LA BIBLIOTECARIA Y SU "SECRETO" (2).
Por fin llegó el viernes. Tal y como habíamos quedado, María
(que así se llamaba) y yo salimos juntos de la facultad en dirección al
aparcamiento. Parecíamos verdaderos amantes que se esconden de las miradas de la
gente y guardábamos las apariencias en cierto modo. Al llegar al coche no
dudamos en besarnos y poner una sonrisa de oreja a oreja en señal de prueba
superada. Ella temía que una relación de ese tipo pudiera perjudicarla en su
trabajo, debido principalmente a la temporalidad de su contrato.
Como en toda la semana llovía a mansalva y al llegar a su
apartamento nos pusimos de nuevo perdidos de agua hasta las cejas. Eso no evitó
que al dejar la puerta cerrada tras de sí, nos abrazáramos apasionadamente y
empezáramos a besarnos. No tardamos en llegar al salón donde ella dio un respiro
a la lujuria invitándome a sentarme en el sofá. Tomamos varias copas y nos
reímos de nuestra aventura. Ella solía decir que estaba loca por haberme dado
pie pero yo le rebatía todos los argumentos diciéndole que cada día la veía más
alegre y más guapa. En un momento de silencio, María me dijo que en caso de
seguir adelante no dudara en parar si me sentía incómodo ya que le había dado
más en mi primer encuentro de lo que esperaba. Tal y como me confesó, sus
relaciones íntimas con su ex marido fueron algo rígidas y "distantes" y después
de aquello no había tenido más contactos con hombres. De repente me encontraba
incómodo por sus pensamientos y le repetía una y otra vez que cómo iba a
sentirme incómodo con una mujer como ella. Suavicé la situación con un tierno
beso en su mejilla y otro muy seguido en los labios. Ella me miró fijamente y
levantándose me guió de la mano al dormitorio.
Nos desvestimos de pie, muy despacio, disfrutando de nuestros
cuerpos. Mientras me besaba el pecho yo acariciaba su cintura y mordía su
cuello. Era muy bajita y rodearla con mis brazos me daba una extraña sensación
de protección y posesión. La eché sobre la cama y la rodeé nuevamente con mis
brazos. La luz era tenue pero lo suficiente para apreciar unos preciosos senos.
Tal y como pude apreciar momentos antes, su volumen era enorme y eso hacía que
cayeran hacia abajo sin disimulo pero su forma redondeada daba un placer inmenso
al tacto. Eran muy blancas y cálidas, dejando ver pequeños capilares alrededor
de sus aureolas. Mordí uno e sus pezones mientras pellizcaba el otro y enseguida
reaccionó sonoramente. Mientras su cuerpo se erizaba, ronroneaba de placer. Bajé
hacia su ombligo y note que se empezaba a vibrar. Sus latidos eran fuertes al
apoyar mi mano en su pecho. Terminé en su frondoso bosque, rizado y oscuro en
contraste con la piel suave y blanquecina de su cadera. Le besé la raja, le
chupé los labios y posé mi boca en su parte superior. Ella respiraba
fuertemente. Al instante noté una protuberancia exagerada en su vulva. Estaba
claro que su clítoris era de un tamaño mayor del normal. Se asemejaba al de un
garbanzo y el capuchón de piel que lo recubría se puso duro al notar el calor de
mi aliento. No dudé en metérmelo en la boca y lamer con mi lengua aquel
delicioso manjar. María soltó un gemido de placer sonoro y exagerado y abrió
totalmente sus anchos muslos. Su pequeño tamaño me permitía manejarla a mi
antojo y posando mis manos en su culo, llevé su coño hasta mi boca sedienta. Le
chupé su "garbanzo" fuertemente y se lo lamí con fuerza. Por entonces, sus
caderas oscilaban ligeramente de un lado a otro y con respiración entrecortada
gritaba: ¡dios… siiiiii….. me voy….. dios……!
Aquello me animó a darle mayor placer y a trabajar con más
ligereza con mi lengua. Lo que ocurrió después terminó de sorprenderme. De su
vagina salió expulsado un chorro de liquido acuoso que me puso la cara pegajosa.
No puedo decir cómo ni porqué pero mi excitación se hizo máxima con aquella
respuesta y enterré mi lengua en su cavidad para chupar todo el líquido que
pudiera haber derramado. Su sabor especial me erizó todo el cuerpo. Bebía de su
esencia y sentía en mi interior todo el placer que le estaba dando a ella. Tras
un instante de pausa me cogió la cabeza y me subió a la altura de su cara. Mi
erección estaba a mil, de hecho me dolía lo dura que la tenía. Puse sin dudarlo
mi pene entre aquellas montañas cálidas y al momento sus manos apretaron las
tetas para que no pudiera escaparse. Me moví al principio lentamente, saboreando
ese inmenso placer. En cada empujón sus tetas llegaban hasta su rostro y mi
polla se perdía en la inmensidad. Me deslicé un poco más arriba y así pude ver
salir mi glande de entre aquel par de globos. Golpeaba en su barbilla y María no
tardo en abrir su boquita. Cada vez que mi punta salía al exterior, era lamida
por una golosa lengua. Estaba a punto de correrme….
¡ vete en mi boca….. vamos …. Dámelo todo….!
Como un loco empecé a masturbarme a mí mismo y sin ser dueño
de mí mismo eché toda mi leche en su boca y cara. Fue una experiencia excitante.
Estuvimos un rato tumbados, uno junto al otro disfrutando del
momento. Me llegó a preguntar si había disfrutado a lo que respondí que no
dudara de ello.
Tuve otra erección entre caricia y caricia y entonces decidí
disfrutar de su culo.
La tumbé bocabajo y ella se dejó hacer. Pude comprobar que
aquel blando trasero permitía amasarse con facilidad. De hecho era una tentación
abrir sus nalgas para introducir toda mi cara en su interior. Le lamí de nuevo
aquel inmenso clítoris quitándole todos sus complejos y le chupé su agujerito
superior, pequeño y rosado. Ella se dispuso a cuatro patas mostrando su lustroso
trasero y entonces no dudé en perforar de nuevo el coño escondido entre una
poblada melena de vello púbico. Me agarré al culo y empujé fuerte. Ella volvía a
chillar y inclinándome hacia delante le agarré su pequeño "capullo". Le acaricié
con brusquedad mientras la follaba hasta el fondo. No tardó en mojarme la mano y
respondí con una corrida simultánea. Me dí cuenta que esa nueva experiencia me
volvía un animal sexualmente frenético.
Así pasó la noche del viernes y todo el fin de semana.
Evidentemente, el lunes posterior estábamos exhaustos y nuestras miradas
cómplices que se encontraban en la biblioteca traducían un deseo incontenido.
Debíamos vernos el próximo fin de semana y no antes. La espera fue terrible y
mis noches húmedas soñaban con violarla en múltiples situaciones y ver como se
corría a borbotones. Me obsesioné con su facilidad para llegar al orgasmo y
jamás había visto a alguien que pudiera eyacular que fuera de sexo femenino.
Cuando nos encontramos nuevamente a solas, disfrutamos de
nuestros cuerpos sin prejuicios de ningún tipo. Así pasaron los meses y una de
mis mayores excitaciones era verla correrse cuando se tocaba. Un día, minutos
después de habernos follado, intenté besar su secreto y me dijo que esperara,
que se estaba orinando. Fue al baño y yo la seguí. Fue la primera vez que la ví
orinar. Era una sensación extraña ver a una mujer orinar delante mía. Un caño de
pis caía en la taza del water. Aquello se repitió en varias ocasiones hasta que
un día le pedí que se tocara justo antes de orinar. Me miró con sonrisa pícara y
abriéndose de piernas encima de la taza, empezó a tocarse el coño. Se cogía con
dos dedos aquel pequeño pene de miniatura y lo frotaba de un lado a otro. Se
corrió de manera escandalosa y acerqué mi cara para ver como expulsaba sus
esencias vaginales. Le besé su chorreante raja y al instante empezó a mear. Me
bañó toda la cara e incluso el pelo. Un inmenso chorro de líquido amarillo y
salado invadió mi rostro y una erección surgió de mi interior. Allí mismo se la
metí, de cara a la pared. Luego la cogí en alto y la monté apoyando su espalda
en un pequeño armario junto al lavabo. Su pequeña estatura permitía montarla sin
dificultad y sus muslos se abrazaron a mi cintura. Eyaculé al instante porque
estaba a cien por hora. Fue una experiencia espectacular.
Durante casi un año experimentamos mil y una formas de
amarnos y cada una superaba a la siguiente. Luego pasó lo inevitable. La
trasladaron a otra ciudad y perdimos el contacto. Nos vimos en otro par de
ocasiones e incluso nos escribimos correos con asiduidad pero pronto se enfrió
la relación. Lo importante es que yo aprendí a dar placer a una mujer y ella
dejó de sentirse mal con su cuerpo. En fin, como siempre digo, cada mujer es un
tesoro escondido por descubrir. Un saludo para todos y todas mis lectores que
tienen el valor de seguir mis relatos.