Allí estaba yo, observando como mi padre estrujaba con su
enorme manaza la polla dura de mi hermano mayor. ¡Increíble y pavoroso a la vez!
Contuve la respiración al ver aquello, pero pude volver a tomar aire aliviado
cuando mi padre soltó su polla y volvió a ponerse en pie, mirándonos a ambos.
—Si realmente queréis formar parte de todo esto espero que
estéis preparados y muy seguros, de modo que os daré esta noche para que
reflexionéis —dijo mi padre tranquilo—. Mañana nos sentaremos en el sofá después
de cenar y hablaremos con vuestro hermano Miguel, según como reaccioné al ver la
cinta así actuaré yo. Lo último que quiero es que os arrepintáis de lo que sea
en el último momento y que eso os cree un trauma. Lo más importante es preservar
el bienestar de la familia, no apagar las pulsiones de vuestra polla. ¿Lo habéis
entendido? —Javier y yo asentimos con la cabeza—. Bien. Y ahora será mejor que
os vayáis cada uno a vuestro cuarto y os hagáis un buen pajote para bajar la
calentura. —Mi padre caminó hasta la puerta, pero antes de salir se volvió y,
presionando un botón del video, sacó la cinta—. Esto queda confiscado hasta
nuevo aviso. —Y salió despreocupado del cuarto. O al menos eso parecía.
Javier continuaba sentado en el suelo, con la polla que
empezaba a menguar fuera del pijama. Le miré, me miró y finalmente retiró la
vista algo avergonzado.
—¿Estás bien? —le pregunté.
—Sí. Es sólo que todo ha ocurrido muy rápido y estoy confuso.
—No me extraña —me crucé de brazos—. Ha sido acojonante. Por
un momento pensé que… —no terminé la frase.
—¿Pensaste que iba a ocurrir algo? —habló por mi Javier—. Yo
también lo he pensado, pero ya ves. Papá es tan sensato como parece. Aunque
luego se dedique a comer pollas a escondidas.
—Es un buen tipo, Javier —añadí—. Y un buen padre.
—¿Desde cuándo te gustan los tíos? —preguntó mi hermano a
bocajarro—. Pensé que estabas con Virginia.
¡Ay!, Virginia. Mi novia desde hacía seis meses. Virginia la
dulce de día y Virginia la cochina de noche. Estaba jodidamente pillado de esa
chica, pero ni ella ni nadie podían quitarme la peculiar fijación que tenía con
los hombres. En más de una ocasión se lo había dejado ver a ella pero como yo
cumplía en la cama como un caballero, tan contenta. Virginia era tan zorra como
la que más.
—¿Y a ti? —respondí con otra pregunta—. ¿Desde cuándo a
Javier el rompecorazones le van las pollas? —mi hermano me lanzó cierta mirada
de odio, se levantó, se arregló el pijama y se dejó caer sobre la cama.
—No tengo ni idea, Luis. ¡Joder! —se quejó y volvió su cara
hacia la pared. Me acerqué a la cama y me senté, dándole un toquecito en el
hombro.
—Javier, si te apetece contarme algo o que hablemos de ello
creo que este es el momento. —Mi hermano suspiró y después me miró.
—No has contestado a mi pregunta.
—Estoy con Virginia —suspiré—. Me va muy bien con ella, pero
eso no quita de que pueda fijarme en otras personas. Sean hombres o mujeres.
—A mí sólo me gustan los hombres —afirmó Javier categórico,
lanzándome una mirada directa—. ¿Has estado con alguno? —Yo meneé mi cabeza
negativamente.
—Sólo con tías —respondí.
—Yo tampoco he estado con ninguno, Luis.
—¿Entonces qué ocurre? ¿Tienes claro que te gustan sólo los
tíos pero no has estado con ninguno? Bueno, quizás debes empezar a experimentar.
—Si mañana ocurre lo peor… —mi hermano se detuvo—. No se si
será la mejor forma de experimentar.
—Eso tienes que decidirlo tú —me encogí de hombros—. Papá no
va a hacer nada que nos pueda perjudicar, Javi, y lo sabes.
—Sí.
—Y ahora será mejor que me vaya a dormir. Mañana madrugo.
—Bien. Yo también estoy cansando.
—Buenas noches —le pegué un golpecito en el pecho. Entonces
mi hermano se acercó rápidamente a mí y me robó un leve besó que me dejó
impactado.
—Buenas noches —dijo luego. Le sonreí tímidamente y salí de
su habitación humedeciéndome los labios y saboreando ese estupefacto gesto. Pero
decidí no darle demasiadas vueltas a la cabeza pues a la noche siguiente pasaría
lo que tuviera que pasar.
Ese día transcurrió nervioso, sin poder quitarme las imágenes
de la cinta de la cabeza. Y lo peor llegaría esa noche, cuando tuviésemos que
volver a verla delante de Miguel. La verdad es que ni yo ni Javier sabíamos aún
dónde nos habíamos metido. La cena transcurrió más tensa que nunca y aunque
parecía que estábamos concentrados en las noticias del informativo lo que
hacíamos realmente era darle vueltas al coco acerca de lo que iba a ocurrir en
breves momentos. Cuando terminamos de recoger la cocina mi padre se dirigió al
salón y se sentó en el sofá grande. Nos llamó a los tres para que nos sentásemos
diciendo que quería hablar con nosotros. La cara de Miguel era un preocupado
interrogante.
—¿Qué pasa, papá?
—No es nada, Miguel, pero me gustaría hablar con vosotros.
Ayer hablé algo con tus hermanos y como sabéis que vuestra madre y yo siempre os
hemos tratado por igual creo que tienes derecho a saber lo mismo que ellos dos
—nos señaló a Javier y a mí—. Se que esto no va a ser agradable pero es algo que
tus hermanos han elegido.
—No entiendo nada.
—Bien. Lo que vas a ver en esta cinta —se la mostró antes de
levantarse y caminar hacia el video— es algo que hasta el día de ayer pertenecía
a la vida privada de tu madre y mía. Ya que tus hermanos la han visto tú también
debes hacerlo.
—¿Qué es? —me preguntó mi hermano pequeño— ¿Una peli porno?
—bromeó con su gracia característica.
En ese momento aparecieron las imágenes en la pantalla de la
televisión y la divertida mueca de Miguel se convirtió en un rostro perplejo y
asustado. Estaba viendo como mi madre y mi padre eran sodomizados por una
pandilla de negros.
—Papá, ¿qué significa esto? —se le atragantaban la voz al
hasta entonces ingenuo Miguel.
—Esto es… —realmente mi padre tampoco encontraba las palabras
adecuadas y al poner las imágenes su determinación y seguridad parecían haber
perdido fuerza—. No sé ni lo que es, hijo. Creo que he perdido el Norte.
—No es verdad —dijo Javier—. Descubrí esta cinta por
accidente y anoche se la enseñé a Luis. Papá nos pilló y él decidió que debíamos
hablar sobre ello. Eso es todo —explicó.
—Bien. ¿Y qué queréis que os diga? ¿Enhorabuena? ¿Qué bien os
lo montáis mamá y tú? —preguntó Miguel—. Como has dicho es vuestra vida privada.
Si a ti te gusta eso, papá, y mamá está de acuerdo, ¿Qué puedo decir yo?
—Hay otras nueve cintas más. Tus hermanos me han pedido
verlas, pero ni se imaginan lo que van a encontrar en ellas.
Javier carraspeó y yo también me sentí algo incómodo con ese
comentario. Miguel nos miró sorprendido.
—¿Queréis verlas? —Ambos asentimos cabizbajos—. Entonces yo
también —se dirigió mi hermano pequeño a mi padre con cierta ansiedad.
—¿Estáis seguros? —insistió éste. Nosotros no decíamos nada,
sólo agitábamos la cabeza arriba y abajo—. Bien. Si es lo que queréis, entonces
queda abierta la caja de Pandora. Después no vale arrepentimientos. Os lo avisé.
—¿Mamá sabe algo? —preguntó Miguel.
—Tu madre por el momento no puede saber nada. Me mataría si
se enterase de que habéis visto las cintas, pero todo a su tiempo. Jamás la he
mentido ni la mentiré, pero por el momento ni una palabra. ¿Lo habéis entendido?
Mi padre tomó el mando del video y comenzó a pasar las
imágenes hacia delante. La pantalla se fundió en negro y una nueva escena
pareció comenzar. Allí estaba mi padre, completamente desnudo, frente a la
cámara. Su velludo cuerpo y su enorme polla parecieron impresionar a Miguel, que
en seguida giró su cuello para mirarle. Estaba sentado junto a él y pude ver
como mi hermano pequeño le miraba el paquete.
—¿La tienes tan grande? —le preguntó incrédulo.
—Sí, hijo. Eso parece —sonrió éste.
—No se si debería preguntar esto, pero… ¿Puedo masturbarme
mientras lo vemos?
—Si quieres…
Dicho y hecho. Miguel tardó poco en desabrochar su cremallera
y sacar a pasear su rabo, todavía fláccido pero que apuntaba buenas maneras.
Miguel había sido siempre el más desinhibido de todos. Nunca había mostrado
demasiado recato o vergüenza al mostrar su cuerpo, aunque se cortaba bastante
por la forma en que Javier y yo "escondíamos" el nuestro. Mi padre le miró y
sonrió. Le pasó un brazo por encima de los hombros y le zarandeó levemente.
—No estoy seguro de que te vaya a gustar lo que vas a ver,
Miguel.
—¿Bromeas? Hace siglos que no veo una peli porno. Y me
encanta la idea de que tú seas el prota —le guiñó un ojo.
Javier y yo mirábamos atónitos a mi hermano desde el otro
sillón. Miguel era un cabrón. Javier se giró hacia mí y me hizo un gesto
sonriente. Se puso de pie y se quitó los pantalones y los calzoncillos. Ya tenía
su polla gorda y venosa preparada.
—¡Joder, Javi! —exclamó Miguel al verle, y aumentó el sobeteo
a su propio nabo.
Javier se acercó hasta el sillón en donde estaban mi padre y
mi hermano mientras no perdía vista a lo que ocurría en la pantalla. Una joven
pareja de sudamericanos había aparecido. Ella, una apetitosa mulata de caderas
anchas, culo de impresión y unas tetas enormes. Él, un tío alto y espigado con
unos marcadísimos músculos y una polla larga como un sable. Cuando menos los
esperábamos mi padre cabalgaba encima de la señorita mientras que el hombre
mulato pugnaba por darle a él por detrás.
Javier estaba ya a la altura de mi padre, delante del
televisor. Se la meneó un poco y le señaló su paquete.
—¿No te la sacudes un poco?
Mi padre se desabotonó el pantalón y de un tirón se bajó éste
y el calzoncillo. Mi hermano Miguel miraba atónito aquel pedazo de carne. Yo
estaba a mil en mi asiento. Ni corto ni perezoso Javier se la cogió como le
había hecho mi padre a él la noche anterior. Éste dejó escapar un pequeño
gemido.
—¿Te gusta? —le preguntó Miguel a mi padre, asombrado, viendo
lo lanzado que era Javier. Mi padre afirmó con la cabeza.
—Sois los tres unos hijos de puta —masculló—. No podéis
tentarme de esta forma. Soy vuestro padre y también un hombre débil. Me voy a
quemar a los infiernos.
—Me trae sin cuidado —contestó Javier, que se hincó de
rodillas y sin pensarlo un momento sorprendió a mi padre metiéndose su cipotón
en la boca. Pude ver como le costaba que su azulado capullo entrase allí,
provocando que sus comisuras se tensasen sobre manera. Mi padre le sujetó de la
nuca e intentó zafarse.
—¡Para Javier, para! —le rogó, pero iba sucumbiendo—. Javier,
no puedes hacer esto, por favor.
Entonces, como un resorte, Miguel saltó y sin más espera pegó
sus labios a los de mi padre, buscando su lengua allí dentro. Mi padre abrió
mucho los ojos e intentó quitárselo también de encima, pero Miguel era enérgico
y no le dejaba ni respirar, por lo que finalmente mi padre, llevado por el
placer, le rodeó la cabeza, introdujo sus dedos entre los bucles del pelo de mi
hermano pequeño y le atrajo hacia sí, en un tierno jugueteo con su propio hijo.
Yo seguía allí, impávido, blanco como la cera y tembloroso.
No podía creer lo que veían mis ojos y una extraña sensación empezó a
embargarme. Comencé a sentirme mal, muy mal, entonces me levanté y salí
corriendo del salón, escaleras arriba en busca de la seguridad de mi cuarto. No
me terminaba de gustar aquello. No quería ver como ocurría. Mi padre, mi propio
padre al que siempre había querido y admirado. Con el que me había sentido
protegido entre sus brazos. No podía mezclar todo aquello que me aportaba con
mis ganas de follar, con el morbo a algo tan prohibido como el incesto. Debía
sobreponerme a mis pasiones. Y respecto a mis hermanos… Siempre les había mirado
con disimulo y ahora me daba cuenta de que Javier, quizás, también lo hacía.
Pero Miguel, el enano, mi hermano pequeño… Todo mi mundo se iba al traste por
una maldita cinta.
Llegué a mi habitación y me tumbé en la cama. Azorado comencé
a quitarme toda la ropa, que me incomodaba sobre manera, quedándome solo con los
slips y los calcetines, resoplando a causa de mis nervios. Entonces, oí unos
golpes en la puerta, pero no contesté. Quería estar tranquilo. A pesar de mi
evasivo silencio alguien entró y se sentó en la cama. Tomó el edredón con la
mano y me descubrió el rostro. Miré a mi padre confundido. Estaba serio.
—Lo siento, Luis —dijo—. He dejado que todo vaya demasiado
lejos. —Entonces no pude evitarlo. Me incorporé y abracé a mi padre, apoyando mi
cabeza en su pecho, sollozando como un crío—. No llores, hijo. Te prometo que no
volverá a ocurrir. Me dejé llevar por mi polla. Lo siento de veras.
Mi padre hablaba con una aplastante sinceridad, pero yo no
quería oír sus disculpas, quería oír otra cosa. Yo quería seguir siendo
especial, no uno de aquellos tipos que aparecían en esas cintas. Quería a mi
padre y si debía de ocurrir algo deseaba que fuese desde el respeto y el amor
mutuo. Sí, me gustaba el sexo sucio, creo que como a la mayoría, pero para
llegar a él antes había un largo camino.
Levanté mi cara y fije mis ojos en los de él. Le tomé por la
nuca y le besé, buscando su húmeda boca, su juguetona lengua, la sensación de
picor que provocaba su rala barba de varios días. Mi padre me dejó hacer. Le
rodeé con mis brazos y él hizo lo mismo, me apretujó contra su cuerpo, me
acarició la espada desnuda.
—Lo quiero así —le comenté separándome de él—. Lento, suave,
despacio. No quiero precipitar lo que deba ocurrir. Si no es así no lo quiero.
—De acuerdo —dijo mi padre.
Ambos miramos hacia la puerta y vimos que en el umbral Javier
y Miguel nos observaban.
—Luis tiene razón —habló Javier—. Puede que nos hayamos
precipitado.