Todo empezó porque en la empresa están emperrados conque el
almacén del puerto de Barcelona no funciona y que no hay manera de tener una
información fiable de los stocks. Es muy complicado, porque se gestionan
productos perecederos con muchos problemas, como frutas, flores, plantas
medicinales, junto con otros muy distintos como piezas de maquinaria,
prefabricados de madera y plástico e incluso piezas de cerámica. El jefe del
almacén de Barcelona se queja de que es muy grande y tiene poco personal. Así
que a primeros de diciembre decidieron enviar un equipo de las naves de Almería,
que dicen que son las mejor llevadas, para ayudar en el inventario y empezar de
cero con buenos sistemas.
Éramos nada menos que diecisiete empleados, un equipo muy
bien organizado a pesar de que sólo dos de los tres jefes de cuadrilla somos
españoles y el resto son seis portugueses, uno de ellos también jefe de
cuadrilla, siete marroquíes y dos guineanos. Llevan ya tiempo en la empresa y
hablan todos español, incluso los portugueses, con lo que nunca tenemos
problemas de entendernos. En Madrid nos iban a dar un cursillo para explicarnos
lo que teníamos que hacer y seguiríamos viaje a Barcelona con un contable del
departamento de stocks que iba a reorganizar la contabilidad del almacén.
Ahí empezó el rollo. En las naves de Almería a veces hay que
poner un poco de orden, porque hay dos mariquitas que son auténticas mujercitas
y los mozos de almacén más jóvenes los usan para desahogarse cuando tienen
"calentones", aunque debo confesar que también los mayores, incluso yo mismo,
les hemos echado más de un polvo, porque hacen unas mamadas increíbles y como
suele decirse, son más putas que las gallinas. Pero para nenaza nenaza, el
contable que se nos unió en Madrid.
El tipo tiene cuarenta y tres años, pero se conserva el muy
maricón como de veinte, delgado, con la cintura muy marcada y sin una sola
arruga. Mueve las caderas y las nalgas con un contoneo de zorrona y lleva
siempre vaqueros ajustados como una segunda piel y debajo de la cazadora lleva
unas camisetas de lycra, sin mangas, ceñidas y ajustadas, que son un cante y que
le marcan mucho los pechos, más carnosos e hinchados de lo normal en un tío y
con unos pezones como pequeños garbanzos. Para colmo lleva el pelo largo,
cubriendo las orejas, cortado en una media melena que completa su aspecto
femenino. Luego veríamos que Javier, o "Trini" o "Mari Trini" como le llaman
todos, está absolutamente depilado y le gusta provocar a los machos todo lo que
puede. En la empresa dicen riéndose que tiene el culo más visto que la Cibeles y
que le cabe la polla de un caballo.
Desde luego lo de provocar se le notó rato largo a la "Mari
Trini" durante los tres días del cursillo y me di cuenta de que varios mozos del
equipo se llevaban las manos al paquete porque el maricón les estaba poniendo
calientes. En el grupito de portugueses hay uno, Mario, que está siempre más
salido que un mono, pero que tiene problemas para tirarse lo mismo a tíos que a
tías, porque tiene un rabo famoso en las naves, más de treinta centímetros de
largo y casi cinco de "calibre" cuando está tieso. No encuentra muchos coños o
culos que admitan esa "tuneladora", como dicen sus compañeros. Bueno, a Mario se
le iban los ojos detrás de las nalgas del maricón. De todas formas, el jefe de
sistemas, que nos daba el cursillo, es un tipo con muy malas pulgas y que se
notaba que tenía atravesado al "Mari Trini" y con ganas de encontrar un pretexto
para pedir su despido, así que esos días nada pasó de miradas y gestos.
Cuando terminó el cursillo nos mandaron a Barcelona en tren.
A los dieciocho, contando con el contable de marras, nos habían reservado tres
departamentos de seis literas cada uno en el nocturno y quedamos todos
directamente en la estación de Atocha. El maricón llegó casi cuando iba a salir
el tren, ya creíamos que le habían puesto alguna sanción y que no iba a venir,
pero llegó corriendo, todo sofocado, con apenas un par de minutos de tiempo.
Llevaba un abrigo largo de cuero azul oscuro, con cinturón y de corte sin duda
femenino, y una especie de bolsa mochila como equipaje. Subió al vagón con el
billete en la mano y buscó su departamento. Le tocaba en el mío, en una de las
literas de arriba. Tiró ahí la mochila y respiró jadeante, comentado que casi no
llegaba. El tren se puso en movimiento.
Luego, ya más tranquilo, se quitó el abrigo y lo echó en su
litera, junto a la bolsa de equipaje. Nos quedamos boquiabiertos de cómo iba
vestida la "Mari Trini". Como si tal cosa llevaba "pantys", unas botas de cuero
con medio tacón, unos shorts vaqueros de cintura baja, a media cadera, ceñidos y
cortísimos, y una cazadora de cuero también azul, muy ajustada y cortita, con el
vientre desnudo entre la cazadora y los shorts. El maricón no se cortaba un
pelo. Mario, que también iba en nuestro departamento, se llevó la mano al
abultado paquete y la desnudó de arriba abajo con la mirada. La "Mari Trini" se
dejaba contemplar y ponía una pose muy femenina, marcando las caderas, y
metiendo mucho el vientre para marcar el trasero. Se le notaba excitada de verse
rodeada por cinco machos en tan pequeño espacio.
A pesar de lo mal que me caen los maricas noté cierta
excitación en mis huevos y que mi polla se endurecía un poco, así que decidí
quitarme del medio.
Bueno, yo me voy a tomar una cerveza al bar –dije,
empezando a salir del departamento.
La maricona debía tener ganar de exhibirse por el tren,
porque vino hacia mí.
Ay, yo también voy, que me apetece una copa.
Así que me encontré caminando por el pasillo del tren, con la
"Mari Trini" detrás de mí. Yo debía ir colorado como un tomate, incómodo por lo
que pensaría cualquiera que nos viera. Cuando llegamos al vagón del bar estaba
lleno de gente, con lo que mi incomodidad aumentó. Un montón de miradas fueron
hacia el cuerpo de Javier, que parecía sentirse a sus anchas exhibiéndose como
una zorra. Pedí una cerveza y el pidió una copa de un licor dulzón. Decidí que
como no podía desembarazarme del maricón lo mejor era charlar un rato.
Oye ¿cómo te sientes pasando la noche con tantos tíos al
lado?
Chico, muy caliente. Me pone a mil cómo me miran y sobre
todo Mario, que se le nota que está deseando montarme.
Joder, mira que eres maricón.. ¿Qué sientes cuando un tío
te folla?
Es fantástico. Bueno, a veces me duele, porque cada vez
hay más tíos con pollas grandes, pero al mismo tiempo me pone muy cachonda
(lo dijo así, en femenino) sentir que un tío está disfrutando conmigo y
darle placer. Me vuelvo loca cuando me abren las nalgas y cuando me penetran
y me vibra todo el cuerpo cuando me estrujan las tetas y me dan azotes en
las nalgas y me cogen por las caderas y me muerden los hombros y el
cuello... no se... es como si me recorrieran descargas eléctricas por todo
el cuerpo, desde el vientre me suben a las tetas y al cuello y me bajan por
los muslos... siento como si fuera a explotar de placer... y cuando me viene
el orgasmo en el culo es de locura, mucho mayor que en los huevos, me vibra
el vientre, se me aflojan los muslos y los pezones parece que van a
explotar...
Pues como te folle el Mario me parece que lo único que
vas a hacer el chillar como un cochino, porque tiene un rabo que te va a
reventar.
Me han dicho que es enorme, a lo mejor no podría
metérmelo entero, pero me gustaría que lo intentase, no me importa lo que me
duela si puedo hacer que disfrute y se corra dentro de mí.
Joder, mira que eres puta... Te han debido follar la tira
de tíos.
Ya lo creo, cientos y la inmensa mayoría no eran gays.
Sabes, yo siempre digo que a mi no me gustan los maricas, ni siquiera los
activos, me gustan los machos que buscan la experiencia diferente de tirarse
a un marica femenino.
¿Cuándo te follaron por primera vez?
Del todo a los quince años. Desde niño los otros chicos
me desnudaban y me metían mano y todo eso, y decían que yo era una niña,
pero la primera vez que me follaron fue con quince años. Lo hicieron chicos
mayores, en unos billares donde iba a jugar al futbolín. En la planta de
arriba estaban los billares y una tarde que el encargado había salido un
chico mayor del colegio me dijo que subiera. Lo habían preparado todo,
porque había como diez o doce chicos esperando, me hicieron desnudarme del
todo y me echaron boca arriba en una mesa de billar, me levantaron las manos
por encima de la cabeza y uno de ellos me las sujetó, luego otros dos se
pusieron a los lados de la mesa, me cogieron los tobillos y me levantaron
las piernas muy abiertas. Entonces otro chico se sacó la polla y se puso
entre mis piernas, mientras los demás se agrupaban alrededor para verlo
bien. El chico que se había sacado la polla se llenó los dedos de saliva y
empezó a metérmelos por el culo, luego acercó la polla al agujero y me la
metió entera de un empujón mientras los demás le jaleaban y animaban. Se
corrió enseguida y entonces lo hizo otro y luego otro y así hasta que me lo
hicieron todos. Cada uno que me follaba yo me sentía más excitado y
disfrutaba más... Así que a partir de entonces siempre busqué tíos que me
follaran para volver a sentir ese placer tan intenso.
A esas alturas yo me notaba excitado, que mi polla se
endurecía y que empezaba a apetecerme echarle un buen polvo al maricón. Durante
un buen rato me estuvo contando experiencias y de cuando empezó a ponerse ropas
de mujer y la excitación que siente cada vez que un tío ansioso le baja las
bragas para follarle, y cómo empezó a hacer de puto por placer y se ponía por
las noches en determinadas calles de parques para que le llamasen desde los
coches, y lo que le excitaba que le preguntasen cuánto cobraba por mamarla o por
poner el culo, y lo que le gustaba, antes de que empezase el miedo por el sida,
que le follaran sin condón, tío tras tío, y luego sentir el semen escurriendo
desde el culo por entre las nalgas y los muslos... Yo estaba ya totalmente
empalmado, así que le dije de volver al departamento y sin poderme contener,
cuando íbamos por el pasillo ya vacío de un vagón le di un azote con fuerza en
las nalgas. Le encantó y movió el trasero provocativamente. Se abrió la cazadora
y me enseñó los pezones tiesos. Los carnosos pechos del maricón, quizá por la
tensión de los pezones erectos, habían tomado una forma cónica, de mujer, que me
acabó de poner a mil.
Cuando entramos al departamento los demás se dieron cuenta
enseguida de lo que sucedía y Mario fue el más rápido en decir que íbamos a
tener juerga. La "Mari Trini" estaba ya despendolada y empezó a desnudarse sin
más. Se quitó la cazadora, las botas y los shorts, luego se quitó los pantys y
se exhibió delante del grupo con sólo unas braguitas rojas de lo más putita.
"Seguro que no habéis visto nunca una polla tan pequeñita", dijo, y nos la
enseñó bajándose por delante las braguitas. Tenía un pene ridículo como de cinco
o como mucho seis centímetros y muy delgadito, y los huevos también muy
pequeños. Noté en la cara de Mario que, si me retrasaba un minuto, iba a tener
que ponerme a la cola, así que decidí usar los derechos adquiridos por el rato
pasado con el maricón.
De un empujón levanté la litera intermedia de mi lado, para
dejar cómoda la de abajo, y de otro empujón eché al marino sobre la litera de
abajo y le ordené que se pusiera a cuatro patas. Obedeció encantado y puso el
culo en pompa, con las nalgas bien levantadas y los muslos entreabiertos,
ofreciéndose a la penetración que estaba deseando. No le hice esperar, me saqué
la polla tiesa como un palo, me puse de rodillas tras él, le bajé las bragas
hasta las rodillas y coloqué la punta de mi polla en su tembloroso agujero. Los
otros cuatro se colocaron para disfrutar del espectáculo. Agarré fuerte las
caderas del maricón y vi que Mario abría la puerta del departamento y salía al
pasillo, llamaba a los otros dos departamentos y les avisaba de lo que pasaba.
En un momento aquello se puso como el metro a hora punta, con la mayoría de los
compañeros dentro del pequeño departamento y los que no cabían apelotonados en
la puerta.
La "Mari Trini" parecía la más feliz de sentirse espectáculo
porque movía con ganas las nalgas, como reclamando ya mi penetración. Así que
apreté las manos a sus caderas y de un empujón le metí todo el rabo hasta
aplastar mis huevos en sus nalgas. Los gemidos de la maricona acabaron de
excitarme aún más y empecé a sacar y meter la polla con todas mis fuerzas.
Normalmente me aguanto bastante tiempo, pero estaba tan salido que opté por
ponerme ya el condón. Hice bien porque esta vez apenas si pude estar cinco o
seis minutos follándole, cuando ya no pude aguantarme más y me corrí.
No hice más que apartarme cuando Mario, con su enorme pene
tieso por completo y ya con un condón puesto, se anticipó a los demás y ocupó mi
lugar. Todos lo mirábamos excitados porque parecía imposible que esa enorme
verga pudiera penetrar el ano. El maricón se dio cuenta de que venía la parte
dura de la noche, levantó aún más el anhelante trasero y cogió una almohada,
hundiendo la cara en ella. El glande del pene de Mario estaba apoyado en el
agujero y los dedos de sus manos se hundieron fuertemente en las caderas de
Javier. El vientre del maricón temblaba visiblemente, los pezones apuntaban
hacia abajo más tiesos que nunca y su respiración nos llegaba sofocada por la
almohada. De pronto, Mario dio un empujón y la cabeza de su polla se abrió
camino en el culo del maricón, cuyo grito de dolor sonó con fuerza a pesar de
tener la cara hundida en la almohada.
Sin pararse, Mario aprovechó la embestida para seguir
penetrando y en pocos segundos la mitad de la enorme polla había penetrado en el
interior de la "Mari Trini", que separó la cara de la almohada mostrando un
gesto de tremendo dolor y los ojos bañados en lágrimas. "¡Para, para!", suplicó.
Con la mano extendida Mario le dio un sonoro bofetón. "¡Calla y disfruta, puta,
que más te va a dolor ahora cuando te la meta toda!". El temblor del vientre del
maricón era cada vez más intenso y a la vista de los pezones inflamados no pude
contenerme de coger uno de ellos y estrujarlo con fuerza, lo que hizo chillar a
la "Mari Trini" y reir a Mario, que me preguntó si iba "a ordeñarla". Los dedos
de Mario volvieron a hundirse profundamente en las caderas del maricón y la
gigantesca polla volvió a hundirse en el culo hasta desaparecer por completo.
Los chillidos de Javier eran tales que se oían fuertes incluso a través de la
almohada. Cuando cesaron, los grandes testículos de Mario estaban aplastados
contra las nalgas. La "Mari Trini" tenía más de treinta centímetros de gruesa
polla hundida en su recto.
A partir de ahí la noche se hizo interminable. Cuando Mario
se corrió y sacó el enorme pene hubo casi lucha por ver quién era el siguiente.
Nadie quedó sin echar uno o varios polvos a la "Mari Trini", esta vez no
hicieron ascos ni los más contrarios a los maricones. "Aunque tenga esa minucia
de polla, eso es una tía", comentó uno de ellos como excusa. Cada uno le ponía a
su gusto y el maricón se dejaba en todas las posturas, boca abajo a cuatro
patas, boca arriba con las piernas levantadas, de pie contra la ventanilla...
Por la mañana, cuando el tren llegaba a Barcelona, la papelera del departamento
estaba llena de condones usados. Mario reclamó el último polvo y de nuevo el
maricón gritó y lloró de dolor, pero no se resistió ni lo mínimo, se notaba que
lo deseaba. Se puso las braguitas con movimientos delicadamente femeninos y se
vistió. Me miró como una mujercita dulce y me agradeció haber iniciado la noche:
"Gracias, habéis sido todos fantásticos. Podéis usarme siempre que os apetezca".
Vaya si le usamos los días que estuvimos en el almacén de Barcelona y hasta le
hicimos cosas nuevas, que contaré.