Llegué al asilo porque mi hijo, el muy capullo, se empeñó en
ingresarme. Soy un buen hombre, aunque un poco viejo verde y creo que la culpa
de todo la tuvo la zorra de mi nuera.
Al quedar viudo me fui a vivir con ellos. Les ayudé a cuidar
y criar a los niños y después me han hecho esto. Todo empezó porque después de
llevar un tiempo con ellos, comencé a añorar el sexo, y eso que creía que en mi
se había acabado el deseo. Fue por convivir con mi nuera. La veía ir y venir por
la casa, vestida de un modo u otro, hasta que fantaseé con ella y ya no hubo
remedio para detener los calentones que cogía con sólo evocar su imagen.
Para más inri comencé a espiarla, a buscar entre sus cosas y
a saber más de su vida. Fue excitante, pero esa fue mi perdición. Le robé ropa
interior, bragas y sujetadores e intenté utilizarlas como fetiche, pero a pesar
de los cosquilleos que sentía no lograba que mi vieja verga se levantase ya.
Un día, la muy estúpida cometió el error de creer que estaba
sola en casa, sin darse cuenta de que en realidad yo estaba en mi dormitorio.
Pues cuando vino el repartidor de la frutería lo dejo pasar y se fue con el a la
cama. Los sorprendí en plena faena y se llevaron un buen susto. ¡Cómo le comía
el coño aquel cabrón a mi nuera! Le dije a la muy puerca que no diría nada a mi
hijo si me dejaba mirarles y… ¡hala!, no se cortaron un pelo y siguieron
follando. Y ¡milagro!, logré empalmarme después de años. Me saqué la picha y me
hice una paja. Qué gusto correrme así después de tanto tiempo.
Pero mi nuera me traicionó finalmente y dijo a mi hijo que yo
la acosaba sexualmente y aunque yo intenté explicarme y delatarla, al final la
creyó a ella. Así que me enviaron al asilo. Lo mejor de todo es que he conocido
a una viejecita de mi edad que aún conserva un buen par de tetas y mantiene
también la calentura de una adolescente. No es que follemos como dos jóvenes,
pero en la oscuridad de las habitaciones lo pasamos muy bien manoseándonos y
rememorando nuestros recuerdos eróticos del ayer.