-"Doctor, nunca he tenido un orgasmo. El problema es mío. Soy
frígida y anafrodisiaca"-citó el maestro.-Eso es lo que dicen muchas mujeres. Es
una lástima que se depriman ante tales pensamientos. Si supieran que ni ellas ni
los hombres tienen la culpa...
Sonreímos.
-"Doctor, soy impotente. Tengo problemas de eyaculación
retardada y de aneyaculación..."
-Un momentito-dije levantando la mano.-Ningún hombre va a ir
a donde un doctor a decir semejantes cosas.
-Es posible-dijo el maestro.-A ver, ¿cuántos hombres por tu
culpa no tuvieron sus orgasmos esta semana?
Todos los demás voltearon a verme. Reí.
-¿Esta semana?-pregunté sonriendo.-Treinta y seis.
Mis compañeros empezaron a reírse a carcajadas.
-Sí, casi ganas esta semana-dijo el maestro observando las
estadísticas.-El mejor "Donador de Orgasmos" perdió treinta y seis orgasmos.
Ahora vas a poder conocer los términos como son y verás a tus hombres ir al
doctor con estas dudas. Dime, ¿qué te tuvo tan ocupado que no pudiste cumplir
con tu trabajo?
Aquello era realmente vergonzoso. Deseaba que se terminara la
reunión lo antes posible.
-La universidad...
-Sabes muy bien que no puedes dejar que tus cosas personales
interfieran con el trabajo.
Lo miré directo a los ojos, ofendido levemente por el regaño
frente a los otros. Hizo un ademán indicando que la reunión había terminado. Los
demás se levantaron y se marcharon, pero él hizo un gesto para que me acercara.
-Me sorprendiste-dijo entregándome los papeles.-Es la primera
vez que pierdes a tantos. Aún así, sigues siendo el mejor. El premio este año te
lo llevarás tú.
-Lo sé, soy el mejor-dije observándolo con seriedad.-Como el
mejor, merezco un poco de respeto frente a los demás. No, poco no. Merezco ser
completamente respetado.
Él me miró sonriendo, quizás orgulloso de mi forma de ser.
Subió su mano hacia mi rostro y lo acarició. Luego tomó los papeles y se marchó.
Mi nombre es Bjorn. Soy uno de los millones de donadores de
orgasmos que existen en todo el planeta. Soy, como acabo de mencionar, el mejor.
Los hombres que dependen de mí están contentos con su vida sexual. Mientras más
activos estén, mi comisión es mayor.
Actualmente, tengo veintiún años. Estudio psicología y
trabajo repartiendo orgasmos, no como los repartidores de pizza, sino de una
forma muy especial. Mi deber es vigilar a los hombres que se están masturbando o
teniendo sexo, y proporcionarles esa culminación placentera de la excitación
sexual.
Tenía quince años cuando el maestro se acercó ofreciéndome
este trabajo.
-Contrato a jóvenes como tú para prepararlos hasta los
dieciocho años. Luego ejercerás como donador de orgasmos. La paga será buena.
La paga es buena, pero le costó a ese hombre siete meses
convencerme para esto.
-Mírate, niño. Eres hermoso, inteligente y virgen. Eres
perfecto.
-¿Virgen? Estás loco. Perdí mi virginidad a los ocho...
-Besarte con una prima no es perder la virginidad. Eres
adorable.
-Discúlpame-dije con intenciones de marcharme.
Pero él era muy bueno eligiendo y convenciendo. Me agarró del
brazo y tocó mi pecho. Lo que sentí fue espectacular. Estábamos en el pasillo de
la escuela. Me soltó rápidamente mirándome.
-No puedes perder tu virginidad porque sino no podrás ser un
donador de orgasmos.
-Eso que sentí fue un orgasmo, ¿verdad? Tan rápido.
-Necesitas años de experiencia para eso-dijo y se acercó a mi
cara.-Cuando estés listo, me llamas.
Luego se marchó.
Fantasía, ficción... Era imposible que los orgasmos los
proporcionaran humanos. Siempre había creído que era algo natural del propio
cuerpo.
Iba a cumplir dieciséis años cuando me contrataron. Lo
primero fue elemental: términos generales, cómo funciona la anatomía masculina,
cuándo debía tocarlos... A los dieciocho años me transformaron; mi cuerpo cambió
y adquirí los poderes necesarios para ejercer mi trabajo: podía hacerme
invisible e intangible, estar en un lugar y al instante estar en otro y, lo más
importante de todo, donar orgasmos.
Hasta este momento le he podido brindar orgasmos a quizás
millones de hombres. He observado sus cuerpos desnudos, olfateado el olor del
sexo, visto los gestos de los rostros mientras están excitados, disfrutar
apreciando las posturas extrañas, escuchar los gemidos y las palabras alocadas
que expresan...
Malditos. Los odio a todos...
-¿Sólo a hombres?-pregunté confundido.
-Sólo a hombres-me contestó el maestro.
-¿Por qué sólo a hombres?
-Podrás ver a las mujeres que estén con ellos, pero no las
tocarás. Ese es el trabajo de las donadoras de orgasmos.
Desde entonces, sólo toco a hombres, pero no me quejo. Veo
todo frente a mí. A veces las toco a ellas, pero no sienten nada. Aunque tengo
que confesar que he infringido las normas y he tocado de vez en cuanto a una
mujer de forma tangible en el momento exacto y el lugar de su cuerpo indicado, y
les he provocado el orgasmo si la donadora de orgasmos no está presente.
En muchas ocasiones, he llegado a envidiarlos porque pueden
sentir eso que yo no siento. Nunca he estado entre los brazos de otra persona.
Me gustaría poder besar, deslizar mi lengua por los recovecos más extraños de la
anatomía humana... Siempre he dicho que un donador de orgasmo debe de ser el
mejor amante que existe. Es una lástima que tenga que padecer esta necesidad. Es
una tortura verlos y no poder estar jamás entre ellos.
Ese día, después de la reunión, tuve que ir a una clase en la
universidad. Mi profesor de psicología empezó a introducir el tema del Dr.
Sigmund Freud y su psicoanálisis. Decía que la capacidad orgásmica está presente
desde el nacimiento; sostuvo que el orgasmo obtenido por medio de la
estimulación del clítoris era inapropiado para mujeres maduras; que un orgasmo
es un hipnótico eficaz...
Sí, yo sabía lo que era un buen hipnótico eficaz: cuando el
donador de orgasmos provoca el orgasmo y sale corriendo. Esa separación
fulminante y momentánea, cuando los dos seres se apartan, el donador y el
hombre, tan impresionante y chocante para el cuerpo y la psiquis humana, hace
que el varón caiga en una especie de letargo por la fuerza física y mental de lo
ocurrido. Además, las contracciones rítmicas, el aumento de la presión en la
uretra prostática, el pequeño paro del corazón, la disminución de la sangre al
cerebro, todas estas cosas también hacen que un hombre tenga sopor post-sexo.
Pero en sí, el aturdimiento es por lo primero.
El Dr. Freud fue, según lo que nos enseñan de historia, uno
de los donadores de orgasmos más radicales que hayan existido, junto a
Aristóteles, Sócrates y Platón. No cumplía mucho con su labor por estar haciendo
experimentos, pero tenemos una foto suya en el trabajo. También tenemos fotos y
estatuas de Alcibiades, Octavio César y Ovidio. Según dicen, una pareja madre e
hijo fueron quienes empezaron con lo de los donadores de orgasmos. Por supuesto,
en aquella época no se llamaba así, pero para la Edad Moderna le cambiaron el
nombre. Muchos piensan que Afrodita y Cupido eran sólo dioses griegos, pero para
nosotros, es la fuente de nuestro poder. Lamentablemente, se volvieron humanos o
desaparecieron cuando llegó el cristianismo, pero su poder se quedó en todos
aquellos que repartían orgasmos por el universo entero.
Por supuesto, mi profesor de psicología no opinó igual que
yo. Él y todos los presentes me miraron como si estuviera loco. Crédulos
incautos candorosos… Claro está, esto tampoco ayudó.
-Bjorn, ¿estás en drogas?-preguntó el profesor de
psicología.-Lo siento, sé que no es mi problema, pero pareces un buen chico.
¿Un buen chico? Le había donado orgasmos a este hombre
cientos de veces.
-No uso drogas, aunque debería. No sé qué efectos puedan
tener en mí. Usted es profesor de psicología y lo primero que me pregunta es si
estoy usando drogas. Explíqueme su profesionalismo.
-Se me cayó cuando escuché tu comentario.
-Pues amárreselo bien, porque no creo que la forma de ayudar
psicológicamente a alguien sea realizando este tipo de preguntas.
-Me parece que te estás excediendo, Bjorn. No querrás bajar
tu promedio, ¿o sí?
¡Maldito infeliz!
-Tal vez cuando su miembro alcance el tamaño de su
preparación pueda ejercer correctamente su profesión-dije y salí de allí con el
corazón latiéndome a mil.
Ese era colmo, que un idiota como aquel me venga a dar
terapia mental. Casi grito en el pasillo por el coraje. Y para acabar, alguien
se estaba masturbando cerca de mí. Cuando busqué a la persona, era él
raspándosela en la silla del escritorio. Me acerqué con ganas de reventarlo
contra la pizarra, pero cuando me di la vuelta para marcharme exclamó en voz
baja mi nombre. Su rostro era impresionante, sentía mucha excitación y placer
gracias a sus pensamientos. Me senté frente a él, encima del escritorio y me
incliné un poco hacia delante.
-Así que te excita ese estudiante chocante y malcriado-dije,
pero no recibí respuesta.-Apuesto a que debes desear que te esté mirando en
estos momentos. Hombres como tú son los que se quedan sin sus musas a temprana
edad y sus donadores de orgasmos enfilan en busca de los jóvenes. Aunque tú no
ves tan viejo. ¿Treinta años?
Movía la mano que agarraba su miembro con desesperación. Los
labios separados dejaban escapar pequeños gemidos de gozo. Tenía unos labios
lindos. Y la piel del rostro no era desagradable. El pelo era lacio, marrón al
igual que los ojos, y el perfume, bien varonil.
De pronto gritó y se echó contra la pared, mirándome.
-¿Qué demonios...?-preguntó anonadado.
Lo miré frunciendo la frente, luego volteé a ver quien o que
le había provocado tal alteración, pero no vi nada ni nadie.
-¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?
-¿Qué? ¿Me puedes ver?-pregunté sorprendido.
-¿Qué si te puedo ver? No eres invisible-contestó perturbado.
Permanecí callado por un instante. Era la primera vez que
alguien podía verme mientras ejercía de donador.
-Um, este... lo siento-dije tartamudeando.-Lo que sucede es
que... Ja, um, ¿recuerda lo que dije en clase? ¿No? ¿Sí? Lo de personas que
donan orgasmos.
Me miraba como si estuviera loco.
-¿Va a terminar o me puedo ir?-pregunté levantándome del
escritorio.-Si me voy no va a tener su orgasmo. Ja. ¡Qué locura! Dudo que pueda
volver a excitarse después de esto-dije sonriendo.-Tiene un pene muy lindo, debe
de estar orgulloso.
Él estaba pálido, con las manos agarrando fuertemente los
brazos de la silla. Podía sentir la exaltación en su cuerpo. No dejaba de
mirarme como si viera a un ser desconocido por primera vez.
-Sí, me voy, adiós-dije y me volteé para marcharme. Antes de
salir por la puerta, lo miré y seguía en la misma posición.-No le diga a nadie,
por favor.
Entonces salí del salón.
¿Cómo rayos me pudo ver? Nunca me había sucedido semejante
cosa. Soy el mejor. El nerviosismo mezclado con la humillación era horrible.
¿Cómo un hombre tan corriente como éste pudo verme? Debe de haber sido por el
coraje que sentía. A lo mejor no me concentré como debía y quedé medio visible.
Tal vez él es un donador también, de Rusia o Egipto, o de Canadá. Aún así,
independientemente de quien sea, él supo de mí, y esto va en contra de las
reglas. Si él le dice a alguien, y ese alguien es un donador, y les menciona
esto a los jefes, me despiden, me quedo sin poderes, sin dinero y con el orgullo
por el piso. Yo, el mejor de todos, incluso mejor que Calígula, una de las
leyendas, humillado por un simple humano...
El resto del día fue una pesadilla, perdí cinco orgasmos más
por mi distracción.
-¿Qué te sucede?-preguntó el maestro.-Te ves extraño...
-Ando algo preocupado-le contesté sin ánimo.
-¿Te gusta?-preguntó mostrándome una imagen mía.
-No recuerdo haber posado para esa foto.
-No lo hiciste-dijo sonriendo.-Te la tomé mientras te
bañabas.
-Eres un enfermo-dije sonriéndole.
-Dime, ¿nunca te aburres de esto?-preguntó sentándose a mi
lado.-¿No quisieras ser tú quien está al otro lado?
-Todo el tiempo-contesté triste.-Pero no es posible, ¿verdad?
Un donador no puede darle orgasmos a otro donador.
-Depende-dijo mirándome a los ojos.-Yo puedo...
Viré el rostro para verlo. Él acercó su cara para besarme.
-De todas las personas, tú serías el último que buscaría para
satisfacer mis necesidades-le dije.
Él empezó a reír mientras pasaba su mano por mi muslo. Fue
instantáneo: estaba normal, luego me calenté y sentí el orgasmo. Frente a
nosotros pasaban los otros donadores. Deseé que fuera una mujer, deseé que fuera
el profesor de psicología...
-¿Qué profesor es ese?-preguntó él separándose de mí.
-El de psicología. Perdí hoy cinco orgasmos. Por alguna razón
pudo verme mientras se masturbaba.
-¿Qué?-preguntó subiendo el tono de voz.-¿Cómo que te vio?
No debí haberle dicho, pero este maldito sabía poner ese
hechizo para engatusarme. Me sentía levemente mareado.
-Estaba masturbándose y me vio. No sé cómo lo hizo.
-Lo hizo porque lo permitiste-dijo molesto.-Tú estabas
dejándolo seducirte. Cuando un donador se enamora de su encargo y piensa igual
que él, la persona empieza a verlo.
-Eso no es cierto. Yo no me he enamorado de ese cretino,
lerdo y mal hablado estúpido.
-Te gusta. Llevas estudiando y trabajando casi cuatro años, y
este semestre ha sido la primera vez que has dejado de cumplir con tus
obligaciones con la perfección con que sueles hacer las cosas. Ese hombre te
cautivó y te atrajo desde el principio. Creo que debes de dejar de ir a esa
clase no importa cuanto te guste él o la materia. Sabes que eres el mejor, y no
porque me gustes te lo digo, sino porque es la verdad. Además, en el momento en
que pierdas la virginidad, pierdes tus poderes.
Luego de decir esto, se levantó y se marchó. Yo sabía que ese
hombre estaba pendiente a mí desde hacía tiempo, tal vez porque su deber es
acostarse con todos los donadores, y conmigo no lo ha conseguido. Claro, me
gustan las mujeres.
Ese profesor de psicología me tenía muy confundido. Me estaba
enamorando de él, tan necio y majadero que es. Si perdía mi virginidad se
disiparían mis poderes. Eso tenía que ser mentira. Es psicológica, emocional y
fisiológicamente imposible que una persona que vea a otras teniendo sexo no se
deje resistir ante la tentación. Además, todos los donadores éramos hermosos y
tenernos los unos a los otros y no disfrutar nunca de la compañía de los
demás...
Ahí estaba el profesor, sobre su cama, tocándose, podía
sentirlo. Aparecí en su habitación y me senté sobre la cómoda a mirarlo. La
colcha de la cama estaba en el piso, su cabeza reposaba sobre la almohada blanca
y él, seductoramente excitado, se tocaba todo el cuerpo: el pene y los
testículos, las tetillas, el abdomen... ¡Qué delicia! Tenía un trasero firme. Lo
noté aquel día que estaba discutiendo el condicionamiento clásico de Pavlov. Que
ganas de tocarlo... Tenía el cuerpo muy bien definido. Leves vellos subían desde
sus genitales hasta el ombligo. Era un hombre hermoso.
Dejó de tocarse y me miró sonriendo.
-Sabía que ibas a venir-dijo.
-Es mi trabajo-contesté voz baja.
-¿Cómo lo haces? ¿Cómo logras que uno se excite?
-Tú te excitas solo, yo te doy el orgasmo. Me acerco a ti y
te toco. Es sencillo.
Se sentó con una pierna ligeramente flexionada, el pene
erecto, circuncidado, de unos dieciséis centímetros de largo y cuatro de ancho,
(ya lo había medido, trato de medírselo a cada hombre que dono el orgasmo),
lleno de venas, con la punta mirando hacia el techo. Le dio unas palmadas a la
cama como gesto para que me sentara. Salté de la cómoda y fui acercándome con
cuidado, dejando que mi propio miembro se fuera calentando. Me trepé en la cama
y me senté frente a él. Miró mi rostro, directo a los ojos y sonrió.
-Estoy loco por ti-confesó.-Eres sublime, magnífico, listo,
intrigante, gracioso... Quiero que estés conmigo.
Yo estaba embelesado, perdido en el marrón dulce de sus ojos,
suspendido y extasiado por el milagro perfecto de sus labios húmedos y
sensuales.
Le sonreí levemente, temblando. Me agarró la cara por los
costados y me besó, introduciendo la lengua en mi boca. Lo sentí caliente, y su
miembro, duro contra mi ropa. Echó mi cuerpo cuidadosamente sobre la sábana
acariciándome. Metió las manos dentro de mi pantalón y me levantó. Yo rodeaba
con mis brazos su cuello. Lamía mis labios, mi oreja... Todo se sentía tan rico.
Era la primera persona que me tocaba y besaba de aquella forma.
Yo temblaba entero, dejándole hacer conmigo lo que quisiera,
excepto las manos, no podía tocarme las manos.
-¿Por qué?
-No querrás correrte tan rápido, ¿verdad?
-Ahí es donde tienes tu poder, en las manos, ¿no?
Lo besé como respuesta. Yo, sentado encima de él, rodeándole
la cintura con mis piernas. Desabrochó mi camisa con cuidado y lentitud,
disfrutando de ese momento. Lamió mi boca en lo que quitaba la camisa, y empezó
a depositar dulces besos en mi cuello y hombro. Repasó con la lengua mi tetilla
izquierda y la succionó con cariño. Acarició con su mejilla mi tórax mientras me
enviaba mirabas lascivas. Podía sentir el latido de mi corazón y la respiración
agitada de mi pecho.
Me puse de rodillas frente a su cuerpo al mismo tiempo que
rozaba con sus labios mi vientre y masajeaba mis nalgas. Bajó los pantalones
dejando escapar mi sexo, duro y necesitado de atención. Él besó la punta,
haciéndome gemir. Me envolvió con sus fuertes brazos y me echó de nuevo sobre la
cama. Nos besamos y estrujamos como locos, comiéndonos como podíamos, mientras
tratábamos de fundirnos en el cuerpo del otro con fuertes y desesperadas
caricias.
-¡Qué rico se siente!-exclamé.
-¿Qué es lo que más te gusta?
-No sé. Tú sigue, sigue ahí. Nadie me había hecho esto.
-¿Nadie?-preguntó mirándome.
Subí el rostro y seguí besándolo. No era el momento apropiado
para explicarle que a lo mejor perdía mis poderes por lo que estaba haciendo.
-Los hombres producen una lubricación natural llamada
pre-eyaculación y puede contener espermas. No olvide usar un condón si esa es la
manera en que va a asegurarse de que no haya consecuencias indeseables por tener
sexo. Gracias por su atención, llame luego.
Él empezó a reírse y me besó en la punta de la nariz.
-¿Así contestas el teléfono?-preguntó deslizándose hacia la
mesa de noche y sacó un pote de lubricante.
Había visto a miles de parejas usar lubricantes para la
penetración. Ahora me iban a penetrar a mí.
-¿Dolerá mucho?-pregunté asustado.
Él sonrió.
-Sólo un poco-dijo mientras abría el pote y sacaba la crema.
Untó su pene completo con ella. Bajó la cabeza hasta mi ano y
empezó a lamerlo. Sentí cómo llegaba al cielo. Ese acto tan íntimo era muy
excitante. Gemí y me sentí lleno de placer. Me lubricó con su saliva por algunos
minutos.
Se separó y echó más crema en su mano, cubriendo los dedos
también. Me separó las piernas con suavidad, me miró y empezó a introducir uno
de sus dedos en mi ano. Sentí una punzada de dolor y moví las caderas. Arrugaba
la sábana con la mano tratando de calmar el dolor. Luego introdujo otro dedo, y
más tarde, otro más. Me dolía mucho, pero aguanté. Yo soy un ser que tiene
poderes sobrenaturales, podía aguantar eso y mucho más. Jugó con los dedos
dentro de mi cuerpo un rato. Inmediatamente, los sacó y me subió las piernas
abiertas colocándolas sobre sus hombros. Posó el pene en la entrada de mi recto
mientras apoyaba las manos a mi lado, sosteniéndose, imagino que para regular el
movimiento de la penetración.
Me miró a los ojos y sonrió. Yo le devolví la sonrisa.
Introdujo su pene con cuidado dentro de mi cuerpo sin dejar de verme rostro. Yo
apretaba los dientes y cerraba los ojos con fuerza.
-¡Ah!, Duele, duele mucho.
-Ya va. Venga, querido, has visto esto antes, ¿no?
-No es lo mismo verlo que sentirlo.
Cuando estuvo dentro empezó a moverse. Yo gemía levemente
ante las pequeñas embestidas. Mantenía las manos lo más alejadas posible para no
tocarlo. Podía sentir a otros hombres excitados cerca de mí, pero no iba a
abandonar este momento único y especial por ir a complacer a otros. ¡Qué se
aguanten! Yo llevaba toda mi vida esperando un momento así.
Iba a venirse, pero se detuvo y apartó su pene de mí.
-Vuélvelo a meter-le pedí.
Él me miró extrañado. Volvió a ubicarse en la misma posición
y me penetró. Después de unos segundos, bajé mi mano hasta su pene y lo toqué.
Gritó al sentir el orgasmo y eyaculó dentro de mí. Cuando el placer abandonó su
cuerpo se arrojó a mi lado, exhausto.
Yo esperé paciente hasta que se echó a donde mí. Pasó el
brazo izquierdo por mi espalda y me sostuvo con firmeza en lo que agarraba mi
miembro. Empezó a masturbarme con rapidez. Yo puse mi mano encima de la suya y
eyaculé encima de mí. Se sintió divino llegar al orgasmo mientras me tocaba. Se
tumbó a mi lado y me abrazó.
-¿Por qué algunas mujeres no tienen orgasmos y los hombres
sí?-preguntó después de quince minutos de reposar acurrucados.-¿Por qué ellas
son multiorgásmicas y nosotros casi no lo somos?
-Hay donadores de orgasmos y donadoras de orgasmos. Yo, como
donador, que soy el mejor-dije sonriendo-toco a un hombre y sigo al otro. Las
donadoras se quedan con las mujeres y las tocan repetidas veces, pero no le
pueden brindar a todas por estar dándoles muchos orgasmos a una sola.
Él empezó a reírse a carcajadas.
-Es tan cierto. Tiene lógica. Ja, ja, ja. Ahora, dime, ¿eres
el mejor? ¿Por qué es eso?
-Soy bien rápido, se organizarme y tengo suerte. Además, las
comisiones son muy buenas, y al final de cada año premian al mejor. Yo he sido
premiado tres años consecutivos.
-¿Cuáles son las comisiones y los premios?
-Pues tengo que hacer una productividad y por cada orgasmo
que haya dado por encima de lo que me exigen, me dan orgasmos a mí.
-¿Ah, sí?
-Sí. Me acuesto en una cama muy cómoda y empiezo a recibir
orgasmo tras orgasmo hasta que se terminen. Una vez recibí quince. Fue
divino-dije riéndome.
-Eso está bueno.
-Los premios son poderes. Puedo volar, mover los objetos sin
tocarlos y escuchar cosas a lo lejos, por ejemplo, el ritmo de tu corazón.
Movió mi pelo mientras sonreía y me observaba a los ojos.
Detrás de él, logré levantar el pote de lubricante sin tocarlo... No había
perdido ningún poder. Si tuviera que adivinar, todo fue mentira del profesor
para reservarme y poder perder mi inocencia en sus manos. Sin mucha
preocupación, me acurruqué junto a mi nuevo amante contento y gozoso, listo para
descansar. Había perdido la virginidad, estaba feliz, era hermoso, era el mejor,
era, simplemente, el Donador de Orgasmos.