SEDUCCIÓN…
Capítulo 3: Promesas
NOTA: Esta es la continuación de Seducción… (2: Al fin y al
cabo). Los comentarios se agradecerán.
El despertador sonó a las 8:30 de la mañana, interrumpiendo
quizá algún sueño del que jamás se vuelva a tener memoria. Habían pasado
solamente cuatro horas y media desde que había llegado de trabajar y las
desveladas empezaban a hacer mella en mí, manifestándose en forma de unas leves
ojeras que entristecían mi semblante. El cambio de rutina por el que últimamente
estaba pasando había contribuido enormemente a fatigar mi cuerpo, pero no podía
quejarme: en algunas ocasiones se debe de sacrificar algo para obtener alguna
otra cosa, además, ese día también tenía que trabajar. Todavía adormilado me
incorporé de la cama y me dirigí hacia la cocina a poner un poco de agua para
café en la estufa. En verdad que aquélla mañana amaneció soleada y con una
temperatura elevada, muy contraria a las otras mañanas que amanecía nublado y
frío, y no es que no me gusten los días fríos, nublados y húmedos que de hecho
me encantan, pero siempre existe un clima predilecto para hacer determinadas
actividades y creo que ése día era mejor que hiciera calor.
Lo mejor para despertarse después de una fatigante jornada
siempre era un baño frío y un café caliente. Aún en calzoncillos me dirigí hacia
la regadera. Me despojé de la ropa y abrí la llave del agua. Al principio se
siente el agua helada pero conforme el cuerpo se va acostumbrando a la situación
esta se va sintiendo cada vez más agradable, al igual que cuando conoces a
alguien: con el tiempo aprendes a quererla incluso más de lo que uno se imagina,
y es que una ducha siempre es placentera. Al salir de la regadera decidí
rasurarme un poco para no verme desaliñado. El agua fría había disminuido en su
mayoría las ojeras, para mi mejor suerte. Tomé una toalla y sequé perfectamente
toda esa humedad que abrazaba mi piel. Cuando estuve totalmente seco me dirigí
hacia mi ropero para elegir que atuendo utilizaría este día. Me decidí por usar
un pantalón casual de gabardina color negro, una camisa de manga corta negra y
debajo una playera blanca, en realidad no era nada ostentoso y por eso iba
acorde con mi personalidad, y aunque estuve tentado a dejar fuera la arracada
que acostumbro utilizar en la oreja izquierda, me decanté por seguirla portando.
El ruido del agua hirviendo sonó desde la cocina. Me dirigí
hacia allá y vertí un poco de café de olla en el pozillo y dejé que hirvieran
juntos unos 2 o 3 minutos para que conservara su aroma. Apagué la estufa y dejé
que reposara un poco ya que nunca he podido soportar un café hirviendo. Me
dirigí nuevamente hacia el baño y me peiné: realmente no era difícil ni tardado,
aunque primero tenía que desenredarlo ya que acostumbro utilizar el pelo un poco
largo, aunque no demasiado. Un poco de gel siempre ayuda a mantenerlo cada
cabello en su lugar y la pasta de dientes a poder abrir la boca. Fui por mi
cartera y mi encendedor que estaban en el pantalón del traje y al buscar los
cigarros me di cuenta de que solamente me sobraban dos: creo que debido a el
nerviosismo por los acontecimientos recientes había fumado un poco más de la
cuenta y mi garganta lo resentía un poco. Me dirigí hacia la cocina y me serví
una taza de café, la que apresuré en mi garganta en unos cuantos tragos aún a
pesar de que estaba un poco más caliente de lo que acostumbro, pero no había
tiempo que perder. Me extrañó que "Jack" no haya llegado en toda la noche, pero
no me preocupé ya que anteriormente ya se había ausentado por varios días y
luego llegaba como si nada hubiera pasado.
Salí de mi casa y me dirigí a tomar el autobús a la próxima
esquina, en donde también se encontraba el restaurant de Doña Bertita, eché una
leve ojeada por si alcanzaba a ver a Mariana. Miré mi reloj: marcaba las 9:15,
apenas tenía el tiempo justo para llegar a tiempo a mi sorpresa aún a pesar de
saber que las mujeres nunca son puntuales.
Pasó el señor de los periódicos voceando las noticias más
memorables del día y decidí adquirir uno para entretenerme mientras esperaba, y
al levantar la vista me di cuenta de que mi camión se aproximaba. Puse el
periódico debajo de mi brazo y le hice la parada. Abordé, pagué y miré por si
acaso alguien conocido viniera sentado en le camión y me hiciese el largo tiempo
un poco más aguantable. Nadie. Ningún rostro se me hacía conocido por lo que
decidí sentarme hasta el fondo del camión y ordenar mis pensamientos, algo que
sabía que necesitaba con urgencia.
Absorto en mis pensamientos me sumergí en un torbellino de
sentimientos encontrados, de experiencias sepultadas pero que nuevamente
regresaban a mi vida, de situaciones en las que cada vez me daba más cuenta de
que no poseía ningún control, pero que debía de ponerles orden. No era la
primera vez que sentía un gran deseo por una persona en particular, pero sí la
primera vez en que mi cabeza se debatía por hacia donde enfocar sus
pensamientos. Tenía que calmarme, tenía que pensar en Natalia, ya que según mi
juicio era la mejor opción. Miré mi reloj: marcaba las 9:47. Me encontraba en la
calle Manuel José Othón, ya muy cerca de la Alameda. Pasé por debajo del puente
del Montecillo y por fin apareció ante mis ojos los árboles altos, las palmeras
y el intenso gorjeo de los pajarillos y su algarabía. El autobús llegó a la
parada y detuvo su avance, abriendo las puertas. Esperé un poco a que se vaciara
el camión para poder pararme y bajar, aunque en realidad no se necesitó
demasiado tiempo ya que eran pocas las personas que viajaban junto conmigo.
Crucé eje vial y me dirigí hacia un oxxo que está en Plaza del Carmen para
adquirir los ansiados cigarrillos.
"Me da unos Delicados sin filtro, por favor" dije a la
dependiente, una muchacha de unos 18 años que a pesar de su uniforme dejaba
notar unos senos que a mis manos quedarían grandes, además de unos labios
carnosos y unos ojos vivaces que inmediatamente notaron que mi vista se posó en
su escote, que a mi parecer lucía magnífico, o tal vez solo estaba caliente.
"Aquí tienes. ¿Algo más?" y sonrió en complicidad con mi
risita nerviosa cuando una chava me cacha viéndole alguna parte de su anatomía.
"Sí, dame unas Halls" dije. Saque un billete de veinte pesos
y le pagué. La verdad es que lo único que pasaba por mi cabeza eran libidinosos
pensamientos, pero me contuve y decidí mejor salir de ése lugar.
Enfilé mis pasos hacia el teatro de la paz, que estaba muy
cerca de donde me encontraba. Crucé una pequeña calle y me encontré frente a la
hermosa iglesia del Carmen, más hermosa aún que la misma catedral, distante una
cuadra de ella. La verdad es que no soy católico y no comulgo con gran parte de
su ideología pero eso no me impide admirar la magnífica piedra trabajada por
manos indígenas hasta darle forma de motivos vegetales; las columnas salomónicas
que se retuercen a si mismas y los nichos con la imagen de uno u otro de los
cientos de santos existentes, era un espectáculo en el que hasta la persona
menos instruida se podía deleitar. Crucé un poco más y llegué hasta las
escaleras del teatro de la paz. Pensé que la mejor opción era tomar reposo en
una especie de nicho o ventana que hay en el museo de la máscara, enfrente del
teatro de la paz. Me coloqué ahí y miré mi reloj: eran las 9:55. Saqué el
periódico de debajo de mi brazo y comencé a leer. En verdad siempre era lo mismo
que siempre salía: robos, asaltos, choques, algún político diciendo pendejadas,
algún "periodista" (o similar) sacando las cosas más insulsas y banales de
cualquier "artista" (si se le puede llamar así) de la pantalla, las caras más
fingidas que aparecen en "sociales", empresas solicitando mil y un requisitos
(responsables, con experiencia, con estudios y sin ánimo de superación, o sea,
casi queriendo que trabajen gratis), los típicos "críticos" políticos
subrepticiamente financiados para tirar mierda a discreción (¿habrá alguien que
les crea?) rematando con los reciclados horóscopos tan ambiguos que cualquiera
te podría sentar a la perfección (denigran a la astrología, en verdad).
El sol empezaba a calentar la mañana, haciendo un poco más
tolerable la espera. Miré nuevamente a mi reloj: eran las 10:18. Por ningún lado
veía el rostro anhelado. Dejé el periódico y saque mis cigarros, lo presioné con
el pulgar, lo coloqué suavemente sobre mis labios y lo encendí. Aspiré
profundamente y permanecí con el humo durante unos 5 segundos y luego lo
expulsé. Una columna de humo se presentó ante mí, disipándose elegantemente.
Inhalar, exhalar; inhalar, exhalar; de vez en cuando tirar la ceniza; no es nada
complicado.
Los efectos se sintieron inmediatamente en mi cuerpo
otorgándole una sensación de leve bienestar, los pensamientos parecían disiparse
junto con el humo del tabaco. La gente pasaba y ni siquiera les prestaba la más
mínima atención. Apagué mi cigarro y miré mi reloj: eran las 10:34.
"Chingada madre (con perdón de mi jefa), siempre es lo mismo
con las pinches viejas, como si uno no tuviera nada que hacer" mascullé entre
dientes.
Prendí otro cigarrillo y proseguí con el "ritual" de la
espera. Mi enfado iba en aumento, al igual que el fastidio, el sueño y el
cansancio. Miré mi reloj: las 10:42.
"Si para las once no llega, yo me largo" pensé. La verdad es
que una hora se me hacía el suficiente tiempo como para llegar a tiempo, sobre
todo si no tienes que lidiar con el fastidioso transporte público, pero ya
llegarían tiempos de bonanza y por el momento era temporada de "sacrificio" y
eso me lo tenía que meter bien en la cabeza. Prendí otro cigarro y continué
esperando, aunque mi límite de paciencia estaba muy cerca de irse a chingar a su
madre. Miré mi reloj: 11:58.
"No creo que llegué dentro de dos minutos" pensé. Apagué mi
cigarro en el piso y me incorporé. Busqué entre mis bolsillos, saqué una
pastilla y me la introduje en la boca. Me dirigí hacia la parada de camiones en
la alameda, distante tan solo unos 5 minutos a pie.
"Maldición" fue lo único que exclamé con evidente enojo.
Llegué a la parada y abordé un ruta 12, el camión que me transportaría junto con
mi frustración, que para colmo de males, se agravó con la congestión de gentes
que pululaban por encontrar un lugarcito dentro del atestado camión. A pesar de
que era domingo, ese no sería mi día de descanso. Por fin arrancó el autobús.
Pasó la Alameda, el puente de Universidad, el distribuidor Juárez, la carretera
a Rio Verde, tomó la Av. Ricardo B. Anaya y justo cuando se detenía enfrente de
la llamada "Iglesia de la Estrella", mi malhumor se transformó en una sensación
más agradable: la excitación. Y es que no era para menos con la belleza que
tímidamente abordaba el transporte. Vestía un pantalón vino ajustado y una blusa
negra, además de una gran cantidad de bolsas con mandado que con gran apuro se
dispuso a subir. Casi se podía distinguir la lujuria que emanaba de los ojos del
chofer al verla aún debajo de sus lentes oscuros. Pronto me decidí ayudarle ya
que estaba casi al lado del chofer debido a las circunstancias reinantes. Ella
me lo agradeció con una sonrisa con esos hermosos labios carmesí que dejaban al
descubierto unos perfectos dientes. Su piel era increíblemente blanca, casi me
atrevería a decir que por su cuerpo no circulaba sangre. Al ver mi actuación un
poco caballeresca, un señor se paró de su asiento y se lo ofreció. Ganas me
dieron de darle las gracias al señor, y es que al sentarse, me quedaba una
magnífica vista de su escote, cosa que, seguramente, el anticipó pero cuyo plan
no se llevó a cabo con éxito debido a mi persona. Las calles con tránsito de
camiones urbanos suelen tener bastantes topes y cada vez que pasábamos uno de
ellos aquéllos senos se movían con un erotismo sin igual. Decidí controlarme por
obvias razones que podrían "crecer" y causarme problemas (no por el hecho de
haberla ayudado ya significa que me va a "recompensar" de esa manera, además de
que no sabía si se encontraba disponible). Seguramente se dio cuenta de esto y
no levantó la mirada en ningún momento, es más, casi distinguí un poco de color
en aquéllas mejillas. Gracias al bendito destino que la señora que iba a su lado
se levantó de su asiento para bajarse. De inmediato ella se recorrió al asiento
vacío, aceptando obviamente que me sentara a su lado, era lo menos que podía
hacer por mí.
"Gracias" fue lo único que acerté a decir. Ella solamente
asintió con la cabeza y una muy sutil sonrisa, pero hermosa. Entonces me dediqué
a admirarla.
Gustoso me senté y casi sentí la mirada de envidia de los que
alcanzaron a presenciar la situación. Su olor era exquisito, a tal grado de
embriagar mis sentidos hasta hacerme perder la sensación de tiempo y espacio. Su
cabello de ébano contrastaba sublimemente con su tersa piel de mármol. Su rostro
era amable y sereno. Sus ojos eran grandes y de color avellana, hermosamente
embellecidos con unas ligeras sombras. Su nariz era fina y respingada. Sus
labios eran pequeños, pero seductoramente embelesadores. En fin, era un serafín
que mitigaba mi displicencia por el tiempo perdido en pos de una quimera.
Cuando estuve sentado, pude observar aquélla parte de su
anatomía que a los hombres hipnotiza. Al encontrarse sentada sus muslos y su
monte de venus se hacen más prominentes, haciéndolos más apetecibles. Con cierta
frustración observé un claro anillo de compromiso en su dedo, aunque pensé para
mis adentros que la peor batalla es la que no se hace, pero ¿Cómo?. Digo, nunca
he sido un donjuan ni un casanova como para saber comportarme ante aquélla
situación, más bien, he corrido con suerte de que las cosas se hagan por si
solas. Inclinándose un poco, la hermosa desconocida tomó una de sus bolsas, sacó
una botella de agua natural y le dió unos pequeños sorbos (fanática de estar en
línea, eso era seguro, además. estaba segurísimo de que ese trasero solamente se
podía conseguir en gimnasio, la experiencia me lo dictaba). La verdad era que ni
cuenta me había dado de que el calor del camión era casi insoportable, entonces
decidí abrir una ventana (yo no se por que aquí a la gente le da pena el pararse
a abrir una maldita ventana, a pesar de que adentro casi uno se derrite). Me
vuelvo a sentar y me limpio el sudor de la frente con la mano ya que no encontré
con que más hacerlo. Increíblemente ella no estaba sudando ni la más ligera
gota.
"¿Quieres un poco de agua?" me dice. Demonios, hasta su voz
es extremadamente cautivante.
"Te lo agradecería" exclamé. Yo pensaba que me daría alguna
otra botella que trajera, pero, para mi asombro, me extendió la misma de la que
bebió. El posar mis labios sobre aquél envase de plástico sobre el que
anteriormente estuvieron posados los labios de ella fue en verdad magnífico,
todo gracias a mi imaginación. Cuando se la regresé, inmediatamente le dio un
trago profundo, supuse que en verdad tenía sed, aunque grande fue mi sorpresa al
enterarme después de los motivos de este acto.
El camión se fue vaciando y la hermosa desconocida aún no
llegaba a su destino. En todo el camino miraba de reojo todos sus atributos y la
verdad era que no podía dejar de fantasear con ella. Lo que más me impactó fue
que no pude determinar con exactitud su edad, solamente atiné a calcular que
debería de estar entre los 20 y los 25, dato que por cierto no fue tan errado.
Justo unas tres o cuatro cuadras antes de llegar a a mi destino ella me pidió
permiso para poder pasar. Cuanto lamenté el no haberle preguntado su nombre,
dirección o teléfono. Tomó todas sus bolsas, caminó hasta la puerta trasera,
timbró y se bajó del camión. Alcancé a distinguir la casa en la que se metió y
para mi suerte resultó ser vecina de una amiga de la secundaria, a la cual ya
tenía muchos años de no verla, una buena excusa para indagar sobre aquella
hembra que en verdad me quitó el aliento.
Pasaron unas cuadras y toqué el timbre para bajarme. Como es
costumbre, el camionero me dejó una cuadra delante de donde me debía de haber
dejado; ya hasta empezaba a gustarme el caminar ese tramo. Miré mi reloj: eran
las 12:02. Mi cuerpo estaba cansado, por lo que decidí descansar un poco. Me
dirigí a mi cuarto y me eché sobre la cama. Inmediatamente me quedé
profundamente dormido. Soñaba en todas las vivencias que últimamente había
tenido y que turbaban mis pensamientos, sobre todo en aquélla chica del camión.
Aún soñando me imaginaba poseyéndola en todas las posiciones que conocía,
lamiendo esos senos tan apetecibles y haciendo delicias en ese firme trasero: mi
imaginación siempre ha sido generosa conmigo.
Unos fuertes toquidos sonaron a mi puerta, interrumpiendo mi
reconfortante descanso. En medio de mi somnolencia me di cuenta de que tenía una
increíble erección, tan grande que inclusive me lastimaba. Los fuertes toquidos
siguieron retumbando en mi puerta pero ni modo de que fuera a abrir con
semejante "espectáculo". Me concentré y la erección se me bajó hasta el punto de
ser casi imperceptible. Abrí la puerta y me di cuenta de que la persona que
llamaba a mi puerta era nada más y nada menos que Natalia. Venía con una playera
azul rey y un pants también azul. Su rostro se notaba maltratado y sus ojos
emaban abundantes lágrimas que corrían por su ya demasiado humedecido rostro. El
verla así me sorprendió de sobremanera y la invité a pasar. Lastimosamente se
recostó sobre mi pecho y empezó a llorar amargamente. Aún a pesar de no saber a
que se debía semejante reacción me provocó una inmensa melancolía. No sabía que
hacer, solamente la abracé muy fuerte y la pasé al interior de mi casa. Me tuvo
abrazado y llorando en mi hombro como unos 5 minutos, el tiempo suficiente como
para recuperar un poco la compostura. Hasta se me olvidó el coraje que me hizo
pasar al plantarme y borré de mi corazón cualquier intento de reproche o de
resentimiento. Obviamente algo realmente malo le había pasado como para
presentarse de esa manera en mi casa.
Cuando se recuperó un poco, se sentó en un sillón. Fui por
unas servilletas y se las ofrecí para que enjugara su llanto.
"¿Qué es lo que te pasó?" fue lo único que se me ocurrió
preguntarle. Tenía que empezar por algo.
"Tenemos graves problemas y no se qué hacer" me respondió. El
hecho de que haya dicho "tenemos" fue algo preocupante para mí. Empecé a hacer
mil y un conjeturas. Lo más seguro era que estuviera embarazada, y lo peor es
que no era la primera vez que me pasaba. Adios estudios y ánimos de superación.
Ni siquiera tenía seguro social ni prestaciones. Medio mundo se me venía encima
pero me logré sobreponer. Siempre he sido de los que piensan que en vez de
preocuparse hay que ocuparse, al fin y al cabo que no hay mal que por bien no
venga.
Al quedarme serio y aturdido ella se sobresaltó notablemente.
Se me quedó viendo fijamente a los ojos e intentó adivinar mis pensamientos.
Esto me sacó de mi letargo y reaccioné.
"¿Podrías ser un poco más explícita?" le dije.
"Mi madre se enteró de lo de nosotros. Puso el grito en el
cielo cuando se enteró de que había estado con un hombre y en su propia casa.
Todavía no sabe quien es pero no me gustaría que lo averiguara. Se ha puesto
histérica y me abofeteó repetidas veces" dijo con un notable tono amargo. Sus
ojos se volvieron a humedecer y tocó sus mejillas lastimadas.
El cómo se había enterado no era importante en ese momento,
sino lo que iba a pasar. Lo único que hice fue poner una de sus manos entre las
mías, tomándola con ternura y besándola suavemente en los labios. Creo que era
la mejor manera de hacerle entender que estaba con ella y que no importaba
cuantas personas se interpusieran, que sabríamos sortear las dificultades y que
como pareja llegaríamos tan lejos como quisiéramos.
"Ayer, cuando mi mamá regresaba del aeropuerto, se dio cuenta
de que yo llegaba a esa hora en taxi, teniendo el carro estacionado enfrente. Yo
le dije que las llaves las tenía Roberto y que no había querido despertarlo. Eso
la tranquilizó" me dijo. Tomó una servilleta y limpió su bello rostro. Demonios,
como me encantaba esa ternura de niña.
"Mi hermano fue el que encontró una cajetilla de tus cigarros
en el sillón. El fuma, pero no esa marca y para mala suerte mi mamá se dio
cuenta. De inmediato dedujo que habrían de ser de algún pelafustán que estuvo en
la casa. Al principio pensó que habríamos hecho alguna fiesterita. Se puso como
loca y a vociferar que esa no era la educación que nos había impartido" me dijo
muy seriamente. Tomó una pausa breve y prosiguió:
"Después encontró mi ropa sucia en el cesto del baño y para
colmo de males era la única ropa que estaba ahí. Cuando salió del baño se me
quedó viendo como con gran decepción, interrogándome con la mirada. Yo no pude
soportar su ojos posados fijamente sobre mí y entonces ella supo la verdad con
solo ver mi reacción. Yo le dije que te amaba y que no era un simple capricho.
Ella me dijo que era una perdida y que me iba a mandar a estudiar a otro estado
para que me corrigiera. Lloré y le supliqué que no lo hiciera pero ella ya no
entendía razones" me dijo tristemente. Después hizo una pausa para tomar aliento
y decirme:
"Mañana tengo que irme a Monterrey. Allá vive un tío y creo
que ya no nos vamos a poder ver". Al decir esto, una inmensa tristeza se reflejó
en sus negros ojos. No le salió ninguna lágrima por que ya se las había acabado
todas. Seguramente me he de haber puesto pálido por la noticia recibida y las
desveladas que ya se estaban convirtiendo en una forma de vida.
Intenté en vano encontrar una posible solución, pero mi
silencio se extendió durante momentos de infinito pesar. Tal vez hablar con su
madre; ¡pero que demonios estoy pensando!. Seguramente una desquiciada madre con
complejo de superioridad va a aceptar que su hija de 16 años ande con un
pobretón y sin apellido cuatro años mayor que su hija. Era algo inconcebible. El
casarnos no era una opción que pasó por mi mente. Pedirle ayuda a su hermano
sería inútil ya que era de un carácter muy parecido al de mi madre y de seguro
se negaría. Entonces ella me dió la mejor opción que nos quedaba:
"Si convencieras a mi papá. El es el único que podría
persuadir a mi madre de que desistiera de sus intentos" me dijo pausadamente,
mientras brillaba un atisbo de esperanza en su bello rostro y casi pude ver una
muy leve sonrisa.
Me alegré de saber que había oportunidad de componer las
cosas, aunque me preocupaba de sobremanera el rumbo que estaban tomando las
cosas, un rumbo demasiado "serio" como para mí, y es que no es que sea un
irresponsable o un inmaduro, pero esa situación de hablar con los padres ya la
había vivido anteriormente y no tenía tan gratos recuerdos, no quería que pasara
lo mismo. Me tuve que ajustar bien los pantalones y decidirme: o luchaba por
ella o simplemente la olvidaba. Ambas situaciones eran difíciles pero finalmente
me decidí a luchar por lo que quería. Me di cuenta de que nunca antes me había
gritado a mi mismo que tengo derecho a tener lo que yo quiero y que nadie tiene
por que decidir de esa manera sobre la vida de otro. Eso me dio fortaleza para
tomar el tortuosos camino que decidí caminar.
"Si hay algo en este mundo que pueda hacer para seguirnos
viendo, ten por seguro que moveré cielo, mar y tierra para conseguirlo al precio
al que sea. Te lo prometo" dije decididamente.
No sabía en que me estaba metiendo, pero si estaba seguro que
aquélla personita que estaba enfrente de mí bien valía la pena, ya que no se
necesita de años para conocer a la persona que en solo cuestión de minutos te
abre su corazón y puedes sentirlo latir tan fuerte como si de tu propio corazón
se tratara, tan fuerte que puede llegar a herirte…
Continuará…