El Palacio Aráoz
V – El glorioso hueco
¡Sin duda alguna aquella había sido una mañana increíble!. Y
por la tarde, anduve confundido y pensativo sin poder creer lo que había pasado
con el Doctor Aráoz, mi patrón. Jamás había sospechado que mi apariencia física
pudiera interesar a otros hombres. No me consideraba un tipo atractivo.
Intentaba discernir esto cuando pasaba frente a un espejo y me detenía en mi
imagen. Evidentemente mi cuerpo, armonioso y musculado, resaltaba por su
firmeza, su juventud y sus formas sensuales, y comencé a pensar que si el Doctor
me había propuesto ser su valet personal, tal vez yo sí era un tipo atractivo.
En esas cuestiones me encontraba cuando apareció Gutiérrez con muy malos
humores.
-El Doctor me comunicó que considerará hacerlo su valet
personal – me dijo, con un reflejo de resentimiento en su mirada.
-Sí, no lo puedo creer, señor.
-No tiene nada de increíble – me dijo recorriendo con sus
ojos toda mi persona – He visto pasar muchos como usted por ese puesto. La misma
edad, el mismo aspecto, usted encaja perfectamente en las condiciones que debe
reunir para el Doctor.
-Sí, pero él dijo que...
-Mire, Gómez, por lo pronto, usted tiene que seguir
cumpliendo tareas en este sector, y esta alfombra es una calamidad. Póngase a
trabajar ya mismo.
-Sí, señor, enseguida – dije mientras Gutiérrez volvía a
entrar en las habitaciones del Doctor.
Cuando fui en busca de la aspiradora, mascullando contra el
Sr. Gutiérrez, me crucé con Paco en la escalera de servicio.
-¡Hola, Fermín!, ¿pero qué te pasa?
Paco era tan atractivo como amable. Yo me quedé mirando el
nacimiento de sus pelos emergiendo del overol.
-No, no es nada. Sólo que Gutiérrez tiene uno de sus días.
-Qué raro. Conmigo estaba muy tranquilo. Pero bueno, él es
así, nunca se puede saber con él. ¿Para dónde vas?
-A buscar una aspiradora.
-Te acompaño, ayer revisé una. De paso la probamos.
-Perfecto – dije, y bajamos juntos, yo feliz por caminar al
lado de ese hombre tan hermoso. Al llegar al sitio donde se guardaban las cosas
de limpieza, Paco me dijo:
-No, aquí no está. La aspiradora que revisé ayer está en el
taller. ¿Querés venir?
-Sí, claro – y seguí a Paco fuera de la casa, camino del
taller. Cuando llegamos ahí, Hipólito salía con unos cables y nos dijo que iba a
reparar no sé que cosa en el comedor de la casa. Quedé solo con Paco y él me
dijo:
-¿Querés tomar algo? Tenemos una heladera aquí. La iban a
deshechar, pero la reparamos con Hipólito.
-¡Qué bien!, ¿tenés un poco de agua fría?
Paco abrió el refrigerador, sacó una botella con agua y una
cerveza para él. Me extendió la botella y él abrió la suya, empinándola sobre su
boca. Yo hice lo mismo.
-Disculpá, no tenemos vasos – me dijo sonriendo con una
mirada muy profunda y limpiándose el bigote con el dorso de la mano. Después me
indicó la máquina aspiradora, que aún estaba sobre la mesa de trabajo:
-Vamos a probarla, enchufala en ese tomacorriente.
Yo obedecí. Al volver sobre la mesa, Paco se desabrochó los
breteles del overol y dejó caer la parte superior de la prenda sobre la cintura,
quedando con el torso desnudo. Mi respiración se aceleró. Sospeché con vergüenza
que él intuía mi turbación.
-Nunca febrero estuvo tan caluroso ¿no? – dijo con
movimientos cada vez más felinos.
Miré su pecho. Estaba bañado en sudor. Su pelos se
arremolinaban en dibujos caprichosos pegándose a sus curvas. Dos pezones rosados
y duros remataban sus pectorales de ensueño. No era muy musculoso, pero sus
formas eran tan sensuales y su vello tan masculino, que le daban un magnetismo
del que no me podía desprender.
Paco encendió la máquina, la probó en todas sus velocidades,
la limpió, revisó una y otra vez y finalmente la lustró con un paño por toda la
superficie. Al frotar el paño con esas manos grandes, estaba alimentando mis
imágenes fantasiosas. Él se esmeraba en esa tarea, demostrándome cuán suave y
lento se puede acariciar una superficie lisa. Cada tanto me miraba y me hacía
algún que otro comentario sin importancia. Casi no lo escuchaba, porque estaba
prendado de su pecho desnudo, de sus brazos de macho y su sudor chorreante. Tomó
otro trago de cerveza, y al subir el brazo, su axila oscura y poblada de rizos
mojados quedó ante mi vista. Un olor a hombre sudado, viril, inundante, me
tambaleó en mi sitio. Cerré los ojos, como para aprisionar todo ese aroma tan
sensual en mi nariz. El overol, cuya mitad colgaba a partir de su cintura, se
había bajado unos centímetros y se veía perfectamente el comienzo de sus glúteos
y la raya entre ellos. De frente, los pelos se espesaban debajo de su ombligo y
sombreaba de negro todo su bajo vientre. Podía adivinar su poblado pubis, apenas
un centímetro más abajo. Me estaba dando un espectáculo maravilloso.
-Ya está. Mantenida como nueva – me dijo tomando su último
sorbo de cerveza.
Yo me había quedado como atontado.
-¡Fermín!, ¿estás bien?
-¿Eh?, sí, sí, claro... debe ser el calor – balbuceé.
-¿Estás seguro? – me miró sonriendo. Paco avanzó unos pasos y
se me acercó llenándome con su olor a macho. Yo retrocedí instintivamente, y
tomando la aspiradora cuan pesada era, me escapé diciendo:
-Gracias, Paco, ya me voy, ya sabés como es Gutiérrez cuando
anda cruzado... – dije tropezando como un niño, y me esfumé rápidamente.
¡Cielos!, estaba sudando, y no precisamente por el calor. Mi
corazón estaba a mil, y mi verga me explotaba dentro del pantalón. ¡Y había
salido huyendo como un pendejo estúpido!. Intenté serenarme y corrí a lavarme la
cara con agua fría.
Ese día seguí haciendo mi trabajo hostigado todo el tiempo
por los malos tratos del Sr. Gutiérrez. No entendía porqué estaba tan
contrariado conmigo. Tal vez estaba celoso porque el Doctor se había fijado en
mí. No lo sabía con certeza, claro. La cosa es que no dejó de hacerme sentir
como un inútil a cada momento. Despertaba todo mi odio, y su cara dura y fría
empezaba a representar para mí toda una tortura. Así y todo, continué
estoicamente mis tareas aunque las horas finales del turno vespertino se me
hicieron interminables.
Después de la cena me desahogué un poco con Hipólito,
contándole todo cuando por fin estuvimos acostados. Pero después me dieron ganas
de orinar por lo que tuve que salir al baño. Estaba en medio de un chorro
aliviador e interminable cuando sentí pasos en el baño y la sombra de alguien
metiéndose al excusado contiguo. Intenté ver algo por el hueco de la mampara,
pero no distinguí mucho. ¿Sería el hombre desconocido de la otra noche?. Esperé
unos minutos, tiempo suficiente para que, aún con mi miembro en la mano, éste
cobrara vida y se pusiera duro enseguida. Instintivamente, dejé caer mi
calzoncillo al suelo. Estaba desnudo. Con una mano me masturbaba, y con la otra
me masajeaba los pezones.
Entonces me incliné un poco, y detrás del hueco, apareció un
culo bastante peludo apoyándose contra el agujero casi con apasionamiento. El
desconocido me lo ofrecía y se lo abría con ambas manos, dejando expuesto un
ojete rojo y húmedo. Me puse de cuclillas y sin pensarlo, dirigí mi boca al
hueco, saqué mi lengua, y comencé a lamer ese culo abierto. Mi lengua lo
penetraba, lo acariciaba, succionaba todo su contorno, sintiendo como mi
misterioso hombre gemía en voz apenas perceptible. Sus movimientos hacían
temblar toda la mampara. Yo me había arrodillado con las piernas bien abiertas,
y para tener mejor contacto, mis muslos se metían un poco en el recinto de al
lado, por debajo de la mampara. Mi verga, agrandada por la erección quedaba
zarandeándose allí, justo en la división de los compartimentos. El hombre,
agachado como estaba y sin dejar de frotarme la boca con su culo, tomó mi verga
con una mano y empezó a masturbarme como loco. Ensalivó su mano y me bañó la
pija lubricándola bien. Entonces me puse de pie, sin dejar de acariciar el culo
dilatado de mi amigo con las manos, y apuntando mi dura estaca a la zona más
blanda de esa abertura rodeada de pelos. Penetré el hueco ensartando también el
caliente hueco humano. La pija se enterró muy fácilmente en el culo, que había
sido lubricado con mi propia saliva. Era suave, blando, abierto como una vagina,
y caliente como un horno.
La mampara se movía alarmantemente, provocando un ruido
acompasado. Ambos resoplábamos intentando contener nuestros gemidos. Durante
largos y silenciosos minutos, la penetración fue intensa y cada vez más
acelerada, hasta que sin aguantar más, supe que iba a derramarme. Entonces el
hombre retiró el delicioso culo y lo suplantó con su boca. Vertí todo el
contenido de mis huevos en los labios de ese hombre. Pensé en Paco y deseé con
toda mi alma que el misterioso hombre que recibía mis jugos fuera él. Quise
saber de quién se trataba, pero no me animé siquiera a asomarme por el hueco
oscuro.
Me subí el calzoncillo una vez calmado, y salí del recinto.
El hombre permanecía aún encerrado y sin dar rastro alguno de identidad.
Regresé a la habitación aún lleno de placenteras sensaciones.
Hipólito aún estaba despierto.
-Tardaste mucho, Fermín. ¿Te sentís bien?
-No podría estar mejor, Hipólito.
Continuará...
Franco.
francodellavalle@hotmail.com