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Follando en una isla desierta
TODORELATOS » RELATOS » VAYA HERENCIA DE FAMILIA (3)
[ Mucho dinero y poca educación, es la peor combinación. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 03 de Diciembre, 2008.
Fecha: 18-Mar-06 « Anterior | Siguiente » en Gays (4139 de 6573)

Vaya herencia de familia (3)

luisfo
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El padre elige al hijo mediano para que sea él quien comience con su iniciación. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Tras el incidente, si es que se le puede llamar así, sufrido en el salón de mi casa mientras mi padre, mis hermanos y yo visualizábamos uno de los vídeos que mis progenitores se dedicaban a grabar en su más recelosa intimidad, la cosa pareció calmarse. En lo que fue algo más de una semana ninguno hicimos amago de acercamiento a otro. Mantuvimos la cabeza fría y las distancias. Suponíamos así que desde otra perspectiva veríamos mejor cómo tomarnos las cosas, como encauzar todas esas emociones que bullían en nuestro interior.

Después de haber sentido el beso de mi padre, con aquel calor y aquella plenitud propia de un adolescente, cargada de una increíble afectividad, algo me animaba a acercarme a él con otros ojos. Me apetecía abrazarle por cualquier cosa que decía, reírme a carcajadas limpias con sus bromas, en compañía de Miguel y Javier. Algo había cambiado entre los hilos que nos unían. Había nacido la complicidad, el secreto, lo prohibido.

En esos algo más de siete días tuve que bajar mi calentura con Virginia. Ella estaba encantada y yo me la estuve follando sin ningún reparo, ya fuese en su casa o en la mía.

—¿Te ocurre algo? —me preguntó una tarde, tras haberlo hecho.

—No. No me ocurre nada —me desquité.

—Hoy me has follado como si se lo estuvieras haciendo a otra persona, Luis. —Al oír aquello di un respingo.

—¿Por qué dices eso?

—¿Es que no has oído las barbaridades que decías? —Me asusté al no recordar que era lo que podía haber dicho, qué se había escapado de mi boca. Al ver mi cara de confusión Virginia hizo por aclararme las ideas—. Luis, hijo, vuelve al planeta tierra. Me has dicho: "Eres una zorra, ¿Te gustaría que te follasen unos cuantos cabrones?"… Y al momento has dicho, "como a mí madre, eh".

Me quedé helado. Mi sangre se hizo gélida y mi corazón se paralizó mientras un suave temblor erizaba el vello que cubría mi piel por entera. No podía haber dicho eso. ¿O sí? Estaba tan encerrado en mi mismo que no me extrañaría hablar solo.

—No he podido decir eso.

—Pues lo has hecho —se cruzó mi novia de brazos—. ¿A qué ha venido? ¿Debo saber algo? —Titubeé un poco hasta decidir qué hacer—. Ummm. No es nada. Son cosas de mis padres. Problemas… De infidelidades —acabé confesando.

—¿Es grave?

—No. Ya está todo solucionado. No te preocupes. Pero prefiero que no toquemos el tema.

—Está bien —se conformó mi chica—. Entonces será mejor que me vista y me vaya. Tengo que empezar a estudiar para ese examen. —Comenzó a recoger su ropa, que se esparcía por el suelo. Se vistió, se acercó a darme un beso y salió disparada, dejándome allí tirado en la cama, desnudo, apenas tapado con las sábanas arrugadas e impregnada de un fuerte olor a sexo.

Me tumbé y contemplé el techo, pensativo. No podía evitar que mi mente tuviese una idea fija. Aquellos vídeos, las imágenes que escondían, las imágenes que ya había contemplado y la escena de Javier devorando el tremendo instrumento de mi padre, con Miguel perdido en el interior de su boca y el beso que me regaló con tanta candidez que aún podía sentir el ardor sobre mis labios.

Una sombra cruzó por el pasillo y se proyectó en el interior de mi cuarto, colándose a través de la puerta entreabierta.

—Buenas tardes —escuché decir a mi padre, que a su vez golpeaba la madera con los nudillos. Acababa de llegar. Llevaba su elegante traje puesto y en su mano portaba el maletín que le habíamos regalado las navidades anteriores—. Me he cruzado con Virginia en la puerta. Parecía contenta a pesar de que tiene un examen en dos días.

—Sí —solté sencillo.

—¿Lo habéis pasado bien? —preguntó mientras entraba y se sentaba en la cama.

—Bueno…

—¿Sólo bueno? —arrugó mi padre el ceño—. ¿Qué ha pasado?

—Papá —resoplé—, es todo éste tema. Las cintas, los dichosos vídeos. No puedo dejar de darle vueltas. Lo que pasó…

Mi padre puso gesto grave y suspiró.

—Te entiendo perfectamente, Luis. A mí me ocurre lo mismo. Soy incapaz de concentrarme en el trabajo y la gente empieza a sospechar que algo no anda bien. Tu madre la primera.

—Tenemos que hacer algo —hablé con determinación.

—¿El qué, hijo?

Mi padre tenía miedo a la respuesta y yo también.

—Ir un poco más lejos, papá. Acabar lo que se ha empezado. Pero yo no puedo seguir así. Me da miedo que todo esto cambie pero siento que ya no hay vuelta atrás, que hemos cruzado una especie de límite que no permite desandar lo andado.

—Está bien —se frotó la nuca mi padre mientras me miraba a los ojos con cierta pesadumbre—. Tú serás el primero entonces

—¿El primero?

—Tus hermanos no deben saber nada por ahora. Ya les tocará su turno. Por el momento esta noche cenarás con ellos. Yo iré a un sitio, cenaré fuera. Te esperare con el coche en la Avenida de los Granados, en el cruce con Lope de Rueda, ¿entendido?

—Sí —meneé la cabeza.

—Bien. Quiero que vayas concienciado, Luis. Una vez allí no puedes echarte atrás.

—Está bien, papá.

Se acercó a mí y posó sus labios en mi frente. Después, conforme vino, se fue sin dar más explicaciones. Todo aquel secretismo me volvía loco, me enervaba y hacía que mi estómago diese tumbos de un lado a otro. Como se puede imaginar, no probé un bocado en toda la cena.

—No has probado el pescado —me dio Miguel con su codo—. ¿No te gusta cómo lo he preparado?

—No tengo hambre —me quejé—. Me tengo que ir ya —empujé la silla hacia atrás y me levanté para dejar los platos sucios en el fregadero—. ¿Os importa recoger esto?

—No —dijo Javier—. ¿Dónde vas a estas horas?

—Tengo que ayudar a Virgina a preparar un examen —y sin más salí de la cocina y me dirigí a la puerta. Tomé mi chaqueta, me puse los auriculares del mp3 y me calé el gorrito de lana en la cabeza.

Fuera hacia frío y mi aliento se convertía en vaho cada vez que salía de mi boca. En cuanto caminé durante un rato mi cuerpo entró en calor. El aire pegaba en mi cara y despejaba mis atormentadas ideas. Me dirigía como un torpedo hacia delante, a quedar preso en la tela de araña que mi padre parecía estar tejiendo para mí. Una trampa de la que, sentía, no poder escapar tan fácilmente.

Al llegar al cruce en el que nos habíamos citado vi el coche. Allí estaba mi padre, en su interior, en compañía de alguien más. La desconocida figura estaba sentada en el asiento trasero y mi padre me hizo señas para que también tomase asiento en la parte de atrás. Tiré de la puerta y entré.

—Hola —saludé a mi padre y al desconocido.

—¿Qué tal, hijo?

—Bien.

—¿Tus hermanos se han quedado tranquilos?

—Sí, todo bien —insistí nervioso.

—Estupendo —manifestó mi padre—. Te presento a Xavi. Xavi, éste es mi hijo Luis, el mediano.

—Encantado —dije estrechando aquella gruesa mano.

—Igualmente —respondió con una cavernosa voz—. Tienes los mismos ojos que tu madre —sonrió. Y yo me quedé impactado ante la descarada confesión. Aquel señor conocía a mi madre. Debía de ser uno de los amiguitos de mis padres. El tío me vigilaba, me examinaba de arriba abajo y sonreía. Mi padre arrancó el coche y condujo hacia algo inhóspito para mí.

El tal Xavi era increíblemente atractivo. De unos cuarenta y tantos años, su pelo liso y negro quedaba recogido en una coleta, su barba enmarcaba unas marcadas y masculinas facciones y el dorado aro de su oreja le daba aire de pirata caribeño, tan acorde con su tez morena. Su sonrisa era blanca y perfecta y sus labios gruesos y duros. Eso era todo lo que podía divisar por el momento. A parte de la profusión de vello que se alzaba por el cuello de su camisa y sus gigantescas manos.

Mi padre vigilaba nuestras reacciones a través del retrovisor.

—Ya me ha contado tu padre lo que ha ocurrido —comentó el hombre—. Tranquilo, conozco una solución para vuestro problema.

—Ah, ¿sí? —dije sin dejar de mirar al frente—. ¿Y cuál es?

—Vamos a mi casa. Hoy será tu iniciación.

Temblé al oír aquello. Temblé preso del terror. ¿Iniciarme en qué?

Por fin llegamos. Mi padre aparcó y seguimos al hombre en silencio hasta las escaleras de lo que parecía una linda casita de campo. Xavi iba delante, yo caminaba con la cabeza baja junto a mi padre. Éste me pasó el brazo por los hombros e hizo que le mirara.

—Debes estar tranquilo, Luis. No va a pasar nada que no quieras, ¿entendido? —susurró. Yo meneé la cabeza—. Bien.

Al entrar pude ver un rústico salón muy bien decorado. Dentro el ambiente era tibio, por no decir caluroso. Me deshice de la chaqueta, lo mismo que hizo Xavi y mi padre.

—¿Una copa? —nos ofreció.

—Yo sí —dijo mi padre—. Un güisqui, por favor.

Aquello me sorprendió. Nunca solía beber pero su estado de nerviosismo también era palpable.

—Yo otro —añadí en seguida.

El hombre volvió con tres copas. Nos las entregó y nos invitó a sentarnos en el sofá. Imprevisiblemente quedé sentado entre ambos.

—Bien, Luis —comenzó a hablar Xavi—. Tu padre me ha dicho que tienes novia.

—Sí —asentí—. Virginia.

—Bueno. Supongo que lo entenderá. Aunque si no le comentas nada de esto, mejor.

—Obvio —arqueé una ceja.

—¿Quieres que empecemos? —propuso. Y mi sepulcral silencio le bastó para tomar aquello como un sí—. Allá vamos.

Cerré los ojos y esperé a que aquel hombre se abalanzara sobre mí, preparado para cualquier cosa. Pero tan sólo oí un par de palmadas.

—Abre los ojos, Luis —habló mi padre tras unos segundos. Al abrirlos le miré interrogante y vi su cara adornada por cierta sonrisa ante mi ingenuidad. Entonces reparé en lo que había ante mí. Dos preciosas mujeres desnudas de unos veintitantos años estaban en pie allí delante. Abrí la boca hasta casi desencajarla.

—¿Qué es esto? —pregunté en shock.

—Tu iniciación. ¿Acaso no es lo que esperabas? —dijo Xavi.

—No —enmudecí. Y reflexione acerca de si aquello era mejor de lo que esperaba o no.

—¿Esperabas otra cosa?

—Sí —respondí algo avergonzado. Él lo notó.

—Estás a tiempo —insistió mi padre, pero permanecí con la cabeza agachada, mirando mis entrelazados dedos.

—Gracias chicas, pero hoy no será posible. Os llamaré —se despidió de ellas Xavi.

—Adiós —le plantaron ambas un beso a mi padre y otro al hombre en los labios. Desaparecieron.

—Teníamos que intentarlo —se encogió Xavi de hombros dirigiéndose a mi padre.

—¿Eran prostitutas? —pregunté algo azorado al ver aquel beso.

—No. Son viejas amigas —masculló Xavi—. Bien. ¿Por dónde íbamos? —preguntó cambiando de tema—. Ah, sí. Íbamos por aquí. Hablábamos de lo que te esperabas —señaló—. Bien. Si no eran unas señoritas como estas lo que te esperabas… Tal vez sea… —Y sin más, rodeó mi barbilla con su mano y me atrajo hacia su boca. Yo, encendido, dejé que la tensión escapara de mi cuerpo y le besé con todo el ansia contenida que tenía dentro. Vigilado muy de cerca por mi padre. Tras algo más de un minuto que se me hizo eterno separamos nuestras bocas y Xavi se dirigió a mi padre.

—Creo que esto es lo que tu hijo esperaba, Antonio.

—Ya lo veo —sonrió mi padre divertido por mi reacción. Estaba acomodado en un rincón del sofá.

Xavi volvió a fijar su mirada en mí y me besó brevemente. Después comenzó a desabotonarse la camisa y me dejó ver su torso desnudo, cubierto de un oscuro y duro vello y de músculos bien formados en consonancia con su grueso cuello. Bajo toda aquella pelambre el muy cabrón escondía unos abdominales de acero, super marcados Sin pensármelo un instante los acaricié. Eran duros como la piedra, lo mismo que aquellos rosados pezones simétricamente colocados en unos robustos pectorales. Aquel tipo era el hombre más atractivo que jamás hubiera estado cerca de mí. Sentía que perdía el sentido hundiendo mi lengua entre sus frugales labios, mientras él me tomaba por la nuca y me besaba con pasión. Podía oler su aroma. El sudor se entremezclaba con el desodorante, cosa que me enajenaba. Volvió a separarme de él y me miró con sus ojos avellana.

—¡Eres tan bello! —exhortó, y giró su cabeza hacia mi padre—. Es lo más lindo que he tenido entre mis manos desde hacía mucho —mi padre sonrió orgulloso.

—Lo sé —respondió a su amigo, y se acercó a nosotros. Posó sus dedos en mi mejilla y me acarició—. ¿Estás bien, Luis? —me preguntó.

—No, papá. No estoy bien —respondí.

—¿Qué te ocurre? —dijo éste preocupado. ¿Qué me ocurría? Pues que me encontraba sentado sobre el enorme bulto que escondía aquel hombre tan atractivo entre sus piernas, mi padre me admiraba mientras tanto y yo temblaba al sentir por primera vez el abismo al que me acercaba. Aquella era mi primera experiencia con otro hombre. ¿Qué podía ocurrir?—. Estoy asustado —confesé. Mi padre sonrió, apretó mi mejilla con sus dedos y se acercó a mí.

—No tengas miedo. No pasará nada —prometió. Acto seguido volvió mi cara hacia la de Xavi y empujó mi cabeza para que me fundiese en un largo e intenso beso con su amigo. Después, tomó mi sudadera y me la sacó junto a mi camiseta, dejando mi torso al descubierto.

Allí comenzó a atacarme la peor fiebre jamás antes conocida. Comencé a quemarme en el Averno del deseo. Había comenzado mi iniciación.

TodoRelatos.com © luisfo

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