigilarle, será aún más excitante – todo esto me lo dijo en un susurro, yo
deseaba que me hiciera correrme así que no pude negarme, asentí y le dejé
cegarme. Volvió a agacharse y lamió mi clítoris besándolo y succionándolo
con extrema lentitud.
Escuchamé – me dijo – quiero que pongas tus manitas
sobre tus pechos y tires de tus pezones hasta ponerlos duros.
Yo obedecí al instante y comencé a masajearlos entre dos
dedos apretándolos y pellizcándolos, sin conseguir ponerlos duros, normalmente
me costaba bastante trabajo endurecerlos. En ese momento unas manos fuertes
sujetaron mis muñecas y las sostuvieron sobre mi cabeza, contra la pared de la
cabina. En mi estado de placer pensé que sería Alex, hasta que me di cuenta de
que era imposible que tuviera su cabeza entre mis piernas y además me sujetar
las manos.
Marc – gemí desesperada tratando de soltarme con todas
mis fuerzas, pero no fueron suficientes.
Relájate – me dijo él – tu novio ha preparado esto con
esmero para que lo disfrutes, y yo voy a encargarme de ello.
Sentí tanta vergüenza en aquel momento que mis mejillas
ardieron y me mordí los labios a sabiendas de que no podría convencerles de que
pararan. Por otro lado confiaba en mi novio, nunca me había hecho daño y aquella
no tenía porque ser la primera vez. Él comenzó a chuparme de forma lenta,
degustando mi rajita, desde el clítoris hasta la entrada de la vagina, muy
dulcemente. Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no gemir aunque ambos
notaron mi respiración agitada, aquello me excitaba muchísimo, estaba muy mojada
y mi cuerpo no dejaba de retorcerse al margen de mi voluntad, que aún luchaba
por que Marc no viera el estado de excitación en el que me encontraba.
Al cabo de un rato Alex se detuvo y entre él y Marc me
obligaron a ponerme en pie. Por suerte desde aquella altura nadie podía vernos,
o me hubiera muerto de vergüenza. Marc ató mis manos con una soga y noté que las
elevaba atándolas a las barandillas del techo, de modo que tenía los brazos
totalmente estirados en el aire y no podía soltarme. Luego desabrocharon mi
camisa dejando mis pechos al aire. Alguien abrió una ventana y el aire helado de
la noche penetró en la cabina, aquello fue mucho más efectivo que mis caricias,
los pezones se pusieron completamente tiesos y sentí la piel de gallina, comencé
a temblar tanto de frío como de la excitación que me embargaba y decidí no
luchar más y dejarme hacer. En aquel momento la calentura que tenía podía más
que yo misma. Después uno de ellos me desabrochó la falda y me la sacó de un
fuerte tirón dejándome así completamente desnuda. No podía imaginar lo que
hacían, sólo oía sus respiraciones delante de mi, sabía que me estaban
observando allí atada, expuesta y totalmente a su merced, estaba asustada y
deseosa por saber lo que ocurriría a continuación.
Tu chica es preciosa – dijo Marc al cabo de un rato. Yo
siempre pensé que era del montón, no demasiado alta, delgadita y con el
pelo negro y liso y los ojos oscuros, un pecho pequeño de pezones rojos y
oscuros, un abdomen firme de tanto aeróbic, piel blanca y lisa que
hidrataba lo mejor que podía un pubis cuidado negro y muy rizado que
cubría unos labios vaginales gruesos y no muy grandes, sonrosados, un
clítoris redondo y pequeño.
Tienes un culito precioso – siguió hablando incitándome
– vas a gozar mucho pequeña putita, ahora eres nuestra criatura nadie te
oirá si gritas y vamos a hacer lo que queramos contigo.
Marc era el único que hablaba, Alexander no dijo nada pero yo
le sentía allí frente a mi, y estaba segura de que ya la tenía tiesa. No era
demasiado larga, pero si lo bastante gruesa como para llenarme, y me encantaba
ponérsela dura con suaves caricias de mis uñas sin arañarle, pero sabiendo que
él sabía que podía hacerlo si quería. Estuvieron quietos un buen rato, hasta que
de pronto uno de ellos abarcó mi pecho con su boca y comenzó a succionar como si
le fuera la vida en ello, yo aún temblaba de frío y lo único caliente de mi
cuerpo era mi coño y aquella boca maravillosa sobre mi pezón derecho, jugaba con
él mordisqueándolo, lamiéndolo y recorriendo con la lengua, haciéndolo bailar a
su antojo. Entonces me empujó y sentí algo frío en mi trasero, la barra de la
cabina. Me abrieron los cachetes y me apretaron contra ella para que la sintiera
bien cerca de mi ano. Uno de ellos se situó a mi espalda para asegurarse de que
no pudiera despegar el culo de ella y mientras deslizaba otra mano por mi
vientre amenazando con tocarme el coñito pero sin llegar a hacerlo a pesar de
que yo lo deseaba. Mientras mi pezón izquierdo, que había estado celoso del
derecho, comenzó a recibir su premio.
Por fin la ansiada mano alcanzó mi zona de placer frotando el
clítoris como si le fuera la vida en ello, con movimientos acompasados y suaves,
poco a poco sentí mi coño arder de excitación, tanto que empezaba a dolerme de
tanta calentura y yo sólo deseaba que acabaran ya con aquella tortura – placer y
me dejaran correrme a gusto, quería sentir la verga de mi novio llenándome por
dentro dura y firme. Pero ellos no parecían tener prisa. Me sentí desmayar y
comencé a gemir suavemente con la respiración agitada. Poco a poco mis gemidos
fueron subiendo de intensidad conforme me mordían los pezones y pellizcaban mi
clítoris, de no ser por la música del ferial, me habrían oído en todo el pueblo.
Estaba apunto de alcanzar el orgasmo cuando sentí que se paraban y se alejaban
de mi.
Aún no zorra, aún te queda mucho para gozar – era la
voz de Marc, nunca me había caído bien, pero me di cuenta de que su voz
empezaba a excitarme casi tanto como las caricias. – Creo que nuestra
pequeña putita tiene prisa, pero vamos a acabarla tan pronto.
De nuevo se acercaron a mi, esta vez uno de ellos separó mis
piernas con las manos sin que yo pudiera evitarlo ya que era más fuerte que yo y
estaba cansada por aquella rígida postura. El otro aprovechó para meter su
cabeza entre mis piernas y lamerme el coño, sentía la lengua húmeda y caliente
recorriéndome desde el ano hasta el clítoris, moviendo salvajemente sobre él y
tratando de penetrarme la vagina, yo gritaba de placer sintiendo calambres en
las piernas y como el orgasmo volvía a acercarse, pero de nuevo pararon. Esta
vez para desatarme. Suspiré aliviada porqué me dolían los brazos pero a la vez
gruñí de rabia por no poder acabar de una vez y correrme.
Me hicieron poner de rodillas y me ataron los tobillos a algo
rígido para mantener mis piernas totalmente separadas, además mis manos las
anudaron a la espalda y a la barra vertical de modo que tiraba de mis brazos
hacia atrás y yo no podía moverme ni cambiar de postura. Marc me dijo:
Eres una zorrita encantadora, una zorra. Una putita
cachonda y vas a masturbarme con tu boca.
Sin delicadeza alguna me introdujo su pene en la boca y
comenzó a moverlo de dentro a fuera primero lentamente y luego más rápido. Yo
deseaba chupar esa verga con devoción meter todo el pene entero en mi boca y
ensalivarlo, al tiempo que me follaba la boca yo pasaba mi lengua por todos sus
rincones notando la rugosidad de su piel y el calor que emanaba de ella y que
rápidamente terminó de hincharse en mi boca. La sacó un momento para que se la
chupara bien sacando toda la lengua de mi boca y recorriendo sus testículos. La
apartó antes de correrse.
Me correré dentro de ti, puta. ¿Lo has oído?
Yo apenas pude asentir con la cabeza, antes de sentir un dedo
tratando de introducirse en mi ano a la fuerza, jamás me habían penetrado por
esa zona y me asusté un poco. Una mano se introdujo lentamente en mi dilatada
vagina impregnándose bien de mis flujos y luego los restregó por mi ano.
No eres lo bastante puta aún. Y a mi me gustan bien
abiertas, porque vamos a follarte tus agujeritos zorra, y te va a gustar.
– gemí de miedo y placer – Tu novia está muy caliente, no me dijiste que
era tan zorra.
Alexander siguió callado, varios dedos comenzaron a luchar
por penetrarme el culo y yo notaba la presión que este hacía por impedírselo, no
me entraría ni un alfiler por ahí y se lo dije, me estaba haciendo daño, aunque
consiguió meterme un dedo el segundo no parecía dispuesto a entrar y yo ni
siquiera podía moverme para impedír que lo intentara.
Basta, por favor, me estáis haciendo daño. No va a
caberrrrrr
En ese momento el segundo dedo entró ensartándome y los dos
se fueron moviendo dentro y fuera.
Dejar de apretar el culo o te reviento – me regañó Marc
golpeándome el trasero con la palma abierta. Aquella cachetada me dejó
pasmada, nunca me habían pegado así y lo peor es que me gustó y chorreé
aún más jugos, Marc debió darse cuenta porque según metía y sacaba sus
dedos me pegaba más y más fuete poniéndome el culo rojo, yo lo sentía
caliente y me escocía, pero sólo podía gemir y pedirle más.
A fuerza de mucho intentarlo, de remojarme con mis propios
fluidos logró meter hasta cinco dedos en mi ano y moverlos casi con salvajismo.
Cuando los extrajo estuve a punto de correrme de alivio, pero en seguida un pene
me penetró llenándolo y abriéndolo aún más, se me saltaron las lágrimas de dolor
pero deseaba que me follaran el culo. De pronto, el pene se quedó quieto en mi
interior, alguien se situó debajo de mi y comenzó a introducirme su pene en la
vagina, yo chillé aterrorizada, me estaban ensartando con dos vergas a la vez,
les dije que era imposible que cupieran, pero lo cierto es que lo hicieron y
ambas comenzaron a moverse a un ritmo frenético, mis gemidos llenaban la cabina,
hasta que un par de dedos se introdujeron en mi boca obligándome a chuparlos
como si fueran otro miembro más, las manos del que me follaba el ano se
deslizaron por mi espalda acariciándola, luega una de ellas reanudó las
palmetadas en mi culo y la otra buscó el clítoris y lo masturbó con delirio.
Yo ya no aguantaba más, me estaban follando todo lo follable
y aún más, incluso la mano libre que les quedaba se afanó en mis pechos
pellizcándome los pezones con brutalidad y yo seguía atada e indefensa sin poder
hacer ni decir nada, sólo sintiéndome llena y violada salvajemente. El orgasmo
volvió a aparecer y esta vez me dejaron acabar, mi cuerpo se tensó y me quedé
totalmente paralizada sintiendo como mi coño latía con ferocidad aprisionando
sus pollas y chorreando jugos. Ellos siguieron moviéndose un poco más hasta que
me acabaron dentro y sentí su leche bañarme por dentro y derramarse de mis
dilatados agujeros.
Se separaron de mi y se quedaron observándome un rato, allí
atada, expuesta, jadeante, y manchada de sus jugos y los mios.
Te has portado como una verdadera puta – dijo Marc, su
voz entrecortada por la agitada respiración – tu novia se merece esto y
más.
Si que se lo merece – dijo Alexander por fin – Pero es
mi zorrita, mi criatura.
Un rato después me desataron, tuvieron que sujetarme porque
estaba exhausta, me ayudaron a limpiarme, a mi ya no me daba vergüenza que Marc
me viera desnuda, ni siquiera que me tocara por zonas tan íntimas tratando de
dejarme bien limpia. Cuando acabaron nos vestimos y Marc asomó un brazo por la
ventana. En ese momento la noria comenzó a girar de nuevo. Todo había sido un
plan magníficamente preparado para hacerme gozar como una perra el día de mi
cumpleaños. Y puedo aseguraros que no fue ese el único día que celebré tener a
Marc y a Alexander para mi disfrute personal.
FIN
Espero que os haya gustado, si es así quizá me anime a escribir alguno más.
Pero de momento Nocturna se despide J