Cuando Arthur me confesó que a los dieciocho años se
activaría mi poder, no dudé en confesárselo a mi madre. Ella entró en pánico,
pero yo lo encontraba todo muy interesante. Arthur, quien desarrolló su poder el
mismo septiembre veintidós a las doce de la noche, el día de su cumpleaños, no
le había dicho nada a su señora madre y ésta no entendía por qué su hijo, tan
poco atractivo, tenía tantas parejas. Mujeres de todas las edades -maduras,
jóvenes, y hasta hombres-.
Aunque los hombres lo llamaban y lo perseguían, él era un
fiel admirador de una buena y rica vulva. Yo, en cambio, permanecía virgen, sin
saber por qué. Pienso que todo fue culpa de mi madre; ella me sobreprotegía
demasiado, como si un mal inundara la casa, o peor aún, mi alrededor...
Visité psicólogos y sacerdotes, pero no pasó nada. Mi poder
estaba inactivo. Mi madre me obligó a tomar clases de catequesis, ir a la
Iglesia, hasta me convertí en monaguillo... Traté de explicarle que no era mi
culpa, sino de ella por haberse casado con mi padre... Me pegó. Mi padre era un
buen hombre... ¿Era? Pero si estaba vivo... De todas formas, ella rezaba por mí.
Sin embargo, yo adoraba estar al lado de mi medio hermano Arthur.
Rozaba pecaminosamente su pierna con la mía, instándome a la
excitación al ver a una hembra pasar al frente de nosotros. Las mujeres sólo
servían para eso: para tirárselas. Yo no estaba de acuerdo con su filosofía. Mi
madre era mujer, y de sólo pensar que alguien pudiera decir eso de ella se
encendía mi caldera interior, y no de excitación, sino de ira y de amargura.
Pero Arthur se veía decaído cada día más. De vez en cuando me miraba con
desprecio y con cierto grado de odio...
No pasó ni una semana después de este penoso pensamiento
cuando me golpeó el rostro dejándome en el piso sangrando. Luego me rogó que lo
disculpara. ¿Qué le sucedía?
Un mes más tarde, para mi cumpleaños, celebré con una cena y
todas mis amistades mi paso de diecisiete a dieciocho. El día aconteció muy
normal. Todos estaban atentos: me pagaron la comida, me ofrecieron postres, y me
llenaron de regalos. Jamás había tenido la atención de tantos.
Decidí dejar a mi madre en su casa para ir al cine con mis
tres mejores amigos; los recogería en el camino. Le tiré un beso de despedida y
empecé a manejar rápidamente, a alta velocidad.
Sentí algo o a alguien soplándome en el oído... La calentura
del suspiro me sorprendió. De pronto, el guía viró a la derecha, o mis manos
empujadas por algo lo hicieron... El carro se estrelló contra un poste. Me
golpeé en la cabeza y en la cara. Me despegué del guía como pude y traté de
abrir los ojos. Estaba mareado. Mi asiento se echó hacia atrás y mi camisa se
abrió violentamente...
Me movía, me tocaba, me hablaba con caricias, con violencia,
estrujándome, pero yo no veía nada... Abrió mi pantalón, sacó mi pene, lo
acarició hasta que se puso duro y lo introdujo en su agujero. Era un sueño, era
algo más... Subía y bajaba por mi miembro, y yo gemía de placer. La gente se
acercaba al vehículo; podía oírlos, pero no verlos. Mi verga explotó y derramé
toda la leche en el interior de ese ser que me poseía, que me obligaba a
poseerlo. Luego me desmayé.
Cuando abrí los ojos, me hallaba en el hospital. Todo era
blanco: las sábanas, los muebles, mi bata, la almohada, las paredes... ¡Oh, sí,
el accidente! ¿Pero qué había sido todo eso?
Arthur llegó con un ramo de flores y una tarjeta que decía
que me mejorara. Entró sonriendo a la habitación, aunque forzando esa sonrisa
pues se le notaba que estaba triste.
-¿Cómo te sientes?-preguntó.
-Me siento bien, aunque ando confundido.
-¡Felicidades! Tienes dieciocho.
-Sí, tengo el poder-le dije sonriendo.-¿Cuál es el maldito
poder, Arthur? Me mentiste. Me dijiste que...
-Te dije que conseguirías lo que querías.
-No quise esto.
-Déjame explicarte, hermano-suspiró, luego tomó asiento a mi
lado y me observó.-A todos los varones de nuestra familia, al cumplir dieciocho,
se le hereda un ser que nos atormenta por toda la vida. No sabemos si es un
hombre o una mujer, pero es un ser. Cuando cumplí dieciocho llegó a mí y lo
recibí con los brazos abiertos pues estaba esperándolo. Mi padre me había
contado de él. Ahora tú eres el siguiente y tengo que dejarlo ir aunque lo
anhelo con todas mis fuerzas. A menos que nuestro padre no tenga otro hijo más,
el espíritu te pertenece y estará a tu lado hasta que mueras o tengas un hijo
varón y éste cumpla dieciocho años de edad. Ya nos hemos despedido y sólo me
verá esporádicamente o a menos que él me busque, aunque no creo que él quiera
hacer eso. ¿Entiendes todo lo que te estoy diciendo?
No, no entendía. ¿Qué era esto? ¿Un espíritu? Sentí al ser
revoloteando por el lugar, pero ignoré esa sensación.
-¿Es este del poder que me hablaste?
-No. Ahora podemos hacer excitar a la gente-dijo
sonriendo.-Cada vez que me acerco a una chica, la toco y la hago excitarse. A
través de mi tacto envió ondas que activan los nervios de los genitales y los
senos. Es sumamente interesante. Me parece que es un regalo suyo-dijo
refiriéndose al espíritu.-He provocado cosas realmente calientes así como
desastrosas-dijo y rió.-Yo mismo decido a quien puedo excitar: puedo tocarte y
lo sentirás normal, o puedo tocarte y hacer que te excites. Aunque no sé si
funciona en hombres... -dijo y se me quedó mirando.
Arthur levantó su mano y tocó mi muñeca. El espíritu estaba
ahí, a mi lado, observando.
-No siento nada-le dije a Arthur.
-Lo siento, sólo quería estar seguro. Ahora me tengo que ir,
pero luego te llamo.
-¿Te vas? ¿Me dejarás aquí solo con él?
-Él no te hará daño-dijo levantándose de la cama.-Ahora eres
su amante y serás todo suyo.
-¿Qué gana él con esto?¿Qué es lo que quiere?
-No lo sé. Pregúntale, tal vez a ti sí te responda.
Arthur me sonrió por última vez y se volteó para marcharse.
De pronto se detuvo, inclinó su cabeza hacia la izquierda y suspiró. Alguien lo
agarraba por la cintura y sostenía firmemente su cabeza. Me entraron celos
inesperados. El espíritu lo estaba tocando y lo besaba. Yo, con envidia,
observaba la escena. Mi hermano se soltó del ser y salió por la puerta. Me quedé
ahí, sabiendo que estaba con un espíritu. Empecé a rezar: "Padre nuestro que
estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino..." La
enfermera entró por la puerta y me sonrió. Tras ella seguía mi madre. Yo estaba
interiormente alterado. Le rogué a mi mamá que no me dejara y no lo hizo.
El espíritu no se me acercó en todo el día ni en toda la
noche.
A la mañana siguiente, estuve cerca de mi madre y no la solté
para nada. Mis amigos me visitaron y permanecí con ellos por mucho tiempo. En la
tarde me dieron de alta del hospital. Llegué a casa y temía estar solo, veía
televisión en la sala, hablaba por teléfono con mucha gente, de modo que si
pasaba algo pudiera gritar y ser escuchado. Incluso pasé esa noche en la cama de
mi madre. Le huí a la soledad que tanto amaba con tal de que ese ser no se
acercara. Para hacerme cosas sexuales necesitaba la soledad, así que nunca le di
la oportunidad. Pasó una semana y el espíritu nunca se me acercó. Entonces
empecé a preguntarme si era que no le gustaba, si fue que se espantó con mi
cuerpo, si mi olor no le agradó, si se había enamorado de mi hermano.
Comencé entonces a buscar la soledad de la casa para ver si
aparecía; pasaba en la noche por el pasillo oscuro esperando a que hiciera su
jugada. Nunca la hizo y yo me empezaba a desesperar. En cuanto a mi nuevo poder,
nunca lo puse en práctica hasta que las clases empezaron.
Ese día me dispuse a hacerlo: perdería mi virginidad
oficialmente. Vi a esta chica rubia, de hermosos ojos color verde y decidí que
ella sería la primera. Me le acerqué y cuando la toqué, un golpe me lanzó contra
la pared y escuché en mi oído una voz unisexual diciendo que no la tocara porque
estaba enferma. Así que él o ella me estaba protegiendo. Subí mi mano y se la
pegué al espíritu, que en esos momentos estaba tangible y listo para la acción.
Me agarró del hombro y me condujo hasta el baño. Me tiró violentamente sobre el
inodoro y me sacó la ropa de un tirón... Yo me sostenía de los bordes para no
mojarme, pero caí al piso. El espíritu abrió mis piernas y me lo empezó a chupar
con profesionalismo. No aguantaba mi excitación; llevaba tanto tiempo sin
masturbarme... Pronto eyacularía. Echaba mi cabeza hacia atrás, mis ojos estaban
desorbitados, subía mis caderas para que mi miembro entrara más a la boca del
ser. Pronto me soltó y yo abrí mis ojos y vi a una mujer rubia de ojos claros,
la misma que estaba en el pasillo.
-¿Te gustó ella? Te daré la que quieras-dijo.
Sacó su ropa y vi los pechos pequeños. Eran sumamente
apetecibles. Se sentó encima de mí metiendo mi pene entre sus piernas, pero a la
tercera embestida eyaculé. Mi pecho subía y bajaba por la respiración agitada.
No supe si ella tuvo orgasmo o no, porque desapareció. Mi ropa estaba al lado
mío sorprendentemente; la había visto volar cuando me la arrancó. Me levanté y
me la puse rápidamente. Mi corazón latía como loco, presa de emoción y susto,
pero tengo que confesar que me sentía medio enamorado de todo aquello.
Caminaba por el pasillo y sentía oleadas de placer. Vi a otra
chica, de tez oscura y ojos grises, subí mi mano para tocarla, pero el espíritu
la sostuvo y la bajó. Sin soltarme, me dirigió hacia la espalda de otra
muchacha, pero yo la bajé de inmediato. Le di la vuelta y la observé: no era tan
atractiva como la otra. Así sucedió otra vez más. El espíritu estaba decidiendo
por mí, pero sus gustos eran pésimos. Al final del día me sentía débil y
furioso. Impotente. Yo sabía tomar decisiones, ¿por qué no me dejaba disfrutar
de mi poder?
De regreso a casa se me acercó, pero empecé a dialogar con mi
madre para espantarlo. Él sentía que yo estaba molesto; no se me acercó en el
resto del día pues me mantuve alrededor de otras personas, aunque por dentro me
ahogaba el deseo de estar a solas con él.
Tomé un baño y no apareció. Me acosté y no lo sentí. Empecé a
tocarme bajo la sábana para tentarlo, pero no hizo nada. Al final terminé
dormido esperándolo. Desperté en la madrugada y vi su silueta sentada en el
borde de la ventana. La luna lo iluminaba. Sus ojos estaban fijos en la calle.
Se veía triste. Era un hombre. Debía de tener como treinta años de edad. Tenía
un rostro hermoso parecido al de un dios. A lo mejor al de Apolo. Me levanté de
la cama acercándomele con timidez y él volteó a verme.
-¿Es así como realmente luces?-pregunté en voz baja.
-Así lucía cuando estaba con vida-contestó con voz
varonil.-Ahora que estoy muerto, soy sólo un espíritu. No tengo mi sexo
definido. Puedo adquirir la forma que yo desee.
-Estás muerto-repetí comenzando a temblar.-¿Eres
malo?-pregunté asustado.
-Mucho-dijo sonriéndome. Luego se rió por el gesto de terror
que supo que hice. Viró su cabeza hacia la izquierda para mirarme de frente. Vi
sus ojos por primera vez ya que la luna lo iluminaba a su favor: eran de un azul
intenso y los bordeaba un aro negro... Me dio escalofrío.-Hace tiempo le robé a
un hombre sus pertenencias, incluyendo a su esposa, hermana e hija. Las convertí
a las tres en mis concubinas. De hecho, le hurté las dos esclavas también. Él me
encontró y me maldijo: por el cuerpo de una mujer le hice daño, ahora él me lo
hará a mí, sentenció. "Nunca más tocarás el cuerpo de otra mujer. Estarás
condenado de por vida a pertenecerle y servirles a hombres y sólo a hombres".
Luego me apuñaló. Cuando me di cuenta de que no me había ido, ya estaba pegado
al cuerpo de un hombre y yo no tenía pulso. Él me entregó a su otro enemigo.
Desde entonces, digamos que, no he tenido mucha opción. He sido amante de tantos
hombres que he perdido la cuenta. Lo peor es que no tengo sexo ni hormonas que
me controlen. Sencillamente estoy atado al siguiente.
Permaneció en silencio, esperando mi respuesta.
-¿Ciencia-ficción?-pregunté con sarcasmo.
-Llevó por ahí mucho tiempo y digamos que la ciencia-ficción
no es tan ficticia como la gente piensa.
-¿Desde cuándo?
-Nací en el año 1579.
Esta vez fui yo quien permaneció en silencio. Sentía que me
enloquecía. Tenía a un espíritu del siglo dieciséis al frente mío que pretendía
hacerme su esclavo sexual.
-¿Qué tiene eso de malo?-preguntó él.
-¡Eres un hombre!-exclamé sin pensar.
-Soy un espíritu-dijo con paciencia, como arrastrando las
palabras.-Si te molesta verme así, cambiaré por ti.
-No quiero que cambies, quiero que te vayas-dije e hice la
señal de la cruz.
Él abrió los ojos sorprendido y se echó para atrás, luego
desapareció. Yo estaba nervioso y temblaba. Fui a donde mi madre y sin hacer
mucho ruido, me metí en la cama y dormí con ella.
El espíritu no apareció en semanas. Dejó que tocara todas las
mujeres que quise; me acosté con todas. Aún así, sentía un leve vacío dentro de
mí. Ninguna me hizo venirme con tanta pasión. Ahora pienso que disfruto más del
sexo con él porque su fin es procurarme placer sólo a mí. Además, sentirse
poseído y no ver quien te acaricia o te besa es indescriptiblemente intrigante y
enloquecedoramente seductor. Aparte de ello, el hecho de que era invisible le
permitía tocarme y masturbarme en lugares públicos lo cual rompía con la
aburrida rutina que tenía con las mujeres que estaban vivas. Pero en ese momento
comenzaba a extrañarlo y yo sabía que él se daba cuenta. Mi madre tuvo que salir
de viaje: un familiar se había muerto, pero yo no podía ir porque perdería
clases. Sabía que esta era la oportunidad para relacionarme con el espíritu.
Esperé a que mi madre se marchara de la casa. Me detuve
frente a la escalera de la entrada y esperé. "¿Dónde estás?" No obtuve
respuesta. Lo llamé varias veces más y nunca se me apareció. "Discúlpame por lo
que hice, pero tienes que entender que me das miedo, te temo. Ahora no me dejas
verte, pero sé que estás aquí. Estás atado a mí". Dije esta última oración en
voz baja, más para mí que para él.
Un viento fuerte entró por la puerta, que se abrió de
momento, y me hizo moverme, obligándome a caminar hacia atrás. Choqué con él y
al voltearme lo vi. Mejor dicho, la vi. Era una mujer cualquiera pero sumamente
hermosa. Su rostro parecía hecho de porcelana y estaba desnuda. Sus pezones eran
bellos y apetecibles. Ella me sonrió.
-¿Te gusto?-preguntó con una voz afeminada.
-Te preferiría rubia-contesté.
De pronto, su cabello negro pasó a ser rubio. ¡Qué bella! No
pude aguantar la excitación entre las piernas y la estreché contra mí. La besé
en la boca, la cara, los hombros, los pechos. La levanté un poco y la llevé
hasta el sofá de la sala. Me desnudé lo más deprisa que pude y le metí mi
miembro en su agujero. Ella hizo una mueca de dolor pero no se quejó. Empecé a
meter y a sacar a un ritmo desesperado procurando el orgasmo lo más rápido
posible. Me aguantaba del sofá mientras me movía. Cada vez que empujaba mi pene
contra su cuerpo el placer me obligaba a gemir. Exclamé de gozo al venirme.
La miré y ella me observaba. Su rostro no decía nada, estaba
quieto, precisamente, como una muñeca de porcelana. Me salí de encima de ella,
me puse la ropa y tomé asiento a su lado. Ella se apoyó de los codos viéndome.
Abrió pecaminosamente las piernas enseñándome la vulva que estaba llena de mi
semen. Yo estaba agitado y el arte que se encontraba frente a mí me sacaba el
aliento. Nunca había visto los encantos de una mujer tan de cerca. Ella sonrió.
Los rasgos de su rostro empezaron a cambiar hasta que se convirtieron en los de
él. Miré su cuerpo vestido preguntándome qué sería lo que había debajo. La ropa
era la misma que la de la otra noche. Era un hombre tan atractivo. Su pelo era
negro y su piel clara. Sus facciones delicadas y al mismo tiempo varoniles. Los
ojos tan hipnotizantes...
-¿Te gusto más así?-preguntó mirándome serio.
Me tomó por sorpresa esa pregunta. Él me atacaba y me poseía
sin preguntarme. No le debería de interesar mi opinión, pero ahí estaba,
esperando mi respuesta.
-Tengo curiosidad-contesté temblando.-¿Hay alguna diferencia
para ti?
-No realmente. Digamos que así no copio ningún cuerpo, es
simplemente el que yo tenía. Me hace sentir más cómodo.
Observé su cuello y me vino a la mente la idea de acercarme y
enterrarle los dientes a ver si sangraba. Me hubiese gustado clavármelo ahí
mismo; violarlo como hizo conmigo en el auto. La sensación era de venganza y de
demostrarle quién tenía más fuerza. Él entendía lo que yo sentía. Sin embargo,
sabía que eso no ocurriría. Una cosa era lo que yo deseaba y otra lo que me
convenía. En ese instante su prioridad era hacerme entender lo que era, que yo
lo aceptara y al mismo tiempo que me agradara.
Se sentó a mi lado en el sofá y se me acercó. Pasó una pierna
detrás de mí, otra por al frente y me rodeó con ellas y con sus brazos. Su cara
estaba muy cerca de la mía. Yo le respiraba encima, pero él no podía hacer eso.
Viró su rostro un poco y me besó con gran intimidad y cariño. Abrí mi boca para
recibirlo y le entregué esa ternura para atrás. Estaba derritiéndome y al mismo
tiempo me demostraba que él tenía la fuerza y que yo era simplemente su esclavo.
Me dejó anhelante de su lengua y pegó su frente con la mía mientras me abrazaba
de lado.
-Eres mi compañero-dijo y se acercó a mi oreja.-Mi amigo, mi
amante, mi pareja.
Pasaba muy suavemente su lengua por mi cuello. Su mano
derecha rebuscó mi miembro debajo de los pantalones y lo reavivó.
-Esto no es algo que se vea todos los días. En el noticiero
tal vez escuches cosas desastrosas: gente muerta, mujeres violadas, políticos
corruptos-dije mientras él hacía maravillas con su boca y milagros con su
mano.-Más aún, esos extraterrestres que secuestran personas y animalitos en los
bosques... Cosas muy malas. Pero jamás verás a un espíritu que seduce jovencitos
por haber robado unas vaquitas y...
-¡Cállate!-exclamó sin despegarse de mí.-Hablas tonterías.
Nunca robé vacas. Cabritas, sí.
Se acostó encima de mí besándome y restregándose
violentamente por mi cuerpo. Estaba desesperado, como con unas urgencias
indescriptibles de unirse a mí, por entrar en mi cuerpo. Escogí un momento algo
inoportuno para analizar el simple hecho de que estaba haciéndole el amor a un
hombre. A lo mejor fue porque lo sentí endurecerse y me di cuenta que faltaban
dos cosas ahí y que sobraban otras tres por allá.
-¿Serías tan amable de transformarte en mujer? Rubia, por
favor.
Detuvo sus caricias y me miró.
-Si pudiera golpearte lo haría-confesó molesto.-Aquel día en
el carro, no fue en una vagina donde introduje tu verga.
-¡Qué asqueroso! ¿Son necesarios esos detalles? A mí no me
gustan los hombres ni aunque se vistan de mujeres...
-Yo...
-Tú cambias completamente.
-No es justo-dijo sintiéndose entre confundido y enojado.-Yo
soy un hombre. Esto no es placentero para mí.
Bajé mi mano y toque su entrepierna.
-Parece que sí te gusta-dije sonriendo.
-A ti también.
Sostuvo mi cabeza con la mano izquierda y con la derecha me
empezó a acariciar el cuello y el pecho mientras me besaba. Hacerle el amor a un
hombre. Sonaba tan mal como se escribía. En esa oración había muchos errores.
Pero mientras me regalaba sus roces la presencia de un ser masculino encima de
mí se convirtió en algo carente de importancia. Incluso empecé a sentirlo
caliente y ese cambio de temperatura me excitó más. Mordía el lóbulo de mi oreja
y mis pezones obligándome a gemir de placer. Enardecido, el espíritu me sacó los
pantalones y la camisa que llevaba puestos, dejándome totalmente desnudo. Acercó
su rostro hacia mi polla y la lamió. Luego la introdujo en su boca mientras me
agarraba los testículos. Me chupaba el miembro con rapidez y decisión, lo
repasaba todo. Gotas de sudor bajaban por mi frente y mi espalda. Sostuve su
cabeza con mis manos y trataba de meter la verga hasta el fondo de su boca. Mis
piernas se abrieron más y las subí levemente encima de él.
Cuando se cansó de mamármela bajó hasta mi ano e introdujo su
lengua.
-Coño, eso es repugnante, pero no pares, sigue, sigue que se
siente rico.
Sentí como acercaba sus dedos y sin poder decir palabra o
detenerlo introdujo uno de ellos en mi recto. Gemí de dolor y de sorpresa y
tratando de záfame de él metió otro dedo más.
-¡Suéltame!-grité.
-Tranquilo, chiquito-susurró en mi oído mientras me
aguantaba.-Sólo te estoy dilatando.
-¿Dilatando?-pregunté casi llorando, ya sin agitarme
tanto.-¿Por qué me estás haciendo esto?
Su respuesta fue un beso apasionado. Sacó sus dedos de mi ano
y apretó su pene a él. Me resistí un poco, pero me calmó con más caricias
mientras me abrazaba y sostenía.
-No te dolerá mucho, sólo un poco...
-¿Un poco? No te atrevas a penetrarme porque haré un
exorcismo...
Retiró su rostro del mío y se despegó totalmente de mí. Luego
desapareció. Permanecí tendido ahí, nervioso, asustado y mojado.
-¿Dónde estás?-pregunté temblando. Me senté y miré para ambos
lados.
Una mano me tapó la boca y la otra me rodeó la cintura.
-Ahora te daré razones para exorcizarme-me dijo.
Me cargó sobre su pene penetrándome sin importarle que yo
gritara bajo su mano o peleara para tratar de escapar. El dolor me alcanzó en el
vientre y los muslos, más por la presión que yo hacía en mis acometidas que por
la misma penetración. Él simplemente se quedaba quieto y yo le procuraba placer
con mis movimientos. Dándome cuenta de esto, dejé caer mi cabeza sobre su hombro
y le di oportunidad al tiempo para que se diera notar. Al paso de los minutos
sentía como su abrazo se aflojaba y empezaba a acariciarme el vientre y los
muslos, sabiendo que esas dos áreas, aparte de mi violado ano, me dolían
sobremanera. Me dejó bocabajo en el sofá y lo sentí al frente mío, mi boca cerca
de su pene. Pensé lo peor: me obligaría a darle sexo oral. En cambio, tomó mi
rostro y lo subió. Plantó un beso suave y húmedo en mis labios. Me rodeó
dulcemente abrazándome y dejándome descansar sobre él. Mi ano latía. Después de
un cuarto de hora, notando su pesadez, me dormí.
Los días en que mi madre estuvo ausente fui totalmente de él:
hicimos el amor repetidas veces, hablamos de mí, de él, de los hombres
anteriores... Me contó anécdotas interesantes de diferentes tiempos y lugares.
Pasábamos horas sobre mi cama acariciándonos y conociéndonos. Por el día me
acompañaba a la universidad, me daba las contestaciones de los exámenes de otros
compañeros, susurraba palabras graciosas y nublaba mi mente con promesas de
cosas que me haría al llegar a la casa. En las noches, después de las
relaciones, permanecía junto a mí hasta la mañana, abrazándome y regalándome un
calor que inventaba sólo para mí.
El tiempo pasó, me hice un verdadero hombre, estudié, me
gradué y conseguí empleo... Mi compañero siempre estuvo a mi lado. Me daba
aparte de placeres sexuales, consejos, regaños, malos ratos, buenos momentos,
alegrías, tristezas... Pero más que nada, su amistad.
Conocí a una mujer totalmente diferente a él y me enamoré. Él
jamás se metió en esa relación. Nunca se atrevió a sacarme de la cama para irme
a escondidas a tocarme o a besarme. Pasaban los días junto a ella sin sentir su
presencia. Esperaba pacientemente a que yo lo llamara, y cuando se me acercaba,
el calor conocido por mí me brindaba esa seguridad tan absoluta que mareaba. Me
entregaba a su cuerpo desesperado. No importaba cuanto tiempo estuviera al lado
de ella, siempre sabía que junto a mí se encontraba él.
Entonces pasó el tiempo...
Ayer mi primer hijo cumplió los dieciocho años de edad. Ahora
mismo tengo cincuenta. En estos momentos escribo esto mientras ellos están en el
cuarto, solos, juntos, conociéndose. Tengo que aceptar que los celos son
horribles y me debilitan. La tristeza que siento por dentro es imposible de
describir. El ser que fue mi mundo, mi amor y mi todo tiene en los brazos a
otro. La idea de detestar y de hasta odiar a mi propio hijo en algunos momentos
me atormenta. No sé cómo mi padre pudo aguantar verlo marchándose junto a
Arthur. Arthur no pasó ni medio año con él, pero yo sí. Treinta y dos años
sintiéndolo a mi lado, acompañándome y amándome. Me pregunto cómo lo soporta.
Al lado mío está la salida. Si no puedo estar junto a él, no
quiero a alguien más. Es demasiado para mí. Sencillamente, sin él, no puedo
vivir.
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No pude llegar a tiempo. Sabía que estaba en la otra
habitación y que sufría. Lo encontré en el piso casi inconsciente.
-¿Por qué hiciste esto?-le pregunté sosteniéndolo.
-Te amo-me confesó mientras me acariciaba el rostro.-Te amo
tanto, mi amor.
No pude evitarlo, se me estaba escapando de las manos. Empecé
a llorar. Había visto a mis amantes ser decapitados, torturados y consumiéndose
en enfermedades por años. Pero él era el único que daba la vida por mí. Me
escogió sobre sus padres, su esposa y su hijo. Y yo lo amaba tanto también...
Estaba perdiendo el control de su vida y yo sabía que no amaría a ningún otro
como lo amo a él.
-No lo toqué. Traté y no pude. A tu hijo... Por favor,
avísale a alguien, yo no puedo hacer eso. No puedo interferir con tu vida de esa
forma. Pide ayuda.
-Es cuestión de tiempo para que él sea tuyo. Ámalo como me
amas a mí. Cuídalo.
Esta vez mis lágrimas salieron sin esperanza de ser
detenidas. Lloraba desconsoladamente y sabía que se estaba muriendo. Me llenó
todo de sangre, la misma sangre que pertenecía al primer hombre que poseí
después de haber muerto...
Lo dejé en el suelo y salí de la habitación aún oyendo como
me llamaba pidiéndome que no lo dejara. Fui hasta la cocina y tomé un cuchillo
de cortar carnes y volví a subir. Entré al cuarto y lo vi: su ropa y sus brazos
ensangrentados, sus ojos mirando el techo mientras las lágrimas salían de ellos.
Lo abracé y lo besé. Y casi sin poder hablar, dije: "por el cuerpo de una mujer
me morí, ahora él lo hará por mí. Nunca más tocarás el cuerpo de una mujer o de
otro hombre. Estarás condenado de por vida a pertenecerme y servirme a mí y sólo
a mí". Después lo apuñalé en el estómago y sentí un dolor en mi pecho parecido
al que él sentía en su cuerpo.
-Te amo-le dije y lo besé.
Entonces murió.
Decidí que era hora de regresar a 1609, cuando morí. Me
encontraba lejos de su cuerpo, pero cerca del mío. Tenía ante mí la casa del
viejo brujo que me esperaba para ser atacada. Su hija y sus dos criadas estaban
afuera.
Su mano pasó por mi cintura y me susurró:
-¿Dónde estamos?
-En el comienzo.
Me volteé y lo abracé.
-Ahora me tendrás que hacer el mismo hechizo cuando me esté
muriendo.
-¿Nos mataremos por toda la eternidad?-preguntó él besándome.
Sus brazos no tenían marcas del maltrato.
-Tú moriste por mí, ahora es mi turno morir. Sólo trata de
ser un poco más específico en tus palabras y di: "que ambos seamos espíritus".
Él sonrió y me dijo:
-Te amo.
-¿Sabes qué? Yo también.
Y lo besé.