Después de tan agitada mañana, entramos en la cocina y nos
dispusimos a preparar la comida; mientras yo estaba sentada delante de la mesa
cortando la lechuga para la ensalada, María y Juan estaban de pie fregando los
cacharros; no pude evitar mirarlos y me quedé quieta un rato viendo su desnudez
al contraluz de la ventana; sus siluetas estaban medio difuminadas por la luz
del sol y apenas se distinguía ningún detalle; sólo cuando se movían un poco y
quedaban medio de lado podía intuir ligeramente los senos de María o el pene de
mi hermano; viéndolos así me daba cuenta de que la belleza de un cuerpo desnudo
a veces está más en el insinuar que en el mostrar abiertamente; de igual forma
caí en la cuenta que sólo hacía unas pocas horas que María y yo habíamos llegado
a casa y habíamos sorprendido a mi hermano medio desnudo delante del ordenador;
su reacción, al sentirse descubierto, fue de rabia y de enfado por haberse visto
sorprendido en un estado un tanto comprometido, pero a la vez de vergüenza por
que yo lo había visto con sus partes nobles al aire; en cambio, ahora, estábamos
los tres en la cocina, desnudos, sin ninguna ropa que nos cubriera nuestros
cuerpos, llevando nuestra propia desnudez de la forma más natural del mundo. No
sé el tiempo que llevaba así embobada mirándolos, no creo que demasiado, cuando
María se giró hacia mí y su voz me despertó de mis pensamientos:
¿Qué estás mirando tan embobada?
Eee…No, nada – contesté yo con la voz un poco
temblorosa-; es que al veros así los dos desnudos fregando los cacharros
estaba pensando que sólo hace unas horas nos habríamos muerto de vergüenza
solo con vernos en ropa interior.
Es cierto –respondió Juan sonriendo-; antes, cuando me
habeis pillado en el cibersex os habría dado un buen porrazo. Y en cambio
ahora estamos así, la mar de frescos como si nada. Como hasta mañana no
llegan nuestros padres y como no vamos a ver nada que no hayamos visto ya,
¿qué os parece si continuamos así desnudos sin nada?
Al oir este razonamiento de mi hermano, no dejé de asombrarme
por la madurez de sus palabras, y tanto más cuando siempre lo había visto con el
típico hermano pequeño molesto y cargante; en cambio, ahora, estábamos los tres
de igual a igual, y con la mayor naturalidad del mundo. Ni María ni yo tuvimos
ningún reparo en continuar sin ropa, y, como más bien nos atraía la idea, la
encontrábamos un tanto excitante y hacía muy buena temperatura, decidimos
continuar así.
La comida transcurrió sin contratiempo y con absoluta
normalidad, y cuando terminamos, recogimos los cacharros, cogimos las toallas
sobre las que nos habíamos sentado y salimos al jardín; mientras ellos dos se
tumbaban sobre el césped, les dije que iría dar una vuelta para ver si desde
fuera nos podía ver alguien; yo ya suponía que no, y que los muros nos
ocultarían de las miradas indiscretas; además, contábamos con la ventaja que en
la urbanización donde vivíamos estábamos un tanto aislados; pero aún así quería
asegurarme que estábamos a salvo de cualquier mirada indiscreta.
La comida transcurrió sin contratiempo y con absoluta
normalidad, y cuando terminamos, recogimos los cacharros, cogimos las toallas
sobre las que nos habíamos sentado y salimos al jardín; mientras ellos dos se
tumbaban sobre el césped, les dije que iría dar una vuelta para ver si desde
fuera nos podía ver alguien; yo ya suponía que no, y que los muros nos
ocultarían de las miradas indiscretas; además, contábamos con la ventaja que en
la urbanización donde vivíamos estábamos un tanto aislados; pero aún así quería
asegurarme que estábamos a salvo de cualquier mirada indiscreta. Por suerte
nadie nos podía ver.
Terminada la "ronda", me acerqué donde ellos estaban y me
tumbé en la hierba al lado de ellos; estuvimos un buen rato charlando de cosas
sin ningún tipo de importancia; aparte de derribar el muro de pudor que nos
separaba, los juegos o las prendas, por llamarlo de algún modo, de esta mañana
también habían conseguido liberarnos de nuestros tapujos de hermanos y poder
mantener entre nosotros una conversación medianamente civilizada sin pelearnos.
Dada la confianza reinante, y para evitar males mayores les dije
Bueno, supongo que lo de esta mañana y si después hacemos
algo en el ordenador, no saldrá de aquí.
¿A qué te refieres con lo de después? –preguntó curioso
mi hermano.
Pues a lo del caber con tu amigo y su hermana; ¿no ha
sido para esto que esta mañana hemos hecho todo esto? ¿no era para romper el
hielo?
Claro –dijo María-; en principio habíamos empezado para
estar preparados por si luego hacíamos algo.
Bueno –continuó Juan-, no sé si estarán ellos dos; a más,
no creo que hayamos hecho nada malo esta mañana, y suponiendo que lo
hubiéramos hecho, con no decir nada ya está.
¿Cómo que "suponiendo que lo hubiéramos hecho"? ¿habrías
llegado a más? ¿con tu hermana? –le interrogó María.
El pobre Juan se empezó a ponerse colorado; él había
contestado con absoluta honestidad y naturalidad, con la inocencia propia de un
adolescente sin malicia, y ahora se veía atrapado por María. Aquí empezó a verse
como la veteranía es un grado, y como, a pesar de no tener una excesiva
experiencia, por la diferencia de edad, ella dejaba a mi pobre hermano sin qué
responder y en más de una situación comprometida. Sin que él hubiera llegado a
decir nada de eso, María hizo ver como si de las palabras de Juan se
desprendiera que estaba dispuesto a más y que no le hubiera importado hacer algo
conmigo. Esto era algo que jamás había llegado a planteármelo, y en cambio ahora
la posibilidad de un encuentro entre hermanos estaba flotando en el aire. Quizás
para escabullirse de la situación, quizás por pura necesidad, el caso es que mi
hermano se levantó y dijo que tenía que ir al lavabo.
Oye tía, creo que te has pasado un poco con mi hermano
¿no? –le dije a María.
Tampoco es para tanto, que iba en plan de broma.
Ya, ya, de broma; pero ¿qué hubieras dicho si llega a
responder que sí, que habría llegado a más?
Uy no sé, me pillas en fuera de juego.
Ahora no vayas a escurrir el bulto; no me has contestado.
Es que….no sé; me da cosa.
Ay, pillina, pillina; intuyo que hubieras aceptado.
Bueno, sí; pero no se lo digas; y tú ¿qué?
He de reconocerte que un poco de ganas si que tengo, pero
me daría mucho corte decírselo.
En este momento las dos nos encontrábamos en un dilema; por
un lado, nos habíamos quedado con las ganas de hacer algo, pero por el otro nos
costaba decidirnos el dar el primer paso ya que temíamos una posible reacción
adversa por parte de Juan, además estaba el riesgo de que dijera algo a nuestros
padres mañana cuando llegasen. Continuamos hablando del tema y decidimos que
fuera el destino quien moviera los hilos y que sería María quien llevaría un
poco la voz cantante, ya que de esta forma quedaría más disimulado al no ser
ella la hermana.
Al cabo de un rato, salió Juan y se dirigió hacia donde
estábamos nosotras; estábamos tumbadas boca abajo y por encima de las gafas de
sol miramos como se iba acercando poco a poco, tal como se había ido, desnudo y
sin ropa. Le preguntamos por qué había tardado tanto y nos respondió que mejor
que no protestásemos: había llamado a su amigo y habían quedado a las seis en el
ordenador junto con su hermana, y además nos había preparado el café. Eran las
cuatro y, como aún nos quedaban un par de horas, nos apartamos un poco, él se
tumbó entre las dos y nos tomamos el café tranquilamente.
Como no podía ser de otra forma, la conversación derivó hacia
temas eróticos sobre lo que haríamos después con su amigo y su hermana. Esto del
ciber era algo nuevo para nosotras, nunca lo habíamos hecho aunque sabíamos de
qué se trataba. Al principio, le daba un poco de apuro contarnos sus
intimidades, pero cuando le dijimos que si él tenía la libertad de preguntarnos
lo que quisiera, nosotras también podíamos hacer lo mismo, poco a poco se fue
desinhibiendo y paso a contarnos cómo empezó, cuándo y cómo funcionaba "el
asunto". Nos contó que nunca se le habría ocurrido participar en algo así, pero
que todo les fue rodado; al principio, estaba con un amigo de un par de años
mayor que él y que había conocido por Internet; cada vez que se comunicaban lo
hacían a través de la web cam; un día de tantos, mientras charlaban, se dio
cuenta que el ordenador de su amigo estaba en frente de la puerta de la
habitación; en una ocasión en que la puerta estaba abierta, vio como la hermana
de su amigo salía de la ducha con una toalla enrollada alrededor de su cuerpo y
atravesaba el pasillo para entrar a su habitación. Cuando se lo comunicó a su
amigo, éste le dijo que salía con una toalla porque hasta hacía poco él estaba
estudiando con un compañero de clase, pero que habitualmente no se ponían nada
para cubrirse al salir de la ducha. Cuando Juan le preguntó si iban desnudos sin
nada por casa, él le respondió que cuando no había extraños sí; sus padres eran
naturistas de toda la vida y les habían enseñado a no avergonzarse de su cuerpo
ni de su desnudez;
Pero, ¿cómo empezasteis? –le pregunté-;
Fue un día que cuando estábamos charlando por el
ordenador, ella entró en su habitación pidiéndole si le prestaba un disco de
música; sólo llevaba puesta una camiseta larga con unas mangas bastante
abiertas y cuando se ponía un poco de perfil se le podía ver el pecho. Su
hermano nos presentó y empezamos a charlar los tres.
Como era un sábado, le comentaron que por la noche irían a
una piscina que hay en la ciudad donde, este día a partir de las 9 de la noche
hay horario nudista y todo el mundo está sin nada, niños, adultos, adolescentes
y mayores. Le propusieron si quería acompañarlos, pero mi hermano les respondió
que le gustaría probarlo, pero se veía incapaz de desnudarse delante de otras
personas. Ellos lo veían como lo más natural del mundo y comprendían
perfectamente que mi hermano estuviera así. Le dijeron que le sería más fácil,
si quería, estar desnudo en su habitación, luego salir un poco de ella, hasta
que se fuera acostumbrando a su propia desnudez.
Como vieron que le faltaba un pequeño empujoncito para
decidirse, le propusieron un juego: se pondrían los tres delante del ordenador,
ellos en su casa, y Juan en la nuestra. Por turnos se irían quitando cada uno
una prenda hasta quedarse los tres sin nada, y así se quedarían charlando y
viéndose a través de la web cam; así, cuando mi hermano tuviera la soltura
suficiente como para poder quedarse desnudo delante de otras personas, ya sería
capaz de ir a la piscina en horario naturista. Empezó Carlos, su amigo, después
Marta, y el tercero era Juan; mi hermano procuraba quitarse las prendas más
intrascendentes, como el reloj, un calcetín, luego el otro, procurando retrasar
al máximo el momento de quedarse sin nada. Por su parte, ellos se sonreían
viendo la situación en la que estaba mi hermano, pero no le hacían ningún
comentario para no ponerlo peor. El primero en estar en una situación un tanto
comprometida fue Carlos que se quedó en ropa interior; el siguiente fue Juan que
se quedó en short, y la última fue Marta que, con una camiseta y braguitas.
Ahora sí que estaban los tres entre la espada y la pared; los tres habían
llegado a un mismo punto y el próximo que se quitara ropa ya enseñaría algo; mi
hermano estaba que se moría porqué lo que había intentado retrasar al máximo
estaba a punto de suceder: desnudarse delante de otras personas; para añadir un
poco más de emoción al juego, acordaron establecer el siguiente orden de
desnudarse con un dado.
Mientras mi hermano nos lo iba contando, en su rostro se le
reflejaba la tensión y la vergüenza sufridas en aquel momento, puesto que cuando
relataba algún aspecto un tanto comprometido, se notaba como su voz se le
entrecortaba por la vergüenza de relatar ando dos chicas lo sucedido en aquel
momento; a pesar de ello, cada vez estaba más tranquilo y nos explicaba con
mayor soltura. Al tirar el dado, mi hermano en nuestra casa y ellos dos en la
suya, obtuvo 6 puntos, con lo que casi se aseguraba "pasar a la final"; como
Carlos tuvo menos puntos que su hermana no le quedó más remedio que desprenderse
de sus calzoncillos. Evidentemente, él era quien menos reparos debía de tener al
estar con su hermana, con quien se habían visto desnudos un montón de veces, y
al tener al otro lado de la pantalla a un chico; por lo que decía mi hermano.
Tal y como habían acordado al principio, Carlos se quedó desnudo de pie delante
de la cámara mientras Marta y Juan jugaban de nuevo; mi hermano estaba como un
flan al tirar el dado; por suerte suya hubo un empate y al tirar de nuevo perdió
Marta; Juan creyó que, al llevar una camiseta un poco larga, se quitaría las
braguitas y se quedaría con la camiseta; pero, para sorpresa suya, no fue así;
guiñándole un ojo a su hermano Carlos, se levantó de la silla y dejó que la
camiseta se fuera deslizando poco a poco hacia sus pies.
Juan se había quedado boquiabierto y sin acabar de creérselo.
Le parecía estar en un sueño del que no quería despertarse. Él, que se
encontraba en plena adolescencia y en fase de desarrollo, con todo lo que ello
comporta, se hallaba ante una chica de poco más de 18 años que se estaba
desnudando delante de él, aunque sólo fuera de cintura para arriba. Él, que
solía hablar con sus compañeros de clase sobre las chicas, cuál gustaba más, y
con cuál tendrían alguna aventura, se encontraba presenciando en directo a una
chica mostrándole su seno desnudo. Esto era más de lo que mi pobre hermanito
podía aguantar, y tuvo que inclinarse un poco para que por la cámara Carlos y
Marta no se apercibieran que en su entrepierna había algo que estaba aumentando
de tamaño. Aunque supiera que la desnudez era algo normal para Carlos y Marta,
no era así para mi hermano y, un poco envidiando la naturalidad con la que ellos
dos se lo tomaban, intentaba disimular su incipiente erección.
Como si de un cuento infantil se tratara, el relato de Juan
nos tenía boquiabiertas; siempre se ha caracterizado por su facilidad de
palabra, y en este momento nos lo estaba demostrando con creces. Al principio sí
que lo cosíamos a preguntas, pero poco a poco nos fuímos callando y dejando que
fuese él quien llevara todo el peso de la conversación; lo de menos era como lo
contaba; lo que realmente importaba era lo qué contaba. Durante el relato, María
y yo nos íbamos lanzando miradas furtivas y guiños de complicidad demostrando
ambas nuestro interés en el mismo. Aunque soplara una ligera brisa, la
temperatura del ambiente iba subiendo por momentos, y la carga erótica del
relato provocaba que un cierto halo de excitación fuera recorriendo nuestros
cuerpos; si previamente y de una forma consciente hubiéramos querido
"calentarnos" y "animarnos" de cara al posterior encuentro con Carlos y Marta,
no nos habría salido mejor; y ello, por razones lógicas, se manifestaba de una
forma más clara y aparente en mi hermano. Los tres estábamos tumbados desnudos
encima la hierba boca arriba tomando el sol y escuchando la narración de Juan.
Escuchando a mi hermano, me decía a mí misma que estaría bien
probar esto de irse desnudando ante la pantalla de un ordenador y con otras
personas al otro lado de la misma, al menos una vez. Pero también me preguntaba
si sería capaz de hacerlo y hasta dónde llegaría si el nivel del juego iba
subiendo y tenía que hacer algo con mi hermano Juan. La posibilidad que me
costara un poco desnudarme, evidentemente, no iba por mi hermano, puesto que ya
estábamos desnudos desde la mañana y, en parte, el hielo ya se había roto; la
cuestión era cómo iba a reaccionar con Carlos y Marta; si bien es cierto que a
veces en la playa hacía top less, nunca me había quitado la parte de abajo del
bikini, exceptuando cuando tiempo atrás me estrené en Suiza con mis primos y
esta mañana; al final pensé que lo mejor sería no darle más vueltas a la cabeza,
actuar con normalidad para no parecer una estrecha y dejar que el destino
decidiera el futuro.
Volviendo al relato de su estreno, Juan nos contaba como
cuando Marta perdió, se desprendió de su camiseta; pero no lo hizo de una forma
normal; como si quisiera provocarlo y animarlo, con suaves movimientos de los
hombros dejó que la camiseta fuera deslizándose lentamente cuerpo abajo; primero
aparecieron unos hombros de piel clara como el resto de todo su cuerpo, y a
continuación lo que tanto deseaba Juan: sus senos; eran unos senos redonditos,
de buen tamaño pero sin llegar a ser muy grandes; por lo que nos dijo, ella
tenía más pecho que nosotras dos. Mientras, ellos dos jugaban, Carlos permanecía
de pie, desnudo, al lado de su hermana pero frente a la cámara. En la tirada
siguiente, Marta volvió a perder y no tuvo más remedio que desprenderse de sus
braguitas; la temperatura ambiente subía por momentos, lo que se reflejaba en la
entrepierna de Juan con una "tienda de campaña" ya bastante crecida. Como si mi
hermano ya no estuviera suficientemente excitado, Marta fue bajando lentamente
sus braguitas; cuando aparecieron sus primeros vellos, Juan vio que eran
castaños como su pelo, y cuando las braguitas llegaron a los pies y Marta
apareció toda desnuda delante de él, estaba que se moría; por primera vez, una
chica se había desnudado para él; pero, también, sabía que ahora le tocaría a él
y, aunque hubiera quedado el último en desnudarse ya no tenía más remedio que
quitárselo todo. A la ya conocida timidez propia de la adolescencia, se le unía
el hecho de tener el pene con una gran erección imposible de ocultar. Pero como
no quería que lo tachasen de cobarde o de miedoso, se dijo, "Valor y al toro" y,
bajándose el short de golpe, se quedó de pie delante la pantalla desnudo como
Carlos y Marta.
Según nos confesó, se puso colorado como un tomate y con una
gran erección y, a pesar de ser sólo un adolescente de tres años menos que Marta
y dos menos que Carlos y no tener el pene en pleno desarrollo, mostraba un
miembro en plena erección, duro y firme.
¿Cómo ahora? –le preguntó María.
Eeee…pues sí –respondió, al tiempo que bajaba la cabeza
para mirarse.
Ya veo como te has puesto; entre tu relato y que estamos
los tres desnudos y nos ves, no me extraña que te hayas puesto así –continuó
ella.
Jo, vosotras estais en ventaja; a la más mínima se me
pone duro, y en cambio a vosotras no os pasa nada.
¿Cómo que no? –le pregunté.
Pues no -dijo él todo inocente-; a vosotras no se os nota
nada.
Sí que se nos nota –respondí-; a nosotras el pecho se nos
pone duro y los pezones rígidos, mira.
Y diciéndole esto, le cogí una mano y se la puse encima de mi
pecho para que comprobase por sí mismo como a nosotras se nos ponía duro el
pecho; su primera reacción fue la de retirarla enseguida, pero yo se la retuve y
le dije que si lo tocaba suavemente podría comprobar lo que le decía. Él estaba
un tanto desconcertado, puesto que si para un adolescente ya es suficientemente
duro desnudarse ante su hermana mayor, acariciarle el pecho no le va a la zaga;
ante sus dudas, yo le insistí y María le dijo que no había nada que temer. Para
facilitarle la situación, me puse enfrente de él y, colocando mi mano encima de
la suya, hice que la fuera desplazando suavemente y pudiera comprobar la dureza
de mis senos. En un principio, mi primera intención era demostrarle a Juan como,
en un estado de excitación, a nosotras también se nos producen cambios en
nuestro cuerpo; pero poco a poco, fui notando un cierto placer y encontré la
situación muy agradable; en este momento noté que me faltaba algo, me faltaba la
confianza suficiente como para actuar con absoluta normalidad, más o menos como
hace un tiempo en Suiza con mis primos, donde al principio estábamos muy
cohibidos y no sabíamos muy bien como actuar; la diferencia era que, en aquel
entonces, teníamos unos días por delante, en cambio, ahora, no era así, puesto
que mañana llegaban nuestros padres y nos dirían la sorpresa que nos tenían
preparada para pasar unos días de vacaciones.
Juan no sabía como reaccionar, estaba completamente
desconcertado. Hasta esta mañana siempre nos estábamos discutiendo y reñíamos
por cualquier cosa, y en cambio ahora estábamos desnudos el uno frente al otro y
él me acariciaba el pecho. Esta mañana habíamos paso un paso muy grande en
nuestra confianza, y poco a poco esto se iba notando. Cada vez nos notábamos más
sueltos y desinhibidos y ya podíamos convivir con nuestra desnudez en una
absoluta normalidad. La situación, y las caricias de mi hermano Juan empezaban a
surgir efecto, y mi pecho se iba poniendo cada vez más duro y firme; a la vez
que iba perdiendo su consistencia un tanto esponjosa que tenía antes, los
pezones estaban como un par de garbancitos y sobresalían de sus aureolas
apuntando hacia los ojos de Juan. Él, a su vez, también manifestaba la lógica
excitación del momento, y en su entrepierna sobresalía su pene erecto. Por la
lógica de la edad, aún no lo tenía en su tamaño adulto, pero ya dejaba entrever
unas buenas formas.
Mientras él me acariciaba el pecho, María me hizo un guiño
con los ojos como indicándome que el vernos en esta situación se daba cuenta de
la carga erótica que flotaba en el aire; un poco para seguirle la corriente, me
acerqué a mi hermano y le dije
Por lo que se ve, tú también vas fino
Y sin esperar respuesta, le puse la mano encima de su pene y
empecé a acariciarlo.; esta vez, pero, no lo hacía como antes cuando le ponía
crema encima; ahora mis manos estaban rodeando su tallo por completo y lo movían
arriba y abajo. Él se quedó un poco asombrado, pero como por su inocencia de
adolescente no sabía muy bien lo que pasaba, dejó que yo continuara. Tal y como
nos reconoció luego, al principio le dio un poco de vergüenza que yo, su
hermana, le tocara de esta forma; pero como le proporcionaba un gran placer, no
dijo nada y decidió seguir. Yo iba notando como su corazón se le aceleraba y la
respiración se le iba entrecortando, señal inequívoca del placer que estaba
sintiendo y del inevitable desenlace que se le avecinaba. Él estaba como en una
nube a punto de experimentar su primer orgasmo, según nos contó más tarde; como
aunque no mucha, María y yo ya teníamos una cierta experiencia en ello, ya
estábamos un tanto preparadas; como si no tuviera suficiente con mis caricias,
María se le acercó y sentándose a su lado, empezó a acariciarle suavemente el
pecho; mientras, sus senos rozaban la piel de Juan y le acrecentaban la
sensación de placer que sentía en este momento. Y lo inevitable, lo que tenía
que suceder sucedió; cuando el corazón se le empezó a desbocar, María y yo nos
dimos cuenta como el pene de Juan tuvo un par de temblores y empezó la que,
después nos lo confesó, sería su primera leche.
Sin saberlo nosotras, habíamos llevado a mi hermano hasta que
el que había sido su primer orgasmo. Evidentemente, en la escuela había oído
como sus compañeros de clase hablaban de la masturbación, o de las "pajas", pero
nunca había participado en ello; muy bien en qué consistía no lo sabía, puesto
que jamás se había atrevido a preguntarlo por miedo de que sus compañeros se
riesen de él.
Cuando vimos que su pene estaba a punto de eyacular por
primera vez, nos apartamos un poco y dirigiendo con la mano su miembro hacia la
hierba aceleré el ritmo y ,cuando estalló de placer, dejé a mi hermano un rato
casi sin aliento. Se quedó absolutamente relajado y quieto como si hubiera
recibido una descarga eléctrica. Fue María quien rompió la paz del momento y le
dijo:
Vaya, Juan, ya eres todo un hombrecito.
¿Por qué? –preguntó él aún no repuesto del todo
Pues porqué has tenido tu primera eyaculación, y esto
sólo ocurre cuando ya os haceis hombres –dijo María.
¿Qué quieres decir con esto? –preguntó mi hermano picado
por la curiosidad.
Lo que María quiere decir es que a partir de ahora
tendremos que vigilar contigo, no nos vayas a dejar embarazadas –le respondí
yo en plan de broma.
No te pases, tía, -protestó un poco Juan-; que no nos
acostaremos, somos hermanos.
Oh, nunca se sabe lo que puede pasar –intervino María.
Mis palabras, que yo había dicho bromeando, parecía que no
habían transmitido el verdadero sentido que yo quería darles. Pensándolo
fríamente, lo más normal era que ellos dos interpretasen mis palabras como una
invitación a hacer el amor, pero lo que yo pretendía era una broma inocente.
Cuando dieron casi las seis de la tarde, Juan dijo que más o
menos a esta hora, Carlos y Marta se conectaban al ordenador, y que si aún
estábamos decididas a participar fuéramos con él. Nos levantamos y, después de
recoger y lavar los platos y vasos que habíamos ensuciado, subimos al piso de
arriba donde estaban los dormitorios. Como si no pasara nada y con la mayor
naturalidad del mundo entramos en la habitación de Juan, sin caer en la cuenta
que los tres íbamos completamente desnudos y que, si queríamos participar con
ellos, sería mejor que nos vistiéramos para disimular un poco.
Ya con ropas cubriendo nuestras "vergüenzas" entramos de
nuevo y nos sentamos junto a Juan; mi hermano ya se había conectado y estaba
hablando con Carlos y Marta, los cuales no tuvieron ningún inconveniente en que
María y yo participásemos. Una vez hechas las presentaciones pertinentes, los
dos hermanos nos preguntaron si realmente queríamos unirnos a ellos y, cuando
les respondí que sí, Marta nos preguntó hasta dónde seríamos capaces de llegar;
esta pregunta me sorprendió un tanto, puesto que ni yo misma lo sabía, pero aún
más me sorprendió María al responder "Lo más lejos que se pueda". Al oírlo, la
miré como preguntándole qué era lo que realmente había querido decir, a lo que
ella me respondió simplemente subiendo los hombros hacia arriba y ladeando
ligeramente la cabeza. Exactamente no sabía qué quería decirme, pero, para no
parecer una estrecha y una remilgada, no contesté nada ni protesté por ello; más
bien me hice el propósito de ver como seguía el juego y de tener la situación
controlada en todo momento.
Juan, María y yo nos sentamos en el suelo en la habitación de
mi hermano y colocamos la cámara web apuntándonos a nosotros, al tiempo que
Carlos y Marta hacían lo mismo en su casa. Para establecer el orden de salida,
tiraos un dado y para ver quién fallaba o quien acertaba abrimos el juego del
Trivial Pursuit cada uno en su casa; se trata del típico juego de preguntas y
respuestas en el que hay que ir avanzando unas casillas hasta llegar a la meta.
De vez en cuando hay unas casillas especiales que si se aciertan permiten
obtener una ficha de su color que se coloca en una cajita especial; el objetivo
del juego está en obtener las 6 fichas de colores diferentes. Si se acertaba la
pregunta acordamos que se pasaba el turno al siguiente en vez de seguir tirando
el dado como ocurre en el juego original; pero si se fallaba la pregunta, había
que pagar una prenda; cuando alguno de los jugadores caía en una de las casillas
especiales, podía decidir qué prenda se haría y quiénes la harían.
Nuestra casa es de tipo unifamiliar y está situada en una
urbanización de las afueras de Barcelona; a pesar de no tratarse de un gran
núcleo de población, algunas casas vecinas sí que hay cerca de la nuestra, y me
daba un poco de miedo que a través de las ventanas abiertas, alguien pudiera
vernos desde la calle; por ello, y antes de que empezara el juego, me levanté y
fui a correr las cortinas, de forma que permitieran que pasara la luz del día
pero que al mismo tiempo nos aislaran de miradas indiscretas del exterior si
teníamos que quitarnos ropa o hacer algo un tanto comprometido. Empezamos a
jugar, y enseguida se vio como María y yo, por nuestra formación universitaria,
les llevábamos una cierta ventaja en Humanidades; pero en deportes, los dos
chicos nos llevaban ventaja y, a su vez, en música y ciencia quien ganaba era
Marta, con lo que todos estábamos más o menos por un igual.
Empezó el juego, y el primero en fallar fue mi hermano, y se
tuvo que quitar una prenda, en este caso un zapato; después le toco el turno
jugar a Marta y así sucesivamente hasta completar la ronda; al haber orientado
las cámaras hacia el centro, nosotros los veíamos a ellos y, a su vez, ellos a
nosotros. En cada una de las dos casas había un tablero con las fichas de cada
uno de los cinco y las íbamos moviendo a medida que se iban sucediendo las
jugadas. La primera persona en encontrarse en una situación un tanto
comprometida fue Marta, que fue la primera en quedarse sólo en ropa interior,
luego siguió María, i en tercer lugar me tocó a mí. Para evitar que me diera
vergüenza cuando "me llegara mi hora", en vez de ponerme la ropa interior
habitual de color blanco, me puse un conjunto de color verde como los que se
usan para hacer deporte. Es cierto que me quedé en ropa interior, pero como
parecía más un biquini que otra cosa, no me dio tanto apuro quedarme así.
Parecía que los chicos estaban de suerte y que hoy era su
día, puesto que mientras nosotras tres nos habíamos quedado en una situación en
la que si fallábamos una pregunta más ya tendríamos que "mostrar algo de carne",
tanto Carlos como Juan estaban casi como cuando habíamos empezado a jugar. A
través del micrófono del ordenador, comentamos esto y ellos no pudieron por
menos de decir que ojalá fallásemos alguna pregunta más para que se animase un
poquito el juego. ¡Muy listos, los chicos!; pero les salió el tiro por la culata
porque pronto la diosa fortuna se puso de nuestro lado y les tocó una racha de
preguntas difíciles o, al menos, que no supieron contestar. Ahora ya estábamos
en paz: primero habíamos perdido nosotras y ahora les tocaba a ellos; ¡y vaya si
perdieron!; Juan fue encadenando una serie de fallos hasta que al final tuvo que
desprenderse de la última pieza de ropa que le quedaba: sus calzoncillos.
Evidentemente, no le dio excesiva vergüenza hacerlo, puesto que los tres
llevábamos todo el día desnudos hasta que nos vestimos para venir al ordenador e
irnos desnudando de nuevo; y, por lo que nos había dicho, con Marta y Carlos ya
lo había hecho otras veces.
La parte más "interesante" del juego ya había empezado y sólo
era cuestión de tiempo que nos tocara a nosotras; todo dependía de la suerte que
tuviéramos o de que les nervios no nos traicionasen o nos jugasen una mala
pasada. De momento no nos pasó nada, y la siguiente en caer fue Marta; ya hacía
un poco rato que se había quedado en ropa interior y, al fallar de nuevo, se
quitó el sujetador; igual que a mi hermano no le importó hacerlo ya que con los
dos chicos había estado en otras ocasiones en la misma situación, y como
nosotras somos chicas, no había ningún sentimiento de pudor o de vergüenza.
Cuando se desprendió de dicha prenda, aparecieron unos pechos consistentes y
redonditos, bien formados; sus pezones destacaban en medio de unas aureolas
rosadas y más bien pequeñas; tenía la belleza de sus 18 años recién cumplidos y
se la notaba acostumbrada a este juego, puesto que lo hizo con la mayor
naturalidad del mundo. Mientras continuamos jugando, yo no podía evitar mirarla
por la pantalla y pensar lo afortunado que se debería sentir quien pudiera estar
en la cama con ella. Tanto ahora como cuando esta mañana me había besado con
María me di cuenta como ellas dos me atraían; si algo tenía claro es que me
gustaban y me gustan los chicos, pero es lógico reconocer la belleza cuando se
tiene cerca.
Continuamos jugando y cuando llegó mi turno, me tocó una
pregunta de deportes que, como me temía desde el principio, no pude responder ya
que éste es un tema que nunca me ha gustado especialmente y del que sé muy poco.
Al fallar, me tenía que quitar algo y como sólo estaba en ropa interior, opté
por el sujetador; negar que fuera a hacerlo con naturalidad sería tonto, puesto
que no era así; evidentemente me daba una cierta vergüenza puesto que delante de
mí, aunque fuera al otro lado de la pantalla, se encontraba un chico ala que
hasta hace poco no conocía de nada; mientras me iba desabrochando el sujetador,
pensé que para evitar que me subieran los colores por el pudor y/o la timidez,
lo mejor sería tomármelo como si estuviera haciendo top-less en una playa; así
me lo tomé y así lo hice, y cuando me quedé sólo con las braguitas exclamé:
"Ala, ya estoy en top-less, como en la playa". El verano pasado fue la primera
vez que me atreví a bañarme con la parte superior de mi cuerpo al descubierto y,
pasados los primeros minutos de susto o de vergüenza, la verdad es que se notaba
una sensación agradabilísima.
La siguiente fue María que acertó una pregunta aparentemente
difícil para ella, y esta vez era en una casilla especial. Ahora la diosa
Fortuna se había aliado con ella. Tal y como habíamos acordado al principio le
correspondía decidir una prueba para el o la siguiente que fallase; como a
continuación Carlos no supo responder una pregunta de geografía, María dijo que
se tenía que poner de pie delante de la cámara y dejar que su hermana le
desnudase de cintura para abajo. Yo le dije que se había pasado un poco con la
prenda, que fuera más despacio; al otro lado de la pantalla, Marta dijo que ni
hablar, que las "normas" eran las "normas" y que si su hermano no quería
hacerlo, no tenía que haber empezado a jugar. Poco a poco tenía la impresión de
que la situación nos podía desbordar, pero temía decir algo por no quedar por
estrecha. Carlos y marta no vieron ningún inconveniente a la prenda impuesta por
María, y Marta se dirigió a su hermano que ya se había puesto de pie;
arrodillándose delante suyo, le desabrochó el botón de sus pantalones y tiró de
ellos para bajárselos. Como le quedaban un poco ajustados, su hermana tuvo que
tirar de ellos con fuerza, pero al final lo consiguió: Carlos estaba ahí delante
de la cámara con sus "vergüenzas" al aire.
Como la situación había ido subiendo de tono, la carga
erótica que flotaba en el ambiento iba aumentando, al mismo tiempo y ritmo que
la excitación de todos nosotros; esto se hizo muy evidente en todos nosotros,
pero sobretodo en Carlos que, al ver como nos habíamos ido desnudando, unos más
y otros menos, y como su hermana pugnaba por bajarle los pantalones y los
calzoncillos, estaba con una gran erección; cuando su hermana Marta ya le pudo
bajar los pantalones, su pene, durante largo rato encerrado y comprimido entre
las telas de su ropa salió disparado apuntando hacia el frente, con lo que, al
hallarse tan cerca, dio de lleno en la cara de Marta que aún no se había
incorporado. Evidentemente, no le hizo daño, pero la cara de sorpresa que puso
ella fue de campeonato; no era la primera vez, ni tampoco sería la última, que
tenía un pene en sus manos y la oportunidad de acariciar sensualmente otro
cuerpo que no era el suyo; es cierto que con su hermano, por lo que nos dijeron
ellos y nos contó Juan, más de una vez se habían tocado y besado, pero jamás
había tenido su cara tan cerca de un miembro masculino, ni de él ni de nadie.
Los tres nos dimos perfecta cuenta de ello y cuando ya estábamos absolutamente
convencidos que Marta reaccionaría apartando a su hermano de golpe, la reacción
de ella fue del todo imprevista: dándoles unas suaves caricias en su
entrepierna, sonrió y le dijo que otra vez no se arrimara tanto.
Continuamos jugando a las preguntas, y todos alcanzamos una
racha muy buena en la que nadie fallaba; pero al final, alguien tenía que
fallar, y este alguien fue de nuevo mi hermano Juan con una pregunta de
historia, uno de los temas en los que más flojo iba; como ya no le quedaba más
ropa por quitarse, le tocaría hacer una prenda; en cierta forma, temía un poco
que la próxima persona que ganara una casilla especial fuese Carlos o Marta,
puesto que significaba que Juan tendría que hacer algo conmigo o con María; si
bien es cierto que esta mañana ya nos habíamos desnudado los tres y nos habíamos
acariciado, aún había muchas cosas que no habíamos hecho; pero por el otro lado,
al ser nosotras dos, también cabía la posibilidad de que le tocara a María, con
lo que el índice de riesgo era compartido.
La próxima casilla especial la ganó Marta, y la "penitencia
que le impuso a Juan fue que tenía tumbarme en el suelo boca arriba, él encima
mío e imitar el acto del amor; "Vaya prenda que os ha tocado, je, je!" exclamó
María en tono irónico. En este momento la quise fulminar con la mirada; me
quería morir en este momento, sobretodo por que mi "pareja de baile" era mi
propio hermano, pero para mis adentros me dije que tenía que aguantar y que ya
me llegaría el momento en que iba a imponer alguna prenda; en este momento yo
había perdido casi toda mi ropa, y sólo me quedaban mis braguitas, y Juan estaba
sin nada, completamente desnudo. Por su lógica inexperiencia no sabía muy bien
como ponerse, y al final María tuvo que indicarle; se le notaba tenso y rígido
puesto que esta era la prenda más comprometida que había tenido que hacer jamás,
agravada por el hecho que yo fuera su hermana. Al principio aguantaba el
equilibrio sobre sus manos dejando un espacio libre entre su cuerpo y el mío,
pero pronto vio que así tenía que hacer mucha fuerza y poco a poco fue bajando
hasta llegar a rozarme. Al otro lado de la pantalla, Carlos y Marta iban
animándolo para que pusiera más ritmo lo cual pareció irlo animando; poco a poco
se fue desinhibiendo y fue perdiendo el pudor de simular hacer el amor conmigo,
su hermana. Si bien al principio su pene se encontraba un tanto flácido, a
medida que iba acelerando el ritmo y tomando más soltura fue endureciéndose y
aumentando de tamaño hasta quedarse bien duro y firme; al principio apenas
notaba su miembro, pero poco a poco, su contacto con mi cuerpo se iba haciendo
cada vez más intenso hasta notar como su pene duro y firme rozaba mi entrepierna
y pugnaba por abrirse paso a través de mis braguitas; si no hubiera sido por
ellas, creo que al final habría acabado por entrar; la situación, junto con las
caricias que con su pene me proporcionaba me provocó un estado de gran
excitación que me impulsó a rodearle la espalda con mis brazos y atraerlo hacia
mí; con cada movimiento de su cintura, su torso rozaba con mis senos dándoles un
suave y muy placentero masaje, lo que provocó que mis pezones se pusieran duros
y redonditos como un garbanzo. Estaba llegando a un punto que poco o nada me
importaba que él fuera mi hermano, y con la palma de mis manos le fui
acariciando su torso desnudo; la sensación de placer iba en aumento, y la
situación me recordaba mucho cuando tiempo atrás con mi primo en Suiza nos
olvidamos de nuestros vínculos familiares y acabamos haciendo el amor; ahora, no
obstante, no estaba con mi primo sino con mi hermano Juan, y, apartando de nuevo
la idea de la cosanguinidad, le di un suave y cariñoso beso en los labios.
Tanto María en nuestra casa, como Carlos y Marta en la suya,
se quedaron muy asombrados al vernos a Juan y a mí de esta forma; una cosa era
desnudarse, besarse o, incluso acariciarse; pero otra muy diferente era simular
el amor; tanto o más que ellos me sorprendí yo; por una parte por mi
atrevimiento al acariciar así y besar a mi hermano, y por la otra por el hecho
que ni protesto ni reaccionó negativamente cuando le besé. ¿Sería éste el inicio
de una posible relación te tipo erótico con mi hermano? La verdad es que ni yo
misma lo sabía, también era muy cierto que todo esto me estaba gustando y estaba
despertando en mí un cierto gusanillo; creo que el hielo ya se había roto y en
mi fuero interno pensaba que, en principio, no me importaría nada llegar a más
con Juan, pero me daba miedo ofenderle o molestarle en algo y que luego fuera a
contarlo a nuestros padres; por suerte mis temores no se vieron hechos realidad.
Como es de lógico suponer, Juan y yo habíamos incrementado
bastante la temperatura ambiente y, por los comentarios que nos hicieron, los
tres se habían excitado bastante y estaban con más ganas de seguir jugando. La
partida siguió y, después de unas rondas sin que nadie fallase, por fin caí en
una casilla especial, lo que me permitía reservarme la oportunidad de decidir la
siguiente prenda; aún no tenía ni idea de cuál iba a ser, lo que sí sabía
seguro, es que si fallaban Juan o María la prenda sería suave, al contrario que
si el fallo venía de la parte de Carlos o Marta; durante unas tiradas no ocurrió
nada anormal hasta que Marta tuvo que desprenderse de todo lo que llevaba
encima; ésta era la mía para devolverles la jugada que me hicieron antes; cuando
más estaba pensando en qué les diría, vino el fallo de Marta; ella, igual como
yo, sólo estaba con sus braguitas; la miré fijamente y, como tardé en poquito en
empezar a hablar, todos creyeron que habría pensado alguna bastante "fuerte",
pero no fue así; yo no quería poner a Juan y a María en un compromiso de buenas
a primeras; como de todas formas era la última prenda y tendría que desprenderse
de ella, dije que la penitencia que iba a imponer era que ella se pusiera de pie
delante de la cámara y que Juan le fuera bajando las braguitas poco a poco, muy
lentamente. Al oírlo, ella respiró más tranquila porqué se esperaba algo mucho
peor y, guiñándome un ojo en señal de complicidad, se levantó para que Juan
pudieran empezar la prenda, al tiempo que cerraba los ojos como si así pudiera
aislarse del mundo exterior y evitar que Carlos y Marta le hiciesen pasar su
momento de vergüenza mientras sus braguitas iban cayendo.
La siguiente en caer fui yo, y es de lógico suponer cómo me
encontraba y qué sentía yo; sólo me quedaban las braguitas y ahora me tendría
que desprender de ellas; aunque si bien en la playa más de una vez había hecho
"top less", una cosa és desprenderse de la parte superior del bikini, y otra muy
diferente es hacerlo con la de abajo; y esto ahora era lo que me tocaba hacer.
Si al otro lado de la pantalla sólo hubiera estado Marta, o cualquiera otra
chica no me habría importado en absoluto, pero ahí estaba Carlos y quedarme
completamente desnuda delante de él me daba mucha impresión; pero, pensándolo
bien, caí en la cuenta que éste podía ser el inicio de una muy agradable velada;
así que, sin esperar más y para evitar que se rieran de mí tachándome de
estrecha y/o de remilgada, de un tirón me quité las braguitas quedándome
completamente desnuda ante la cámara y sin nada con qué cubrir mis "vergüenzas".
Tragando un montón de saliva y hecha un manojo de nervios, me senté en el suelo
decidida a reemprender el juego e intentando disimular al máximo mi vergüenza y
pudor.
Volvimos a encadenar una nueva racha de aciertos durante la
cual María ganó una casilla especial y quedó a la espera de que alguien fallase
para imponerle la penitencia en cuestión y, en este caso, fue Marta. Como si
quisiera "vengarse" por mí de la prenda que anteriormente había tenido que hacer
con Juan, dijo que desde el otro lado de la pantalla, los dos hermanos tenían
que acabar de desnudarse mutuamente y, cuando ya estuvieran los dos sin nada
encima, simularían que hacían el amor en el suelo de su casa. Al principio
protestaron un poco alegando que era una prenda un poco subida de tono, pero
como no les hicimos caso tuvieron que representarlo.
Si la prenda que tuvimos que hacer Juan y yo ya era un
poquito "fuerte", ésta la superaba, puesto que en este caso, cuando Carlos y
Marta se tumbasen el uno encima del otro, completamente desnudos, sin ningún
tipo de ropa con qué cubrirse, sus sexos estarían en contacto directo.
Efectivamente, cuando Carlos se tumbó encima de su hermana Marta y empezó a
moverse al ritmo adecuado, pudimos ver como el pene de él que ya estaba duro y
erecto iba rozando el sexo de Marta; la situación tenía una carga erótica tan
elevada que, a tenor de lo que comentamos después, la excitación general fue en
aumento; a mi hermano se le notaba una gran erección, mientras que en María y en
mí nuestros senos habían perdido su consistencia esponjosa habitual; ahora
estaban duros y firmes y nuestros pezones sobresalían claramente de sus aureolas
apuntando hacia delante. En más de una ocasión nos fijamos en que el pene de
Carlos intentaba abrirse paso entre el Monte de Venus de su hermana pero,
consciente del peligro que ello implicaría, no profundizaba más en sus
movimientos. Tal como los vi que estaban desinhibiéndose progresivamente, pensé
que no les faltaría mucho para llegar a hacer el amor entre ellos e
inevitablemente me pregunté qué haría yo en su lugar y si sería capaz de
mantener una relación completa con mi hermano Juan. Si llegado el caso y la
ocasión fuera propicia para ello, evidentemente preferiría hacerlo estando los
dos a solas, sin público delante, al menos al principio, la primera vez.
Se les veía muy animados y fue María quien les dijo que, si
querían, ya podían dejarlo y que continuáramos jugando. Ellos dos se
incorporaron y siguió la ronda de preguntas; durante bastantes tiradas todos
acertábamos sin que se produjeses ningún fallo por parte de nadie, hasta que
Marta, mirando el reloj de su habitación dijo que se había hecho muy tarde y que
tenían que salir. Mientras nos levantábamos comentábamos que ésta había sido una
experiencia muy interesante y que se podría repetir en otra ocasión, pero que
para ello habría que esperar a que tanto sus padres como los nuestros no
estuvieran en casa; a todos nos pareció buena idea y nos emplazamos a
conectarnos de nuevo otro día. Marta nos dijo que ella y Carlos se iban todos
los sábados por la noche a una piscina de la ciudad que en horario nocturno era
nudista; cuando llegaban, iban todos al mismo vestuario en el que hombres y
mujeres, niños y adultos, se desprendían de sus ropas con la mayor naturalidad
del mundo y salían a la piscina cubierta para pasar allí un buen rato y
relajarse. Allí dentro había una piscina olímpica, sauna, baño de vapor y
jacuzzi; dijeron que era genial y que ya hacía bastante tiempo que iban, por lo
que ya tenían el abono y que les salía mucho más económico. Entonces, su hermano
preguntó:
¿Por qué no os venís y nos conocemos en persona?
Al principio no supimos qué decir y nos miramos a la cara
esperando que alguien respondiera; al final fue María quien dijo que podía ser
una buena idea, puesto que ya que habíamos estado jugando a través de la
pantalla y nos habíamos caído bien podíamos quedar dentro de un ratito y
conocernos en persona. Todos estuvimos de acuerdo en ello; después de
preguntarles cómo se iba y dónde quedábamos, nos levantamos, empezamos a
vestirnos y nos despedimos momentáneamente hasta el momento en que nos viéramos
de nuevo, pero esta vez en vivo y en directo. Como nosotros teníamos que venir
de las afueras de la ciudad, ellos nos estarían esperando en el bar que hay en
el piso de arriba del complejo; allí, tomaríamos un café o lo que fuera y
podríamos charlar un ratito hasta que llegara la hora de bajar a la piscina.
Estábamos contentos por haber dado este primer paso y por haber conocido una
pareja tan maja; eran muy agradables y simpáticos y podíamos quedar más veces,
pero de momento dentro de un rato los íbamos a conocer en persona. Lo que
quedaba claro es que, al tratarse de un lugar público, cuando estuviéramos en la
piscina tendríamos que "portarnos bien" y no hacer nada especial; pero el hecho
de estar con Carlos y Marta, desnudos sin ropa con la mayor naturalidad del
mundo ya era mucho; lo que me preocupaba era la naturalidad con la que
estaríamos al principio, puesto que ya no estaríamos solos sino rodeadas de
otras personas a nuestro alrededor también desnudas como nosotros, y no sabíamos
cómo íbamos a reaccionar. Esto era algo que sólo lo sabríamos una vez que
estuviéramos allí, para lo cual cada vez faltaba menos.
…continuará
Un beso muy grande a todas las amigas y a todos amigos de
amor filial
Ingrid