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TODORELATOS » RELATOS » EL PALACIO ARáOZ (08: EL DESCONOCIDO DEL HUECO)
[ Ayer me negó un bocado, pero hoy me pide prestado. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 13 de Octubre, 2008.
Fecha: 14-Mar-06 « Anterior | Siguiente » en Gays (4133 de 6529)

El Palacio Aráoz (08: El desconocido del hueco)

Franco
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Fermín es testigo de una ardiente escena en los baños que lo lleva al éxtasis. La noche tendrá un desenlace con sorpresas para el joven sirviente. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

El Palacio Aráoz

VIII – El desconocido del baño

 

Cuando me despedí de Ramón para irme a dormir, estaba totalmente consternado por las escenas que había presenciado. Antes de irme a la cama, pasé por el baño, pero cuando entré me di cuenta de que había gente en los excusados. Recordé a mi desconocido hombre del hueco y también pensé en mi compañero Paco, pues nunca había abandonado la fantasía de que pudiera haber sido él el de los misteriosos encuentros de los baños.

Me invadió la necesidad de saber quién estaba allí, pero era menester pasar totalmente desapercibido.

Me descalcé para no ocasionar siquiera el menor ruido, dejando mis zapatos debajo de los lavabos, en un lugar a mano para cuando saliese. Cuando me acerqué a los excusados, vi con sorpresa que había movimientos extraños y que dos de los compartimentos contiguos estaban ocupados. Entonces: ¡alguien más estaba haciendo uso del hueco en la mampara!. Obviamente, mi desconocido había encontrado ya otro reemplazante para sus placeres. Me iba a retirar cuando noté que el excusado de al lado, el que también tenía agujeros pequeños en la mampara, estaba entreabierto, como invitándome a pasar. Con todo el cuidado del mundo, y casi sin respirar, entré en el cubículo con movimientos tan lentos que me llevaron una eternidad. Cerré la puerta y me subí al inodoro, para que mis pies no fuesen vistos por debajo de la mampara.

Sentí susurros y sordos rumores. Por un momento me quedé paralizado, sabiendo que me arriesgaba a que esas dos personas me descubriesen. Pero mi curiosidad y excitación crecientes me llevaban a ese acto inconsciente y tímidamente, en un hilo de respiración, me asomé por uno de los pequeños agujeros que tenía en mi mampara. Lo que vi me provocó un temblor por todo el cuerpo.

A través de la pequeña perforación, mis ojos dieron con un par de nalgas desnudas y vigorosas que se agitaban en sostenido vaivén. El hombre estaba pegado a la mampara y solo podía verlo de espaldas, aunque enseguida me di cuenta de que tenía introducido su miembro en el deseado hueco de la mampara. A juzgar por sus movimientos pélvicos era evidente que estaba ensartando un culo a través del agujero.

Esos glúteos me parecían familiares. Se contraían en cada empellón, y las piernas se afirmaban a cada costado desmesuradamente abiertas. Con una respiración muy agitada, salían de su boca pequeños gemidos, y con las manos abiertas acariciaba instintivamente la superficie de la mampara como si estuviese haciendo el amor con la madera. Aún llevaba puesta una camisa suelta y abierta que le cubría la espalda hasta la cintura, aumentando más lo erótico de su culo al aire. Tampoco se había quitado los pantalones, que caían hasta sus tobillos.

No me daba cuenta todavía de quién se trataba.... pero al subir un poco más la vista, reconocí la rubia cabeza. ¡Era Reinaldo!. No tuve dudas cuando su rostro se apoyó sobre una mejilla en la mampara, dándome su perfil. Tenía los ojos casi en blanco y toda su expresión denotaba cuan bien lo estaba pasando.

Mi sexo me llamó desde adentro de mi pantalón. Por entonces, mi juventud me permitía ciertas cosas que ahora recuerdo con asombro y hoy no podría hacer aunque quisiera. Si bien no había pasado ni media hora de haberme cogido a Ramón, mi pija estaba otra vez abultando mi bragueta. Me desabotoné rápidamente y me la saqué afuera, sintiendo como se me endurecía en la mano. Así pasé bastante tiempo, pegando mi ojo al agujerito como desesperado. Reinaldo siguió bombeando el hueco (o "los" huecos) durante todo ese tiempo con una energía asombrosa.

Entonces se detuvo por un momento. Se quedó quieto como escuchando alerta y vigilante. Mi corazón se detuvo y pensé aterrorizado que me habían descubierto. Pero después, con normalidad, salió de su posición para girar sobre su propio cuerpo. Su corpulencia apenas cabía en el receptáculo. Entonces apoyó su trasero en la mampara, cuidando atentamente de hacer coincidir su ano con el diámetro del hueco. ¡Y era él quien recibía ahora una pija en su culo desde el otro lado del hueco!

Con su piel brillante por el sudor que le recorría toda la cara y pecho, Reinaldo, transfigurado por el placer recibido, se arqueó llevando la cabeza hacia atrás. Directamente enfrente de mí, no temí en ningún momento de que él se diera cuenta de mi presencia detrás de la pequeña perforación, porque estaba tan concentrado en su tarea, que daba la sensación de estar en otro mundo.

Su pecho mojado, lampiño, musculoso; subía y bajaba en densa respiración. Tomó la camisa por sus extremos y se la quitó rápidamente. Sus dedos fueron a masajear los pezones, los acariciaba, los trituraba, los giraba y tironeaba, proporcionándose a sí mismo un disfrute sin par. Entre sus piernas abiertas a más no poder, estaba aquella verga que sólo había visto en reposo, y que ahora subía y bajaba en locos movimientos, en una erección completa rodeada de una bella nube de pelambrera rubia. ¡Vaya si había crecido en tamaño!. Gracias a los enviones que recibía del otro lado, su gran verga golpeaba repetidas veces contra su abdomen, produciendo el único ruido que retumbaba en todo el baño. Reinaldo lanzó un quejido contenido, y entonces vi como su pija, sin ayuda alguna, zarandeándose entre los testículos y el ombligo, comenzó a lanzar chorros incontenibles de espeso líquido. Uno, dos, tres, cuatro... hasta siete chorros (¡los conté!), escupió al aire esa verga, que por el revoleo incesante iba disparando en todas direcciones.

Entonces Reinaldo se detuvo, cambió de posición y se sentó en el inodoro. Así pude ver como por el hueco, aún asomaba triunfante la verga que lo había penetrado. Él la tomó ávidamente. Pude reconocer la misma pija que había disfrutado por el hueco las noches anteriores. Su mismo tamaño, prepucio, grosor, y las inequívocas venas que lo recubrían. Reinaldo, con muy pocos movimientos de su mano bombeó la hermosa pija, acercó la boca a su punta, y recibió ante mi vista los pesados chorros de esperma que surgieron con increíble fuerza.

Esa imagen subió mi excitación a lugares incontrolables, y con mi pene como roca entre mis manos, acabé derramándome yo también entre contenidos suspiros acallados en mi boca cerrada fuertemente.

Me escabullí del recinto lo más rápidamente que pude y cuidando de no hacer ruidos que me delatasen. Cuando salí del baño, me metí a mi habitación. Entonces quise saber quién era el desconocido que había penetrado a Reinaldo y que días atrás, yo mismo me había cogido. Esperé expectante, mirando hacia el pasillo y oculto tras la puerta entreabierta del cuarto.

¡Fue cuando me percaté con horror de que había olvidado mis zapatos en el baño! Pero ya era muy tarde para regresar por ellos. Sólo rogaba a Dios, que ellos no los encontraran.

Al rato, salió Reinaldo del baño, que se quedó acomodándose la ropa en el umbral. Dando una ojeada hacia ambas direcciones, desapareció y se metió a su habitación.

Me quedé esperando un rato más. En algún momento tendría que salir el otro hombre, el intrigante desconocido. Por fin oí el ruido del agua en los lavabos. Y después la silueta de un hombre apareció.

¡Era Gutiérrez!. El mayordomo aún se estaba abrochando los botones de la bragueta y acomodando los lentes dorados en su sitio. ¡Entonces él era el misterioso desconocido del hueco en la mampara!

No lo podía creer. Mi mente volvió atrás recordando aquellas noches de placer con el que ahora reconocía como el Sr. Gutiérrez. ¡Qué iluso en haber creído que pudiera ser Paco!.

Cuando volví en mí, me di cuenta de que el mayordomo levantaba algo del suelo. ¡Mierda! ¡Eran mis zapatos!. Gutiérrez los tenía en la mano examinándolos con cara entre seria y sorprendida.

Se quedó pensativo, miró hacia las puertas de las habitaciones, una por una, por lo que yo, muerto de miedo, tuve que cerrar la mía. Sólo pude volver a respirar cuando escuché los pasos de Gutiérrez alejarse en la noche.

 

Continuará...

 

Franco.

francodellavalle@hotmail.com

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