Soy mujer de 25 años. Mi nombre no importa. Mi aspecto físico
tampoco. Lo único que importa es mi culo. Tengo un culo chiquitito y respingón,
que cabe en una talla 36 de pantalón. Bastante blanco por la falta de sol (a
pesar de que de vez en cuando me dejo caer por la playa nudista). Su piel es
suave y sedosa y lo tengo bastante firme (no en vano he hecho deporte todos
estos años). Me gusta vestirlo con tangas que se pierden entre mis glúteos y
cuya tira me proporciona un contacto con mi ano rosado. Mi ano, en otros tiempos
tímido y cerrado, luce ahora abierto la mayor parte del tiempo, mostrando su
interior rosado y sin oponer ninguna resistencia a la entrada de cualquier
agente externo, ya sea polla, dedos, consoladores,… Me encargo de tenerlo
siempre lubricado con vaselina, no porque me haga falta (ha llegado ya un punto
que la vaselina no es necesaria), sino porque lo mismo que mi coño se humedece
cuando estoy caliente, me gusta que mi entrada trasera tenga su propia humedad.
Me hace sentir más excitada. Os voy a contar la historia de cómo empezó mi
obsesión.
Mi vida sexual empezó bastante tarde, hasta los 20 años no
tuve ningún contacto con el "miembro" masculino, todo lo más que había hecho
había sido meter la lengua en la boca de un tío y dejarme sobar un poco las
tetas. Aunque no lo parezca, soy bastante tímida y me costaba bastante tontear
con algún chico y, mucho más, llegar a algo más. Fue mi primer novio el que me
introdujo a las delicias del sexo. Nada especial: masturbaciones, sexo oral y
penetración vaginal.
Tuvieron que pasar todavía unos tres años hasta la primera
incursión en mi agujero negro. Fue con un chico que conocí una noche en una
fiesta de un amigo común. Nos caímos bien, nos gustamos, nos enrollamos y
acabamos en la cama. Mientras me estaba follando, él, mojó su dedo con mis
fluidos vaginales que resbalaban por la cara interna de mis muslos y me metió el
dedo en el culo. No recuerdo haber sentido dolor, solo recuerdo la impresión que
me causó sentir de repente invadido mi culo. Ni siquiera movió el dedo, se
limitó a tenerlo dentro. A partir de entonces, las sensaciones se multiplicaron
y desencadené en el orgasmo más intenso que hasta entonces había tenido
follando, no dejé de tener convulsiones hasta que él se vació en mi interior y
me sacó despacio, tanto la polla de mi vagina, como el dedo de mi culo.
A partir de ese momento empecé a sentir curiosidad por el
sexo anal. Mis inicios fueron muy tímidos, se redujeron a introducir un dedo de
vez en cuando en mi ano en mis frecuentes masturbaciones. Me gustaba, sentía
como mi esfínter abrazaba mi dedo y se resistía a su penetración. Cuando estaba
dentro, le daba vueltas tocando las paredes de mi intestino y jugaba a
penetrarme metiendo y sacando el dedo despacio, tenía miedo a hacerme daño.
Comencé también por entonces a leer relatos relacionados con
penetraciones anales. Cada vez me excitaba más el tema. En las películas porno
(si, aunque la mayoría de las mujeres lo nieguen, también nosotras vemos pelis
porno), ponía una y otra vez las escenas que incluían sexo anal.
Con el tiempo, mis masturbaciones se fueron centrando en mi
ano, cada vez cogía más protagonismo. Al principio, me tocaba el clítoris a la
vez que me penetraba para provocarme los orgasmos pero, con el tiempo, aprendí a
correrme tan solo metiendo mis dedos en mi culo. Empecé a usar más de un dedo y
a aplicarme lubricante.
Lo que más retrasó la entrega de mi ano fueron mis amigas. Un
día salió el tema del sexo anal mientras estábamos tomando un café (en realidad
el tema lo saqué yo, que para esos entonces ya estaba empezando a obsesionarme).
Estábamos seis en total, de las cuales, una no lo habían probado nunca ("nadie
va a profanar mi culo" fueron sus palabras exactas). Otras dos se habían
limitado a dejarse meter un dedo de vez en cuando, pero no pensaban ir más allá.
Y de las dos que quedaban, una lo había probado una vez y, según ella, nunca
había sentido un dolor tan intenso y, por tanto, nunca, nunca, nunca más
volvería a dejarse. La otra había empezado a acostumbrarse, ya había dejado de
dolerle, pero lo hacía por su novio, porque a ella no le gustaba, ni le iba a
gustar nunca. Como comprenderéis, este panorama me hico sentirme como un bicho
raro e hizo que reprimiera mi obsesión durante unos meses, y dejé de tocarme por
detrás, ya que, todavía no había descubierto que lo que opinara la gente a mí me
importaba un pimiento.
No pasó nada en especial para que volviera a retomar mis
pequeñas entradas a mi intestino, simplemente, un día que me estaba masturbando
volví a meter el dedo. Entonces, después de tantos meses sin trastear en mi
"zona sucia", mi orgasmo me recordó lo que se sentía. Decidí entonces que
trabajaría mi ano, lo abriría, le daría elasticidad, y algún día se lo
entregaría a alguien.
A partir de ese día, mis masturbaciones comenzaron a ser
diarias y solo por el culo. Era como si mi vagina y mi clítoris hubieran
desaparecido de mi cuerpo. Solo tenía ojos para mi ojo (valga la redundancia).
Como lo de los dedos ya lo tenía superado, empecé con
diversos objetos. Analizaba cualquier cosa que me encontraba por mi piso
sopesando la forma y el grosor y los clasificaba como objetos válidos o no
válidos. Los que consideraba válidos dormían esa noche conmigo. Los primeros que
usé eran de un fino grosor, como bolígrafos, velas,… pero pronto esos objetos
empezaron a ser demasiado finos para mi culo, que ya estaba empezando a dar de
sí.
El primer objeto de mayor grosor que usé fueron unas bolas
chinas que tenía de hacía tiempo. Estuve una temporada dándoles un uso vaginal,
pero hacía mucho tiempo que habían caído en el olvido. Me acordé de ellas cuando
iba rastreando la casa en busca de un objeto más grueso con el que dormir esa
noche. Eran dos bolas unidas por un cordón, que tenían unos 3 centímetros de
grosor. Tras untar mi culo bien con vaselina, empecé despacio a introducir la
primera bola, ¡que gusto conforme mi esfínter iba abriendo paso a la bola! Una
vez pasado el máximo grosor, que correspondía al diámetro de la bola, mi
intestino se la tragó entera. Pero tenía más hambre, mi culo me pedía a gritos
que le diera la segunda, y yo, atendiendo a sus súplicas, se la ofrecí empujando
la bola con dos dedos hacia mi interior que, al igual que la primera,
desapareció en un momento. Sentí perfectamente como la segunda bola empujaba a
la primera y se acoplaban las dos perfectamente en mi intestino. Pero lo mejor
de todo fue tirar del cordón: las bolas salían forzadas al exterior,
produciéndome al salir una sensación indescriptible que me hicieron derivar en
un orgasmo. Esa noche me pasé. Tuve que estar los dos días siguientes sin tocar
mi culo para que curaran mis heridas.
A partir de ese día le perdí el miedo y empecé con las
hortalizas que, en forma y grosor, eran el objeto más adecuado que tenía en mi
casa. Las zanahorias estaban bien para ir aumentando progresivamente el grosor
pero los pepinos…¡me llenaban entera! Los metía muy despacio (son bastante
gruesos y me costó acostumbrarme), iba introduciéndolos poco a poco sintiendo
como mi esfínter se dilataba al máximo manteniéndose tirante abrazando al
pepino. Una vez que conseguía meterlos dentro del todo, me sentía totalmente
invadida, colonizada, llena ¡con qué ansia era mi culo capaz de tragarse el
pepino! Me gustaba ir al espejo y ver como el pepino iba desapareciendo en mi
interior dejando mi ano completamente dilatado, abierto, rosado, saciado.
Estaba dispuesta a que educar mi ano para que pudiera ser
penetrado sin dolor en cualquier momento que me lo propusiera y, para eso, no
bastaba con las penetraciones que me hacía, no, necesitaba además mantener
largos periodos de tiempo mi esfínter abierto y lleno. No bastaba con introducir
un objeto, tenía que dejarlo a medio introducir para que mi ano estuviera
acostumbrado. Fue aquí cuando empezó la siguiente parte de mi plan.
Al principio probé con los pepinos, que tan buen resultado me
estaban dando. Me los dejaba introducidos por la mitad para que estuvieran así
toda la noche. No funcionó, mi ano los iba rechazando a medida que transcurría
el tiempo y cuando me despertaba estaban fuera de mí. Necesitaba algo que me
mantuviera el esfínter abierto sin que se me saliera. Fue así como me hice con
mi colección de plugs anales, de distintas formas, distintos grosores y distinta
longitud. Empecé comprando uno y poco a poco fui comprando otros de tamaño
creciente conforme me saciaba de los anteriores.
Me acostumbré a tener mi ano abierto gran parte del día: me
los ponía para dormir, para estar en casa, incluso a veces para ir a trabajar,
tan solo me los quitaba un rato al día para que mis intestinos cumplieran con su
auténtica misión fisiológica. Al cabo de una semana ya tenía el ano tan abierto
que hubiera entrado por ahí cualquier polla sin causarme el más mínimo dolor.
Estaba preparada. Tenía que conseguir que me follaran como fuera.
Como lo conocí no tiene importancia, por lo menos para mí no
la tenía. El caso es que me lo llevé a mi piso con una intención clara, aunque
él todavía no la supiera. Empezamos con los besos que, para mí eran tan solo un
trámite que había que cumplir hasta llegar a mi culo. Dejé que me desvistiera a
su gusto y me manoseara las tetas, me las chupara, me pellizcara los pezones. Yo
solo pensaba en su polla en mi culo. Me empezó a tocar el sexo húmedo, me frotó
el clítoris, me seguía besando. Yo ya no podía aguantar más, necesitaba que me
abriera el culo y bombeara en él, y se lo dije:
¿quieres darme por culo?
Lo que pensó él, ni lo sé, ni me importa. Solo se que se le
iluminaron los ojos y me dio la vuelta poniéndome a cuatro patas. Me metió un
dedo, solo una vez, seguramente se daría cuenta que un dedo era muy poco para
semejante agujero. Y entonces llegó: su polla se introdujo de lleno en mi
intestino, de un golpe, sin ninguna resistencia y sin ningún dolor, hasta tocar
con sus huevos en mi coño que segregaba fluidos sin parar. Pero cuando empezó a
moverse…. ¡DIOOOSSSSSS, AHHHHGGG! ¡qué oleada de placer me invadió! ¡SIGEEEE…..
NO PARES….. AHHHHGGG ……MÁS FUERTE! Él cada vez hacía más violentos y rápidos sus
movimientos pélvicos, mientras que yo empujaba con el culo hacia atrás para que
sus penetraciones fueran más profundas. ¡DIOSSS ...... RÓMPEME EL CULO …. EMPUJA
……. AAHHHGGG! A pesar de haber tenido objetos más grandes y más gruesos en mi
interior, el ritmo de su follada me estaba llevando al cielo. Los orgasmos se
desencadenaron al conseguir, por fin, aquello para lo que llevaba tanto tiempo
preparándome….. ¡SIGUE CABRÓN …. LLÉNAME EL CULO DE LECHE! Y vaya si me lo
llenó! se detuvo en unos últimos movimientos más pausados, pero más profundos, y
se vació dejándome su leche en mi interior y resbalando por mis muslos. Caí
rendida en la cama.
Él se vistió y se fue. Mientras lo hacía me estuvo diciendo
algo pero la verdad es que no le presté la menor atención. Se fue y me dejó el
la cama tendida y con su leche saliendo de mi culo abierto. No lo he vuelto a
ver.
Desde ese día han entrado en mi culo pollas gordas, delgadas,
largas y cortas que me han penetrado, bombeado y llenado y, después de todo,
puedo decir: ¡ME ENCANTA QUE ME LA METAN POR EL CULO!
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Agradezco vuestra opinión sobre el relato, así como cualquier
idea para mejorarlos. Muchas gracias por vuestros comentarios en otros relatos,
me animan a seguir escribiendo.