UNA NANA CON EXPERIENCIA.
Juan llevaba 12 años de casado. Su matrimonio era
relativamente feliz; un buen trabajo, un hogar confortable y una relación
satisfactoria con su esposa. La culminación de esos doce años de relación
conyugal eran dos críos pequeños de 3 y 5 años de edad. Con respecto a su vida
sexual, podía decirse que era la considerada por muchos como "normal", es decir,
una vez en semana y a escondidas para que los niños no percibieran nada. La
mentalidad de ambos era muy abierta y disfrutaban del buen sexo pero estaba
claro que era un hombre en la treintena de la vida estancado en la monotonía
familiar. En fin, Juan era uno de los muchos hombres que a pesar de tener
relaciones esporádicas con su mujer, jamás confesaría que necesitaba mucha más
"acción" de la que se le daba. Quería a su mujer y nunca forzaría una situación,
por tanto, se consolaba con películas X y revistas pornográficas. Le hubiera
encantado poder disfrutar de ellas al lado de su esposa pero en eso no era nada
aficionada.
Cuando iba al trabajo miraba multitud de mujeres que pasaban
a su alrededor y se torturaba imaginándose encuentros esporádicos con ellas. Les
miraba el culo, los escotes, las piernas…. Se estaba convirtiendo casi sin
querer en un "salido total". Había pensado en la prostitución pero siempre se
echaba atrás por los remordimientos. Leía la sección de contactos y cuando se
decidía por un perfil de chica nunca terminaba decidiéndose a dar el paso.
Utilizó incluso el chat de internet en el que conoció mujeres de su edad
hastiadas de la misma rutina diaria pero al igual que en cualquier otra cosa de
su vida, la acción no era una de sus características más logradas y como siempre
terminaba rompiendo el contacto con ellas. Así llegó a sus 35 años y sabía que
le faltaba algo…. Hasta que un día todo cambió. No como él imaginaba, pero
terminó tambaleando como un castillo de naipes todos sus valores de los que
tanto presumía.
Un buen día su mujer le dijo que los chicos necesitaban una
niñera para compaginar su tiempo en casa con el trabajo de ambos. Ya llevaban
tiempo planteándoselo y dieron por sentado que era la única solución para que
los críos no tuvieran pérdida de afecto familiar. Ella se decidió por contratar
a alguien con experiencia y al parecer lo había conseguido. Juan no tardó en
imaginarse a una chica rubia, atractiva y ardiente que le alegrara la vista a la
vez que cuidaba de sus hijos o en una pelirroja de ojos rasgados y pecas por
todo el cuerpo. Pero no contó con lo de la "experiencia". Volviendo a la
realidad bruscamente supo que su amada esposa había buscado una mujer inmigrante
de mediana edad y sin cargas familiares. No le dijo más, sólo le recordó que esa
tarde vendría sobre las cinco y que como él libraba ese mismo día, hiciera las
presentaciones con los chiquillos.
¿Inmigrante? ¿mediana edad? Estaba claro que la amiga de
ambos les había endosado una pobre mujer, probablemente fea y achacosa,
procedente de su trabajo en Servicios Sociales. Ellos se sentirían bien
acogiendo a una mujer madura y necesitada en su propia casa a la vez que
encontraban una nana cariñosa para la educación de sus hijos.
Al llegar la media tarde, sonó el timbre. Juan abrió la
puerta escoltado por sus dos menudos "muchachos" y ante ellos apareció una mujer
de color de unos 50 años de edad. Era robusta y de rasgos africanos. Ojos
grandes, boca grande, pelo corto y rizado y unos dientes perlados a pesar de los
años. Lo miró con una sonrisa y en seguida se presentó a los chiquillos. Así
empezó un largo caminar en el que los niños terminaron queriendo a su nana con
auténtica devoción y el matrimonio compartió vida con una mujer de trato
agradable y buen ánimo. Tenía una habitación amplia justo al lado de los chicos
y compartía el baño con ellos.
Hacía las tareas del hogar mientras cantaba canciones de un
lejano país y preparaba casi siempre comida para todos. Era muy eficaz y a pesar
de su aspecto algo voluminoso se movía siempre con gran facilidad. Pronto Juan
se percató de algo. Tenía unos pechos asombrosamente grandes. En muchas
ocasiones los escondía en camisas amplias y ropa holgada, pero eso no evitaba
que rebosaran a la vista. Cuando se inclinaba hacia delante para limpiar el
polvo de la mesa del salón, aplastaba sus grandes ubres contra el cristal y Juan
no podía evitar mirar en aquella dirección. Otras veces, cuando limpiaba los
cristales de las ventanas o espejos de la casa, agitaba su brazo a la vez que
sus grandes tetazas retozaban de un lado a otro. Aquellas miradas,( al principio
inocentes y curiosas) se convirtieron en todo un ritual con el tiempo. Juan la
seguía por todos lados con cualquier excusa para presenciar tal exuberancia. Él
mismo se sorprendió de empezar a excitarse con los encantos de una mujer
demasiado madura para sus gustos habituales. De hecho jamás le habían atraído
las mujeres negras pero el roce diario la había convertido en algo más que una
simple señora doméstica. Al pasar el tiempo, empezó a fantasear con ella, con
sus encantos y su cuerpo fuerte y ancho.
Ya no se conformaba con espiar su busto, empezó a mirar su
enorme trasero. Cuando ella andaba, cada cachete seguía un ritmo asimétrico que
resaltaba sobre pantalones ajustados. Siempre llevaba zapatillas de andar por
casa y camisetas cortas a pesar del frío. Juan empezó a pasar más tiempo en casa
y no perdía detalle de su nana. Estaba claro que su mujer no sospecharía jamás
de una infidelidad como esa. El caso es que Luvi (que así se hacía llamar)
empezó a ponerse camisas algo más ajustadas y siempre ofrecía su gran sonrisa al
señor de la casa. Se llevaban muy bien y Juan supo muchas cosas de su vida
anterior. Su marido había muerto hace más de 15 años en Senegal y llevaba unos
10 años en España gracias al trabajo de uno de sus hijos. Éste se había casado
con una española y eso había facilitado que parte de la familia terminara
llegando al nuevo país. Sus 4 hijos estaban casados y con vida resuelta y con el
tiempo poco quisieron saber de ella. De vez en cuando la invitaban a comer pero
el contacto no era demasiado fluido. A Juan le caía bien y pensaba que era
recíproco.
Un día la vio salir del baño con una bata roja que le llegaba
a las rodillas. Su piel brillaba enormemente y multitud de gotas reposaban en su
cuerpo. Sus fuertes pantorrillas asomaban pequeñas gotitas de agua que a modo de
surco resbalaban hasta los tobillos. Y mejor aún, un gran canalillo anunciaba
unas tetas prominentes. A pesar de la edad era asombroso que no tuviera una sola
arruga en su rostro. Ella presumía de tener muy buena piel y de que se cuidaba a
diario con cremas y secretos de su ancestral cultura. El caso es que Juan se
quedó embelesado mientras ella descubría su mirada. Rápidamente intercambiaron
dos palabras pero Juan supuso que ella había notado algo diferente en la forma
de mirar. Tras aquel fortuito encuentro la cosa cambió. Había bromas, risas,
inocentes confesiones e incluso la puerta del baño a menudo quedaba algo abierta
para él.
Se asustó de sus pensamientos y como siempre había ocurrido,
se prometió asimismo que no habría nada de lo que pudiera arrepentirse. Pero
ella empezó a seducirlo. Cuando limpiaba las mesas, empezó a usar camisas de
cuello grande y con ausencia de sujetadores. Juan perdía la vista en aquellas
inmensas tetas. Dos bultos separados por una raja sugerente quedaban aplastados
por el cristal para luego erguirse majestuosamente. Aquello lo volvió loco y por
las noches tras dar el besito de rigor a los chicos, pasaba clandestinamente por
la puerta del baño para presenciar el espectáculo. De hecho un día se la
encontró de espaldas y totalmente desnuda. Estaba inclinada hacia la bañera con
una toalla en las manos y se limitaba a secarse las piernas. Un gigantesco culo
de ébano se ofrecía a sus dilatadas pupilas. Inclinó aún más sus anchas caderas
hasta ponerse casi de perfil y entonces vio con total nitidez aquellas tetas con
las que tanto había soñado.
Una tremenda ubre colgaba hacia abajo sin pudor alguno y
chocaba ligeramente con su propia rodilla mientras ella se secaba los pies.
Inmediatamente Juan se empalmó y ardía en deseos de encular allí mismo a una
hembra tan apetecible. De repente, ésta se giró y por unos segundos sus miradas
se encontraron. Ella sonrío y él recorrió rápidamente aquel cuerpo redondo con
su mirada. Sus grandes tetas caían hacia abajo ostensiblemente y la oronda
barriga hacía de base para aquellas dos obras de arte. Sus aureolas eran oscuras
como la noche y gigantescas. Culminaban las dos "tartas"con dos pezones erectos
y prominentes, fruto probable de muchas noches de amamantar críos. Juan se
volvió bruscamente y salió agitado hacia el salón. Pasó cierto tiempo evitando a
Luvi y llegando más tarde de lo habitual a casa. Su mujer no notó nada ya que su
vida era lo suficientemente ajetreada para pensar en algo extraño. Poco a poco
todo volvió a su sitio y ambos pasaron un tupido velo a lo ocurrido. Jamás
mencionaron nada de aquella noche y terminaron con la normalidad y el aprecio
que siempre se habían tenido hasta que….
Un buen día, tras comprarse unos pantalones, Luvi se ofreció
a arreglarle los bajos. Los niños jugaban en el cuarto de al lado armando un
alboroto enorme. El baño estaba abierto de par en par y Luvi se encontraba
agachada a los pies de Juan. Con un alfiler tomaba medidas mientras charlaban
animadamente de las trastadas de sus hijos. Nada era anormal hasta el momento.
Pero Juan miró por un instante hacia abajo y…. dos enormes globos asomaban por
debajo de la camisa de Luvi. El calló por unos instantes y ella lo interpretó
como lo que era. Había sido descubierta. Alzó la mirada y sin decir palabra,
posó la palma de su mano sobre el pantalón de Juan. Notó su virilidad al cien
por cien. Acarició de arriba abajo su polla erecta por encima del pantalón y
éste cerró los ojos dejando escapar un suspiro placentero. Escuchó abrirse la
cremallera del pantalón y al fondo, muy a lo lejos, seguía escuchando lasa voces
infantiles en pleno juego. Miró hacia abajo sin saber muy bien el porqué y vio
como Luvi acariciaba excitada su sexo. Empezó a pajearlo lentamente y el glande
aumentó aún más el grosor. Cogió con decisión aquel garrote de grandes
proporciones y se lo metió en la boca hasta atragantarse. Mamaba con auténtico
deseo, con la rabia de años sin una buena verga con la que saciarse. La engullía
ayudada de unos jugosos labios que amortiguaban cada chupada. Juan estaba
perdido. La cogió del pelo, aquel recio y corto pelo, y la llevó para sí. Se la
metió hasta la garganta y Luvi no hizo ademán alguno de molestia.
Al contrario, mamó con más deseo. Juan empezó a metérsela con
fuerza, chocando incluso con el lateral de su boca pero ella resistía en su
posición. La polla se perdía una y otra vez en el fondo de su boca y solo sus
gruesos labios asomaban sobre el tronco mojado. Empezó a sacársela de vez en
cuando y a lamer los pequeños efluvios de semen que asomaban en el extremo
mientras su mano maestra agitaba con brío. Metió la otra mano por debajo de sus
nalgas y uno de sus dedos acarició la raja del culo. Juan ya gemía de placer
incontenido y ella le metió suavemente un dedo en el culo. Aquello le pilló
desprevenido pero por entonces la batalla estaba totalmente perdida. Ël se
corrió abundantemente en su boca salpicándole incluso en la cara. Luvi no dejó
de chupar durante un rato más hasta dejar brillante la punta de su capullo.
Cuando la miró, su mejilla mostraba un chorro blanco de leche y sonreía
satisfecha. En seguida se arreglaron y se aseguraron de que los niños seguían
peleándose en el cuarto de al lado. Una vez comprobado Juan se excusó saliendo
de la casa totalmente rojo de vergüenza.
Pasaron varios días y ella lo miraba ahora a él sin disimulo.
Siguió dejando el baño abierto y cosas por el estilo pero él se sentía violento.
Un buen día su mujer se ausentó por motivos de trabajo durante tres jornadas y
en ese momento Juan supo que pasaría lo inevitable. En cuanto los niños
estuvieron acostados, escuchó como tantas otras noches cómo Luvi salía del baño
de ducharse. Él hizo lo propio y se fue a su cama. Hacía una de esas noches
veraniegas de calor sofocante. Incluso abriendo la ventana la sensación de calor
no terminaba de desaparecer. El frescor de la ducha había durado poco y aquello
no ayudaba a conciliar el sueño. No hacía más que pensar en la habitación del
fondo de la casa. Era la primera noche en mucho tiempo que su esposa se
ausentaba del hogar y él no dejaba de pensar en follarse bajo ese mismo techo a
una mujer de color de más de 50 años. Fue a la cocina y bebió un vaso de agua.
La casa estaba a oscuras y al dirigirse a la habitación algo le hizo dudar.
Se dio media vuelta y, armándose de valor, empezó a caminar
hacia el pasillo opuesto. La puerta estaba cerrada y la televisión que Luvi
tenía en la habitación no daba señales de vida. Se aferró al pomo de la puerta y
giró con auténtico pánico hasta abrirla del todo. La ventana de al lado de su
cama estaba abierta y ella estaba tumbada, inclinada de lado sobre la cama.
Supuestamente dormía,ya que escuchaba la respiración. La tenue luz de las
farolas se colaba en la habitación y dejaban vislumbrar el torso totalmente
desnudo de Luví. Allí estaba aquel enorme culo invitándole a compartir con él
momentos de auténtica lujuria. Juan se acercó a la cama y susurró su nombre.
Ella no contestó. Entonces se volvió hacia la puerta y cuando estaba a punto de
salir se volvió a quedar paralizado. Sus deseos eran más fuertes que la razón y
entonces… cerró la puerta. Volvió a la cama y se acostó junto a ella.
Contemplaba su bronceada espalda, de hombros anchos y robustos brazos, su
perfecto cuello y la curva sensual de unas caderas exuberantes. Olió el olor a
jazmín de su cuerpo, probablemente del jabón utilizado en sus asiduas duchas y
posó su mano en la cadera de ella esperando respuesta. No hubo ninguna y se
atrevió a acariciar la redondez de su trasero.
Era una piel tersa y suave. Apretó firmemente un cachete y de
inmediato su pene adquirió el protagonismo. Se acercó aún más hasta besar casi
su cuello. Su mano entró en la ranura de su culo y notó la humedad propia de la
sudoración. De hecho él chorreaba de calor por la alta temperatura de la noche
pero eso no coartaba sus deseos. Ella flexionó casi inconsciente uno de sus
gordos muslos y dejó al descubierto su coño. Juan se quedó perplejo. Estaba
totalmente afeitado y una raja amplia rozaba con las sábanas. Metió la mano en
su sexo y notó nuevamente la humedad. Sus dedos empezaron a acariciar aquel coño
maduro y al momento se ofreció abriéndose como una flor. Hasta sus labios
vaginales eran gruesos y Juan los acarició con las yemas de sus dedos. Luvi se
puso totalmente boca abajo y Juan introdujo su rostro en aquella masa de carne.
Ahora podía oír como ella emitía pequeños gemidos e incluso levantaba sus
caderas. En un instante, un enorme culo negro se mostraba erguido a su antojo.
Juan repitió de nuevo su nombre con deseo y encendió la luz de la mesilla de
noche. Luvi seguía a cuatro patas ofreciéndole sus posaderas anchas. Introdujo
su lengua en aquel sudoroso culo y aprecio al instante el penetrante olor a
hembra en celo. Ella gemía sin disimulo por entonces y el trasero empezó a
moverse lentamente en pequeños círculos. La raja era de grandes dimensiones y
Juan lamía de arriba abajo todo aquel delicioso manjar. La cogió por detrás y
sin avisar. Le metió la polla hasta dentro y sin contemplaciones. Ella soltó un
ligero chillido.
Vamos Juan, fóllame, lo deseo tanto….. fóllame…
Éste había dejado toda su timidez fuera de la habitación y
como un poseso desconocido la penetró con más fuerza aún.
Luvi, joder…. Te la voy a meter toda la noche….. voy a
reventar si no te jodo entera hoy…. Toma… toma ….
Si….. métemela ….. ay …. Fuerte…
¿echabas de menos una buena polla verdad? Pues te vas a
hartar….
Juan estaba en pleno éxtasis y miró al espejo que cubría las
puertas del armario. Se contempló follando a una enorme negra sobre la cama. Su
culo rebotaba en cada envestida y las pelotas de Juan, hinchadas hasta doler,
golpeaban sin compasión el coño de ella.
Me voyyyyyyyy……. Ayyyyyyyyyyy……
Toma Luvi.. hasta que te hartes….
Tras ella, Juan se corrió desparramando toda la leche sobre
sus nalgas. Quería ver el color del semen sobre una piel tan negra.
Quedaron tumbados mirando al techo agotados por la ansiedad.
Cuando Juan pudo ver tan de cerca aquellas grandes tetas no pudo contenerse. Su
pene estaba claro que acababa gozar, pero eso no impedía que él se cebara
entonces en chupar melones tan enormes. Siempre había soñado en unos pechos de
mujer exagerados y por fin podía hacer realidad sus sueños. A pesar del tamaño,
los pezones sobresalían como pequeños deditos de una mano y ella no dudó en
cogerle su cabeza y llevarlo a tan cálido lugar. Sus cuerpos correaban de sudor
y olían a feromonas pero el deseo con que se devoraban no les dejaba pensar en
tales inconvenientes. Juan la llevó casi al filo de la cama y volvió a comer de
su coño. Estaba empapado de fluidos, sudoroso y abierto de par en par. Ella con
sus dedos abría los labios para facilitarle sus lametones. Su chocho era del
color de la sandía, rojo intenso en contraste con el negro de su piel y
desprendía un olor fuerte. Se cogió sus muslos y los levantó dispuesta a ser
follada de nuevo. Juan comprobó que su "herramienta" estaba otra vez preparada
para perforar y en seguida estaba otra vez dentro de aquella calurosa cueva. La
envestía como un animal y sus globos se movían descompasados en cada envestida.
Juan apoyó sus manos bajó su esternón y vió como quedaban totalmente cubiertas
por dos masas enormes y calientes de carne.
Una y otra vez se movían de arriba abajo hipnotizando su
mirada. Tomaba aliento de vez en cuando y mordía con avidez uno de sus pezones
hasta hacerla chillar. Ella se cogió las tetas y las llevó a su cara y las manos
de Juan se apoyaron entonces sobre su brillante barriga. Unos fuertes espasmos
indicaron que se estaba corriendo y Juan envistió aún más fuerte. La cama se
movía a destajo, pero a pesar de follarla de manera tan salvaje él no lograba
llegar al clímax. Hacía poco rato que se había corrido como nunca y aquello le
impedía ahora disfrutar nuevamente de un orgasmo. Pero le daba igual. Aquella
madura mujer estaba disfrutando como nunca de un hombre blanco 20 años más joven
que ella. Ella pareció darse cuenta de la situación y entonces lo tumbó con
decisión a un lado de la cama. Se metió la verga en la boca y Juan pudo ver de
nuevo a Luvi a cuatro patas disfrutando de la mamada. Sus tetas caían hacía
abajo y él se entretenía en amasarlas. A veces tenía que coger una de ellas con
las dos manos para sentirlas plenamente porque era imposible abarcarlas del
todo. Ella introdujo el pene en la raja de su pecho, entre melón y melón, y
entonces Juan levantó el culo para penetrar hasta el fondo aquellas sudorosas
montañas. El glande intentaba chocar con su esternón pero era tal la cantidad de
carne, que la polla entera quedaba enterrada en el interior de tan peculiar
cueva. Juan estaba fuera de sí y ella decidió que quería disfrutar nuevamente de
una verga tan joven y hambrienta. Se sentó encima de él y al momento notó la
presión de su peso. Estaba claro que Luvi pesaba bastante pero el cuerpo
voluminoso de ésta no era más que un tesoro de placer para el marido infiel.
Empezó a mover fuertemente el culo y Juan se agarró a tan fuertes posaderas. Las
enormes tetas chocaban contra el pecho de Juan y eso le volvía aún más loco.
Gemía con fuerza y los muslos de Luvi se clavaban aún más
sobre el hombre vencido. Lanzó una mirada al espejo. Ahora se encontraban a lo
ancho de la cama y fue alucinante lo que presenció. Aquel enorme trasero negro
se arrugaba una y otra vez en su afán de engullir su polla. Era excitante ver
las contracciones bruscas de aquel culo que ahora era azotado sin compasión por
Juan. Terminó corriéndose dentro y unos segundos después ella gimió aún más
fuerte llegando a un nuevo orgasmo. Se desparramó encima suya y casi lo ahoga
con sus enormes atributos. Estaban exhaustos, sudorosos y….. felices. Como la
primera vez comprobaron si había habido novedad alguna en el cuarto infantil
pero…. ¡Bendita infancia! Dormían como ángeles. Se ducharon y las dos noches
siguientes fueron aún más impresionantes. Aquellos cincuenta y tantos años
tenían muchos secretos que descubrir y no sería por falta de ganas de Juan, que
por entonces no pensaba en otra cosa que en poseer a aquella diosa del placer.
En fin, espero que os haya gustado. Ruego que me escribáis si
podéis un comentario sobre el relato.La votación me es indiferente pero el
comentario (sea constructivo o no) me ayuda a mejorar. Está claro que nunca se
escribe a gusto de todos pero uno puede hacerse una idea. En caso de querer
escribirme más directamente mi correo es karlosmm@wanadoo.es . Prometo contestar
como siempre. Hasta la próxima.