LE GUSTABA
Nunca supe, o nunca quise saber, porque le gustaban algunas
cosas. Me conformaba con tomar debida nota de ellas. Me concentraba tanto en
recordarlas todas, que solía olvidarme muchas veces, casi todas, de mí mismo,
pero no me importaba porque las recordaba todas, y me esforzaba tanto en no
olvidarlas, en no fallar, que terminé perdiendo el hilo de la historia.
Le gustaba enviarme pequeñas notas.
Las pequeñas tarjetitas doradas eran esperadas y temidas en
toda la oficina. El era el director ejecutivo de más alto rango en la empresa,
socio fundador de renombrado apellido e inobjetable riqueza. Desde su
inalcanzable oficina solía dictar aquellas notas, que en pequeñas tarjetitas
eran repartidas por sus dos diligentes secretarias. Podían referirse a una junta
urgente de último momento, una felicitación por un trabajo bien hecho, o peor
aún, el aviso de pasar a recursos humanos por tu liquidación. No había una sola
persona que no temblara, aunque lo disimularan, ante una de aquellas dichosas
tarjetitas.
En mi caso, las notas sólo contenían una dirección y una
hora. De todos modos temblaba al recibirlas, porque para mí sólo significaban
una sola cosa: sexo. La dirección era la de un pequeño y perdido hotel, siempre
distinto, siempre cambiante, y la hora en la que debería estar allí esperándole.
Le gustaba que le esperara completamente desnudo.
Debía llegar siempre antes que él. Debía prepararlo todo,
pero sobre todo debía esperarle como a él le gustaba, completamente desnudo.
Solía quitarme la ropa ante el espejo, porque me gustaba mi reflejo, mi piel
incandescente de deseo, mis ojos vacíos pero siempre febriles. Empezaba a sentir
el cosquilleo de ansiedad en mi reflejo. La verga se me enderezaba nada mas
mirarme sin ropa en aquellas habitaciones casi siempre oscuras y baratas. No me
importaban las descascaradas paredes, los colores chillones y aquel olor a semen
seco que parecía impregnar siempre la habitación. Sólo me fijaba en mi cuerpo
desnudo e imaginaba sus manos, grandes y suaves, cálidas y firmes, recorriendo
aquella piel tan blanca y tan deseosa de su cariño.
De vez en cuando atisbaba por la ventana. La gente pasaba
presurosa, ajena a mi deseo, a mi lenta desesperación. La verga me dolía de tan
dura, pero no me la tocaba porque él así lo quería y yo siempre lo recordaba
todo. Rozaba entonces el glande hinchado y sensible contra las feas cortinas,
contra las frías paredes, en un ardid de emancipación que sólo lograba enconar
más mi deseo y atenazar mi espera. A veces me sofocaba el encierro y abría una
ventana buscando algo de aire fresco, y el ruido de la ciudad, sus coches y
transeúntes excitaban mis sentidos. Entonces le veía, bajándose del coche, o
corriendo por la acera, en su traje oscuro, la corbata ondeando en su presurosa
carrera, y cerraba la ventana y apagaba las luces, y me hincaba a un lado de la
cama, cerrando los ojos, descansando la mejilla en la colcha, las manos inertes
en un costado, en un gesto de absoluta y total rendición, porque así le gustaba
y yo jamás lo olvidaba.
Le gustaba mirarme en silencio.
Y él abría la puerta con la llave que siempre le dejaba en
recepción. Lo imaginaba llegando con su acostumbrada prisa. El empleado debía
tener perfectamente claro su nombre y descripción. Un nombre falso pero una
descripción certera. Seguramente más de uno se asombraba cuando lo describía. Un
hombre alto, rubio, pero no de esos rubios de pelo amarillo, les aclaraba con
intensa emoción, sino un rubio apagado, como el trigo tostado, con ojos grises
que suelen relampaguear cuando se irrita, con destellos de azul verdoso, y unas
manos grandes con dorso ligeramente pecoso, y una boca fina que no caza con la
solidez de su mandíbula, les decía, y entonces notaba la mirada burlona del
empleado, y aunque podía seguir con mi detallada descripción terminaba
rápidamente hablándoles de su metro ochenta y cinco y la rotundez de su figura,
sólo para que supieran que era un cabrón alto y fuerte y dejaran de mirarme con
esos ojos burlones.
Y él entraba en la habitación sin encender las luces. Muchas
veces le bastaba la claridad que se filtraba de afuera para notar mi blanco
cuerpo desnudo junto a la cama. No saludaba, ni yo esperaba que lo hiciera. Mis
oídos, tan alertas como el resto de mi cuerpo, captaban sus recias pisadas en la
alfombra. Se me erizaban los vellos tan sólo de sentirlo en la misma habitación
que yo. El aroma de su perfume solía enervar mi deseo y procuraba que mi
endurecido miembro no rozara el borde de la cama, pues podría hacerme acabar
allí mismo, y él no decía nada. Se sentaba en alguna butaca y me miraba.
Encendía un cigarrillo y me miraba. Se aflojaba la corbata y me miraba. Se
servía un brandy y me miraba, callado pero abarcándome con su silencio,
conteniéndome en él, dominándome siempre. Yo simplemente le esperaba.
Le gustaba jugar con mis nalgas.
Cuando la ausencia de sonidos y la larga espera parecían
colmar todos mis límites y capacidades, de alguna primitiva manera él siempre lo
notaba. Entonces de la nada un silbido cruzaba rápido el aire y recibía un
fuerte manotazo en el trasero. Era un chorro de agua helada, una sorpresa
esperada, temida y anhelada, una primera señal de su presencia. Allí estaba él,
y también yo. Allí nuestra precaria y silenciosa relación. Allí dos hombres,
perdidos en sus propios laberintos, en un hotel sin nombre, en una nada acuosa
pero sumamente brillante.
Me encantan tus nalgas – decía con su voz de barítono, y
la revelación, primera e inequívoca de que estaba allí conmigo, de que no lo
había soñado ni imaginado, me llenaba de un profundo agradecimiento.
Son tuyas – le respondía con toda la sinceridad de mi
alma.
Y las usaba, vaya que las usaba. Las acariciaba, besaba,
lamía, sobaba y golpeaba. Mis blancas nalgas, tan suyas y tan dispuestas, tan
deseosas de su admiración y su atención que solía olvidar hasta el paso del
tiempo. Y yo lo dejaba hacerme todo, feliz de que me usara, sin importarme nada
mas que complacerlo.
Venga, mámame la verga – decía por fin – quitándose el
resto de la ropa, gigante rubio, vikingo, normando, dueño de mi voluntad y
mi deseo.
Se tiraba sobre la cama, con aquellos hermosos muslos
abiertos en la espera. Su miembro era grueso y cabezón, aunque no tan grande
como uno podría imaginar en aquel enorme cuerpo. De todas formas me llenaba la
boca, la mirada y las ganas completamente. Me acercaba como el gato al plato de
leche, relamiéndome de anticipación, saboreando desde ya su aroma y su dureza.
El me detenía con el puro filo de la mirada, exigiéndome un respeto al sagrado
momento de tenerlo entre mis labios, y debía esperar, con la saliva escurriendo
entre mis labios, debía esperar como esperan los perros bien entrenados el
silbido de su amo, y respiraba afanoso mientras tanto, con el objeto de mi deseo
tan cerca pero tan lejos, y él se lo tocaba suavemente, provocándome, repasando
con sus dedos enormes el glande rosado e hinchado, estirando los pliegues de su
prepucio, mostrándome la humedad del meato, liberando su aroma masculino
mientras a gatas yo simplemente le miraba. Sus huevos, dorados y vellosos
colgaban plácidos debajo y se movían al compás de su pausada respiración,
mientras yo los deseaba también, con tanta fuerza que casi dolía.
Entonces pestañeaba, mostrándome finalmente su permiso en la
mirada condescendiente y sólo entonces podía acercarme a su gordo y ansiado
falo, para comenzar a lamerlo con infinita paciencia, paladeando el gusto de
tenerlo por fin en mi boca, todo mío, siempre mío, vibrante y húmedo, duro y
suave, mío, mío.
Cómetelo todo – me recomendaba desde la almohada, con las
manos bajo la nuca, mirando cómo me afanaba entre sus piernas.
Y yo no necesitaba que me alentara de ningún modo, y saltaba
del sabroso y húmedo glande al pubis dorado, hirsuto y oloroso a macho, y de
allí a su ombligo, centro lunar de mi ansiado recorrido, y luego sus huevos,
fábrica de semen, rugosos y peludos, sudados y lamidos por mi lengua incansable
e inagotable, y sus rodillas de hierro, y su abdomen de curva masculina, y sus
muslos de oro y sus axilas transpiradas y sus pies tan grandes y tan blancos y
los pliegues de su cuello, donde el aroma de su colonia parecía querer llevarme
más arriba, a su boca y su lengua, a sus besos dormidos y sus ojos grises tan
queridos.
Déjate de puterías – me decía empujándome hacia abajo, a
donde su verga se erguía orgullosamente erecta. Y me la metía de nuevo en la
boca, esta vez sin abandonarla por más tesoros que hubiera alrededor, y me
concentraba en ella solamente, en mamarla de arriba abajo, a conciencia, con
el alma en la lengua, pendiente de cada latido, cada cabeceo, cada gemido y
cada temblor.
Le gustaba jugar y los juguetes.
Y así, emputecido por su duro miembro, podía pasar el resto
de la noche lamiéndolo y mamándolo tanto como él quisiera, pero terminaba
notando mi febril placer y entonces me empujaba a un lado, gozando seguramente
del ansia de mi boca por recuperarlo, de mi respiración agitada, de mi
insufrible deseo.
Busca en el bolsillo del saco – decía entonces, y yo
dejaba la cama con piernas temblorosas, desorientado y perdido, aturdido en
la penumbra me guiaba por el olor hasta sus ropas. Las abrazaba como si
fueran su cuerpo, las tocaba con suaves dedos como si fueran su cuerpo,
rebuscaba en sus bolsillos con amoroso tiento, como si fuera su cuerpo.
Le llevaba mi hallazgo hasta la cama, y lo ponía a su lado
como quien pone una ofrenda. El me acariciaba el cabello y a veces me besaba.
Sus besos eran profundos y temibles. Me devoraba, me comía, me absorbía como una
burbuja, y solía hacerlo sólo para provocarme más. Después de esos besos yo era
capaz de todo. Y entonces me mostraba el paquete, tan primorosamente envuelto,
como el regalo de una novia. Yo temblaba, de emoción, de miedo, por los besos,
por sus hermosas manos rompiendo el papel con la misma destreza con que me
rompían el alma.
Podrás con él? – preguntaba mostrándome un enorme dildo
negro, refulgente y liso como un espejo.
Yo por ti – le contestaba mirando sus soñadores ojos
grises – puedo.
Con una sonrisa aceptaba el halago de mi respuesta, y con la
misma sonrisa me acercaba el dildo a la boca para que lo chupara, para que
humedeciera yo mismo aquel trozo de plástico que después pensaba introducir en
mi cuerpo, sin importarle que yo prefiriera mil veces que fuera su hermosa verga
la que me penetrara, aunque por supuesto no se lo decía, y prefería complacerlo
y así lo mojaba con mis besos, y así me ponía en cuatro patas y así esperaba
mientras él jugaba con la idea y con mi culo, y así permanecía aunque el dolor
me partiera en dos mientras me entraba el oscuro juguete y fijaba la vista en el
espejo donde no veía mi reflejo sino el de él, y me importaba poco mi culo
distendido y dolorido, porque toda mi atención era para aquel enorme rubio
montado sobre la cama, aquel enorme rubio que empujaba excitado el juguetito con
una mano mientras con la otra se masturbaba, aquel enorme rubio que tanto me
gustaba.
Le gustaba venirse en mi cara.
Y ahíto de placer, cuando ya nada podía colmar mi desesperada
noche de espera, sólo deseaba que me cogiera, que me abrazara y me dijera cosas
incoherentes al oído, aunque sólo fueran apagados gemidos de placer, pero muchas
veces ni siquiera eso conseguía.
Ven aquí – decía poniéndose de pie en medio de la
habitación, gigante, coloso de Rodas, piernas separadas, quién podría
negarse. Yo iba.
Me empujaba hacia abajo, de rodillas, frente a su gordo pene
rubio, y comenzaba a masturbarse frente a mi rostro.
Me encanta esa mirada de puta perdida – decía mientras
aceleraba el énfasis de sus caricias, remolino de placer, rictus de agonía.
Sólo eso soy – le contestaba yo con inesperada franqueza,
aunque él no lo notaba, creyendo que sólo lo decía por acicatear su placer.
Tan guapo y tan puto – me decía - que sólo quiero bañarte
de leche – terminaba, incapaz de reconocer mis oscuros sentimientos.
Y lo hacía. Me bañaba con su semen, en un pagano bautismo
donde mi nombre sólo era "toma, puto, trágatelo todo" y su esperma resbalaba
entre mis ojos, goteando hasta mi boca, y me lo comía como podía, con
indescriptible placer y cierta pena, mientras él me miraba orgulloso y temblando
de placer todavía.
Le gustaba dejarme solo.
Y sin más se iba. No le importaba si yo llegaba al orgasmo o
me quedaba histérico trepando las paredes. Se vestía con su costoso traje oscuro
y se iba simplemente. Yo corría a la ventana, masturbándome como loco,
viniéndome sólo de ver sus anchas espaldas abandonándome, viéndolo montar en su
coche, mirándolo perderse en el tráfico donde también se perdían mis gritos de
solitario placer.
Le gustaba tenerme en vilo y a la espera.
Y al siguiente día, en la oficina, donde nadie sabía de mi
historia con el alto ejecutivo debía contentarme con verlo pasar, o recibir un
frío memorando con alguna de sus secretarias y lo peor de todo, esperar con
paciencia la siguiente tarjetita dorada, una nota suya que podía demorar un par
de horas, un par de días o un par de semanas, sin tener idea de cuándo podría
verle de nuevo y repetir esa historia con ansiado pero desconocido final.
Le gustaba sorprenderme.
Y así un día, después de muchas tarjetitas, muchos hoteles,
todos distintos, todos iguales, muchas habitaciones oscuras donde yo esperaba lo
inesperado, la historia finalmente terminó.
Esta vez la tarjetita dorada me llevó a una dirección
desconocida. No era un hotel, era una enorme y lujosa mansión. No era de noche,
era una soleada tarde de domingo. No había un sórdido empleado escuchando burlón
la descripción del desconocido amante al que debía entregar la llave, sino un
estirado sirviente que me invitaba a pasar con inusitado respeto.
Y bajando las escaleras, mi rubio coloso apareció enfundado
en una suave bata de seda, con una inesperada sonrisa en su hermoso rostro, y me
invitó a pasar, y me abrazó cariñoso en la soleada biblioteca, y me explicó que
por fin confiaba en mi, que se acababan los oscuros moteles y el maltrato, que
después de todo, yo había superado todas las pruebas y que ahora sí estaba
seguro de que yo lo amaba por lo que él era y no por lo que tenía y podía
ofrecerme, aunque por supuesto sí me lo ofrecía, y que a partir de ahora, todo,
todo sería diferente entre nosotros.
Y para mí, en ese momento todo terminó. Salí de su casa, de
su empresa y de su vida.
Creí saber lo que le gustaba, pero en realidad uno nunca sabe
nada.
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altair7@hotmail.com