Jugando con fuego
Esa mañana, el anuncio de la acostumbrada reunión anual de la
empresa "para reforzar el espíritu de camaradería que nos ha llevado a
concretar los objetivos previstos para el año y bla, bla, bla, bla", fue el
tema de conversación de la mayoría. Una mayoría en la que yo no me incluía
porque a mí, francamente, el evento no me movía un pelo. La novedad era que este
año, los directivos habían decidido reemplazar la cena en un salón de lujo por
un almuerzo al aire libre en el casco de una estancia que por referencias
sabíamos que era espectacular. Así fue que ese viernes marchamos en patota (sin
nuestras familias) a la bendita estancia, la cual resultó ser en verdad una
maravilla. Además, el día estaba fantástico, con un sol radiante, un cielo
diáfano y una brisa suave que llenaba los pulmones con el perfume de los
incontables tilos y los cargadísimos jazmines.
Hasta el mediodía estuvimos charlando en grupos dispersos,
que se agrandaban continuamente a medida que iban llegando la gente. Después,
cuando llego el momento del almuerzo, en forma ordenada fuimos ocupando lugares
en las mesas acomodadas en una especie de tienda abierta, que había sido
alquilada especialmente para la ocasión y que habían montado en medio de enormes
eucaliptos.
Para ser justo, debo decir que la comida resultó muy buena. Y
además, los platos vinieron acompañados por una generosa cantidad de botellas de
excelentes vinos, a las que se sumaron las de champaña que descorcharon a la
hora del consabido brindis. El problema es que, aunque la bebida sea buena,
cuando se traspasan ciertos límites el efecto es el mismo, y por eso no me
extrañó que después de los postres varios de mis compañeros de mesa ya
estuviesen muy alegres. Y tampoco me extrañó que comandando ese atajo de
chispeados estuviese Ariel, el contador. Es el típico tío que anima las fiestas,
desfachatado pero simpático, capaz de decir el disparate más grande sin
sonrojarse, y que a la hora de gastar bromas goza de una total impunidad porque
no tiene el menor inconveniente en reírse de sí mismo. Su especialidad es la de
generar situaciones embarazosas, y en la oficina son famosos los "besos a la
rusa" que le estampa a los cumpleañeros varones, sabedor del prurito que genera
en un hombre rozar los labios de otro hombre.
Indefectiblemente, las bromas en nuestra mesa fueron subiendo
de tono, hasta que como era de esperar, el sexo copó los comentarios y las
chanzas. Las pullas se sucedían una tras otra, aludiendo a tamaños, rendimientos
y preferencias sexuales. Aunque yo me reía de las bravuconadas me mantenía al
margen de los comentarios, y en el fondo sentía cierta intranquilidad por que
ocurriese lo que finalmente ocurrió: uno de los chicos comenzó a chucear a Ariel
para que repartiera sus famosos besos, y entonado como estaba, el contador no se
hizo rogar.
La primera víctima fue Martín, un muchacho que trabaja en el
mismo sector que Ariel, y que conociendo la tenacidad de su compañerito cuando
está chispeado, cerró los ojos, apretó los labios y dejó que el contador le
estampase el beso en medio de los chiflidos y aplausos. "¡Eh, demasiado fácil!",
berreó frustrada la muchachada. Después siguió Claudio, uno de los chicos de
Legales que accedió a regañadientes presionado por los demás. "¿Sabe tu mujer
que eres puto y que te gusta besar a los hombres ern la boca?", increpó el
tipo al contador después de recibir el beso, haciendo reír al resto.
Poco a poco, a pesar de las protestas y resistencias, Ariel
fue cumpliendo su cometido, que en el fondo sólo buscaba divertirnos con la
incomodidad ajena. Pero a mí, el jueguito del tío no me divertía en absoluto. En
realidad nunca me había gustado, y por eso, cada vez que en los cumpleaños o en
las reuniones él comenzaba con su gracia, yo me escabullía sigilosamente. Pero
esta vez parecía que no iba a poder zafar, porque apenas amagué a levantarme
todos comenzaron a vocear y me retuvieron en mi sitio. Claro que podría haberme
librado igual de los brazos que me sujetaban, pero tampoco quería hacer un
berrinche por un simple beso.
"Hoy no te me escapas", me dijo sonriente Ariel cuando
estuvo frente a mí, seguramente feliz de atrapar a la figurita difícil. Yo,
tratando de sonar amable, sacudí la cabeza. "No, a mí no", dije con una
sonrisa forzada, tratando de aparentar una calma que no tenía.
"¡Ah, si! ¿Y por qué no?".
Buena pregunta. El rostro de Ariel estaba a unos centímetros
del mío, y con esa cercanía, la respuesta apareció más clara y rotunda que
nunca: el tipo me atraía mucho. Demasiado. No podía explicarme por qué, pero en
algún momento, ese tío desfachatado había comenzado a llamarme la atención
primero y a inquietarme después, generándome una confusión interna con respecto
a mis gustos sexuales que me resultaba alarmante. Tal vez por eso siempre me
había negado a recibir un beso suyo en los labios, porque en el fondo tenía
miedo de lo que yo podría llegar a sentir o hacer en esa situación. Pero parecía
que ese momento que tanto me perturbaba y que había evitado sistemáticamente,
esta vez caería sobre mí de manera inexorable.
Nervioso, rogué:
"No, por favor . . ."
Pero Ariel hizo caso omiso a mi súplica, y sosteniéndome
firmemente el rostro con las manos, me besó. ¡Ah, carajo! ¿Cómo explicar la
sensación en el instante en que sus labios tocaron los míos?. El corazón me
latía a todo galope, las manos me temblaban, y un sudor frío me corría por la
espalda. Pero lo peor fue comprobar que lo que lo tanto había temido, finalmente
estaba ocurriendo: mi mundo de hétero, ese mundo en el que yo creía estar
seguro, se abría a mis pies, y con un beso dado en tren de chacota ese rubio de
ojos azules y barbilla levemente prominente me arrastraba al infierno de dudas
que desesperadamente había buscado evitar. Mi raciocinio tambaleaba. No me
sentía siquiera capaz de controlar mi cuerpo, y dominado por un impulso
irrefrenable, correspondí casi con ardor el beso, dejando incluso que la punta
de mi lengua acariciase por unos segundos esos labios entreabiertos. Fue
entonces cuando advertí la sorpresa en los ojos del contador, y aterrado por la
súbita conciencia de lo que acabada de hacer, separé bruscamente mi rostro del
suyo. Miré ansioso a mi alrededor, esperando encontrar algún gesto de sorna o
alguna mirada suspicaz; pero mis compañeros estaban demasiado chispeados como
para darse cuenta de nada, e ignorantes de todo, festejaban ruidosamente que el
"invicto" por fin había sucumbido al beso ruso. Para mi fortuna mi protagonismo
duró poco, porque en ese momento alguien descorchó otra botella de champaña y
todos se acercaron presurosos a llenar sus copas con el espumante líquido.
Apelando a mi conocida poca afición por el alcohol rehusé
unirme a la nueva ronda de brindis, y con el pretexto de buscar una aspirina me
alejé del lugar. En realidad quería estar solo para tratar de poner en orden mis
ideas, si es que eso era posible. Buscando un refugio me encaminé entonces al
enorme caserón, en donde todos habíamos dejado nuestras pertenencias. Entré por
la cocina que estaba desierta y marché por la escalera que llevaba al primer
piso, en una de cuyas habitaciones estaba mi mochila. Las sienes me latían
dolorosamente, y al pasar por el baño entré para mojarme un poco la cara. "¿Qué
carajo me está pasando?" me pregunté mientras contemplaba en el espejo el
gesto asustado de mi rostro. Terminé de secarme, y cuando estaba acomodando la
toalla en el toallero, la figura de Ariel se recortó en el marco de la puerta.
"¡Ah, estabas escondido acá!".
Una mezcla de angustia y fastidio me anudó la garganta. ¿Qué
quería este tío ahora? ¿No le bastaba con haberme perturbado con su estúpido
jueguito? ¿O acaso venía a burlarse de mí? Traté de mantenerme calmo, pero el
enojo creciente que sentía – no sé si con él o conmigo – me hizo preguntar
bruscamente con tono de sorna:
"¿Qué, acaso vienes por más?".
Ariel abrió grandes los ojos, tal vez sorprendido por mi
pregunta. "Parece que estamos enojados", dijo entonces sonriendo
conciliador. "Si es por culpa mía, te pido perdón".
Sus ojos azules brillaban demasiado, y no sin razón supuse
que seguía bastante chispeado por el alcohol. Pero así y todo me pareció
sincero, y entonces me sentí culpable por mi rudeza.
"No, perdóname tú. Te estoy tratando mal, y en realidad no
tienes nada que ver".
Supuse que las disculpas mutuas ponían fin al episodio (ya
que lo demás era asunto mío), y avancé para salir. Pero entonces Ariel extendió
un brazo y lo apoyó contra la pared, cortándome la retirada.
"¿Qué haces?".
En lugar de responderme me empujó suavemente haciéndome
retroceder unos pasos, y luego cerró la puerta echando el cerrojo.
"Pero qué . . . "
Se dio vuelta, encarándome.
"¿Y si la respuesta fuese sí?".
Fruncí el entrecejo, desconcertado, porque de verdad no
entendía nada.
"No . . . no sé a que te refieres . . ."
"Si la respuesta a tu pregunta, esa de "vienes por más" .
. . fuese sí ¿Qué harías?".
Lo miré a los ojos, sintiendo que una ola de indignación me
apretaba la garganta y me nublaba la vista. No sabía por qué me hacía semejante
pregunta, pero tampoco me interesaba averiguarlo. A decir verdad sólo tenía
ganas de golpearlo, pero me contuve y apartándolo de la puerta le dije con tono
despectivo que estaba borracho. Pero entonces apoyó violentamente sus manos
sobre mi pecho, y mostrando una fuerza que no esperaba en su estado, me empujó
contra la pared.
"¿¿Pero qué carajo te pasa??", grité rojo de
indignación.
"No estoy tan borracho", murmuró Ariel quemándome con
la mirada. "Y te repito la pregunta: si hubiese venido por más ¿dime, que
harías?".
"¡Si no estás borracho estás loco, tío!", escupí yo
con la mandíbula tensa y los dientes apretados. Quise moverme, pero Ariel había
puesto su brazo izquierdo sobre mi pecho y me mantenía sujeto con firmeza contra
la pared, como si el alcohol le hubiese multiplicado las fuerzas. Forcejeé con
él, inútilmente, porque ahora me apretaba con todo su cuerpo.
"¡¡Suéltame, infeliz, o te mato!!", aullé. Pero en
lugar de liberarme, Ariel apoyó su mano derecha sobre mi nuca y comenzó a
empujar, acercando cada vez más mi rostro contra el suyo. Entreabrió los labios,
y entonces adiviné lo que intentaba hacer.
"¡¡No, hijo de puta, no!! ¡¡Ni lo intentes!!"
Grité desesperado, sintiendo de nuevo como el inmenso abismo
se abría a mis pies. El endemoniado no aflojaba la presión en mi cuello, y
pronto su aliento se mezcló con el mío. Una angustia terrible volvió a anudarme
la garganta, y me di cuenta que mi resistencia se desmoronaba a pedazos. Me
mordí los labios para sofocar el sollozo que me oprimía el pecho, y mirándolo a
los ojos, supliqué:
"Por favor, no lo hagas. Estás jugando con fuego".
Y él, sonriendo, me respondió:
"Tal vez quiera quemarme, entonces".
Fue lo último que dijo antes de apretar sus labios contra los
míos. Juro que por unos segundos me resistí; pero ya era tarde: había perdido mi
batalla. Y otra vez, dominado por un deseo desconocido e irresistible,
correspondí con ardor a ese beso que me quemaba como una brasa. Entonces sí,
Ariel aflojó la presión sobre mi cuerpo, como si estuviese seguro que ya no
intentaría escapar . . . y tenía toda la razón. Mis manos, liberadas, cobraron
vida propia, y en lugar de separarlo buscaron afiebradas su rostro y su cuello
mientras mi
boca seguía prendida a la suya con desesperación.
Jadeábamos como posesos y nos apretábamos casi con furia,
como si quisiéramos devorarnos el uno al otro. En los pocos flashes de
conciencia que tuve en esos instantes, imaginé que nos costaría explicar las
marcas de los pequeños mordiscos que nos dábamos cada tanto.
En medio del fragor, las manos de Ariel empezaron a bajar por
mi espalda hasta detenerse sobre mis nalgas mientras que las mías comenzaron a
tantear la abultada protuberancia de su paquete. Sin dejar de comerme la boca,
con movimientos torpes – no se si por el alcohol o la excitación – desabrochó
con urgencia el cinto de su pantalón, y cuando terminó de descubrir su
entrepierna, deslizó mis manos en el interior de su slip. Era la primera vez que
mis manos tocaban la polla de otro tío. Pero esa tarde estaba haciendo muchas
cosas por primera vez, cosas que jamás imaginé habría de hacer algún día.
En mi atropellada búsqueda de sensaciones nuevas apreté esa
masa de carne agarrotada, y experimenté una rara fascinación al comprobar la
dureza de un miembro que no era el mío. Lo sentía latir en mi mano, caliente y
lleno de vida, y cuando mis dedos se deslizaron por la suave cabeza
impregnándose de la húmeda baba que la cubría, Ariel gimió con más fuerza.
Entonces me hizo girar, poniéndome frente al lavabo y de espaldas a él. Con
manotazos bruscos desabrochó mi cinturón, deslizó sus palmas por debajo del
elástico de mi boxer, y de un solo movimiento me bajó toda la ropa dejándome el
culo al aire. Después hurgó febrilmente entre mis nalgas con sus dedos
ensalivados, rodeó mi pecho y mi estómago con sus brazos, y así, sin más
preámbulos, hincó su vergajo en mis entrañas.
Una terrible puntada me dejó sin aliento, y en una reacción
instintiva moví el cuerpo para soltarme. Ni soñarlo. Ariel me abrazó con más
fuerza y me mantuvo firmemente sujeto, moviendo la cadera para evitar que su
verga saliese de mi culo. En medio del forcejeo me tomó de la barbilla y llevó
mi cabeza hacia atrás, hasta apoyarla sobre su hombro, y me dijo al oído: "¡Shh,
tranquilo, tranquilo!". Su intención seguramente era relajarme, pero
mientras tanto me seguía teniendo inmovilizado y con la verga alojada entre mis
nalgas. "Me está violando", pensé en un momento dado. Y con inquietud me
di cuenta que la idea, lejos de repugnarme, me excitaba tremendamente. ¡Dios,
hasta donde había llegado! Exaltadísimo, sentí que el agujero de mi culo se
dilataba, como franqueándole el paso a ese trozo de carne que tenía incrustado y
que hasta hacía unos instantes sólo le causaba dolor. Ariel también debió
notarlo, porque dando un quejido de gozo acomodó mejor su verga, durísima, y me
la enterró hasta los pelos. Jadeando, acercó de nuevo su boca hasta mi oreja y
susurró:
"¡Cómo me calientas, hijo de puta!".
¡Qué tenía que decir yo entonces!. A esa altura ya no me
importaba nada y, absolutamente emputecido, apreté los dientes y murmuré con voz
ronca:
"¿Ah, sí? ¿Y entonces, qué estás esperando para romperme
el culo?".
¡Qué inconsciencia la mía, agitar el trapo rojo frente el
toro excitado! En un abrir y cerrar de ojos me encontré recargado sobre el
lavabo, con Ariel sujetándome firmemente de la cintura mientras me cogía como
una bestia enfurecida. Nunca imaginé que algún día tendría un tipo resoplando en
mi nuca mientras me follaba como una puta, y mucho menos, que yo me retorcería
de gusto mientras le pedía que no se detuviese. Con las manos crispadas sobre la
pileta y las piernas endurecidas resistía los embates furibundos del contador
hasta que, de repente, sentí su pecho recargado en mi espalda y su mano
apretando mi verga . . .
Uno tras otra, mis escupidas de leche se estrellaron en el
mármol inmaculado del lavabo, casi al mismo tiempo que Ariel encharcaba mis
entrañas con su espesa corrida. Yo temblaba de pies a cabeza, como no recordaba
nunca haberlo hecho durante una acabada. Y entonces él me abrazó con fuerza. Y
así siguió, estrechándome contra su pecho largo rato después que mi cuerpo
dejara de sacudirse.
Pasaron varios minutos hasta que recuperamos la calma y
reacondicionamos nuestras fachas, durante los cuales dijimos poco y nada. Cuando
por fin estuvimos listos, quité el cerrojo de la puerta: era el momento de
volver a la realidad. Pero la cuestión, al menos a mí, no me resultaba tan
fácil. Respiré hondo, y antes que Ariel girase el picaporte, murmuré:
"Esto . . . esto nunca pasó".
Ariel me clavó la mirada, se paró junto a mí y tomándome de
la barbilla exclamó:
"Esto PASÓ. ¡Claro que pasó! Nos pasó a los dos. Nada de
lo que digamos o hagamos va a borrarlo. ¿Y sabes qué? Estoy seguro que si nos
volviese a pasar, lo disfrutaríamos tanto como hoy".
Hubiese querido negar, protestar, indignarme, enrostrarle
nuestra condición de tipos casados. Hubiese querido. Pero en lugar de eso me
quedé mudo, y también sin decir una palabra dejé que acercara su boca a la mía y
me diera un último beso antes de salir.
Cuando me quedé solo sentí que las piernas no me sostenían, y
apoyándome contra la pared me deslicé hasta sentarme en el suelo. Las manos me
temblaban, y un sudor frío me corría por la frente.
Porque me di cuenta que Ariel tenía toda la razón.