Har
Salimos de la casa del presunto Doctor, y según bajamos la
escalera, me propuse escribir un diario íntimo, que inicio inmediatamente, con
la que yo pienso es mi última aventura.
Mientras que el gangster y sus dos guardaespaldas me
condujeron a un vehículo, y enfilamos la carretera que conduce el aeropuerto.
Miraron mi bolso para ver si llevaba mi documentación.
Mas tarde el jefe me puso una navaja de grandes dimensiones
en la cara, diciéndome:
Si no obedeces tu cara no las vas a reconocer ni tu.
Sí, se lo prometo, pues aún me dolía el puñetazo en mi
teta.
La respuesta, un bofetón en plena cara, que me hizo sangrar
del labio.
Me dieron a beber algo amargo, que lógicamente tomé hasta el
final, pienso que era una droga-sedante, pues me quede bastante atontada.
Efectivamente llegamos al aeropuerto, rodeada de los tres
hombres, me dieron una tarjeta de embarque, y me llevaron hasta una puerta de
salida, un tanto tambaleante, con la ayuda de una azafata a la que dijeron
estaba mareada, me senté en el asiento de un avión, que no sabía ni me importaba
ya su destino.
Fue un viaje largo, casi cinco horas, estuve prácticamente
dormida todo el tiempo, el brebaje que me dieron hizo su efecto, cuando
anunciaron que estábamos llegando al aeropuerto de Abu Dhabi.
Como no tenía ni equipaje, recorrí las escaleras de un
aeropuerto, desde que sólo se veían a través de las ventanales, palmeras
enormes, crucé la Aduana, y descubrí que estaba en una país árabe, en el que la
única occidental debería de ser yo.
-Enriqueta?
Una pareja se dirigió a mi, ella llevaba un gran bolso, me
cogió de un brazo y me dijo, en mi idioma.
Ven conmigo.
Y me llevó a los servicios, donde me entregó las ropas
propias del País, que llevaba preparadas en el bolso, para que las cambiara por
las mías.
Quise orinar y ella se fijó en mi vulva y al verla totalmente
afeitada, sonrió diciendo:
Un trabajo menos, ya no hay que depilarte, aunque las
mujeres de este país, tenemos afeitado desde la cabeza hasta los pies.
Tu tienes clítoris?.
Claro le conteste, pero inmediatamente recordé la
ablación.
Una vez vestida de árabe, salimos y con su compañero, me
llevaron a un coche, empezando a recorrer larguísimas autopistas, en el viaje
aunque ambos hablaban mi idioma, ni me dirigieron palabra.
Entre tanta arena, llegamos a un lugar frondoso, con árboles,
césped, plantas, jardines maravillosos, un oasis inmenso en pleno desierto,
atravesamos la puerta franqueada por un montón de vigilantes uniformados,
recorrimos kms. de jardines hasta llegar a un recinto inmenso vallado.
Mis acompañantes por fin se dirigieron a mi, diciendo:
Este es tu futuro hogar y pienso que de aqui nunca más
vas a salir.
Tu dueño y señor, es el Sultán de esta Región
Bueno pensé, ya se mas o menos donde estoy, y ya se que tengo
un dueño.
Ahora cuando crucemos la puerta, yo te desnudaré y nunca
más te vestirás, en este harén somos más de 300 mujeres, bastantes niñas y
un centenar de eunucos, con un poco de vergüenza a pesar de mi experiencia
me quede totalmente desnuda.
Mi nombre es: Nawal y me gustaría ayudarte y ser tu
amiga, hablo tu idioma y por ello me han encargado que te abra las puertas y
muestre este nuevo mundo para ti, aunque el Sultán también le habla y bien
pues estudio en Europa.
El recinto está totalmente cerrado con paredes de 5
metros de altas, vigilado por cámaras, con lo que la fuga es imposible.
Aquí no hay nada cerrado, se vive, se duerme en el suelo,
hasta se hacen las necesidades en un rincón y las limpian los eunucos con
mangueras, al Sultán le gusta mucho ver mear y oler a sus mujeres, por ello
la limpieza es la indispensable, incluso el olor a sudor de las mujeres le
vuelve loco, ya te hará sudar.
Las mujeres que estamos aquí somos: jóvenes, muy jóvenes
y niñas. Las que han parido y tienen hembra la pueden conservar, la
alimentan a teta, hasta el máximo que pueden unos 5 años, y cuando se
desteta a la cria se la hace la ablación, por ello verás niñas colgadas de
las tetas de sus madres mamando todo el día.
Cuando la mujer ha finalizado de dar leche se la elimina,
pues se da por finalizada su misión de parir y criar.
Las jóvenes del harén, una vez a punto, son desvirgadas,
siempre en presencia del Sultán y esa operación la realizan los jóvenes más
bellos, fuertes, altos y viriles de toda la comarca, primero les dedican a
follar cuantas más mujeres mejor, y cuando ha pasado un tiempo y desciende
su furor, se les lleva a una ceremonia, en la cual se les adjudica para su
desvirgue una joven hembra,
Una vez que su polla ha roto un himen virginal, es a
ellos a los que se coloca atados fuertemente, sobre unas maderas, boca abajo
con el sexo colgando, para que entre dos verdugos, uno estirando su escroto
con los huevos, mientras que el otro de un tajazo con una afilada espada,
haga rodar por el suelo la preciada bolsa, cuyo hueco es soldado con la hoja
incandescente de otra espada,.
Se vuelven intratables, pues aunque pueden tener
erecciones, la polla no sufre ningún daño, ya no pueden volver a eyacular, por
ello se les destina a vigilantes y administradores de castigos, del resto de
mujeres de harén.
Me tuve que pellizcar, pues la verdad, no sabía si estaba
soñando o era una realidad.
Montones de mujeres se arremolinaron para verme, era la
nueva, era totalmente blanca pues ellas desnudas y al sol tenían una piel muy
curtida, era la infiel, la nueva y la extranjera. .
Me volvió al mundo, Nawal quien me dio de comer y de beber,
obligándome a que tomara grandes cantidades de agua para que meara bien delante
del Jeque.
Estaba sudada de los 40º que seguro hacía y por otro lado el
viaje, pero ni se me ocurrió decir nada sobre una ducha fresquita, dadas las
circunstancias, sólo abrí la boca para decir a mi amiga que si me ocurría algo,
que mi único deseo, recogiera mi diario íntimo y le enviara a la dirección que
figuraba en la primera página y que no era otra que la de Manolo, el médico.
N o había terminado la conversación con mi nueva amiga,
cuando aparecieron dos chicas, jóvenes, desnudas como todas, y sin más empezaron
a rapar mi pelo, mientras que la otra repasaba mis piernas y mis muslos, hasta
llegar al sexo que lo afeitó una y veinte veces, hasta dejarlo suave como la
seda.
No sin antes abrir mis labios mayores y comprobar si tenía lo
que allí ninguna tenía: el clítoris., lo cual tanto a ella como a su compañera
las hacia mucha gracia
Embebidas en su labor, llegó corriendo, una bellísima
criatura, muy delgadita pero con formas.
Tetitas pequeñas pero maravillosamente formadas, como dos
campanas, con pezoncitos erguidos como flechas, cintura estrecha, piernas
torneadas, que daban paso a unos muslos redondos, nalgas como dos globos, altas
y duras y por delante un sexo sin el más mínimo vello con un monte de venus
totalmente pelado, que permitía entrever unos labios vaginales, rosados, carnoso
e hinchaditos, completamente cerraditos, destacando el color un poco más oscuro
su agujerito anal, su sexo era como las frutas maduras que de puro jugosas se
abren por la mitad.
Una chiquilla tan preciosa como envidiosa y malvada, como
veremos más tarde.
Una de las favoritas del Sultán, que venía para indicarnos
que nos estaban esperando, y que si hacíamos esperar a su Excelencia nos iba a
castigar a todas.
Me miró de arriba abajo, incluso me dio la vuelta para verme
por detrás, y con una vara que llevaba me abrió las piernas, se acercó a mi
coño, abrió los labios y miró.
Yo pensé otra que comprueba si estoy amputada o tengo
clitoris.
Un solo movimiento de su cabeza sirvió para que se abrieran
paso a latigazos entre las mujeres arremolinadas, dos inmenso eunucos, que me
agarraron uno de cada brazo y casi sin pisar el suelo, me llevaron al centro de
aquella enorme plaza de toros donde estaba el Palacio del Sultán.
Entre la curiosidad de mujeres y hombres que allí trabajaban,
me empujaron hasta caer al suelo casi a los pies del mismísimo Sultán, quien me
miró sonriente y afable.
Me levantó y paso un buen rato, pasando las palmas de sus
manos por mis sobacos, recogiendo el sudor, frotando con él sus manos, oliendo
como si del más preciado perfume se tratara.
Seguidamente me tumbó en una especie de camilla o mesa,
separó mis muslos, abrió mis labios mayores, y con sus dedos pellizcó mi
clítoris.
Le noté feliz, contento como un niño al que entregan su
juguete soñado, en tanto la Nawal y Acua permanecían expectantes.
Sonriente el Sultán me llevó a una habitacioncita con un
agujero en el centro, donde me inclinó para que me agachara, momento que estaba
esperando pues estaba a punto de reventar.
Muy gentil me abrió con dos dedos los labios y sin duda por
los nervios sólo me salieron unas gotitas que apenas transpasaron el borde de
los labios, el hombre experto en estas situaciones, ahora si apretó con fuerza,
con sus dedos índice y medio mi vulva, lo que hizo por la presión que mis labios
se hincharan y la rajita se convirtió en una especie de empanada recién sacada
del horno, que para alegría de mi nuevo dueño, lanzó con enorme fuerza un chorro
de dorado líquido, que no paraba de salir, mientras que el lo recogía con sus
manos y se lo llevaba a su nariz.
Una vez finalizada la operación me pasó sus manos para
limpiarme.
Comprobé que Nawal y Acua discutían, aunque se notaba que la
primera lo hacía en condición de Jefe y la segunda de sierva.
Por desgracias enseguida pude comprobar el motivo de la
discusión, cuando Acua le pedía al Sultán que le permitiera castigarme.
No sé que alegaría pero le convenció y me llevó a otra
dependencia, donde quedamos los tres solos, con la puerta cerrada.
Me colocó unas muñequeras de cuero con argolla y otras en los
tobillos, acercó unas cadenas que colocó en las argollas, y me hizo por medio de
unas poleas, dejándome colgando, colocó una barra de hierro en las argollas de
los tobillos, separando totalmente mis piernas.
Acua se colocó detrás de mí con una fusta de las de los
caballos, soltando el primer fustazo en mi culo, que me produjo primero un gran
dolor seguido de un escozor tremendo, chillé mientras ella, soltaba una sonora
carcajada.
Llegó el segundo y el tercero.
Como al Sultán lo le gustaba el espectáculo y por lo visto no
quería incomodar a su favorita salió de la estancia, no sin antes recomendar
algo en su idioma a la chica.
Nada mas cerrar la puerta, la fusta fue cambiada por un
látigo convencional, e inició como una loca, la sesión de latigazos seguidos sin
mirar a donde se dirigían, empezando a abrir surcos en mi piel, fustigando la
espalda, nalgas, muslos, dejando una señal púrpura cada vez que atravesaba mi
blanca piel, y en medio de la paliza el cambio de útil, el látigo por una vara
de bambú, que aplicada con fuerza y crueldad en mi sexo, golpeando en sentido
longitudinal, dejando marcados los golpes.
Hice lo único que podía hacer: chillar, gritar con todas mis
fuerzas y esa fue mi salvación pues entró enfadado el Sultán y me desató,
ordenado a Nawal que me curara, mientras Acua era expulsada de las habitaciones.
El Sultán me beso en la frente dulcemente y me llevó a un
dormitorio, con la ayuda de mi amiga, allí me dio ungüentos que calmaron el
escozor.
Nawal me comentó que la chica era la favorita de las nueve
que tenía el Sultán y que tenía envidia por si yo la quitaba el puesto, pero que
hoy había hecho oposiciones a perder su lugar de privilegio, pues había engañado
a su dueño diciendo que sólo me castigaría suavemente.
Regreso el Señor y me llevó a otra dependencia, en donde
solía recibir a sus amigos, olía a perfumes y flores, llena de cojines, con
pebeteros de plata, sedas, tapices. . . una maravilla como jamás había visto en
Europa.
Entraros estos, eran seis, todos son sus túnicas blancas, con
barba, elegantes, perfumados. . . y al verme los seis abrieron los ojos y se
quedaron bastante asombrados de mi figura, la blancura de mi piel, mis rasgos
occidentales.
Me besaron de saludo, todos en la boca, y tomaron asiento.
Me ofrecieron un cigarrillo, con un sabor muy extraño, pero
agradable.
Hicieron un círculo sentado en el suelo y apareció un eunuco
`portando a una sierva a la que puso de un empujón a cuatro patas, acto seguido
otra chica empezó a pasarla por el sexo algún líquido con una brocha, abriendo
bien el sexo para untar bien las paredes de la vagina.
Nawal me comentó ese liquido con que la untan el sexo es el
flujo de perras en celo.
En tanto, otro eunuco llegó con un precioso mastín tirando de
su correa.
Colocaron una especie de manta en la espalda de la chica,
mientras el perrazo empezaba a olfatearla y como tenía la polla ya fuera, se la
dirigieron justo al coño de la chica, a base de empellones observamos como
entraba prácticamente toda, con el sexo lleno, sólo faltaba el bulbo que fue
introducido de un hábil empujón.
Por la expresión de la sierva la polla se hinchó de tal forma
que seguramente las paredes de su sexo nunca habian sido dilatadas de esa
manera.
Mientras esperaban que el nudo se abriera, uno de los
invitados me llamó, y me indicó que me sentara encima de sus piernas, cosa que
hice, pero al estar desnuda no observé, que su polla se estaba introduciendo
dentro de mi vagina
Quedando bien ensartada.
No dije lo más mínimo, pues todo el mundo estaba preocupado
con la corrida del mastín, cosa que se debió de producir rápidamente por la cara
de la mujer, que recibía esos chorros abundantísimos y mucho más largos que los
de un hombre, de leche caliente que dicen echan los perros.
La chica se quedó abotonada por el perro, quedando ambos de
culo el uno a la otra.
Durante este tiempo, mi asiento no se movía, sólo un ligero
movimiento de arriba abajo seguramente para mantener la polla bien erecta y
dura.
Pasó una media hora cuando se notó que la polla del perro se
iba aflojando, y salió del coño, dejando un reguero de leche y líquidos
seminales.
Por fin, el invitado me bajó de tan dulce asiento, y el resto
de los hombre se pusieron en círculo con el fin de que se la mamara, uno a uno,
mientras mi amiga me dijo:
Ten cuidado aquí la norma en las mamadas es que tu nariz
esté tocando su vello púbico.
La primera ya tendría los 20 cms. por lo que para mi nariz
estuviera donde tenía que estar, me la metí hasta lo más profundo de mi
garganta, menos mal que me habían enseñado como se respiraba precisamente por la
nariz cuando tienes la boca ocupada con una polla de este tamaño.
El muy cabrón, con sus manos en mi cabeza, me presionaba para
que no pudiera moverme, hasta que me llenaba la boca de leche.
Uno a uno fueron pasando los seis, menos el Sultán, que visto
lo visto, me di cuenta que era impotente, por ello gustaba de estos juegos.
Acto seguido me colocaron sobre una mesa, mandaron colocar
como unas pinzas quirúrgicas en cada labio mayor, para que se viera mejor mi
vagina, y uno a uno, fue tocando y pellizcando mi clítoris, cosa novedosa para
ellos, y que a mi me excitó, tanto que con tanto manoseo, empecé a humedecerme
más y más, mis pezones como piedras y mi cuerpo se puso tenso y rígido, momento
que aprovecharon de tres en tres, para llenar los agujeros.
Colocada encima de uno, con su polla, en mi vagina, el otro
la estaba metiendo por el culo, mientras que la polla del tercero, ya estaba
dentro de mi faringe.
Terminaron los tres primeros y comenzaron los otros tres,
hasta que se recuperaron los tres primeros e iniciaron otra vez el desahogo.
Así estuvimos horas, el Sultán mirando junto con Nawal, y yo
tragando leche por cada agujero de mi cuerpo.
Mereció la pena la follada, pues solemnemente el Sultán me
proclamó públicamente su mujer favorita, con lo que todos los días dormiría en
su cámara. desbancando a la malvada Acua, mientras que conseguí que Nawal fuera
mi doncella oficial.
A partir de aquel día, mi vida fue placentera, de vez en
cuando sabía que iba a ser follada a conciencia, pero eso no me importaba
demasiado, incluso llegue a necesitarlo y mi dueño se conformaba con mi sudor
que le enloquecía, mis orines y ver como era follada por otros.
Y como sabía que ahora ya no me movería de aquí nunca más, ni
quería saber de mi marido, ni mis amigos, procedí a dar el adiós a todos y rogar
a mi amiga Nawal que hiciera llegar este diario intimo de mi vida a Manolo el
médico.