Llegué a casa empapado y exhausto tras la carrera que me
había pegado desde el coche hasta la puerta de casa. Llovía a cántaros y tenía
pinta de no parar. El mes de octubre se había presentado lluvioso y frío, cosa
poco desagradable tras el caluroso verano que se había marchado hacía poco. Lo
que sí resultaba desagradable era esa sensación de humedad cuando te calas hasta
los huesos.
Nada más entrar al recibidor me quité las deportivas y los
calcetines. El agua chorreaba por mi pelo y se escurría por el puente de mi
nariz, chocando ruidosamente contra el parqué. Estaba helado. Los vaqueros
mojados se me pegaban a los muslos y la humedad de la chaqueta traspasaba el
tejido de la sudadera y de la camiseta hasta alcanzar mi piel, que se erizaba
con su gélido contacto.
No podía parar de tiritar, temblar y maldecir. Entonces
escuché una risita proveniente de la puerta del salón. Apoyado en el marco mi
hermano Miguel me miraba divertido.
—Llueve, eh —afirmó jocoso.
—Joder. Estoy helado —dije. Y me quité los pantalones y la
camiseta para después lanzarlas a un lado—. ¿Podrías pasarme una toalla?
Mi hermano volvió con una toalla. Me la até a la cintura y me
deshice del bóxer de forma comedida. Me cortaba un poco la presencia de mi
hermano allí observándome. En esto que oímos el ruido de un motor en el garaje.
Por las horas que eran debía de tratarse de mi padre, que volvía de la oficina.
—Hay que hacer la cena —me comunicó Miguel—. Mamá empieza hoy
el turno de noche y esta tarde se iba pronto porque tenía que hacer no se qué.
Mi padre apareció por la puerta que daba al garaje. Sonrió al
verme mojado y se acercó a darnos un beso.
Mi familia era bastante normal. Mi padre, Antonio, era el
mediano de tres hermanos, como yo. A sus cuarenta y ocho años era director de
comunicación de una importante multinacional. Mi madre, por su lado, trabajaba
de enfermera. Se querían mucho y eso se dejaba sentir en casa. Por los horarios
de trabajo no solían coincidir demasiado en casa pero el poco tiempo que pasaban
juntos lo aprovechaban bien. Ese era el secreto de su matrimonio. "Lo breve si
bueno, dos veces bueno". Si resultaba que les daban un mes de vacaciones en
verano, solo pasaban juntos quince días. Era una medida para que su relación de
pareja no diese al traste. Curioso pero cierto. Se amaban pero no soportaban
pasar demasiado tiempo el uno con el otro.
Como fruto de esto habíamos nacido tres hijos. Mi hermano
mayor, Javier; mi hermano pequeño, Miguel; y yo, Luis. Javier había cumplido 25
años, Miguel los 17 y yo tenía 21 para 22. Si he de ser sincero, los tres éramos
tan independientes como nuestros padres. De tan independientes llegábamos a ser
poco afectuosos entre nosotros, pero en el fondo yo sabía que nos queríamos.
Sólo que muchas veces no les veía como algo más que colegas o compañeros de
piso.
Esa noche la cena transcurrió como si tal cosa entre la voz
del telediario y una liviana conversación sobre nada en especial. Javier estaba
especialmente callado. Comía con la mirada fija en el plato y en silencio. Al
acabar dejó los platos en el fregadero y subió a su cuarto.
—¿Qué le ocurre? —preguntó mi padre. Pero Miguel y yo solo
supimos encogernos de hombros.
Intrigado, subí a ver que le ocurría a Javier, aunque sabía
de buena tinta que no me lo diría tan fácilmente. Respondería: "nada". Y se
acabó.
Llamé a la puerta con los nudillos y sin que diese permiso la
abrí despacio.
—¿Se puede? —pregunté.
—Sí —contestó. Estaba sentado sobre la cama, con la espalda
apoyada en la pared y el pantalón del pijama puesto—. ¿Qué pasa?
—Eso mismo venía a preguntarte. ¿Por qué estás tan serio?
—Mientras decía esto no pude evitar posar mi mirada sobre su torso desnudo. Sí.
Ya sabía que era mi hermano, pero había instintos que no se controlaban.
Hacía más de un año que Javier había dejado el gimnasio y,
aunque se mantenía en forma, sus músculos habían tomado un aspecto más
voluminoso. Había cogido un par de kilos y su marcada delgadez había dado paso a
unas curvas impresionantemente sensuales. Debía reconocer que mi hermano estaba
muy bueno. Un hilo de vello subía desde su ombligo hasta el pecho, en donde se
extendía como una sombra oscura entre el espacio de sus buenos pectorales.
—Estoy preocupado, Luis —soltó con una franqueza que me
asombró—. Digamos que he visto algo que no debería haber visto.
—¿Qué has visto? —pregunté intrigado.
—Se trata de papá y mamá —comenzó a explicar—. El otro día
estaba buscado una bolsa de deporte en lo alto de su armario y entonces vi una
caja grande de botellas de vino. —Javier se levantó de la cama y abrió un cajón
de la mesilla—. Pero dentro no había vino, sino unas diez cintas como esta
—levantó la casete que tenía entre sus dedos.
—¿Qué tiene grabado? —pregunté con algo de congoja.
—Es muy fuerte —me avisó.
—Javier, me estoy poniendo en lo peor —dije nervioso—. ¿Qué
hay en esa cinta?
Mi hermano se acercó al carrito con ruedas sobre el que tenía
su combi de televisión y vídeo. Introdujo la casete y le dio al "play" con el
mando a distancia. Las imágenes saltaron a mi retina y a partir de ahí, desde el
cerebro, hicieron reaccionar a todo mi cuerpo. El corazón subió hasta mi
garganta y empecé a temblar nervioso.
En la pantalla reconocí a mi madre, tumbada y completamente
desnuda, tragándose el enorme rabo de un negro. Junto a ella mi querido padre se
la chupaba a otros dos enormes negros mientras que un tercero le abría
intensamente el agujero del culo. A su alrededor había una tribu de hombres de
ébano compuesta por cinco individuos de imponentes cuerpos y rabos de ciencia
ficción.
Sobrecogido miré a Javier, que mantuvo mi mirada.
—¿Qué piensas? —preguntó.
Volví a mirar las imágenes y reflexioné acerca de la
respuesta que debía dar. Contemplé el esbelto cuerpo de mi madre esculpido en
intensas sesiones de gimnasio. Parecía contenta y no la culpaba por ello. Tener
aquel miembro descomunal en la boca alegraba a cualquiera. Por lo que parecía
también a mi padre, que con su tímida barriguita cubierta de vello y su barba de
dos días que rodeaba la boca por la que introducía las dos pollas de forma
intermitente, exhibía una feliz mueca de placer sin límites. Entonces reparé en
su cipote. Mi padre era un prodigio de la naturaleza. No tenía nada que envidiar
a aquellos negros. No era muy larga pero su grosor era titánico. Su capullo era
descomunal y sus huevos eran inmensos.
Miré a Javier que estudiaba mi expresión. Yo estaba muy
nervioso. No sabía qué contestarle.
—No lo sé, Javi —respondí. En ese momento bajé mis ojos a su
pantalón del pijama, en donde un gran bulto llamaba mi descarada atención. Volví
a mirarle a la cara con una mueca de sorpresa—. ¿Te gusta?
—Eso es lo que más me preocupa. Que me excita de una forma
irracional —respondió sincero.
Un cosquilleo comenzó a recorrer mi polla, que pujaba por
ponerse también dura. Me excitaba solo pensar en hacerle a mi hermano la
pregunta que me rondaba la cabeza. Atiné a decirle con la voz atragantada.
—¿Qué es exactamente lo que te excita? —Javier se palpó el
bulto de su entrepierna y respiró hondo antes de contestar.
—Me pone a mil ver a papá comiéndose esas pollas. Ver como le
enculan y como disfruta. —Mi polla terminó de ponerse dura en mi pantalón.
Resoplé un poco y sonreí a mi hermano.
—Visto así creo que a mí también me pone —confesé.
Fue entonces cuando unos golpes sonaron en la puerta y esta
se abrió. El torso de mi padre apareció allí, pillándonos totalmente
desprevenidos y con cara de tontos. Mi hermano Javier y yo le mirábamos sin
saber qué hacer, nerviosos, mientras que la televisión emitía gemidos y jadeos.
Mi padre frunció el ceño y dio unos pasos hacia delante, cerrando la puerta tras
de sí. La cara que puso al descubrirse en aquella cinta de vídeo fue un poema.
Nos miró con los ojos a punto de salírsele de las órbitas. Ahora le estaba
comiendo el rabo a uno de los negros con la inestimable ayuda de mi madre, que,
también a cuatro patas, era violada por otro negro.
—¿De dónde coño habéis sacado esto? —preguntó con la voz
atragantada.
—Lo encontré —respondió mi hermano de lo más sencillo—.
Buscaba una bolsa de deporte en vuestro armario.
—¡Díos mío, Javier! ¿Cómo se te ocurre? —le reprendió mi
padre avergonzado—. Esto forma parte de mi vida privada —continuó diciendo, con
los ojos vidriosos y al borde del llanto—. Ahora pensaréis que soy… —se quebró
su voz. Yo era incapaz de mover un músculo. Mi padre cayó al suelo de rodillas
y, tapándose el rostro, rompió a llorar. Maldecía y nos imploraba que le
perdonásemos.
Javier estuvo rápido ahí. Se agachó junto a él, le tomó por
las muñecas y le quitó las manos de los ojos para que le mirase.
—No te tenemos que perdonar nada, papá —le dijo, y después
desvió la mirada hacia mí, que asentí con la cabeza—. A Luis y a mí nos parece
de puta madre que mamá y tú viváis vuestra sexualidad tan intensamente. —Mi
padre le miraba confuso.
—Pero no está bien que hayáis visto esto —dijo abrumado—.
Deberíamos haber tenido más cuidado. Guardar mejor las cintas.
—Da igual —hizo mi hermano un gesto con la mano—. ¿Puedo
serte sincero? —interrogó a mi padre, que esperó a que continuase hablando—.
Papá. Me ha gustado ver esa cinta. Es la mejor película porno que he visto
nunca. —Al oír esto mi padre abrió los ojos y la boca asombrado. Entonces mi
hermano le agarró la mano y le dijo "mira", llevándosela a la entrepierna, en
donde su polla dura formaba un abrupto bulto en el pantalón del pijama—. Se me
ha puesto gorda de ver cómo te follaban esos negros. — Mi padre balbuceó sin
saber qué decir. Yo no estaba seguro siquiera de si seguía respirando—. Y a Luis
también se le ha puesto dura —sonrió pícaramente.
Mi padre me miró y yo, algo azorado, asentí de nuevo con la
cabeza. Entonces mi hermano agarró con fuerza el paquete de mi padre y lo
apretujó enérgicamente. Yo di un respingo en la cama.
—No sabíamos que escondieses ese pollón —continuó Javier. Por
fin mi padre pareció reaccionar—. Ya se a quién he salido.
—No será para tanto —respondió.
Yo estaba al borde de un ataque cardiaco. Lo último que me
esperaba era aquel comportamiento por parte de mi hermano mayor, y me asustaba
un poco la reacción de mi padre.
—Yo quiero ver todas esas cintas, papá —le pidió mi hermano
sin soltar su paquete—. Mamá no tiene porque enterarse de nada. De nada de lo
que pase.
—¿Y qué tiene que pasar? —titubeó mi padre en su pregunta.
—Solo lo que tú quieras.
Entonces mi padre pareció coger confianza en sí mismo, empujó
a mi hermano hacia atrás con fuerza haciéndole caer de culo y después se
abalanzó sobre él. Estaba tumbado encima de Javier.
—¿Qué es lo que quieres que pase, hijo? —dijo ahora algo
tenso. Su cara estaba roja, no estaba seguro si de ira—. ¿Te gustan las pollas
como a tú padre?
—Sí —silbó Javier—. Me encantan.
—Entonces es lo que tú y tu hermano Luis vais a tener. Cómo
tú has dicho, mamá no tiene porqué enterarse. —De un tirón, mi padre le quitó el
pantalón a mi hermano y de él saltó una enorme polla tiesa. No era tan grande
como la de mi padre, pero su grosor era importante. Las venas se marcaban en
ella. Mi padre la envolvió con su mano grande y tiró hacia debajo de la piel
para descapullarla—. No sabéis lo que acabáis de desatar —decía mi padre con voz
casi de ultratumba—. No os imagináis cómo es mi apetito sexual.