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Follando en una isla desierta
TODORELATOS » RELATOS » LA PENSIóN (3: JUEGOS MAFIOSOS)
[ A candil muerto, todo es prieto. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 03 de Diciembre, 2008.
Fecha: 14-Mar-06 « Anterior | Siguiente » en Orgías (1482 de 1940)

La Pensión (3: Juegos mafiosos)

luisfo
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Pablo continúa con sus escarceos en la pensión de sus padres, la cual cuida por las noches. Alguien descubrirá esas actividades nocturas a las que se dedica y decidirá tomar represalias. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

En los diez días sucesivos no pude evitar tener otro encuentro más con Quiriac y Tobías. Recuperado de las consecuencias de la primera vez, la segunda se me antojó más intensa, pues estuvimos dos horas largas pasándolo en grande. Tras ponerles en posición de ataque, ambos se turnaron como buenos compañeros el agujero de mi culo, acabando después en lo profundo de mi garganta con su salada leche. Esa noche tocaba de nuevo cita a eso de las doce y pico, cuando todos dormían. Ambos habían conseguido mantener a André a raya. Éste no estaba muy de acuerdo con las prácticas de sus compatriotas, pero parecía respetarlo con no muy mal talante.

Esperaba ansioso en mi cuarto y sentí cierto alivio cuando sonaron los tres golpes en la puerta. Me levanté, abrí y sonreí al ver a mis dos amantes. Tras esto la cerramos y nos saludamos efusivos, como si no nos hubiéramos visto durante la cena. Aún de pie, comencé a quitar la camiseta a Quiriac, dejando al descubierto su peludo torso. Mientras, Tobías acariciaba mi paquete por encima del pantalón del pijama. Dos golpes secos en la puerta me alarmaron. Mi corazón se puso a mil por hora. ¿Quién sería?

—Vamos, rápido, meteos en el baño —ordené a mis acompañantes, que, veloces, se escondieron allí.

Una vez me hube cerciorado de que estaban a buen recaudo, abrí la puerta. En el umbral apareció la cara de Mike, aquel camerunés de treinta y pocos años que llevaba algo más de un mes en la pensión.

—Dime, Mike —dije disimulando mi azoramiento—. ¿Algún problema?

—Sí —dijo con su tono nasal—. Tenemos un problema —repitió mirando hacia atrás. A su espalda había dos figuras más, Rómulo, un joven gambiano alto y delgaducho, y Sayid, un marroquí con pinta de matón, pero que al trato resultaba bastante amable.

—¿Qué ocurre? —volví a preguntar, observando por encima de su ancho hombro a sus acompañantes.

Me alarmé al ver como Mike empujaba la puerta y me echaba a un lado para entrar. Intenté actuar con rapidez, pero le dejé hacer, si no, levantaría sus sospechas. Mike me miró y fue a hablar para dar respuesta a mi pregunta.

—Sabemos lo que estás haciendo con Tobías y Quiriac. El otro día les vimos entrar en tu habitación y salir a las dos horas. Follasteis —afirmó con seguridad—. Os escuchamos perfectamente. —Permanecí mudo, sin saber qué decir. Mis rodillas habían empezado a temblar—. ¿Dónde están?

En ese instante se abrió la puerta del baño y ambos aparecieron en la habitación.

—¿Qué queréis? —preguntó Quiriac serio y con gesto desafiante.

—Nada —habló el camerunés—. Sólo lo mismo que vosotros. —Al decir esto desvió su mirada hacia mí y me sonrió con una media luna de dientes perfectos.

—¿Cómo? —pregunté sin dar crédito a lo que oía—. ¿Qué queréis qué?

—Tú follas con ellos. ¿Por qué no querrías hacerlo con nosotros? También tenemos necesidades —se explicó el hombre de forma franca. Sus compañeros asentían con la cabeza sin decir nada—. Te gusta el sexo con hombres. Nosotros somos machos. No te arrepentirás.

Bajé la cabeza y miré mis pies. Ante mi parecía abrirse un mundo de posibilidades increíble. ¿Por qué no? El único problema es que una vez abierta esa puerta sería difícil cerrarla. Miré a Quiriac y a Tobías.

—Quiriac —le llamé con tono interrogativo.

—Es tu decisión —se encogió de hombros.

Meneé la cabeza por un momento y finalmente miré a los tres intrusos.

—Está bien —acepté algo inseguro—, pero hay unas condiciones. Y esas condiciones las pondré yo sobre la marcha. Haremos lo que yo diga.

—Estupendo —sonrió Mike—. Pero esta noche ellos participarán solo cuando nosotros digamos —se refirió a Tobías y a Quiriac—, ¿entendido?

Miré a los dos polacos y ellos asintieron con la cabeza. Después se echaron a un lado. Quiriac se sentó en la silla de mi escritorio y Tobías en el suelo, junto a él.

Mike, sin darme tiempo a reaccionar, se dirigió a mí. Agarró con fuerza mi paquete y lo estrujó, obligándome después a tirarme sobre la cama. Sin previo aviso cayó sobre mí y con sus carnosos labios empezó a devorarme la boca. Al instante estaba desnudándose. Vestía con una camisa de tirantes blanca, unos pantalones vaqueros y unas botas negras. Se deshizo de la camiseta de tirantes, tirando con fuerza hacia arriba. Al levantar sus brazos un intenso y fuerte olor a sudor llegó hasta mis pituitarias. En un primero momento me desagradó sobre manera, aunque después me excitó un poco. ¿Aquel hijo de puta no se había duchado después de todo el día trabajando? Debió de ver la pregunta en mi mueca de disgusto.

—Lo siento —rió con orgullo—. Me gusta ducharme por las mañanas.

Tras esto puse mi atención en su pecho. Aquel cabrón no se alimentaba mal. No lucía la barriga de Quiriac, pero cierta curva de la felicidad se marcaba allí. Tenía una tímida tripita que no desentonaba con sus fofas tetas negras. Las manoseé y por un instante deseé comérmelas. Alrededor de sus pezones aparecía un pelo muy rizado, propio de la gente de su raza, así como en el centro de su pecho y en su ombligo. Mike no era totalmente negro, sino que su tono era mucho más claro que el de Rómulo, que si era totalmente negro.

El camerunés comenzó a desabrocharse las botas mientras que llegaban hasta mi Sayid y Rómulo. Les hice el examen en un santiamén, pensando en si disfrutaría o no con ellos. Por un momento decidí esperar a hacer mi valoración. Al menos hasta que les viese en calzoncillos. Mike ya se había quitado las botas y comenzó a desabrocharse los vaqueros. Tiró de ellos hacia abajo y descubrí con agradable sorpresa que coincidía en sus preferencias de ropa interior con mis amigos polacos. Le observé. Su prominente barriga quedaba sobre su ridículo slip blanco con minúsculos rombos de color granate, en donde se escondía un bulto todavía dormido. Levanté mis manos y toque sus huevos por encima de la tela. Tenían un buen calibre.

Miré a un lado y a otro para ver la progresión de los otros dos. Sayid se había quitado también la camiseta y me quedé perplejo al ver su musculado cuerpo. Sus pectorales eran fuertes, duros y pronunciados, y en su abdomen lucía unos trabajados cuadraditos. Todo muy acorde con sus bíceps. Al otro lado, Rómulo estaba ya quitándose el pantalón. Su camiseta había volado a un rincón del cuarto. Estaba muy delgado y pude contemplar como, ciertamente, era de una negrura increíble. Lo que me gustaba de él es que era un tipo guapo dentro de lo poco atractivos que me parecían los hombres de su procedencia. Sus abdominales mostraban una importante tableta de chocolate debido a su delgadez, y no tenía ni un solo pelo. En cambio, Sayid, tenía un vello corporal parecido al de Mike, que le crecía con profusión en todo su pecho y entre los cuadraditos del vientre. Rómulo vestía un slip granate semejante al de Mike, en donde pude entrever una minúscula mancha de humedad preseminal y una especie de culebrilla de buen tamaño. Por su parte Sayid vestía un moderno bóxer de color amarillo chillón realmente a la moda, que marcaba un buen paquetón. Aquella noche pintaba muy interesante.

—Me gusta que me morreen —les dije a los tres—. Si no, me resulta demasiado frío.

No me arrepentí de decir tal cosa, pues al momento una lluvia de besos y un mar de saliva se confundía en mi boca. No sabría decir quién besaba mejor, quizás el que más me sorprendió fue el tímido Rómulo, que con sus finos labios me besaba con encantadora ternura. ¿Habría aquel chico besado antes a alguna mujer? Era jovencito, pues apenas había cumplido los 20.

Fui siendo consciente de lo que ocurría cuando estaba ya desnudo. Mis manos sabían muy bien donde dirigirse y sus pollas comenzaban a tomar consistencia, lo mismo que el fuerte olor que desprendían tanto Mike como Rómulo. Ninguno de los dos se había duchado. Hubo un momento en el que Sayid les miró a ambos, lo que hizo que estos también se detuvieran y le miraran interrogantes.

—¿No os habéis duchado? —dijo el magrebí.

—No —dijo Mike—. ¿Te importa?

—Oléis muy fuerte —explicó éste—, pero no me importa —sonrió—. Es más excitante —manifestó ante mi perplejidad. Sí, realmente lo era. A mí me ponía a mil. Y no quería ni imaginar cuando les comiese el culo. El sudor condensado en aquella parte podría ser una bomba para mis hormonas. Mike alzó la mano y la chocó con la de Sayid, después lo hizo con Rómulo. Reflexioné un instante ante lo primitivo de mi instinto. ¿Era irracional que aquella no demasiado importante falta de higiene me pusiese más cachondo?

Decidí que era el momento de comerme aquellos instrumentos que tras ser tocados y magreados se me antojaron ciclópeos. Empecé por el que parecía mayor, el de Mike. Tímidamente me incorporé un poco y tiré de su ridículo calzoncillo. De allí saltó un imponente miembro negro que me hizo soltar una exclamación. Tendría unos 17 centímetros y, aunque su grosor no era comparable al de Quiriac, no tenía nada que envidiarle. Las venas se marcaban en aquel cipote y un monstruoso y pesado capullo, recubierto por un grueso prepucio, hacía que el miembro vacilase hacía abajo. Él la meneó en el aire orgulloso.

—Es grande, eh —dijo. Rómulo y Sayid estaban tan impresionados como yo. Al otro lado Quiriac y Tobías se mostraron curiosos, algo en lo que reparó el camerunés—. Acercaos —les animó. A lo que obedecieron. Ambos se quedaron con la boca abierta y Quiriac blasfemó en su idioma.

—Es una polla enorme —masculló el cincuentón para que todos le entendiéramos.

—Como la tuya —repliqué sonriendo con malicia. Todos miraron curiosos a Quiriac.

—¿Tú la tienes grande también? —preguntó Mike con el ceño fruncido. Pero Quiriac se mostraba reticente a contestar.

—Enséñasela —le animé—. Pero tienes que tenerla dura del todo. ¿La tienes? —El hombre asintió y Mike le animó a que lo hiciera. Al retirarse el pantalón el grueso pollón de Quiriac saltó como un resorte y los tres intrusos profirieron un gritito.

—Joder —dijo Mike con los ojos como platos—. Eres increíble —le mostró su admiración—. Luego quiero verte follar. Ahora tú —se refirió a Tobías, que obedeció de inmediato como si fuese la orden de un superior. El chico se sacó su largo pene y todos sonrieron—. ¡Bien! Es tan larga como la mía —dijo el camerunés cogiendo su negro miembro y meneándolo. Entonces les indicó que volvieran a su sitio y comenzó a quitarse los calzoncillos. Los miró a contraluz y se los acercó a la cara, esnifando su olor. Aquello me contrarió—. Huelen a hombre —sonrió.

Ni corto ni perezoso estiró el brazo e invitó a Rómulo a olerlos. Mi polla dio un respingo cuando éste introdujo allí sus fosas, aspiró y sonrió. Después hizo ademán de invitar a olerlos a Sayid, que se los quitó de la mano y los extendió en el aire. Tanto él como yo los miramos y descubrimos con asombro algo.

—¿Cuántos días los has llevado puestos? —preguntó el árabe.

—Tres —respondió sonriente. Rómulo se carcajeó.

—Eres un cerdo —expresó el marroquí.

Yo coincidía con él. Podía ver muy claramente la mancha amarilla que correspondía a la parte delantera del slip, en donde quedaban impregnados los restos de orina del camerunés. Más sorprendido me quedé cuando Sayid hizo un gurruño y los olió, aunque después pusiera una mueca de desagrado.

—Ahora tú —me indicó. Lo hice sin pensar. La curiosidad me podía. Aquel calzoncillo olía realmente fuerte. Una mezcla de sudor y orina. Me excitó sobremanera. Entonces Mike me los robó y ágilmente le dio la vuelta.

—Prueba —me animó. Me mostraba la parte interna de la tela, en donde la marca amarilla era más intensa—. Chupa esto. Así sabe un hombre —sonrió fuera de sí.

Algo desconocido me llevó a sacar mi lengua y a arrastrarla por aquella intensa mancha. Cuando me quise dar cuenta, tenía aquella parte del slip dentro de mi boca, totalmente empapada en mi saliva, absorbiendo aquella indeseable pero jugosa sustancia. Era como un elixir. Acto seguido la polla de Mike comenzó a taladrarme la boca y entre mis manos masturbaba el grueso pero comedido nabo de Sayid y la descomunal manguera negra de Rómulo, que dejaba en bastante mal lugar a Tobías, con lo que supuse 20 centímetros de pene africano.

Me fui turnando las pollas en la boca, e incluso intenté tragármelas de dos en dos. Misión imposible si en el par de rabos que me comía se encontraba el gordo cipote de Mike.

—Venga. Es hora de follar —les informé—. Miré más allá de la cama, a Tobías—. ¿Puedes traer el bote de lubricante del armario del baño? —le pedí. Apareció con él al instante. Lo había comprado para mis escarceos con los dos polacos. Lo abrí y comencé a extender el mejunje por mi culo. Mire al trío de hombres calenturientos que tenía de rodillas a mi alrededor—. ¿Os han comido alguna vez el agujero? —sonreí. Ellos menearon la cabeza negativamente—. Bien. Entonces tumbaos en la cama boca abajo.

Obedecieron al instante. Me alegré de tener una cama de matrimonio, pues los tres cabían a la perfección. Observé sus culos a una corta distancia y los valoré. ¿Cuál me gustaba más? Sin duda el duro y musculoso culo de Sayid, pero el que me moría por comer era el de Mike, grande y descompensado respecto al resto de su cuerpo. Parecía que su grasa corporal de más se acumulaba allí.

No se muy bien el tiempo que estuve comiendo aquellos deliciosos agujeros, pero bien pudieron ser veinte minutos largos. Empecé por el del marroquí, que se me antojo delirantemente duro, y continué con el de Mike, cubierto de aquel vello tan peculiar y con un fortísimo olor a macho que provenía desde lo más profundo de él. Me ardió la lengua al contacto de mi boca con aquella parte. El regusto salado era casi inaguantable, cosa que no mejoró al probar el culo de Rómulo, menos peludo pero igual de cáustico en cuanto a sabor.

Después, sin más preámbulos, Sayid fue el primero en coger y penetrarme. Me folló con una incontenible pasión que llegaba a dolerme. Su pene era normal, de unos 14 centímetros, pero me encantaba. No tenía predilección por las pollas grandes, todo hay que decirlo. Solo cuando el hombre no me daba morbo prefería que tuviese un buen aparato, pero en el resto de los casos me era igual la talla. Sayid era un ejemplo perfecto, pues me estaba echando un polvo escandaloso. A penas podía reprimir mis gritos y gemidos a cada embestida de aquel macho marroquí salido de las mil y una noches. Le sujetaba su duro culo, acariciaba los caracolillos velludos de su pecho, me incorporaba para morderle los pequeños pezones. Era increíble.

Tenía los ojos cerrados cuando mi culo quedó desocupado y tomó el relevo aquella especie de fina serpiente que no estaba del todo empalmada. Se deslizaba sinuosa allí dentro, despacio, sin encontrar tope alguno. Miré a Rómulo y posando una mano en su pecho le obligué a detenerse. Me puse de lado, tumbado, y le pedí que continuase. Mientras la metía muy despacio se recostó sobre mí y comenzó a besarme. En ningún momento de lo que duró aquel eterno viaje a mi interior abandonó mis labios. Resoplaba, pero él buscaba mi caliente boca. Hubo un momento en el que no pude evitarlo y gemí.

—Rómulo —dejé escapar su nombre, lo que divirtió al resto de invitados.

Su enorme polla llegó al tope, pero aún quedaba más carne por entrar.

—¿Te gusta? —preguntó Mike—. ¿Quieres tenerla toda dentro?

—No se si podré —murmuré.

—Sí. Sí podrás —me corroboró el camerunés, que puso una mano sobre las nalgas de Rómulo y le obligó a empujar.

Sentí un dolor desgarrador y apoye una de mis manos en el cabecero de la cama. De repente, el tope cedió y los centímetros de rabo que quedaban fuera entraron incontenibles. Me quedé sin respiración, con los ojos abiertos como platos. Me moría. Al ver mi cara, Quiriac se levantó de la silla y fue hacia mí preocupado.

—¿Estás bien? —me preguntó cariñoso. Yo asentí.

—Tranquilo Quiriac —le calmé. El beso que me plantó en los labios me dejó contrariado.

¿Aquellos tipos me cuidaban? ¿Por qué eran tan caballerosos conmigo cuando solo querían sexo y follarme como auténticos cerdos depravados?

—Fóllame, Rómulo —le pedí—. Sin piedad.

El chico se empleó a fondo hasta que noté como no controlaba las descargas de su leche en mi interior. Me dejó repleto, en lo más hondo, donde no había llegado nadie antes. Entonces sacó su larga polla despacio y parecía no salir nunca de tanta longitud como tenía. Me quedé mirando como terminaba de retirarse de mi cuerpo y cuál fue mi sorpresa al ver como ésta salía manchada de un desagradable color marrón. Todos pusieron un gesto de asco y yo sentí que algo líquido chorreaba de mi culo sobre las sábanas. Por un momento me temí lo peor. Un hilo de semen blanco con puntitos ocres brotó de mi agujero y empapó la ropa de cama.

—Lo siento —me disculpé. El chico tenía cara avergonzada, pero más avergonzado estaba yo.

—Es normal —habló Sayid—. No es como en una película porno. Esto es lo que tienes dentro. Es normal —repitió para quitarle hierro al asunto—. Y cómo es grande… —sonrió al chico negro.

—Voy a lavarme —se excusó. Y salió en dirección al baño.

Mike me miraba con ojos de cordero degollado. Sin darme tregua ni tiempo a reaccionar tras aquella desagradable e incontrolable circunstancia, me metió su grueso rabo de un solo golpe, haciendo que mi garganta emitiese un desgarrador chillido.

—Vas a despertar a toda la pensión —dijo éste enfadado, y aumentó sus embestidas, intentado emular a Sayid. Pero Sayid me había resultado apasionado. Mike estaba siendo violento y, sin duda, buscaba hacerme daño—. Te voy a destrozar.

—Sí —le dije rabioso, apretando los dientes—. Eres más marica que yo, ¿sabes?

Su tuneladora me estaba haciendo mucho daño y, aunque mi culo se había hecho a la idea del diámetro de Quiriac, no dejaba de ser doloroso aquel portento africano. Por suerte, Mike eyaculó en seguida, dejándome de nuevo el culo reventado y lleno de semen.

Se levantó sin decir nada, recogió sus cosas del suelo y les hizo un ademán a todos.

—Dejémosle solo para que piense —ordenó en plan mafioso—. Vendremos cada semana y nos darás lo que queremos.

No me intimidó lo más mínimo aquella categórica amenaza. Si eso querían, lo iban a tener.

Los polacos salieron por la puerta sin decir nada, luego Rómulo hizo lo propio y él se quedó mirando a Sayid, que permanecía tumbado sobre la cama, junto a mí.

—Ahora subiré. Todavía no me he corrido. —dijo éste. Mike sonrió y cerró la puerta al salir. Respiré algo aliviado al ver que aquel mafioso de piel de ébano se había largado.

—¿Quieres acabar? —miré a Sayid. Pero me sorprendió su negativa.

—No es necesario —dijo contento—. Sólo quería decirte que es la primera vez que hago algo con un hombre y no quiero que pienses…

—No pienso nada, Sayid —le corté—. Si quieres que tengamos sexo no hay ningún problema. Eres un tío guapo y simpático. Me gusta como eres.

—Es sólo que…

—No pienses en nada —le dije—. Es lo mejor. No te plantees nada, ¿entendido? Aunque si necesitas hablar aquí me tienes, ¿vale? No solo valgo para que me deis por el culo. Tengo sentimientos.

—Lo se —asintió él.

—Puedo besarte —le pedí. Accedió casi sin pensarlo. Nos fundimos en un beso y después le miré—. Lo que vosotros necesitáis no es sexo. Es compañía —afirmé rotundo, observando como el magrebí recogía rápidamente su ropa y se despedía de mí con una mirada cálida.

—Hasta mañana, Pablo —me lanzó una despiadada y sensual sonrisa.

—Hasta mañana, Sayid —respondí. Y se hicieron las tinieblas.

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