El Palacio Aráoz
VIII – El desconocido del baño
Cuando me despedí de Ramón para irme a dormir, estaba
totalmente consternado por las escenas que había presenciado. Antes de irme a la
cama, pasé por el baño, pero cuando entré me di cuenta de que había gente en los
excusados. Recordé a mi desconocido hombre del hueco y también pensé en mi
compañero Paco, pues nunca había abandonado la fantasía de que pudiera haber
sido él el de los misteriosos encuentros de los baños.
Me invadió la necesidad de saber quién estaba allí, pero era
menester pasar totalmente desapercibido.
Me descalcé para no ocasionar siquiera el menor ruido,
dejando mis zapatos debajo de los lavabos, en un lugar a mano para cuando
saliese. Cuando me acerqué a los excusados, vi con sorpresa que había
movimientos extraños y que dos de los compartimentos contiguos estaban ocupados.
Entonces: ¡alguien más estaba haciendo uso del hueco en la mampara!. Obviamente,
mi desconocido había encontrado ya otro reemplazante para sus placeres. Me iba a
retirar cuando noté que el excusado de al lado, el que también tenía agujeros
pequeños en la mampara, estaba entreabierto, como invitándome a pasar. Con todo
el cuidado del mundo, y casi sin respirar, entré en el cubículo con movimientos
tan lentos que me llevaron una eternidad. Cerré la puerta y me subí al inodoro,
para que mis pies no fuesen vistos por debajo de la mampara.
Sentí susurros y sordos rumores. Por un momento me quedé
paralizado, sabiendo que me arriesgaba a que esas dos personas me descubriesen.
Pero mi curiosidad y excitación crecientes me llevaban a ese acto inconsciente y
tímidamente, en un hilo de respiración, me asomé por uno de los pequeños
agujeros que tenía en mi mampara. Lo que vi me provocó un temblor por todo el
cuerpo.
A través de la pequeña perforación, mis ojos dieron con un
par de nalgas desnudas y vigorosas que se agitaban en sostenido vaivén. El
hombre estaba pegado a la mampara y solo podía verlo de espaldas, aunque
enseguida me di cuenta de que tenía introducido su miembro en el deseado hueco
de la mampara. A juzgar por sus movimientos pélvicos era evidente que estaba
ensartando un culo a través del agujero.
Esos glúteos me parecían familiares. Se contraían en cada
empellón, y las piernas se afirmaban a cada costado desmesuradamente abiertas.
Con una respiración muy agitada, salían de su boca pequeños gemidos, y con las
manos abiertas acariciaba instintivamente la superficie de la mampara como si
estuviese haciendo el amor con la madera. Aún llevaba puesta una camisa suelta y
abierta que le cubría la espalda hasta la cintura, aumentando más lo erótico de
su culo al aire. Tampoco se había quitado los pantalones, que caían hasta sus
tobillos.
No me daba cuenta todavía de quién se trataba.... pero al
subir un poco más la vista, reconocí la rubia cabeza. ¡Era Reinaldo!. No tuve
dudas cuando su rostro se apoyó sobre una mejilla en la mampara, dándome su
perfil. Tenía los ojos casi en blanco y toda su expresión denotaba cuan bien lo
estaba pasando.
Mi sexo me llamó desde adentro de mi pantalón. Por entonces,
mi juventud me permitía ciertas cosas que ahora recuerdo con asombro y hoy no
podría hacer aunque quisiera. Si bien no había pasado ni media hora de haberme
cogido a Ramón, mi pija estaba otra vez abultando mi bragueta. Me desabotoné
rápidamente y me la saqué afuera, sintiendo como se me endurecía en la mano. Así
pasé bastante tiempo, pegando mi ojo al agujerito como desesperado. Reinaldo
siguió bombeando el hueco (o "los" huecos) durante todo ese tiempo con una
energía asombrosa.
Entonces se detuvo por un momento. Se quedó quieto como
escuchando alerta y vigilante. Mi corazón se detuvo y pensé aterrorizado que me
habían descubierto. Pero después, con normalidad, salió de su posición para
girar sobre su propio cuerpo. Su corpulencia apenas cabía en el receptáculo.
Entonces apoyó su trasero en la mampara, cuidando atentamente de hacer coincidir
su ano con el diámetro del hueco. ¡Y era él quien recibía ahora una pija en su
culo desde el otro lado del hueco!
Con su piel brillante por el sudor que le recorría toda la
cara y pecho, Reinaldo, transfigurado por el placer recibido, se arqueó llevando
la cabeza hacia atrás. Directamente enfrente de mí, no temí en ningún momento de
que él se diera cuenta de mi presencia detrás de la pequeña perforación, porque
estaba tan concentrado en su tarea, que daba la sensación de estar en otro
mundo.
Su pecho mojado, lampiño, musculoso; subía y bajaba en densa
respiración. Tomó la camisa por sus extremos y se la quitó rápidamente. Sus
dedos fueron a masajear los pezones, los acariciaba, los trituraba, los giraba y
tironeaba, proporcionándose a sí mismo un disfrute sin par. Entre sus piernas
abiertas a más no poder, estaba aquella verga que sólo había visto en reposo, y
que ahora subía y bajaba en locos movimientos, en una erección completa rodeada
de una bella nube de pelambrera rubia. ¡Vaya si había crecido en tamaño!.
Gracias a los enviones que recibía del otro lado, su gran verga golpeaba
repetidas veces contra su abdomen, produciendo el único ruido que retumbaba en
todo el baño. Reinaldo lanzó un quejido contenido, y entonces vi como su pija,
sin ayuda alguna, zarandeándose entre los testículos y el ombligo, comenzó a
lanzar chorros incontenibles de espeso líquido. Uno, dos, tres, cuatro... hasta
siete chorros (¡los conté!), escupió al aire esa verga, que por el revoleo
incesante iba disparando en todas direcciones.
Entonces Reinaldo se detuvo, cambió de posición y se sentó en
el inodoro. Así pude ver como por el hueco, aún asomaba triunfante la verga que
lo había penetrado. Él la tomó ávidamente. Pude reconocer la misma pija que
había disfrutado por el hueco las noches anteriores. Su mismo tamaño, prepucio,
grosor, y las inequívocas venas que lo recubrían. Reinaldo, con muy pocos
movimientos de su mano bombeó la hermosa pija, acercó la boca a su punta, y
recibió ante mi vista los pesados chorros de esperma que surgieron con increíble
fuerza.
Esa imagen subió mi excitación a lugares incontrolables, y
con mi pene como roca entre mis manos, acabé derramándome yo también entre
contenidos suspiros acallados en mi boca cerrada fuertemente.
Me escabullí del recinto lo más rápidamente que pude y
cuidando de no hacer ruidos que me delatasen. Cuando salí del baño, me metí a mi
habitación. Entonces quise saber quién era el desconocido que había penetrado a
Reinaldo y que días atrás, yo mismo me había cogido. Esperé expectante, mirando
hacia el pasillo y oculto tras la puerta entreabierta del cuarto.
¡Fue cuando me percaté con horror de que había olvidado mis
zapatos en el baño! Pero ya era muy tarde para regresar por ellos. Sólo rogaba a
Dios, que ellos no los encontraran.
Al rato, salió Reinaldo del baño, que se quedó acomodándose
la ropa en el umbral. Dando una ojeada hacia ambas direcciones, desapareció y se
metió a su habitación.
Me quedé esperando un rato más. En algún momento tendría que
salir el otro hombre, el intrigante desconocido. Por fin oí el ruido del agua en
los lavabos. Y después la silueta de un hombre apareció.
¡Era Gutiérrez!. El mayordomo aún se estaba abrochando los
botones de la bragueta y acomodando los lentes dorados en su sitio. ¡Entonces él
era el misterioso desconocido del hueco en la mampara!
No lo podía creer. Mi mente volvió atrás recordando aquellas
noches de placer con el que ahora reconocía como el Sr. Gutiérrez. ¡Qué iluso en
haber creído que pudiera ser Paco!.
Cuando volví en mí, me di cuenta de que el mayordomo
levantaba algo del suelo. ¡Mierda! ¡Eran mis zapatos!. Gutiérrez los tenía en la
mano examinándolos con cara entre seria y sorprendida.
Se quedó pensativo, miró hacia las puertas de las
habitaciones, una por una, por lo que yo, muerto de miedo, tuve que cerrar la
mía. Sólo pude volver a respirar cuando escuché los pasos de Gutiérrez alejarse
en la noche.
Continuará...
Franco.
francodellavalle@hotmail.com