Primera experiencia de Martika y Claude
Martika y Claude eran además de compañeros de clase, muy
buenos amigos. Como estudiantes eran los mejores en su clase del instituto,
quizá un poco más aventajada como alumna Martika, cuyos planes familiares para
ella eran que acabase estudiando en la universidad de Oxford. Claude no le iba a
la zaga y sus calificaciones también eran impresionantes. Quizá él fuese a la
universidad americana de Columbia, donde se formaban los mejores ingenieros
aeroespaciales del mundo.
Los chicos se metían con Claude a causa de Martika; le
preguntaban si alguna vez le había metido mano a esa preciosidad, y él azorado
no contestaba ni sí ni no. Desde luego que Martika le gustaba, pero jamás hubo
ni tan siquiera un roce. Sólo se citaban para estudiar, en la biblioteca o en
casa de uno u otro. Cuando Claude aprendió a tocarse, a masturbarse digo, que
eso siempre se aprende solo, casi sin explicaciones de los demás chicos, pues se
concentraba en rememorar a Martika, que era un cielo. Sin embargo cuando estaba
ante ella se sentía como un lerdo, con demasiada timidez como para no hablar con
ella de otra cosa que no fuesen matemáticas.
Martika por su lado también empezaba a tener inquietudes de
carácter sexual. Sus amigas hablaban todo el rato de ese tema, pero la mayoría,
al igual que ella, eran vírgenes, excepto Clara Adams, que aseguraba haber
tenido sendas relaciones sexuales con Tom Elliot y Billy Scott. No obstante
todas pensaban que Clara fanfarroneaba. Pero de quien estaba segura Martika que
no era una fanfarrona era su hermana Louise, varios años mayor que ella y a
punto de casarse con Quentin, un pedazo de hombre. Louise era una gata caliente
que había contado a su hermana menor todos los pormenores de las relaciones
sexuales que mantenía con Quentin. Fue la misma Louise quien aconsejó a Martika
recurrir a la masturbación si sentía ese fuerte impulso erótico que a veces
aborda a las chicas, incluso la adiestró en como hacerlo. Pero Martika fue más
osada y pidió a su hermana que la instruyera para saber qué hacer en su primera
vez. Porque Martika estaba dispuesta a desvirgarse en breve. Louise le dio los
pertinentes consejos y le deseó suerte. Martika pensaba en ofrecerle su virgo a
un chico como Tom Elliot, el más guapo del instituto, pero a la vez el más
vulgar, por eso sus planes dieron un giro y se decidió por su amigo Claude,
imberbe si, pero al menos de confianza y en el fondo, aunque él no lo había
dicho, Martika intuía que estaba enamorado de ella.
Fue en casa de él. Era una de esas tardes de primavera a
finales de curso que es cuando más hay que apretar en los estudios pero que es
cuando más pereza alberga la mente, al menos para el estudio. Claude estaba sólo
en casa y así todo era perfecto. Era una de esas horas de estudio de la que los
dos habían compartido tantas.
Claude abrió el libro de ciencias por el tema dedicado a los
organismos unicelulares e indicó a su compañera cuál era la página para que ella
hiciese otro tanto. Martika se dijo a sí misma que aquellos bichos tenían una
vida muy aburrida, sobre todo a la hora de reproducirse, y como la chica se
quedaba mirando al techo como abstraída, Claude le preguntaba que si es que no
entendía algo. Él seguía subrayando párrafos y tomando nota en un bloc. Tenían
un examen final muy importante.
- Claude, no te preocupes por el examen de ciencias, lo hemos
preparado sobradamente – dijo ella.
- ¿Qué quieres decir con eso? – preguntó el muy ingenuo.
- Quiero decir que tú y yo deberíamos aprender también que es
necesario relajarse de vez en cuando. Los libros nos van a volver locos.
- Pero ¿a qué viene ahora todo eso? Siempre has sido tú la
primera que ha insistido en centrarnos en empollar. Claro que si quieres podemos
jugar a la videoconsola. Tengo un juego magnífico de fórmula uno.
- Eres un estúpido-dijo Martika, llevando la mano hacia el
paquete de su amigo, que ponía una cara imbécil de sorpresa.
- ¿Qué haces Martika?
- ¿Es que no lo ves? ¿No te gusto?
- Cla…,cla…, claro, claro que…, claro que me gustas
–tartamudeo el chico-.
- Pues entonces ¿a qué coño esperas para comerte mi cuerpo?
- ¿Tu cuerpo?
- Sí, es enterito para ti.
Los dos se besaron como inexpertos, pero el juego había
comenzado y en ningún lugar mejor que en el dormitorio de Claude. Caricias,
besos, manos temblorosas… Por primera vez el uno y el otro iban a tener frente a
sí el cuerpo desnudo del sexo opuesto, y como nunca habían visto ninguno, de
verdad que lo que tenían a su vista les pareció maravilloso. Y aquí, entre
nosotros, diremos que Claude poseía una verga espectacular y dura, como Martika
iba a ver pocas a lo largo de su vida; y por otro lado el cuerpazo de ella, que
dejó mudo al chaval. Tetas de buen tamaño, paraditas y puntiagudas. Bonito culo,
bonitas piernas y caderas, y un chochito apenas con vello, rosado, carnoso y
delicado.
-Si lo hacemos con calma disfrutaremos más –dijo ella
atendiendo a los consejos de su hermana.
La primera vez es difícil para todos. Nuestros amigos tenían
un buen rato por delante para ellos solos, pero ya sabemos que los jóvenes lo
quieren todo de golpe y no a cucharaditas. Como Martika era la que mandaba,
obligó a Claude a tumbarse en el piso boca arriba. Él ya se había hartado de
lamerle los pezones a la chica. Hubiese querido comerle el coño o que ella le
hubiese hecho una mamada, pero las prisas por el placer definitivo eran
acuciantes. Introducir el pene, aunque estaba duro como una roca y la
lubricación de la vagina era óptima, fue complicado para los dos principiantes,
sobre todo porque romperle el himen a la chica fue algo que ofreció cierta
resistencia, sin embargo pusieron tal empeño que al final lo consiguieron,
quedándose las molestias y el dolor relegados ante tan inmenso placer. Sólo
cometieron un error, deberían haber utilizado un condón en el primer coito de
sus vidas. Y es que el placer y la excitación hacen que a menudo olvides
detalles superfluos.