UNA MUJER FELIZMENTE CASADA
Ahí estaba yo, tumbada en la cama, abrazada a mi marido tras
haber hecho el amor, pasando la palma de mi mano por su velludo torso mientras
el besaba mi cabeza. Es una escena ya vista, algo ya vivido, el caso es que
somos la típica pareja cuya vida, sexual y no sexual, esta gobernada por la
rutina. Casi han pasado diecinueve años desde que empezamos nuestra relación.
Vivimos un bonito noviazgo donde no falto ninguno de los ingredientes para que
la nuestra fuera una bonita historia, al principio mis padres no le aceptaban,
más tarde el tuvo que pasar muchos meses en el extranjero, pero a pesar de todas
las vicisitudes, nuestro amor triunfo. Lo nuestro parecía algo de película, algo
con lo que todos soñaban pero solo nosotros vivíamos. ¿Que nos ha pasado?
Supongo que es la rutina, no lo sé, el caso es que, de otra manera, sigo amando
a Carlos. Es el padre de mis hijos y, francamente, no imagino mi vida sin él
pero sé que falta algo en mi vida.
Creo que ese fue el motivo de empezar mi aventura con Óscar.
No es un adonis, todo lo contrario, tiene algo de barriga y entradas, pero no
busco un físico. Dios, no sé que busco y aún no entiendo el motivo de que haga
esto, pero lo hago. No sé, quizás sea inercia, quizás me deje llevar, dios, que
hago, no soy una jovencita alocada con ganas de experimentar. Soy una mujer
adulta, tengo marido e hijos y una carrera profesional.
No entiendo lo que hago e incluso me cuesta recordar como
empezó todo, quizás todo esto me viene de muy atrás. Yo sólo me había acostado
con Carlos, nunca tuve mas novio ni había intimado con ningún chico que no fuera
él. Creo que tengo un vacío en mi vida, un hueco relativo a las experiencias.
Puede que me este engañando, pero acuso eso en mi vida. Cuando vi a Óscar por
primera vez me di cuenta de que no era guapo, ni alto ni siquiera parecía tener
un bonito cuerpo, pero al hablar con él, a los cinco minutos, me di cuenta de
que su atractivo no era visible pero estaba ahí. Los dos somos profesores de
instituto y empezamos a pasar muchos recreos juntos. Tomábamos café y hablábamos
de todo un poco: de los estudiantes, de la diferencia de la juventud actual con
la nuestra, de política, etc...
Bueno, en verdad sí sé como empezó todo pero no puedo culpar
a Carlos y tampoco quiero culparme a mi, yo solo soy una víctima de la vida en
pareja, del desgaste y la rutina, de mi pasado y mi fidelidad durante tantos
años a Carlos, cuando el estaba en el extranjero, cuando no le aceptaban mis
padres, cuando él sufrió el atropello y estuve meses en el hospital. Yo siempre
estuve ahí para él y siempre fui fiel. Fue difícil pero lo hice, no puede
culparme de haber sido débil con Óscar. Nosotros tenemos mucho en común, me doy
cuenta de ello cada día que le veo. ¿Cómo no iba a caer?
Carlos tenía una convención en Madrid a la que tenía que
acudir solo, así que yo aproveche y quede con Óscar, no tenía nada pensado,
cenar juntos después del teatro y poco más. Es cierto que al principio nunca le
hablé ni de mi marido ni de mis hijos, pero, digamos, que no lo considere
importante en nuestra relación a pesar de que me sincerase más tarde. Me puse un
traje de noche que me dejaba parte de la espalda al aire, quería gustarle, y,
además, el teatro y el restaurante no son sitios para ir de cualquier manera. A
pesar de estar casada, de ser, y sobretodo querer aparentar, que soy una mujer
sofisticada, compré cierta lencería que jamás había pensado que llegaría a
portar. Aún no me explico el motivo de comprar aquello.
La velada fue deliciosa, fuimos a ver "Casa de muñecas" de
Henrik Ibsen. Es la historia de Nora, una mujer que se debe a su marido y al
que, por una serie de motivos que no vienen al caso termina engañando. La época
en que transcurre la obra es la misma en la que vivió Ibsen, un tiempo en que la
mujer no era más que un adosado de su marido, al que se debía en cuerpo y alma.
No me asemejo a Nora, ha pasado mucho tiempo desde aquellos días y yo no soy un
adosado de mi marido, pero en cierta manera me vi reflejado en ella.
Supongo que los dos sabíamos lo que pasaría tras la cena, al
fin y al cabo éramos dos personas adultas con anhelos y cierta atracción por
ambas partes. El caso es que la velada fue exquisita, el teatro fue genial, con
una gran representación por parte de los actores. La cena fue en uno de los
restaurantes más elitistas de la ciudad. Los dos sabíamos de la imposibilidad de
terminar la noche en mi casa, dónde no estaba mi marido pero si los dos niños y
Rebeca, la estudiante que los atendía aquella noche. Por lo tanto decidimos ir a
un hostal en el extrarradio de la ciudad, lejos de las miradas de los curiosos y
lejos de cualquier rasgo de culpabilidad que me pudiera estropear mi noche.
Una vez en la habitación nos besamos muy apasionadamente,
primero su lengua penetro en mi boca y busco mi propia lengua para chocar,
posteriormente metió su mano dentro de mi vestido buscando mi ya húmedo sexo,
cubierto por el tanga de lycra que había estrenado aquella misma noche. Aquel
hombre, casi un desconocido a pesar de todo me estaba poniendo mucho más
cachonda que Carlos en tantos años juntos.
Pellizcaba mis pezones por encima de la ropa mientras que con
la boca mordía mi otro pecho. Le dije que para la ocasión había traído un
consolador, era verdad y ni yo misma sabía como había podido haber hecho eso, yo
que siempre fui tan discreta, tan servicial, como Nora pero en el siglo XXI. Le
pedí que me follase, que me hiciera cosas qué nunca había imaginado, que por
esta vez fuéramos animales, no hombres, sin remordimientos, totalmente liberados
y que viviéramos aquella noche como si fuera la última. Fuimos a la cama casi a
trompicones, dominados por la situación.
Él se bajó los pantalones y llevo su verga hasta mi boca,
jamás había chupado una polla hasta aquel momento pero me deje llevar por la
situación y por el instinto, un instinto animal. Primero descubrí el glande y
pasé la punta de mi lengua por aquella maravillosa parte de su anatomía. Más
tarde decidí chupar el tronco hasta la base, seguir jugando con sus huevos,
morderlos muy suavemente y seguir con aquel juego para verlo más y más nervioso,
él sacó de mi bolso el vibrador y lo encendió, me arranco el vestido que hasta
aquel momento aun seguía portando y paso su lengua por mi ano. He de decir que
el tanga tenía una abertura que dejaba aquel mágico orificio al descubierto.
Él puso su verga a la altura de mi boca mientras que la suya
estaba dispuesta para entrar en mi vagina, pero no fue su lengua la que entro,
fue el consolador que poco a poco fue metiendo dentro de mí hasta ir ganando
velocidad, hasta observar como entraba limpio y salía rodeado de mis
blanquecinos jugos, pero no era eso todo, también su lengua trabajaba con mi
clítoris, lo acariciaba e intercambiaba movimientos rotatorios con otros en que
solo me acariciaba de pasada. Aquello jamás lo había vivido. Yo, por mi parte,
no me dedicaba a sentir. Desde mi posición podía ver su ano y aquello me
gustaba, era un pequeño y delicado agujero sonrosado que me invitaba a entrar,
así que me estiraba para poder lamerlo y posteriormente penetrarlo con mi dedo
corazón, así fue como terminamos, yo corriéndome en su boca, en el vibrador, y
con mi dedo dentro de él. Me dijo que aquello no era suficiente, que ahora le
tocaba disfrutar a él, así que se puso un condón y comenzó a cabalgarme muy
velozmente, me gustaba ya que Carlos nunca lo hacia así, con aquel ímpetu,
aunque, en aquel momento, no pensaba en mi marido, pensaba en que éramos
animales y que estaba dispuesto a todo con él.
Ahora estoy besando el torso de Carlos, pero estoy deseando
volver a estar con Óscar y que me folle como nadie más ha hecho. He comprado
unas esposas para nuestra siguiente cita. No quiero pensar que soy una hija de
puta ni tampoco en el daño que hago a mi familia. Todo me da igual, he decidido
vivir y bienvenido sea. Aunque sigo sin tener claro si existe eso que llaman,
"una mujer felizmente casada".