De nuevo se abrió la puerta y dos corpulentos individuos
seguidos por Frances se dirigieron hacia ella.
Rapidamente los fortachones empezaron a maniobrar con las
cadenas para desatarla mientras era observada por el tercero
-Vas a tener suerte pequeña bruja-dijo Frances- el señor ha
confiado tu virginidad a un buen amigo suyo, como imaginas no será placentero,
pero no será ni una cuarta parte de lo que te espera. Al señor le gustan las
esclavas dóciles y éste proceso es necesario. Te lo has ganado a pulso.
-No sois más que una cuadrilla de miserables y os haré pagar
todo ésto de una manera u otra.-dijo mietras arañaba la carne de los que la
estaban colocando sobre la asquerosa mesa.
-Pequeña desgraciada tu no tendrás forma de cumplir esa
amenaza, empieza a enterarte que, desde que entrataste en esta residencia, has
dejado de tener voluntad propia.
-Antes arderé en la hoguera que claudicar, podréis usarme,
violarme, maltratarme pero no obtendréis el placer de mi rendición y todos
cuántos tengáis la desgracia de ponerme la mano encima quedaréis malditos por el
resto de vuestros días- sentenció altanera.
-Calla de una vez jodida perra hechicera-gritó- amordazadla y
en cuanto acabéis de fijar sus manos y pies, tapadle sus malditos ojos.
Y así lo hicieron, abandonando la estancia tan pronto
hubieron acabado.
Cuando él entró en la estancia lo encontró todo, tal como
había indicado. Aquella muchacha tenía algo de indómita que lo excitaba. Lo
habia visto en sus ojos y sentido en su piel. No pudo evitar una erección al ver
su cuerpo desnudo, al igual que en ese instante no podia contener sus ganas de
poseerla.
Se la veía tan deliciosa atada a esa envejecida mesa ritual,
estaba ansioso por verla convertida en su fiel perra sumisa. Pero para eso aún
quedaba mucho.
Por el momento sólo era necesario romper su himen y que el
resto actuara.
Le encantaba ser el primero, y de haber sido menos soberbia
la muchacha, hasta se lo hubiese hecho placentero, pero en esa morada sólo había
una arrogancia, y era la suya propia
Por tanto, sin más preámbulo se colocó tras ella. Y tomando
con su mano su grueso aparato fecundador lo sacudió enérgicamente adquiriendo
así el tamaño y dureza precisos para llevar a cabo la desvirgación. La punta
encontró los labios vaginales y sin pensarlo empujo con su pelvis hasta toparse
con la resistencia de la membrana, no habia vuelta atrás, su capullo ardia y
exigía más así que atraveso de un fuerte empujón aquella barrera.
El dolor que el desgarro le causó, hizo que ella se agarrarse
fuerte a las ataduras y mordiera fuerte el trapo con el que taparan su boca.
Dejó su mente en blanco y empezó a regular su respiración para soportar los
restantes minutos.
Hubiese deseado oirla gritar, gemir y tratarla como trataba a
su séquito de mujeres, pero quería que ella no supiera nunca que habia sido él
quien la desflorara, por tanto su trabajo estaba a punto de culminar.
Sólo le quedaba probar su segundo agujero y con tal propósito
tomo su mástil y encañonó decidido aquel apretado y rugoso foso. Lo penetró, y
tal como ocurriera en la anterior intrusión, el cuerpo de ella se tenso, pero
ningún sonido salió de detrás de la mordaza, la chica era tozuda.
Agarrándola fuertemente por las caderas continuó con un ritmo
rápido, quería correrse, no merecia la pena contenerse más, así se dejo
arrastrar por la sensibilidad de su apéndice. De sus fosas nasales salían
sonidos de gemidos apagados y su respiración se aceleraba. Sólo tres empujones
más fueron necesarios para notar cómo por el conducto brotaba su leche y salía
regando aquella apretada cavidad.
Eso había sido suficiente, tendría días de sobras, para
hacerle cuanto deseara. Y así, sin palabras, abandonó habitación, dejando a la
joven maltrecha impregnada de jugos oscurecidos por la sangre vertida en la
desvirgación.
Los minutos pasaban y el dolor que había sentido, estaba
remitiendo lentamente, notaba sus lágrimas mojando la venda, sólo deseaba que
pasara cuanto antes esa tortura, quizás hubiese sido mejor abandonarse a su
suerte como harían las otras chicas capturadas, aunque ya era tarde para eso,
sólo le quedaba mantenerse entera por unas horas más.
Ya llegaban, sus voces resonaban huecas por el pasillo que
accedia a la que ahora fuera su prisión particular.
Seis corpulentos hombres entraron riendo, ella no pudo verlos
pero por sus voces sabía que se hallaban tras ella.
-Me gusta la idea- decía el más alto de ellos
-Si, contando que tenemos hasta mañana, lo veo bien-dijo otro
El resto se limitó a asentir.
-Estupendo- dijo el que parecia llevar la iniciativa –Trae un
tizón de aquellas brasas -ordenó a un compañero señalando un cubo que permanecía
en un rincón olvidado.
Entretanto tomo una silla y la colocó tumbaba en el suelo a
un metro aproximado de la mesa.
-De acuerdo chico con ese tizón dibuja una diana en el culo
de la zorra- dispuso divertido por la ocurrencia.-Bien así ya valdrá- dijo
mientras veía como un círculo resaltaba en la blanca piel de la cautiva. – Ahora
ya sabéis, desde el límite que lo marca esta silla, todos a darle a vuestros
mástiles y a ver quien es el que acierta en la diana con su corrida... el
premio-continuó diciendo- el uso exclusivo de la perra durante una hora, pasado
ese tiempo el resto hará lo propio.