Arturo me pone duro.
Arturo a sus dieciocho años estaba más que apetitoso. Era un
fruto maduro, fresco, al que deseaba más que nunca saborear entre mis manos y
probar el gusto del néctar entre sus piernas. Ahora que lo tenía solo para mí en
el camarín del gimnasio, mientras el resto se había ido, era mi gran oportunidad
para terminar de conquistarlo.
Ambos nos estábamos desvistiendo, luego de una intensa
jornada de ejercicios, en la cual habíamos practicado intensamente juntos como
compañeros de ejercicios. Igual que en otras ocasiones, mientras lo ayudaba,
aprovechaba de tocarle por aquí y por allá sus duros y abultados músculos, con
la excusa de ver cómo iba su progreso. Me encantaba ver cómo se le subía la
polera al estar reclinado de espalda cuando hacía pecho en la barra y yo desde
mi posición veía los pelitos que tenía cerca del ombligo. Se veía tan rico así,
con parte de su liso y blanco vientre al desnudo, que apenas podía contener mi
creciente erección.
Ya era pasada las once de la noche y como era muy amigo del
administrador del gimnasio, me había podido quedar a solas con Arturo en el
local. Jorge, mi amigo, me había entregado las llaves y antes de irse, luego de
guiñarme el ojo, me había recordado que no olvidara dejar todas las cosas bien
para no tener problemas al día siguiente.
Tengo solo cinco años más que Arturo, pero mi recién egresado
del colegio nuevo amigo, estaba en mucha mejor forma que yo. Además era apuesto
como pocos hombres que había conocido y poseía un culo, unas piernas…un paquete
que varios en el gimnasio, aparte de mí, se lo comían con los ojos. No sé cómo
Arturo ignoraba que era objeto del deseo de muchos de los que lo rodeaban.
Me desnudé lo más rápido posible, quedando con una pura
minúscula toalla, que me cubría el sexo, que ya estaba goteando de tan excitado
que estaba. Además así se notaba menos lo caliente que estaba. Arturo quedó sin
nada puesto y no dejé de darme cuenta que sus rosadas tetillas estaba duras,
quizás por el cambio de temperatura. Me deleité en la contemplación de su
tonificado cuerpo, y en el crespo vello castaño claro que poseía entre los
pectorales, los que bajaban hasta llegar a un pubis peludo que invitaba a tomar
posesión de él.
¿Te pasa algo, César?
¿Por qué la pregunta?
Porque la tela de tu toalla se ha levantado un poco…
No supe cómo reaccionar a sus palabras. Se había dado cuenta
que lo único que quería era comérmelo, culiármelo de lo lindo.
Disculpa, es que me acabo de acordar de una mina que me
gusta bastante.
No es necesario que me mientas, sé muy bien que me
deseas.
Y se acercó hasta mí, completamente en cueros y deseable, y
llevó una mano hacia donde mi pene quería rasgar la tela de la prenda que
llevaba. Me agarró el ya duro falo y lo frotó con fuerza. Mientras se pegaba a
mí, me tomaba con la otra mano de la cintura e introducía una mojada lengua en
mi boca.
No lo podía creer.
Se cayó la toalla, y mi endurecido miembro se pegó a su
vientre, mojándolo de su fluido. Más bajo, sentí también la pasión crecer en él,
pues un muy buen dotado sexo hacía presión entre mis piernas. Nos abrazamos con
más fuerza, de modo que con mis manos me puse a recorrer su cálida piel,
deteniéndome en las partes que más me calentaban y deseaba explorar.
Una mano de Arturo se había adueñado de mis bolas, y las
estrujaba como si quisiera ordeñarme; yo estaba más que dispuesto a darle toda
la leche que poseía.
Arturo se agachó un poco y agarrándome un pectoral, comenzó a
pasarme la lengua, haciéndome sacar suspiros de puro gozo que sentía. Yo le
estaba metiendo un dedo en su bien hecho trasero y al parecer lo recibía sin
problemas. Ahora sentí que me mordía lujurioso una tetilla…
Arturo Fernández estaba leyendo de lo mejor el último libro
porno que gay que se había comprado, cuando golpearon con estrépito la puerta de
su pieza. Estaba empezando a masturbarse de puro gusto que le daban las
aventuras de su tocayo literario y para su mala suerte le cortaban la
inspiración. Su pene que no le debía envidiar nada al de su homónimo ficticio,
estaba que explotaba. Su mano se encontraba firme sobre ese pedazo de carne que
aún no conocía el placer de ser compartido con otra persona. Pera a su edad,
Arturo ya sabía muy bien que no le interesaba intimar con mujeres, pues eran los
masculinos personajes de su vasta colección de pornografía literaria, los únicos
destinatarios de sus adolescentes fantasías onanistas.
- ¡Arturito, apúrate, que llegarás tarde al colegio. No
pienso tener que ir de nuevo a entrevistarme con el inspector por tu culpa!
- Ya, mamá, ya voy- A regañadientes tuvo que subirse el
pantalón y arreglarse el resto de la ropa para presentarse decentemente a otro
día de su último año de liceo. Todavía le faltaban cuatro meses para cumplir la
mayoría de edad y más de medio año para deshacerse de una vez por todas del
fastidioso colegio…y las clases de matemáticas. Pero al menos el colegio tenía
sus bonos: las clases de educación física, en especial luego de la clase misma,
cuando podía ver a su antojo a sus ricos compañeros en pelotas y su más que
excitante profesor de historia, de quien estaba casi seguro tenía un flirteo con
uno de alumno de un curso menor. Ya en varias ocasiones, se había quedado en
casa, mientras se duchaba, dando rienda suelta a su insatisfecho apetito sexual,
masturbándose como loco, mientras se imaginaba al profe Pedro enseñándole algo
más que la aburrida historia de la Independencia de Chile.
En el colegio lo tenían sobrecargado de tareas y trabajos y
apenas le alcanzaba tiempo para descansar, ver una buena película o continuar
con la lectura de su última adquisición: "Arturo me pone duro". Título que
aparte de llamarle la atención, vino a engrosar su colección de obras de un
misterioso autor nacional de novelas pornográficas gays que se hacía llamar Jean
Pierre González ("muy chileno" en su tan cursi nombre, como pensaba Arturo). Sus
historias lo ponían totalmente cachondo y al recordarlas en medio de la clase,
rodeado de tantos jóvenes con las hormonas revolucionadas (y más de uno le
atraía), le era difícil no excitarse al recordar, por ejemplo, las deliciosas
aventuras de Arturito, su símil literario, que tantos disfrutes masturbatorios
le había dado.
A sus tiernos 17 años, Arturo Fernández aún era virgen, si
bien varias veces estuvo tentado de abordar a uno que otro compañero de curso y
colegio de quien sospechaba fuese gay. Pero siempre la timidez le ganaba,
quedando con las ganas de la cual se desquitaba más tarde en la privacidad de su
dormitorio.
…el culo de Arturo podía soportar sin problemas mi gran
pedazo de pico y el de mi compañero de trabajo, Gonzalo, al mismo tiempo. Ambos
lo teníamos prisionero entre nuestros calientes abrazos, fundidos en una sola
carne que se quemaba a sí misma. Ignoro cómo Arturo podía bambolearse de esa
forma mientras le triturábamos el orto: dos inmensos y gruesos penes que ya
estaban hasta los rígidos huevos dentro de él. Yo estaba bajo Arturo, saboreando
su lengua y arriba suyo estaba el Negro Gonzalo quien gemía más que nunca con
cada estocada que le daba. Me encantó sentir la gran verga de mi colega
deslizándose pegada a la mía por el hambriento culo de Arturo. Ninguno de los
dos usaba condón, así que ambos miembros mezclaban sus abundantes jugos. De vez
en cuando podía sentir también los abundantes pendejos de los testículos de
Gonzalo tocando mis propias bolas y ello más endurecido me ponía.
Me pegué con más fuerza al marcado cuerpo de Arturito, quien
sudaba como nunca y seguía devorándome a besos, sus musculosos brazos rodeándome
la espalda y atrayéndome más hacia él.
Con mis manos recorría el peludo cuerpo de Gonzalo. Le metí
un dedo en el culo. Esto le encantó a mi amigo, pues me tomó de una mano para
que se lo introdujera con más fuerza, más hondo. Así fue cómo al mismo tiempo
tenía a dos exquisitos machos penetrados por mí.
Estaba que derramaba mi semen dentro de Arturo, así que hice
más lento mi movimiento. La noche estaba recién empezando. Me salí dentro de
Arturo y sólo quedó Gonzalo ensartado a él. Acomodándome lo mejor que pude, me
afirmé abierto de piernas contra la cabecera de la cama para que el insaciable
de Arturo me hiciera uno de sus expertos fellatios Pues Arturo sí que era
Garganta Profunda, ya que sin problemas era capaz de tragarse mis 20
centímetros. Me agarró con fuerza el pene y se puso a lamerlo para degustarlo
poco a poco, a la par que por detrás Gonzalo lo…
Arturo iba en la mejor parte, masajeándose el henchido
paquete cuando una vez más interrumpieron su placer culpable. Era sábado por la
mañana y se había quedado en la cama leyendo, para empezar el día con una buena
paja.
¡Arturito, Arturitooooooo!- Era su madre, como de
costumbre quien le jodía las pajas.
¿Qué pasa, mamá?
Tienes que levantarte, hijito mío. Que viene el maestro a
arreglarte el techo, antes que vengan las lluvias y se te moje la pieza.
¡Pucha! ¿No puede venir más tarde el viejo culiado?
¡No seas grosero, Arturito! Mira que el maestro está en
el living con tu papá y puede escucharte.
Pero es que es a mí a quien despiertan po´.
Y con mal talante se levantó Arturo, abriendo la puerta en
puros calzoncillos. En el umbral estaban su madre, su padre y el maestro,
quienes recién habían llegado hasta la puerta de Arturo. Éste sintió una gran
vergüenza cuando se encontró con un desconocido, quien lo veía en pura ropa
interior. No era el mismo maestro de unos sesenta años que siempre llamaba su
padre para que solucionara cualquier desperfecto en la casa.
- Arturito, saluda al hijo del maestro Soto, quien
reemplazará a su padre en el trabajo. Lo veremos harto en adelante, con todo lo
que hay que hacer acá, así que sé gentil con él. Como su padre jubiló, Jonathan
se encargará de sus clientes.
- Jonathan Soto pa`servirle, patroncito.- Y le dio firmemente
la mano. Una inmensa mano que hizo desaparecer la de Arturo.
Arturo no tenía frente a él al típico maestro de población,
flaco y desgarbado, o con una tremenda panza de tanta cerveza mala. Un tipo que
a lo más debía tener treinta años, pero bien conservados era quien recién le
había dado la mano. Alto, moreno y con un cuerpo que bajo el sucio y desgastado
mono azul que llevaba, se notaba duro de puro ejercicio. Ojos café casi
achinados en un rostro masculino y bello a la vez, acompañado por esa barbita
bajo la pera que tan de moda estaba. En la oreja derecha usaba un pequeño aro
circular de plata. Pero lo que más le gustó (y calentó a Arturo), fue su corte
de pelo a lo milico que se veía tan bien en ese rostro cuadrado de macho que
poseía el nuevo maestro. El traje que llevaba le quedaba apretado, así que se
notaba en la entrepierna un relleno que prometía mucho.
Pase a la pieza no más, maestro- Dijo el padre de Arturo,
quien se había quedado como hielo en la entrada y cuando pasó el maestro,
fue pasado a llevar por su mole. Paralizado por la impresión de tan
exquisito macho que de ahora en adelante trabajaría en su casa, Arturo no
pudo dejar de escuchar las palabras en tono bajo que emitió Jonathan al
pasar por su lado: "No soy ningún viejo, y tampoco culiado, culiador sí".
Se fue a vestir a la pieza de sus padres luego de ducharse y
tras desayunar apurado, Arturo se fue a contemplar al nuevo maestro, quien
trabajaba laboriosamente. Jonathan se había subido a una silla y desde donde se
encontraba Arturo, su amplia espalda, su bien formado trasero y gruesas piernas
eran algo digno de detenerse a ver. Le fue imposible al aprendiz de voyerista
evitar una gran erección, la que de tan dura que estaba le hacía dolerle por el
jeans que llevaba. Arturo sentía que la punta del glande le supuraba y lo único
que deseaba era correrle mano a ese macho que hacía su pega en el dormitorio
donde tantas veces alucinó con llevarse a la cama a un hombre como a ese.
Durante un buen rato no se movió de su lugar, tan sólo para contemplar en
silencio el masculino trasero del nuevo maestro y desnudarlo con la mirada a su
antojo. Al rato las ganas fueron más fuertes, y Arturo se fue hacia donde estaba
trabajando Jonathan, con la excusa de que debía buscar una ropa para cambiarse.
Así podía buscarle conversa y ver ahora con mayor detención la "delantera" de
ese macho.
¿Tiene que salir apurado, que se va a emperifollar,
patroncito?- Jonathan seguía sobre la escalera, todo cubierto de polvo. "Se
ve tan regio así" pensaba Arturo.
No me digas así, llámame por mi nombre, que es Arturo.
Vale, conpipa. Igual es cuático tratar de usted a un
cabrochico.
Bueno, tan cabrochico no soy.
¿Ah, si?
Claro.- En su inexperiencia, Arturo no sabía si Jonathan le
estaba coqueteando o si simplemente estaba malinterpretando la simpatía del
apuesto maestro. Arturo decidió pensar que más bien era lo segundo.
Bueno, debo irme…- Y justo se le cayó una lija a Jonathan, o
más bien, Jonathan hizo que se le cayera el instrumento.- ¡Yo te lo recojo!
Gracias, huacho.- Le fue imposible a Arturo no sonrojarse al
oír esto y sus blancas mejillas se colorearon dándole un aspecto infantil más
notorio, pese su aire cachondo.
¡Qué lindo te vei con tus cachetitos colorados!
Ehhhh, gracias- Y acercándose más hacia Jonathan, le entregó
la lija. Sólo entonces se dio cuenta de que había quedado inmediatamente por
debajo de su ingle. Al hablarle y mirarlo hacia arriba, contempló mejor la
prominencia que era su paquete, que le parecía a Arturo estaba mucho más grande
que antes. Si estaba en lo cierto, Jonathan era bastante descarado, pero esa
idea le encantó. Sin embargo, con lo infantil que podía llegar a ser, no supo
cómo enfrentar la situación y decidió alejarse unos pasos e irse lo más pronto
de allí…a masturbarse bien rico.
Bueno, debo irme a cambiar.
¿Y por qué no lo hacis acá? Si es tu pieza. Total, estamos
entre hombres ¿O no?
Claro, claro.- De seguro se había sonrojado de nuevo
Y poco a poco se fue sacando la ropa, hasta quedar en puros
calzoncillos, los que más encima eran ajustados y pequeños.
- Flaquito eris, pero te veis bien.
- ¡Qué patero eres!- Y ahora pudo sonreír con espontaneidad
gracias al comentario de Jonathan.
- La pulenta, es güeno que hagai deporte como se te nota.
- No, si soy reflojo. Lo que pasa es que tengo buena
genética.
- Ah, por tu taita supongo, que a su edad se le ve rebién.
- Si no es tan veterano el viejo, sólo tiene 42 años.
- Bueno, sus buenas canitas al aire tendrá por ahí.
- Lo ignoro y prefiero no pensar en eso.
- Claro, claro.
Mientras le hablaba Jonathan, quien apenas había logrado
ponerse el otro jeans y estaba a torso desnudo, veía desde su cama, el brillo
lujurioso que comenzaba a percibir en los lindos ojos de éste.
Tenís buenos pectorales ¿Eh?
¿Te parece?
Sí. Erís bien pintoso, mocoso.
Bueno, la verdad, tú sí que eres muy apuesto.
La temperatura ya estaba subiendo y Arturo no quería irse de
allí. Al parecer le iba a resultar algo con ese tremendo hombre con el que
hablaba. "Quiero que me parta el culo" pensaba todo húmedo Arturo. Se
despreocupó en ocultar la erección que empezaba a tomar forma en su ajustada
prenda interior. "Ahora sí que mato la gallina" se ilusionó Arturo. Y entonces
se escuchó la voz de su madre que había entrado a la pieza.
¡Cresta!
Qué te pasa, hijito.
Que me asustaste.
Disculpa, Arturito. Es que te busca uno de tus compañeros
de curso, que quiere pedirte prestado un cuaderno.
Antes de salir de su habitación, Arturo y Jonathan se miraron
a los ojos y como si fuese telepatía, le quedó claro que ambos habían pensado lo
mismo: "Pendejo huevón!".
Una vez que logró despedir a su amigo, Arturo volvió raudo a
donde el maestro, pero ahora estaba charlando con sus padres en plena pieza. A
los pocos minutos Jonathan arregló el desorden que quedó y se fue asegurando
regresar al otro día para empezar de una vez a hacer arreglos en el sótano.
Ya había gozado bastante con Arturo. Habíamos tenido sexo en
distintos lugares, de diversas formas y junto a muchos otros hombres que ambos
habíamos compartido con gran lujuria. Juntos dimos rienda suelta a gran parte de
nuestras fantasías sexuales. Además, Arturo era lejos mucho más caliente que yo
y vez que nos juntábamos, al rato terminábamos en la cama o en cualquier otro
lugar que nos permitiera dar rienda suelta a nuestros impulsos. Nos
complementábamos a la perfección, pues yo soy capaz de fornicar sin cansarme ni
eyacular, y Arturo poseía un aguante único que le permitía estar ensartado en mí
por horas.
Arturo lo mamaba como un profesional y tenía una técnica
envidiable para lamer los huevos hasta sacarle fuertes gemidos a sus compañeros
de cama. Luego de besarnos con gran pasión, Arturo y yo nos recorríamos con las
manos sendos cuerpos hambrientos de placer; frotándonos el uno contra el otro,
ambos miembros endurecidos golpeándose entre sí. El pene de Arturo era de tamaño
considerable, mucho más grande y grueso que el mío, por lo que me encantaba
agarrarlo junto al mío para pajearlos previamente a la penetración. En mi mano,
pegado a mi miembro, el pene de Arturo exhalaba abundante líquido y parecía un
fierro candente al que varias veces estuve tentado de sentir dentro de mi casto
culo. A veces era tanta la excitación del juego previo a la consumación de
nuestro hedonismo, que no lo aguantaba y eyaculaba sobre el enrojecido gran
glande de Arturo, como bañándolo de leche espesa. Luego me metía a la boca ese
inmenso pedazo de carne que aún no entregaba su propio néctar; saboreaba
entonces mi propio semen conjuntamente con el del propio Arturo, que se
derramaba abundante a través de mi garganta.
Para mí, el grado de erotización en que me encontraba era
tanto, que no dejaba de admirarme por el hecho de que alguien que recién había
pasado a la vida adulta ocupara gran parte de mi vida. Ahora el sexo sólo
cobraba sentido si estaba presente Arturo, a quien estaba a punto de entregarme
por completo.
Cuando fornicábamos, ya fuese a solas o acompañados, tampoco
podía dejar de lado el gusto que era lamer esas duras y rosadas tetillas de
Arturo. Primero se las lamía despacito, haciendo girar la lengua a través de
ellas y luego me metía a la boca todo para mamar del musculado pectoral, hasta
que Arturo no podía más y me pedía que parara.
Era irónico, pero yo, el experimentado y cachero César no era
quien había seducido Arturo, si no que había sido el casi infantil Arturo quien
tenía en el puño de su mano el control absoluto de esta situación y muchas de
mis futuras decisiones.
Una vez le confesé a Arturo que deseaba que me penetrara,
pero Arturo ni siquiera consideró la posibilidad de darme en el gusto. De sólo
pensar en convencerlo y entregarle mi trasero, me ponía todo duro como piedra.
Ese día, en plena calle, Arturo se veía tan rico como estaba, que me habría
gustado agarrarlo ahí mismo del poderoso sexo y yo mismo introducirme tan
admirable verga…
Arturo siempre buscaba cualquier oportunidad en su casa para
estar a solas con Jonathan, pero siempre estaban su papá o mamá alrededor y
apenas podía entablar una conversación con él. Hasta había pensado en hacerle
llegar de alguna forma algún mensaje, un papelito con su número de teléfono
celular o señales para reunirse en alguna parte, pero el miedo al final siempre
lo embargaba. Al igual había estado a punto de seguirlo por la calle una vez que
saliera de su casa, pero tampoco era un plan que lo envalentonara tanto. No, si
llegase a tener alguna aventura con ese semental, sería en su propia casa, el
único lugar donde se sentía seguro; claro que tendría que ser todo lo audaz como
para poder escapar a la vigilancia y sospechas de sus padres.
Pero también el propio maestro tampoco ponía de su parte, si
bien varias veces Arturo lo había visto mirarlo con deseo. Esta situación tenía
muy desconcertado al pobre Arturo, quien había aumentado sus cesiones
masturbatorias donde el único depositario de sus ensoñaciones libidinosas era
ese apetitoso macho poblacional. Paralelamente iba releyendo de a poco el libro
de Jean Pierre González y se imaginaba que tanto Jonathan como él eran sus
protagonistas. Por primera vez en su vida, había llegado al extremo de meterse
los dedos en el estrecho ano, acto que había descubierto le producía gran
placer. Con la cámara digital de su celular le había sacado en secreto varias
fotos a Jonathan y mientras las veía en su cuarto o en el baño, se macaqueaba de
lo lindo durante varios minutos.
Una calurosa tarde de un sábado sus padres lo dejaron solo a
cargo de la casa mientras Jonathan terminaba los arreglos de esa jornada. Arturo
se dio cuenta que esa era la ocasión ideal para por fin aprovechar de acostarse
con el objeto de sus apetitos sexuales. De seguro tenía todo el resto de la
tarde y gran parte de la noche para gozar junto al exquisito maestro, claro, en
el caso de que le "diera la pasada". Sus padres se iban a una reunión de ex
compañeros de colegio y tenía la casa a su entera disposición.
Arturo estaba en su pieza fantaseando con Jonathan, cuando
éste lo llamó desde la cocina donde hacía unos cuantos arreglos. Al llegar al
lugar, se encontró con todo un espectáculo para sus ojos: Jonathan se encontraba
con la parte superior del mono de trabajo bajado hasta la cintura, de modo que
su poderoso torso se encontraba maravillosamente desnudo. La morena piel lampiña
brillaba por el sudor que la impregnaba, un olor a macho que se percibía desde
la distancia. Oscuros y gruesos bellos salían de su ombligo, extendiéndose un
buen resto por el centro del torso hasta poco antes de llegar a los inmensos
pectorales, pero más hacia abajo se notaba que todo desembocaba en un hirsuto
pubis. Arturo quiso descubrir de inmediato que tan en lo correcto estaba. El
pectoral derecho llevaba un gran tatuaje de la letra u que caracterizaba al
equipo de fútbol nacional de la Universidad de Chile, mientras que el bíceps
derecho llevaba otro tatuaje, pero en este caso un tribal celta. Su apariencia
así, sucio, sudoroso y con esas características físicas, le daban un aspecto
salvaje que aumentaba el deseo del adolescente.
He acabado.
¿Qué me dijiste?- Estaba tan ensimismado en su
contemplación Arturo, que le cortó reaccionar.
Qué acabé la pega por hoy.
¡Ah! Pensé que habías "acabado" otra cosa.
Límpiate la boca, cabrito.
¿Por qué me dices eso?
Porque estay babeando po´- Y entonces recién se dio
cuenta que un hilo de saliva le bajaba por el mentón. Arturo se puso rojo.
Me gusta cuando te ponís así.
¿Cuándo me pongo cómo?
Cuando te ponis rojo.
Arturo optó por tantear el terreno, ser un poco más audaz.
Tienes un lindo cuerpo, ojalá cuando grande llegue a
tener un cuerpo como el tuyo.
¿Así que te gusta?
Sí. Veo te gusta la Chile.
Claro ¿Te gusta también el fútbol?
Por supuesto, pero yo soy de la Católica.
Tenís mal gusto, cabrito.
¿Y te dolió hacerte ese tremendo tatuaje en el pectoral?
Un poco, pero los machos nos aguantamos.
Y entonces Arturo se acercó más hasta donde se encontraba
Jonathan y puso una mano sobre el símbolo en el pectoral. Hizo presión contra él
y luego pasó un firme dedo delineando la azul letra en la carne.
- Te lo hicieron muy bien. Además de que se te ve bonito.
Jonathan no había hecho, ni dicho nada mientras Arturo lo tocaba, pero tampoco
daba muestras de molestarse. Arturo estuvo a punto de pasar a llevar la gran
tetilla del músculo
Oye, estoy cagado de calor ¿Puedo usar la ducha?- Y se pasó
por la frente llena de gotitas una mano, con lo que al subirla, una poblada
axila de pelos masculinos acaparó la atención del ardiente muchachito.
Claro.- Logró articular Arturo- Allá hay de todo en el
baño. Te llevo una toalla limpia.
Vale.
Un buen rato se quedó parado solo en la cocina Arturo,
dudando sobre cómo actuar realmente, hasta que se armó de valor, fue a buscar
una toalla a su pieza y entró al baño. El agua no estaba corriendo, pero sí allí
lo estaba esperando Jonathan, quien ahora estaba por completo en pelotas y con
el endurecido miembro de burro entre las piernas. Su portentoso sexo era tan
formidable en su porte y grosor, tan viril en sus abundantes vellos que bajaban
por las musculosas y bien formadas piernas de futbolista, que Arturo de
inmediato terminó por erectarse por completo.
¿Así que te tengo caliente, Arturito?
Uffffff, sí, huevón. Más que la chucha. Aunque no te
niego que estás siendo más rápido de lo que esperaba.
Bueno, no hay que perder el tiempo. ¿Me vai a dar tu
blanco culito?
Todo lo que tú quieras. ¿Pero crees que voy a ser capaz
de soportar ese tremendo pico? Mira que soy virgen aún. Me vas a partir el
culo.
¿No me estay vacilando? ¿Con lo rico que estay? Pero si
me calentaste desde que te vi la primera vez ¿Ni con minas has estado?
Ni con minas.
Lo que te has perdido.
Jonathan fue hasta donde Arturo y lo tomó por el culo,
levantándoselo mientras le metía la húmeda lengua en la boca y se pegaba a su
también bien hecho cuerpo. Cuando Arturo sintió sobre la tela de su polera la
presión del caliente miembro de Jonathan, no pudo más y lanzó su primer gritito
de pasión. Muy experto Jonathan le sacó toda la ropa, dejándolo sólo en
calzoncillos para jugar un rato con su paquete que ya se había dado cuenta era
tan grande como su culo. En contraste con Jonathan, Arturo era blanco y un corto
vello castaño claro recorría su cuerpo, siendo bastante abundante, en especial
en el culo y piernas. Muy caliente, Jonathan se agachó, afirmándose en los
muslos de Arturo para así chupar mejor la tela de la prenda íntima que albergaba
un de seguro delicioso miembro juvenil. Jonathan se echaba a la boca una buena
porción del bulto, mordiendo despacito para ir iniciando de la mejor manera a
Arturo en los placeres de la carne. Tras un lapso, todavía en cuclillas Jonathan
bajó hasta las rodillas el calzoncillo para encontrarse con un goteante miembro
blanco al que pronto saboreó a gusto. El pene de Arturo era nervudo,
circuncidado y estaba acompañado de unas grandísimas bolas, lejos mucho más
grandes que las del propio Jonathan.
¡Estoy que eyaculo, huevón!
Entonces voy a parar un rato, mira que te quiero hacer
acabar una vez que te lo meta.
¡Qué rico! ¿Y puedo yo también metértelo?
¿Te da el cuero?
Supongo que sí. Bueno, tenís un pico muy rico, probemos.
Ahora se paró y le tocó a Arturo bajar para meterse a la boca
el negro y también hirsuto miembro de Jonathan, el que además a diferencia del
de Arturo era mucho más grande, grueso y cabezón.
Me encantó el sabor salado de tu pico.
Me alegra te guste. Espera a chuparme el culo, que eso me
calienta mucho. Arturo volvió a ponerse en la boca la gran verga de Jonathan,
pero ahora también aprovechó de masajearle con una mano los peludos huevos. Los
dos la estaban pasando muy bien. Estaba en lo mejor de su primer fellatio,
cuando ambos escucharon ruido afuera, unos cuantos autos que se estacionaban
fuera de la casa y luego la puerta que se abría. Eran los padres de Arturo que
venían con visitas, quizás ex compañeros de curso que continuaban la fiesta en
su casa.
¡Mierda!- Dijeron al unísono.
Jonathan, entra mejora a la ducha, que me voy al tiro al
dormitorio.- Como pudo, se puso los calzoncillos, y ya vestido fue a recibir a
sus padres. Atrás quedaba Jonathan que se estaba duchando por las apariencias.
Hola, hijo ¿Te acuerdas de mi mejor compañero de la enseñanza
media, Camilo Liberona?
Qué tal- Recién entonces Arturo se dio cuenta al hablar que
tenía entre los dientes un vello púbico de Jonathan. Disimuladamente se lo sacó
de la boca y lo botó al suelo.- El maestro se está bañando, pues con el calor
que hacía y todo el trabajo que tuvo que hacer quedó todo sucio.
Ok.
Arturo no estaba presente cuando un desvergonzado Jonathan
saludó a las visitas y se despidió con naturalidad campechana de los padres de
Arturo y sus amigos.
Estaba que ardía porque Arturo me lo metiera de una vez, pero
el muchacho siempre se negaba, pues decía que sólo le gustaba hacer de pasivo.
¿Por qué no invitas a Gonzalo de nuevo a hacer un trío
con nosotros y dejas que te penetre mientras tú me lo haces a mí?
No es lo mismo. Es tu miembro el que deseo.
Pero yo nunca he hecho de activo, no creo sepa hacerlo
tan rico como tú.
Bueno, en el camino se aprende.
Gracias, pero no me interesa.
Por semanas estuve enojado con Arturito, pues apenas lo
llamaba y ya no teníamos periódicamente sexo como antes. Hasta una noche en que
Arturo me llamó emborrachado llorando, pues les había confesado a sus padres que
era gay y estos no habían recibido muy bien la noticia
¿Quieres venirte a pasar la noche a mi casa?
Por favor, que no quiero estar solo.
Te paso a buscar en auto. Dame media hora.
Y me vine con Arturo a casa, quien estaba todo desecho,
hediendo a alcohol y desarreglado. Yo mismo le di un baño de tina, le di de
comer, ya que apenas había probado bocado, dándole harto café para que se le
quitara la borrachera. Hice que se acostara y como no tenía sueño, me quedé
viendo películas.
Todo esto había sido lo más íntimo entre nosotros dos, es
decir, aparte de juntarnos para beber, comer e ir al cine, aparte de juntarnos
para puro fornicar, no habíamos compartido mucho que digamos como una verdadera
pareja. La verdad sólo pensaba en Arturo como en alguien para puro acostarse.
Pero pese a lo caliente que soy, el cuero no me daba tanto como para querer
aprovecharme de su debilidad, además de que tampoco se veía muy deseable Arturo
con la apariencia que tenía ese día. Esa noche dormí en la pieza de las visitas.
Era día feriado, así que dormí hasta tarde. Cuando me
levanté, Arturo llevaba ya rato despierto y estaba vestido tan solo con un
calzoncillo largo de los que tanto me gusta que se los ponga, pues se ve muy
varonil. Yo duermo desnudo, así que fue más que evidente la reacción que tuvo mi
cuerpo con semejante espectáculo.
Arturo fue hasta mí y me saludó con un beso en la boca.
Te portaste muy bien anoche conmigo.
No estaba de más.
Te mereces un premio.
¿Sí?- Dije picarón- ¿Y se puede saber qué premio?
Esto…- Y me llevó una mano sobre su formidable sexo que ya
empezaba a abultar bajo el calzoncillo. Le metí la mano por la ranura de la
prenda y tomé posesión de esa verga que se había transformado en mi nueva
pasión. Subí y bajé mi mano que ahora recibía la humedad de su miembro. La
textura de sus duros pendejos también se sentía rica, algo que quería tocar con
la piel de mis cachetes cuando me estuviera haciendo suyo. De la propia punta de
mi pene comenzaban a salir las primeras gotitas de líquido.
Nos abrazamos para toquetearnos a la vez que Arturo me besaba
por el cuello, pasándome la lengua y refregándome ese pene suyo de bestia contra
el mío. Era otro Arturo, pues ahora toda la iniciativa era suya. Se reclinó un
poco para pasarme la lengua entre los pectorales y luego por las tetillas, las
que tenía todas erectadas. Mientras jugaba con su lengua, me la corría fuerte y
con la otra mano me tomaba de los testículos para ordeñarme mejor. Me encantaba
lo que estaba experimentando.
Terminó de chupármelo y me agarró con fuerza de la cintura
para que me girara dándole la espalda. Me abrió las nalgas y me pasó la lengua
por el orto, dejándome todo mojado y más que dispuesto a recibirlo dentro. Su
lengua se movía detrás mío muy rápida, muy caliente; luego me recorrió las
nalgas, las que despacito me mordió con sus parejos dientes blancos. Yo estaba
afirmado contra una muralla, el culo levantado y con una mano firme en mi pene
que estaba todo hinchado. Entonces se paró y me pasó entre medio de la raja su
gran arma que al puro contacto me hacía gemir como nunca. ¡Lo que me había
perdido! Con su penca me golpeaba los cachetes para que comprobara toda la
dureza de ese verdadero macho que por fin se había decidido a hacerme su puto. Y
así fue como poco a poco sentí contra la pared del hoyo, a Arturo que comenzaba
a hacer presión para poseerme.
Métemelo todo de un tirón, aunque me duela- Le rogué.-
Llega hasta el fondo.
Como si hubiese tomado impulso, rasgándome las entrañas, el
ahora sonriente Arturo me metió su poderosa virilidad hasta sacarme un gran
gemido. Sentí que me partía en dos con ese sable de carne que al rojo vivo a
duras penas podía ser su funda. Arturo resollaba detrás de mí como un potro, un
toro, un burro que me tenía aferrado a él para dominarme mejor. Sus henchidos y
peludos testículos se sentían igualmente ricos, tan cargados de leche que más
tarde en su honor bebería.
Me puse en cuatro sobre la alfombra, sin que Arturito se
despegara de mí. Ahora era él quien me la pajeaba con frenesí. Se movía dentro
de mí como el semental que esperaba en él. El dolor se sumaba a un gran placer
que estaba por llevarme al más grande orgasmo de mi vida. Y entonces puse mi
mano bajo el glande, para derramar en la palma un montón de espeso semen como
nunca antes había eyaculado. Luego con el preciado líquido deslizándoseme entre
los dedos, me llevé el resto a la boca para tomármelo todo.
Yo estoy que acabo también ¿Dónde quieres que te lo de?
Échamelo en la boca.
Y obediente Arturo se sentó sobre mi pecho para justo
vaciarse en mi rostro, de modo que una vez más sintiera el gusto de ambas leches
en el paladar.
Tras echarnos un buen rato sobre la alfombra abrazados y
charlar sobre esta nueva forma de gozar juntos, el contacto desnudo de la suave
y cálida piel de Arturo hizo de nuevo efecto en mí. Mi pene volvió a
petrificarse y Arturo con placer lo pudo comprobar agarrándomelo para
masturbarme con suavidad…
Ahora me toca mí que me culees- Me dijo calentón.
Eso es lo que te quiero hacer.
Y se dio vuelta, quedando con el culo hacia arriba para que
se lo lamiera previamente a la penetración como nos gustaba a ambos. Daba gusto
tener para mi disfrute ese blanco, duro y depilado culo que tanto aguante tenía…
Para consolarse por no haber podido consumar el acto sexual
con Jonathan, no le quedaba a Arturo otra que evadirse en la lectura de "Arturo
me pone duro", el que ya se sabía de memoria de tantas veces que lo había leído
(aún no salía al mercado nada nuevo de su misterioso autor).
En la casa quedaban aún hartas cosas para arreglar antes de
que llegara el invierno, pero Jonathan llevaba un par de semanas sin ir, ya que
se había ido de viaje al sur por una boda. Arturo extrañaba su presencia
imponente, lamentaba la falta de oportunidades para volver a compartir con él en
la intimidad.
Pese a su naturaleza cachonda, Arturo era reservado y en su
inexperiencia, no sabía cómo contactar a otros gays. Como estudiaba en un
colegio de puros hombres, Arturo estaba seguro de qué habrían varios colitas a
su alrededor, pero salvo los afeminados que para nada le interesaban a Arturo,
el resto quedaba oculto a los ojos de éste.
Un día durante un recreo se sentó a su lado en un banco el
tipo al que le daba la impresión a Arturo que tenía algo con uno de los profes.
Un joven a quien Arturo apenas le había hablado antes, pese a que lo encontraba
parecido a alguien famoso, a un actor gringo quizás, pero no lograba identificar
a quién.
¿Te molesto si me siento a tu lado e interrumpo tu
lectura?
Para nada.
Vale. Soy Sebastián, estoy en el 3º C.
Yo soy Arturo del 4º K.
Hace tiempo que te tenía visto en el colegio. Siempre
estás tan solo.
Es que no soy de muchos amigos.
Qué lástima, me pareces alguien interesante.
Eres buena onda.
¿Y por qué te llamé la atención?
Porque para ser tan atractivo, me extraña que no tengas
con quien conversar. Además, me encanta la gente que lee harto como yo. ¿Y
no es que sea copuchento, pero qué lees ahora?
Yo, bueno- Y se le trabó la lengua a Arturo, pues el
libro que tenía entre las manos era "Arturo me pone duro".
A ver…- Inesperadamente Sebastián le sacó le libro que
Arturo había puesto en su regazo para esconder la inmensa erección que lo
poseía.
Este autor es muy bueno. Además está como quiere, lo
conocí en el Bunker. A mí me calientan mucho sus historias. ¿Leíste de él
"Lujuria perversa"?
Bueno, yo…
No te preocupes, soy de fiar.
Pero Arturo no supo qué responder, ni mucho menos cómo
reaccionar a la situación. Lo más rápido que pudo, le quitó el libro a Sebastián
(a quien la verdad encontraba muy rico) y salió corriendo a la seguridad de su
sala de clases.
El tiempo transcurrió y el trabajo en el colegio fue
poniéndose más pesado ahora que habían comenzado los talleres de reforzamiento.
Arturo apenas tenía tiempo para otra cosa que no fuera estudiar. Se iba la casa
de sus compañeros a ejercitar matemáticas que era lo que más le gustaba, pues en
casa con los arreglos había mucho ruido y la presencia de Jonathan era una gran
distracción. El incidente con Sebastián también lo tenía cabreado, pues le
disgustaba ser tan corto de genio. En ocasiones, cuando se veían en el colegio,
Sebastián lo saludaba pero nada más. Quizás habría sido más fácil si se le
hubiese acercado a charlar largo y tendido; pero tampoco el propio Arturo era
capaz de abordarlo por su cuenta.
Un día al regresar de sus estudios durante plena semana,
Arturo no vio como de costumbre a Jonathan trabajando en su casa, preguntó por
él y supo que ya había finalizado con su labor en casa. Se había perdido la
oportunidad de su vida. Sólo le quedaba confiar que en algún momento, quizás, se
lo encontraría en la calle y a lo mejor podría tener alguna aventura con
Jonathan (siempre y cuando este siguiera interesado en él, pues tampoco luego
del desafortunado flirteo lo había demostrado, que digamos). Bueno, qué se le
iba a hacer, aún le quedaba toda una vida por adelante para adentrarse en los
satisfactorios caminos del sexo. Mientras tanto le quedaba el consuelo de sus
novelitas pornográficas.
Fue otro día sábado durante el atardecer, que sus padres le
dijeron que saldrían a un casamiento, así que se quedaría solo.
Ah, por cierto, vendrá el maestro a buscar unas
herramientas que se le quedaron acá- Dijo su madre.
Así que atiéndelo bien, hijito. Ofrécele algo para beber
y comer.- Comentó el padre.
Pero pues claro que lo haré. Se irá de acá contento por
mi hospitalidad- Y de sólo pensar en lo que podría pasar, su pene comenzó a
gotear.
Ya solo, Arturo empezó a impacientarse a medida que
transcurría el tiempo y no tenía noticias de su deseado maestro. Se puso a ver
películas en el cable sentado sobre un sillón, le dio frío y se tapó con un
cubrecama. Se quedó dormido. Ignorante de cuánto había pasado, despertó
sobresaltado al escuchar el timbre. Cuando abrió la puerta vio a Jonathan, quien
estaba más apuesto que nunca con una chaqueta de cuero negra y un pantalón
cotelé del mismo color.
Hola ¿Puedo pasar?
Claro que sí.
Supongo tus papás te dijeron a lo que venía.
Claro que sí. ¿Se te ofrece algo?
Ummm, la verdad se me ofrecen varias cosas.
Cómo qué.
Adivina.
Eres muy maricón, Jonathan. Me dejaste muy caliente la
otra vez y luego ni me pescaste. Y ahora vienes con que deseas culiar
conmigo.
¿Y quién te dice que eso es lo que realmente deseo
ahora?- Su tono de voz era casi violento.
¿Ah no?- Titubeó Arturo.
Relaja la vena, compadre- Y Jonathan lo atrajo hacia sí para
darle un libidinoso beso en la boca que de inmediato lo puso todo tieso.- Ahora
sí que te voy a culiar de una vez.
¡Qué rico, huevón!
La boca de Jonathan fue recorriéndole el cuello y Arturo
podía sentir el tacto áspero, pero excitante de su bello facial afeitado, salvo
su barbita en el mentón. Las grandes manos del adulto lo tenían controlado,
teniéndolo muy afirmado en la cintura con una de ellas. La otra se había
adentrado por detrás de su pijama y calzoncillos, para introducirse hacia las
peludas nalgas y jugar allí con los hábiles dedos. Arturo se retorcía de puro
caliente que estaba, pero apenas podía tenerse en pie producto de lo cachondo
que estaba. Le estaban violando el culo con los dedos, haciendo presión para que
se adaptara a ese tremendo miembro que le había visto, tocado y saboreado hace
ya una eternidad atrás. Jonathan se puso detrás de Arturo, el sexo bien pegado a
su rico culito y llevó sus manos al miembro de Arturo entre la rendija abierta
del marrueco. Le sacó ávido de deseo el ardiente pene y comenzó a pajearlo, a
medida que le pasaba por las nalgas el suyo por la tela del pijama, una vez que
se quedó con la ropa bajada hasta las rodillas. Las nalgas de Arturo eran tan
grandes y tiernas, que el falo de Jonathan quedaba muy bien entre ellas.
Volvieron a estar frente a frente y de un salto, Arturo se
subió en sus brazos, de modo que Jonathan lo afirmó del culo, mientras que
Arturo lo abrazó con fuerza del cuello para comerlo a besos. Le encantó sentir
ese cuerpo endurecido por el trabajo y la actividad física, con sus grandes
brazos y amplia espalda que dentro de un rato tendría sobre él. La realidad era
lejos mejor que las ensoñaciones pornográficas. Arturo le besó el cuello a
Jonathan y después tomando entre sus manos el agraciado rostro suyo, Arturo
todavía alzado sin problemas por el semental, se echó a la boca la peluda
barbilla cuyos duros vellos se sentían exquisitos en su lengua.
Todo un dios, Jonathan lo desvistió por completo y terminó de
sacarse entera la suya. Le apretó ambas tetillas, para endurecérselas con su
saliva que se echó en los dedos. Tras saciarse en su pecho, la boca de Jonathan
bajó por el centro de tu torso para pasarle toda la lengua, besárselo y darle
chupones. Cuando llegó al final de su recorrido, fue hasta el ya bien endurecido
y mojado pene de Arturo, que durante todo el rato había estado masturbándose
como condenado. Una vez allí, lo primero que atacó fue la roja cabeza. Le pasaba
despacito la lengua en el glande, como si fuera su caramelo favorito. Después le
tocó el turno al resto del pene, hasta que le mordió juguetón el escroto antes
echarse a la boca sus grandes huevos.
Arturo se tiró cuan largo era en el sillón, abriéndose de
piernas. Delante de él, arrodillado, se puso Jonathan para tocarle los
virginales muslos y poner su sexo contra el suyo, puntearlo previamente a la
penetración. Los gemidos de ambos se mezclaban en la noche. Jonathan, quien
sabía muy bien lo que estaba haciendo, le metió de nuevo un dedo en el culo a
Arturo, quien gritó al sentir cómo éste entraba entero en la raja para dilatarlo
más. Ya más abierto, Jonathan le puso las piernas en v y comenzó a hacerle
presión con la punta del pico para entrar en Arturo y quedarse allí por harto
rato. Para Arturo, esa noche entraba por fin a la vida adulta, gracias a la
ayuda de todo un hombre. Mientras lo hacía suyo, Jonathan aprovechaba de besarlo
de nuevo e incitar a Arturo a que juntara su lengua con la suya y así calentarlo
más. Jonathan se despegó por unos segundos de su nuevo amante y le indicó por
señas que se diera vuelta, de modo de ponerle el ahora calado trasero a su total
vista. Esta vez, Jonathan le metió todo de un tirón, llegando hasta los huevos.
La pareja se bamboleaba en el sillón para gozar mejor de la penetración, pese a
que Arturo se agarraba con fuerza al mueble casi hasta arañarlo, porque era ya
demasiado para él. Teniéndolo así, a toda su disposición, Jonathan se recostó
sobre la espalda de Arturo, le pasó las manos sobre las axilas y desde atrás le
besó de nuevo el sudado cuello, susurrándole cochinadas al oído que Arturo
recibía muy contento. El peludísimo pubis de Jonathan pegado al culo de Arturo,
se sentía hervir de tan grato que le era tenerlo allí detrás.
Un verdadero maestro, Jonathan lo tomó de la cintura con sus
fuertes manos y lo sentó arriba de su miembro, todo sin sacarlo de dentro de
Arturo. De ese modo Arturo aprendió a cabalgar en un potro de pura sangre. Su
espalda pegada al masculino torso de Jonathan, quien lo levantaba y bajaba
tomándolo de la cintura para que gozara mejor su experto miembro. Arturo se
devoraba todo sin mayores problemas, y Jonathan le corría mano por todo el
cuerpo. Al final, con una mano le hizo girar la cabeza para besarlo otra vez en
la boca, y con la otra se apoderó de su miembro que le había encantado
masturbar; los endurecidos huevos de Arturo estaban por entregar su preciado
contenido, así que Jonathan bajó la intensidad de los saltos de su compañero
sobre su sexo. Sus manos subieron hacia el hueco de las axilas de Arturo y se
cruzaron para abrazarlo, forzándolo a apretarse más contra su pecho. Le mordió
una orejita, luego la otra, se la lamió y terminó por pasarle la lengua por el
cuello para absorber el gusto salado de su transpiración. Jonathan hacía todo,
controlaba la situación, pues Arturo sólo se dejaba querer, moldear en sus
expertas manos para que el adulto le diera la forma que quisiera a su juvenil
cuerpo.
¡Ya no aguanto más!- Declaró un extasiado Jonathan- Estoy
que acabo.
Dale, dale, quiero todo tu moco sobre mis nalgas.
Chorréame las nalgas con él.
Y obediente Jonathan lo tiró de nuevo contra el sillón para
que se recostara de vientre contra el sillón y sacó de dentro de las invadidas
entrañas de Arturo su monstruoso pene para bañarlo allí donde se lo pidió, con
el fuego líquido que era su abundante semen. Al sentir las innumerables gotitas
pegajosas entre las nalgas y el hoyo, Arturo también se fue en un torrente que
impregnó el sillón. Aún con el pene exudando las últimas gotas, Jonathan volvió
a tirarse sobre la espalda de Arturo, la que besó y de la que lamió el semen que
había caído allí.
Ahora podía quedar tranquilo Arturo, ya había cumplido su
sueño y estaban por venir de seguro muchas más deliciosas encamadas junto a
Jonathan. Quiso cerrar por unos segundos los ojos, pero no los volvió a abrir
hasta la mañana.
Despierta, Arturito.- Era su madre, que recién venía
llegando. Arturo dio un salto, asustado, pensando que lo habían pillado por fin
y que más encima estaba todo desnudo, pero cuando se fijó bien, vio que no había
nadie más aparte de sus padres. Y más encima, estaba con el pijama puesto.
Te quedaste dormido en el sillón con la tele prendida.
¿Vino el maestro?
Sí.
Y entonces sonó el timbre, fue su papá a abrir la puerta y
allí estaba el maestro, pero el viejo, no el hijo.
- Buenos días. Vengo a buscar las herramientas que se le
quedaron a Jonathan. Anoche no pudo venir, pues está con gripe. Como estaba
cerca, decidí pasar a saludarlos y llevarme sus cosas.
Arturo quedó helado. ¿Así que había sido un sueño? ¿Cómo era
posible? Se dio cuenta de que tenía como piedra el miembro, todo mojado.
¿Le pasa algo, patroncito?- Preguntó don Sergio, el otro
maestro.
Nada, nada, gracias. Es que me quedé dormido en el sillón
y ahora me duele como los mil demonios el cuerpo.
¡Pobrecito! Por cierto, le manda cariños mi hijo, dice
que usted es un gran chico.
Dígale que le devuelvo los saludos.
Molesto porque todo había sido sólo un sueño, Arturo se fue a
su cama a seguir durmiendo, a ver si dormido podía cobrarle la revancha al
onírico Jonathan.