Tras el incidente, si es que se le puede llamar así, sufrido
en el salón de mi casa mientras mi padre, mis hermanos y yo visualizábamos uno
de los vídeos que mis progenitores se dedicaban a grabar en su más recelosa
intimidad, la cosa pareció calmarse. En lo que fue algo más de una semana
ninguno hicimos amago de acercamiento a otro. Mantuvimos la cabeza fría y las
distancias. Suponíamos así que desde otra perspectiva veríamos mejor cómo
tomarnos las cosas, como encauzar todas esas emociones que bullían en nuestro
interior.
Después de haber sentido el beso de mi padre, con aquel calor
y aquella plenitud propia de un adolescente, cargada de una increíble
afectividad, algo me animaba a acercarme a él con otros ojos. Me apetecía
abrazarle por cualquier cosa que decía, reírme a carcajadas limpias con sus
bromas, en compañía de Miguel y Javier. Algo había cambiado entre los hilos que
nos unían. Había nacido la complicidad, el secreto, lo prohibido.
En esos algo más de siete días tuve que bajar mi calentura
con Virginia. Ella estaba encantada y yo me la estuve follando sin ningún
reparo, ya fuese en su casa o en la mía.
—¿Te ocurre algo? —me preguntó una tarde, tras haberlo hecho.
—No. No me ocurre nada —me desquité.
—Hoy me has follado como si se lo estuvieras haciendo a otra
persona, Luis. —Al oír aquello di un respingo.
—¿Por qué dices eso?
—¿Es que no has oído las barbaridades que decías? —Me asusté
al no recordar que era lo que podía haber dicho, qué se había escapado de mi
boca. Al ver mi cara de confusión Virginia hizo por aclararme las ideas—. Luis,
hijo, vuelve al planeta tierra. Me has dicho: "Eres una zorra, ¿Te gustaría que
te follasen unos cuantos cabrones?"… Y al momento has dicho, "como a mí madre,
eh".
Me quedé helado. Mi sangre se hizo gélida y mi corazón se
paralizó mientras un suave temblor erizaba el vello que cubría mi piel por
entera. No podía haber dicho eso. ¿O sí? Estaba tan encerrado en mi mismo que no
me extrañaría hablar solo.
—No he podido decir eso.
—Pues lo has hecho —se cruzó mi novia de brazos—. ¿A qué ha
venido? ¿Debo saber algo? —Titubeé un poco hasta decidir qué hacer—. Ummm. No es
nada. Son cosas de mis padres. Problemas… De infidelidades —acabé confesando.
—¿Es grave?
—No. Ya está todo solucionado. No te preocupes. Pero prefiero
que no toquemos el tema.
—Está bien —se conformó mi chica—. Entonces será mejor que me
vista y me vaya. Tengo que empezar a estudiar para ese examen. —Comenzó a
recoger su ropa, que se esparcía por el suelo. Se vistió, se acercó a darme un
beso y salió disparada, dejándome allí tirado en la cama, desnudo, apenas tapado
con las sábanas arrugadas e impregnada de un fuerte olor a sexo.
Me tumbé y contemplé el techo, pensativo. No podía evitar que
mi mente tuviese una idea fija. Aquellos vídeos, las imágenes que escondían, las
imágenes que ya había contemplado y la escena de Javier devorando el tremendo
instrumento de mi padre, con Miguel perdido en el interior de su boca y el beso
que me regaló con tanta candidez que aún podía sentir el ardor sobre mis labios.
Una sombra cruzó por el pasillo y se proyectó en el interior
de mi cuarto, colándose a través de la puerta entreabierta.
—Buenas tardes —escuché decir a mi padre, que a su vez
golpeaba la madera con los nudillos. Acababa de llegar. Llevaba su elegante
traje puesto y en su mano portaba el maletín que le habíamos regalado las
navidades anteriores—. Me he cruzado con Virginia en la puerta. Parecía contenta
a pesar de que tiene un examen en dos días.
—Sí —solté sencillo.
—¿Lo habéis pasado bien? —preguntó mientras entraba y se
sentaba en la cama.
—Bueno…
—¿Sólo bueno? —arrugó mi padre el ceño—. ¿Qué ha pasado?
—Papá —resoplé—, es todo éste tema. Las cintas, los dichosos
vídeos. No puedo dejar de darle vueltas. Lo que pasó…
Mi padre puso gesto grave y suspiró.
—Te entiendo perfectamente, Luis. A mí me ocurre lo mismo.
Soy incapaz de concentrarme en el trabajo y la gente empieza a sospechar que
algo no anda bien. Tu madre la primera.
—Tenemos que hacer algo —hablé con determinación.
—¿El qué, hijo?
Mi padre tenía miedo a la respuesta y yo también.
—Ir un poco más lejos, papá. Acabar lo que se ha empezado.
Pero yo no puedo seguir así. Me da miedo que todo esto cambie pero siento que ya
no hay vuelta atrás, que hemos cruzado una especie de límite que no permite
desandar lo andado.
—Está bien —se frotó la nuca mi padre mientras me miraba a
los ojos con cierta pesadumbre—. Tú serás el primero entonces
—¿El primero?
—Tus hermanos no deben saber nada por ahora. Ya les tocará su
turno. Por el momento esta noche cenarás con ellos. Yo iré a un sitio, cenaré
fuera. Te esperare con el coche en la Avenida de los Granados, en el cruce con
Lope de Rueda, ¿entendido?
—Sí —meneé la cabeza.
—Bien. Quiero que vayas concienciado, Luis. Una vez allí no
puedes echarte atrás.
—Está bien, papá.
Se acercó a mí y posó sus labios en mi frente. Después,
conforme vino, se fue sin dar más explicaciones. Todo aquel secretismo me volvía
loco, me enervaba y hacía que mi estómago diese tumbos de un lado a otro. Como
se puede imaginar, no probé un bocado en toda la cena.
—No has probado el pescado —me dio Miguel con su codo—. ¿No
te gusta cómo lo he preparado?
—No tengo hambre —me quejé—. Me tengo que ir ya —empujé la
silla hacia atrás y me levanté para dejar los platos sucios en el fregadero—.
¿Os importa recoger esto?
—No —dijo Javier—. ¿Dónde vas a estas horas?
—Tengo que ayudar a Virgina a preparar un examen —y sin más
salí de la cocina y me dirigí a la puerta. Tomé mi chaqueta, me puse los
auriculares del mp3 y me calé el gorrito de lana en la cabeza.
Fuera hacia frío y mi aliento se convertía en vaho cada vez
que salía de mi boca. En cuanto caminé durante un rato mi cuerpo entró en calor.
El aire pegaba en mi cara y despejaba mis atormentadas ideas. Me dirigía como un
torpedo hacia delante, a quedar preso en la tela de araña que mi padre parecía
estar tejiendo para mí. Una trampa de la que, sentía, no poder escapar tan
fácilmente.
Al llegar al cruce en el que nos habíamos citado vi el coche.
Allí estaba mi padre, en su interior, en compañía de alguien más. La desconocida
figura estaba sentada en el asiento trasero y mi padre me hizo señas para que
también tomase asiento en la parte de atrás. Tiré de la puerta y entré.
—Hola —saludé a mi padre y al desconocido.
—¿Qué tal, hijo?
—Bien.
—¿Tus hermanos se han quedado tranquilos?
—Sí, todo bien —insistí nervioso.
—Estupendo —manifestó mi padre—. Te presento a Xavi. Xavi,
éste es mi hijo Luis, el mediano.
—Encantado —dije estrechando aquella gruesa mano.
—Igualmente —respondió con una cavernosa voz—. Tienes los
mismos ojos que tu madre —sonrió. Y yo me quedé impactado ante la descarada
confesión. Aquel señor conocía a mi madre. Debía de ser uno de los amiguitos de
mis padres. El tío me vigilaba, me examinaba de arriba abajo y sonreía. Mi padre
arrancó el coche y condujo hacia algo inhóspito para mí.
El tal Xavi era increíblemente atractivo. De unos cuarenta y
tantos años, su pelo liso y negro quedaba recogido en una coleta, su barba
enmarcaba unas marcadas y masculinas facciones y el dorado aro de su oreja le
daba aire de pirata caribeño, tan acorde con su tez morena. Su sonrisa era
blanca y perfecta y sus labios gruesos y duros. Eso era todo lo que podía
divisar por el momento. A parte de la profusión de vello que se alzaba por el
cuello de su camisa y sus gigantescas manos.
Mi padre vigilaba nuestras reacciones a través del
retrovisor.
—Ya me ha contado tu padre lo que ha ocurrido —comentó el
hombre—. Tranquilo, conozco una solución para vuestro problema.
—Ah, ¿sí? —dije sin dejar de mirar al frente—. ¿Y cuál es?
—Vamos a mi casa. Hoy será tu iniciación.
Temblé al oír aquello. Temblé preso del terror. ¿Iniciarme en
qué?
Por fin llegamos. Mi padre aparcó y seguimos al hombre en
silencio hasta las escaleras de lo que parecía una linda casita de campo. Xavi
iba delante, yo caminaba con la cabeza baja junto a mi padre. Éste me pasó el
brazo por los hombros e hizo que le mirara.
—Debes estar tranquilo, Luis. No va a pasar nada que no
quieras, ¿entendido? —susurró. Yo meneé la cabeza—. Bien.
Al entrar pude ver un rústico salón muy bien decorado. Dentro
el ambiente era tibio, por no decir caluroso. Me deshice de la chaqueta, lo
mismo que hizo Xavi y mi padre.
—¿Una copa? —nos ofreció.
—Yo sí —dijo mi padre—. Un güisqui, por favor.
Aquello me sorprendió. Nunca solía beber pero su estado de
nerviosismo también era palpable.
—Yo otro —añadí en seguida.
El hombre volvió con tres copas. Nos las entregó y nos invitó
a sentarnos en el sofá. Imprevisiblemente quedé sentado entre ambos.
—Bien, Luis —comenzó a hablar Xavi—. Tu padre me ha dicho que
tienes novia.
—Sí —asentí—. Virginia.
—Bueno. Supongo que lo entenderá. Aunque si no le comentas
nada de esto, mejor.
—Obvio —arqueé una ceja.
—¿Quieres que empecemos? —propuso. Y mi sepulcral silencio le
bastó para tomar aquello como un sí—. Allá vamos.
Cerré los ojos y esperé a que aquel hombre se abalanzara
sobre mí, preparado para cualquier cosa. Pero tan sólo oí un par de palmadas.
—Abre los ojos, Luis —habló mi padre tras unos segundos. Al
abrirlos le miré interrogante y vi su cara adornada por cierta sonrisa ante mi
ingenuidad. Entonces reparé en lo que había ante mí. Dos preciosas mujeres
desnudas de unos veintitantos años estaban en pie allí delante. Abrí la boca
hasta casi desencajarla.
—¿Qué es esto? —pregunté en shock.
—Tu iniciación. ¿Acaso no es lo que esperabas? —dijo Xavi.
—No —enmudecí. Y reflexione acerca de si aquello era mejor de
lo que esperaba o no.
—¿Esperabas otra cosa?
—Sí —respondí algo avergonzado. Él lo notó.
—Estás a tiempo —insistió mi padre, pero permanecí con la
cabeza agachada, mirando mis entrelazados dedos.
—Gracias chicas, pero hoy no será posible. Os llamaré —se
despidió de ellas Xavi.
—Adiós —le plantaron ambas un beso a mi padre y otro al
hombre en los labios. Desaparecieron.
—Teníamos que intentarlo —se encogió Xavi de hombros
dirigiéndose a mi padre.
—¿Eran prostitutas? —pregunté algo azorado al ver aquel beso.
—No. Son viejas amigas —masculló Xavi—. Bien. ¿Por dónde
íbamos? —preguntó cambiando de tema—. Ah, sí. Íbamos por aquí. Hablábamos de lo
que te esperabas —señaló—. Bien. Si no eran unas señoritas como estas lo que te
esperabas… Tal vez sea… —Y sin más, rodeó mi barbilla con su mano y me atrajo
hacia su boca. Yo, encendido, dejé que la tensión escapara de mi cuerpo y le
besé con todo el ansia contenida que tenía dentro. Vigilado muy de cerca por mi
padre. Tras algo más de un minuto que se me hizo eterno separamos nuestras bocas
y Xavi se dirigió a mi padre.
—Creo que esto es lo que tu hijo esperaba, Antonio.
—Ya lo veo —sonrió mi padre divertido por mi reacción. Estaba
acomodado en un rincón del sofá.
Xavi volvió a fijar su mirada en mí y me besó brevemente.
Después comenzó a desabotonarse la camisa y me dejó ver su torso desnudo,
cubierto de un oscuro y duro vello y de músculos bien formados en consonancia
con su grueso cuello. Bajo toda aquella pelambre el muy cabrón escondía unos
abdominales de acero, super marcados Sin pensármelo un instante los acaricié.
Eran duros como la piedra, lo mismo que aquellos rosados pezones simétricamente
colocados en unos robustos pectorales. Aquel tipo era el hombre más atractivo
que jamás hubiera estado cerca de mí. Sentía que perdía el sentido hundiendo mi
lengua entre sus frugales labios, mientras él me tomaba por la nuca y me besaba
con pasión. Podía oler su aroma. El sudor se entremezclaba con el desodorante,
cosa que me enajenaba. Volvió a separarme de él y me miró con sus ojos avellana.
—¡Eres tan bello! —exhortó, y giró su cabeza hacia mi padre—.
Es lo más lindo que he tenido entre mis manos desde hacía mucho —mi padre sonrió
orgulloso.
—Lo sé —respondió a su amigo, y se acercó a nosotros. Posó
sus dedos en mi mejilla y me acarició—. ¿Estás bien, Luis? —me preguntó.
—No, papá. No estoy bien —respondí.
—¿Qué te ocurre? —dijo éste preocupado. ¿Qué me ocurría? Pues
que me encontraba sentado sobre el enorme bulto que escondía aquel hombre tan
atractivo entre sus piernas, mi padre me admiraba mientras tanto y yo temblaba
al sentir por primera vez el abismo al que me acercaba. Aquella era mi primera
experiencia con otro hombre. ¿Qué podía ocurrir?—. Estoy asustado —confesé. Mi
padre sonrió, apretó mi mejilla con sus dedos y se acercó a mí.
—No tengas miedo. No pasará nada —prometió. Acto seguido
volvió mi cara hacia la de Xavi y empujó mi cabeza para que me fundiese en un
largo e intenso beso con su amigo. Después, tomó mi sudadera y me la sacó junto
a mi camiseta, dejando mi torso al descubierto.
Allí comenzó a atacarme la peor fiebre jamás antes conocida.
Comencé a quemarme en el Averno del deseo. Había comenzado mi iniciación.