En los diez días sucesivos no pude evitar tener otro
encuentro más con Quiriac y Tobías. Recuperado de las consecuencias de la
primera vez, la segunda se me antojó más intensa, pues estuvimos dos horas
largas pasándolo en grande. Tras ponerles en posición de ataque, ambos se
turnaron como buenos compañeros el agujero de mi culo, acabando después en lo
profundo de mi garganta con su salada leche. Esa noche tocaba de nuevo cita a
eso de las doce y pico, cuando todos dormían. Ambos habían conseguido mantener a
André a raya. Éste no estaba muy de acuerdo con las prácticas de sus
compatriotas, pero parecía respetarlo con no muy mal talante.
Esperaba ansioso en mi cuarto y sentí cierto alivio cuando
sonaron los tres golpes en la puerta. Me levanté, abrí y sonreí al ver a mis dos
amantes. Tras esto la cerramos y nos saludamos efusivos, como si no nos
hubiéramos visto durante la cena. Aún de pie, comencé a quitar la camiseta a
Quiriac, dejando al descubierto su peludo torso. Mientras, Tobías acariciaba mi
paquete por encima del pantalón del pijama. Dos golpes secos en la puerta me
alarmaron. Mi corazón se puso a mil por hora. ¿Quién sería?
—Vamos, rápido, meteos en el baño —ordené a mis acompañantes,
que, veloces, se escondieron allí.
Una vez me hube cerciorado de que estaban a buen recaudo,
abrí la puerta. En el umbral apareció la cara de Mike, aquel camerunés de
treinta y pocos años que llevaba algo más de un mes en la pensión.
—Dime, Mike —dije disimulando mi azoramiento—. ¿Algún
problema?
—Sí —dijo con su tono nasal—. Tenemos un problema —repitió
mirando hacia atrás. A su espalda había dos figuras más, Rómulo, un joven
gambiano alto y delgaducho, y Sayid, un marroquí con pinta de matón, pero que al
trato resultaba bastante amable.
—¿Qué ocurre? —volví a preguntar, observando por encima de su
ancho hombro a sus acompañantes.
Me alarmé al ver como Mike empujaba la puerta y me echaba a
un lado para entrar. Intenté actuar con rapidez, pero le dejé hacer, si no,
levantaría sus sospechas. Mike me miró y fue a hablar para dar respuesta a mi
pregunta.
—Sabemos lo que estás haciendo con Tobías y Quiriac. El otro
día les vimos entrar en tu habitación y salir a las dos horas. Follasteis
—afirmó con seguridad—. Os escuchamos perfectamente. —Permanecí mudo, sin saber
qué decir. Mis rodillas habían empezado a temblar—. ¿Dónde están?
En ese instante se abrió la puerta del baño y ambos
aparecieron en la habitación.
—¿Qué queréis? —preguntó Quiriac serio y con gesto
desafiante.
—Nada —habló el camerunés—. Sólo lo mismo que vosotros. —Al
decir esto desvió su mirada hacia mí y me sonrió con una media luna de dientes
perfectos.
—¿Cómo? —pregunté sin dar crédito a lo que oía—. ¿Qué queréis
qué?
—Tú follas con ellos. ¿Por qué no querrías hacerlo con
nosotros? También tenemos necesidades —se explicó el hombre de forma franca. Sus
compañeros asentían con la cabeza sin decir nada—. Te gusta el sexo con hombres.
Nosotros somos machos. No te arrepentirás.
Bajé la cabeza y miré mis pies. Ante mi parecía abrirse un
mundo de posibilidades increíble. ¿Por qué no? El único problema es que una vez
abierta esa puerta sería difícil cerrarla. Miré a Quiriac y a Tobías.
—Quiriac —le llamé con tono interrogativo.
—Es tu decisión —se encogió de hombros.
Meneé la cabeza por un momento y finalmente miré a los tres
intrusos.
—Está bien —acepté algo inseguro—, pero hay unas condiciones.
Y esas condiciones las pondré yo sobre la marcha. Haremos lo que yo diga.
—Estupendo —sonrió Mike—. Pero esta noche ellos participarán
solo cuando nosotros digamos —se refirió a Tobías y a Quiriac—, ¿entendido?
Miré a los dos polacos y ellos asintieron con la cabeza.
Después se echaron a un lado. Quiriac se sentó en la silla de mi escritorio y
Tobías en el suelo, junto a él.
Mike, sin darme tiempo a reaccionar, se dirigió a mí. Agarró
con fuerza mi paquete y lo estrujó, obligándome después a tirarme sobre la cama.
Sin previo aviso cayó sobre mí y con sus carnosos labios empezó a devorarme la
boca. Al instante estaba desnudándose. Vestía con una camisa de tirantes blanca,
unos pantalones vaqueros y unas botas negras. Se deshizo de la camiseta de
tirantes, tirando con fuerza hacia arriba. Al levantar sus brazos un intenso y
fuerte olor a sudor llegó hasta mis pituitarias. En un primero momento me
desagradó sobre manera, aunque después me excitó un poco. ¿Aquel hijo de puta no
se había duchado después de todo el día trabajando? Debió de ver la pregunta en
mi mueca de disgusto.
—Lo siento —rió con orgullo—. Me gusta ducharme por las
mañanas.
Tras esto puse mi atención en su pecho. Aquel cabrón no se
alimentaba mal. No lucía la barriga de Quiriac, pero cierta curva de la
felicidad se marcaba allí. Tenía una tímida tripita que no desentonaba con sus
fofas tetas negras. Las manoseé y por un instante deseé comérmelas. Alrededor de
sus pezones aparecía un pelo muy rizado, propio de la gente de su raza, así como
en el centro de su pecho y en su ombligo. Mike no era totalmente negro, sino que
su tono era mucho más claro que el de Rómulo, que si era totalmente negro.
El camerunés comenzó a desabrocharse las botas mientras que
llegaban hasta mi Sayid y Rómulo. Les hice el examen en un santiamén, pensando
en si disfrutaría o no con ellos. Por un momento decidí esperar a hacer mi
valoración. Al menos hasta que les viese en calzoncillos. Mike ya se había
quitado las botas y comenzó a desabrocharse los vaqueros. Tiró de ellos hacia
abajo y descubrí con agradable sorpresa que coincidía en sus preferencias de
ropa interior con mis amigos polacos. Le observé. Su prominente barriga quedaba
sobre su ridículo slip blanco con minúsculos rombos de color granate, en donde
se escondía un bulto todavía dormido. Levanté mis manos y toque sus huevos por
encima de la tela. Tenían un buen calibre.
Miré a un lado y a otro para ver la progresión de los otros
dos. Sayid se había quitado también la camiseta y me quedé perplejo al ver su
musculado cuerpo. Sus pectorales eran fuertes, duros y pronunciados, y en su
abdomen lucía unos trabajados cuadraditos. Todo muy acorde con sus bíceps. Al
otro lado, Rómulo estaba ya quitándose el pantalón. Su camiseta había volado a
un rincón del cuarto. Estaba muy delgado y pude contemplar como, ciertamente,
era de una negrura increíble. Lo que me gustaba de él es que era un tipo guapo
dentro de lo poco atractivos que me parecían los hombres de su procedencia. Sus
abdominales mostraban una importante tableta de chocolate debido a su delgadez,
y no tenía ni un solo pelo. En cambio, Sayid, tenía un vello corporal parecido
al de Mike, que le crecía con profusión en todo su pecho y entre los cuadraditos
del vientre. Rómulo vestía un slip granate semejante al de Mike, en donde pude
entrever una minúscula mancha de humedad preseminal y una especie de culebrilla
de buen tamaño. Por su parte Sayid vestía un moderno bóxer de color amarillo
chillón realmente a la moda, que marcaba un buen paquetón. Aquella noche pintaba
muy interesante.
—Me gusta que me morreen —les dije a los tres—. Si no, me
resulta demasiado frío.
No me arrepentí de decir tal cosa, pues al momento una lluvia
de besos y un mar de saliva se confundía en mi boca. No sabría decir quién
besaba mejor, quizás el que más me sorprendió fue el tímido Rómulo, que con sus
finos labios me besaba con encantadora ternura. ¿Habría aquel chico besado antes
a alguna mujer? Era jovencito, pues apenas había cumplido los 20.
Fui siendo consciente de lo que ocurría cuando estaba ya
desnudo. Mis manos sabían muy bien donde dirigirse y sus pollas comenzaban a
tomar consistencia, lo mismo que el fuerte olor que desprendían tanto Mike como
Rómulo. Ninguno de los dos se había duchado. Hubo un momento en el que Sayid les
miró a ambos, lo que hizo que estos también se detuvieran y le miraran
interrogantes.
—¿No os habéis duchado? —dijo el magrebí.
—No —dijo Mike—. ¿Te importa?
—Oléis muy fuerte —explicó éste—, pero no me importa
—sonrió—. Es más excitante —manifestó ante mi perplejidad. Sí, realmente lo era.
A mí me ponía a mil. Y no quería ni imaginar cuando les comiese el culo. El
sudor condensado en aquella parte podría ser una bomba para mis hormonas. Mike
alzó la mano y la chocó con la de Sayid, después lo hizo con Rómulo. Reflexioné
un instante ante lo primitivo de mi instinto. ¿Era irracional que aquella no
demasiado importante falta de higiene me pusiese más cachondo?
Decidí que era el momento de comerme aquellos instrumentos
que tras ser tocados y magreados se me antojaron ciclópeos. Empecé por el que
parecía mayor, el de Mike. Tímidamente me incorporé un poco y tiré de su
ridículo calzoncillo. De allí saltó un imponente miembro negro que me hizo
soltar una exclamación. Tendría unos 17 centímetros y, aunque su grosor no era
comparable al de Quiriac, no tenía nada que envidiarle. Las venas se marcaban en
aquel cipote y un monstruoso y pesado capullo, recubierto por un grueso
prepucio, hacía que el miembro vacilase hacía abajo. Él la meneó en el aire
orgulloso.
—Es grande, eh —dijo. Rómulo y Sayid estaban tan
impresionados como yo. Al otro lado Quiriac y Tobías se mostraron curiosos, algo
en lo que reparó el camerunés—. Acercaos —les animó. A lo que obedecieron. Ambos
se quedaron con la boca abierta y Quiriac blasfemó en su idioma.
—Es una polla enorme —masculló el cincuentón para que todos
le entendiéramos.
—Como la tuya —repliqué sonriendo con malicia. Todos miraron
curiosos a Quiriac.
—¿Tú la tienes grande también? —preguntó Mike con el ceño
fruncido. Pero Quiriac se mostraba reticente a contestar.
—Enséñasela —le animé—. Pero tienes que tenerla dura del
todo. ¿La tienes? —El hombre asintió y Mike le animó a que lo hiciera. Al
retirarse el pantalón el grueso pollón de Quiriac saltó como un resorte y los
tres intrusos profirieron un gritito.
—Joder —dijo Mike con los ojos como platos—. Eres increíble
—le mostró su admiración—. Luego quiero verte follar. Ahora tú —se refirió a
Tobías, que obedeció de inmediato como si fuese la orden de un superior. El
chico se sacó su largo pene y todos sonrieron—. ¡Bien! Es tan larga como la mía
—dijo el camerunés cogiendo su negro miembro y meneándolo. Entonces les indicó
que volvieran a su sitio y comenzó a quitarse los calzoncillos. Los miró a
contraluz y se los acercó a la cara, esnifando su olor. Aquello me contrarió—.
Huelen a hombre —sonrió.
Ni corto ni perezoso estiró el brazo e invitó a Rómulo a
olerlos. Mi polla dio un respingo cuando éste introdujo allí sus fosas, aspiró y
sonrió. Después hizo ademán de invitar a olerlos a Sayid, que se los quitó de la
mano y los extendió en el aire. Tanto él como yo los miramos y descubrimos con
asombro algo.
—¿Cuántos días los has llevado puestos? —preguntó el árabe.
—Tres —respondió sonriente. Rómulo se carcajeó.
—Eres un cerdo —expresó el marroquí.
Yo coincidía con él. Podía ver muy claramente la mancha
amarilla que correspondía a la parte delantera del slip, en donde quedaban
impregnados los restos de orina del camerunés. Más sorprendido me quedé cuando
Sayid hizo un gurruño y los olió, aunque después pusiera una mueca de desagrado.
—Ahora tú —me indicó. Lo hice sin pensar. La curiosidad me
podía. Aquel calzoncillo olía realmente fuerte. Una mezcla de sudor y orina. Me
excitó sobremanera. Entonces Mike me los robó y ágilmente le dio la vuelta.
—Prueba —me animó. Me mostraba la parte interna de la tela,
en donde la marca amarilla era más intensa—. Chupa esto. Así sabe un hombre
—sonrió fuera de sí.
Algo desconocido me llevó a sacar mi lengua y a arrastrarla
por aquella intensa mancha. Cuando me quise dar cuenta, tenía aquella parte del
slip dentro de mi boca, totalmente empapada en mi saliva, absorbiendo aquella
indeseable pero jugosa sustancia. Era como un elixir. Acto seguido la polla de
Mike comenzó a taladrarme la boca y entre mis manos masturbaba el grueso pero
comedido nabo de Sayid y la descomunal manguera negra de Rómulo, que dejaba en
bastante mal lugar a Tobías, con lo que supuse 20 centímetros de pene africano.
Me fui turnando las pollas en la boca, e incluso intenté
tragármelas de dos en dos. Misión imposible si en el par de rabos que me comía
se encontraba el gordo cipote de Mike.
—Venga. Es hora de follar —les informé—. Miré más allá de la
cama, a Tobías—. ¿Puedes traer el bote de lubricante del armario del baño? —le
pedí. Apareció con él al instante. Lo había comprado para mis escarceos con los
dos polacos. Lo abrí y comencé a extender el mejunje por mi culo. Mire al trío
de hombres calenturientos que tenía de rodillas a mi alrededor—. ¿Os han comido
alguna vez el agujero? —sonreí. Ellos menearon la cabeza negativamente—. Bien.
Entonces tumbaos en la cama boca abajo.
Obedecieron al instante. Me alegré de tener una cama de
matrimonio, pues los tres cabían a la perfección. Observé sus culos a una corta
distancia y los valoré. ¿Cuál me gustaba más? Sin duda el duro y musculoso culo
de Sayid, pero el que me moría por comer era el de Mike, grande y descompensado
respecto al resto de su cuerpo. Parecía que su grasa corporal de más se
acumulaba allí.
No se muy bien el tiempo que estuve comiendo aquellos
deliciosos agujeros, pero bien pudieron ser veinte minutos largos. Empecé por el
del marroquí, que se me antojo delirantemente duro, y continué con el de Mike,
cubierto de aquel vello tan peculiar y con un fortísimo olor a macho que
provenía desde lo más profundo de él. Me ardió la lengua al contacto de mi boca
con aquella parte. El regusto salado era casi inaguantable, cosa que no mejoró
al probar el culo de Rómulo, menos peludo pero igual de cáustico en cuanto a
sabor.
Después, sin más preámbulos, Sayid fue el primero en coger y
penetrarme. Me folló con una incontenible pasión que llegaba a dolerme. Su pene
era normal, de unos 14 centímetros, pero me encantaba. No tenía predilección por
las pollas grandes, todo hay que decirlo. Solo cuando el hombre no me daba morbo
prefería que tuviese un buen aparato, pero en el resto de los casos me era igual
la talla. Sayid era un ejemplo perfecto, pues me estaba echando un polvo
escandaloso. A penas podía reprimir mis gritos y gemidos a cada embestida de
aquel macho marroquí salido de las mil y una noches. Le sujetaba su duro culo,
acariciaba los caracolillos velludos de su pecho, me incorporaba para morderle
los pequeños pezones. Era increíble.
Tenía los ojos cerrados cuando mi culo quedó desocupado y
tomó el relevo aquella especie de fina serpiente que no estaba del todo
empalmada. Se deslizaba sinuosa allí dentro, despacio, sin encontrar tope
alguno. Miré a Rómulo y posando una mano en su pecho le obligué a detenerse. Me
puse de lado, tumbado, y le pedí que continuase. Mientras la metía muy despacio
se recostó sobre mí y comenzó a besarme. En ningún momento de lo que duró aquel
eterno viaje a mi interior abandonó mis labios. Resoplaba, pero él buscaba mi
caliente boca. Hubo un momento en el que no pude evitarlo y gemí.
—Rómulo —dejé escapar su nombre, lo que divirtió al resto de
invitados.
Su enorme polla llegó al tope, pero aún quedaba más carne por
entrar.
—¿Te gusta? —preguntó Mike—. ¿Quieres tenerla toda dentro?
—No se si podré —murmuré.
—Sí. Sí podrás —me corroboró el camerunés, que puso una mano
sobre las nalgas de Rómulo y le obligó a empujar.
Sentí un dolor desgarrador y apoye una de mis manos en el
cabecero de la cama. De repente, el tope cedió y los centímetros de rabo que
quedaban fuera entraron incontenibles. Me quedé sin respiración, con los ojos
abiertos como platos. Me moría. Al ver mi cara, Quiriac se levantó de la silla y
fue hacia mí preocupado.
—¿Estás bien? —me preguntó cariñoso. Yo asentí.
—Tranquilo Quiriac —le calmé. El beso que me plantó en los
labios me dejó contrariado.
¿Aquellos tipos me cuidaban? ¿Por qué eran tan caballerosos
conmigo cuando solo querían sexo y follarme como auténticos cerdos depravados?
—Fóllame, Rómulo —le pedí—. Sin piedad.
El chico se empleó a fondo hasta que noté como no controlaba
las descargas de su leche en mi interior. Me dejó repleto, en lo más hondo,
donde no había llegado nadie antes. Entonces sacó su larga polla despacio y
parecía no salir nunca de tanta longitud como tenía. Me quedé mirando como
terminaba de retirarse de mi cuerpo y cuál fue mi sorpresa al ver como ésta
salía manchada de un desagradable color marrón. Todos pusieron un gesto de asco
y yo sentí que algo líquido chorreaba de mi culo sobre las sábanas. Por un
momento me temí lo peor. Un hilo de semen blanco con puntitos ocres brotó de mi
agujero y empapó la ropa de cama.
—Lo siento —me disculpé. El chico tenía cara avergonzada,
pero más avergonzado estaba yo.
—Es normal —habló Sayid—. No es como en una película porno.
Esto es lo que tienes dentro. Es normal —repitió para quitarle hierro al
asunto—. Y cómo es grande… —sonrió al chico negro.
—Voy a lavarme —se excusó. Y salió en dirección al baño.
Mike me miraba con ojos de cordero degollado. Sin darme
tregua ni tiempo a reaccionar tras aquella desagradable e incontrolable
circunstancia, me metió su grueso rabo de un solo golpe, haciendo que mi
garganta emitiese un desgarrador chillido.
—Vas a despertar a toda la pensión —dijo éste enfadado, y
aumentó sus embestidas, intentado emular a Sayid. Pero Sayid me había resultado
apasionado. Mike estaba siendo violento y, sin duda, buscaba hacerme daño—. Te
voy a destrozar.
—Sí —le dije rabioso, apretando los dientes—. Eres más marica
que yo, ¿sabes?
Su tuneladora me estaba haciendo mucho daño y, aunque mi culo
se había hecho a la idea del diámetro de Quiriac, no dejaba de ser doloroso
aquel portento africano. Por suerte, Mike eyaculó en seguida, dejándome de nuevo
el culo reventado y lleno de semen.
Se levantó sin decir nada, recogió sus cosas del suelo y les
hizo un ademán a todos.
—Dejémosle solo para que piense —ordenó en plan mafioso—.
Vendremos cada semana y nos darás lo que queremos.
No me intimidó lo más mínimo aquella categórica amenaza. Si
eso querían, lo iban a tener.
Los polacos salieron por la puerta sin decir nada, luego
Rómulo hizo lo propio y él se quedó mirando a Sayid, que permanecía tumbado
sobre la cama, junto a mí.
—Ahora subiré. Todavía no me he corrido. —dijo éste. Mike
sonrió y cerró la puerta al salir. Respiré algo aliviado al ver que aquel
mafioso de piel de ébano se había largado.
—¿Quieres acabar? —miré a Sayid. Pero me sorprendió su
negativa.
—No es necesario —dijo contento—. Sólo quería decirte que es
la primera vez que hago algo con un hombre y no quiero que pienses…
—No pienso nada, Sayid —le corté—. Si quieres que tengamos
sexo no hay ningún problema. Eres un tío guapo y simpático. Me gusta como eres.
—Es sólo que…
—No pienses en nada —le dije—. Es lo mejor. No te plantees
nada, ¿entendido? Aunque si necesitas hablar aquí me tienes, ¿vale? No solo
valgo para que me deis por el culo. Tengo sentimientos.
—Lo se —asintió él.
—Puedo besarte —le pedí. Accedió casi sin pensarlo. Nos
fundimos en un beso y después le miré—. Lo que vosotros necesitáis no es sexo.
Es compañía —afirmé rotundo, observando como el magrebí recogía rápidamente su
ropa y se despedía de mí con una mirada cálida.
—Hasta mañana, Pablo —me lanzó una despiadada y sensual
sonrisa.
—Hasta mañana, Sayid —respondí. Y se hicieron las tinieblas.