Ya era casi por la tarde. No había tenido la oportunidad de
acercarme a él y decirle lo bello que estaba. Su pelo negro, su piel clara y sus
ojos azules. Después de haberle hecho el amor por primera vez el día anterior,
no habíamos podido decirnos nada. Nos besamos, nos abrazamos, nos quisimos... y
después me fui corriendo hacia mi casa y él para la suya. Llegué esta mañana con
nerviosismo, pero él ni siquiera reparó en mí.
En clases, fantaseaba con la relación del día anterior. Mi
verga se ponía dura y mojaba levemente mis pantalones... Sufría por verlo ahí y
no poder tocarlo.
El profesor tuvo que salir de repente y los alumnos se
deshicieron en travesuras y griterías. Me acerqué al pupitre y tomé asiento
detrás de él. Leía apaciblemente un libro de terror. Soplé en su oído y le dije
lo bello que se veía. Él volteó su rostro mirándome con sorpresa y me sonrió.
"Tú también luces hermoso".
-No puedo dejar de pensar en lo de ayer-le confesé.
-Yo tampoco-me dijo dulcemente.
-Vamos al baño-le propuse.
Él se levantó y me siguió. Salimos sigilosamente por la
puerta, cruzamos el pasillo y entramos al baño. Por suerte no había nadie.
Cerramos la cerradura de la puerta.
Lo lancé contra la pared y le quité el libro. Besé sus
hermosos labios en lo que lo acariciaba rudamente por el cuerpo. Desnudé su
torso lamiendo con ímpetu su pecho, sus tetillas... Lo miré a los ojos, esos
ojos profundos, y metí mis manos dentro de sus pantalones y lo pegué a mí
mientras lo agarraba por las nalgas. Pegué mi pene ya erecto al suyo y me moví
par de veces hacia él como si penetrara a una mujer. Él gimió lanzando la cabeza
para atrás y cerrando los ojos. Olía a perfume de hombre, una exquisitez
absoluta.
Bajé sus pantalones y luego lo abracé inclinándolo hacia el
piso. Lo puse amorosamente en el suelo y fui descendiendo hasta su verga dura,
hermosa y limpia. Besé la punta y lamí todo el tronco hasta llegar a sus
testículos. Olía tan rico. Olor a macho, a hombre limpio y cuidado. Agarré su
polla en mi mano y me la introduje en la boca. Subía y bajaba por ella. Él
sostenía mi cabeza con sus manos y de vez en cuando apretaba los dedos en señal
de placer. Sus ojos estaban cerrados, la boca abierta... Tenía las piernas muy
separadas, podía verle el recto. Baje hacia él. Clavé mi lengua en su agujero y
volvió a gemir. Le ensalivé el ano preparándolo para poseerlo.
Me quité el pantalón y me puse encima suyo. Subí sus piernas
y rodeó mis caderas con ellas. Lo volví a mirar a los ojos. Él estaba temblando.
-¿Estás nervioso?-le pregunté.
-Alguien puede entrar.
-Mejor, así tenemos público. Sería más excitante.
-Yo no puedo sentirme más excitado de lo que estoy en estos
momentos-me dijo con la voz entrecortada.
Sentí una enorme felicidad. Lo besé mientras introducía mi
miembro en su ano. Suspiró de repente, mezcla de dolor y gozo. Tomé sus manos y
las mezclé con las mías sobre su cabeza. Empecé el mete y saca con deleitable
suavidad. Lamía su rostro, su cuello, sus orejas... Él me devolvía las caricias
con delicia. Mis caderas estaban en un exquisito ritmo de amor, enterrando mi
pene en su cuerpo, haciéndome uno con él como el día anterior. Ese cuerpo
caliente y hermoso me recibía con aceptación y humildad.
Me acercaba al orgasmo. Aceleré el ritmo de las embestidas
hasta que eyaculé dentro de él. Traté de ahogar el grito, pero se me escapó.
Sentí un alivio cegador riquísimo. Él esperaba pacientemente debajo de mí. Le
sonreí. Puse mi mano en su mástil caliente y duro. Lo acaricié. Me acomodé a su
lado y lo empecé a masturbar mientras lo besaba con cariño en su rostro. De
pronto alguien trató de entrar al baño. Yo aceleré el ritmo de mi mano en su
miembro hasta que se vino en silencio. Atrapé el semen que botó y lo limpié en
mi camisa blanca. Tocaban en la puerta.
-¡Un momento!-grité.
Me levanté y me puse el pantalón lo más rápido que pude
mientras él se vestía también.
-¡Abran!-exclamaron.
Fui hasta la puerta, contuve el aliento y la abrí. Era mi
profesor.
-La puerta se trancó-le dije.
Él me miró de arriba a bajo y desvió sus ojos hacia mi
hermoso amante que acababa de recoger su libro del piso.
-Antes de que regresen al salón, asegúrense de arreglarse la
ropa, peinarse y enjuagarse la cara. Yo iré al baño de la sala de facultad. Con
permiso-dijo y se fue.
Yo no podía creer lo sucedido. Me empecé a reír.
-Habrá que traerle una manzana mañana-dije.
-Asegúrate de traerle todo el cesto-dijo mirándome.-Yo te doy
la mitad del dinero.
-Pues yo quiero algo y no es dinero ni la mitad de ese algo.
-¿Qué es, entonces?-me preguntó.
-Tu corazón.
Sonrió.
-Ya lo tienes-dijo sonrojado.-Tienes mucho más que eso...
-Lo sé. Tu también.
FIN