LAS MANOS DE LORENA
NOTA PRELIMINAR. Hace cerca de cinco años publiqué mi primer
relato erótico, esto fue en marqueze, un sitio que no sólo abarca relatos
eróticos, sino una verdadera miscelánea. El relato se llamaba "Clowns", y
trataba de tres payasos que les daba por hacerle un truco a la mamá de un niño
cumpleañero. Hoy por alguna razón este relato fue retirado, pero en su momento
al parecer le gustó a mucha gente. Con este relato LAS MANOS DE LORENA se llega
a la publicación número 100. Hoy mis historias están diseminadas en varios
sitios, ignoro con exactitud dónde andarán. Posteriormente hubo un sitio,
todorelatos, que tuvo el gesto de compilar la totalidad de mis publicaciones en
un apartadillo de autor. Según sus conteos, tengo publicadas mil ciento setenta
y siete páginas, y leer todo lo que he escrito le llevaría a una persona
cuarenta y cuatro horas con treinta y dos minutos, suponiendo que dicha persona
no fuera al baño, comiera, durmiera o releyera una sola línea. Agradezco a todos
aquellos que han tenido la amabilidad de acompañarme en esta actividad de
escribir, algunos de ustedes seguidores espontáneos de mis palabras. Me he
divertido mucho escribiendo y espero ustedes lo hagan mucho leyendo. En estos
seis años no he podido complacer a todos, hago sencillamente lo que puedo.
Pasemos al relato.
Bajo la luna camino,
esquivando charcos, lagunas, ríos, mares.
Y no quiero volver a verte nunca,
triste… sola.
Lorena no es de aquellas que dan pena,
no dejes que tu ángel te abandone.
No existe el odio, no existe el recuerdo,
hoy es hoy, y siempre será hoy.
Pudimos alcanzar el infinito,
perdido entre las manos de Lorena.
Queremos decirte que te vemos,
en el sol, en la mesa, en el reflejo.
No dejes que tu ángel te abandone,
Lorena
es más fácil
volar
con él.
LORENA (Andrés Calamaro)
GAUTAMA EN EL METRO
La vida tiene algo para todos, algo que es para ti, algo que
sólo tú aprecias, algo hecho a la medida de tu forma de sentir. El problema no
consiste en si habrás de encontrar ese regalo de los dioses, sino cuándo, en qué
lugar, encarnado por quién, si las señales que se te envíen serán decodificadas
a tiempo, y si sabrás cómo dedicarle la devoción que merece.
El traqueteo de los vagones era rítmico. Al tren se sube un
cabrón sin camisa, herido, en su mano pende un envoltorio de tela, regordete de
abajo y atado de arriba con un nudo mal hecho, como si fuese un globo
aerostático invertido y desinflándose. Semejantes envoltorios evocan dulzura,
pues parecen el tierno regalo que les dibujan a las cigüeñas en el pico, o los
envueltos que las mamás cargan en el brazo cuando van de día de campo. Del bulto
que este tipo carga en su mano no emerge la sonrosada cabeza de un bebé ni la
tostada orilla de un emparedado, no, de este envuelto emerge un vidrio voraz,
lanzándome un brillo en el ojo. De inmediato comprendo lo que sigue.
El tipo es un faquir inexperto, lo dicen las heridas
profundas que lleva en la espalda, se ve mal, huele mal, hace sentir mal. Se ve
a la distancia que está muy colocado, con suerte y ha fumado marihuana, sin ella
ha inhalado pegamento, o tinta fuerte, o gasolina. El tipo balbucea dos o tres
frases para justificar lo que va a hacer. Dice que no encuentra trabajo porque
ha salido de la cárcel, dice que ya no quiere robar, que por eso prefiere
dedicarse a esto. Abre el envoltorio, que no es otra cosa que su camisa, tal
como si se tratara de un rollo de pasto, pero en vez de pasto aparecen una
multitud de dientes filosos, picos de botella, cristales brillantes. Sé lo que
sigue, se dará un par de maromas encima de los vidrios mientras recita más
justificaciones.
No lo quiero ver. No pienso darle monedas porque creo que
ello significaría pagarle para que se corte más la piel. No lo quiero ver, no lo
quiero ver. Una chica enfrente de mi tampoco quiere verlo, pero no lo puede
evitar. No lo quiero ver porque si lo veo ya seré su espectador y lo justo será
pagarle aunque no me gustara lo que veo. El espectáculo termina y el hombre
recorre los asientos pidiendo la cooperación voluntaria. El pasto de vidrio lo
deja ahí tirado en el centro del vagón, nadie lo querrá hurtar. Se pone frente a
mí, me pide mi aportación, misma que niego con la cabeza, pero él no se va. Al
parecer notó que no lo vi y eso le molesta mucho. Supongo que en su fuero
interno concluye que una cosa es que yo piense que él es un infeliz, y otra que
lo ignore. No imaginé yo que un tipo así resultara tener un corazón tan
sensible.
Se me acerca, se me queda viendo a los ojos, quiere que lo
vea. En su hombro se aprecia su carne café cortada con un pequeño tajo, puedo
ver su epidermis y su músculo fileteado por una partícula de vidrio que todavía
está encajada ahí, como aguja que distiende un hilillo de sangre. Respira
profundo y frente a mi, me detesta. Decido mirarle, dedicarle mi atención. No
sin miedo le sostengo la mirada, respiro a su ritmo, a su profundidad,
pretendiendo entenderlo, por segundos siento abrirse mi carne ahí donde él la
tiene abierta, siento las neuronas morir por los enervantes, siento que en algún
tiempo a él también le importaba que le quisieran. Advierto que no siempre fue
así, que dice la verdad. Me saco un billete de veinte y se lo doy, sin
importarme que creyera que mi repentina bondad era resultado de su intimidación.
Se marcha. Un tipo siente piedad de mí cuando descubre lágrimas agolpándose en
mis ojos; si supiera que no eran de miedo.
Me llamo Gautama, mi diario vivir es una ironía. Recuerdo que
de niño mi padre me contó una historia. Era de noche cuando la contó, él estaba
sentado a mis pies, sobre mi cama, su voz sonaba mágica y envolvente, quisiera
oír esa voz hoy en día, su cara no la veía, pero podía imaginarla sólo de
escuchar los distintos matices de su voz, detrás de él estaba una ventana que
como pantalla de teatro guiñol acentuaba su silueta, y más que su silueta, la de
su mano, marioneta única que me mostraba el mundo de lo que mis sueños y mi
destino serían. Me contó que Siddharta era un príncipe cuyo padre había
procurado que él no tuviese contacto alguno con el sufrimiento, que para ello
había dispuesto que en el palacio sólo existiera gente joven, gente hermosa,
gente sana. Me describió que un buen día Siddharta quiso conocer el pueblo que
reinaban, y el Rey, sabiendo que en el pueblo vivía mucha pobreza y enfermedad,
trazó una ruta por donde pasaría el príncipe, ordenó remozar las calles, pintar
las fachadas, colocar mercados de flores, de fruta fresca, y convocó a la gente
más bonita del reino para que paseara por aquellas calles ese día.
Así salió el príncipe, sentado en un carruaje maravilloso.
Señalaba esto o aquello, sorprendido de la hermosura del mundo. Mientras hacía
esto, jugaba con una pequeña pelota. Un mal pase hizo que la pelota escapara de
sus manos y se fuera rebotando por un callejón. Sin tiempo a que reaccionara
ningún sirviente, el príncipe saltó de su carruaje y fue a perseguir la pelota
por aquel callejón. La pelota, como atraída por la miseria, botó hasta quedar
bien cerca de un mercado, otro mercado, no aquel mercado de utilería que el Rey
había ordenado crear a los mejores decoradores, sino un mercado verdadero. El
príncipe tomó la pelota pero su mirada no pudo despegarse de un hombre que yacía
en el suelo, agazapado, tembloroso, con surcos pronunciados en el rostro, con
huesos vestidos de una carne muy blanda, su boca sin dientes, sus ojos cegados
por un humo perenne, su esperanza tres pasos adelante rumbo a la muerte.
Un sirviente le alcanzó y quiso distraerle, pero el príncipe
preguntó "¿Qué le sucede a ese hombre?". "Nada, solamente es un viejo". "¿Se
curará?", preguntó el hijo del soberano. "No es una enfermedad. De hecho es el
destino del hombre" se le contestó. Y así el príncipe recorrió aquel otro
mercado, conociendo la enfermedad, la vejez, la miseria. Llegó al palacio y
pidió explicaciones a su padre, quien obviamente no pudo dárselas. Así fue que
Siddharta dijo a su padre que si toda la dicha a la que él estaba acostumbrado
era efímera, que si pese a su riqueza envejecería, que si pese a su gloria
moriría, entonces ni la dicha, ni la riqueza, ni la gloria deseaba. Se marchó a
una cueva y no bajó hasta que era ya el Buda.
Lo que mi padre nunca me explicó fue por qué si el príncipe
se llamaba Siddharta a mi me había puesto por nombre Gautama, es decir, el
apellido. En fin, mi nombre va ligado a esa historia y mi destino está casado
con el vértigo que da perseguir aquella pelota sin saber con qué habré de
encontrarme. Siddharta ya no vive, creo, pero si viviera, el metro de la ciudad
de México sería un sitio muy raro para estar. Yo me subo diariamente y cada vez
pareciera que voy persiguiendo mi pelota y que ésta cae donde menos lo espero.
Es como si viviera en medio de una inexplicable plenitud, una dicha inherente
que me acompaña, de la cual me aparto a la menor provocación. Mi pelota es mi
alma que se me cae donde sea y se adentra en el mercado del mundo.
JARDÍN DE DARK
En la mañana me senté al borde de mi cama y me puse a leer la
palma de mi mano, buscando en ella alguna señal que me diera esperanzas de que
hoy fuera un día distinto, más pleno quizá, o cuando menos interesante, pero
cada línea seguía siendo la misma y al parecer nada había de extraño, salvo mi
línea de la vida alzándose como un puente levadizo, separándose de en medio y
apuntando al cielo. Me bajo en la estación del Metro Auditorio, de ahí camino
hasta el lugar donde se presentará To Die For.
To Die For nunca será un grupo de culto, pero tiene su
encanto. Ya sabemos, heavy metal finlandés, muy en la onda oscura, con temas más
bien dulces, con letras góticas o vampíricas y pretendidamente llenas de ese
agobio que ofrece el saberse efímeramente mortales o aburridamente eternos; los
integrantes del grupo reflejan tristeza porque se quieren morir, o viceversa,
aunque dudo que quieran morir por causas visibles, están guapos, la gente los
adora, y aun así el vocalista canta en medio de suspiros que uno cree que está
exhalando el vaho último. Nada de lo que sucedió dentro del concierto vale la
pena contarlo, salvo que en la canción Immortal love tuve una visión
celestial, una visión de mi destino. La letra de la canción dice esto:
Looking deep into your eyes.
No better place to hide.
When I´m scared and I´m weak.
You can help me before I bleed.
You can help me forget the pain.
That I feel deep inside.
Let me shed these tears.
Let me just be with you.
You´re my savior again.
You´re my angel.
My blood runs in you.
Your blood runs in my veins.
We love this kind of immortal love.
Open up the scars.
And give me your blood.
I will give you mine.
I think it´s what unites.
This is all I believe.
You´re the one I trust.
I believe in our love.
An I always will.
Pues bien, en medio de esta canción que habla, por decirlo de
forma simple, de un pacto de sangre que une para siempre, en la partecita en la
que dice "Tu eres mi salvador otra vez, tu eres mi ángel", la vi. Alguien, o
algo, me empujó por la espalda, yo voltee hacia atrás para ver qué pasaba, pero
no vi a nadie, y por el contrario, alcé la vista a ese inmenso bosque de brazos
alzados que de alguna forma u otra se movían al ritmo de la música. ¿Cuántos
brazos eran? Miles, y al parecer todos eran idénticos.
Todos los brazos eran viles palmeras azotadas por un huracán,
menos una, una que se erigía como una flor magnífica, con un ondular suave que
evocaba toda la dulzura. Era una mano que oscilaba sobre su propio eje, como una
flama indecisa del dios que venera, una mano blanquísima, con un tatuaje como el
que se hacen algunas mujeres en Beirut, parecido a enredaderas trémulas, con
frutos negros que observan como ojos de bestias ocultas en una cueva, con hojas
como alas, con espinas dibujadas que aun a la distancia ya comenzaban a rasgar
mi piel.
La mano ondulante, el antebrazo, luego el codo perfecto,
luego el brazo, luego un hombro circular y perfecto. Un brazo extremadamente
largo para la estatura de quien lo portaba.
Unido a aquel árbol maravilloso estaba una chica, de
complexión más bien menudita, con cabello rizado y largo, despeinado, si cabe,
con boca pequeña, apenas perceptible, con su nariz algo larga, quizá demasiado
para su par de mejillas abultadas. Sus ojos estaban cerrados, en éxtasis,
mientras sus largas pestañas dejaban caer un hilillo negro producto del
maquillaje recién llorado. Ahí todos llevaban delineador negro y acaso yo era el
único desentonado que no se había disfrazado para la ocasión; todos querían
parecer épicos, pero sólo esta chica lo era, con esas lágrimas pintadas en su
mejilla, con su boca cubierta de labial negro y susurrando la canción. Sentí
celos de quienquiera que fuera aquel a quien ella le cantaba.
El grupo seguía tocando en el escenario y yo de espaldas,
mirándola a ella. Memoricé la mano, esa mano divina. La música había dejado de
sonar para mí, sólo la veía a ella.
De pronto, ella abrió los ojos y me descubrió mirándola. Su
mirada me resultó familiar, escalofriantemente familiar.
Su mirada se me encajó atravesando la penumbra causada por
las luces que se encendían y se apagaban. Escondió su mano para que yo no la
viera más, cosa que, sin saber por qué, me dolió mucho. Intenté ir con ella,
pero se escabulló, y una avalancha de greñudos me separó irremediablemente de su
cuerpo, sólo de su cuerpo, pues su mirada y su mano permanecían en mí, como si
hubiese yo nacido para admirarlas, sobre todo a su mano. Quedé un tanto desolado
y vacío. Todo el resto del concierto se me fue en buscarla. Ese sería el primer
día de muchos en que mi destino se vería definido por la siguiente escena: yo
mirando a la nada, pensando en aquella mano, seguro de que aquella mujer
encerraba algo, o todo, para mí, buscándola, sin esperanzas de encontrarla.
A la salida del concierto de seguro llevaba la espalda gacha.
Me senté en una banca para dejar que el aire frío me pegara en la cara. La luz
de la luna volvía todo azul, yo alzaba mi propia mano intentando imitar el
movimiento del brazo de aquella chica, buscando encontrar su recuerdo en las
sombras que mi cuerpo hacía en la acera. La sombra de mi brazo no igualaba en
gran cosa el brazo de ella. Me gustó pensarlo así, llamándola "ella", como si no
hubiese en el mundo más ella que ella, como si fuera la única ella.
Llegué a mi casa seguro de haber vivido un momento
importante. Si alguien me preguntara y evaluara todo lo que pensaba, diría que
estaba yo chiflado. Tomé un lápiz y un papel, y comencé a trazar el contorno de
aquella mano, quería atrapar aquella frescura que bailaba aún en mis retinas,
marqué rama por rama de aquel tatuaje, hasta que por fin quedó una flor hermosa,
vital, casi idéntica a la que yo había visto. En mi cabeza se construyeron toda
serie de hipótesis acerca de aquella chica, como sería su voz, cómo sería su
mirada ya en un plano más terreno, cómo sería su cuerpo, cómo serían los temas
de que platicara. Con el tiempo, me habría yo de dar cuenta, se borraría de mi
cabeza el detalle de su cabello, de sus ojos, del resto de sus facciones, y me
quedaría exclusivamente con la mano. Pasado un mes de aquel encuentro decidí
tatuarme el dibujo de aquella flor del jardín oscuro.
FLOR DE PIEL
-¿Quien coño se hace estos tatuajes?- le pregunté a Giga,
mi tatuador, señalándole una revista en la que venía la foto de la espalda de un
tipo que se acababa de poner como tatuaje la imagen del Chavo del Ocho dando una
patada al aire y diciendo "Eso, eso, eso...". Él me miró con cierta piedad
dulce, como quien comprende a quien todo lo ignora.
-Ese tipo...-
-Bueno, eso es obvio. ¿Vaya, por qué querría alguien ponerse
un tatuaje así? ¿O éste de estos payasos?-
-Mira. Yo no sé las razones de este que se tatuó al Chavo, en
lo personal el Chavo me parece un icono de la idiotez humana, pero mucha gente
ve en ese personaje algún tipo de enseñanza. Algo te puedo decir, le encuentro
más sentido tatuarse al Chavo del Ocho que al Demonio de Tasmania, y casi me
hago rico tatuando al segundo. Los payasos son tatuajes que acostumbran mucho la
gente que está en la cárcel o que sabe que va estar en ella, es como si
necesitaran llevar en el cuerpo algo de alegría, ahí donde no la va a haber.
-Es interesante...
-Lo es. Antes de dedicarme a hacer tatuajes la vida me
resultaba absurda. Ahora como que entiendo más a la gente. Las únicas personas
que no tatúo son aquellas que no tienen ni la más remota idea de por qué se van
a rayar el cuerpo, los mando a que lo piensen, y nunca lo hacen.
-¿Tatuarse?
-No. Pensar.
Giga no vive en la ciudad de México. A veces viene junto a un
amigo suyo al que apodan El Diablo, también de oficio rayador. Son estilos muy
distintos. Giga tatúa sólo a aquellos que de alguna manera le hagan sentir que
el tatuaje que van a hacerse es importante; el Diablo tatúa a quien sea, y se
presta a rarezas como la que he de contar.
Llegué yo a tatuarme. El sitio quiere dar la apariencia de
muy limpio pero no lo consigue. Pueden ser varias las razones de este descuido.
Son dos tatuadores, permanecen en la ciudad bien poco, rentan un consultorio
médico por una semana, ahí mismo comen, duermen, o hacen lo que sea. Ese pequeño
consultorio se compone de dos pequeños cuartos, cada uno de dos y medio metros
de ancho por tres y medio metros de fondo. Un pequeño muro divide el consultorio
principal y la recepción, y frente al muro de separación hay un espejo, por lo
que el médico puede coquetear con la secretaria todo el tiempo, o ver si se está
limando las uñas en vez de archivar. El Diablo, que es el rayador más viejo, se
apodera de la silla de uso médico que está en el consultorio principal, mientras
que el Giga atiende en el escritorio de la virtual secretaria. Tienen la agenda
muy llena. A mí me pudieron empezar a atender hasta las nueve de la noche.
Cuando yo llegué, el Diablo estaba despidiendo a una chica que se acababa de
hacer un tatuaje en la nuca. Yo pasé, le expliqué a Giga mis razones para
tatuarme la mano de aquella belleza. Mientras, el Diablo se fumaba un cigarrito
de marihuana mientras daba vuelta a una cinta de ska que tenía en la grabadora.
-¿Todavía vas a atender a alguien más?- preguntó Giga al
Diablo.
-Si.-contestó el Diablo, quien luego preguntó mirándome a mi-
¿Eres de mente abierta?
-Desde luego.
-Bien.- dijo sin explicar nada.
El Giga comenzó a marcar la flor desde arriba de mi codo
hasta casi mi hombro. Colocó unas agujas nuevas en el aparatito y comenzó a
trabajar. A los primeros pinchazos sentí como si me devorara el brazo una
marabunta de hormigas, y pese a mi impulso de espantarlas, hice acopio de
comodidad para dejar hacer a Giga su trabajo. El mismo dolor terminaría por
anestesiarme el brazo, y una vez empezando no se habría de terminar hasta dentro
de una hora y media, así de complejo era el dibujo. Tocaron a la puerta y entró
una chica bastante delgada, con un arete en la ceja y otro en el labio. Su piel
ya mostraba bastantes tatuajes. Entró de la mano de un chico de porte italiano,
bajito, de complexión fuerte, con unas ojeras muy marcadas, una especie de Al
Pacino tierno. Detrás de ellos iban tres tipos de lo más dispares. Por el espejo
vi cómo se ponían de acuerdo, la chica se abrazaba como enamorada del Al Pacino
tierno, quien, luego supe, se llamaba Pedro. Los otros tres tipos estaban en las
nubes. Hablaban insistentemente de las condiciones especiales del tatuaje y
preguntaban si no habría problema porque yo estuviese ahí, el Diablo dijo "No,
el amigo es de mente abierta".
Tanto énfasis en mi apertura mental me intrigaba en
sobremanera.
A través del espejo vi cómo el Diablo extendió la silla
médica hasta que quedó como una camilla. La chica besó a Pedro como si se
despidieran en un andén, como si ella fuese a arrojarse al vacío desde una nave
espacial, como si fuese a saltar por la quilla. El beso era tan sexual, ambos
comiéndose la lengua, mordiéndose los labios, ambos exhalando a la vez, que
sentí en la bragueta un temblor animal y arcaico. Mi verga saturada de envidia
blanca.
Pero a la vez, el beso era un beso de profundo amor y
respeto, si cabe, no sé cómo llegué a esa conclusión, era quizá la delicadeza
con la que él le tomaba del talle, o su mano en el cuello, como si le contara el
pulso, o cómo torcía la cabeza él, y ella, abandonándose, o la mano de ella
deslizándose por la baja espalda de él, como papachándole. Mi corazón repleto de
envidia roja también, pulsando tan fuerte para que la chica de la mano tatuada
escuchase el llamado de mi tambor. Toda esta variedad me había hecho olvidar el
dolor en mi propio brazo.
Con un desenfado inusual, la chica se desnudó por completo.
No le importaba estar en aquel consultorio rodeada de siete hombres. Era muy
delgada y su pubis estaba densamente poblado de vello. Es una locura pero me
pareció oler el aroma de su sexo y adivinar el suave color salmón de su vulva.
Yo con dificultad me volteaba hacia otro lado, pues se supone que no debía yo
mirar a través del espejo lo que pasaba en el cubículo de a lado, aunque ello
era imposible de evitar.
El Diablo colocó un dibujo base a la altura de los omóplatos
de la muchacha. Era un tejido de espinas y en medio había un corazón y debajo
del corazón estaba escrito con letras estilizadas "Pedro".
El Diablo recostó a la chica sobre la camilla, boca abajo,
dejando al vuelo sus piernas, con su cara ella miraba al espejo, y en el espejo
estaba yo. Me guiñó el ojo o algo parecido. La chica estaba prácticamente
empinada. Acto seguido, el Diablo la afianzó a la cama con un cinturón muy
firme, lazándola a la altura de las costillas. Pedro se colocó muy cerca de la
cara de la chica. El Diablo fijó la silla para que nadie ni nada la pudiese
mover, encendió el aparatillo y comenzó a rayar la piel de la muchacha.
La chica hacía muecas de dolor conforme el trazo se
completaba, mientras Pedro acariciaba la cabeza de ésta con una ternura
inusitada; se acercaba a su oído y le musitaba cosas, las cosas que le decía
habrían de ser muy bellas porque ella pasaba del dolor a la serenidad en
instantes. Los dedos de Pedro jugaban con su cabello, como invitándola a un
sueño imposible.
Uno de los tres tipos que los acompañaban se comenzó a
desnudar. Pedro le hizo una seña con la mano, instruyéndole algo. Como era de
esperarse, el tipo ya desnudo se puso detrás de la chica. Yo no veía lo que él
vio, pero de seguro que al ponerse de rodillas lo que tenía frente a sí era un
sexo magnífico, un par de nalgas, un ano. Sumió su cara en todo aquello y sólo
se escuchaba el chupeteo, como si el fulano fuese un becerro descubriendo las
bondades del mundo en las ubres de su madre. La cara de la chica dibujó un gesto
extrañísimo, de placer sexual, mezclado con dolor, mezclado con ternura. Pedro
era más dulce, si cabe, continuaba diciéndole cosas al oído, acariciándole el
cuello, la nuca, revolviéndole el cabello, besando la oreja, la frente, los
ojos, y pese a todo, lo que subsistía en la cara de ella era una sonrisa
plácida. Pedro dijo "Gina, te amo y lo sabes". Ella dijo que sí en medio de un
gemido. A la altura de sus nalgas, sólo se alcanzaba a ver la frente del
mamador, su cabello agitándose, su cabeza moviéndose como diciendo que sí, y ese
sí lo decía con una lengua sacada en su totalidad con la que repasaba toda la
verticalidad del coño de Gina, haciendo movimientos circulares como si primero
lamiera un labio de aquella vulva y luego el otro, para rematar encajando la
lengua incisiva en el centro exacto de aquella flor expuesta. La cabeza se alzó
un poco, ya no sólo se vio la frente, sino los ojos cerrados en éxtasis, y por
el temblor en los párpados y entrecejo del mamador, y el giro suave del cuello
de Gina, podía presumir que el chupador se había pasado a hurgar con la lengua
el sensible ano de la chica, quien contraía las nalgas como sorprendida, para
luego mover la pelvis hacia atrás, como deseando que sus nalgas se abrieran de
par en par como puertas del castillo ante la llegada del príncipe.
El tipo de atrás se puso en pie. Sin sorpresa empaló a la tal
Gina. Yo ya tenía una erección mientras mi brazo recibía el filo de las agujas.
Si mi sensación era extraña de estar siendo rayado en la piel mientras
presenciaba aquellas escenas, no puedo ni imaginar cómo era para aquella mujer.
El tipo que estaba penetrando a la chica parecía no tener
derecho de gozar. La tomaba de las nalgas, si, la atravesaba con su verga, si,
pero todo con una mecanicidad sin precedentes, como si fuese un autómata que
penetraba al mismo ritmo siempre, como si no quisiera darse a notar, como si el
único notable fuese Pedro. Los empellones eran fuertes, como si quisiera meter
hasta los testículos, pero algo frío había en él. Era un objeto, sólo eso,
mientras Pedro seguía acariciando a la chica, besándola furtivamente en la boca
para luego retirarse rápidamente.
Pedro metió su mano en uno de sus bolsillos y de ahí extrajo
una cajita china, la abrió y de ella sacó un par de alianzas de oro. El tipo de
atrás había comenzado a reaccionar, agarrando las caderas de la muchacha con
verdadera avidez, cuidando de chocar bien profundo las nalgas. Un gemido de ella
fue la señal para que Pedro le colocara la sortija en el dedo anular, ella
volteó a verlo a los ojos y ambos se regalaron una mirada muy intensa, como si
entre ellos se tendieran lazos inimaginables, ella sonriendo, prometiéndose
suya, y él aceptándola absolutamente. A una señal de Pedro el penetrador hizo
ademanes de estar cambiando de camino, apuntalando el ano, entrando en él con
suavidad primero, pero dejando caer sobre él todo su peso después. El hombre
sudaba y las gotas caían en las nalgas de Gina dotándolas de un brillo ocre.
Cuando Pedro acercaba sus labios, de la boca de Gina salía la
lengua como un tentáculo escondido en una grieta submarina, sin embargo Pedro,
la presa, huía rápido para besarla en la mejilla. Ella frunció el ceño y le dijo
a forma de queja "Bésame". Pedro obedeció, se puso frente al rostro de ella y
comenzó a devorarle los labios.
El Diablo, sudando, seguía rayando aquella espalda con un
profesionalismo sorprendente, mientras el empalador seguía moviendo sus caderas
para atrás y para adelante, haciendo temblar las nalgas de la chica a cada
empuje. Pedro se puso en cuclillas para dedicarle unos minutos de besos en la
boca a Gina, quien respiraba con dificultad, como si su corazón estuviese siendo
sometido a emociones fortísimas. Pedro se retiró de besarle la boca y a juzgar
por el rostro lleno de saliva de Gina, Pedro le había lamido la mitad del
rostro.
Pedro se puso de pie y se sacó el pene para luego colocarlo
con delicadeza en la boca de Gina, quien comenzó a besarle, dejando penetrarse
por la boca, sumiendo un hueco en las mejillas como quien hace un vacío,
restregando la lengua a todo lo largo de aquella verga ancha. Luego Pedro le
retiraba el falo de la boca, se ponía en cuclillas otra vez y la besaba más,
como si estuvieran locos los dos, mientras eso ocurría, Pedro se agitaba la
verga con la mano mientras besaba a su ahora esposa. Entre tanto yo lo envidiaba
y me sentía más solo que nunca. No envidiaba al tipo que se la estaba cogiendo
durísimo, ni a Pedro mientras le metía en la boca esa fresa magnífica y
brillante que era la punta de su verga, sino que envidiaba a Pedro mientras la
besaba, mientras le ponía el anillo, mientras escuchaba de ella un sí, mientras
era loco con ella.
Giga parecía no estar ahí, era como si un hombre invisible
tatuara mi brazo. El tipo que la penetraba comenzó a mostrarse muy nervioso,
Pedro alzó la mano, como impidiéndole que eyaculara, y el sujeto pompeaba acaso
con más fuerza, como si cayera de un avión seguro de su peso, acentuando su
ritmo pero con el dolor en la cara de no poder regarse. Bastó un chasquido de
los dedos de Pedro para que el cojedor lanzara un alarido en señal de estarse
vertiendo dentro de la vagina de Gina. El tipo a regañadientes sacó su verga del
cuerpo de ella, mirando a Pedro con el rostro humillado que le dirigiría un
perro que es separado de la perra mediante un cubetazo de agua. Exhausto, el
tipo se desprendió del condón blanquecino que colgaba de su verga como un
fantasma jubilado para luego tirarlo en el botecito de biohazzard del
Diablo. El sujeto se vistió y se fue.
A un chasquido de los dedos de Pedro el segundo de los tipos
se desnudó, y siguió el mismo procedimiento, se puso de rodillas, se puso a
lamer el sexo de la chica, que en esta ocasión ya habría de estar más que
hinchado por la anterior penetración y dando un desagradable gusto a látex.
Esta vez la mujer emitía gemidos más placenteros. Pedro le
dedicaba una declaración de amor, le decía a ella que era su dueña, que él le
pertenecía. Pedro se separó de la cabeza de Gina, se guardó el pene y se fue a
sujetar las nalgas de ella, abriéndolas para que el segundo hombre chupara
mejor. El tipo se puso en pie y con ayuda de Pedro, que separaba hacia fuera las
nalgas de su esposa, la atravesó. Pedro le dio unas pequeñas nalgaditas a su
amada. El cinturón de la cama ya había dejado una marca en la espalda de la
mujer, mientras el Diablo, inmutable, seguía con su trabajo de tatuaje. El
rostro de la chica era indescriptible, ya sudado por el calor y el contacto con
la cama de plástico, el cabello se le pegaba a la frente, pero todo era opacado
por una sonrisa blanquísima que se dibujaba en su boca.
Yo lo veía todo a través del espejo. Me sentía un ladrón
porque yo estaba robando sus sonrisas, miraba sus sonrisas y las guardaba en mi
bolsillo, me quedaba con ellas, las untaba en mis labios sin que ella supiera
nada.
El segundo hombre se regó, se vistió, se fue, y entró el
tercer hombre. Pasó algo similar con el tercer hombre. Igual tiró el condón
blanquecino. Ya sólo faltaba Pedro. Sin desvestirse se sacó la verga de nuevo y
la colocó muy cerca de la cara de ella, que comenzó a boquear como un pescado,
como invocando una mamada, pero Pedro no le regaló eso, no esta vez, se fue a
las caderas de ella y con la mano comenzó a penetrarla. La chica se retorcía en
medida que el cinturón se lo permitía, y el Diablo hacía hasta lo imposible para
no trazar mal el tatuaje. Pedro se quitó la camisa, su piel era blanca teñida de
un abundante vello castaño, desenfundó por completo su verga, una pieza
magnífica que me hizo sentir admiración y respeto.
La voz de Giga me pulverizó.
-Listo.
-¿Qué?
-Que listo, ya está.
-¿Cómo?-
-¿Cómo que cómo? Así, ya está.-
-No entiendo…
-No hay nada qué entender. ¿Sensaciones? ¿Amor? Cuando
comprendas que ambas cosas no son diferentes entenderás.
A regañadientes le pagué y me fui de ahí sin querer irme.
Quería ver, quería plasmar en mis ojos lo que iba a ocurrir, sería bello sin
duda, pero no me tocaría verlo. Me vi mi tatuaje en un espejo, había quedado
hermoso. Luego vi por última vez a la chica, luego los ojos de Pedro, que eran
como de un dios extraño, y me fui.
Durante días las imágenes de aquella chica y de Pedro me
asaltaban como si fuesen pesadillas que disfrutaba. En ellas yo mismo la
penetraba con la irracionalidad de un perro. Luego soñé que la penetrábamos
Pedro y yo. Pedro me miró a los ojos y con ellos me anunciaba que se marchaban.
No volví a soñarlos.
Era cierto. ¿Quien hizo del cuerpo y sus sensaciones algo
banal? ¿Por qué la supremacía de la mente sobre la carne? La mente no siente. Si
alguien sabía de la pobreza del alma ese soy yo, que siempre tuve que hacer gala
de su valor ante el escaso reparto de belleza que el buen Dios me había
dispendido. Vaya, con diez centímetros más de estatura, dos más de largura en el
pene, uno más de anchura en su tronco, tres tallas de menos en la cintura, una
más en las nalgas, un poco más volumen en brazos, pecho, espalda, un poco más
recta la nariz, más abundante el cabello, más largas las pestañas, más venudo el
cuello, más velludos los brazos, ya me habría yo olvidado de las virtudes del
alma, no las necesitaría, tal vez. ¿O tal vez sí? La pobreza, inventada por no
sé quien, duele a menudo.
LA SIRENA EN LA POCILGA
Pasó un año completo. Mi vida siguió, sintiéndose como
enriquecida, pero a la vez desesperada de saber que en algún lugar existía
aquella mujer de la mano tatuada y que eso probablemente no me salvaría de nada.
Me levanto, leo mi mano, ésta me dice que no será hoy el día que la encuentre.
Voy en metro, vieja manía. Me bajo en la estación Buenavista
y me perfilo al Tianguis del Chopo. Llevo en mente comprar unas películas para
un amigo que me las ha encargado. Me adentro entre la fauna local compuesta de
punketos, darketos, skatos, roqueros de la vieja escuela, perversos,
beatlemaníacos, fanáticos del art rock, del rock progresivo y un largo etc.
Llego con Juan Eladio, mi proveedor de películas bizarras.
Bucanero de corazón. Lo saludo. Me saluda. Por alguna razón me pregunta "¿Tú
estás en Bellas Artes?", no sé la razón de tal pregunta, tal vez quiera
simplemente distraerme para que compre alguna película que en mi sano juicio no
vería. Yo, sin saber exactamente qué significará que alguien esté en Bellas
Artes le contesto que no, porque lo que sí sé es no estar ahí.
Sucede algo recurrente en ese puesto. Siempre llega algún
sujeto preguntando "¿Tienes algo grueso?". Juan le pregunta, siempre, "¿Qué tan
grueso?". El que pregunta, que siempre es un despistado de primera, dice, sin
falla, "Pues así, de violencia". Basta ver los cartelillos y las portadas para
inferir que esa descripción es una idiotez. Aun así, Juan contesta, sin falta y
haciendo una comunicación doble, "La vida es violencia. ¿Cómo qué buscas?",
mientras me mira a mi y telepáticamente me dice "Escucha a este pendejo. Quiere
de violencia. Aquí todo es violencia, carajo". El cretino dirá entonces,
puntualmente y con exactitud matemática, "Pues algo así fuerte", Juan,
desesperado, le dirá, sin pierde, "Ahí tienes Nekromantic". No sé cómo ocurre
esto, pero siempre sucede igual, el tipo contestará la misma frase de siempre
que a la vez deja a Juan en ascuas y a la vez deja entrever que tan ignorante no
es, "No tan grueso". Juan le dice después, "Pues mira lo que hay y si algo te
llama la atención me preguntas".
Cuando llego a este puesto, o a cualquier puesto, afino mi
oído y escucho lo que la gente se dice. Esta vez compré varias películas, tres
para mi amigo y una para mí. Para mi amigo compré Metrópolis, de no sé
quien, Santa Sangre, de Alejandro Jodorowsky y una de la serie Guinea Pig
que se titula Mermaid in a manhole. Para mí compré Ópera, de Dario
Argento.
Mientras estaba comprando pasó algo bien extraño. Una chica,
alta, de ojos expresivos, cabello ondulado, muy corto, blanquísima, de boca
apenas existente y nariz de pájaro, estaba pidiéndole a Juan otra copia de
Guinea Pig: Mermaid in a manhole. Hay que aclarar que ninguna persona puede
presumir sano juicio si es aficionada a ver películas como ésta, pues hay dos
razones para comprar esta película, la primera, comprender por qué el incauto de
Charlie Sheen hizo el ridículo al acudir a la policía a denunciar la exhibición
de un snuff (filme de asesinato en vivo) en una fiesta, entender cómo fue que
quedó como chismoso ante sus anfitriones y reír de que, iniciado el juicio y la
investigación por la exhibición de semejante material, en la audiencia del
juicio le demostraran que el asesinato visto en la pantalla era ficticio, dicho
de propia voz de la supuesta asesinada; o segundo, porque estás mal de la
cabeza.
Me dio entonces una curiosidad enorme como una mujer tan
exquisita, de apariencia tan frágil, espigada como ninguna otra, quería
semejante material. Otro detalle, cuando Juan le entrega la película ella por
poco y lo toma con su mano izquierda, misma que apartó violentamente, tal como
si hubiese descubierto un escorpión arriba de su película, con este movimiento
me dio un manotazo por el cual ni siquiera se disculpó.
Yo estaba a su siniestra. Extrañado, Juan le preguntó "¿Qué
pasa?". La chica dijo con una voz muy dulce "¿Me le puedes quitar el celofán a
la cajita?". Sorprendido, Juan preguntó "¿El celofán?". "Sí, el celofán" dice la
chica. Juan empieza a desnudar la cajilla, no sin antes agitar la mano sobre el
celofán provocando no sólo un ruido de papel arrugándose, sino logrando que la
chica se retorciera ante ese sonido que al parecer la enfermaba. Al momento de
hacer rechinar el plástico, Juan pregunta "¿Por qué? ¿Te da cosa hacerle así?".
Ella asiente con la cabeza, incapaz de hablar todavía.
Estaba yo sin habla ante aquella incongruencia, la chica
pidiendo Guinea Pig: Mermaid in a manhole, pero asustándose con un
celofán. Con ese simple suceso hubiera bastado para que esa chica pasara a
formar parte de mis recuerdos, una gema anecdótica, pero su destino tal vez no
era ser un recuerdo mío, sino mi vértigo, mi presente. Mi pelota se me cayó de
las manos y ella la tomó con su mano izquierda. Su cara. Familiar. Muy familiar.
No eran los rizos que recuerdo, pues ahora, ahora, ahora, llevaba el cabello
corto. Aquellos ojos narcóticos. La nariz. No podía ser, la chica que recuerdo
era bajita, uno cincuenta a lo mucho, y ésta medía como uno ochenta y cinco,
pero ¿Y si aquel día del concierto estaba en cuclillas, bailando agachada? Eso
explicaría los brazos desproporcionadamente largos, el trazo orangutanezco de su
complexión que nunca me cuadraba en la mente.
¡Era ella, Dios mío! Mis ojos buscan su mano bendita, la
señal de mi vida, mi principio, y en vez de ese reencuentro ansiado encuentran
una prótesis, una mano al parecer mecánica, el espejismo de un brazo, la señal
de que algo que fue bello ya no era más. Sentí un peso enorme en el pecho.
Eran demasiadas emociones para mí. Hubiera soportado verla en
un altar casándose con alguien que me cayese muy mal, hubiese soportado verla
diciendo adiós en una expedición a Marte, hubiese soportado verla convertida en
monja crédula, pero esto, verla con aquella prótesis en vez de aquella mano que
yo tanto adoraba, para eso sí que no estaba yo preparado. Sentí una opresión aun
más fuerte en el pecho, paralizante, asfixiante. Juan, que acababa de despachar
a una chica con fobia al celofán, ahora tenía un agorafóbico instantáneo. Me
miró como pensando "Caray, ¿Por qué todos mis clientes están tan pinches locos?"
Ella se retiró del puesto, apenas notando mi presencia. Ya
llevaba ella unos tres metros lejos de mí cuando me sacudí la timidez diciéndome
"¿Qué estupidez te pasa? ¡Vamos, ve por ella, conócela, ríndetele, haz algo!".
Tomé mis películas y la seguí. Ella advirtió que la seguía y apuró el paso. Yo
le di alcance. Ella se volteó, encarándome. Yo no le dije nada, arriesgándolo
todo desenfundé mi brazo y le mostré mi tatuaje, su tatuaje.
Ella dedicó acaso un segundo a mi tatuaje, no más. Del
tatuaje sus ojos se fueron a posar en los míos, escudriñando todos mis secretos
que no lo eran para ella. No me daba la impresión de que sus ojos reflejaran
toda la tristeza que mereciera la pérdida de su brazo, y en cambio los míos
habrían de estar con unas ojeras tremendas, devastados. En mi mente se dibujaron
un par de pájaros bailando un vals en medio de la brea, pero eran ideas mías,
estúpidas además, pues sus ojos transmitían todo, menos duelo, menos
desesperanza, ella estaba más entera que yo.
-Tengo que platicar contigo.- fue todo lo que pude balbucear.
-Bueno.- dijo ella, notando mi nerviosismo y haciendo gala de
una humanidad sorprendente.
Los primeros segundos son fatales, casi cualquier cosa que
digas puede sonar a idiotez. Luego me revaloré un poco y me dije, "Tampoco te
sientas tan mal, eres el más fiel siervo de esta mujer".
Hay quienes al saberse enfrente de una persona que les es muy
importante sacan sus mejores recursos, desenfundan toda su gracia y se dan la
habilidad de agradar. Yo no soy de esa especie, soy de los que no son tímidos
nunca, salvo en esas ocasiones, soy de los que se les pierden las palabras, de
los que de plano ya mejor se desnudan con toda la vulnerabilidad que ello
conlleva, soy de los que apuestan todo y mal, de los que tienen tanto miedo que
entregan todo por delante y eso, eso mismo, le da miedo a la otra persona.
-¿Regularmente te gusta ver este tipo de cine?- le pregunté
aludiendo a la película de Guinea Pig.
-No- dijo sonriendo, bellamente sonrojada, si cabe –No es
para mí. Es para un amigo mío que me la pidió. Vive en provincia. ¿Y tú? Veo que
tú también la compraste, ¿A ti te gusta este material?
-No. Casualmente yo también la compré para una amiga mía de
provincia...- mentí por alguna razón, tal vez por celos, no era para una amiga,
sino para un amigo.
-Qué casualidad...
-Si. Todo parece una gran casualidad.
-Vamos pues a correos, antes de que nos cierren.
Extendí la mano como retrotrayendo el tiempo, para empezar
por las presentaciones. "Me llamo Gautama", le dije, "Llámame Lorena", contestó
ella correspondiendo a mi saludo.
Vaya. No teníamos ni quince minutos de conocernos y ya
teníamos un plan común. Me llamó la atención que ella tuviera amigos que gustan
de Guinea Pig, y que ella se ofreciera a comprarle una copia de dicha obra. En
mi mente cayó una avalancha de especulaciones, ¿Cómo sería ese amigo? ¿De qué
platican si intercambian ese tipo de cine? Luego mi vista reparaba en la
prótesis y una garra invisible me apretaba el corazón, una lágrima se reprimía
en mis ojos, y mientras, permanecía caminando como si nada, mirándola de reojo y
sonriéndole, hecho un idiota, la verdad.
Llegamos a correos. Un fulano morenito, chaparrito, de
bigotillo, nos recibió amablemente:
-Ya está cerrado.
-Pero si apenas es la una y media- espeté, recordándole al
tipo que la recepción de paquetes se cierra a las dos.
-Pero ya no va a alcanzar a irse ese paquete, ahora hasta el
lunes.
-Lo que no quiero es venir el lunes. Simple, lo recibe hoy y
lo manda el lunes.
-El recibo se lo voy a dar con fecha lunes...
-No importa.
-Si importa. A mí sí me importa.- dijo ofuscado.
Puse mi envoltorio, que había podido hacer con un cartón y
cinta adhesiva y me había quedado muy primitivo, sobre el mostrador de la
oficina de correos. Los ojillos del tipo del mostrador brillaron. Le quedaba
claro que no podría impedir que le dejáramos los paquetes hoy sábado, pero sabía
que nos lo iba a hacer muy difícil.
-Necesito que lo abra.
-Pero...
El tipo no contestó. Con su dedo índice señaló un letrerillo
que decía "EN ESTRICTO ACATO AL ARTÍCULO 15 DE LA LEY DEL SERVICIO POSTAL
MEXICANO QUEDA PROHIBIDA LA CIRCULACIÓN POR CORREO DE LOS ENVÍOS Y
CORRESPONDENCIA CERRADOS QUE EN SU ENVOLTURA Y/O LOS ABIERTOS QUE POR SU TEXTO,
FORMA, MECANISMO O APLICACIÓN SEAN CONTRARIOS A LA LEY, LA MORAL O A LAS BUENAS
COSTUMBRES".
-Tiene que abrirse para que yo pueda constatar que lo que se
envía no está prohibido...
Cuando el sujeto vio la portadilla de Guinea Pig se puso
feliz, tanto como si hubiese encontrado en la mochila de su hijo un cigarro de
marihuana, o a su jefe mamándosela a algún compañero del trabajo, o condones en
el bolso de su mujer, o a un tránsito recibiendo soborno, o al cardenal saliendo
de un congal, o una foto de su hija cogiendo, o como si atrapara a su perro en
plena faena de treparse a la mesa a robar una salchicha, es decir, encabronado
ya estaba desde antes, pero acababa de encontrar el motivo perfecto para
justificar por qué lo estaba.
-Mamón- mascullé de manera casi inaudible y aun así el
empleado, con oído fino, como de murciélago, oyó claramente el piropo para luego
sonreír como diciendo "Ya te darás cuenta cuan mamón soy hijo de tu Guinea
Pig madre".
-Este material no se pude ir. Atenta contra la moral y las
buenas costumbres.
¿La moral? Todo en esta vida atenta contra la moral. Desde
luego estaba yo atrapado porque la película que pretendía yo enviar por supuesto
que atentaba no sólo contra las buenas costumbres, sino contra la vida humana y
la salud mental. La trama es muy simple, un hombre se encuentra una sirena a
lado de una alcantarilla, la recoge como buen samaritano, pero el fulano no es
Tom Hanks ni la sirena es Daryl Hanna, y desde luego no se
enamoran como en Splash, sino que este tipo empieza a sentir curiosidad
acerca de cómo ha de ser filetear una pescadita tan bonita, y así comienza, en
una tediosa secuencia de sangre y tripas, a desollarla y filetearla mientras
dice toda sarta de mamadas poéticas, como si fuese sublime hacer todo aquello.
Yo estaba perdido.
Lorena me pidió con su única mano que me callara y tomó el
control de la situación. Comenzó una rutina deliciosa. Se dio a la tarea de
convencer al sujeto de que la película de Guinea Pig era muy moral y que
fomentaba todas las buenas costumbres que han hecho de nuestra humanidad algo
bien hermoso. Había qué escucharla. Que si el color rojo es símbolo de vitalidad
en la antigua China, que si los dragones, que si por eso Dios hizo roja la
sangre, le contó el ridículo que hizo Charlie Sheen, le contó que la película
era ideal para aprender a hablar japonés, se puso a filosofar con el cabrón de
correos y a tratar con él qué es "lo moral", la relatividad de las
costumbres, e incluso le refirió un poco acerca de la historia e importancia del
correo en un mundo en desarrollo, y para rematar interpretó la ley diciéndole
que una correcta interpretación del artículo 15 de la Ley del Servicio Postal
Mexicano permite que un empaque cerrado pueda transportar la peor marranada
siempre y cuando no ésta no esté a la vista, indicándole que por eso cuando
habla de paquetes cerrados exige que las obscenidades no estén en el envoltorio,
es decir, a la vista, y que sólo prohíbe los contenidos inmorales si el paquete
está abierto, es decir, también a la vista. Pues, según aclaró, lo que se
prohíbe es la circulación por correo, no el contenido del mismo. Ante tal lluvia
de ideas el empleado de correos quedó empapado, y sólo se rió nervioso y
fascinado.
-Es usted muy especial señorita. Denme esos paquetes. Veré
que se vayan hoy mismo.
Yo estaba mudo. Verla en acción me resultaba tan vivificante.
Quería ser ella haciendo lo que hizo.
-Eres fantástica y lo sabes, ¿Cierto? ¿Me aceptarías un café?
-No creo ser tan fantástica, pero sí, te acepto el café.
EL DIARIO
Ya en el café me soltó a quemarropa una pregunta:
-Cuéntame ¿Cómo es esa amiga tuya a la que le envías este
tipo de basura? ¿De qué platican si intercambian este tipo de cine? Digo, si me
permites husmear.
Preguntó exactamente aquello que yo hubiera querido
preguntarle pero no me hubiera atrevido por pudor. Su mirada incisiva me
convenció de que a ella no podría mentirle, y fue una sensación que me gustó,
una sensación de libertad, como si cuando de niño le dicen a uno que Dios lo ve
todo y en vez de temer se siente uno acompañado.
-Bueno- le dije –No sé donde tenía la cabeza cuando te dije
que era para una amiga. En realidad es para un amigo que siente morbo por este
tipo de películas. En realidad hace mucho que no hablo con él pero la amistad
quedó en buenos términos, como para hacer este tipo de tareas de ir, comprarle
algo y enviarle. ¿Sabes? No sé si sea políticamente correcto que me abra de capa
ante ti...
-Si, ábrete de capa ante mí...
-Te digo, no sé si esté bien, soy fatalista y no sé si
tendremos un mañana tú y yo, así que con tu permiso pasaré a hablar de lo que
creo que es importante, tampoco con ganas de que te asustes...
-Uyyyy!
-En serio. ¿Me permites una cosa?
-Depende de qué cosa.
-No sé, por ejemplo, hablarte de la vez que vi tu mano por
primera vez y por qué su imagen me gustó tanto al grado de querer tatuarla en mi
brazo, digo, siempre y cuando no te moleste, pues supongo ha de ser difícil
escuchar hablar de algo que se ha perdido.
-No. Adelante, habla.
Pues bien. Comencé a narrarle cómo había sido para mí
conocerla, con la mayor honestidad del mundo, sin orgullo, expuesto, sin miedo
de que pensara que le tenía tal devoción que podría hacer ella conmigo lo que
quisiera, pues en el fondo era lo único que podía pretender, que ella quisiera
hacer de mí lo que quisiera. No se si lo hizo a propósito, pero cuando le pude
precisar en qué canción y en qué estrofa la vi por primera vez, colocó sobre la
mesa su brazo con prótesis. Sentí un dolor muy agudo en el pecho. Le conté cómo
era maravilloso para mí el haber visto su brazo entre tantos cientos de brazos.
Le dije que por alguna razón su simple existencia me reconfortaba, como si ese
simple hecho de saber que existe me diera paz. Le expliqué como antes de ella la
sorpresa era algo desconocido para mi.
Ella interrumpió mi relato con algunas observaciones en las
que me quería convencer que tanta buena voluntad de mi parte era seguramente
inmerecida. Preguntó:
-¿Cómo podría yo no haber hecho nada más que existir para
llamar tu atención, así, sin esfuerzo alguno? No tiene sentido para mí lo que
dices. No puedo creer que sólo porque me viste puedas estar diciéndome que te
significo tanto. Si me dijeras que quieres acostarte conmigo todo me resultaría
más entendible, pero ¿Cómo es todo? no entiendo.
-No lo sé, es la primera vez que me obsesiono de esta manera.
Si dieras la vida por mí y yo te admirase por ello, eso no tendría chiste
alguno. En verdad que me bastó ver tu mano un segundo para fijarla en mi mente
para siempre, para dibujar su silueta en un papel, para reproducir el trazo y la
forma y decidir tatuarme tu mano en mi brazo. No sé, tal vez deberíamos empezar
a tener fe en los imposibles. Ahora que lo dices, lo que más me ha sorprendido a
mí es precisamente ese abandono, esa irracionalidad de haberme enamorado de tu
mano, lo que me ha sorprendido es tanta gratuidad, pues no hay fuerza en el
mundo que me obligue a adorar tal o cual cosa, y en este caso está ocurriendo,
sin que tengas qué hacer nada, eso es lo estupendo, que no tienes por qué fingir
ser nadie, que basta con que simplemente seas, y que yo haya elegido centrarme
en ti. Voluntariamente, espontáneamente he sentido este impulso.
-Creo que no somos iguales...
-¿Cómo lo sabes?
-Al parecer estamos aquí por motivos bien distintos. ¿Me
permites abrirme de capa tú a mí?
-Por supuesto...
-A mi no me ha traído hasta aquí el alma. Si te acepté el
café es porque vi la posibilidad de que llegáramos a algo...
-¿Y esto no lo es?
-Algo más mundano. Por Dios, no te me pongas interesante, te
estoy diciendo algo importante.
Su entrecejo me dijo que debía andarme con tiento. Continuó:
-Al primer segundo en que coincidimos pensé que había algo en
tu mirada que daba cierta garantía de que haces el amor bien. Esa idea, o la
hormona, o llámale como tú quieras, me hizo llegar hasta aquí un poco en
inconciencia. Luego me mostraste el tatuaje y supe quien eras. Te veo, todo
nervioso, y me das ternura. No sé qué necesitarías decirme para que te odiara.
Sé quien eres. Lo sé. Lo sé. No hace ni dos horas que nos conocemos y ya siento
que te puedo contar lo que sea. Escucha nada más todo lo que te estoy diciendo,
¿Tú crees que así sería con todos? Te equivocas. Por alguna razón me estoy
sintiendo muy cómoda y eso me horroriza un poco. ¿Qué somos tú y yo? Explícame.
-No sé, algún eslabón del destino, tal vez.
-Te confieso algo. Toda la vida estuve orgullosa de mi mano,
era mi rasgo particular, y lo que tú encuentras bello, digno de tatuártelo en tu
propio brazo, fue objeto de vituperios en muchos de los casos, ignorado en otros
tantos, o visto como una bonita curiosidad. Siempre fue mi rasgo particular,
pero creo que nunca fue valorado... hasta que llegaste. Hoy mi mano no existe ya
para el mundo. Es triste, ¿No te parece? Déjame contestar por ti. No es triste.
Nadie la echará de menos. Te confieso otra cosa. Aquel día del concierto tuviste
que perderme para que yo te encontrara. No me viste porque cuidé estar siempre a
tus espaldas. No era lindo verte buscándome, pero en fin. Te seguí un poco ya en
la calle, incluso te vi formando sombras en la banqueta. ¿Era por mí? Estoy
segura que sí. Con gusto hubiera ido contigo, pero lo dejé al azar. No estaba
preparada para un encuentro. Días después, semanas después, lo lamenté mil
veces. Contigo no siento vergüenza alguna. Es más, mira, aquí traigo cargando
uno de mis diarios. ¿Qué si acostumbro cargarlo? En realidad no, hoy lo saqué de
mi habitación por alguna suerte de arrepentimiento. ¿Ves? Puedo abrirlo en la
página que yo quiera y leerte su contenido, no tendría miedo de hacerlo, y esa
falta de miedo ya es algo. Algo importante.
Alzó su único brazo y abrió una página de su diario, y
comenzó a leer. Sus páginas eran delirantes, hablaba de un amigo suyo,
terapeuta, que tenía un séquito de seguidores irredentos. Cambió de página, me
hablaba de un amigo suyo que fumaba desde los ocho años pero creyó en los santos
reyes hasta los dieciséis, adorador de la comida italiana y de las señoritas. Me
habló de un par de amigas suyas que se creían vampiras lesbianas. Me leyó de
cómo los compañeros de trabajo la miraban con compasión, como si ella necesitara
de ella, y refirió las formas tan sutiles que tenían para hacerla sentir
pobrecita y digna de lástima por su discapacidad, y me leyó del tipo feo y bruto
de la oficina que creía tener posibilidades de acostarse con ella a razón de que
estaba incompleta, mocha, con un faltante. Me leyó de cómo ella aprovechaba esa
compasión para hacerles pasar malos ratos. Cada página que leía me tenía
embelesado, yo imaginaba en mi cabeza todo lo que contaba, le miraba los ojos
arrastrándose por los renglones, ávidos de descubrir el pasado, miraba su boca,
sus colmillos algo prominentes, sus dientes del centro un poco sumidos, sus
labios frescos dándole a las palabras el matiz perfecto. Su respiración y la mía
era una sola.
-Te ves hermosa cuando lees...
Ella no contestó, sino que siguió leyendo, pero esta vez con
ese coqueteo de saberse observada. De pronto me encajó los ojos y dijo, como si
fuese cualquier cosa:
-¿Quieres hacerme el amor?
-Por supuesto.
-¿No te molesta mi mano de plástico?
-No, la verdad que no.
-No me digas, tu amor es más bien espiritual.- dijo burlona.
-No es eso. Aunque se que bromeas. Tú no tienes ni idea de
cómo te percibo yo, aunque podría explicártelo de mil maneras. Verás, yo no creo
que pudiera llegar a trabar amistad con una mujer con la que no estuviese
dispuesto a hacer el amor, y no es machismo ni discriminación. Contigo lo haría
en primer lugar porque tu cuerpo no me es nada indiferente, porque todo mi
cuerpo me arrastra a querer entenderme con ese trato que sólo ofrece el sexo.
Por el mero gusto humano de hacerlo, por trascender cualquier muralla que
ofrezca la confianza. Si mi alma te pertenece, ¿Por qué no te pertenecería mi
cuerpo? Hacerte el amor te permitiría conocer muchos de mis más secretos
talentos, y jura que intentaría aprovechar al máximo cada inflexión de tu
cuerpo, cada aroma, cada sabor, cada densidad, me conocerías muy feliz, y te
conocería igual. Desde luego no te odio, sino todo lo contrario. Arriesgándome a
perderlo todo, y permíteme fanfarronear aunque sea solamente mi sentir el que
voy a expresar, te cuento que esto que siento por ti es como si hubiésemos hecho
el amor muchas veces, con esa seguridad de gustarnos, de tenernos ganas siempre,
de saber lo que al otro cuerpo le gusta, y echar a andar la fábrica de
endorfinas, que todo estalle, un deseo que no nace de la necesidad física, de la
urgencia, sino de algo mucho más exótico, primitivo quizá, evolucionado tal vez,
una atracción que simplemente se da a niveles que trascienden aun el cuerpo. El
sexo puede ser un juego sin complicaciones, bonito de verdad, profundo de
verdad. Dirás que le echo mucha ciencia, pero no es así, la gente que hace el
sexo más convencional se acerca a todo lo que he dicho, pero no se da cuenta.
Ella escuchaba atenta todo lo que le decía. Unas lágrimas se
agolparon en sus ojos. Con voz temblorosa me dijo:
-Me hiciste recordar una historia que leí hace tiempo. Era
una novela muy revuelta llamada "Arakarina". En ella hay un trío de personas que
se adoran, una esposa separada del marido, un pintor verdaderamente entrañable,
y una tercera persona, una mujercita ruda y estridente, Arakarina, precisamente
es el nombre. Los tres viven juntos, se aman juntos, se disfrutan. Créeme que
esa vida que describe el autor es una vida que me gustaría vivir, aunque creo
que ninguno de los tres personajes puede ser del todo real. Pues bien, una noche
el pintor sale de casa dispuesto a atender un telegrama, se despide de ellas
como si nada, como si las fuese a ver más tarde. Lo que no sabe es que nunca,
nunca, volverán a estar los tres juntos. Él descubre un aspecto horrible de su
pasado que lo hace sentir una culpa muy profunda. Se marcha sin dar pistas de su
paradero. Las mujeres, obvio, lo echan de menos y lo intentan buscar, pero no
saben por dónde empezar. La chica estridente, después se sabe, está encinta del
pintor, mientras que la esposa, que creo se llamaba Helena, la cuida como una
hermana, o como una amante. Para no hacerte el cuento largo, la chica estridente
tiene varias personalidades, hace feliz a personas en distintos sitios. Una cosa
sale mal en uno de esos sitios y queda herida de muerte. Logran salvar al hijo
del pintor, y a la vez, cuando Helena llega al lugar del accidente, encuentra la
primera pista para dar con el pintor. La sangre. En el suelo está tirado el
cuerpo de Arakarina, y dada la inclinación del suelo, la sangre que brota de su
cuerpo debería regarse cuesta abajo, pero no, como si la sangre de ella supiera
el paradero del pintor, de Virgilio, su sangre se arrastra, repta como un
sediento que busca llegar, desfallecido, a un oasis; como un delgado brazo rojo
que intenta tocar algo bello, y así, la sangre de ella se orienta hacia el punto
cardinal donde se encuentra el pintor, reconociéndolo como su único norte,
marcando un asombroso riachuelo extraordinario de seis o siete metros, la
distancia justa en la que no pudo avanzar más porque no había más sangre. Los
médicos se asombran de ver un comportamiento tan inusual en la sangre de un
muerto, pero sin embargo Helena entiende, y siguiendo la dirección que la sangre
apunta, murmura "Virgilio, ¿Dónde estás?"
-¿Y por qué te acordaste?
-No lo sé, tal vez porque la canción que se escuchaba cuando
me viste por primera vez dice en su letra "My blood runs in you", pero yo, que
soy pésima para el inglés, siempre he querido interpretar "My blood runs to
you", como en la novela que te cuento. Y eso es lo que estoy sintiendo ahora,
que cada gota de mi sangre apunta en dirección tuya. Y no sé si conociéndonos
más esta magia termine, pero sé que la siento ahora. Vayámonos, hay mucho por
hacer.
EL PÁJARO DESCUBRIDOR
Estábamos ya en la habitación de un hotel, un sitio apenas
discreto. En la recepción del hotel nos veíamos tan burdos como quien sólo
quiere un acostón, no había diferencia. Durante el camino habíamos hablado de
todo un poco, y fue en dicho trayecto que nos abrazamos. Yo sentía en la mano
que le tendí a la cintura el movimiento de todos sus huesos, el plástico de su
prótesis me pegaba a veces en los dedos. Era una prótesis muy pesada, a mi
juicio. En el ascensor quise besarla, pero ella no quiso, me pidió que esperara
a que estuviéramos en la habitación.
Tan seguro estaba de la importancia de hacer el amor que
nunca pensé que tuviera que seguirse un protocolo especial para entregarse a una
chica a la cual le falta un brazo. Supongo que debe ser diferente, pero vamos,
desde que la conocí, con o sin brazo, todo era ya diferente, todo era nuevo.
¿Cómo era la existencia antes de ella? No lo sé, no podría decirlo, si tuviera
que contestar diría una sola palabra: imposible. Ella estaba de pie en el centro
de la habitación, parada, como esperando que yo marcara la pauta de las cosas.
Su cabeza miraba hacia el suelo. Me acerqué y le tomé de la barbilla para alzar
ese rostro suyo. Su cara era una cara radiante, nutrida de todas las seguridades
de la vida, de la seguridad de gustar, de la seguridad de ser maravillosa, la
seguridad de ser bella, la seguridad de mí, la seguridad de sí misma. Sus ojos
tenían el centro muy dilatado y las pestañas se desenredaban solas haciéndose
más largas cada vez, como trompas de mariposa que se distienden pretendiendo el
néctar. Cada pestaña viva e independiente. Su ceño a veces inquisitivo se
disolvió en una mueca alegre. Respiraba profundamente y sus labios se separaban
lentamente preparándose para besar. Las comisuras se despegaban a los extremos
con una suavidad que ya presagiaba el sabor más dulce.
Me puse frente a ella, quizá para besarla tenía que alzar un
poco la cabeza. Tomé sus mandíbulas con la palma de mis manos y ella depositó en
ellas su cara como una paloma que se acomoda en su nido, a la vez que restregaba
su mejilla con mis dedos y cerraba los ojos tiernamente. Pareciera que no sabía
inhalar, sólo exhalar. Acerqué mi boca y antes de que hicieran contacto nuestros
labios nuestros corazones cedieron laxos, dando paso a la sensación aun antes de
nacida, el beso era ya hermoso con su simple anunciación, así que demoramos ese
choque de bocas durante unos segundos, los necesarios para que el eco de nuestro
aliento invadiera la boca del otro. Por fin el beso. El calor en todo el cuerpo.
Primero nuestros labios se palpaban suavemente, luego intervinieron los dientes
y la lengua, y aquel tiento se convirtió en un hambre desmedida. Yo cerré los
ojos y me abandoné absolutamente a aquellas sensaciones. Me despegué un poco y
balbuceé "Amor de mi vida".
¿Qué significa que alguien sea el amor de la vida? ¿El que
dura más tiempo? ¿El que duró un par de días pero te hace llorar de dicha,
derramar lágrimas de una emoción que sencillamente no cabe en los ojos? ¿El
primer amor? ¿El que te bautiza el corazón? ¿Aquel amor que te salva en todo
sentido? ¿Aquél que te notó cuando ni tu mismo te notabas? ¿El primero que tiene
el tino de definirte favorablemente? ¿Quién mejor esculpe tu cuerpo? ¿Aquel que
mejor discute contigo? ¿El que te hace saber, por fin, quien eres y el valor que
tienes? ¿Aquel por quien dejarías todo? ¿El que hace que tu vida funcione,
aunque no te mate de pasión? ¿El que se inmortaliza a punta de ser imposible?
¿El que te compra? ¿El que hace de tu vida una tragedia épica y triste pero
inmortal? ¿Aquel que muere por ti? ¿El que te hace sentir especial aunque sea
bajo la modalidad de tristemente especial, tristemente única? ¿Quién quiere ser
tu amo? ¿Tu esclavo fiel? ¿Qué será? ¿Qué será? ¿Qué será? Para mí era Lorena,
ni más ni menos.
Si un amor cumple con alguna de estas descripciones, ¿Qué
pasa si se sucede otro con una característica distinta? Cuando sientes el amor,
¿Dónde lo sientes? ¿Afuera? ¿Dentro? ¿Quién lo fabrica? ¿Afuera? ¿Tú? ¿Dentro?
¿Afuera? ¿Dentro? ¿Afuera? ¿Dentro? ¿Afuera? ¿Dentro? ¿Afuera? ¿Dentro? ¿Afuera?
¿Dentro? Una tarde te sentarás frente al mar y la inmensa gama de colores
púrpura teñirá la atmósfera de una magia absoluta, ¿Adentro?, tu corazón se
contraerá un poco y de la nada sentirás que esa grandeza que vez por alguna
razón te pertenece, sentirás que la brisa y todo lo que ves, ¿Afuera?, es para
ti, y algo inexplicable se removerá de súbito, ¿Adentro?, tal vez por los
tamborazos violentos del agua chocando en la arena, ¿Afuera?, tal vez debido a
un deva oculto ¿Adentro? en una nube que te guiña el ojo para desaparecer
¿Afuera?, o la inmensidad, simplemente, o un niño que tropieza como todos pero
ríe al levantarse de la arena, y es probable que sin saber la razón una lágrima
se derrame por tus mejillas de puro agradecimiento de ser capaz de ver semejante
lindura ¿Adentro?, y tal vez en ese instante ocurra la fiesta ¿Adentro? de que
descubras que ni el horizonte ni el mar han creado el amor, que el amor lo
llevas dentro y precisamente porque lo tienes puedes ser consciente de la
belleza, que el amor no es aquello que te conmueve sino lo que se conmueve, ni
se marcha cuando aquello se marcha, sino que el amor reside adentro, como una
capacidad inherente, adentro, como algo que se aprende, adentro, como algo que
se puede cultivar en las compañías correctas, adentro. Por eso al amar se entra.
Con mis manos seguía yo sujetando la cabeza de Lorena, luego
bajé las manos a su cuello, coloqué mi nariz detrás de su oído para aspirar su
aroma de mujer. Sin pensar le tomé de ambos brazos y uno de ellos no era real.
Comencé a desabrocharle la blusa, luego le quité el sostén. Ella cubrió sus
pechos como si algo de ellos le avergonzaran, y yo miré ese gesto con algo de
compasión y tristeza, pues ella no lo sabía, pero yo sí, era ese el preciso
instante en que se sucedía la muerte de su vergüenza, a partir de ahí ella
aprendería que toda la vida ha sido hermosa, y esa misión era la única que yo
quería cumplir, no porque me lo estuviera yo inventando, sino que así era para
mi. Le retiré con dulzura el brazo protector y mis ojos se convirtieron en unos
expresivos espejos que le permitían a ella ver cómo la veía yo, no cómo se veía
ella a sí misma, y lo que ella había creído en instantes anteriores que se
trataba de mi mirada fuerte, o transparente, o profunda, se daba cuenta que no
era en realidad sino su fortaleza, su transparencia, su profundidad lo que veía.
De alguna manera colocaba yo los espejos en mis ojos y luego los quitaba,
permitiéndole que me viese a mí, y que se viese a través de mí, en mí, por mí,
para mí.
Sus pechos estaban ya al aire. Con las yemas de los dedos,
casi flotando, los recorrí como dunas de un magnífico desierto. Sus pezones eran
de un color café oscuro, con un botoncito precioso en el centro. Con mis manos
tomé ambos pechos y comencé a jugar con mi lengua en ellos. Lorena emitía toda
clase de gemidos. Yo me sentía tan afortunado, tan maravilloso de estarla
amando. Si ella supiese lo que yo siento al quererla. Me puse de rodillas y
comencé a adorarle su sexo con mi lengua, ella hacía su pelvis hacia atrás, como
con timidez, pero yo, afianzando sus nalgas con mis manos, enderezaba su postura
a manera que colocara justo en mi boca aquellos labios jugosos que tenía entre
las piernas, y lo que había comenzado como un beso tímido, adolescente entre mi
boca y su pelvis, se transformó en un beso profundo de dos que se besan en un
parque por primera vez y desean comerse para siempre, y así, los jirones de mi
lengua eran correspondidos por mordidas veniales de su vulva, que había
comenzado a manar distintas azúcares que llenaban mi alma de ternura. Con mi
mano sostenía sus nalgas, con mi boca le sostenía el alma, mientras ella se
paraba de puntas sobre sus pies, plisando el arco de sus pies, dándose más
altura, la de mis ganas.
Ella me dijo que estaba a punto de quitarse la prótesis y
que, por un momento, le gustaría amarme sin que yo la viese. Yo desde luego
acepté, y cerré mis ojos. Pero ella no quedó satisfecha. De su bolso sacó una
tela y me anudó los ojos.
Me pidió que me desnudara y que me tendiera en la cama. Pues
heme ahí desvistiéndome a ciegas, con lo que ha de haber sido el peor striptease
que ha habido en la historia. No necesitaba palparme el pene para saber que
estaba durísimo. Un silencio aterrador se hizo en la habitación. Mis oídos
registraban lo que pasaba. Se escuchaba el sonido de los cintillos de la
prótesis abriéndose, luego se escuchó el seco sonido del plástico de la prótesis
que era colocado encima de la mesilla de vidrio que tenían a lado de un sillón.
Luego escuché sus pasos dirigiéndose al baño, se escuchó la regadera, el agua
cayendo suicida en los mosaicos, a ritmo uniforme, como cuando nada se interpone
entre la regadera y el suelo, luego se escuchó un accidente en el agua, como
alguien que entra a bañarse. Me sentí extraño. Me hubiera gustado bañarme
también. Me pareció escucharla tarareando una canción, lo cual me parecía
kistch. Yo muriendo de inquietud y ella tarareando una canción feliz. Bueno, al
menos era una canción feliz. Algo así como el tema "I Say a little prayer".
Escuché sus pasos. Sentí el peso de su cuerpo en el colchón.
Con su mano condujo las mías hasta unos barrotes de hierro sólido que habían en
la cabecera de la cama, como dándome la instrucción de que permaneciera sujeto
de ahí, que por ningún motivo la abrazara, no al menos hasta que ella así lo
dispusiera. Pude oler el aroma a jabón barato, pero debajo de ese olor estaba su
calor, contrastante con el frío de las gotas que saltaban desde su cabello hasta
mi rostro. Comenzó a besarme, a comerme la boca. Yo, sujeto de los barrotes,
estaba a su disposición.
Ella me besaba y el delicioso peso de sus pechos rozaba mis
costillas. De mi boca se pasó a morderme las orejas, llenándolas de agua,
supongo, y de ahí al cuello. Dado que mis axilas estaban a flor de piel, ella
encajó sus notorios colmillos en mi carne, y un frío enajenante recorrió toda mi
piel. De ahí se bajó hasta mis tetillas, haciéndome retorcer. Su peso seguía
encima de mí, su sexo eventualmente tocaba mis muslos, mi verga oscilaba como un
metrónomo sobremagnetizado. No era necesaria la venda, mis ojos estaban más
cerrados que nunca, no porque no quisiera ver, sino porque dentro de los
párpados había un carnaval donde todas las mujeres eran ella.
Con su mano tomó mi falo y lo agitó de manera procaz. En
segundos, sus labios rodeaban el tronco de mi miembro. Sus labios eran muy
estrechos, pero habían ganado elasticidad con nuestros besos y ahora eran
provocadores de magia. No escatimé ningún gemido, dejé que mi cuerpo hiciera los
sonidos que quisiera. Me sentía tan completo, tan aprovechado, tan pleno, en su
mano mi cuerpo se estaba reinventando. Su mamada no era una mamada débil, no,
ella sabía de alguna forma el encanto de la succión, del contacto húmedo, de la
presión, del arte de recorrer todo el tronco con los dientes. Su habilidad era
asombrosa. Se separó de mi pene y volvió a sentarse en mis muslos, y me besó en
la boca de nueva cuenta.
Con su mano condujo mi mano derecha a un costado de mí. Luego
tomó mi mano izquierda e hizo posar mi palma en su cara. Dios mío, era como
haber descubierto que los seres tienen caras. La toqué con delicadeza. Ella, que
me tenía sujeto del antebrazo, fue llevando mi tacto hasta su hombro, de ahí a
su clavícula. Me prepare para sentir su muñón. Por un momento me sentí como
Gina, la chica del salón de tatuajes, que era sometida a emociones intensas y a
la vez era amada o usada en su cuerpo. Respiré profundo, en realidad sería la
confrontación con aquella pieza faltante que yo tanto adoraba, aunque pensándolo
bien, el brazo ya había dejado de ser tan importante ante la magnificencia de
ella toda, de ella completa, de lo que ella es. Mis yemas fueron sintiendo el
brazo, más abajo, más abajo, más abajo, hasta el codo, más abajo, más abajo, la
muñeca estaba ahí y el muñón no aparecía, luego sentí falanges, una palma,
cojincillos, huesos, una mano completa que entrelazaba mis dedos con los suyos.
Me arranqué la venda de los ojos y miré aquel brazo completo,
radiante, tatuado y bello, justo como lo recordé un millón de veces. Mis
lágrimas brotaron, me llevé aquella bendita mano a los labios, y la besé, la
besé, la besé, luego comencé a morderla suavemente, metiendo los dedos en mi
boca, jugando con las falanges entre mis dientes, pasando la lengua entre la
separación de los dedos. Nos mirábamos, colocábamos los espejos y nos veíamos en
el otro. Era tan parecida pero tan distinta de mí.
Ella estaba sentada casi encima de mí. Yo le pedí un favor.
-Invítame a entrar...
-Entra.
Cuando dijo entra, se sentó a horcajadas sobre mi verga.
Sentí un calor fortísimo rodear mi sexo, sentía cada pliegue, cada órgano
interno, sentía el color y el sabor, y el sonido y la imagen. La tomé de la
cintura y comencé a bombear de arriba hacia abajo, siempre dentro, muy dentro.
Ella me abrazó del cuello y me besaba mientras yo la empalaba con fuerza. Mi
empuje era tan vigoroso que la alzaba de encima del colchón, como si ella
levitara encima de mí.
Por un momento yo me convertí en su silla preferida, una
silla que se erguía en dos poderosas piernas, que soportaban los deliciosos
cojines de sus nalgas, yo era la silla con una verga en el asiento, con un par
de testículos que de tan excitados se habían querido integrar al tronco del
pene, duros, contraídos, deliciosamente tensos, mientras ella, sentada
justamente en mi miembro, embonando de manera justa en aquel trozo de mi, yo
sentado sobre mis talones, ligeramente alzado, pompeando vigorosamente, ella
recibiendo todo mi cariño en su vagina. Por una suerte de habilidad pudimos
mantener el equilibrio y comenzó una danza que se estaba inventando en el mundo
por primera vez, ella sentada sobre mí, recibiéndome, y nuestras manos tocándose
unas a otras, con la sensibilidad de ciegos, recorriéndose cojín a cojín, hueso
a hueso, fuerza a fuerza, sintiéndose la delicadeza del dorso de sus manos, y la
brusquedad de las mías, yo sintiendo cada línea de su palma, modificando acaso
todo lo que el destino le tenía deparado, yo perdido en las manos de Lorena,
recorriendo incauto el laberinto de sus huellas dactilares, yo extraviado, yo
minotauro, encontrándome ahí, redefiniéndome. Sus ojos clavados en los míos, sin
preocuparse por cómo lucen las manos, luego entrelazando nuestros dedos como
engranes perfectos, como un beso justo, con el equilibrio de una verga que se
mete hasta el fondo, con la generosidad de una vagina que la recibe, las manos
entrelazadas, como queriendo fundirse, como si se sujetaran unas a otras para no
dejarse caer en un abismo, las manos separándose para luego pompearse entre sí,
luego la danza de dedos separados que apenas se tocan, sus manos boas que
devoran las mías. Volteo a ver su mano tatuada, es hermosa, hermosa, hermosa, y
me quedo absorto en su belleza, y sus enredaderas crecen independientes y nos
fuerzan a querernos sin remedio. Al mirar su mano queriendo la mía, me siento
profundamente conmovido, agradecido, pleno. Tanto su mano como la mía tuvieron
la ocurrencia de ser.
Ella comenzó a jadear de manera muy intensa, y yo con ella.
Separé mis manos de las suyas y fui a posarlas en sus nalgas, para martillar con
furia sus caderas y detenerlas con la suavidad de mis manos, mientras ella se
colgó de mi boca con sus manos, tocando mis labios, metiendo los dedos hasta mi
garganta, para luego sacar sus dedos húmedos y acariciarme el pecho y el cuello.
Su boca se abrió dejando ver el blanco de sus dientes. No sé qué fue lo que
pasó, pero segundos antes del orgasmo yo me convertí en ella y ella se convirtió
en mí. Sentí los espasmos en la vulva, sentí aprisionar su carne dentro de mí,
sentí cómo con su penetración reventaba todas mis reticencias, sentí respirar
profundo y encajar miles de plumas en mi columna, sentí el oxígeno puro y
cristales en mi cabeza, mientras ella sintió regarse dentro de mí, y el impulso
irrefrenable de empujar, de llenar, de hacerme a su forma por dentro, haciendo
de mi interior su molde, plasmando para siempre el relieve de sus venas, sintió
ese goce de apretar mis nalgas con sus manos, en mi pecho sentí tanto que
comencé a llorar mientras me recargaba en su hombro, y ella sintió alas en la
espalda y el deseo de apaciguar mis ideas con su mano bendita, mientras yo me
sentía completo, degustando todos los fluidos que ella me daba, mientras ella se
sentía abandonada a mi ternura, encontrándome bella como ninguna, suya,
complacida de tenerme tan apalancada. La tomo del cuello y mi mano es tan
sensible que puedo contar los cabellos que toco. No lo sé de cierto, pero podría
jurarlo, que el cálido efluvio que riego en su vientre ha tomado la forma de su
mano tatuada, y se ha estirado hasta acariciar con sus dedos el corazón. Ella
respira hondo, por un segundo no está en ningún lado, es ahí donde quiere estar
por ahora.
Quedamos recargados el uno junto al otro, fumándonos un
cigarro, sorprendidos de lo que acababa de pasar, recostados en nuestra
respiración. Yo comencé a hablar, era mi voz, sólo que más hermosa, con su
acento, le dije:
-¿Sabes? Si yo fuese por la calle mirando al suelo y pateando
piedras, y encontrase ese diario que traes contigo, alzaría la vista como un
investigador que se sabe muy cerca de un crimen recién cometido, volvería la
cara en todas direcciones pretendiendo adivinar quién es el autor de este libro.
Porque es un libro. Es cierto, sus páginas giran alrededor de ciertas
situaciones, ciertas experiencias que podrían caber en el cajón de sucesos
inusuales, amigos inusuales, existencia inusual. Pareciera que el personaje
principal es el amigo terapeuta, o las vampiras lesbianas, o el tipo que cree en
los santos reyes hasta los dieciséis años. Pareciera que uno debiera poner
atención en esos seres maravillosos, no en ese pájaro oculto que parece estar
contándolo todo desde la seguridad que brinda el hueco de un árbol maduro y
generoso que por desgracia no existe. Pareciera que todos esos personajes que
exhibes son lo extraordinario y no hay que reparar en la aparentemente "figurita
intrascendente" que no ha hecho nada más que tener la suerte de estar cerca de
tan magníficos seres. Así sería, tal vez, para todo el mundo. Pero no para mí.
Pues por más extraordinarios que sean los personajes que habitan ese diario, mi
olfato, instinto, vista y telepatía me llevarían a indagar acerca del único
personaje que me interesa de toda esa historia, ni más ni menos que el pajarillo
oculto. Tal parece que no le han dicho lo suficiente lo extraordinario que es.
¿Te parece que no lo es tanto? ¿Dirías que es un pajarillo ordinario? Te
explicaré. El mundo tiene sus cimas inaccesibles, sus joyas perdidas, sus
bellezas inasequibles. Hay también en el mundo algunos cuantos exploradores, no
muchos por cierto, que tienen el valor de ir a descubrir por vez primera tales
sitios, en su pecho se fabrica un tipo de belleza que no es definitivamente para
todos, esa es su habilidad personal. Así como el polo norte no es más que un
paraje árido que nace a la belleza cuando se le descubre y se le coloca una
bandera, así hay miles de cimas, miles de polos. Cuando un explorador encuentra
aquella maravilla que persigue, tiene el derecho de poner ahí la bandera de su
reino, de rebautizar con su propio nombre a aquel lugar, y el lugar pasa a
pertenecerle porque el explorador mismo le pertenece a su vez al lugar. Algo se
ha inventado, algo ha nacido.
Ella me miraba con atención. Se veía divina. Continué:
-El mundo esta indescubierto. La gente está indescubierta.
Las personas vagan por el mundo con la intuición de valer, con la tristeza de
saber que nadie lo nota, que es probable que primero mueran antes de que alguien
perciba profundamente su belleza, su genialidad, su inusualidad. Imagina una
risa que nunca ha sido entendida, una risa que se produce una vez y se extingue,
sin ser vista. La risa llora, el mundo es oscuro, hasta que aparece el pájaro
descubridor. El pajarillo vuelca su corazón en todo aquello que llama su
atención y olvida, por momentos, que es de una naturaleza diferente, así de
simple, diferente, y en ocasiones tal vez lamenta no tener los atributos de
aquellos a quienes tanto le gusta observar, y olvida, olvida, olvida, la
maravillosa facultad, mucho más rara, mucho más exótica, mucho más eterna, que
tiene de ver el mundo como pocos lo pueden alcanzar a ver. Su atributo es ese y
el suyo da vida a los atributos de los demás. Reniega de su egoísmo quizá, pues
todo lo que ve es descubierto por él, y en cuanto que es descubierto es
también rebautizado, y pasa a pertenecerle para siempre, pasa a tener su nombre,
su sello. Tiene derecho a reclamar para sí la belleza que sólo él puede ver. Un
paisaje se convierte en sus ojos en una obra maestra; si te toca habrá inventado
una nueva caricia aunque no te hayas dado cuenta, pues no sólo es su cuerpo
tocándote y el tuyo rindiéndose a quien ha de inaugurarlo como hermoso, sino que
es tu cuerpo siendo sentido como nunca; cada palabra que le dices se
completa con la definición que él hace de lo que dices; tus actos conmovedores
encuentran en sus sentimientos el adjetivo preciso; esas son las facultades de
ese creador de belleza que aun no sabe, no se entera, que la suya es una labor
única, distinta, creativa En definitiva, si encontrara el diario tirado, alzaría
la vista, buscaría, pues sé que en ojos de ese pajarillo todas mis cimas
encontrarían la forma de nacer, que mis palabras terminarían de tener un
significado, de tener un sentido, que cada parte de mí sería reinventada y
pasaría a tener un nombre nuevo.
Ella se rió como una niña. Sé que entendía toda la sarta de
cosas que le estaba explicando en ese momento. En ese momento, mi pelota se
escapó de mi pecho, ella se inclinó y la tomó con su mano tatuada. En ese
instante supe que, como Siddartha, había encontrado yo la forma de ser feliz,
sin importar la vejez, la enfermedad o los mercados. En sus dedos estaría yo
siempre henchido de eso que algunos tienden a llamar felicidad.