Cerdita
Cerdita era una persona, al menos para todos . Para mi no
podía considerarse una persona, era más bien era un animal, un animalito, una
mascota.
No sé exactamente en que se diferencian los animales de las
personas. Hay quien dice que los seres humanos somos animales. Creo que la
diferencia esta en la voluntad. Dios puso los animales en el mundo para que
nosotros los utilicemos a nuestro antojo. Nadie pregunta porque un buey se la
pasa trabajando, arando el campo a sol y sombra, durmiendo en el piso, comiendo
nuestras sobras, mientras su amo se queda con el fruto de su trabajo. Es lo
lógico, están para servirnos.
Cerdita estaba enamorada de mi y me di cuenta que esto hacía
que obedeciera a todas mis ordenes sin pedir nada a cambio.
Al principio, luego de notar como me miraba, como caminaba al
lado mio escuchándome, admirándome, la hacía cargar mis libros "cerdita, ven
para aquí, llevame mis libros". Y ella lo hacía hasta mi casa, aún cuando para
hacerlo se desviara de la suya. Si yo me detenía para conversar, cerdita se
quedaba al lado mio, sin hablar, mirando el piso, como lo haría un animal de
carga. Si yo entraba en algún negocio cerdita me aguardaba fuera, lloviera o
tronase, tardara un segundo o cincuenta horas, cerdita era un animal muy fiel.
Poco a poco fui agregando nuevas humillaciones.
Por ejemplo cada vez que se me desataban las zapatillas
cerdita debía arrodillarse, postrarse frente mio y atármelas. A veces cuando
terminaba de hacerlo la obligaba a besar la punta de la misma o la suela
polvorienta en señal de adoración, para que no olvidara quien era el amo.
Cerdita caminaba siempre detrás mio, como lo hace un
sirviente. Si el peso era mucho o si ella se atrasaba yo le pegaba con una rama
o algún periódico en la cabeza o la cola "Vamos cerdita, no tengo todo el día,
vamos!".
Luego de un tiempo empecé a presentarle a cerdita a mi
círculo intimo. Así como me servía a mi, comenzó a servir a mi hermana, a mis
novias, comenzó a ser útil.
Supongo que era muy humillante para ella tener que servir a
las chicas con quien yo salía. Anhelar, desear ser ellas y darse cuenta que
jamás iba a poder ocupar ese lugar. Era una cerdita, si ella quería compartir
algún tiempo conmigo debía aceptar ser mi esclava.
La familia de cerdita era muy poderosa. El padre era una
persona importante de Cancillería, vivían casi que en una mansión.
Comencé a pasar las tardes en aquella casona, en donde gozaba
de todas las comodidades, en donde podía organizar fiestas, invitar gente, en
donde cerdita me servía, a veces con uniforme de mucama incluido.
Un día cerdita entró llorando al living y se arrodilló en
frente mio. Me dijo que estaba de acuerdo en servirme, en obedecerme en todo, en
seguir dandome su mesada como tributo, tratándome como un Dios, pero quería
poder besarme, tocarme, acariciarme como hacían las otras chicas.
Le pedí, con tono serio, que fuera a su habitación, se
pusiera un traje de baño, una bikini y me llamara cuando estuviera lista. "Si
señor" contestó llorando, todavía nerviosa.
Me llamó. Tenía puesto una bikini celeste. El espectáculo era
patético, su piel era muy pálida, su cuerpo parecía un pedazo de gelatina sin
forma, para colmo tenía mucha celulitis y abundaban la estrías. Tomé un trozo de
soga y lo envolví por su cuerpo para que se remarcara más la grasa que parecía,
ahora si, a punto de explotar. Esto pareció dolerle, cuando se quejó le pegue en
la cabeza con una zapatilla que había en el piso "Callate cerdita".
Con el último trozo de soga arme un collar. "sigueme" le
dije, "No, no te pares, a cuatro patas como un cerdo".
Cuando entramos a su habitación la cara le cambió por
completo. Antes disfrutaba la humillación, ahora la padecía. Frente a un gran
espejo estaba Carolina, mi novia, luciendo una bikini diminuta. Su cuerpo era
escultural, el de una modelo, perfecto y estaba todo bronceado. Tironeando de la
correa puse a cerdita a su lado para que pueda observarse junto a ella, en el
espejo.
"Dime cerdita, si tuvieras que elegir, ¿A quién elegirías
como reina y a quién como sierva?" Cerdita se vio al lado de Carolina, eran el
día y la noche, un cucaracha al lado de un cisne, no podía aspirar a convertirse
en ella ni en un millón de años. "A ella señor, a ella la elegiría como reina"
dijo resignada, llorando, mientras Carolina sonreía con aire de superioridad y
cerdita agachaba la mirada para no verla. "Muy bien cerdita, veo que eres fea,
pero no estúpida. Ella es una verdadera mujer, tu eres una cerdita. Pídele
perdón a la señorita por haberle querido quitar el novio" "Perdón, señorita".
De ahí en más cerdita jamás me hizo un planteo similar,
continuo sirviéndome como la mejor de las esclavas hasta que yo tuve ganas,
hasta que la abandoné.
lisandro_vidal@yahoo.com.ar