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El árabe que me puso mirando a la meca
TODORELATOS » RELATOS » EL PALACIO ARáOZ (05: EL GLORIOSO HUECO)
[ Dios me dé contienda, con quien me entienda. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 07 de Octubre, 2008.
Fecha: 13-Mar-06 « Anterior | Siguiente » en Gays (4131 de 6525)

El Palacio Aráoz (05: El glorioso hueco)

Franco
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Fermín sigue disfrutando del glorioso hueco en la pared del baño, gozará allí de placeres increíbles aunque aún desconoce a su misterioso amante. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

El Palacio Aráoz

V – El glorioso hueco

¡Sin duda alguna aquella había sido una mañana increíble!. Y por la tarde, anduve confundido y pensativo sin poder creer lo que había pasado con el Doctor Aráoz, mi patrón. Jamás había sospechado que mi apariencia física pudiera interesar a otros hombres. No me consideraba un tipo atractivo. Intentaba discernir esto cuando pasaba frente a un espejo y me detenía en mi imagen. Evidentemente mi cuerpo, armonioso y musculado, resaltaba por su firmeza, su juventud y sus formas sensuales, y comencé a pensar que si el Doctor me había propuesto ser su valet personal, tal vez yo sí era un tipo atractivo. En esas cuestiones me encontraba cuando apareció Gutiérrez con muy malos humores.

-El Doctor me comunicó que considerará hacerlo su valet personal – me dijo, con un reflejo de resentimiento en su mirada.

-Sí, no lo puedo creer, señor.

-No tiene nada de increíble – me dijo recorriendo con sus ojos toda mi persona – He visto pasar muchos como usted por ese puesto. La misma edad, el mismo aspecto, usted encaja perfectamente en las condiciones que debe reunir para el Doctor.

-Sí, pero él dijo que...

-Mire, Gómez, por lo pronto, usted tiene que seguir cumpliendo tareas en este sector, y esta alfombra es una calamidad. Póngase a trabajar ya mismo.

-Sí, señor, enseguida – dije mientras Gutiérrez volvía a entrar en las habitaciones del Doctor.

Cuando fui en busca de la aspiradora, mascullando contra el Sr. Gutiérrez, me crucé con Paco en la escalera de servicio.

-¡Hola, Fermín!, ¿pero qué te pasa?

Paco era tan atractivo como amable. Yo me quedé mirando el nacimiento de sus pelos emergiendo del overol.

-No, no es nada. Sólo que Gutiérrez tiene uno de sus días.

-Qué raro. Conmigo estaba muy tranquilo. Pero bueno, él es así, nunca se puede saber con él. ¿Para dónde vas?

-A buscar una aspiradora.

-Te acompaño, ayer revisé una. De paso la probamos.

-Perfecto – dije, y bajamos juntos, yo feliz por caminar al lado de ese hombre tan hermoso. Al llegar al sitio donde se guardaban las cosas de limpieza, Paco me dijo:

-No, aquí no está. La aspiradora que revisé ayer está en el taller. ¿Querés venir?

-Sí, claro – y seguí a Paco fuera de la casa, camino del taller. Cuando llegamos ahí, Hipólito salía con unos cables y nos dijo que iba a reparar no sé que cosa en el comedor de la casa. Quedé solo con Paco y él me dijo:

-¿Querés tomar algo? Tenemos una heladera aquí. La iban a deshechar, pero la reparamos con Hipólito.

-¡Qué bien!, ¿tenés un poco de agua fría?

Paco abrió el refrigerador, sacó una botella con agua y una cerveza para él. Me extendió la botella y él abrió la suya, empinándola sobre su boca. Yo hice lo mismo.

-Disculpá, no tenemos vasos – me dijo sonriendo con una mirada muy profunda y limpiándose el bigote con el dorso de la mano. Después me indicó la máquina aspiradora, que aún estaba sobre la mesa de trabajo:

-Vamos a probarla, enchufala en ese tomacorriente.

Yo obedecí. Al volver sobre la mesa, Paco se desabrochó los breteles del overol y dejó caer la parte superior de la prenda sobre la cintura, quedando con el torso desnudo. Mi respiración se aceleró. Sospeché con vergüenza que él intuía mi turbación.

-Nunca febrero estuvo tan caluroso ¿no? – dijo con movimientos cada vez más felinos.

Miré su pecho. Estaba bañado en sudor. Su pelos se arremolinaban en dibujos caprichosos pegándose a sus curvas. Dos pezones rosados y duros remataban sus pectorales de ensueño. No era muy musculoso, pero sus formas eran tan sensuales y su vello tan masculino, que le daban un magnetismo del que no me podía desprender.

Paco encendió la máquina, la probó en todas sus velocidades, la limpió, revisó una y otra vez y finalmente la lustró con un paño por toda la superficie. Al frotar el paño con esas manos grandes, estaba alimentando mis imágenes fantasiosas. Él se esmeraba en esa tarea, demostrándome cuán suave y lento se puede acariciar una superficie lisa. Cada tanto me miraba y me hacía algún que otro comentario sin importancia. Casi no lo escuchaba, porque estaba prendado de su pecho desnudo, de sus brazos de macho y su sudor chorreante. Tomó otro trago de cerveza, y al subir el brazo, su axila oscura y poblada de rizos mojados quedó ante mi vista. Un olor a hombre sudado, viril, inundante, me tambaleó en mi sitio. Cerré los ojos, como para aprisionar todo ese aroma tan sensual en mi nariz. El overol, cuya mitad colgaba a partir de su cintura, se había bajado unos centímetros y se veía perfectamente el comienzo de sus glúteos y la raya entre ellos. De frente, los pelos se espesaban debajo de su ombligo y sombreaba de negro todo su bajo vientre. Podía adivinar su poblado pubis, apenas un centímetro más abajo. Me estaba dando un espectáculo maravilloso.

-Ya está. Mantenida como nueva – me dijo tomando su último sorbo de cerveza.

Yo me había quedado como atontado.

-¡Fermín!, ¿estás bien?

-¿Eh?, sí, sí, claro... debe ser el calor – balbuceé.

-¿Estás seguro? – me miró sonriendo. Paco avanzó unos pasos y se me acercó llenándome con su olor a macho. Yo retrocedí instintivamente, y tomando la aspiradora cuan pesada era, me escapé diciendo:

-Gracias, Paco, ya me voy, ya sabés como es Gutiérrez cuando anda cruzado... – dije tropezando como un niño, y me esfumé rápidamente.

¡Cielos!, estaba sudando, y no precisamente por el calor. Mi corazón estaba a mil, y mi verga me explotaba dentro del pantalón. ¡Y había salido huyendo como un pendejo estúpido!. Intenté serenarme y corrí a lavarme la cara con agua fría.

Ese día seguí haciendo mi trabajo hostigado todo el tiempo por los malos tratos del Sr. Gutiérrez. No entendía porqué estaba tan contrariado conmigo. Tal vez estaba celoso porque el Doctor se había fijado en mí. No lo sabía con certeza, claro. La cosa es que no dejó de hacerme sentir como un inútil a cada momento. Despertaba todo mi odio, y su cara dura y fría empezaba a representar para mí toda una tortura. Así y todo, continué estoicamente mis tareas aunque las horas finales del turno vespertino se me hicieron interminables.

Después de la cena me desahogué un poco con Hipólito, contándole todo cuando por fin estuvimos acostados. Pero después me dieron ganas de orinar por lo que tuve que salir al baño. Estaba en medio de un chorro aliviador e interminable cuando sentí pasos en el baño y la sombra de alguien metiéndose al excusado contiguo. Intenté ver algo por el hueco de la mampara, pero no distinguí mucho. ¿Sería el hombre desconocido de la otra noche?. Esperé unos minutos, tiempo suficiente para que, aún con mi miembro en la mano, éste cobrara vida y se pusiera duro enseguida. Instintivamente, dejé caer mi calzoncillo al suelo. Estaba desnudo. Con una mano me masturbaba, y con la otra me masajeaba los pezones.

Entonces me incliné un poco, y detrás del hueco, apareció un culo bastante peludo apoyándose contra el agujero casi con apasionamiento. El desconocido me lo ofrecía y se lo abría con ambas manos, dejando expuesto un ojete rojo y húmedo. Me puse de cuclillas y sin pensarlo, dirigí mi boca al hueco, saqué mi lengua, y comencé a lamer ese culo abierto. Mi lengua lo penetraba, lo acariciaba, succionaba todo su contorno, sintiendo como mi misterioso hombre gemía en voz apenas perceptible. Sus movimientos hacían temblar toda la mampara. Yo me había arrodillado con las piernas bien abiertas, y para tener mejor contacto, mis muslos se metían un poco en el recinto de al lado, por debajo de la mampara. Mi verga, agrandada por la erección quedaba zarandeándose allí, justo en la división de los compartimentos. El hombre, agachado como estaba y sin dejar de frotarme la boca con su culo, tomó mi verga con una mano y empezó a masturbarme como loco. Ensalivó su mano y me bañó la pija lubricándola bien. Entonces me puse de pie, sin dejar de acariciar el culo dilatado de mi amigo con las manos, y apuntando mi dura estaca a la zona más blanda de esa abertura rodeada de pelos. Penetré el hueco ensartando también el caliente hueco humano. La pija se enterró muy fácilmente en el culo, que había sido lubricado con mi propia saliva. Era suave, blando, abierto como una vagina, y caliente como un horno.

La mampara se movía alarmantemente, provocando un ruido acompasado. Ambos resoplábamos intentando contener nuestros gemidos. Durante largos y silenciosos minutos, la penetración fue intensa y cada vez más acelerada, hasta que sin aguantar más, supe que iba a derramarme. Entonces el hombre retiró el delicioso culo y lo suplantó con su boca. Vertí todo el contenido de mis huevos en los labios de ese hombre. Pensé en Paco y deseé con toda mi alma que el misterioso hombre que recibía mis jugos fuera él. Quise saber de quién se trataba, pero no me animé siquiera a asomarme por el hueco oscuro.

Me subí el calzoncillo una vez calmado, y salí del recinto. El hombre permanecía aún encerrado y sin dar rastro alguno de identidad.

Regresé a la habitación aún lleno de placenteras sensaciones. Hipólito aún estaba despierto.

-Tardaste mucho, Fermín. ¿Te sentís bien?

-No podría estar mejor, Hipólito.

Continuará...

Franco.

francodellavalle@hotmail.com

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