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Follando en una isla desierta
TODORELATOS » RELATOS » EL PALACIO ARáOZ (09: ODIO Y DESEO)
[ A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 03 de Diciembre, 2008.
Fecha: 14-Mar-06 « Anterior | Siguiente » en Gays (4130 de 6573)

El Palacio Aráoz (09: Odio y deseo)

Franco
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Nunca se sabe qué puede resultar de la combinación de emociones encontradas. La atracción de un hombre caliente, puede más que cualquier sensación de rechazo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

El Palacio Aráoz

IX – Odio y deseo

 

Al día siguiente el Sr. Gutiérrez me citó en su despacho. Temblando por lo que podría pasarme, atravesé el pasillo con una palidez de muerto. Entonces me crucé con Reinaldo que al verme en ese estado cambió su eterna expresión de pocos amigos y para mi asombro se mostró totalmente amable conmigo.

-Gómez ¿qué te pasa? ¿te sentís bien? ¿porqué esa cara?.

Yo estaba a punto de llorar, y miré a ese hombre de ojos celestes que ya no me parecía nada hostil. Reinaldo había cambiado mucho conmigo. Me miró agachándose un poco para examinar mi cara, y yo me desplomé en sus brazos.

-Eh, Gómez, ¿qué pasa?... tranquilo, tranquilo... ¿querés contarme?

-Me llamó Gutiérrez a su despacho. No me gusta nada esa citación.

-¡Ese hijo de puta!, ya me tiene harto. Nos tiene hartos a todos. ¿Por qué te llamó ahora?

-No lo sé, pero nada bueno ha de ser.

-Querrá extorsionarte. A mí ya me lo hizo, y a muchos. Pero esto se tiene que acabar, ya mismo voy a hablar con el Doctor. Vos andá, que seguramente algo vamos a poder hacer.

-Sí, Reinaldo – dije intentando serenarme. El repentino interés sobre mí y la calidez inesperada de Reinaldo, me emocionaron. Él volvió a abrazarme y me asombró con un beso en la mejilla. Me miró fijamente y me dijo:

-Perdoname si te traté mal. Yo soy así, ¿sabés?, pero no me tenés que hacer caso – me dijo pasando la mano sobre mi cabeza – Vos sos un buen tipo.

-Gracias, Reinaldo – le dije. Y me separé de él rumbo al despacho de Gutiérrez.

Golpeé la puerta y me respondió un "adelante" que me heló la sangre. El mayordomo estaba de espaldas frente a la ventana con las manos sujetas tras de sí. Enhiesto y ostentando su dureza, era como si gozara con ese abuso de autoridad.

-Buen día, señor.

-Buenos días, Gómez.

-¿Puedo preguntar porqué me citó a su despacho, señor?

-No sea insolente. Aquí las preguntas las hago yo. Tome asiento.

Me senté mirando el centro del pulcro escritorio. Gutiérrez se volvió hacia mí y me habló paseándose por un reducido sector de la habitación. Sus ojos grandes me observaban a través de las gafas doradas.

-Esta mañana me tomé el trabajo de inspeccionar las habitaciones a fin de corroborar que todo estuviera en orden en los armarios de los sirvientes. Ya sabe, es importante que los uniformes estén impecables y todos aquellos objetos personales que un empleado debe usar para el servicio tienen que estar siempre en su sitio. No es violación de intimidad, sabe bien que la ropa de los empleados es propiedad de la casa. Pues bien ¿a qué no sabe de qué me enteré? – preguntó levantando levemente la voz. Al no tener respuesta de mi parte, prosiguió - No, seguramente no lo sabe. Pero se lo voy a decir. Antes, le pido por favor que me explique porqué está usando esas zapatillas inadecuadas a la vestimenta y aspecto que se debe guardar en esta casa.

Titubeé, y no supe qué responder.

-Pues yo responderé por usted, si me permite – y abriendo un armario sacó mis zapatos – He aquí lo que descubrí en mi inspección. Todos los sirvientes tenían sus zapatos en sus habitaciones o en uso, ¡salvo usted, Gómez!. Qué casualidad: ¡aquí están!. Como usted sabe, eso es inadmisible. Una falta grave en las reglas de la casa. No soy yo el que impuso esas reglas, sino el mismísimo Doctor Aráoz. Usted sabe que a él le gusta que todo empleado tenga excelente presencia. Y para él, esto es una falta grave. Imagínese para mí, que con esto se pone en juego mi propio puesto.

-¿Se lo va a decir?

-A menos que entre usted y yo hagamos un arreglo – me dijo acercándose a mí.

-¿Cuál arreglo, señor?

-Mire, Gómez, no soy una persona a la que le guste delatar las faltas de ustedes al Doctor, pero imagínese que yo tengo que hacer mi trabajo, que, entre otras cosas, es el de controlar el orden entre los integrantes del personal que, en fin, generalmente se trata de gente sin educación como usted y como tantos aquí. Es muy simple. Usted puede gozar de cierta tranquilidad en su trabajo por sólo el 30% de su sueldo a favor mío. Así, cada mes, usted no tendrá que preocuparse por tener tantos errores con las estrictas reglas de su empleador. Es fácil, mírelo como si estuviera pagando un seguro.

Apreté los puños con un furor contenido. Mi inexperiencia juvenil y mi temor, hicieron que asintiera en conformidad con el arreglo.

-Así me gusta. Fíjese que estoy siendo generoso, porque, Gómez, usted no puede andar por ahí, perdiendo los zapatos, y metiendo las narices en donde nada tiene que hacer. ¿Se da cuenta?

Gutiérrez me hablaba con todo su odio. Con un tono paternalista terriblemente irónico. Realmente le había molestado que yo hubiera estado anoche en los baños. Lo miré con desprecio, imaginando que ciertamente él ya estaría extorsionando a varios de mis compañeros por motivos diversos. Ahora comprendía porqué perseguía tanto a aquellos compañeros que cumplían con sus obligaciones, y a la vez, inexplicablemente, hacía la vista gorda con otros cuando cometían graves faltas.

-Me parece muy bien que nos hayamos puesto de acuerdo, Gómez. Podemos celebrar el trato, ¿qué le parece?.

-¿Celebrar?

Entonces vino hacia mí como una furia, y me agarró de la solapa del uniforme, levantándome en vilo.

-Escuchame, pendejo de mierda: ¡Ya me estás cansando!. Si no te eché hasta ahora, es porque me volviste loco desde que entraste por esa puerta la primera vez. – me dijo apretando los dientes – hacía tiempo que no entraba a trabajar un chico como vos. Con esa cara, ese cuerpo, ese culito, y esa verga. Y no te asombres, sabés perfectamente que le gustaste mucho también al Doctor. Él ya no se fija en mí. Lo aburrí. ¡El muy cabrón!. ¡Ahora parece que al hijo de puta le gusta cogerse a los más pendejos!

Gutiérrez me había agarrado la cabeza por detrás y a tiempo que me decía estas cosas, su cara se acercaba cada vez más a la mía. Sentía su odio, su desprecio mezclado de manera extraña con el más intenso deseo hacia mí. Me devoraba con la mirada, y su aliento invadía mi rostro despertándome emociones encontradas.

-Sr. Gutiérrez, por favor... – supliqué

-No, Gómez. No me vengas ahora con súplicas inútiles, ridículas. Nos conocemos bien, y vos sabés que vos y yo, somos muy parecidos. O al menos, nos gustan las mismas cosas – me dijo casi en mis propios labios, porque los había acercado tanto, que sentía resonar sus palabras casi dentro de mi boca.

Aprisionando mi cabeza entre sus manos velludas, finalmente me invadió con un beso frontal sin poder contener su pasión al devorarme y lamerme ávidamente. Su boca me cubría de tal manera, que yo no podía respirar. Mientras me restregaba su duro bigote por toda mi cara, me decía:

-¡Hijo de puta!, ¡sos una mierda!, ¡no tenés una idea de lo que me calentaste todos estos días, cabrón!. ¡Al fin te puedo besar, al fin te puedo saborear entero!

Sentí asco. De él, de tener a esa detestable persona chupándome mientras yo estaba a su entera disposición. Pero también sentí asco de mí mismo. Porque al mismo tiempo que detestaba a Gutiérrez, un deseo muy interno hizo que toda la piel se me erizara, que empezara a palpitar aceleradamente y sintiera que mi pija estaba levantándose y poniéndoseme dura.

Yo permanecí inerte. De bronca, pero también abrumado por los acontecimientos. Quería escapar, pero también quería que ese hijo de puta me siguiera humillando. ¿Podía encontrar placer en eso? ¿Tan loco estaba para encontrar en ese cabrón algo excitante después de lo que estaba haciendo conmigo?

Me empezó a arrancar la ropa y pronto estuve completamente desnudo para regocijo de sus glándulas salivales.

-¡Qué bien que estás, hijo de mil putas, así te quiero, así, en pelotas, todo para mí!. ¡Mostrame tu verga!. ¡Ah! ¡Mirá como estás disfrutando! ¡Mirá como se te puso, cabrón! ¡Ya estás completamente al palo!

Yo me abandonaba a él, confuso y excitado a más no poder. Él me manoseaba el pecho, saboreaba mis pezones, recorría con sus manos mi espalda, mi culo, metía sus dedos en mi ojete, me besaba en la boca, y todo el tiempo no dejaba de decirme todo tipo de groserías, excitando mis sentidos y todo mi ser.

-Así te quería, Gómez. Todo para mí solo. Caliente aunque me odies. Sos el empleado más hermoso que hay en servicio, besame, partime la boca con tu lengua. ¿Querés que me ponga en pelotas para vos, hijo de puta?, ¿querés cogerme?, ¿querés darme toda tu leche?, sí, sí, sí.... dámela.... quiero tragármela toda.

Gutiérrez, totalmente fuera de sí, se quitó la ropa rápidamente. Yo lo miraba extasiado. Aún tenía de él la imagen atildada, compuesta y severa que intimidaba a todos, y también la amable, servil y eficiente que mostraba frente a sus superiores y visitantes de la casa. El perfecto e intachable mayordomo, al que nunca nadie reprocharía nada. Ahora estaba ante mí, despeinado, sudoroso, como una fiera presa de su pasión, y a horcajadas sobre mi cuerpo desnudo.

Gutiérrez había quedado completamente en bolas y por primera vez vi su cuerpo en toda su desnudez. Solo conocía de él su enorme pija y la zona de su ojete. Tenía un cuerpo vigoroso, que a pesar de su edad ya madura conservaba un cuerpo irresistible. Un vello abundante y blanco cubría gran parte de su cuerpo. Y solo en las axilas, los pezones y el pubis, los largos e hirsutos pelos permanecían todavía negros. Pectorales fuertes, grandes, abultados, separados por una hendidura en el centro que los hacía más atractivos y prominentes. Su abdomen era algo generoso. Un matorral de pelos ensortijados lo adornaba y guiaba la vista hacia abajo, en un camino que se ensanchaba hacia la pelvis. Allí, el matorral se hacía bosque y entre sus pelos oscuros emergía la verga hinchada y llena de venas que yo ya conocía muy bien.

Sin poder evitarlo, engullí su miembro chupándolo con muchas ganas. La mente me reprochaba aún mi comportamiento, mientras que todo mi deseo me pedía a gritos devorar ese pedazo de hombre. Ambos caímos en la pequeña alfombra del piso y él giró su cuerpo buscando mi pija, a la vez que yo tenía la suya en la boca. Así estuvimos un rato, hasta que él se puso en cuatro patas y me ordenó:

-¡Cogeme!

Metí mi pija en su culo. Era la segunda vez que lo hacía. No tuve problemas, ya que mi verga dura se deslizó en su ano sin encontrar obstáculo alguno. Lo penetré salvajemente, y lejos eso de molestarlo, hacía que lo volviera loco de placer.

-¡Cogeme, cogeme, cogeme!

Entonces tomé su durísima pija, mientras no dejaba de entrar y salir en él, y lo masturbé violentamente. No tardé mucho en sentir que iba a correrse. Eso me puso a mil, y casi al mismo tiempo que él descargaba sus latigazos de caliente leche, yo ya estaba a punto de derramarme. Los chorros de su líquido fueron a parar a la alfombra, y cambiando de posición rápidamente, me situó de tal manera que mi verga quedó metida en su boca. Allí me descargué por completo, inundándolo con mi caliente leche. Casi inmediatamente me atrajo hacia él y me besó largamente, pasando parte de mi propio semen de su boca a la mía, y haciéndome sentir el sabor de mi esperma aún caliente.

Por un momento, su cara denotó una dulce expresión y una profunda mirada. O al menos eso me pareció. Pero fue solo un momento, porque me tomó duramente la cabeza, y me dijo en un tono lleno de desprecio:

-¿Viste que siempre obtengo lo que quiero? Espero que vayas entendiendo, putito de mierda. ¡Y ahora, vamos a hablar de nuestro arreglo, guacho hijo de puta...!

Entonces pasó algo increíble. La puerta del despacho se abrió y para sorpresa y terror de Gutiérrez ¡el mismísimo Doctor Aráoz, apareció en el umbral!. Iba acompañado de Reinlado, que avanzó hacia mí para librarme de las manos de Gutiérrez. Reinaldo me cubrió con su propio saco, y me abrazó como si fuera su propio hijo. Gutiérrez se puso de pié intentando cubrir su aún erecto pene con las manos y mirando aterrorizado la figura casi hierática del Doctor.

-¡Se acabó, Gutiérrez! ¡Ya no vas a hacer ningún "arreglo"!, ¿me oíste?. Escuché suficiente detrás de la puerta y a partir de ahora estás despedido. Hace tiempo que el nuevo mayordomo tendría que haber sido Reinaldo. Y así será ahora. Agarrá tus cosas, y mandate a mudar de mi casa.

Reinaldo me sacó de la habitación. Al pasar al lado del Doctor, lo miré, avergonzado. Él me acarició suavemente la cabeza, y con la mirada me dejó en claro que no tenía que avergonzarme de nada. Alcancé a ver a Gutiérrez, que con la furia en su roja cara, tragaba hiel y apretaba los dientes, mudo, solo, abandonado y desnudo.

Continuará...

 

Franco.

francodellavalle@hotmail.com

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