NERÓN TAL CUAL
Breve y entretenida biografía del incestuoso tirano, en la que
resalto su crueldad y depravación.
La muerte alevosa.-
El futuro emperador de apenas dieciséis años, copulando con
su propia madre. Se deleita gozando sobre la gran mesa de un íntimo recinto
imperial. A escasa distancia, descansa el rostro inexpresivo de su padre
adoptivo, aún con vida. Las orondas nalgas de Agripina Menor se
sacuden desnudas sobre el cuerpo tendido de su hijo. Lo cabalga con braveza,
estimulada por un apremiante orgasmo. Nerón la tiene hondamente
penetrada. Broncos bramidos acentúan su incesante martilleo.
El copón de oro tumbado sobre el tablero, acompaña con sus
vaivenes el movimiento copulatorio de la pareja. La abatida cabeza del soberano,
no pierde el paso de aquella sicalíptica danza. La mirada oscilante del
moribundo, aparenta disfrutar la escena de pasión incestuosa. En realidad, solo
se trata de los últimos estertores que sacuden sus ojos y su cuerpo. El charco
sobre el que se encuentran, contiene restos del néctar envenenado que se
desvanece al igual que la existencia de su majestad Claudio I.
La ebria concurrencia celebra en un amplio salón contiguo,
exaltando el gusto por la excitación orgiástica. Está integrada por los más
serviles aduladores de la familia real. Bajo la influencia del dios Baco, se
ufanan exhibiendo su morboso desenfreno. Interrumpen el jolgorio y aclaman
exageradamente la aparición de sus divos. Los impacientes invitados, ávidos de
información, reinician su bacanal a una señal del futuro amo y señor. Nerón
confirma con el pulgar la consumación de los hechos. Claudio ha muerto.
Una vez complacidos, continúa el rito voluptuoso a los
acordes de flautas, cítaras y bajos, en la interpretación de danzas y cánticos
profanatorios a cargo de quiméricos faunos. Se trata de un culto lunar desmedido
y paradójico, en el que se exalta el goce pasional y al mismo tiempo, la muerte
alevosa.
Días antes de envenenar a Claudio, Agripina ya disponía del
trono y de sus bienes, dando por hecha la muerte del soberano. La astuta
emperatriz también resolvía el destino de los hijos legítimos del emperador.
Despejaba los obstáculos del camino de Nerón. Quería a su hijo entronizado para
usarlo como instrumento de poder, a cualquier precio. Ya había logrado casarlo
con su bella hermanastra Octavia de tan solo trece años. Además había
conseguido que el emperador adopte legalmente a Nerón, dándole preferencia sobre
Británico, quien al figurar como hermano menor, perdía prelación y
quedaba de segundón. Para el manejo gubernativo contaba con los mejores
concejeros y el más persuasivo poderío bélico. Como es de verse, tenía
prácticamente todo en sazón.
Así fue, después de varios intentos de envenenamiento, que
solo sirvieron para afectar la salud de Claudio, Agripina logró quitarle la vida
con una toxina muy eficaz. También cumplió con obsequiar los íntimos halagos
prometidos a Nerón. Pacto establecido mediante acuerdo clandestino de larga data
y caprichosa aplicación. Pero la práctica incestuosa no se detuvo. Siguió
valiéndose de ella para controlar o para extorsionar a su goloso hijo, según su
conveniencia.
La demencial tiranía.-
Apoteósica ceremonia, gran fastuosidad, muchos esclavos están
siendo sacrificados, la ocasión lo requiere. Mas poderoso el personaje y
trascendental la ocasión, mayor cantidad de vidas humanas deben ser
sacrificadas. No es de buen político decepcionar a su pueblo, pan y circo son
indispensables. Las graderías del sanguinario coliseo se encuentran abarrotadas.
Los ciudadanos tienen derecho a divertirse.
¡Corren por mi cuenta los esclavos! - Ofrece Nerón, en un
atroz desprendimiento equívoco.
Fue ungido Emperador de Roma, a fines del año 54 d.C.
Con solo diecisiete años recién cumplidos. La entronización contó con diversas
celebraciones y numerosos actos públicos. Mucha sangre, gran cantidad de sexo y
ríos de alcohol, fueron necesarios para calmar la euforia. El frenesí popular
demandó días de jolgorio y desenfreno.
Los primeros años de gobierno fueron marcados por la
moderación. Nerón, con un libreto memorizado, no lo hizo mal en los pocos actos
públicos en que intervino. Era el emperador oficialmente, pero fue Agripina
quien se encargó de aligerar su ineptitud y demencia. Ella gobernó a la sombra
de sus asesores, el filósofo cordobés Séneca y el prefecto de la poderosa
guardia pretoriana, Burro. Nerón no disimulaba su impaciencia por asumir
el mando, pero Agripina tenía como controlarlo. Ella disponía de una clave
oculta muy apetecida por su consentido y sabía usarla para hacerlo transigir
gustosamente.
Para mantenerlo distraído el mayor tiempo posible, también le
inculcaba la práctica de las artes de su preferencia. Él sin embargo, sentía
predilección por el libertinaje nocturno, al que se entregaba de incógnito
irreconocible. Aprovechando el anonimato, visitaba burdeles, agredía a pacíficos
transeúntes y cometía todo tipo de pillaje. En una de sus escapadas, conoció a
Actea, una liberta que ejercía el meretricio. Se enamoró de esta
mujer y quiso incorporarla a la nobleza, pero su madre no se lo permitió. Nerón,
muy disgustado, se limitó a convivir con ella durante un tiempo, otorgándole la
condición de concubina oficial.
Su relación con Agripina había comenzado a decaer, esta se
agravó cuando Nerón conoció a Popea Sabina, hermosa e intrigante
mujer que logró deslumbrarlo. Ella lo incitó a tomar sus propias decisiones como
soberano. La creciente demanda de Nerón por gobernar, obligó a su madre al abuso
del recurso sexual como medio sedativo y el insaciable desenfreno terminó por
envilecer su secreta relación filial.
Nerón iba adquiriendo dominio gradual sobre las permisivas
licencias maternas. Su ventaja llegó a grado tal, que si su madre se resistía,
él la tomaba contra su voluntad y hacía de ella lo que le daba la gana. Su
intemperancia lo dominaba al extremo de forzarla en el carruaje imperial durante
sus acostumbradas excursiones por la ciudad. La reserva terminó por romperse y
los rumores empezaron a correr, cuando Agripina lucía desaliñada y descosida al
regreso de los paseos. Fue entonces, a partir de tales imprudencias, que la
historia recién empieza a registrar la incestuosa relación.
Nerón se volvía cada vez más fuerte, poderoso y prepotente.
Su maldad fue tal, que trató de asesinar personalmente a su mismísima madre por
interferir en sus planes con Popea. Después de varios intentos fallidos, la
mandó ejecutar. Agripina, al ser reducida y arrestada, eligió su muerte. Pidió
que le atravesaran el vientre con una daga, por haber sido allí donde gestó a su
inhumano engendro.
Popea, su nuevo amor, era esposa de Otón. Nerón
disponía las ausencias del marido para amancebarse con la infiel. Tres años más
tarde, inducido por su amante, Nerón se divorció de Octavia, a quién después
hizo ejecutar, acusándola de un falso adulterio. Con el camino libre, contrajo
nupcias con Popea.
Nerón entró en un período de insanía desenfrenada. Para
entonces ya había asesinado a Británico, a Octavia y a su propia madre. Muerto
Burro por envenenamiento y abandonado por Séneca, Nerón inicia una tiranía
caracterizada por el libertinaje y la crueldad. No tenía reparo en mostrarse
malévolo, depravado y estrafalario. Se sentía un artista consumado y un
visionario religioso. El obeso monarca tuvo el descaro de hacerse consagrar
dios, culminando así su sueño añorado. Escandalizaba a la aristocracia
apareciendo en público como actor de dramas religiosos. Se hizo otorgar muchas
coronas en los juegos olímpicos, a costa de exonerar de impuestos a Esparta y
Atenas. En varias de las competencias ni siquiera se molestó en participar.
El ególatra dictador, estimaba que Roma ya no estaba a su
altura. Añoraba construir un palacio celestial en el centro de una nueva ciudad
paradisíaca que debía llamarse Nerópolis. Corría el año 64 d.C. y la pareja
imperial se encontraba fuera de la ciudad, cuando ocurrió el atroz incendio de
seis días, que destruyó dos tercios de Roma. Nerón trató de responsabilizar a
los cristianos y quiso hacerse pasar por piadoso, regalando víveres a los
damnificados. Así pudo dedicarse a reconstruir Roma con su portentoso palacio
"Domus Aurea" adornado con obras de arte, finos metales y piedras preciosas.
"Por fin comienzo a vivir como una persona". –Dijo su
majestad el cretino emperador, muy convencido de su sobre estima.
Su nueva consorte, que vivía en celo, lo tenía embelezado.
Ella se ofrecía gustosa a satisfacer sus extravagantes y variadas exigencias
sexuales. Nada les quedaba por descubrir en cuanto al goce material de los
sentidos. Rendían culto al hedonismo, con ferviente devoción, aunque no
precisamente al profesado por Epicuro.
Hacían participar en la intimidad a siervos muy selectos de
indistinto sexo. En ese tiempo, el preferido de la pareja era un esclavo
africano anónimo. El mandinga cumplía la función de calentador con gran esmero.
Era responsable de la preparación erógena de la emperatriz y debía lograr su
plena disposición, para facilitar la unión copulatoria con su amo. También daba
un óptimo servicio ano-rectal al emperador, incluyendo la penetración cuando
este así lo disponía. De vez en cuando, la pareja imperial ordenaba la atención
de alguna esclava destacada en el arte de la estimulación oral.
La voracidad por los manjares, el licor y el sexo, tenía
enviciado al tirano. La perversión era su ley de gravedad. Disponía de muchas
mujeres y mancebos. Cuando se antojaba de alguna mujer casada, esta debía serle
entregada con el consentimiento del marido, bajo riesgo de muerte en caso de
osar contradecir la voluntad del dios.
El ocaso del tirano.-
La tiranía era cada vez más sanguinaria y demencial.
Preeminentes ciudadanos, asqueados por el envilecimiento del gobierno, optaron
por una urgente intervención de alta cirugía, para extirpar a Nerón del poder.
Pero al abortar aquel intento de golpe, el gran Séneca fue obligado al suicidio
forzoso y muere junto a otros dieciocho ilustres patriotas, como escarmiento a
su osada participación.
Nerón se dedicó a celebrar el acontecimiento durante largos
meses. En una de las noches que llegó ebrio al lecho nupcial, por una
intrascendencia, le pegó un puntapié en el vientre a Popea, quien se encontraba
embarazada. Este artero ataque causó la muerte tanto de Popea como del hijo que
albergaba en la matriz. Nerón en plena borrachera, quiso justificar su agresión
aduciendo que lo hizo para matar el engendro de un enemigo que había poseído a
su mujer a sus espaldas. Finalmente lo único que quedó claro, fue que su
frondosa lista de homicidios, se vio incrementada en dos victimas adicionales.
Al pasarle la embriaguez, Nerón lloró por la muerte de su
amada y no se resignó a perderla. No tardó mucho en conocer a un bello
jovencito, aun imberbe, llamado Esporo. Tenía el rostro idéntico al de su
recién fenecida esposa. Consideró que había encontrado el sustituto perfecto y
lo enamoró, lo llevó a palacio y con su consentimiento lo hizo castrar. Luego
contrajo nupcias con "ella" en una pública y escandalosa ceremonia. Esporo
vestía solo de mujer y Nerón lo llamaba mi dulce Popeita.
Al corto tiempo Nerón se volvió a enamorar, esta vez de un
liberto llamado Dioforo, con quién también se casó. Pero con este
consorte, era Nerón quién hacía de mujer. Para su matrimonio con Dioforo se
vistió de novia, luciendo un modelo de frondosos velos blancos. Como detalle de
su recargado maquillaje, llevaba un coquetón lunar junto a la boca. Para exaltar
sus labios, los pintó de color púrpura intenso. La noble concurrencia, se mostró
mortificada con este nuevo papelón.
En la luna de miel, Nerón imitando la voz de una doncella en
plena violación, gemía y gritaba con agudos afeminados, al sentir que su marido
lograba vencer la resistencia de su juguetón esfínter anal. Se le había ofrecido
descaradamente colocado en posición de recibir, teniendo a "Popeita" ya
enculado. Los tres dominaban su rol, en aquel singular juego copulatorio.
"Popeita" hacía de mujer sodomizada, Dioforo desempeñaba el papel de marido rudo
y Nerón al centro del emparedado, actuaba de personaje andrógino; dando a su
antojo y recibiendo fingidamente a la fuerza.
Los histéricos gritos del rollizo monarca, exacerbaban la
lujuria de su morboso marido. Los chasquidos de la carne no se hacían esperar.
Dioforo con el ímpetu exaltado, repiqueteaba con entusiasmo, sacudiendo las
blandas carnes de su "Nerona" en cada envión. "Popeita", mas tierno, se limitaba
a gorjear con dulzura y a rotar cadenciosamente sus sonrosadas nalgas en
círculos y circulitos. El trío había logrado una concertación sumamente afinada.
Los estridentes gritos del soberano, al momento de llegar al
éxtasis, eran desaforados y ensordecedores. Su aguda sensibilidad natural,
sumada al doble estimulo, le provocaba un placer demencial. La conjunción
genito-anal, se había convertido en su vicio favorito.
Su majestad supervisaba personalmente, en forma exigente y
cuidadosa, todos los detalles de la ambientación, maquillaje y vestuario. Se
esmeraba por lograr caracterizaciones y escenografía perfectas, desde su
singular concepción artística. Se deleitaba con sus actuaciones, no solo
sexualmente; sino que además, se sentía realizado como un superdotado del arte.
Más tarde se fijo en otra mujer casada, Estatilia Mesalina
y contrajo nupcias con ella después de ejecutar al marido. Se
trataba de Ático Vestino, amigo íntimo de Nerón, sin embargo el tirano lo acusó
de conspiración y murió asesinado antes del juicio. Poco se sabe de esta
Mesalina, pero se le debe reconocer el gran merito de haber logrado sobrevivir,
habiendo habitado al lado de tan temible homicida.
En Hispania y Galia se gestó el golpe de estado que acabó con
la dictadura de Nerón. Fueron Galba y Vindice quienes decidieron
torcerle el brazo a la historia y acabar con el tirano. Se revelaron apoyados
por las legiones de Germania. Los pretorianos se unieron al movimiento y el
senado depuso a Nerón, declarándolo fuera de la ley y enemigo público de Roma.
El senado proclamó emperador a Galba. Nerón huyó de Roma a una de sus villas. Al
no tener valor para suicidarse se hizo matar por su ex esclavo, secretario y
escudero Epafrodito, quien tuvo que empujarle (esta vez) la daga, con la que le
penetró (esta vez) la garganta. El "encantador angelito" murió en julio del año
68 d.C., cuando solo tenía treinta años. Sus últimas y famosas palabras fueron:
¡Qualis artifex pereo! - Lo que significa en nuestro
idioma: ¡Que artista perece conmigo! – Y expiró, para tranquilidad del
género humano. Así concluyó la dinastía Julia – Claudia.
OCTOPUSI.