Mi vida cambia II
Esta es la segunda parte del relato en que cuento como mi
jefe cambió mi vida.
Lo que hasta ese momento parecía ser un simple experimento se
convierte en una forma de ser.
Cuando volvimos a Buenos Aires, todo lo que vivimos, en Punta
del Este, pareció olvidado o simplemente, como si nunca hubiera pasado. El
trabajo volvió a ser muy riguroso y exigente. Así entre mis días entre
reuniones, almuerzos de trabajo y mil llamados y más y mas reuniones y cenas.
Tanto que solo quedaban para mí los domingos y los desperdiciaba durmiendo o
mirando televisión.
Así pasó un mes en que estaba mas con mi jefe que conmigo.
Pero un martes a la tarde, estábamos en su oficina preparando una reunión que
haríamos al otro día cuando en medio de los preparativos me interrumpe y me
dice:
- Estoy realmente cansado. Era raro escucharlo hablar así, ya
que para mí, él nunca se cansaba de trabajar y por la forma en que lo dijo. Yo
no acoté nada y me sorprendió aún más cuando agregó. - ¿Y si esta noche paramos
aquí y dejamos esto para mañana?
- Sería bueno desenchufarnos un poco. Estamos muy
enloquecidos con esto de la licitación del complejo de Villa Gessel.
- ¡Listo! Reservá una mesa en The corner, para dos. Que
preparen el auto, que en cinco minutos voy a salir y comunicame con casa.
- Ya mismo llamo. – Dije y lo primero que pensé es "para
dos". Irá con alguna mujer. Salí de la oficina, le pasé con su casa, hice la
reservación y le avisé al chofer que aliste el auto del jefe que salía, todo en
menos de tres minutos. Luego esperé a que salga de su oficina hasta el ascensor,
para después poder irme a casa. Era temprano así que quizás aprovecharía para ir
al shoping a comprar el traje que tanto necesitaba y todavía quedaba pendiente
desde que empecé a trabajar aquí. Yo estaba listo, había guardado todo, apagado
mi computadora y llevado mi tasa de café hasta la cocina, cuando escucho que mi
jefe estaba saliendo de su oficina.
- Vamos, Antonio.
- ¿Vamos? ¿A dónde? ¿Cambió de planes?
- No vamos a cenar.
- No puedo.
- Si ya lo habíamos arreglado… Vamos a cenar.
- Es que yo pensé que iría con otra persona.
- ¿Con quién pensaste que iba a ir?
- No sé…
- Vamos a casa, nos cambiamos y vamos a cenar… O querés hacer
otra cosa, ir al cine…
- No. En el cine me puedo llegar a quedar dormido pero.
- ¿Probaste, alguna vez los platos de ese lugar? No sabés lo
exquisitos que son… - No tenía ninguna posibilidad de no aceptar la invitación
así que asentí con la cabeza y nos subimos al auto.
Llegamos a la casa y allí él se perdió en la escalera que dan
a sus aposentos y yo fui al cuarto de huéspedes, donde muchas veces me acostaba
para dormir una siesta o me daba un baño cuando la situación lo requería y esta
si que lo requería ya que después de un día de trabajo, no podía ir a un lugar
tan fino, con este aspecto tan deplorable.
Cuando entro al cuarto, casi me desmayo. Estaba todo
cambiado, hasta pensé que me había confundido y me había metido en otra
habitación. Estaba pintado de rosa viejo, la cama era muy parecida a la de Punta
del Este. Había cambiado la alfombra por una blanca toda peluda. Yo sabía que
había hecho algunos arreglos en la casa, yo había hablado con el arquitecto pero
no sabía que lo que habían cambiado era este cuarto… ¿para qué? Si no estaba
mal.
El baño que era en suite ahora tenía un vidrio que daba a la
habitación y desde donde se podía ver la bañadera desde el cuarto. Todo olía a
nuevo, como si era la primera persona que entrara a ella.
Salí y fui en busca de Clara, la ama de llaves, para
preguntarle donde me podía dar un baño. Clara era una de esas señoras muy gordas
que podía ser invisible pese a su contextura. La persona mas amable que yo
conocí en mi vida.
- Señora Clara, ¿Dónde podría darme un baño? Es que esta
noche tenemos una cena y no quiero ir así, todo transpirado.
- En el cuarto de huéspedes, como siempre.
- Es que está tan… todo nuevo.
- Las cosas son para usarlas, Dice el señor.
Bueno si es así, pensé. Tenía dos horas para bañarme así que
pensé que podía descansar un poco, después de bañarme.
El agua de la ducha era bien fuerte y el agua salía a la
temperatura exacta. Fui hasta el lavatorio para ver si encontraba algo como para
afeitarme y empecé a buscar en los cajones y puertitas del mueble. Estaba lleno
de artículos de tocador, de accesorios, cosméticos y encontré las prótesis que
estaban en la casa de Punta del Este. Salí del baño y abrí el armario. Toda la
ropa que había dejado de usar en el Uruguay estaba allí, Vestidos, camisas,
pantalones y faldas, Los cajones con ropa interior y los zapatos, todo estaba
allí… Sentí una felicidad enorme. Elegí un conjunto de tanga y corpiño, con
medias al tono y luego volví al baño. Me afeité, me maquillé, acomodé las
prótesis debajo de la tela del corpiño y luego me miré en el espejo, estaba de
nuevo a punto de ser Linda, la amiga de mi jefe. Me iba a ponerme un vestidito
corto, que me quedé con las ganas la otra vez de ponerme, cuando una luz de
conciencia despertó en mí. ¿Si no quiere salir conmigo como Linda y le hago
pasar un papelón? ¿Qué hago? Pensé un instante y lo llamé por teléfono a su
habitación.
- Hola. – Se escuchaba el televisor de fondo.
- Señor, Quería decirle algo.
- Que no vas a estar lista y que necesitás un tiempo más… -
El me estaba hablando como si yo fuera Linda… Mi excitación era enorme, mi
corazón latía a mil revoluciones por minuto y mi voz dubitativa cambió por una
mucho mas femenina y decidida. Así que no le iba a decir que cual era el real
motivo de mi llamado.
- No señor, solo quería saber si usted iba a ir muy elegante
o estaba bien con un vestidito corto.
- Seguro que estará bien.
A los veinte minutos golpeó la puerta del cuarto y me dijo
que ya era la hora.
Salí del cuarto, hecha una reina, tomó mi mano y me hizo dar
una vuelta.
- Estás bellísima… Pero para que te luzcas más ponte esto y
sacó una caja de pana negra del tamaño de un DVD. La abrí, era una collar, corto
de perlas antiguas como una gargantilla y un anillo sencillo de oro, con un
diseño muy moderno. Las dos cosas eran hermosas, me las puse mirándome en el
espejo, tomé un abrigo de cuero y salimos en su auto, ahora sin chofer. Estaba
tan contenta que me moría de ganas de besarlo, pero no se daba. Me sentía la
cenicienta viajando en el carruaje del príncipe. Él manejaba muy concentrado y
yo miraba la ciudad como si fuera la primera vez que la veía.
El portero del restaurante me abrió la puerta y me ayudó a
bajar del coche, luego tomo las llaves del auto y lo llevó al estacionamiento,
dejando mi mano en la mano de mi pareja. El lugar era muy oscuro, cada mesa
tenía una vela y solo dos o tres mesas estaban ocupadas con una pareja cada una.
Me sorprendió lo bien que me deslizaba con los tacos de mis
zapatos.
No nos sentamos allí, sino que nos hicieron pasar a un
reservado en donde estaba nuestra mesa solamente. No sentamos y una mesera
vestida, solamente con ropa interior negra, nos ofreció champaña francesa.
- ¿Por qué vamos a brindar? - Me preguntó
- No sé
- Por nuestro reencuentro, ¿Te parece? – Choqué mi copa
contra la suya y susurré:
- Por nuestro reencuentro. – Incliné mi cuerpo sobre la mesa
y nos besamos.
La cena, en esos lugares, es muy rica, escasa y liviana, pero
yo no tenía hambre así que no me quejé, solo tenía ganas de estar con él.
Mientras comía, varias veces había jugado con mi pie en su
entre pierna y él lo disfrutaba. Creo que estaba tan apurado como yo, así que
sin perder tiempo con el café, salimos de restaurante, donde el auto estaba en
marcha y el mismo portero se encargó de cerrarme la puerta cuando estuve dentro.
Me preguntaba ¿y ahora qué? ¿A dónde me llevará? Quizás me
lleve a mi casa y me deje allí, quizás vayamos a un hotel o a su casa…
- ¿Y a donde quieres ir ahora? - me dijo mientras salíamos
por una avenida.
- ¿Dónde? Elija usted.
- Yo quiero acostarme con vos.
- Yo también – Se rió con apenas una mueca, como los duros de
las películas y sin mirarme dobló en la primera esquina. La velocidad aumentó y
en pocos minutos estaba abriendo el portón del garaje de su casa. Con su mano en
la cintura me fue llevando hasta que entramos en su habitación. Junto a la cama
me besó con un beso como nunca me había dado hasta entonces. Yo me colgaba de su
cuello y el me tomaba y apretaba dejándome sentir su bulto contra mí. Luego bajó
su mano a mi cola y empezó a acariciarla con firmeza y dulzura. Jugaba con la
tira de mi tanga, sin dejarme de besar.
Como pude le saqué la campera y empecé a desabrocharle la
camisa y unos minutos después estábamos en la cama, él desnudo y yo solamente
con la tanga. Me chupaba las tetillas como si tuviera unas tetas descomunales y
yo manoseaba su verga que emanaba los primeros líquidos de ella. Sus dientes en
mis pezones me hacían viajar al cenit y volver atener su pija entre mis manos
era lo máximo. Yo quería hacerlo gozar como nunca, quería que esa noche no se
arrepienta de haberme elegido. Miré, toqué, medí, acaricié, lamí, chupé su pija,
entre sus gemidos y los míos. Disfruté, tragué, bebí su leche hasta que no
quedara ni una huella de ella. Mi jefe me acariciaba agradecido y yo lo besaba
en el cuello y acariciaba cada centímetro de su cuerpo, como una perra en celo.
No tardó en recuperarse y eso me hizo sentir la mujer mas feliz del mundo, ya
que esto dejaba bien en claro que yo lo excitaba… son esas cosas que me parecen
importantes, No era que quería divertirse conmigo y una vez que acaba querría
deshacerse de mí. Sabía que era hora de dar un paso más allá y aunque tenía
ganas, me daba miedo. Me quedé un poco inmóvil, cuando sus dedos empezaron a
juguetear en mi ano. Me hizo dar vuelta y su lengua lamían mi agujero, yo tenía
espasmos y el más profundo trataba de insertar la lengua dentro mío. Sin dejar
de lamer, introdujo un dedo dentro y me decía cosas chanchas, Mi cuerpo flotaba
de placer pero mi pija no se paraba por mas excitada que me sentía.
Cuando sintió que yo estaba preparada, me acomodó y sentí su
verga en la boca de mi ano…
- Despacito. – llegué a suplicarle
Su verga empezó a penetrarme y yo creía que me moría…
- Despacio, despacio.
Y aunque él lo hacía respetando mis suplicas, yo sentía que
me estaba matando.
- Me duele, me duele mucho.
No me contestaba pero se detenía unos segundos y me seguía
perforando. Yo creía que la tenía toda adentro y llevé mi mano pata verificarlo
y grave fue mi sorpresa cuando palpé su polla y me di cuenta que todavía faltaba
para que terminara de entrar su cabeza.
- Me estás matando, me duele mucho, por favor…
- Voy a hacerlo más despacito. Te lo juro.
- Es que no voy a poder. – Entonces sentí un alivio
maravilloso, la había saco y era como que buscaba algo en la mesita de luz.
Yo no miraba pero sentí un frío que me calmó el dolor y su
dedo empieza a meterlo dentro. Me estaba lubricando con vaselina. Luego
embadurnó su pija y volvió a intentarlo los primeros milímetros entraron sin
problemas y sentí toda su cabeza dentro. Volví a tantear su pene y comprobé que
estaba entrando mucho más de lo que lo había hecho antes. Aunque el dolor era
intenso no era insoportable como lo había sido unos minutos antes. Esto me
relajó bastante y sin darme cuenta sentí como se pegaba su cuerpo al mío, La
vaselina había sido eficaz.
Todo era muy contradictorio, el dolor, el deseo, las ganas de
satisfacerlo y mi miedo. Todo lo sentía en el cuerpo, todo pasaba por mi mente.
Mi jefe se mantenía quieto detrás de mí, hasta que empezó a
moverse despacio, era apenas perceptible. Pero el dolor no cedía. Se fue
moviendo cada vez mas profundo, sacaba y metía su pija de mi culo, ahora lo
podía sentir de a centímetros. La movía un poco para fuera y volvía a entrar
cada vez con mas fuerza, cada vez mas profundo. Yo sentía que su verga había
crecido y pronto me acostumbré al mete y saca. Él gemía y yo quería que acabara
pronto. La escena se estaba prolongando y el sentirme perforada me empezó a dar
algo de placer, Creo que él se dio cuenta porque sus movimientos fueron mas
violentos y yo me empecé a mover…
- Voy a acabar, - dijo entre gemidos – voy a acabar, voy a…
Y sentí la sensación mas hermosa que nunca había sentido… su
leche inundaba mi cuerpo por dentro y sus movimientos entrecortados me
provocaron un gran placer…
Se quedó dentro mío hasta que su erección desapareció y fue
allí cuando se desplomó sobre mi espalda y los dos rodamos por la cama.
Me abrazó y me acariciaba la espalda.
- Pero vos no has acabado. – me dijo
- Yo quería hacelo gozar a usted.
- Y lo has hecho muy bien… pero ¿Vos no tenés ganas de
acabar?
- Estoy bien
- No me contestás lo que te pregunto
- No importa.
- ¿Qué puedo hacer para que acabes?
- Nada, yo me arreglo.
- No seas injusta, vos me diste mucho placer… ¿Querés que te
toque? - Y estiró la mano a mi entrepierna. Me moví como para impedírselo, pero
no pude… Tomo mi verga con su mano y empezó a masturbarme. Yo estaba que me
moría de vergüenza pero él no paraba de mover mi pija.
- ¿No te gusta? - Me preguntó
- Si, me encanta.
- ¿Y por qué no se te para?
- No lo sé.
Entonces lo hizo con más fuerza y más rapidez. Sin poder
decir nada, la leche saltó de mi polla flácida, cayendo en mi pecho. Busqué su
boca y nos besamos.
Unos minutos mas tarde estábamos tapados y durmiendo hasta el
otro día. En que debíamos levantarnos temprano para terminar todo lo que
habíamos dejado inconcluso para la reunión de esa tarde…