LA BIBLIOTECARIA Y SU SECRETO
No se qué pensarán ustedes queridos lectores pero hay
experiencias en la vida que nos marcan para siempre. Cuando leemos relatos y
narraciones de diferentes personas podemos adivinar que detrás de sus historias
existen deseos incontrolados, fantasías insatisfechas, experiencias inolvidables
y secretos inconfesables que si no fueran escondidos tras un apodo, más de uno
sería incapaz de dar rienda suelta a su imaginación. Lo importante de todo ello
es que cada historia esconde muchos fragmentos de nuestro ser. De ahí que seamos
tantos los que disfrutemos de los relatos de los demás. En mi caso en cuestión
les contaré una experiencia que ocurrió muchos años atrás. Más concretamente en
mi último año de facultad y que evidentemente me marcó para el resto de mi vida.
Todo empezó en el primer trimestre del curso. Acababa de
romper una relación de 9 meses con una chica, más interesada en ir de fiestas
que en estar a solas conmigo. Sobra decir que a esa edad mis hormonas estaban
por las nubes y reconozco que pensaba a todas horas en el sexo. Era como válvula
de escape a tantas horas de estudio. El único problema estribaba en que aquella
chica no seguía ni de cerca el ritmo que yo marcaba. Como no podía ser de otra
forma acabó mandándome a un "lugar muy lejano" que no voy a mencionar y me quedé
sin novia y… sin sexo. Pasaron semanas en las que vagaba como zombi por la
universidad. Ni tan siquiera el deporte con los amigos calmaba mi desasosiego.
Como tantas otras veces me recluía en la biblioteca a estudiar e imaginarme mil
y una historias de encuentros amorosos.
Uno de esos días, tuve que sentarme en una de las mesas
cercanas a la de la bibliotecaria y eso significaba que, en caso de estar
acompañado de un amigo, nuestras conversaciones serían rápidamente sancionadas
por ésta. Pero tan pronto como tomé asiento en aquellas sillas tan "cómodas"
fijé mi mirada en la mesa de la directora de todo aquel enorme conjunto de
libros del saber humano. Comprobé que no era la mujer de días anteriores. Esta
chica en cuestión era más joven. Imagino que rondaría los 35 años
aproximadamente. No es que llamara excesivamente la atención pero siempre me
quedo con la cara de las personas y me gusta estudiar la fisonomía de cada una
de ellas, con sus defectos y virtudes. Imagino que si pintara bien sería un
estupendo retratista.
La chica se sentaba erguida delante de su ordenador con
rostro concentrado. Su cara era totalmente ovalada y unas pequeñas gafitas
rectangulares le daban un toque de intelectualidad. Los ojos no eran demasiado
pequeños pero sí su boca, cuyos labios bien formados se entreabrían cada cierto
tiempo mientras tecleaba frente a la pantalla. Lo que más llamaba la atención
era que llevaba el cabello recogido en una especie de moño. El color era caoba y
todo el pelo quedaba perfectamente recogido hacia atrás. Yo no dejaba de mirar
cada detalle suyo. Ví que unas pequeñas manos regordetas eran las que hábilmente
repiqueteaban sobre el teclado. Llevaba hecha la manicura y el color de uñas
resaltaba un intenso rojo sangre.
La gente pasaba de un lado a otro con sus carpetas, libros y
otros enseres. Los asientos no dejaban de ser vaciados y ocupados por nuevos
estudiantes. Era una de esas tardes de ebullición. Por un momento la perdí de
vista entre tanta muchedumbre y cuando volví la vista a su mesa ya no estaba
allí.
Entre un grupo de chicas que ojeaba una de las enormes
estanterías pude verla de nuevo. Había cogido un taburete para elevarse a las
últimas baldas de la librería y se disponía a ordenar ciertos libros de
filosofía. Llevaba un corpiño en cierto modo ajustado que mostraba un prominente
busto y sus pantalones oscuros le quedaban holgados dejando caer las perneras
hasta unos zapatos de tacón pequeño. Cuando pude fijarme mejor imaginé que
debajo de aquellos pantalones se escondería un trasero voluminoso y unas anchas
caderas. Su fisonomía así lo delataba. Tenía las piernas cortitas y su estatura
era más bien bajita por lo que quizás aparentara mayor volumen del que tenía a
primera vista. A mis 23 años y deseoso de sexo y con una imaginación
desbordante, rápidamente me imaginé una sesión de sexo intenso con aquella
menuda mujer de apariencia experta y algo antiguada. No dejaba de mirarla,
poniéndose casi de puntillas para llegar lo más arriba del todo con un pesado
libro y dejando al placer de la vista unas posaderas respingonas y apretadas.
Ella por un momento se percató de la mirada indiscreta y, con una fugaz mirada,
se cruzó con mis ojos. Al los pocos segundos volvió a sus quehaceres bajándose
de la sillita. Se fue al fondo de otro pasillo caminando erguida. Su forma de
andar era peculiar, sus pequeñas piernas le hacían dar zancadas muy cortas y los
muslos apretados le hacían mover las caderas de forma graciosa.
Ese día no le dí mayor importancia a mi descubrimiento pero
tengo que reconocer a al volver a los pocos días volví a fijarme en aquella
figura menuda. Cada día que pasaba por allí la veía más encantadora y sobretodo,
deliciosamente apetecible. Así que decidí realizar un primer acercamiento.
Al llegar a su mesa le pedí un libro de Derecho natural de
una edición muy concreta. Ella levantó la vista y creo pensar que me reconoció.
Imagino pensaría: ¡ya está aquí el pervertido éste!. Sin embargo se levantó de
si asiento ágilmente y con una sonrisa cortés me indicó que la siguiera. Yo la
recorría con la mirada desde atrás mientras seguía sus pasos. Al llegar a una
librería vio que el libro en cuestión estaba muy arriba, al igual que el primer
día que la "descubrí". Me dijo que esperara un momento. Llegó en seguida con el
conocido taburete y se subió en él de forma decidida. Con las yemas de sus dedos
buscaba entre tomo y tomo pero casi le costaba dificultad llegar a ellos. En
seguida y viéndola de puntillas, le puse una mano en la cadera y le mostré mi
ayuda. No dejaba de mirar su tremendo culo mientras ella rechazaba mi cortesía y
alcanzaba el dichoso libro solicitado. Al llegar a la mesa me tomó los datos y
por primera vez entablé una vaga conversación con ella. Hablamos del tiempo,
trabajo y cosas sin mayor trascendencia pero observé que detrás de aquellos ojos
inquietos, escondidos por unas finas gafas, se escondía una chica agradable y
muy social.
Pasaron las semanas y cada día que por allí pasaba la
saludaba y le hacía alguna inocente broma o le contaba algo gracioso. Poco a
poco me gané su confianza. Un buen día, estando sentado con la mirada perdida en
su forma de andar, no me percaté que se dirigía con sonrisa maliciosa.
¿En qué piensas chico?
Ah! Nada, nada…. Me preguntaba si alguien te está
esperando en casa cuando acabes de trabajar.
¿Cómo? Elevó la voz medio sorprendida. ¿No estarás
seduciéndome? Sonrió.
Bueno… ¿ y si lo hiciera te molestaría? Dije
convenciéndome a mí mismo de mis palabras.
Si te digo la verdad… hace mucho tiempo que no me espera
nadie en casa y por lo demás… creo que eres demasiado joven para mí ¿no te
parece?.
Sin dejar de mirarla le convencí que me dejara invitarla a
un refresco a la salida del trabajo para contarme algo de su vida y no
olvidáramos de nuestras obligaciones por unas horas. Costó trabajo pero al
final logré salirme con la mía y pasado un buen rato nos dirigíamos en mi
coche a un bar del centro de la ciudad. Tomamos unas copas y la conversación
se animó. Nos reíamos y charlábamos de multitud de cosas y yo no dejaba de
mirar sus oscuros ojos con deseo. Ella me sorprendió invitándome a cenar con
la excusa de que estaba hambrienta por un largo día de trabajo y yo accedí de
inmediato. Cenamos en un restaurante pequeño, acogedor y de comida italiana.
Bebimos vino y la conversación giró hacia nuestras vidas personales. Yo le
conté mis breves aventuras con chicas y ella me confesó que había estado
casada con un hombre durante dos años y que al poco la dejó por muchas
razones. Una de ellas era que ¡le daba asco!.
¡Increíble! Era una mujer joven, de buen ver y agradable…
¿cómo podía darle asco a un hombre?.
El caso es que su vida amorosa se resumió en un corto
noviazgo de juventud, muchos estudios y un corto matrimonio con final triste.
Evidentemente no paré de halagarla y decirle que a pesar de
mi edad la veía muy atractiva y medio en broma le solté que si fuera más mayor
no dudaría en seducirla de verdad. Entonces ella me miró fijamente durante un
rato. Pidió decidida la cuenta y me dijo que nos fuéramos a un lugar más
tranquilo.
Era una noche de lluvia y al salir nos pusimos empapados.
Corrimos hacia el coche y al entrar en su interior me besó.
Fue un beso apasionado, un beso de desesperación. Me mordió
el labio e incluso me introdujo su lengua. Yo le correspondí subiendo mi
temperatura corporal de inmediato. Nos fuimos a un parque ya que por aquel
entonces mi apartamento era compartido por dos estudiantes algo estúpidos y
ella no hizo por invitarme a su casa. Serían las una de la madrugada y no
había un alma en el lugar. Con la radio de fondo volvió a besarme. Ella misma
se desabrochó su camisa y entonces no dudé a su invitación. Metí la mano en su
interior y masajeé sus tetas, firmes y voluminosas. Ella no paraba de besarme
mientras le desabrochaba su sujetador para liberar aquellas dos maravillas. Su
piel era blanca y sus aureolas oscuras y de tamaño exagerado. Justo en el
centro estaban dos pequeños pezones erectos y rojos como las fresas. La mordí
y saboreé el calor de sus pechos. Ella gemía de placer y en seguida buscó mi
paquete.
Me abrió la cremallera y se metió mi pene tieso en la boca.
Sus tetas descansaban en mis piernas y su boca se deslizaba de arriba abajo
acompasadamente. De vez en cuando levantaba la mirada buscando mi aprobación y
ahora era yo el que gemía de gusto. Le cogí su cabeza, acariciando su pelo
mojado y encendí la luz del coche para apreciar su mamada. Aquello me excitaba
un montón. La ví allí, invadida por el éxtasis, con la mirada perdida mientras
chupaba mi enrojecida polla. Su pequeña boca engullía una y otra vez dejando
casi invisibles sus labios. Sólo podía verse una tremenda verga entrando y
saliendo de su cara redondeada. Estaba a punto de llegar al final y no quería
terminar así. Entonces la levanté y le volví a besar sus senos mientras daba
descanso a mi desesperado órgano que gritaba por estallar. Quise meterle mi
mano en su entrepierna pero ella me paró en seco. Sorprendido por aquello ví
que en seguida ella misma se bajaba sus pantalones seguidos de sus bragas.
Luego se sentó a bocajarro sobre mí penetrándome hasta el fondo. Echamos el
asiento hacia delante todo lo que pudimos para que su gran culo pudiera
trabajar a gusto. Le arranqué la camisa y sus tetas salieron disparadas hacia
mi cara. Ella movía sus caderas una y otra vez de delante a tras y algunas
veces giraba en redondo dejándome disfrutar de sus cachetes. Le apretaba el
culo con mis manos e incluso llegué a tocarle su agujero trasero. Ella ya no
gemía sino que soltaba tremendos gritidos de placer que hicieron que se le
soltara su cabello mojado. No era muy largo pero recortaba las facciones de su
cara. Estaba cachonda, excitada y no paraba de mover la cabeza, morderse los
labios y suspirar entre grito y grito.
Joder no puedo más ahhhhhh sigue joder….. muévete rápido
por favor….
Ahhhhhhhh me voy….siiiiiiiiii……
No aguanté más y la inundé por dentro. Ella exhausta cayó
al asiento de al lado mientras respiraba aceleradamente.
Al quitarse de encima mía comprobé que estaba mojado. Una
tremenda pringue de líquido chorreaba de mi entrepierna. Estaba claro que
tanto ella como yo habíamos disfrutado y una de dos: o yo había tenido una
corrida como nunca o ella había chorreado como jamás había visto en una mujer.
La llevé a su casa y le conté por el camino que había sido
fantástico. No entendía que alguien no pudiera desearla.
Prometimos volver a vernos dos días después. Sería un
sábado entero para los dos y significó un fin de semana inolvidable. Esa noche
dormí pensando en el encuentro y en cómo me había mojado tanto al follarla.
Pronto descubriría su secreto pero… no quiero cansaros. Eso lo contaré en mi
próxima entrega. Eso sí si os ha gustado ésta porque está claro que sin
lectores no hay…..magia. un saludo.